Conocer el cerebro, entender la mente humana. Cada vez más investigaciones nos están permitiendo comprender cómo funciona el órgano más enigmático del cuerpo. Este conocimiento contribuye a utilizar sus características a nuestro favor, tanto para vivir mejor como para hacerle frente al deterioro cognitivo. Jonathan Benito, divulgador científico, profesor titular e investigador de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), nos ayuda a ahondar en estos temas.
La investigación en neurociencia ha avanzado de manera exponencial; no obstante, hoy por hoy, el cerebro sigue siendo en gran parte un enigma. Desde su punto de vista, ¿cuáles son los hallazgos más importantes de la neurociencia en los últimos años y cómo podemos aplicarlos a nuestro día a día?
Sí, es cierto que la neurociencia ha experimentado un crecimiento extraordinario, y también, como dices, sigue siendo un enigma. No nos podemos olvidar de un punto casi metafísico que hay detrás, y es que tratar de entender el cerebro es el cerebro tratándose de entender a sí mismo… ¿Es posible? Yo cada vez creo que es tremendamente difícil. Con todo esto, bajo mi punto de vista, uno de los mayores avances ha sido conocer algunos de los mecanismos que subyacen a la plasticidad del cerebro. Concretamente, la confirmación rotunda del proceso de neurogénesis, la formación de nuevas neuronas en estado adulto, en una estructura muy peculiar llamada hipocampo. Que esta neurogénesis se produzca, o no, de forma correcta tiene unas consecuencias importantísimas para nuestra capacidad cognitiva, pero sobre todo para nuestro bienestar emocional. Tanto, que le dediqué hace cinco años un libro entero (Redefine imposible), hablando de qué hábitos podemos incorporar en nuestro día a día para incrementar lo máximo posible esa neurogénesis. Ahí podemos descubrir cómo un paseo por la naturaleza (baño de bosque) o una cantidad de deporte a la semana puede mejorar este proceso, haciendo de nosotros personas más capaces y felices.
David Eagleman - El Cerebro. Nuestra Historia (2017)
Índice Portada Introducción 1. ¿Quién soy? 2. ¿Qué es la realidad? 3. ¿Quién está al mando? 4. ¿Cómo decido? 5. ¿Le necesito? 6. ¿Quiénes seremos? Agradecimientos Notas Glosario Créditos INTRODUCCIÓN
Debido al rápido avance de la ciencia del cerebro, rara vez se da un paso atrás para ver las cosas en perspectiva, para evaluar qué significan nuestros estudios en nuestras vidas, para discutir con palabras sencillas qué significa ser una criatura biológica. Éste es el propósito de este libro. La ciencia del cerebro es importante. La extraña materia computacional que hay dentro de nuestro cráneo es la maquinaria perceptiva mediante la que nos movemos por el mundo, la materia de la que surgen las decisiones, el material a partir del cual se forja la imaginación. Nuestros sueños y nuestra vida brotan de sus miles de millones de dinámicas células. Comprender mejor el cerebro supone arrojar luz sobre aquello que consideramos real en nuestras relaciones personales y sobre lo que consideramos necesario en nuestra política social: cómo luchamos, cómo amamos, qué aceptamos como cierto, cómo deberíamos educar, cómo podemos elaborar una mejor política social, y como diseñar nuestros cuerpos para los siglos venideros. En los circuitos microscópicamente pequeños del cerebro se graba la historia y el futuro de nuestra especie. Dado el papel central que ocupa el cerebro en nuestras vidas, en una época me preguntaba por qué nuestra sociedad habla tan poco de él y prefiere llenar las pantallas de televisión de chismorreos famosos y reality shows. Pero ahora considero que esta falta de atención al cerebro no hay que considerarla una deficiencia, sino una señal: estamos tan atrapados dentro de nuestra realidad que nos cuesta muchísimo comprender que estamos atrapados dentro de lo que sea. A primera vista, parece que quizá no hay nada de que hablar. Naturalmente que los colores existen en el mundo exterior. Naturalmente que la memoria es como una cámara de vídeo. Naturalmente que conozco las verdaderas razones que explican mis creencias. Las páginas de este libro harán que nos planteemos todos nuestros supuestos. Al escribirlo, he pretendido huir del modelo del libro de texto a fin de arrojar luz sobre un nivel de investigación más profundo: cómo decidimos, cómo percibimos la realidad, quiénes somos, qué gobierna nuestras vidas, por qué necesitamos a los demás y hacia dónde nos dirigimos como especie ahora que comenzamos a hacernos con las riendas de nuestro destino. Este trabajo pretende salvar el abismo existente entre la literatura académica y las vidas que llevamos en cuanto poseedores de un cerebro. Este enfoque diverge de los artículos que escribo para las publicaciones académicas, e incluso de mis otros libros sobre neurociencia. Este libro se dirige a un tipo distinto de público. No presupone ningún conocimiento especializado, sólo curiosidad y ganas de explorarse a uno mismo. Así que abróchense los cinturones para una visita relámpago a nuestro cosmos interior. En la maraña infinitamente densa de miles de millones de células cerebrales y sus miles de billones de conexiones, espero que sean capaces de vislumbrar y descubrir algo que a lo mejor no esperaban ver. A ustedes.
“Solo queremos un poco de orden para protegernos del Caos. Nada es más doloroso que un pensamiento que se escapa a sí mismo, ideas que vuelan, que desaparecen tan pronto como se forman, ya erosionadas por el olvido o precipitadas en otras que ya no recordamos. Se trata de una infinita variabilidad, cuya aparición y desaparición coinciden… Solo pedimos que nuestras ideas estén ligadas entre sí según un mínimo de reglas constantes.”(Deleuze y Guattari: ¿Qué es la filosofía? Caos y cerebro).
Los procesos de acción y toma de decisión en asuntos éticos y morales tienen componentes tanto cognitivos como emocionales, esto puede apreciarse tanto en los procesos de resolución de dilemaséticos y morales, en las etapas del desarrollo moral, la teoría de los sentimientos morales, así como al momento de presentar argumentos deontológicos, consecuencialistas o desde el cuidado en teoría ética. De esta manera, el cerebro juega un papel central en estos procesos por lo que su estudio brinda información clave sobre los hechos empíricos que acompañan los comportamientos morales. Las neurociencias, al estudiar la función del sistema nervioso y su relación con la conducta observable (Ibáñez, Ceric, López, & Aldunate, 2008) son precisamente esta fuente de información. En el presente artículo se hace un recorrido sobre los principales hallazgos y retos en el campo, para ello el trabajo de Joshua Greene y sus colegas será de suma importancia, por ser uno de los más representativos en neurociencia cognitiva que ha tratado la moralidad.
Greene plantea una postura evolucionista y reconoce repertorios primitivos poderosos ante situaciones de violencia o amenaza personal, mientras que cuando es impersonal, aunque hay respuesta emocional (con función de alarma), las personas responden de manera más cognitiva. Sus estudios del 2004 con dilemas morales “personales” (aquellos en los que se toma una decisión en primera persona, quién responde es el involucrado en la decisión) e “impersonales” (aquellos en que se pregunta por los actos de un tercero) incluyen imágenes del funcionamiento cerebral mientras estos se resuelven y medidas de tiempo de reacción, con el fin de comprobar las hipótesis sobre los procesos psicológicos implicados. Efectivamente, ante los dilemas personales hubo mayor actividad en las regiones cerebrales asociadas con respuesta emocional y cognición social y mayor tiempo de reacción; ante los dilemas impersonales, la actividad cerebral fue mayor en las regiones asociadas con procesos cognitivos (Greene, Nystrom, Engell, Darley & Cohen, 2004). Más recientemente, Amit y Greene (2012) realizaron tres experimentos con la hipótesis de que los juicios característicamente deontológicos están preferiblemente apoyados por imágenes visuales. Los resultados mostraron que las personas con estilos cognitivos más visuales hacen más juicios deontológicos y que hay tendencia a visualizar más los medios peligrosos que los fines beneficiosos, lo que sugiere que la imaginación visual apoya el juicio de que el fin no justifica los medios.
Otros estudios que han incluido imágenes del funcionamiento cerebral (fMRI) mientras los participantes toman decisiones morales sobre la vida y la muerte, en el escenario clásico del vagón del tren, mostraron el efecto del grado de involucramiento personal en las emociones, por ejemplo, si en el caso de decidir el sacrificio de una persona, esta era familiar, la decisión era más difícil. En cuanto a diferencias de género, los hallazgos han mostrado mayor efecto del factor emocional en las mujeres (Greene & Haidt, 2002; Haidt, 2001; Haidt & Bjorklund, 2008).
Lo que el cerebro nos enseña sobre juicios morales
Los estudios neurobiológicos revelan que el juicio moral emerge de la interacción compleja entre múltiples sistemas cerebrales. Esto confirma las críticas filosóficas al proyecto de fundamentar teorías éticas en principios abstractos y únicos como la razón o las emociones.
Los filósofos debatieron por siglos si la razón o la emoción deberían gobernar nuestros juicios morales. Kant buscó fundamentar la ética en la razón; Hume en los sentimientos morales. Pero desde finales de la década de los setenta del siglo XX, filósofos como Stanley Cavell, Bernard Williams y Martha Nussbaum desarrollaron —desde perspectivas diversas— críticas convergentes a esta ambición: la vida moral no necesita ni puede tener un fundamento. La moralidad no es un sistema axiomático sino una práctica humana compleja, marcada por la cultura, irreducible a principios simples.
La dicotomía razón-emoción era un falso dilema. Williams sostiene que nuestros juicios morales requieren conceptos «densos» —valiente, cruel, generoso— que mezclan descripción y valoración. No aplicamos primero la razón fría y luego añadimos la emoción, percibimos el significado moral integrado. Nussbaum alega que las emociones son formas complejas de razonamiento moral, no impulsos ciegos opuestos a la razón. Cavell señala que la vida moral no supone aplicar reglas o algoritmos (racionales o emotivos) sino cultivar nuestra sensibilidad mediante la experiencia.
Este debate parecía destinado a permanecer en el terreno especulativo. Pero desde hace dos décadas la neurociencia ha comenzado a iluminarlo de formas inesperadas.
El desarrollo de técnicas de neuroimagen funcional en las últimas décadas ha revelado que el juicio ético involucra una red distribuida: la corteza prefrontal ventromedial integra información emocional y social; la dorsolateral procesa el razonamiento abstracto; la ínsula traduce señales corporales en sentimientos de disgusto moral; la corteza cingulada detecta conflictos entre respuestas competitivas y un largo etcétera.
El neurocientífico Antonio Damasio revolucionó la comprensión del papel de las emociones en los juicios estudiando pacientes con lesiones cerebrales. Su caso más famoso fue el de Phineas Gage, un trabajador ferroviario del siglo XIX que sufrió un daño en la corteza prefrontal en una accidente. Gage sobrevivió con su inteligencia intacta: podía razonar, hacer cálculos, discutir dilemas éticos con perfecta lógica. Pero su vida se desmoronó: tomaba decisiones desastrosas, perdía empleos, arruinaba relaciones.
Con su cadencia porteña, el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga nos habla de memoria, neuronas y percepción visual con una ligereza poco habitual. Para explicar los recovecos del cerebro, Quiroga se apoya, de hecho, en figuras poco habituales en su campo: es el caso de Borges, Rembrandt o Aristóteles. El científico también es director del Centro de Neurociencias de Sistemas y jefe de Bioingeniería en la Universidad de Leicester, Inglaterra. También estudió Física en la Universidad de Buenos Aires y obtuvo un doctorado en Matemática Aplicada en la Universidad de Lübeck, en Alemania, pero será recordado por un hallazgo de nombre peculiar: la «neurona Jennifer Aniston», que actúa como puente entre la percepción y la formación de memorias.
Bertrand Russell escribió que «una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor». ¿Por qué tiene tan mala prensa el aburrimiento y por qué tenemos que estar a pleno rendimiento (o parecer estarlo)?
Un recuerdo olvidado resurge en la conciencia, pero el cerebro lo confunde como una idea original. Así opera la criptomnesia, un fenómeno mental que desemboca, muchas veces, en plagio inconsciente.
Mariana Toro Nader
Ilustración
Eugenia Loli
De repente, se te ocurre una idea. Te parece creativa, genial. La repasas mentalmente, no recuerdas haberla visto en ningún lado. ¿Cómo puede ser que a nadie se le haya ocurrido esto antes? Decides revisar si de verdad nadie ha tenido un momento eureka semejante. Abres el buscador y resulta que, en efecto, no eres el único. Es más, la idea ni siquiera se te ocurrió a ti, simplemente olvidaste que la habías visto antes y tu cerebro tomó la idea como propia. Este fenómeno se conoce como criptomnesia.
Quien primero acuñó el término fue el psicólogo Theodore Flournoy, que la definía como la existencia de recuerdos ocultos en la conciencia de un sujeto que no sabe que los tenía ni de dónde los ha sacado. «¿Cuántas veces no hemos pensado que nuestras ideas son novedosas y “originales” pero un tiempo después descubrimos que en realidad las asimilamos inconscientemente de alguien más?», se pregunta Valeria Mata en Plagie, copie, manipule, robe, reescriba este libro (Comisura).
Según la antropóloga mexicana, «es una de esas categorías psicológicas que empieza a operar desde mediados del siglo XIX y que se define como la incapacidad de recordar experiencias lectoras previas, lo que lleva a la persona a olvidar de dónde obtuvo la información que recibió y a asumirla como de su autoría».
Los recuerdos indirectos emergen de la conciencia sin ser reconocidos como tales
Carl G. Jung explica que la psicología distingue entre los recuerdos directos y los recuerdos indirectos. Los primeros se relacionan con la familiaridad –es decir, con la memoria–, mientras los segundos emergen de la conciencia sin ser reconocidos como tales. Así, como no los reconoce inicialmente como recuerdos, la persona cree que se trata de una idea original.
Este es un proceso natural de la mente humana, además de necesario para evitar la sobrecarga cognitiva. Para el psiquiatra suizo, la criptomnesia –que puede llevar en muchos casos al plagio inconsciente– demuestra lo compleja que es la psique. Esa interacción profunda que se produce entre el consciente y el inconsciente, esa línea difusa entre reminiscencia y creatividad.
En el documental The Creative Brain (2019), el neurocientífico David Eagleman explora el proceso creativo de personas de distintos ámbitos para evaluar cómo se estimula en el cerebro la creatividad. Uno de los hallazgos principales es que nuestro cerebro hace conexiones constantemente entre las imágenes que vemos, las cosas que escuchamos y leemos y los recuerdos que tenemos. En esa intrincación, surgen golpes de inspiración para crear algo que no se había hecho antes, algo «nuevo». Pero nuevo no necesariamente significa original. Es más, según afirma Jonathan Lethem, la originalidad absoluta es un mito.
Bien lo dijo Terencio, allá en el siglo II a.C.: «Ya no hay nada que decir que no haya sido dicho». El arte está hecho de apropiaciones. La literatura siempre ha sido intertextual. Antiguamente, se escribía sobre otros textos: los famosos palimpsestos, esos manuscritos antiguos que conservan las huellas de una escritura anterior.
Todo texto –que etimológicamente proviene de tejido– se teje con los retazos de otros ecos. Referencias y lenguajes ajenos van armando un nuevo patchwork. Roland Barthes usa el concepto de estereofonía: la melodía se forma siempre con otras voces, «buscar las “fuentes”, las “influencias” de una obra es satisfacer el mito de la filiación».
Artistas y escritores siempre se han basado en la obra de sus predecesores para dar a luz a sus propias creaciones. «Un artista copia; un gran artista roba», sostenía Picasso. Pero su frase ya la habían pronunciado otros (mucho) antes. En el 450 a.C., el poeta griego Baquílides escribió: «Un autor roba lo mejor de otro y llama a eso tradición».
Asimismo, la historia del plagio se remonta a los siglos antes de Cristo, cuando algunos poetas griegos comenzaron a usar sellos para marcar sus poemas y evitar que otros se apropiaran de sus versos. Se dice que el primero en denunciar que sus obras estaban siendo plagiadas fue el poeta romano Marcial. En la época, aunque el término plagiarius se refería al robo de esclavos, Marcial lo usó como metáfora para referirse a los «ladrones de palabras».
No obstante, como afirman David Bellos y Alexandre Montagu en su libro Who owns this sentence? (Copyright, según su edición en español) hoy prácticamente todo está sujeto a la propiedad intelectual. Por eso, una acusación de plagio –aunque en verdad se haya tratado de plagio inconsciente– es un tema sumamente delicado. «El copyright moderno es un constructo social, no una realidad esencial», dicen Bellos y Montagu, pero lo cierto es que este se ha vuelto una de las bases del sistema económico actual.
En palabras de Mata, «en la era del capitalismo exacerbado, el plagio es la nueva inmoralidad, lo único que mueve a escándalo». Pues, añade, determinar la originalidad o el plagio de una obra «puede entenderse como una lucha de poder».
En el ring: El neurocientífico explorador de los misterios del cerebro
Habitualmente tendemos a considerar que la memoria falla cuando olvidamos algo. Sin embargo, no solo puede incurrir en omisiones, sino que también es capaz de alterar la integridad y generar los conocidos como falsos recuerdos.
«Nuestras memorias son constructivas, reconstructivas. La memoria trabaja… como una página de Wikipedia: tú puedes entrar y cambiarla, pero otras personas también pueden hacerlo», señala Elizabeth Loftus.
El 22 de septiembre de 1969, apenas unos días antes de cumplir los nueve años, la pequeña Susan Nason fue asesinada en una pequeña localidad del estado de California. Veintiún años después, este caso resurgió estruendosamente en los medios de comunicación.
Eileen Franklin, una amiga de la infancia de Susan, afirmó a finales de 1989 que había recuperado recuerdos relacionados con el asesinato que se encontraban reprimidos en su mente. Implicaban a su padre, George Franklin, como el responsable del atroz crimen. Las consecuencias de esta declaración, profusamente detallada, fueron devastadoras para este hombre, que pasó varios años en la cárcel. Pero en 1996, las dudas sobre la validez del testimonio de su hija condujeron a su absolución.
Las aplicaciones de meditación pueden ayudar a reducir la presión arterial, los pensamientos negativos repetitivos e incluso la expresión genética relacionada con la inflamación.
22 de septiembre de 2025
Fuente: Universidad Carnegie Mellon Resumen:Las apps de meditación están revolucionando la salud mental, facilitando el acceso a prácticas de mindfulness y abriendo nuevas oportunidades para la investigación científica. Con la ayuda de wearables e inteligencia artificial, estas herramientas ahora pueden ofrecer entrenamiento personalizado adaptado a las necesidades individuales.
Las apps de meditación están transformando la atención plena, haciéndola más accesible, medible y personalizada. Sin embargo, su éxito a largo plazo depende de resolver el problema del abandono de los usuarios. Crédito: Shutterstock
¿Tienes una app de meditación en tu smartphone, ordenador o dispositivo portátil? Pues no estás solo.
Resumen: Los neurocientíficos han estado estudiando la formación de recuerdos del miedo en el centro emocional del cerebro, la amígdala, y creen que tienen un mecanismo.
Experimentar un evento aterrador probablemente sea algo que jamás olvidarás. Pero ¿por qué permanece contigo cuando otros sucesos se vuelven cada vez más difíciles de recordar con el paso del tiempo?
Un equipo de neurocientíficos de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la Universidad de Tulane y de la Facultad de Medicina de la Universidad de Tufts ha estado estudiando la formación de recuerdos del miedo en el centro emocional del cerebro, la amígdala, y creen que tienen un mecanismo.
Fuente: Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de Columbia
Los neurocientíficos identificaron un mecanismo neuronal específico en el cerebro humano que asocia la información con emociones para mejorar la memoria. El equipo demostró que las ondas cerebrales de alta frecuencia en la amígdala, centro de los procesos emocionales, y el hipocampo, centro de los procesos de memoria, son cruciales para mejorar la memoria de estímulos emocionales. Las alteraciones de este mecanismo neuronal, provocadas por la estimulación cerebral eléctrica o la depresión, deterioran la memoria específicamente para los estímulos emocionales.
27 de septiembre de 2025 Fuente: Universidad de Boston
Investigadores de la Universidad de Boston descubrieron que los momentos cotidianos pueden perdurar si se conectan con eventos emocionales significativos. Mediante estudios con cientos de participantes, demostraron que el cerebro prioriza los recuerdos frágiles cuando se solapan con experiencias significativas. Esto podría ayudar a explicar por qué recordamos ciertos detalles de eventos importantes y podría conducir a nuevas formas de impulsar el aprendizaje y tratar los trastornos de la memoria.
Cuando parece que el exterior nos desborda, mirar hacia dentro puede ayudarnos ordenar nuestra vida. ¿Cómo podemos mantener la claridad mental en un entorno que invita a la dispersión?
Inma Mora Sánchez
@inma_ms
Entre las estanterías de cualquier librería, encontramostítulosque prometen una vida más tranquila y feliz siguiendo algunos «sencillos pasos». Los consejos para alcanzar nuestros sueños, atraer la abundancia económica o encontrar el sentido de nuestra existencia pueden ser muchos y variados, pero suelen sostenerse en dos pilares: fuerza de voluntad y disciplina. Además, muchos coinciden en la importancia de definir nuestras metas y avanzar hacia ellas.