En el arte la democratización es la cultura pop,
que es el supermercado del arte.
La cultura pop es una mierda.
Paul Virilio y Enrico Baj: Discurso sobre el horror en el arte. Giulio Scafa (tr.) Madrid: Casimiro libros, 2010.
El filósofo Paul Virilio y el pintor satírico italiano Enrico Baj dialogan sobre el fenómeno de la muerte del arte. Se agradece mucho el contrapunto de Baj, que obliga a Virilio a expresarse de un modo inteligible para el común de los mortales.
Comienza el diagnóstico del arte contemporáneo de Enrico Baj certificando cómo se ha impuesto a través los medios de comunicación de masas no sólo un pensamiento único sino también una forma de sentir única que hace imposible el asombro, la indignación, la confrontación, la polémica, pues están siempre dentro de lo ya previsto. Virilio asiente, el arte de las bienales es un arte oficial que presume de transgresor pero que impone sus modas exigiendo obediencia y silencio.
El único mérito del arte contemporáneo, desde la exposición del urinario de Duchamp en adelante, ha sido anticipar cómo el capital terminaría apoderándose de todos los ámbitos de la vida social. El capital ha exterminado cualquier otro valor imaginable ya sea estético, religioso o familiar. Marx lo profetiza a la perfección en el primer capítulo del Manifiesto Comunista.
El mercado del arte es una burbuja delirante de las que produce el capital cuando se le deja a su libre albedrío. Se ha convertido en el mercado propicio para «blanquear» las plusvalías de la corrupción o el narcotráfico. Naturalmente, dentro de su política de abaratar costes la producción de la mercancía artística ha sido otorgada a publicistas como Warhol o Saatchi. Mínimo esfuerzo, mínimo talento y mucha provocación en la puesta en escena. Ese es el elemento natural de Hirst, Koons, Emin, Creed…
Walter Benjamin se equivocó al predecir la desaparición del aura de la obra de arte en la era de la reproductiblidad técnica. Ha ocurrido justo lo contrario: de cualquier objeto (perfume, detergente, partido político o conflicto internacional) emana un halo de fascinación propagandística capaz de seducir a las masas en un instante. Tras un proceso de selección darwinista han sobrevivido las imágenes extremadamente eficaces, productivas, espectaculares. Su difusión masiva en forma de píxeles que viajan a la velocidad de la luz anulan las posibilidades de florecimiento de una sensibilidad óptica más atenta al símbolo o a la pausa. Piénsese en los grupos de turistas armados con cámara de fotos que visitan a paso ligero los museos. «Ver y sacar fotos se convierte así en un sustituto del trabajo, como sostiene Susan Sontag en su ensayo sobre la fotografía».
Definitivamente, la tecnología en el arte se ha convertido en el nuevo academicismo. Sus orígenes se remontan al éxito del cine sonoro, paradigma del «arte motorizado», que prácticamente ha condenado a la extinción a otras técnicas de representación como la pintura o el grabado.
En el fondo, el hombre está siendo sometido a las máquinas, especialmente a través de aquellos artefactos ópticos encargados de convertirlo en transparente: satélites, cámaras, móviles, tarjetas, redes… Cuando el ser se traslada en tiempo real a la pantalla comienza la estética de la desaparición que es, al mismo tiempo, una desaparición de la estética. Comienza el imperio de lo «ópticamente correcto» que deja a las demás representaciones de la realidad en la cuneta de lo antiguo o ineficaz. Es el reino de la publicidad, el imperio Saatchi.
El medio en el que la publicidad reina es el de la pornografía electrónica: Internet. Un logro tecnológico que recuerda la confusión de Babel y la extinción del Diluvio universal.
– Paul Virilio. En efecto, la Torre de Babel y el Arca de Noé están estrechamente ligadas. La modernidad ilustra perfectamente Babel con la idea del museo global, con ese Guggenheim que, desde Las Vegas, expondrá de todo: momias, armaduras, monedas, obras rusas, centroeuropeas, vascas, conceptuales, vestidos de Armani, vasijas incas, cubismo, minimalismo, divisionismo alpino y macdonaldismo, etc.
El Guggenheim representa la principal realización del actual arte oficial, de lo que llamo lo «optically correct»; y sabe hacerse una publicidad increíble, mundial. Es el arte oficial de la tecno-ciencia, que abarca incluso una dimensión genética. La expresión artística pasará a manifestarse en los cuerpos de los individuos y acabará en hibridación transgénica (como en el pollo de cuatro patas del que sacar cuatro muslos). Es más: el arte oficial no sólo es el arte plástico, es también el arte de la plasticidad de las formas a través de la genética. El nuevo expresionismo es el expresionismo genético. Más exactamente, la genética quiere convertirse en arte.
La única escapatoria es el accidente. No hay técnica sin accidente. El éxito de Trinity nos llevó hasta Chernobyl, la bomba informática a la crisis económica de 2008 y la experimentación con el genoma ¿quién sabe?. Por el contrario, el accidente en el arte es positivo, es la diversidad de la representación. La obsesión por suprimir el riesgo del accidente en la técnica se ha exportado al arte. En este caso, se trata de imponer lo «ópticamente correcto» y enterrar para siempre la diferencia en la representación. Si bien en el mundo técnico el últimísimo modelo de iphone es la perfección técnica que envía al vertedero a los modelos más antiguos, no ocurre así en el mundo del arte, donde los cuerpos de Francis Bacon o Lucien Freud no anulan el punto de vista de Miguel Ángel o Leonardo.
– Paul Virilio. Hoy en día, lo ópticamente correcto es un intento de eliminar la percepción de imágenes antiguas, de hacerlas caer en el descrédito; de ahí esa especie de prohibición de pintar: ¡está prohibido pintar! Sólo se admiten las imágenes técnicas. Lo mismo ocurre con el «genismo», que se propone inventar al superhombre: un hombre mejor, que eliminará a los hombres anteriores, normales. Lo grave de intentar crear genios no es tanto la idea de mejorar la especie humana como la de suprimir a los otros seres humanos, considerados como desechos humanos, como sub-hombres. Puedo aceptar el superhombre, siempre que no se proponga eliminar a los otros hombres. Junto al «genismo» del hombre está el del arte. Se anteponen, eliminando las otras, las imágenes más eficaces, las que producen más efecto, las más performing, las que concitan mayor audiencia y aseguran un efecto ganador. La imagen técnica es ganadora y sólo pretende ganar: sólo importan los campeones.
La ciencia, creando al super-hombre, se convierte en magia y alquimia y no en faro de Ilustración. Ante este nuevo absolutismo de la razón sólo cabe recuperar el cuerpo: «hay que volver a bailar», como decía Nietzsche. Hay que recuperar la Naturaleza. La figura humana y la Naturaleza son los pilares del arte y la estética. El body-art del accionismo vienés y demás automutilaciones son un buen ejemplo de cómo se quiere poner fin definitivamente al hombre.
Es necesario, según Virilio, la creación de un museo del accidente que muestre la hiperproducción de catástrofes que acompaña a la Genética o la Física. Y no sólo para unas pocas personas como ocurre en el asumido accidente de tráfico, sino para toda la humanidad. Monstruos y mutantes nos acechan detrás de una investigación científica al servicio del capital, que ha convertido en mercancía la fisión del átomo y la manipulación del genoma. Esta es la temática de la colección sobre el Apocalipsis de Enrico Baj.
Se cierra el libro con un texto de Enrico Baj que es una sátira de la Bienal de Venecia de 2001, esa Bienal, «metáfora de toda cortedad, exterioridad, banalidad, desperdicio y devastación mental, que es el arte oficial up to date, a la última.» Baj no deja títere con cabeza: la frivolidad absurda de Santiago Sierra, Richard Serra, Germano Celant, Maurizio Cattelan financiada por Gucci, Sotheby’s y Guggenheim.
Tras las críticas de Baj al arte contemporáneo hay una clara intención política (que se refleja en la sátira de su arte), cierta nostalgia del entusiasmo de la Internacional Situacionista y Mayo del 68, cuando todavía había esferas de la vida privada y la imaginación que no eran convertidas en mercancía y comercializadas. Las críticas de Virilio tienen connotaciones más religiosas: por momentos parece una réplica de Leon Bloy o del profeta Ezequiel.:)
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