Entre Van Gogh y Antonin Artaud


 

 ARTAUD: VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD

 


Introducción



Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh que durante toda su vida sólo se hizo asar una de las manos y, fuera de esto, no pasó de cortarse la oreja izquierda, en un mundo en que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido tomado tal como sale del sexo materno. Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensión de la tierra. Es así como se mantiene -por delirante que pueda parecer tal afirmación -la vida presente en su vieja atmósfera de estupro, de anarquía, de desorden, de desvarío, de descalabro, de locura crónica, de inercia burguesa, de anomalía psíquica (pues no es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal), de deshonestidad deliberada e insigne hipocresía, de sucio desprecio por todo lo que presunta nobleza, de reivindicación de un orden enteramente basado en el cumplimiento de una primitiva injusticia, en resumen, de crimen organizado. Las cosas van mal porque le conciencia enferma tiene el máximo interés, en este momento, en no salir de su enfermedad. Así es como una sociedad deteriorada inventó la psiquiatría para defenderse de las investigaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de adivinación le molestaban. Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intención de arrojar descrédito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer, y además de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza -materialmente golpeado en la cabeza- para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de él, al plano supranatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad. No, Van Gogh no era loco, pero sus cuadros constituían mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión, comparado con el de todas las pinturas que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III. Porque la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino al de las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinocciales, ya no puede, después del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitación. Con mayor motivo en el plano de lo social, las instituciones se disgregan, y la medicina semeja un cadáver inutilizable y descompuesto que declara loco a Van Gogh. Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que sólo disponen, para mitigar los más espantosos estados de angustia y opresión humana, de una ridícula terminología, digno producto de sus cerebros viciados. En efecto, no hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano. Y no creo que la regla de la erotomanía inveterada de los psiquiatras sea pasible de ninguna excepción. Conozco uno que se rebeló, hace algunos años, ante la idea de verme acusar en bloque al conjunto de insignes crápulas y embaucadores patentados al que pertenecía. En lo que me a mí respecta, señor Artaud -me decía- no soy erotómano, y lo desafío a que presente una sola prueba para fundamentar su acusación. No tengo más que presentarlo a usted mismo, Dr. L..., como prueba; lleva el estigma en la jeta, pedazo de cochino inmundo. Tiene la facha de quien introduce su presa sexual bajo la lengua y después le da vuelta como a una almendra, para hacer la higa a su modo. A esto lo llaman sacar su buena tajada y quedar bien. Si en el coito no logra ese cloqueo de la glotis del modo que usted tan a fondo conoce, y al mismo tiempo el gorgoteo de la faringe, el esófago, la uretra y el ano, usted no se considera satisfecho. En el curso de esas sacudidas orgánicas internas, ha adquirido usted cierta propensión que es testimonio encarnado de un estupro inmundo, que usted cultiva de año en año, cada vez más, porque socialmente hablando, no cae bajo la férula de la ley, pero cae bajo la férula de otra ley cuando sufre entera la conciencia lesionada, porque al comportarse usted de ese modo, le impide respirar. Mientras por un lado usted dictamina que la conciencia en actividad constituye delirio, por otro estrangula con su innoble sexualidad. Y ése es, precisamente, el plano en el que el pobre Van Gogh era casto, casto como no pueden serlo ni un serafín ni una virgen, porque son precisamente ellos los que han fomentado y alimentado en sus orígenes la gran máquina del pecado. Por otra parte, quizás pertenezca usted, Dr. L..., a la raza de los serafines inicuos, pero por favor, deje a los hombres tranquilos, el cuerpo de Van Gogh, libre de todo pecado, también estuvo libre de la locura que, por otra parte, sólo se origina en el pecado. Y conste que no creo en el pecado católico, pero creo en el crimen erótico del que justamente todos los genios de la tierra, los auténticos alienados de los asilos, se han abstenido, o, en caso contrario, es porque no eran (auténticamente) alienados. ¿Qué se entiende por auténtico alienado? Es un hombre que prefiere volverse loco -en un sentido social de la palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano. Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables. Pero en este caso la internación no es el arma exclusiva, porque la confabulación de los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar. Fuera de las pequeñas hechicerías de los brujos de pueblo están los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado de alarma interviene periódicamente. Así es como con motivo de la guerra, de una revolución, de un cataclismo social todavía en germen, la conciencia unánime es interrogada y se interroga, y llega a emitir su propio juicio. También puede suceder que se le haya incitado a salir de sí misma en ciertos casos individuales resonantes. Así es como hubo hechizos unánimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gerard de Nerval, Nietzsche, Kierkegaard, Hölderlin, Coleridge,y lo hubo en el caso de Van Gogh. Eso puede ocurrir durante el día, pero habitualmente ocurre de noche. Así es como extrañas fuerzas son elevadas y conducidas a la bóveda astral, a esa especie de cúpula sombría que, por encima de la respiración humana general, configura la venenosa agresividad del espíritu maléfico de la mayor parte de las gentes. Así es como las escasas y bien intencionadas voluntades lúcidas que ha tenido que debatirse en la tierra, se ven a sí mismas, en ciertas horas del día o de la noche, profundamente sumidas en auténticos estados de pesadilla en vela, rodeadas de la formidable succión, de la formidable opresión tentacular de una especie de magia cívica que no tardará en aparecer abiertamente en las costumbres. Confrontado con esa inmundicia unánime que de un lado tiene al sexo y del otro a la masa, u otros análogos ritos psíquicos, como base o puntal, no es índice de ningún delirio el pasearse de noche con un sombrero coronado por doce bujías para pintar un paisaje al natural;¿pues de qué otro modo habría podido el pobre Van Gogh iluminarse?, como bien lo hizo notar en cierta oportunidad nuestro amigo el actor Roger Blin. En lo que respecta a la mano asada, se trata de un heroísmo puro y simple; y en cuanto a la oreja cortada no se trata más que de lógica directa, e insisto: a un mundo que tanto de día como de noche, y cada vez más, come lo incomible para dirigir su maléfica voluntad al logro de sus fines, sobre este punto no le queda más remedio que enmudecer.






Post-scriptum






Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante, sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo de esta humanidad, el del predominio de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno u otra. ¿y dónde está, en este delirio, el lugar del yo humano? Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida, con energía y determinación excepcionales. Y no se suicidó en un ataque de insanía, por la angustia de no llegar a encontrarlo, por el contrario, acababa de encontrarlo, y de descubrir qué era y quién era él mismo, cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella, lo suicidó. Y esto le aconteció a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito de consagración, de posesión, de sucubación o de incubación. Así se produjo en su cuerpo esta sociedad absuelta consagrada santificada y poseída borró en él la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir, y como una inundación de cuervos negros en las fibras de su árbol interno, lo sumergió en una última oleada, y tomando su lugar, lo mató. Pues está en la lógica anatómica del hombre moderno, no haber podido jamás vivir, ni pensar en vivir, sino como poseído.




El suicidado por la sociedad



Durante mucho tiempo me apasionó la pintura lineal pura hasta que descubrí a Van Gogh, quien pintaba, en lugar de líneas y formas, cosas de la naturaleza inerte como agitadas por convulsiones. E inerte. Como bajo el terrible embate de esa fuerza de inercia a la que todos se refieren con medias palabras, y que nunca ha sido tan oscura como desde que la totalidad de la tierra y de la vida presente se combinaron para esclarecerla. Ahora bien, con mazazos, realmente mazazos los que Van Gogh aplica sin cesar a todas las formas de la naturaleza y a los objetos. Cardados por el punzón de Van Gogh, los paisajes exhiben su carne hostil, el encono de sus entrañas reventadas, que no se sabe, por lo demás, qué fuerza insólita está metamorfoseando. Una exposición de cuadros de Van Gogh es siempre una fecha culminante en la historia, no en la historia de las cosas pintadas sino en la misma historia histórica. Pues no hay hambre, epidemia, erupción volcánica, terremoto, guerra, que aparten las mónadas del aire, que retuerzan el pescuezo a la cara torva de fama fatum, el destino neurótico de las cosas, como una pintura de Van Gogh, -expuesta a la luz del día,colocada directamente ante la vista, el oído, el tacto, el aroma, en los muros de una exposición-, lanzada por fin como nueva a la actualidad cotidiana, puesta otra vez en circulación. En la última exposición en el Palacio de l'Orangerie no se exhibieron todas las telas de gran formato del desventurado pintor. Pero había, entre las que estaban, suficientes desfiles giratorios tachonados con penachos de plantas de carmín, caminos desiertos coronados por un tejo, soles violáceos que giraban sobre parvas de trigo de oro puro, y también el "Tío Tranquilo", y retratos de Van Gogh por Van Gogh, para recordar de que mísera simplicidad de objetos, personas, materiales, elementos, Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Los cuervos pintados dos días antes de su muerte no le abrieron más que sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero abren a la pintura pintada, o más bien a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de un más allá posible, de una permanente realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigmático y pavoroso más allá. No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo mató, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura, posiblemente lívida, de cualquier modo vacía, en la que el color de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del trigo. Pero ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo. ¿Y de qué se queja la tierra aquí, bajo las alas de los faustos cuervos, faustos sólo, sin duda, para Van Gogh y, además, fastuoso augurio de un mal que ya no ha de concernirle? Pues hasta entonces nadie como él había convertido a la tierra en ese trapo sucio empapado en sangre y retorcido para escurrir vino. En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado, violáceo como los márgenes del rayo. La insólita franja tenebrosa del vacío se eleva en relámpago. A pocos centímetros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela Van Gogh soltó los cuervos cual si soltara los microbios negros de su bazo suicida, siguiendo el tajo negro de la línea donde el batir de su soberbio plumaje hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una sofocación desde lo alto. Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio. Cuadro soberbio, suntuoso y sereno. Digno acompañamiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado, con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje, empapando la tierra con una última emulsión, radiante y tenebrosa a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado. Por eso el tono de la última tela pintada por Van Gogh, el más pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del motivo y de la tela sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza intrínseca del tema y del objeto, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim d'Arnim o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos, sus telas, por otra parte, casi todas de moderadas dimensiones, como respondiendo a un propósito deliberado. La candela encendida, sobre el sillón de paja verde, pareciera indicar la línea de demarcación luminosa que separa las dos individualidades antagónicas de Van Gogh y Gauguin. El motivo estético de su disputa, podría no ofrecer interés si se lo relatara, pero serviría para señalar una fundamental escisión humana entre las personalidades de Van Gogh y Gauguin. Pienso que Gauguin creía que el artista debía buscar el símbolo, el mito, agrandar las cosas de la vida hasta la dimensión del mito. Mientras que Van Gogh creía que hay que aprender a deducir el mito de las cosas más pedestres de la vida, y según yo pienso, carajo que estaba en lo cierto. Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato, a cualquier fábula, a cualquier divinidad, a cualquier superrealidad. No se necesita más que el genio de saber interpretarla. Lo que ningún pintor, antes que el pobre Van Gogh, había hecho, lo que ningún pintor volverá a hacer después de él, pues yo creo que esta vez, hoy mismo, ahora, en este mes de febrero de 1947, es la realidad misma, el mito de la realidad misma, la realidad mística misma, la que está en vías de incorporarse. Así nadie, después de Van Gogh, ha sabido sacudir el gran címbalo, el timbre suprahumano según el orden rechazado que hace sonar los objetos de la vida real, cuando se ha aprendido a aguzar suficientemente el oído para advertir la hinchazón de su macareo. De ese modo resuena la luz de la candela, la luz de la candela como la respiración de un cuerpo amante frente al cuerpo de un enfermo dormido. Resuena como una crítica extraña, un juicio profundo y sorprendente, del cual es probable que Van Gogh pueda permitirnos presumir el fallo más tarde, mucho más tarde, el día en que la luz violeta del sillón de paja haya logrado sumergir totalmente el cuadro. Y no se pude dejar de advertir esa cortadura de luz lila que muerde los travesaños del gran sillón torvo, del viejo sillón esparrancado de paja verde, aunque no se la descubra a la primer mirada. Pues el foco está como ubicado en otra parte, y su fuente es extrañamente oscura, como secreto del cual sólo Van Gogh habría conservado la llave. No necesito interrogar a la Gran Plañidera para que me diga de qué supremas obras maestras se hubiera enriquecido la pintura si Van Gogh no hubiese muerto a los 37 años, pues no puedo resolverme, después de "Los cuervos", a creer que Van Gogh hubiera pintado un cuadro más. Creo que murió a los 37 años porque había, ay, llegado al término de su fúnebre y lamentable historia de agarrotado por un espíritu maléfico. Pues no fue por sí mismo, por efecto de su propia locura, que Van Gogh abandonó la vida. Fue por la presión, dos días antes de su muerte, de ese espíritu maléfico que se llamaba doctor Gachet, improvisado psiquiatra, causa directa, eficaz y suficiente de esa muerte. Leyendo las cartas de Van Gogh a su hermano he llegado a la firme y sincera convicción de que el doctor Gachet, "psiquiatra", detestaba en realidad a Van Gogh, pintor, y que lo detestaba como pintor, pero por encima de todo como genio. Es casi imposible ser a la vez médico y hombre honrado, pero es vergonzosamente imposible ser psiquiatra sin estar al mismo tiempo marcado a fuego por la más indiscutible insanía: la de no poder luchar contra ese viejo reflejo atávico de la turba que convierte a cualquier hombre de ciencia aprisionado en la turba, en una especie de enemigo nato e innato de todo genio. La medicina ha nacido del mal, si no ha nacido de la enfermedad, y si, por el contrario, ha provocado y creado por completo la enfermedad para darse una razón de ser; pero la psiquiatría ha nacido de la turba plebeya de los seres que han querido conservar el mal de la fuente de la enfermedad, y que han arrancado así de su propia nada una especie de guardia suizo para liquidar en su base el impulso de rebelión reivindicatoria que está en el origen de todo genio. En el alienado hay un genio incomprendido que cobija en la mente una idea que produce pavor, y que sólo puede encontrar en el delirio un escape a las opresiones que le prepara la vida. El doctor Gachet no le decía a Van Gogh que estaba allí para rectificar su pintura (como le oí decir al doctor Gastón Ferdière, médico-jefe del asilo de Rodez, que estaba allí para rectificar mi poesía), pero lo enviaba a pintar al natural, a sepultarse en un paisaje para evitarle la tortura de pensar. Ahora bien, tan pronto como Van Gogh volvía la cabeza, el doctor Gachet le cerraba el conmutador del pensamiento. Como sin querer la cosa, pero mediante uno de esos despectivos e insignificantes fruncimientos de nariz en los que todo el inconsciente burgués de la tierra ha inscripto la antigua fuerza mágica de un pensamiento cien veces reprimido. Al hacer esto no solamente el doctor Gachet impedía los daños del problema, sino la siembre azufrada, el tormento del punzón que gira en la garganta del único paso, con el que Van Gogh tetanizado. Van Gogh suspendido sobre el abismo del aliento, pintaba. Pues Van Gogh era una sensibilidad terrible. Para convencerse no hay más que echar una mirada a su rostro siempre como jadeante, y, desde cierto ángulo, también hechizante, de carnicero. Como el del antiguo carnicero tranquilizado, y ahora retirado de los negocios, ese rostro en sombras me persigue. Van Gogh se representó a sí mismo en gran número de telas, y por bien iluminadas que estuvieran siempre tuve la penosa impresión de que les habían hecho mentir acerca de la luz, que habían quitado a Van Gogh una luz indispensable para cavar y trazar su camino dentro de sí. Y ese camino, no era sin duda el doctor Gachet el capacitado para indicárselo. Pero como ya dije, en todo psiquiatra viviente hay un sórdido y repugnante atavismo que le hace ver en cada artista, en cada genio, a un enemigo. Y no ignoro que el doctor Gachet ha dejado en la historia, con relación a Van Gogh, que él atendía, y que terminó por suicidarse en su casa, la impresión de haber sido su último amigo en la tierra, algo así como un consolador providencial. Sin embargo creo más que nunca que es el doctor Gachet, de Auvers-sur-Oise, a quien Van Gogh debe, el día que se suicidó en Auvers-sur-Oise, debe, repito, el haber dejado la vida, pues Van Gogh era una de esas naturalezas dotadas de lucidez superior, que les permite, en cualquier circunstancia, ver más allá, infinita y peligrosamente más allá de lo real inmediato y aparente de los hechos. Quiero decir, más allá de la conciencia que la conciencia ordinariamente conserva de los hechos. En el fondo de sus ojos, como depilados, de carnicero, Van Gogh se entregaba sin descanso a una de esas operaciones de alquimia sombría que toman a la naturaleza por objeto y al cuerpo humano por marmita o crisol. Y sé que según el doctor Gachet esas cosas a Van Gogh lo fatigaban. Lo que no era en el doctor el resultado de una simple preocupación médica, sino la manifestación de celos tan conscientes como inconfesados. Porque Van Gogh había alcanzado ese estado de iluminación en el cual el pensamiento en desorden refluye ante las descargas invasoras de la materia, en el cual el pensar ya no es consumirse, y ni siquiera es, y en el cual no queda más que reunir cuerpos, mejor dicho ACUMULAR CUERPOS. No es el mundo de lo astral sino el de la creación directa el que se recupera de ese modo, más allá de la conciencia y del cerebro. Y jamás vi que un cuerpo sin cerebro se fatigara por paneles inertes. Paneles de lo inerte son esos puentes, esos girasoles, esos tejos, esas recolecciones de olivas, esas siegas de heno. Ya no se mueven. Están congelados. Pero quién podría soñarlos más duros bajo el tajo seco que pone al descubierto su impenetrable estremecimiento. No, doctor Gachet, un panel nunca ha fatigado a nadie. Son energías frenéticas en reposo, que no determinan agitación. Yo estoy como el pobre Van Gogh; también he dejado de pensar, pero dirijo, cada día de más cerca, formidables ebulliciones internas, y sería digno de verse que un médico cualquiera viniera a reprocharme que me fatigo. Alguien debía a Van Gogh cierta suma de dinero, y a propósito de esto la historia nos dice que Van Gogh se hacía mala sangre desde varios días atrás. Las naturaleza superiores son proclives -siempre situadas un tramo por encima de lo real-, a explicarlo todo por el influjo de una conciencia maléfica, a creer que nada es debido al azar, y que todo lo que sucede de malo se debe a una voluntad maléfica, consciente, inteligente y concertada. Cosa que los psiquiatras no creen jamás. Cosa que los genios creen siempre. Cuando estoy enfermo, es porque estoy embrujado, y no puedo considerarme enfermo si no admito, por otra parte, que alguien tiene interés en arrebatarme la salud y obtener provecho de mi salud. También Van Gogh creía estar embrujado y lo decía. En lo que a mí respecta creo firmemente que lo estuvo, y un día diré dónde y cómo sucedió. El doctor Gachet fue el grotesco cancerbero, el sanioso y purulento cancerbero, de chaqueta azul y tela almidonada, puesto ante el mísero Van Gogh para arrebatarle sus sanas ideas. Pues si tal manera de ver, que es sana, se difundiera universalmente, la sociedad ya no podría vivir, pero yo sé cuáles héroes de la tierra encontrarían su libertad. Van Gogh no supo sacudirse a tiempo esa especie de vampirismo de la familia, interesada en que el genio de Van Gogh pintor se limitara a pintar, sin reclamar, al mismo tiempo, la revolución indispensable para el desarrollo corporal y físico de su personalidad de iluminado. Y entre el doctor Gachet y Théo, el hermano de Van Gogh, hubo muchos de esos hediondos conciliábulos entre familiares y médicos jefes de los asilos de alienados, concernientes al enfermo que tienen entre manos. "Vigílelo para que ya no tenga esa clase de ideas". "Te das cuenta, el doctor lo ha dicho, tienes que desprenderte de esa clase de ideas". "Te hace daño pensar siempre en ellas; te quedarás internado para toda la vida". "Pero no, señor Van Gogh, vamos, convénzase usted, todo es pura casualidad; y además no está bien querer examinar así los secretos de la providencia. Yo conozco al señor Fulano de Tal, es una excelente persona; su espíritu de persecución lo lleva a usted a creer que él practica la magia en secreto". "Le han prometido pagarle esa suma y se la pagarán. No puede usted continuar obstinado de tal modo en atribuir ese retardo a mala voluntad". Todas ésas son suaves pláticas de psiquiatra bonachón, que parecen inofensivas, pero que dejan en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra, la lengüita negra anodina de una salamandra venenosa. Y algunas veces no se necesita nada más para inducir a un genio a suicidarse. Sobrevienen días en que el corazón siente tan terriblemente la falta de salida, que lo sorprende, como un mazazo en la cabeza, la idea de que ya no podrá ir adelante. Pues fue precisamente después de una conversación con el doctor Gachet que Van Gogh, como si nada pasara, entró en su cuarto y se suicidó. Yo mismo he estado 9 años en un asilo de alienados y nunca tuve la obsesión del suicidio, pero sé que cada conversación con un psiquiatra, por la mañana a la hora de la visita, me hacía surgir el deseo de ahorcarme, al comprender que no podría degollarlo. Y Théo era quizás muy bueno para su hermano, desde el punto de vista material, pero eso no le impedía considerarlo un delirante, un iluminado, un alucinado, y se obstinaba, en lugar de acompañarlo en su delirio, en calmarlo. Que después haya muerto de pesar, no cambia en nada la cosa. Lo que a Van Gogh le importaba más en el mundo era su idea de pintor, su terrible idea fanática, apocalíptica de iluminado. El mundo debía someterse al mandato de su propia matriz, retomar su ritmo comprimido, antipsíquico de festival secreto en lugar público y, delante de todos, volver a ser puesto en el crisol sobrecalentado. Eso quiere decir que el Apocalipsis, la consumación de un Apocalipsis se incuba en este momento en las telas del viejo Van Gogh martirizado, y que la tierra tiene necesidad de él para lanzar coces con pies y cabeza. No hay nadie que haya jamás escrito, o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno. Y para salir del infierno prefiero las naturalezas de ese convulsionario tranquilo, a las hormigueantes composiciones de Breughel el viejo o de Jerónimo Bosch que frente a él no son más que artistas, allí donde Van Gogh no es sino un pobre ignorante empeñado en no engañarse. Pero cómo hacer comprender a un sabio que hay algo definitivamente desordenado en el cálculo diferencial, la teoría de los quanta o las obscenas y tan torpemente litúrgicas ordalías de la precisión de los equinoccios, frente a ese edredón de un rosa de camarones que Van Gogh hace espumar tan suavemente en el lugar elegido de su cama, frente a la pequeña insurrección de un verde Veronés o de un azul que empapa esa barca ante la cual una lavandera de Auvers-sur-Oise se incorpora después del trabajo, frente también a ese sol atornillado detrás del ángulo gris del campanario del pueblo, en punta, allá en el fondo de esa enorme masa de tierra que, en el primer plano de la música, busca la ola donde congelarse.



O VIO PROFE,



O VIO PROTO,



O VIO LOTO,



O THETÉ.



¡Para qué describir un cuadro de Van Gogh! Ninguna descripción intentada por quienquiera que sea podrá equipararse a la simple alineación de objetos naturales y de tintas a la que se entrega Van Gogh mismo, tan grande escritor como pintor y que transmite a propósito de la obra que describe la impresión de la más desconcertante autenticidad.
Antonin Artaud

"No puedo cambiar el hecho de que mis cuadros no se vendan. Sin embargo, el tiempo hará que la gente reconozca que mis cuadros valen más que el valor de las pinturas utilizadas en él"
Vincent van Gogh
Cuatro girasoles marchitos, 1887
Noche Estrellada, 1889
"En mayo de 1890 viaja a París para conocer a su sobrino, está tres días en la ciudad, pero se le hace muy ruidosa e intranquila. Se traslada a Auvers donde se aloja primero en una pensión y luego en un Café. El doctor Gachet lo cuida cuidadosamente, llegando incluso a creer que estaba curado y que nunca más tendría ataques. Durante los 2 meses que permanece en Auvers pinta más de 80 cuadros, demostrando estar en pleno auge creador. El 6 de julio va a visitar a su hermano, al que encuentra bastante preocupado por la situación laboral, la vivienda y problemas de salud del pequeño Vincent. Regresa muy afligido. 
Le atormenta la idea de ser una carga para su hermano y temiendo un nuevo ataque, el 27 de julio de 1890 sale al campo y vuelve con un disparo en el cuerpo. Según testigos, Van Gogh declaró que había sido él mismo. Dos días más tarde, fallece el gran genio del post-impresionismo, el pintor incomprendido, el "loco del pelo rojo". Curiosamente, 6 meses después, Théo muere en una casa de salud de Utrecht. Ambos hermanos están enterrados en el cementerio de Auvers-sur-Oise."



El Hombre en un mundo anormal 
Artaud dice en su “Van Gogh”: “No es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal”. El mundo ha perdido su inocencia primordial, y en la actualidad padece una locura colectiva de grado creciente, locura sistematizada y razonante que excluye a todo aquel que pretende asumir su yo personal en plenitud. En una carta al doctor Allendy dice: “Todo me disgusta en la prodigiosa suciedad de este tiempo”. Artaud se convierte así en enemigo de la sociedad actual, y lo es por el simple hecho de asumir en todas sus implicaciones su dignidad de hombre. Y esa actitud la asumió desde un comienzo. Ya en el numero 3 de “La Révolution Surréaliste”, en el texto titulado “Carta a los directores de asilos” afirma: “Todos los actos individuales son antisociales”, frase que sería necesario comentar diciendo que eso sucede cuando una sociedad (como la actual) es fundamentalmente antihumana. ¿Qué cosas le reprocha Artaud al mundo de hoy? Habla de faltas graves e irredimibles: “este mundo servil”, en él “no hay amor ni siquiera odio, todos los cuerpos están repletos hasta el hartazgo, las conciencias resignadas, no hay mas que una inmensa satisfacción de inertes” (Cartas de Rodez). Por supuesto no se incluyen en esta sociedad aquellos que están fuera de ella, los marginados sociales, el inmenso numero de los descartados, de los miserables que viven una vida infrahumana. 

 
Antonin Artaud 

En la conferencia que tituló “Lo que vine a hacer a México”, define así a nuestra época: “esta civilización tiene por leyes lo siguiente: aquel que está desprovisto de máquinas, cañones, armas, bombas, gases asfixiantes, se convierte en presa de sus vecinos o del enemigo mas armado”. De una sociedad así podría decirse que padece de la voracidad de lo inerte, o en otras palabras que está planeada para arrastrar al hombre a la servidumbre. 

Y Artaud continúa sus acusaciones: “Todo lo que vivimos es solo una fachada”. En efecto, no solo habitamos un mundo absurdo e injusto, sino falso. Lo absurdo y lo falso son exactamente los dos componentes que se atribuyen a la locura. El mundo es absurdo porque el hombre vive sin comprender el sentido del producto mismo de sus creaciones (a consecuencia de lo que algún sociólogo podría definir como el mal uso de lo creado); es falso fundamentalmente porque el valor concreto “hombre” ha sido sustituido por el valor abstracto “masa”, y la simbiosis real que constituyen la carne y el espíritu, por una resultante estadística, o sea por un ente numérico. Nos movemos en un mundo basado en la supuesta eficacia de la inteligencia, en el saber y en el orden. Todos estos principios no han servido más que para arrojarnos al desorden, no sólo espiritual, sino material. Vivimos en la más completa confusión en un mundo satisfecho por las ilusiones de un progreso que cada vez margina a más gente. Al servicio de ese progreso la sociedad pretende ser absolutamente utilitaria. Todo lo que se hace debe servir para algo aprovechable. ¿Aprovechable por quién y para qué? No, sin duda, por la mayoría de los hombres que viven en condición infrahumana; ni siquiera para mejorar al resto que vive bloqueado en sus mas altas aspiraciones. Los resultados de este mundo en progreso son desastrosos. En el terreno material, el avance tecnológico aprovecha cada vez a menos personas, y llegará un momento en que sólo estará al servicio de entes abstractos. En cambio el hambre, la incertidumbre, el desamparo, la tensión abarcan aceleradamente cada vez al mayor número. En el terreno del espíritu nos encontramos con un mundo organizado según una tabla de valores morales y culturales tan arbitraria que ha llevado a la confusión total. Nadie sabe qué es lo bueno o lo malo, lo digno o lo indigno, lo superior o lo inferior. La presión de los bajos intereses en compañía de una estupenda imbecilidad esencial lleva a la subversión de valores, al fraude, a la mistificación. Pero nada de esto importa en definitiva, porque para la sociedad de consumo todo es aprovechable indiscriminadamente: el amor, el odio, las creaciones del espíritu, el balbuceo del idiota, la santidad y el excremento, el conformismo y la protesta. Para la sociedad de consumo, consumir equivale a destruir, porque necesita convertir en perecederos todos los productos del hombre. Su vigor se acrecienta en la destrucción, de modo que no resulta absurdo pensar que no parará hasta la autodestrucción. 

Pero cada vez es mayor la resistencia del hombre a esta sociedad perniciosa, cada vez es mayor la repulsa a la absurda estupidez. La creciente difusión en la sociedad de consumo por excelencia (representada por los EE.UU.), de las comunidades hippies y de los grupos de cuestionamiento se explica por el intenso y desesperado deseo de escapar a la ciega presión que crea este tipo de sociedad. 

En el mundo actual hasta los choques ideológicos se manifiestan en el plano de lo falso y de lo absurdo: por un lado los defensores del valor-dinero con la democracia y la iniciativa personal, para terminar con la más solapada y vergonzosa expoliación espiritual, hasta reducir el espíritu a cero. Por otro lado: los falsos predicadores de un mundo mejor que comienzan directamente por la expoliación espiritual (es decir, el mismo resultado anterior sin rodeos) con el pretexto de anular la expoliación material. ¿Qué queda entonces en el mundo actual de ese hombre del que Nietzche dijo: “Todo hombre lleva en sí la doble nostalgia de la elevación espiritual y de la pureza moral”? Con estas palabras simples Nietzche quiso expresar la imperiosa necesidad espiritual que caracteriza al hombre como especie, necesidad unida a su vida e inseparable de su destino. Esa necesidad se vuelve en Artaud urgente, desgarradora; una necesidad que no transa con nada, que no se conforma con medias tintas. Pero el hombre de hoy se ha propuesto traicionar su destino, por lo que marcha ciega pero decididamente hacia la negación los valores humanos fundamentales, y por este camino llega también a la autodestrucción. 

Esa idea de la autodestrucción la expresa Artaud en “Las nuevas revelaciones del ser”, del siguiente modo: “Y es así que por todos los ángulos, la destrucción tan buscada ha sido deseada conscientemente por los hombres, y yo pienso que ella es deseada ocultamente por todos como el único medio de salvarnos de un mundo en que la vida ya no puede ejercerse”. Artaud parece querer expresar en lo que dice que el hombre íntimamente consciente del mundo abominable en el cual vive y en cuya construcción ha participado, encuentra en su destrucción el único remedio posible, el remedio que ponga término a la aceptación de lo inaceptable. 

Artaud parte de la impugnación del mundo que lo rodea, y de un profundo disconformismo ante la condición humana tal como se presenta actualmente. Cuando el hombre quiere asumir con plenitud su destino, se ve bloqueado tanto en los caminos materiales como en los espirituales. Aquel que tiene plena conciencia de ser hombre se convierte, por ese solo hecho, en materia prima de la tortura. Es imposible respirar en esa atmosfera viciada por la respiración anhelante de los que quieren ascender a toda costa, por las miasmas en los que se mezclan el hedor de los miserables y el perfume siniestro de los poderosos que se obtiene destilando el hedor del sufrimiento de los humildes. 

Jamás, como en la época actual, el hombre ha vivido tan distorsionado. Para subsistir es necesario hacer lo contrario de lo que se predica. Los valores auténticos se desvanecen ante la imposición clamorosa de los valores falsos. Todo está trastocado. Amar la paz significa ir a la guerra, amar al prójimo significa aniquilarlo, la caridad es un operativo de humillación, y la cultura kitsch es impuesta como el mas codiciado valor cultural. 
En el terreno de la cultura la sociedad actual ofrece dos alternativas: una cultura de masas pretendidamente igualitaria y al alcance de todos (pero en realidad siniestramente fabricada desde arriba con falsos ingredientes, y cuyo objetivo es arrojar a un público inocente al más bajo nivel posible), y una cultura irónicamente llamada superior, que utiliza también falsos ingredientes más en consonancia con un público pretendidamente cultivado, pero que ostenta la misma inocencia esencial del publico masivo. Para este último público la cultura se convierte en un modo de joyería que señala un “status” y sirve de ornamento a los que aspiran a ser privilegiados en la escala social, opuestos, en general, a los privilegios del espíritu. 

De este modo la civilización moderna lanza al autentico artista (aquel cuya obra es irreducible a producto de consumo) fuera del arte, al auténtico escritor fuera de la literatura, y se apodera de las formas de expresión artísticas y literarias para convertirlas en mercaderías vacías de contenido. 

La civilización resulta así, desde todo punto de vista, un atentado contra la condición humana. El hombre que pretende vivir humanamente se encuentra ante la más desoladora confusión convertida en fuerza dominante y ley. En esta situación sólo quedan dos caminos, o resignarse y desaparecer como persona (criterio que adopta la mayoría), o rebelarse, entonces se es implacablemente perseguido y acorralado. Artaud dice: “No he querido convertirme en un resignado como los otros”. 

Aldo Pellegrini 
(parte del prólogo del libro "Van Gogh, el suicidado por la sociedad"
Este es un articulo de Aldo , extraído de la edición nacional del libro "Van Gogh, el suicidado por la sociedad"

http://www.taringa.net/posts/arte/3584340/Artaud_-el-Hombre-en-un-mundo-anormal.html 


En aquellos años, aparecía en el grupo uno de los personajes más significativos, más importantes de todo el movimiento. Me refiero al poeta y no diré dramaturgo, no quiero emplear esa palabra, renovador y revolucionario del teatro que fue Antonin Artaud, que pasó por La Habana camino de México por el año 1935 o 1936. Antonin Artaud era un extraordinario poeta, pero era el único de todo el grupo surrealista que se interesaba intensamente por el teatro. Y del mismo modo que el dadaísmo y el surrealismo crearon todo, crearon --como les decía-- el pop art, inventaron el collage, inventaron todo...
En fin, del mismo modo que lo habían inventado todo en ese sentido, con cincuenta años de antelación, Artaud fue el inventor de todo que hace el teatro más avanzado hoy día. Teatro del absurdo, teatro de la violencia, en una palabra, lo que él llamó el teatro de la crueldad.

Para Antonin Artaud el teatro debía dejar de ser una mera representación escénica en que salían unos actores vestidos de tal o cual manera que recitaban un papel, o decían un diálogo. El teatro tenía que ser una suerte de happening, tenía que ser una suerte de ceremonia colectiva en que interviniera el público, en que la acción se desbordara de la escena, invadiera al público, obligara al público a participar.

Extracto tomado de ALEJO CARPENTIER conferencias vol. 14 (siglo xxi editores, México, 1991)

Artaud, fotografiado por Man Ray en 1926

Antoine Marie Joseph Artaud comúnmente llamado Antonin Artaud (Marsella,Francia4 de septiembre de 1896 - París4 de marzo de 1948), fue un poeta,dramaturgoensayistanovelistadirector escénico y actor francés. 
Artaud es autor de una vasta obra que explora la mayoría de los géneros literarios, utilizándolos como caminos hacia un arte absoluto y "total". Sus tempranos libros de poemas (luego abandonaría el preciosismo poético, decepcionado) L'ombilic des limbes(El ombligo de los limbos) de 1925 y Le Pèse-Nerfs (El pesa-nervios) anuncian ya el carácter explosivo de su obra posterior. Es más conocido como el creador del teatro de la crueldad (cf. El teatro y su doble1938Manifiesto del teatro de la crueldad1948), noción que ha ejercido una gran influencia en la historia del teatro mundial. Trabajó en 22 películas, durante los años 20 y 30, entre las que destacan Napoléon de Abel GanceLa pasión de Juana de Arco de Carl Theodor Dreyer.

En el año de 1936, su interés por la cultura solar lo llevó a convivir con los indios Tarahumaras  en México. 
Después de varios años de reclusión psiquiátrica, publicó en 1947 el ensayo "Van Gogh le suicidé de la Société" , galardonado al año siguiente con el Prix Saint-Beuve. 
Murió en marzo de 1948 en el asilo de Ivry-sur-Seine. ©

Antonin Artaud por MAN RAY
Antonin Artaud por MAN RAY
Artaud
Por Jean Marabini

Antonin Artaud murió ayer por la mañana en el asilo de Ivry-sur-Seine. A la hora en que solían llevar a los enfermos la taza de café y el pedazo de pan, la enfermera de servicio descubrió su cuerpo sin vida cuan largo sobre el piso. Tal vez había querido vestirse. Todavía sostenía un zapato en la mano.
Yo había ido a verle la semana anterior. Entonces me confesó que había contraído el cáncer y que debía tomar fuertes dosis de cloral* para aplacar sus sufrimientos. Había rechazado quince días atrás una invitación de sus íntimos, que querían llevarlo al sur. Les dijo:
-A fines de febrero o a comienzos de marzo estaré muerto.
La profecía se consumó.
Habitaba un cuarto desolado en lo que fuera el antiguo pabellón de caza de un Orléans. Estaba tendido al pie de una inmensa chimenea sobre un jergón. En la pared, unos dibujos fulgurantes suyos que recordaban los bocetos de Van Gogh.
Me dedicó una foto: "¿Hasta qué tonalidad de sangre iremos juntos?", y sobre la edición de su Van Gogh, respondió: "La tonalidad de sangre irá hasta el negro". Se levanta, enciende con la mano temblorosa un gauloise y se pasea por el gran cuarto:
-Sé que tengo cáncer. Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: "El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock". Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió...
Continúa febrilmente:
-Estoy asqueado del psicoanálisis, de ese "freudismo" que se las sabe todas. Ahora sólo puedo concebir la pureza. Todos aquellos que dejaron algo: Edgar Poe, Baudelaire, Van Gogh, eran castos. Yo únicamente puedo crear cuando soy casto.
-Luego dirán que usted es cristiano...
-Eso no tiene nada que ver con Dios. Lo decía en mi famosa emisión radial prohibida. De paso, yo no tengo nada que ver con el escándalo que entonces se formó. La religión siempre ha sido ambigua en esos terrenos. En lo que me concierne pienso que debe abolirse el ser sexual. Hemos perdido, verá usted, una cierta concepción del hombre. Hacia el año mil, el hombre no moría. Hubo un tiempo en que vivía durante siglos. Había entonces pueblos enteros de muertos vivos como hoy apenas existen en algunos lugares apartados de Asia. Mientras los filósofos crean que existe de una parte el espíritu y de otra el cuerpo, el mundo no progresará. Sólo hay el cuerpo que el hombre pierde cuando piensa. Antaño, el acto era indirecto; no había ningún debate mental; la mano no hacía cálculos sobre si tomar o no tomar. En este momento quiero destruir mi pensamiento y mi espíritu. Por encima del pensamiento, del espíritu y la conciencia, no quiero suponer nada, no quiero admitir nada, no quiero entrar en ninguna parte, no quiero discutir sobre nada.
Sigue un largo silencio, interrumpido apenas por el crepitar del leño. Recuerdo que un día me confesó haber encontrado en el cloral esa libertad que buscaba, la liberación de sus obsesiones, lo que él llamaba su "rotación interna". Observo cerca de la chimenea la varilla de hierro que partió en dos durante su último delirio nocturno. Lo animaba entonces una fuerza luciferina.
Afuera, unos abetos, un pabellón oculto entre la maleza. Me dice que es la morgue y que en esa maleza irreal que lo rodea, a doscientos metros apenas del bosque por un costado y de las chimeneas de las fábricas por el otro, que ese pabellón podría ser el "jardín de la muerte" de Andersen.
Antonin Artaud contemplaba la cercanía de su fin desde hacía semanas. Aquella libertad que buscaba desesperadamente por fin la halló.
Frente a todo esto, ¿qué resta
del viejo Artaud?
algunas notas
aquellas del obrero de pozos que
trepa sin sol, hacia las afueras de la
bóveda redonda,
peldaño a peldaño por la escalera
del tiempo
gangrenado por la eternidad.
Hélas aquí a través de un cierto
pasado.
Antonin Artaud
(Fragmento de un poema entonces inédito)
________________________________
* Un hipnótico muy fuerte.
(N. del E). Los dos textos anteriores fueron sacados de René Char (faire du chemin avec), de Marie-Claude Char, Ediciones Gallimard, 1992. El segundo proviene de un recorte de periódico conservado por Char. La traducción es de Andrés Hoyos.

Otra muestra de las bondades  del Electroshock
Otra muestra de las bondades  del Electroshok


El Crimen de Artaud
Por Hernán Isnardi
"Sólo los espíritus agrietados poseen aberturas al más allá."
E. Cioran

   Quisiera comenzar con dos fragmentos de Artaud (donde pueda hablar él me abstendré) que creo son fundamentales para la comprensión del texto.
Dice Artaud:
   "¿Qué se entiende por Auténtico Alienado?
Es un Hombre que prefiere volverse loco antes que traicionar una idea superior del honor humano."
"En el alienado hay un genio incomprendido que cobija en la mente una idea que produce pavor, y que sólo puede encontrar en el delirio un escape a las opresiones que le prepara la vida."
   Si fueron capaces de matar a mi amigo con esa sed imposible que es el desconocimiento opacado por la imbecilidad (cosa que denuncia a cualquier negligente), cuidado, el mundo les pertenece.
   El corto camino de la mediocridad siempre prefigura esa clara intención.
   El hombre está solo. La soledad es como una gran noche que traga todo. Ya sabemos que lo obscuro se lleva hasta las sombras y que sólo podemos hallarlas en los últimos silencios.
   Artaud, el pobre Artaud, el loco Artaud, ya no tiene la costumbre de la angustia; ya la tierra tapó toda tristeza y su dolor es otro de los olvidos.
   El poeta puede soñar lo que no sabe y ganar un espacio sin memoria.
Soledad y nada; entrega y decisión; humillación y angustia. Antonin Artaud ha llegado al infierno y el río del olvido no existe (o sí). Beber, olvidar y despertar en el infierno, en la orilla de un río que al beber olvidas todo, es sentencia.
   El vacío único de bucear en todo y al límite; siempre; en dirección a la nada.
   Dicen que en febrero de 1948 se le diagnosticó cáncer de recto terminal. Dicen también que el exceso de electroshock, además de ocasionarle la rotura de una vértebra y la caída de varios dientes, lo mató.
   Acusa el diccionario a propósito del término electroshock (electrochoque) lo siguiente:
"Terapéutica psiquiátrica consistente en el paso por el cerebro de una descarga eléctrica (en las sienes del paciente) durante unas décimas de segundo con la pérdida de conciencia. Aunque de eficacia discutida, se usa en el tratamiento de cierto tipo de psicosis."
   Me sorprendió encontrar sobre esta definición, la palabra electrocutar: "Muerte debida la paso de una descarga eléctrica".
   Lo que mata sería la dosis.
   Tratemos de ordenar desde su cabeza, cómo esa degradación le fue ganando la carne hasta pudrirla.
   Dice Artaud:
"En todo psiquiatra viviente hay un sórdido y repugnante atavismo que le hace ver en cada artista, en cada genio, a un enemigo.."
"... Los asilos de alienados son refugios de magia negra deliberados y conscientes y el tema no es sólo que los médicos promuevan la magia por sus métodos terapéuticos híbridos y disruptivos sino que la practican. Si no hubieran aparecido los médicos, no hubieran existido los enfermos..."
   Antonin Artaud comienza por el género y continúa con la especie, el electroshock:
"... y que en ese instante le permite no sólo no conocer sino terrible y desesperadamente desconocerlo que fue, cuando él era él, qué, ley, yo, rey, tú, zas, y eso. Pasé por eso y no lo voy a olvidar..."
"Pero veamos, los electroshocks jamás fueron una experiencia y agonizar en el electroshock es hacer pedazos una experiencia succionada por embriones del no-yo y que el hombre no volverá a encontrar..."
   Siempre habla de pérdida y nunca de recuperación de cualquier algo. Sigue:
"La medicina pervertida miente cada vez que muestra a un enfermo curado por las introversiones eléctricas de su método, yo sólo he visto a los aterrorizados del sistema, imposibilitados de reencontrar su yo. El que ha sido sometido al electroshock, no sale más de sus tinieblas y la vida disminuyó un grado..."
"... crear la muerte de esa manera artificial como lo hace la medicina actual es impulsar un reflujo de la nada que jamás fue provechoso para nadie.
   ¿Pero quién garantiza que los alienados de este mundo pueden ser curados por los auténticos vivientes?"
   Grave e hiperlúcido; el disminuido que no reduce un grado de genio y testifica con sus vísceras una realidad tan ineludible como inexplicable.
"Cada aplicación -dice Artaud- me sumió en un terror que duraba cada vez varias horas. Y no sin desesperación veía acercarse cada nueva aplicación pues sabía que perdería la conciencia una vez más y que durante una semana entera me vería además ahogándome en mí sin llegar a reconocerme sabiendo perfectamente que yo estaba en alguna parte pero Dios sabe donde y como si estuviese muerto."   Termina -por ahora- con una sentencia de las más violentas que he leído y que paradójicamente está marcada por una pasividad extrema:
"Tengo que levantar una protesta por haber hallado en el electroshock a muertos que no hubiese querido ver."   Sólo pide el derecho a disponer de su angustia, la angustia que hace a los locos, a los suicidas, a los condenados; la angustia que la medicina desconoce y que el doctor no entiende y que arranca la vida...
"Mi cuerpo y yo no queremos que nadie disponga de él." y agrega: "no existe sismógrafo humano que permita a quién me mire, llegar a una evaluación de mi sufrimiento más exacta que aquella fulminante de mi espíritu. Toda la incierta ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que hay en mí."   Es él quién esclarece (bien digo esclarece) anticipadamente su crimen.
   En el hiperlúcido trabajo sobre "Van Gogh, el suicidado por la sociedad", encontré la analogía por estudio y por sensaciones orgánicas con su vida y su muerte:
"La lucidez de Van Gogh, deja a la psiquiatría reducida a un tugurio de gorilas, obcecados y perseguidos, que sólo tienen como recurso para atenuar los más terribles estados de angustia y opresión humana, una ridícula terminología."   ...Y recuerdo la sentencia de Porfirio: Lo semejante reconoce a lo semejante.
"El médico siempre tiene razón contra un encarcelado, porque le basta afirmar, y el enfermo siempre está en el error porque en tales casos aún sus afirmaciones de hechos entran en la categoría de un delirio catalogado, cualquiera sea la lucidez que emplee en expresarlos" le dice Artaud al excelentísimo doctor Latrémolière, director de un asilo para alienados.
   Aldo Pellegrini explica que el rechazo de Artaud al psicoanálisis tiene un fundamento ético y Antonin aclara: "Rechazaré toda tentativa de encerrar mi conciencia en preceptos y fórmulas."
   No conozco testimonio más claro que el que Artaud propone y no ha sucedido que un denigrado (físico y mentalmente) exponga y proponga con excelencia su mal y su solución.
"Soy aquel que ha sentido mejor el desconocimiento estupefaciente de su lengua en sus relaciones con el pensamiento. Soy aquel que mejor ha localizado el punto de sus más íntimos, de sus más insospechables deslizamientos. Me pierdo en mi pensamiento verdaderamente, tal como se sueña, tal como se entra súbitamente en el pensamiento. Soy aquel que conoce los recovecos de la pérdida."   En toda la literatura de Artaud hay claves -ciertas veces claras y ciertas no- de su terrible nacimiento, vida y hasta adelantarse a su muerte. La angustia metafísica de Artaud multiplica el problema que es la vida. Artaud, como dice Pellegrini "rechaza cualquier tipo de conformismo, cualquier pretexto de alivio, cualquier engaño usado como justificativo para poder vivir".
"El hombre civilizado es un monstruo que ha desarrollado hasta el absurdo esa facultad que tenemos de derivar los pensamientos de nuestros actos, en vez de identificar nuestros actos con nuestros pensamientos."   La ficha del psiquiátrico decía "este hombre se dice poeta". JA JA JA JA JA JA y JA. Allí donde la inteligencia exige un límite, vemos -no sin asombro- que la imbecilidad NO.
El Psiquiatra estudia...
El poeta siente...
   El poeta, estudiando algunos años, puede ser la piel del psiquiatra. El psiquiatra, aún viviendo algunas vidas, podrá jamás ser la piel del poeta.
   En el pecho del poeta se refleja -como en ningún otro- las torsiones del corazón y el sentido de una cosa. El verbo en estado puro.
   El pecho de un poeta es un volcán que, cuando hace erupción, sepulta todo lo que quiere con decisión y calor únicos. El alma también se consume con ardor... pero se rehace, siempre; porque como dice Antonin "la nada es cosa de poetas".
   La sociedad no se ha elevado aún hacia él. Han intentado bajarlo hasta el límite estúpido de sus conciencias débiles. Por eso cuidado con la pluma del poeta, la tinta puede ser sangre... y te puede matar una palabra.
   Gracias una vez más, hermano, por no haber dejado de ser jamás, Antonin Artaud.
Autorretrato de 1946


Poemas y textos de Antonin Artaud:



Noche

Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana
nos revela una mujer desnuda.

En los odres de las sábanas hinchadas 
en los que respira la noche entera
el poeta siente que sus cabellos
crecen y se multiplican.

El rostro obtuso de los techos
contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos
la vida es una pitanza profunda.

Poeta, lo que te preocupa
nada tiene que ver con la luna;
la lluvia es fresca, 
el vientre está bien.

Mira como se llenan los vasos
en los mostradores de la tierra
la vida está vacía, 
la cabeza está lejos.

En alguna parte un poeta piensa.
No tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande,
el mundo está atestado.

En cada aposento
el mundo tiembla,
la vida engendra algo
que asciende hacia los techos.

Un mazo de cartas flota en el aire
alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos
y de las pipas de la tarde.

En el ángulo oblicuo de los techos
de todos los aposentos que tiemblan
se acumulan los humos marinos 
de los sueños mal construidos.

Porque aquí se cuestiona la Vida
y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos
de la asamblea aérea.

El Verbo brota del sueño
como una flor o como un vaso
lleno de formas y de humos.

El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara
en los cráneos vitrificados.

El areópago ardiente de los poetas
se congrega alrededor del tapete verde,
el vacío gira.

La vida pasa por el pensamiento 
del poeta melenudo.

De "Oeuvres Completes" (Tome I)
Versión de Aldo Pellegrini



Primera carta conyugal 

           Cada una de tus cartas aumenta la incomprensión y la estrechez de espíritu de las anteriores; juzgas con tu sexo 
y no con tu pensamiento como lo hacen todas las mujeres. 
Confundirme yo, con tus razones. ¡Te burlas! Pero lo que me irritaba era verte volver sobre las razones que hacían tabla rasa 
sobre mis razonamientos, cuando uno de esos mismos te había llevado a la evidencia. 

           Todos tus razonamientos y tus infinitas disputas no podrán impedir que no sepas nada de mi vida y que me condenes 
por un mínimo fragmento de ella misma. No debería siquiera serme necesario justificarme ante ti si sólo fueras, tú misma, una mujer prudente y equilibrada, pero tu imaginación te enloquece, una sensibilidad sobre aguda que no te permite enfrentar la verdad. Contigo cualquier discusión es imposible. 

            Sólo me queda decirte una cosa: mi espíritu siempre fue confuso, un achatamiento del cuerpo y del alma, esa suerte de contracción de todos mis nervios. Si me hubieras visto hace algunos años, por períodos más o menos cercanos, antes aún 
de que en mi se sospechara el uso del que tú me recriminas, dejarías de extrañarte, ahora, del retorno de esos fenómenos. 
Si por otra parte estás convencida, si te parece que su reincidencia se debe a ello, entonces no hay nada que decir, contra un sentimiento no se puede luchar. 
De cualquier manera ya no puedo contar contigo en mi angustia, ya que te niegas a ocuparte de la parte de mí más afectada: 
mi alma. 

            No me has juzgado, por otra parte, nunca de otra manera que por mi aspecto externo como hacen todas las mujeres, 
como hacen todos los imbéciles, cuando lo que está más destruido, más arruinado es mi alma interior; y no puedo perdonarte eso, pues las dos no siempre coinciden, desafortunadamente para mí. En cuanto a lo demás, te prohíbo hablar otra vez. 

Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926

Versión de L.S.

FRASES DE ANTONIN ARTAUD


El Teatro de la Crueldad ha sido creado para restablecer en el teatro una concepción de la vida apasionada y convulsiva, y es en este sentido de rigor violento y condensación extrema de elementos escénicos que debe entenderse la crueldad en la cual están basados.
Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.
Se ha perdido una idea del teatro. Y mientras el teatro se limite a mostrarnos escenas íntimas de las vidas de unos pocos fantoches, transformando al público en voyeur, no será raro que las mayorías se aparten del teatro, y que el público común busque en el cine, en el music-hall o en el circo satisfacciones violentas, de claras intenciones.
Quisiera hacer un libro que altere a los hombres, que sea como una puerta abierta que los lleve a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir, una puerta simplemente ligada con la realidad.
Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu.
Me niego a hacer diferencias entre cada minuto de mí mismo. No acepto el espíritu planeado.
No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible.
El más pequeño acto de creación espontánea constituye un mundo más complejo y mucho más revelador que cualquier sistema metafísico.
La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios.
Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida.
Ni mi vida es completa ni mi muerte ha fracasado completamente.
Y el público creerá en los sueños del teatro, si los acepta realmente como sueños y no como copia servil de la realidad, si le permiten liberar en él mismo la libertad mágica del sueño, que sólo puede reconocer impregnada de crueldad y terror.

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