Las manos operan como umbral y como puente, constituyen nuestra principal vía de inserción en el mundo. Contactamos con lo real, lo palpamos y lo sopesamos mediante los dedos, que encarnan de manera inequívoca nuestra finitud.
Carlos Javier González Serrano @aspirar_al_uno
Aristóteles escribió en De anima (Libro III, Cap. 8) que, en cierto modo, «el alma es todas las cosas», en tanto que puede concebir cualquier realidad: el alma se convierte en aquello que comprende o intenta comprender. Esta afirmación cobra pleno sentido cuando, análogamente, reparamos en nuestras manos: igual que el alma (ψυχή), la mano es una materialidad capaz de amoldarse a todas las materialidades, un órgano plásticamente abierto a la totalidad del ser. Podría decirse que las manos son la encarnación de nuestras almas.
En este sentido, deberíamos preguntarnos con urgencia de qué estamos llenando nuestras manos y, en paralelo, de qué estamos atiborrando nuestras almas. Las manos operan como umbral y como puente, constituyen nuestra principal vía de inserción en el mundo. Con-tactamos con lo real, lo palpamos y lo sopesamos mediante los dedos, que encarnan de manera inequívoca nuestra finitud y la inconmensurable belleza de lo caduco: entrelazamos nuestras manos con la persona amada, compartimos el alimento en la mesa, abrazamos al amigo y lo apretamos con nuestro pecho mediante las manos o saludamos con unas manos que envejecen, se deterioran y quedan marcadas por los surcos que se van horadando con el paso del tiempo.
Amordazados por la hegemonía de lo liso y lo pulido y de superficies que eluden el desgaste, y atenazados por el comercial instinto de poseerlo todo, nuestras manos persisten en recordarnos el incuestionable encanto de lo perecedero: la mano es alegoría del amparo recíproco, de la responsabilidad en el mutuo cuidado y, en la despedida, de la sabiduría del saber desprenderse, de la desposesión –que renuncia a la frenética apropiación–. La única inmortalidad que nos es dada es la del gesto que no olvida al otro: la mirada, un rostro que nos atiende. Las manos guardan el recuerdo (re-cordis, hacer pasar de nuevo por el corazón) de la atención por el otro.