París, la Ciudad de la Luz, siempre ha tenido un encanto atemporal. Sin embargo, hubo un período que capturó la esencia de la ciudad de forma única: la década de 1930, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial . Gracias a una serie de fotografías extraordinarias, podemos viajar en el tiempo y experimentar la vida cotidiana en la capital francesa durante ese tumultuoso período.
#1 Les Escaliers de Montmartre, París, 1936. (Foto de George Brassai)
Roger Schall (1904-1995) fue un famoso fotógrafo francés de las décadas de 1930 y 1940. Trabajó en todas las disciplinas fotográficas : moda , retratos , desnudos , bodegones y numerosos reportajes fotográficos, publicados en importantes revistas internacionales como Vu, Vogue, L'Illustration, Life y Paris-Match. Cubrió numerosos acontecimientos de actualidad y, en particular, se centró en la vida en París , su tema predilecto.
Finalmente, abandonó la fotografía en 1967, dedicándose a la pintura y a la gestión de su archivo, que incluía aproximadamente 100.000 imágenes.
Todos tenemos un París en la cabeza. No importa si la hemos visitado o no, si hemos o no vivido un tiempo en ella. Nos imaginamos la ciudad desde la infancia, con su magnífica torre y su copia de un arco romano, convencidos de que un día caminaremos por sus calles.
Infobae Leamos recopiló una serie de sitios imprescindibles para descubrir la capital francesa a través de los ojos del escritor argentino y su obra más famosa.
Rayuela, la obra más famosa de Julio Cortázar, cumple 60 años en 2023
“¿Encontraría a la Maga?”. La pregunta se la hace Horacio Oliveira, el personaje central de Rayuela, a medida que se va acercando al Pont des Arts, el puente parisino famoso por haber sido durante muchos años el lugar donde las parejas iban a sellar su amor con un candado en las rejas de las barandas. Pero esa costumbre, que las autoridades de París decidieron terminar en 2015, nació bastante después de los encuentros y desencuentros de Horacio y Lucía (la Maga) en la capital francesa.
Ambos son los personajes centrales deRayuela, la obra más famosa del escritor argentino Julio Cortázar. La novela, o “contranovela”, como le gustaba llamarla a su autor, es también un viaje literario por París. Cortázar, quien se estableció allí en 1951, la pinta de cuerpo entero con sus costumbres, olores e imágenes.
El boom que generó la publicación del libro en 1963 también llevó a muchos fanáticos a querer vivir en carne propia esa París que Cortázar describió alguna vez como “un corazón que late todo el tiempo”. En esta nota, Infobae Leamos recopiló una serie de sitios imprescindibles para recorrer la “Ciudad Luz” a través de los ojos del creador deRayuela.
“Del lado de allá”
Pont des Arts
El Pont des Arts es escenario de muchos encuentros casuales entre Oliveira y la Maga. REUTERS/Sarah Meyssonnier
“Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”. El fragmento corresponde al primer capítulo de la novela. Horacio Oliveira va camino al puente en busca de la Maga, aún sabiendo que ese día no la encontraría allí. La pasarela, ubicada a apenas metros del Museo del Louvre, es testigo de muchos encuentros casuales entre los personajes centrales.
Orilla izquierda del Sena
Puestos de los "bouquinistes" en la orilla izquierda del Sena, a metros de la Catedral de Notre Dame. EFE/MOHAMMED BADRA
A Cortázar le encantaba caminar por la ribera izquierda del río. Allí solía pasearse por los puestos de los bouquinistes (los vendedores de libros usados). Su personaje Oliveira también transitaba esas tiendas llenas de cajas que le parecían “fúnebres de noche”. Por eso una noche de nevada se divirtió escribiendo “RIP” (QEPD) con un palito en todas las cajas.
Los bouquinistes se encuentran en ambas orillas del Sena, que se jacta de ser el único río en el mundo rodeado por largas filas de estanterías y puestos de venta. El recorrido de tres kilómetros, lleno de libros antiguos y usados, revistas y souvenirs, es un clásico de la escena turística parisina.
Catedral de Notre Dame
La Catedral de Notre Dame de noche (Getty Images)
En los bancos de la plaza Jean XXIII, ubicada detrás de la emblemática catedral, Oliveira y la Maga se encontraban para besarse. A Cortázar le gustaba mucho Notre Dame y era capaz de quedarse horas observándola desde distintos ángulos.
Barrio Latino
El Barrio Latino es otro de los epicentros porque allí transcurre gran parte de la novela. La casa en la que vivían Oliveira y la Maga se encontraba en este pintoresco distrito, hogar de la Universidad de La Sorbona y de los cafés llenos de jóvenes estudiantes. El barrio también alberga el Panteón y el Jardín de Plantas.
La peculiar pareja vivía en la rue Du Sommerard. A la Maga le gustaba “acariciar los gatos más roñosos” allí y darle la mamadera a su bebé Rocamadour, el pequeño con el que arribó a París desde Uruguay.
Odeón
Los Jardines de Luxemburgo forman parte de los sitios imprescindibles de Rayuela en París. REUTERS/Christian Hartmann
Odeón es conocido por ser el centro intelectual de París. El mismo está estrechamente vinculado con la literatura, la cultura y el arte. Oliveira y la Maga comían hamburguesas en el restaurante Carrefour de l’Odeon (que nada tiene que ver con la cadena de supermercados) y luego se iban en bicicleta al barrio de Montparnasse. Los famosos Jardines de Luxemburgo se encuentran en el barrio de Odeón.
Parc Montsouris
En el Parc Montsouris, Oliveira y la Maga sacrifican un paraguas viejo en un atardecer helado de marzo. El parque está ubicado sobre el Boulevard Jourdan, donde a veces a medianoche se reunían los miembros del Club de la Serpiente
El parque del arrondissement XIV no es un lugar que frecuentaban mucho Oliveira y la Maga pero sí es fundamental para Cortázar porque pudo haber servido como inspiración para su “contranovela”. El autor vivió un tiempo justo enfrente, más precisamente en la Casa Argentina de la Ciudad Universitaria. El establecimiento, dependiente del Ministerio de Educación de Argentina, funciona como residencia para estudiantes, científicos y artistas argentinos que desean profundizar sus estudios académicos en París.
Cortázar residió durante cuatro meses en lahabitación 40 del tercer piso del Gran Pabellón. La biblioteca de la Casa lleva el nombre de Julio Cortázar en homenaje a su residente más destacado.
La Casa Argentina en París, en la Ciudad Universitaria
Cementerio de Montparnasse
Tumba en el cementerio de Montparnasse en París, donde se encuentran los restos de Julio Cortázar (1914-1984), junto a su segunda esposa, Carol Dunlop (1946-1982). Foto Ricardo Ceppi
El cementerio no forma parte de la historia pero es el lugar donde fue enterrado Cortázar en 1984. La tumba suele ser un lugar muy concurrido por sus aficionados, que se acercan a dejar mensajes, flores, piedras y tickets de tren o metro. Tampoco es de extrañar encontrarse con una edición deRayuela sobre la lápida. El escritor fue enterrado junto a su segunda esposa, la estadounidense Carol Dunlop, fallecida en 1982. La pareja contrajo matrimonio en 1978.
“Del lado de acá”
Buenos Aires también es escenario deRayuela. Por eso hay estudiosos de Cortázar que se dedican a organizar rutas para recorrer puntos emblemáticos de la capital argentina donde transcurre la historia.
Mariana Iglesias es periodista y guía de turismo. En 2014, año del centenario de nacimiento de Cortázar, viajó a París con su revista para hacer la ruta del escritor en la capital francesa. El proyecto fue un éxito y al año siguiente se planteó la posibilidad de llevar a cabo lo mismo en Buenos Aires. Así fue como en 2015 lanzó la primera ruta de Cortázar en la capital argentina. En el circuito se destacan los cafés del Microcentro, las galerías de la calle Florida, la Avenida de Mayo, las estaciones de subte de la línea D y la casa del escritor en el barrio de Agronomía. Bajo el nombre de Coolturarte, Iglesias diseña rutas literarias, tours sobre arte urbano y un circuito turístico cultural que vincula París con Buenos Aires.
Consciente de la dificultad que plantea la lectura deRayuela para mucha gente, Coolturarte también organiza un taller literario para leer la obra en grupo, que se junta los sábados por la tarde en distintos cafés de Buenos Aires. Los cuatro ejes de trabajo son las ciudades, los personajes, los lenguajes y la música.
Mariana Iglesias imparte un taller literario para ayudar en la lectura de Rayuela. El grupo se junta todos los sábados en distintos cafés de Buenos Aires
Rayuela tiene la particularidad de que puede leerse de varias maneras. Para acercarse a la novela por primera vez, Iglesias propone leer del capítulo 1 hasta el 56 y luego ser parte de la lectura activa que pide Cortázar, saltando y alternando capítulos. Sin embargo, para la periodista, “Rayuela no termina nunca”. “El día que llegás al capítulo 131, la novela te vuelve a proponer otro capítulo, y así se hace un loop que no termina nunca. Es infinita”, afirma.
“Rayuelaes una novela que te va a acompañar toda la vida. En cada momento que la leés encontrás algo distinto. Tiene una pretensión de biblia”, concluye.
París, años sesenta. Cansada de sus estudios de medicina y todavía marcada por el suicidio de su amante, Laure se refugia en el alcohol, reniega del amor y emprende un peligroso y excitante camino hacia las profundidades de la vida nocturna del barrio de Pigalle. Pronto se convierte en Gigolá, una joven garçonne, atractiva por su rebeldía —de pelo corto, bastón en mano y vestida de smoking de terciopelo negro—, que vende su cuerpo, como un desafío, en los locales de moda de la plaza Blanche y en garitos del Boulevard de Clichy. Censurada en 1972, la editorial francesa Fayard la recupera, en 2002, 30 años más tarde.
París, años sesenta. En el café Condé se reúnen poetas malditos, futuros situacionistas, y estudiantes fascinados por la bohemia parisina. Y aunque la nostalgia de aquellos años perdidos parecería ser el tema central de la novela, Modiano le da un giro sorprendente. Porque En el café de la juventud perdida es también una novela de misterio. Todos los personajes, todas las historias, confluyen en la enigmática Louki. Cuatro hombres nos cuentan sus encuentros y desencuentros con la hija de una trabajadora del Moulin-Rouge. Algunos la buscan, otros la aman, y para casi todos ellos la chica encarna el inalcanzable objeto del deseo. Louki, como todos los que la acompañan en su vagabundeo por un París espectral, es un personaje sin raíces, que vive inventando identidades, renaciendo una y otra vez, luchando por construir un presente perpetuo. Modiano recrea alrededor de la fascinante y conmovedora figura de Louki el París de su juventud, al mismo tiempo que construye con su estilo inconfundible una hermosísima novela sobre el poder de la memoria y la búsqueda de la identidad, dos grandes ejes de la obra del escritor francés.
"París, años sesenta. Un chico solitario mantiene una serie de encuentros sucesivos y a veces fugaces con seis mujeres enigmáticas: Mireille Ourousov, Geneviève Dallame, Madeleine Péraud, Madame Hubersen, Martine Hayward y una joven cuyo nombre no llegamos a conocer. Algunas de ellas son viejas conocidas que han aparecido en otros libros del autor.
El escenario, como tantas veces en la obra de Modiano, vuelve a ser un París entre la realidad, la memoria y el ensueño, cuyas calles se convierten en itinerarios de un mapa mental. Aparecen hoteles, cafés y apartamentos, la afición al espiritismo, ciertas lecturas que dejan huella y también un cadáver y una huida. Porque una de esas mujeres ha matado a un hombre, parece que de forma accidental. A algunas de ellas el joven protagonista las reencontrará años después: a una la verá llevando de la mano a un niño, su hijo; otra reaparecerá con una cicatriz atravesándole la frente... Todos estos encuentros y reencuentros son evocados, cincuenta años más tarde, por el hombre maduro en el que se ha convertido ese joven, por el narrador que convoca el huidizo pasado y a seis mujeres envueltas en el misterio que en mayor o menor medida le marcaron para el resto de su vida."
Tuve el privilegio de conocer al escritor Jean Paul Sartre, en París, cuando era estudiante y de vivir momentos históricos durante los acontecimientos estudiantiles de la llamada Primavera de Praga y el Mayo francés.
Trocadero, París.
Al viajar a París como becada, la revista Gente me pidió algunas entrevistas y me dió el teléfono de la escritora Christiane Rochefort, quien había publicado la novela “El reposo del guerrero”, un best seller mundial. En cuanto pude, la llamé.
Muy amable me invitó a su casa, conversamos y quedamos en encontrarnos para hacer una entrevista. Era una mujer de cierta edad, regordeta y muy activa. Antes de que terminara la semana me telefoneó, me pidió que urgente tomara un taxi y la pasara a buscar porque íbamos a Trocadero. Jean Paul Sartre debutaba con su obra “El diablo y el buen Dios”, y quería que fuera inmediatamente. Llegamos al teatro, Rochefort me dijo que como yo también era actriz, la guiara, teníamos que entrar por una puerta lateral para ir al escenario, así lo hice. Sartre estaba entre bambalinas, de baja estatura, muy delgado y nervioso, con su ojo estrábico. Christiane nos presentó, me besó a la francesa y me dijo que fuera al café, la semana siguiente, que tenía mucho que conversar conmigo.
El estreno fue apotéosico. Todo Paris estaba allí. Al caer el telón, Sartre salió a saludar y el público aplaudía de pie: al pensador, al hombre de la cultura que despertaba conciencias, al filósofo creador del Existencialismo, al personaje que era la palabra frente a los hechos del mundo. Aplaudíamos al creador de un corpus literario y filosófico, con obras inmortales: El ser y la nada, La Nausea, Kean, A puerta cerrada, al fundador de la revista Les Temps Modernes, al activista político comprometido.
Aplaudíamos al hombre civico, al intelectual honesto, al escritor entregado, al filósofo del siglo XX.
De aquella noche única, vuelvo al París de hoy, llego a Trocadero y una funcionaria del teatro me confirma que, efectivamente, la obra se dió en el Teatro Nacional Chaillot, fue una repris (la obra se había estrenado en 1951 con Jouvet y María Casares). Esta versión del 1969, alcanzó un éxito teatral sin precedentes y yo tuve la suerte de estar presente.
Una foto recuerda la mesa a la que se sentaba Simone en el café Les Deux Magots
Volviendo a mi época de estudiante, Rochefort me llevó al Café Deux Magots, en el Quartier Latin, era un típico café parisino, con mesas de madera oscuras. En un rincón estaba Sartre, con estudiantes de la Universidad de Nanterre, no había celulares, entonces un jóven le traía los mensajes de un teléfono cercano. Sartre atendía todo y a todos. Me sentó a su lado y me dijo: “Mi pequena argentina, cuéntame del Che Guevara”. Quedé sin respiración. Yo era una estudiante y solo sabía cuando la madre del Che venía a la Universidad y nos hablaba de la Revolución Cubana, de las ideas de su hijo. Sartre se había reunido con el Che en 1960, en Cuba, y había quedado impresionado. Eran momentos de euforia política en Francia, de movimientos estudiantiles, de demandas. Todo ese movimiento se aquietó con los años, el propio Sartre se apartó de la izquierda y hubo una lenta decepción con respecto a Cuba.
Volví varias veces al café, siempre atento Sartre continuaba anotando, indicando, hablando. Me preguntaba de Argentina, Latinoamérica, del cine, la literatura, entre pregunta y pregunta se ocupaba de la Revista Les Temps Modernes, de contestar a los estudiantes y de dar recados a los asistentes. Era maravilloso verlo actuar, lúcido, incansable. Me animé a decirle la profunda influencia que ejercía su pensamiento en el mundo cultural y en el cine argentino. “Y en ti” me preguntó. No se cómo pude responder: “Yo creo en Dios”. Me apretó la mano y selló: “Tante mieux pour toi”.
Sin embargo, aunque fuera un agnóstico, su existencialismo humanístico es una toma de conciencia que debería regirnos, el hombre es hombre en cuanto es ser consciente, compromiso y acción. Éso lo distingue de la cosa. El “ser” sartriano es un proyecto en movimiento, algo que debe “hacerse”. Sartre se comprometió con su obra filosófica y artística como lo hizo con su propia vida.
Aun me parece verlo hablando con Simone, tenían una extraordianaria comunicación, era una pareja que todos conocían y respetaban, eran invitados y viajaban mucho. Nunca hice las entrevistas, aunque Sartre y Rochefort parecían siempre dispuestos, en verdad, no tenían momento libre para que prendiera mi grabador.
Esos recuerdos me emocionan mientras voy caminando por el Quartier Latin, buscando el café. Me encuentro con una elegante confiteria que nada tiene que ver con la bohemia del café de los 60. El manager Richard Dargeloi me comenta que los mozos de aquella época no están y el café sufrió reformas, se ampliaron las ventanas, se abrió una terraza y se cambió el mobiliario, aunque hay fotos que recuerdan a los intelectuales y está marcado el lugar de Sartre, todo es muy distinto. Veo las fotos, las estatuas de los dos chinos (Les Deux Magots), que desde el siglo XIX, reunieron en este salón la vida cultural parisina y me parece oir aquel murmullo de opiniones y gestos, Sartre levantándose, moviendo las manos, llamándome “la petite argentine”. Aquella pléyade de intelectuales y artistas: Sartre, Althusser, Barthes, Lucian Golmann, Francastel, Merleau-Ponty, Aron, Ionesco, Barrault, Le Parc, la Recherche Visuelle, Vasarely, Gallimard, el boom literario latinoamericano, Juliette Greco, Leo Ferre, Cahterine Deneuve, Alain Delon, Margarite Duras, Barrault …
No es éste el café de Sartre pero los recuerdos vuelven, entonces, camino hacia la Oficina de Turismo, converso con la periodista Veronique Potelet quien me comenta que Sartre y Simone tienen una plaza en el Quartier Latin con su nombre, que aún no se prevé un museo en casa de los escritores, aunque valdría la pena hacerlo, insisto. Con sus indicaciones voy al barrio Montparnasse, entro al famoso restaurant La Coupole donde Sartre y muchos actores de aquel tiempo se reunían. Los vecinos me guían a la casa de Simone de Beauvoir, una pequeña calle: Victor-Schoelcher, donde busco el número 11. En ese estudio solían trabajar Sartre y Simone, aunque nunca vivieron juntos, Sartre tenía casa en el Arrondisement 16.
Bordeo la calle del Cementerio de Montparnasse, en la entrada leo la placa que atestigua fue creado en 1824, tiene 1244 árboles con 40 esencias diferentes. Hay 38.000 sepulturas donde descansan: el poeta Charles Baudelaire, Julio Cortázar, Beckett, Ionesco, Man Ray, Susan Sontag, César Vallejo, entre muchos otros famosos. Un plano me indica la tumba de Sartre y Simone, esta ubicada en el primer camino a la derecha, es una lápida simple, con cartas y flores: Jean Paul Sartre 1905- 1980. Simone de Beauvoir 1908-1986.
En Francia la cultura vive y los franceses hablan de sus héroes y escritores como si aún estuvieran con ellos…
Una viejita se me acerca mientras saco las fotos: “yo estaba el día que Sartre murió, había un mundo de gente, afuera el público se subía a los autos para ver. Fue una despedida muy grande, lo acompañabamos y los seguimos acompañando. Mire los besos que hay en la tumba…”
Me acerco y veo los besos. En un impulso, yo también beso la lápida y digo: Merci Sartre… Merci Simone… Merci.
La cantante francesa que hoy cumpliría cien años sigue vigente. Fue un espíritu libre que se entregó apasionadamente a la vida y al amor
Piaf le canta a las facetas más bellas y más dolorosas de la vida. Sin embargo, las baladas y chansons del “gorrión de París” son más que melodías conocidas en todo el mundo. Sus canciones son simbólicas. Piaf, que nació un 19 de diciembre hace 100 años, representa hoy en día el espíritu de París.
POR SABINE GLAUBITZ
“Non, je ne regrette rien” Edith Piaf / traducido al español
Acompañada sólo por una guitarra, la “reina del pop”, Madonna, cantó a mediados de noviembre en uno de sus conciertos en Estocolmo “La vie en rose” en honor a las víctimas de los atentados de París. Con el mismo propósito, Céline Dion cantó “L’hymne à l’amour” en los American Music Awards en Los Ángeles.
Canciones que, al igual que la “Marsellesa”, sirvieron para manifestar solidaridad con Francia en todo el mundo tras la masacre. Piaf se convirtió en un símbolo. Sin embargo, según Joël Huthwohl, que curó este año la muestra “Non, je ne regrette rien” en la Biblioteca Nacional de París”, representa el espíritu parisino, más que francés. En la muestra se exhibieron fotos, cartas, afiches y algunos extractos de películas de la particular carrera de Piaf, así como el vestido negro que siempre usaba en sus actuaciones.
Robert Belleret también es especialista en Piaf. En 2013 publicó bajo el título “Un mythe français” (Un mito francés) una de las biografías más completas sobre la cantante. Allí describió a una Piaf que representa la vida libre. Para muchos estudiosos de su historia, Piaf fue una mujer que se entregó apasionadamente a la vida y el amor.
Para Piaf no hubo tabúes ni convenciones. La vida no la trató con guantes de seda. Nacida en el barrio en ese entonces humilde de Belleville, fue abandonada cuando tenía dos años por su madre, una cantante de cafés. Su padre, un acróbata y contorsionista, llevó a la niña a vivir con su propia madre, dueña de un burdel. A los cuatro años sufrió una infección en la córnea que la dejó ciega. Sin embargo, según la cantante, se curó más tarde gracias a una peregrinación hacia la Santa Teresa.
La violencia y el alcoholismo marcaron la vida de Piaf, que medía apenas 1,47 metros. Su padre, que la entrenó como cantante callejera, bebía mucho y la golpeaba. También la cantante se sumió en el alcohol. Como escribió Piaf en sus memorias, “Mi vida”, poco antes de morir con sólo 48 años, en octubre de 1963, su abuela le daba de beber todas las mañanas una botella de vino tinto con algo de agua para diluirlo.
Trataba de dejar atrás el mal de amores y las crisis con borracheras. Tuvo muchas en su vida. Una de sus parejas, el campeón mundial de boxeo Marcel Cerdan, murió en octubre de 1949 en un accidente de avión en las islas Azores. Su único hijo, que nació cuando Piaf tenía 17 años, murió a los dos años a causa de una meningitis.
Piaf tuvo muchos hombres en su vida y sus relaciones siempre fueron la comidilla de la prensa del corazón, como la que tuvo con el cantante de chansons Georges Moustaki, 18 años menor que ella. Con Moustaki sufrió un grave accidente de automóvil. Ella se fracturó un brazo y varias costillas. Le dieron morfina para el dolor, de la que se hizo dependiente hasta su muerte. Moustaki, que murió en mayo de 2013, escribió para Piaf la música de “Milord”, una de sus chansons más famosas.
Fuente: DPA
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“La vie en rose”.
UNA VOZ SIEMPRE PRESENTE
La mítica voz de Edith Piaf sigue vibrando en el mundo, y su tierra natal, Francia, recuerda estos días a la artista con la publicación de biografías, cartas y nuevas grabaciones.
Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, igual que pasó hace dos años con los cincuenta años de su muerte (el 10 de octubre de 1963), se han publicado numerosos libros que recuerdan su carrera, sus amores y sobre todo las canciones de la “Môme”.
El libro de Belleret reproduce documentos oficiales, entre ellos el certificado de nacimiento, pero también carteles, cartas y artículos de periódico.
Piaf también protagoniza un libro de recuerdos de su amiga Ginou Richer (“Piaf, mi amiga”), una biografía escrita por Claude Fléouter (“Edith Piaf, diez minutos de felicidad al día no están tan mal”) y un libro con un centenar de cartas que escribió a su confidente Jacques Bourgeat entre 1936 y 1959 (“Cartas al amigo de la sombra”).
2015 ha sido el año de Piaf en Francia. Se inauguró una nueva estatua en el museo de cera de la capital francesa y la cantante fue protagonista en julio del festival de música Francofolies, en la ciudad de La Rochelle.
Y Charles Aznavour, que fue su secretario y escribió letras para sus canciones, le rindió homenaje en un disco publicado en mayo, “De la môme à Edith”.
Pero no hay nada mejor para celebrar su centenario que escuchar de nuevo sus canciones.
En principio no quedan canciones inéditas por descubrir desde que en 2003 se publicaron seis. Aún así el sello Warner ha aprovechado el centenario para publicar sus archivos, en este caso canciones grabadas por Piaf a partir de 1946.
Se trata de un conjunto de 350 temas, entre ellos los más conocidos, que han sido remasterizados a partir de discos de vinilo nuevos de 78 revoluciones y de grabaciones originales, todas ellas reunidas en 20 CD.
Según el director artístico de la edición, Mathieu Moulin, era “un deber” actualizar este repertorio “sin distorsionarlo”, como pasó con las primeras grabaciones de Piaf, entre 1936 y 1945.
Esta nueva edición, explica Moulin, ha permitido corregir imperfecciones que había en algunas canciones. Es el caso de “Le bal dans ma rue” (1949), de la que sólo se conocía hasta ahora una versión demasiado rápida con relación a la original.
El trabajo de la discográfica también ha permitido descubrir que Piaf grabó en algunas ocasiones dos versiones de la misma canción, como en los casos de “Jezebel” (1951), “Les Amants de Venise” (1953) o “Heureuse” (1953).