La impronta populista en los intentos de transición suele aparecer como reflejo de la inmadurez cívica y la dependencia histórica del mesianismo.
02/08/2026
Al reflexionar sobre lo ocurrido en Venezuela durante las últimas décadas, toca concluir que, en buena medida, la frustración acumulada responde a la disonancia entre la expectativa romántica y una realidad que exige abordaje pragmático, disposición a sacar máximo beneficio a lo escaso y disponible. El liderazgo opositor y la base social han oscilado repetidamente entre la esperanza del colapso mágico, el «quiebre inminente», el levantamiento popular decisivo y el rechazo a las negociaciones por considerarlas «entreguistas», no representativas del deseo e interés de las masas. Frente a esa visión, el chavismo en el poder demostró una resiliencia cimentada en el control militar y una represión sistemática que bloqueaba de antemano la vía revolucionaria tradicional, esa “toma del cielo por asalto” que asigna a la calle un poder casi numinoso. Hoy, varados en este interesante interregno al que nos trajo el 3E, podríamos decir que las circunstancias y motivaciones de los actores han variado, que se ha impuesto la lógica carnívora del realismo político, pero eso no ha menguado del todo la vocación por idealizar dinámicas que requieren menos sentimentalización, menos épica y más desempeño estratégico.