La Ceremonia del Adiós, 1981
Dormía mucho, pero aún me hablaba con lucidez. En algunos momentos, podía creerse que esperaba curarse. A Pouillon, que fue a verlo, en uno de los últimos días de su enfermedad, le pidió un vaso de agua y le dijo alegremente:
—La próxima vez que bebamos juntos, será en mi casa y con whisky.
Pero al día siguiente me preguntó:
—¿Cómo vamos a hacer para pagar los gastos del entierro?
Protesté, por supuesto, y desvié la conversación asegurándole que los gastos de la hospitalización corrían a cargo de la Seguridad Social. Pero comprendí que se sabía condenado y que ello no lo turbaba. Pero volvía a tener la preocupación que lo había atormentado los últimos años: la falta de dinero. No insistió ni me planteó ninguna pregunta sobre su salud. Al día siguiente, con los ojos cerrados, me agarró de la muñeca y me dijo:
—La quiero mucho, mi pequeña Castor.
El 14 de abril, cuando volví, dormía; se despertó y me dijo unas palabras sin abrir los ojos: después me ofreció la boca. Le besé en la boca, en la mejilla. Se durmió. Estas palabras, estos gestos, insólitos en él, se situaban evidentemente en la perspectiva de la muerte.
Unos meses más tarde, el profesor Housset, con quien quise hablar, me dijo que Sartre, a veces, le hacía algunas preguntas:
—¿Adónde conduce todo esto? ¿Qué me va a ocurrir?
Pero no era la muerte lo que le inquietaba: era su cerebro. La muerte, seguro que la presentía, pero sin angustia. Estaba “resignado”, me dijo Housset, o mejor, dijo, corrigiéndose, “confiado”. Sin duda los euforizantes que le suministraban contribuyeron a este sosiego. Pero sobre todo —salvo en la primera época de su semiceguera— había soportado siempre con humildad lo que le ocurría. No quería molestar a nadie con sus molestias. Y la rebeldía contra un destino que no podía modificar le parecía vana. Todavía amaba la vida con ardor, pero la idea de la muerte, cuya llegada aplazaba hasta los ochenta años, le era familiar. La aceptó sin poner trabas, sensible a las amistades, al cariño que lo rodeaba y satisfecho con su pasado: “Se ha hecho lo que había que hacer”.
Housset me afirmó también que las contrariedades que había padecido no habían influido para nada en su estado; una crisis emocional violenta le habría ocasionado, quizá, en un momento dado, algunos efectos funestos pero, diluidos en el tiempo, las preocupaciones, los disgustos, no alteraron en absoluto la causa de la enfermedad: el sistema vascular. Añadió que éste se habría deteriorado fatalmente en un futuro próximo: en dos años como máximo el cerebro habría sido afectado y Sartre hubiera dejado de ser él mismo.