Para restaurar el núcleo emancipador de la idea de Europa, hay toda una serie de tabúes izquierdistas —actitudes que hacen que algunos temas se conviertan en intocables y sea mejor dejarlos en paz— que habría que ir olvidando si esperamos alcanzar esta recuperación, y el primero debería ser esa rematada estupidez disfrazada de profunda sabiduría: «Un enemigo es alguien cuya historia no has escuchado»
Qué mejor ejemplo literario de esta tesis que el Frankenstein de Mary Shelley. Shelley hace algo que un conservador no habría hecho nunca. En la parte central del libro, permite que el monstruo hable por sí mismo y cuente la historia desde su perspectiva. Esa opción expresa la actitud liberal hacia la libertad de expresión llevada a su extremo: hay que escuchar el punto de vista de todo el mundo. En Frankenstein, el monstruo no es una Cosa, un objeto horrible al que nadie se atreve a enfrentarse; está plenamente subjetivizado. Mary Shelley entra en el interior de su mente y se pregunta cómo se siente uno al ser etiquetado, definido, oprimido, excluido, incluso físicamente deformado por la sociedad. Se permite, de este modo, que el criminal supremo se presente como la víctima suprema. El asesino monstruoso resulta ser un individuo profundamente dolido y desesperado, que solo anhela compañía y amor. No obstante, este procedimiento tiene un límite claro: ¿estamos también dispuestos a afirmar que Hitler era nuestro enemigo porque su historia no fue escuchada? O, por el contrario, ¿no será que cuanto más sé de Hitler y más le «comprendo», más es mi enemigo? Pasar de la exterioridad de un acto a su «significado interior», a la narrativa mediante la cual el agente lo interpreta y lo justifica, es dirigirse hacia una máscara engañosa: la experiencia que poseemos de nuestras vidas desde dentro, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos a fin de explicar lo que hacemos, es básicamente una mentira: la verdad reside en el exterior, en lo que hacemos.

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