Deberíamos, todos, dejarnos de dragoneos de papel y más bien hilar fino para recuperar la soberanía, sin retórica de cafetín universitario o de princesa ofendida
Alguien decía que después de cinco meses, muchos no despiertan a la realidad de que el 3E Marco Rubio impuso una transición, un acuerdo gobierno-opositores y quien sería cada cosa. Además, no vale la pena dárselas de sueco para no entender que las transiciones culminan en procesos electorales, pero que en nuestro caso son necesarias reformas económicas previas, sustanciales y reformas a la constitución y las leyes que resuelvan varias taras, entre ellas la reelección y no proseguir modelos autoritario-plebiscitarios. Y que merecemos un sistema electoral estable, decente, que destierre las picardías liceístas para distorsionar la voluntad electoral, como ocurrió hacia “la constituyente” en 1999, pasando por “las morochas”, obras del folklorismo y el subdesarrollo. Hasta hace dos semanas, incluidos algunos “analistas” medio alfabetas, decían que aquí no había ninguna transición. En “soberanía limitada”, conviene preguntarle a los que promovieron la agresividad desestabilizadora y hoy lagrimean o lanzan furiosas proclamas patrióticas, si piensan: a) declarar la guerra a los EE. UU desde sus asientos b) crear sus Montoneros como en Argentina c) sabotear las instalaciones imperialistas con terrorismo light, estilo tupamaro. Si no es así, son palabras lanzadas a Venus o a una galería que no aplaude. La “soberanía limitada” ha sido teoría y práctica de las grandes potencias, la Doctrina Monroe en Iberoamérica y la Doctrina Brézhnev, en el Pacto de Varsovia.
