sábado, 15 de septiembre de 2012

"Van Gogh:"En ciertas situaciones vale más ser vencido que vencedor"


image



Cartas a Théo de Vincent Van Gogh
por Miguel Pérez de Lema

Se han hecho muy buenas películas sobre la vida de Van Gogh, -las dirigidas por John Houston y Robert Altman son las más conocidas, pero no las únicas-. La principal razón de que esas películas sean tan buenas está en la extraordinaria calidad literaria y humana de la fuente en la que beben: los cientos de cartas que el pintor escribió a su hermano, el marchante Théo, a lo largo de su carrera. De manera sorda, estas cartas se han reeditado numerosas veces en nuestro idioma, hasta convertirse en un clásico popular, que encontramos en Moyano de tarde en tarde, donde se va decantando el canon de las ediciones baratas que resisten al tiempo.
Van Gogh deja en sus 652 cartas el testimonio de una biografía terrible y audaz . El enfrentamiento de un hombre contra Dios, reflejado en la lucha por dominar el arte, la lucha por llegar a ser pintor como salvación del alma y justificación de una vida. Van Gogh era, y esto casi nadie lo dice, un pintor místico. O mejor, un místico que pintaba.

Expulsado de la familia, Vincent prueba fortuna como predicador en una comunidad de obreros ingleses. Lo echan de allí, y de la secta evangélica, por su furia teológica y por incitar a la revolución. Lo medio expulsan después del París de Montmartre, el resto de los pintores, por intenso. Es un tipo conflictivo y serio. Se toma la pintura, como a Dios, y se arrima al resto de pintores parisinos con la cólera de un místico. Es tan borracho y putero como ellos, pero se vuelve un aguafiestas insoportable tratando de redimir a las meretrices con las que se acuesta y además es el tipo de artista inseguro, que interrumpe al compañero que pinta a su lado para que mire su cuadro y le diga qué opina. Los pintores, claro, le hacen el vacío.

Vincent se inventa una misión purificadora. Crear un taller en el sur, -una nueva iglesia-. El taller estará abierto y será gratuito, para mantener a todos los pintores que como él, están a punto de revolucionar la historia del arte pero aun no han domesticado al mercado. Vincent está completamente seguro del valor de su obra y sabe que es solo cuestión de tiempo que su pintura, y la del resto de post-impresionistas se imponga. El mito de Van Gogh como buen salvaje ajeno al mercado de pintura no sólo es falso sino que es exactamente al revés.

Vincent ha aprendido de su hermano Théo, marchante aventajado en París, y está muy al tanto de lo que se está pintando, de lo que se está vendiendo y tiene la intuición de que no va a tardar mucho en llegar su momento. Se ordena pintor cuando ha empezado a estallar la cotización del boom impresionista entre los marchantes, y sabe que rota esa barrera, la nueva generación tiene entreabierta la puerta para ser la siguiente crema del café. Sólo es cuestión de tiempo. Tiempo para perfeccionar su técnica mientras el mercado madura y, finalmente, ambos coincidan.

Vincent tiene fe absoluta en que la pintura es la única forma de poder ser quien es y llegar a encontrar su lugar en el mundo, la salvación de su alma y el reconocimiento de su valor personal. Vincent es un obseso del éxito y sólo en muy contados momentos se comporta como un tipo desquiciado. Aunque se insiste sólo en recordar sus momentos críticos, como si todas las noches se cortara la oreja, habiendo hecho de su figura una especie de basilisco permanente, Van Gogh tenía el orden y la disciplina de los obsesos. Aun en sus momentos peores, en las casas de reposo, nunca deja de pintar, sin descanso, buscando en el éxito y la perfección en el trabajo, la purificación del alma.

En la correspondencia con su hermano Théo, la especulación es un tema principal, y la palabra dinero se repite tanto como las palabras pintura y tiempo.

En el paso de los 10 años de vida de pintor, desde que Vincent transforma su vocación religiosa en vocación artística, hasta que muere, va ascendiendo en su purificación a través del dominio del dibujo y del color. Finalmente muere en un éxtasis de fatiga mental y perfección artística. Vincent se enfrenta a su Dios, lo domina y muere extenuado. O, en el peor de los casos, muere como Ícaro al acercar sus alas de cera al sol.

Vincent es un adorador del sol y declara su obsesión por el color amarillo. Pinta la fachada de la casa que alquila para el taller de amarillo y sale a la calle para pintar la imagen y llama a la casa, casa amarilla. Cuelga por toda la casa cuadros amarillos (los locos girasoles) para recibir a Gauguin. Su locura tiene color amarillo. El amarillo es el color que ciega a los que están viendo a Dios.

El proceso de ascetismo de Vincent es un pacto con Théo que combina el ascenso al cielo con el asalto del mercado. No olvidemos que los dos hermanos eran holandeses. Vincent ha descubierto que su salvación por el camino de la pintura, puede ser la de su hermano, si paga el viaje. Lo malo es que Théo va perdiendo músculo financiero a la espera de que el gusto por el nuevo arte medre, y la relación se convierte en un suspense atroz: saber cuánto tiempo va a resistir Théo teniendo fe en Vincent y pagando todas las facturas con un dinero que cada vez la hace más falta a él mismo, a su mujer y a su hijo, para sobrevivir.

Si leemos con atención las cartas, vemos entrar en resonancia la angustia económica de Théo, que tiene que pagar todas las facturas de Vincent -casa, comida, pintura, telas, médicos-, con la angustia por el tiempo de Vincent, que se está consumiendo con el esfuerzo del trabajo. El momento dramático se va amasando hasta que ambos comprenden han apostado sus vidas a blanco o negro: uno va a ser un gran pintor y el otro su marchante victorioso, o la vida de ambos será inútil. O la gloria o el fracaso.

El espíritu de Vincent vive 10 años consumiéndose en una hoguera alimentada por la presión por demostrar que la inversión en él es un acierto, pidiendo prórrogas de un mes más a la paciencia de su hermano, sabiendo que lo está arruinando y sospechando que va a ser el reponsable de malograr las vida de ambos. A esto se une un carácter natural furioso y obsesivo, y el desequilibrio del talento, con los que Vincent destruye su vida en un camino de perfección espiritual y examen continuo de conciencia. Un juicio teológico: Culpable o Inocente.

Vincent tiene prisa desde el primer día que coge un lápiz y sus progresos son extraordinarios. Dibuja obsesivamente, hora tras hora, hasta automatizar la mirada y crear su propio trazo. Después, descubre en la simplicidad de la teoría de los colores complementarios de Delacroix, el código con el que resolver sus dudas ante la forma de atacar el cuadro. De todo rinde cuenta pormenorizada a Théo.

Con ese aprendizaje tan simple como eficaz, Vincent encuentra un lenguaje propio, de dibujo automático y relleno de color por oposición de contrastes, que le permite pintar con la misma naturalidad con la que respira. Vincent alcanza muy pronto el estado ideal del pintor que ya no piensa, sólo ve y pinta. Pinta desde dentro el paisaje exterior. Hace en diez años el camino que lleva a otros grandes pintores toda una vida, y no por poseer mayores dotes, sino peleando cada avance a pulso. Un agon griego.

Todos los cuadros de Van Gogh son autorretratos emocionales. La fuerza de los contrastes es la de sus emociones, cada vez más intensas, y firmes. Trabaja con gruesas pinceladas de óleo y remata el cuadro en una sola fase, con toda la superficie húmeda. Una técnica endiabladamente difícil, en la que cada pincelada tiene que ser definitiva y evitar el contacto con el resto de la pintura de la tela para no mezclarse. Esta técnica permite a Van Gogh dar una unidad y una fuerza expresiva a la pintura demoledoras pero consume su energía. Trabaja diez horas diarias, todos los días, dando miles de pinceladas que no permiten el retoque y necesitan la perfección de cada trazo. La fuerza de sus cuadros es la de su concentración obsesiva y su lucha por fijar la imagen, su prisa. En cada cuadro Van Gogh se pinta a sí mismo corriendo delante del demonio que le persigue por dentro.

El relieve de la textura de sus cuadros, con la técnica enervante del húmedo sobre húmedo, convierte la pintura en un trabajo sin marcha atrás, en el que el trabajo no puede detenerse hasta rematar el cuadro.

Vincent llega en pocos años a prescindir incluso del dibujo previo. Más aprisa. Ve con tanta claridad que ataca el lienzo en blanco con una primera pincelada en la que está encajada implícitamente el resto de la obra. Pinta como Beethoven escribe música, concentrando el desarrollo de toda la sinfonía en la primera frase, en un estado de lucidez que requiere una concentración total. Así día tras día, pintando, remitiendo cada cuadro al hermano, y describiendo en sus cartas los avatares de cada cuadro, las victorias sobre la pintura.

Desde el principio, vemos en su entusiasmo por su propia obra la adulación indirecta a Théo, el miedo a perder su apoyo. Vincent elogia su propia obra para que Théo no dude de su decisión de financiarlo, y su autoelogio se va haciendo patético con el paso de los años. Sabe que cada vez es mejor, pero intuye que cada vez eso importa menos. Al final, claudica. Su esfuerzo por pintar ha consumido su espíritu, sus nervios, y su mente.

Llega a la maestría de un hombre que ha conseguido dominar el arte, -su nuevo Dios- como purgación de su fracaso como hombre. Vincent repite esta idea a menudo y, especialmente hacia el final de su vida. Comprende que la batalla ha sido a vida o muerte y que para vencer como pintor ha tenido que fracasar como hombre. Ha ganado la pelea pero ha perdido la salud del alma.

La identificación entre lo que es y lo que hace se vuelve obsesiva a medida que depura su técnica. En pocos años Vincent no existe más que cuando pinta. Remata muchas veces una obra en una sola jornada, extenuado, y sale del trabajo en el cuadro a deshoras, desorientado, olvidándose de que lleva doce horas sin comer.

Mientras se suceden las crisis y las jornadas agotadoras de trabajo, la mala conciencia por el éxito que no llega destruye su espíritu y se reafirma en pedir más dinero a Théo. Ambos han pasado el punto de no retorno y tienen que huir hacia delante. Théo, como puede, mantiene su fe y sigue enviando dinero y guardando bajo la cama las cajas llenas de cuadros que recibe de su hermano, y no consigue todavía colocar. Théo mantuvo su fe hasta el final, jugándose su propia familia y empobreciéndose.

Justo antes de morir Vincent el mercado da su primera señal positiva: sale una crítica favorable y se vende el primer cuadro. Sólo es un paso, pero es el cambio de tendencia que un experto sabe detectar y que los hermanos habían esperado, pero llega tarde. Han vencido, pero Vincent se ha consumido en la pelea, y ya no puede más. Llega a ese día en que no se puede esperar un día más y se suicida con un disparo tope en el costado. Théo, muere sólo un año después, de pena y aun con dudas y deudas, sin ver el ascenso a la gloria de la cotización que la obra de Van Gogh tendrá inmediatamente después de la muerte de ambos.

Varias veces, Vincent recuerda a su hermano su unidad en la autoría de la obra. Esta obra es tan tuya como mía, le insiste cuando recibe dinero de Théo, y lo repite cada vez que flaquea el ánimo del hermano inversor. Uno de los grandes valores literarios de estas cartas es el reflejo de una gran historia de amor trágico entre hermanos que se reparten las tareas de un proyecto común: imponer el nuevo arte en el mercado. Liberarlo para dominarlo. Recordemos, de nuevo, que eran holandeses.

Vincent persigue el éxito como una redención. Si triunfa su pintura triunfará su misión liberadora –Vincet se ve a sí mismo y a los otros nuevos pintores como profetas-. Por su parte, Théo tendrá en el éxito futuro su encumbramiento, como mandarín del mercado, que ha apilado gran cantidad de material de los nuevos talentos, y se convertirá en el gran marchante de referencia de París.

El respaldo financiero de Théo se desarrolla en las cartas como el eje de la relación de ambos. Théo mantendrá a su hermano a cambio de su producción íntegra hasta que consiga vender los cuadros. Vincent hace un recorrido por el sur, entre talleres que fracasan, casas de putas donde sigue bebiendo, follando y tratando de redimirlas, y psiquiátricos. Pero esté donde esté trabaja a destajo, y envía su producción a París, donde Théo ya no sabe muy bien donde guardarla.

La vida de Van Gogh, como la de casi todos los grandes pintores, es una lucha heroica por el éxito, por dar el golpe de mano que cancele una era y de paso a otra. En el entorno asfixiante y claustrofóbico de la mente del pintor –Velázquez, Goya, Picasso, Pollock- el mundo es sólo pintura, y conseguir dar un golpe de mano a la historia de la pintura equivale a ser Dios, destruyendo el mundo y creando otro nuevo a imagen propia.

Como documento, las cartas a Théo tienen el interés de ver cómo Vincent incluye la figura del promotor en la tarea del pintor. Los golpes de mano a la historia del arte se han dado siempre con esta complicidad, los Medici, los austrias, Peggy Guguenheim, forman parte de la historia de la pintura tanto, aunque en lugares distintos, como Rafael, Velázquez, o Pollock.

Como testimonio, las cartas enseñan la evolución en primera persona de un hombre que se rompe y de un artista que se inmola, con la lucidez de un iluminado. No en vano otro iluminado, como Antonin Artaud, dedicó un ensayo a la personalidad de van Gogh a la luz estas confesiones: “La hora de la cerveza”.

La última carta, número 652 de la correspondencia, no llegó a ser enviada. La encontraron en el bolsillo de la chaqueta de Vincent el día de su muerte, 29 julio de 1989. El pintor agonizó durante dos días en la habitación de una posada, tras haberse disparado en el costado, dando tiempo a que su hermano Théo viajara desde París para consolarlo durante sus últimas horas de vida.

(Carta que Vincent tenía sobre sí, el 29 de julio de 1890)

“Mi querido hermano:

Gracias por tu buena carta y el billete de 50 francos que contenía. Ya que esto va bien, que es lo principal, ¿por qué insistiré sobre cosas de menor importancia? ¡a fe mía!… antes de que haya oportunidad de hablar de asuntos con la cabeza más reposada, pasará probablemente mucho tiempo. Los otros pintores, cualquier cosa que piensen, instintivamente se mantienen a distancia de las discusiones sobre el comercio actual.

Pues bien, la verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen. Pero sin embargo, mi querido hermano, añado; que siempre te he dicho –y te vuelvo a decir todavía otra vez con toda la gravedad que pueden dar los esfuerzos del pensamiento asiduamente fijo para tratar de hacer tanto bien como se pueda- te vuelvo a decir aún que yo consideraré siempre que tú eres algo más que un simple marchand de Corot, que por mediación mía tienes parte en la producción misma de ciertas telas que aun en el desastre guardan su calma.

Porque nosotros estamos aquí y esto es todo o por lo menos lo principal que puedo tener que decirte en un momento de crisis relativa. En un momento en que las cosas están muy tirantes entre marchands de cuadros de artistas muertos y de artistas vivos.

Pues bien, mi trabajo; arriesgo mi vida y mi razón destruida a medias –bueno- pero tú no entras entre los marchands de hombres, que yo sepa; y puedes tomar partido, me parece, procediendo realmente con humanidad, pero, ¿qué quieres?..”

image
Par de Botas, 1886

"Yo siento en mí un fuego que no puedo dejar de extinguir, que, al contrario, debo atizar, aunque no sepa hacia qué salida esto va a conducirme. No me asombraría que esta salida fuese sombría. Pero en ciertas situaciones vale más ser vencido que vencedor, por ejemplo, más bien Prometeo que Júpiter.
Van Gogh
La habitación de Van Gogh en Arles, Museo de Orsay
Dormitorio en Arles de Van Gogh, 1888



“Esta vez se trata simplemente de mi dormitorio, por lo tanto, solamente el color debe hacerlo todo… sugerir reposo o sueño en general. En fin, la visión del cuadro debe hacer descansar la cabeza, o más bien, la imaginación… la cuadratura de los muebles debe expresar el descanso inmóvil.”
Carta de Vincent van Gogh a su hermano Theo
Van Gogh consideraba que era la mejor obra realizada durante su estancia en Arles.


No hay comentarios:

Publicar un comentario