El cuarteto de Alejandría - Lawrence Durrell Espacio y tiempo. Cuatro vértices. Cuatro dimensiones.

 



El cuarteto de Alejandría - Lawrence Durrell

«Monedas que caen en las escudillas de latón de los mendigos. Jirones de todas las lenguas: armenio, griego, etíope, marroquí; judíos de Asia Menor, de Turquía, de Grecia, de Georgia; madres nacidas en colonias griegas del Mar Negro; comunidades tronchadas como ramas de árboles privadas de un tronco central, soñando con el Edén. Así son los barrios pobres de la ciudad blanca; nada tienen en común con las hermosas calles trazadas y decoradas por los extranjeros, donde los corredores de cambios se instalan a saborear el diario de la mañana. Ni siquiera el puerto existe para nosotros. Una que otra vez, en invierno, oímos el mugido de una sirena, pero es algo que viene de otro mundo. ¡Ah, la miseria de los puertos y los nombres que evocan cuando no se tiene parte alguna adonde ir! Es como una muerte, la muerte del propio ser cada vez que se repite la palabra Alejandría, Alejandría».

«Somos hijos de nuestro paisaje; nos dicta nuestra conducta e incluso nuestros pensamientos en la medida en que armonizamos con él. No concibo una identificación mejor», leo en Justine. Así, Justine es Alejandría. Lo es la mujer que responde a ese nombre («una hija auténtica de Alejandría, es decir, ni griega, ni siria, ni egipcia, sino un híbrido, una ensambladura»). Lo es la novela así titulada, primera de las cuatro del cuarteto que os traigo hoy. Lo son las otras tres que junto con ella orquestan las cuatro dimensiones de la indefinible obra que es ese cuarteto. Lo es, pues, Balthazar. Lo es Mountolive. Lo es Clea. Lo son con la salvedad de que Mountolive es un poco menos Alejandría porque se abre un poco más espacialmente para ser un poco más Egipto, así como también abarca una horquilla temporal más amplia por además de contemplar el mismo (y veremos que diferente) presente que las dos novelas que la preceden retrotraerse hacia el pasado.

Espacio y tiempo. Cuatro vértices. Cuatro dimensiones. Así explicaba el propio Lawrence Durrell, compositor y director de este cuarteto, lo que pretendió con el mismo:

«Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la relatividad. Tres lados de espacio y uno de tiempo constituyen la receta para cocinar un continuo. Las cuatro novelas siguen este esquema. Sin embargo, las tres primeras partes se despliegan en el espacio (de ahí que las considere hermanas, no sucesoras una de otra) y no constituyen una serie. Se interponen, se entretejen en una relación puramente espacial. El tiempo está en suspenso. Sólo la última parte representa el tiempo y es una verdadera sucesora».

«Nuestro tema, Hermano Asno, es el mismo, siempre e irremediablemente el mismo; te deletreo la palabra: a-m-o-r. Cuatro letras, cada letra un volumen». Esto, entre otras muchas y grandiosas cosas, leemos el Hermano Asno y yo en el cuaderno de notas de Pursewarden, uno de los personajes de estas cuatro novelas. Esto es otro intento de explicar las mismas.

El Hermano Asno es Darley. Olvidémonos, pues, del, aunque parezca lo contrario, cariñoso epíteto con el que lo designa Pursewarden en su fuero íntimo, es decir, en la parte de ese cuaderno que además no leeremos hasta llegar a la última de estas cuatro novelas. Quedémonos de momento con Darley. Al principio, ni siquiera sé su nombre. Para mí tan solo es una voz, una memoria, unos recuerdos. Es un extranjero adoptado por Alejandría. Es un hombre aceptado, devorado, regurgitado y rechazado por ella. Por Alejandría. Por Justine.

La ciudad fantasma: el Cuarteto de Alejandría Centenario de Lawrence Durrell (1912-1990)

 The City of Alexandria, in Egypt, 1954. (Photo by © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS/Corbis via Getty Images)

La mítica ciudad egipcia de Alejandría, en una imagen tomada en 1954  

 Getty

Al avanzar por las calles y plazas de esa Alejandría, la que retrata Lawrence Durrell en su famoso Cuarteto, surge constantemente la tentación, la necesidad urgente de presentarse físicamente con la guía de lugares en la mano y poner los pies sobre las huellas de Darley, Justine, Nessim, Balthazar… Una especie de Bloomsday extendido y mediterráneo que, desgraciadamente, se esfuma al levantar la mirada y dejar que el sol enceguecedor, los alaridos de los muecines, el olor del estiércol de caballos y camellos, y el sabor del té, se disipen lentamente en la habitación en la que se encuentre el lector. Invade el dolor al caer en la conciencia de que tal recorrido sería una decepción, un viaje a un pasado en el peor de los casos ya ido y en el mejor, ficticio, fantasma. Porque de nada sirve que los lugares permanezcan: el Corniche, Mareotis, el hotel Cecil. La ciudad de Durrell está ida para siempre, si es que alguna vez existió, si las andanzas de los personajes ocurren en un medio ambiente reconocible por historiadores de la demografía, del urbanismo, de las religiones.

Rue Fuad, Alejandría. Fotografía de Hoba offendum bajo licencia CC BY-SA 4.0 DEED.

Nada importa. Esa, esta Alejandría, tiene vida propia, como el Londres de Dickens, el París de Hugo, Macondo, Comala, o las ciudades invisibles de Calvino. Un cosmos cerrado, que durante las primeras tres novelas resiste a duras penas los embates del mundo exterior, que se filtra poco a poco hasta que logra romper los diques y arrastra en una debacle bélica las vidas de los personajes que sobreviven hasta el cuarto volumen, que es en realidad el epílogo de una misma historia contada durante los primeros tres, desde diferentes puntos de vista y por distintas voces.


El pretexto que aduce Durrell en el prefacio a la segunda parte, Balthazar, es divertido y válido, aunque tal vez innecesario: pretende que su novela sea el reflejo, en la literatura, de la Teoría de la relatividad: “Tres partes de espacio y una de tiempo constituyen la receta sopera de un continuo”. Tiene el valor de admitir que quizá su pretensión sea exagerada y aun pomposa, pero cree que vale la pena intentarlo. Luego, en una frase suelta, libera la broma central de su prefacio: “el tema central de la obra es una investigación del amor moderno”.


¡Del amor moderno! Pobre intención, basada en una definición de la modernidad como simplemente aquello que ocurre en un presente, por definición huidizo, que se vuelve anticuado a las primeras de cambio. Mentira; se trata, en todo caso, de una investigación sobre el mismo amor de siempre, que parecería moderno precisamente porque estaba arraigado en lo antiguo, porque los personajes aman y padecen otras pasiones mientras el mundo se prepara para la catástrofe, y porque todos tienen otras cosas en qué pensar. Y porque, claro, no les queda otra opción más que tolerar el amor, ante la confusión de religiones, orígenes, culturas e ideologías que se mezclan en esa Alejandría de los años treinta.


El personaje central del libro, la ciudad, se revela como un universo: todo cabe en él, desde los epígrafes de Freud y Sade, lado a lado, hasta la ya mencionada teoría de Einstein, además de la diplomacia, la guerra inminente, la tensa convivencia racial, la contraposición entre la ciudad cosmopolita y el conservadurismo rural, y la desconfianza entre los personajes, que se transmite al lector que termina por descreer de todo.


Sade se hace presente desde el principio, en el nombre del primer volumen, que es el de uno de los personajes centrales y clave de la trama, Justine. Lo que para el rebelde Marqués representó los infortunios de la virtud, aquí se amplía para representar los infortunios del amor: el propio, el erótico, el identitario y el maternal. Justine, la judía egipcia, inaugura la verdadera vida para el primer narrador, cuyo nombre no aparece sino mucho después. Un británico joven, pobretón, que ha decidido ver un poco el mundo manteniéndose como profesor de inglés, y cuya vida transcurre más o menos como era de esperarse, hasta que se topa con esta encarnación de Lilith: la mujer fatal primigenia, esta vez de media de seda negra y tacón.


Ese primer volumen es por necesidad confuso, pues estamos accediendo a Alejandría de la mano de un narrador tan neófito como nosotros mismos. No tiene más recurso que contarnos lo que ve y sabe así, de primera o segunda mano, pero sin mayor contexto ni explicaciones. Todo lo que sabemos es que Justine se mueve en un mundo donde todos fingen, donde todos tienen —y los que no, les urge aparentar que tienen— agendas ocultas de la mayor gravedad. El pobre inglesito va y viene, es de pronto invitado a saraos magníficos y a tabernuchas míseras, recibe confidencias escandalosas que no alcanza a comprender, se enreda con la pobre Melissa, una bailarina mediocre y tuberculosa, y al mismo tiempo con Justine, que explota sin misericordia su ingenuidad. Y aquí vamos nosotros, de un lado a otro, conociendo a barberos enanos y jorobados, a coptos millonarios, a diplomáticos franceses erotómanos, a egipcios pedófilos, y a un médico y psicoanalista, judío y homosexual, líder de un círculo de estudio de la Cábala, que da nombre al segundo volumen ya mencionado: Balthazar.


Este se convierte, en el segundo volumen, en un meta-narrador. El profesor inglés nos cuenta lo que Balthazar le cuenta sobre los acontecimientos de la primera parte, algo así como “todo lo que usted no entendió sobre Alejandría, pero temía preguntar”, explicado, ni modo, por otro narrador no omnisciente ni mucho menos, sino protagonista directo de los acontecimientos. Como sea, este narrador tiene más hilos en la mano, y nos da más claves sobre qué ocurre y por qué, pero cada puerta que abre, lejos de llevarnos a la luz, nos revela aspectos más tenebrosos y crueles, nos hace desconfiar más de él mismo y de los personajes que pueblan Alejandría. Algo ocurre, pero los propios personajes no quieren que nos enteremos.


Nuestro profesor inglés se va desvaneciendo en la vorágine, al grado que pierde el estatus de narrador; la cámara se aleja y el tercer volumen, Mountolive, nos da un respiro: cuenta un cuento. El cuento de otro inglés, esta vez un diplomático que, érase una vez, llegó también a Alejandría y se enamoró de una mujer mucho mayor que él, y que andando los años se fue y volvió para convertirse en un personaje central de la trama, pero ya no solo de la trama íntima de la historia, sino de la más amplia de la Historia: la que tiene que ver con oficinas de gobierno, embajadas, papeles secretos, con intrigas y traiciones que conducen a guerras. Pronto nos damos cuenta de que las andanzas de los personajes, interesantes por sí mismas, tienen una dimensión política y social que no sospechábamos. Personajes antes marginales ocupan el centro del escenario, el proscenio incluso, y entre todos ellos destaca el que tal vez sea al mismo tiempo el más enigmático y el más esclarecedor: Henry Pursewarden. El escritor metido, como tantos otros, a diplomático, no por vocación de espía o, mucho menos, de amigable componedor, sino para sobrevivir. El hombre sabio que, por andar buscando la sabiduría, comete un error fatal que lo convierte en agent provocateur involuntario; el amante que comparte mujer con nuestro profesor inglés; el hermano de la ciega; el personaje, en fin, del que quisiéramos que Durrell hubiera escrito una biografía sin secretos.

Villa Ambron, el refugio alejandrino de Lawrence Durrell. E.M.

Estos tres volúmenes son las novelas hermanas que narran (casi) los mismos hechos, que se traslapan, que giran y muestran lados distintos de un poliedro infinito. En ellos nacen, crecen y mueren, pero no se reproducen, otros personajes centrales e igualmente inolvidables (aunque a algunos sería mejor olvidarlos). Los hermanos Hosnani, coptos y millonarios: Nessim, el banquero guapo, el darling de toda Alejandría, el cornudo de Justine, y Narouz, el hacendado con el labio leporino y el paladar hendido que mata bestias con su látigo. Scobie, el policía travesti, el futuro santo de su barrio. Y Clea, quien da nombre al cuarto y último volumen, aquel de la dimensión espacial de Einstein, la verdadera y única secuela en la que reencontramos a los personajes, los que siguen vivos, claro está, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial. El libro que abre en una pequeña isla griega, que contempla el regreso del antiguo profesor inglés a Alejandría, de la mano de una niña que no es suya y quizá de nadie más, y que es dominado por la luminosa figura de Clea, el espíritu de la libertad y del amor a la vez maduro y joven, de vuelta de la decepción y la muerte y aun así representante de la esperanza.


Los personajes del Cuarteto siguen su vida o su muerte, pero tras los cataclismos se queda flotando el personaje central: la ciudad. La ciudad fantasma que ya no existe, si existió, la que recorremos, no incansablemente, como reza el lugar común, sino las más de las veces con un cansancio de muerte, con un peso en el estómago, a veces huyendo de un prostíbulo infantil, otras presenciando procesiones inverosímiles junto al santuario de un amigo.


Todo cupo en Alejandría: todas las pasiones en todas sus modalidades, todos los tipos de amistad, todas las lealtades y todas las traiciones, las guerras y las paces, la confusión y los hirientes momentos de lucidez.

El esoterismo en El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell Bajar Libros

 


El esoterismo en El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell se manifiesta a través de la exploración de realidades múltiples, la cábala, el gnosticismo y la profunda influencia del "espíritu del lugar" (Genius Loci) en la psicología de los personajes. Alejandría actúa como un ente mágico-simbólico que moldea a sus habitantes, utilizando la estructura narrativa para cuestionar la naturaleza de la verdad.

Aquí destacan los siguientes puntos:
  • El determinismo geográfico-mágico: Alejandría no es solo un telón de fondo, sino una entidad activa que influye en la psicología y el destino de los personajes.
  • La Cábala y la Gnosis: A lo largo de la obra se introducen temas cabalísticos y gnósticos, sugiriendo una búsqueda de conocimiento superior y una comprensión iniciática de la realidad.
  • La "Science Creuse": Se aborda la poesía y el amor como formas de "ciencia hueca" o conocimiento oculto, donde la verdad es relativa y cambiante.
  • Personajes iniciáticos: Personajes como Balthazar introducen al narrador y al lector en interpretaciones ocultas de los eventos vividos en la ciudad.
La obra invita a una lectura donde la realidad no es una, sino un mosaico de verdades parciales y mágica

Murio Jürgen Habermas. Bajar libros La obra de Habermas fue discutida en todo el mundo.

 A la edad de 96 años, en la ciudad alemana de Starnberg, habría fallecido este sábado el reconocido filósofo alemán Jürgen Habermas.


La información fue confirmada a diversos medios alemanes por la editorial Suhrkamp, la que habría estado publicando la obra del filósofo.

Uno de los principales representantes de la teoría crítica y de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, el trabajo de Habermas estuvo centrado principalmente centrado en el área de la comunicación.
Nacido en Düsseldorf en 1929, tuvo que vivir toda su vida con labio leporino. Su dificultad para hablar fue uno de sus principales motores para centrar su trabajo en el lenguaje y la relación entre los individuos.
Uno de los intelectuales más reconocidos de Alemania durante el siglo XX, la obra de Habermas fue discutida en todo el mundo. Dejó como principales legados la discusión de los conceptos de “acción comunicativa” y de “esfera pública”, además de la teoría de la democracia deliberativa.


Habermas

Habermas
 
   
Generos:    
 
Sería imposible entender la filosofía de la segunda mitad del siglo XX sin leer a Jürgen Habermas (Dusseldorf, 1929). La obra de este autor, considerado ya un clásico vivo, no es solo filosófica sino que se adentra en el pensamiento interdisciplinar, en la mejor tradición de la Teoría Critica, la corriente intelectual que ha vinculado la reflexión filosófica con las ciencias sociales.
Este libro penetra en la abundante obra de Habermas y extrae de ella una narración de la decidida apuesta del autor por la democracia. Lejos de perseguir una introducción exhaustiva al pensamiento habermasiano, este volumen servirá a los lectores para iniciarse en las claves principales del desarrollo de su pensamiento ético y político.

Lawrence Durrell: Cuarteto de Alejandría: Justine

 

jueves, 22 de octubre de 2015

Lawrence Durrell: Cuarteto de Alejandría: Justine

Idioma original: inglés
Título original: Alexandria Quartet: Justine
Año de publicación: 1957


Es este un libro muy particular, o mejor, es una cuarta parte de un experimento literario muy particular: las cuatro novelas que componen el Cuarteto de Alejandría (Justine, Balthazar, Mountolive y Clea) componen un único universo narrativo, con un mismo conjunto de personajes y en un espacio común, la babilónica ciudad de Alejandría, en Egipto. De hecho, como el propio Lawrence Durrell explica en el prólogo, las tres primeras novelas de la tetralogía cuentan la misma historia desde tres puntos de vista distintos, mientras que la cuarta se sitúa seis años después y ofrece en cierto modo la conclusión de la trama. De hecho, esta experimentación técnica no solo aparece en el prólogo: también dentro de la novela se incluyen citas de otra novela ficticia que es, de alguna forma, un trasunto del propio Cuarteto de Alejandría.

Pero este juego de perspectivas no es lo único llamativo del Cuarteto de Alejandría o de esta primera novela de la serie: Justine es una obra hipnótica, laberíntica. Contada sin un orden cronológico, con saltos constantes en el tiempo en ambas direcciones, y sin apenas referencias cronológicas que permitan situar al lector, lo que ofrece es más un panorama de la decadente y sensual vida en Alejandría, que una trama propiamente dicha. El estilo lírico, sensorial y elíptico de Durrell, que exige inicialmente una cierta paciencia del lector pero que es un placer en sí mismo, también contribuye a esta sensación de estar leyendo más una fantasía que una ficción realista.

Esto no quiere decir que no haya una historia: en Justine se nos presenta la relación libre y abierta del narrador (un irlandés de nombre desconocido) con la dulce y simple Melissa, y con la ardiente y compleja Justine, una "judía histérica y decadente", como ella misma se describe en la obra, cuya capacidad para atraer a los hombres solo es superada por su capacidad de (auto)destrucción. Pero en realidad el argumento de Justine va mucho más allá del melodrama del triángulo amoroso: se nos habla también de Baltazhar, un judío obsesionado por la Cabala; del disoluto oficial consular Pombal, que le proporciona prostitutas sirias al narrador; de Nessim, el paciente marido de Justine... Un conjunto de personajes atrapados por la sensualidad y la confusión de Alejandría, incapaces de ser felices ni de encontrar un amor que no los destruya.

Quizás no añade mucho al disfrute de la novela, pero no estará de más decir que hay un trasfondo autobiográfico en la trama: Durrell vivió en Alejandría entre 1942 y 1945, y allí conoció a una joven judía, Eve Cohen (en la novela aparece un personaje llamado Cohen, que compite con el narrador por los favores de Melissa) con la que se casó en 1947 y tuvo una hija, Sappho Jane. También será útil recordar que Lawrence Durrell era amigo cercano de Henry Miller y Anaïs Nin: sus exploraciones de la sexualidad con un espíritu abierto y desinhibido (aunque con una estética mucho menos explícita) los sitúan en la vanguardia de la lucha contra el puritanismo de la época - un puritanismo, dicho sea de paso, que ha vuelto con fuerza en nuestros días transformado en lo "políticamente correcto"-.

Justine, la primera parte del Cuarteto de Alejandría, es una experiencia lectora prácticamente única: hermosa, sensual, difícil al principio pero progresivamente cautivadora, crea todo un universo de personajes y sobre todo un entorno urbano casi mítico que atrae y repele al mismo tiempo. Para vivir la experiencia literaria completa, imagino, habrá que leer la tetralogía completa; pero no toda de una vez, porque puede ser empalagosa; poco a poco, con tiempo, saboreándola...

P.D.: Sí, Lawrence Durrell es el hermano de Gerald Durrell, el de Mi familia y otros animales.

https://unlibroaldia.blogspot.com/2015/10/lawrence-durrell-cuarteto-de-alejandria.html

El Cuarteto de Alejandría La mutabilidad de la verdad y la subjetividad de la memoria.

 


El Cuarteto de Alejandría, tetralogía de Lawrence Durrell publicada entre 1957 y 1960, es una obra cumbre de la literatura moderna que narra intrigas amorosas y políticas en Alejandría, Egipto, durante la Segunda Guerra Mundial. 

Compuesta por Justine, Balthazar, Mountolive y Clea, explora la relatividad de la verdad y la memoria a través de múltiples perspectivas de los mismos personajes.

Rayuela de Julio Cortázar: resumen, análisis y frases célebres de la novela

 En la novela Rayuela (1963), Julio Cortázar rompió con la concepción tradicional de la narrativa al introducir elementos lúdicos e innovaciones de muy diverso talante. Por ello, fue rápidamente valorada como una obra maestra del boom latinoamericano.

¿Qué hizo Cortázar de singular? ¿De qué manera logró influenciar la escena literaria internacional? ¿De qué recursos literarios se valió?

Resumen

rayuela

Del lado de allá

La primera parte transcurre en París. El narrador expone la relación entre Horacio Oliveira, un intelectual argentino que trabaja como traductor y la Maga (Lucía), una uruguaya, madre del pequeño Rocamadour. Oliveira forma el Club de la Serpiente, un grupo de amigos intelectuales que se reúne a conversar sobre arte, literatura (especialmente sobre Morelli, un escritor ficticio al que todos veneran) y jazz.

La Maga, ajena a estas referencias intelectuales, es la única pieza que parece no calzar. La suerte del bebé Rocamadour precipita el fin de esta alianza forzosa y de la relación entre la Maga y Oliveira. En esta sección tiene lugar la primera crisis del personaje principal.

Orlando Figes: errores, tergiversaciones y la memoria del estalinismo

2012  Anaclet Pons  




En el campo de la historia, los profesionales del Reino Unido siempre han destacado por su buen hacer, entendido este por su pericia disciplinaria y por su demostrada capacidad para comunicar sus resultados, para narrar.  Poco dados a las disquisiciones teóricas, siempre han mantenido ese espíritu empirista heredado de sus ancestros, talante que les otorga cierta fama y reconocimiento. Tales cualidades les permiten intervenir en los medios de comunicación de masas, escribir libros con tiradas notables y, si es el caso, dar el sato al otro lado del Atlántico con buenos contratos. En efecto, periódicamente sobresalen algunos nombres que alcanzan de inmediato una considerable repercusión, casi en su totalidad escorados hacia posiciones académicas más bien conservadoras (Roberts, Ferguson, Schama…).  Entre ese grupo está, sin duda, Orlando Figes, historiador de magnífica escritura, de gran ingenio y autor de volúmenes de éxito. Dicho lo cual, se trata de un estudioso al que desde hace algunos años le persigue (o busca) la polémica. La hubo, e intensa, hace un par de años, pero se ha vuelto a repetir, con semejante vehemencia, a propósito de la versión rusa de Los que susurran (Edhasa, 2009).  Lo cuenta toda la prensa, pero nos quedaremos con la nota que Robert Booth y Miriam Elder firman en The Guardian:

ROMA 1959 PARIS 1964 ... una premonición «Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo.»"

 


En 1964 encontré detrás de una vieja chimenea en París un diario de un arqueólogo francés y leyendo  Harold Bloom y su noción de angustia de las influencias me dio una de las claves para poder entender ese misterioso, fascinante, diario que tiene 50 años produciendo los más variados ecos en mi mente. 


Engendrar el pasado. El arqueólogo afirma que la llave que abre el hombre esas puertas que afirmo William Blake contenida en su obra El matrimonio del cielo y el infierno:
“Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito.”

Con “un pie en la tumba” entiendo que en mi vida, mis lecturas están las claves que abrirán esa puerta. Me conservaron vivo, llegue a esta edad, fui salvado numerosas veces por una fuerza extraña escondida en mi subconsciente para que pudiese presentarme para encontrar la esencia. Grandes y pequeños y mediocres escritores fueron los encargados de ser los hombres del Secreto.
Dante en Italia, Shakespeare en Inglaterra, Cervantes en España, Goethe en Alemania fueron los primeros en guardar gran parte del secreto o mejor  lo oculto  luego siguieron otros. "En 1862, el matemático escocés James Clerk Maxwell desarrolló una serie de cuestiones fundamentales que unificaron la electricidad y el magnetismo. En su lecho de muerte llevó a cabo una extraña confesión, declarando que «algo en su interior» había descubierto la famosa ecuación, no él. Admitió que no tenía ni idea de cómo se le ocurrían las ideas: simplemente le venían. William Blake relató una experiencia parecida al afirmar de su largo poema narrativo Milton: «He escrito este poema obedeciendo el imperioso dictado de doce o a veces veinte versos a la vez, sin premeditación e incluso contra mi voluntad.» Johann Wolfgang Goethe afirmó haber escrito su novela Las desventuras del joven Werther prácticamente sin ninguna aportación consciente, como si sujetara una pluma que se moviera por propia voluntad.

PARIS 1964 PEDAZOS EN BUSCA DE UN SENTIDO "nuestras virtudes serían admirables si no estuvieran contaminadas por nuestros defectos"

 Los enigmas de Shakespeare | ELESPECTADOR.COM


Nuestra vida es un tejido entrelazado con el bien y el mal: nuestras virtudes serían admirables si no estuvieran contaminadas por nuestros defectos y nuestras flaquezas serían desesperantes si no se hallaran atemperadas por nuestras virtudes. 

WILLIAM SHAKESPEARE




"En el viaje, desconocidos entre gente desconocida, aprendemos en sentido fuerte a no ser Nadie, comprendemos concretamente que no somos Nadie. Y precisamente, en un lugar querido que se ha trocado casi físicamente en una parte o una prolongación de la propia persona, esto permite decir, haciéndole eco a don Quijote: aquí yo sé quién soy."
El infinito viajar de Claudio Magris

1963-1964 París entre Sartre y Jung "sentirse siempre extranjeros en la vida, incluso en casa"



Lei en Roma el libro Uomini e anni de Ilia Eherenburg  impresionado como ese escritor y periodista testigo de la revolución rusa, guerra civil española, el holocausto describió hermosamente en sus memorias la época dorada  del París de principios del siglo XX ,sus protagonistas: políticos (Lenin, Trotski), artistas, escritores, poetas, editores (Ribera, Modigliani, Picasso, Hemingway, Joyce) surgen los retratos de políticos sobre todo artistas, Voloshin, Mandelstam, Maiakovski, Esenin. Dos años  mas tarde llegaría en un hermoso atardecer de junio a esa ciudad.París de los años sesenta. 

Épinglé sur Life

"París me enseñó muchas cosas, amplió los muros de mi mundo. Suele atribuirse a París la alegría; a mi modo de ver, París sabe sonreír con tristeza: así son sus casas, sus poetas, los ojos de sus muchachas. Esa capacidad de ser feliz en la tristeza y triste en la felicidad a veces le da alas y otras se las corta. Más de una vez volveré a tratar esta cuestión cuando hable de los acontecimientos que tuvieron lugar décadas más tarde. Pero en aquella época yo no sacaba semejantes conclusiones. París me enseñaba, me enriquecía, me arruinaba, me ponía en pie y me hacía perder el equilibrio. Todo eso pertenece al orden normal de las cosas: cuando una persona consigue algo, pierde algo al mismo tiempo. Al avanzar nos despedimos para siempre de las alegrías y de las penas que hasta ayer constituían nuestra vida."

Pin en Paris , comme antan
"Aprendí en esa ciudad a tomar las cosas como son y no como yo queria que fueran. Tal como ese paciente de Jung " Manteniéndome tranquilo ,sin reprimir nada,permaneciendo atento, y aceptando la realidad. Haciendo esto me han sobrevenido conocimientos, y también poderes poco comunes, que nunca habría podido imaginar antes.Siempre había creído que cuando se aceptan las cosas estas se imponen a nosotros de una manera u  otra. Pero esto no es verdad en absoluto. Solo aceptándolas uno puede adoptar una actitud frente a ellas. Asi ahora me propongo jugar el juego de la vida siendo receptivo a cualquier cosa que me acontezca ,buena o mala,sol y sombra alternando indefinidamente,aceptando también, de este modo mi propia naturaleza con sus aspectos positivos y negativos. Asi todo adquiere mayor vida para mi. !Que loco era!Como intentaba forzarlo todo para que fuera como yo creía que debía ser".

Jano Bifronte

El "verdadero" rostro de Jano es la mediana e invisible expresión 
del eterno presente entre el pasado y el futuro

"Viajar enseña el desarraigo, a sentirse siempre extranjeros en la vida, incluso en casa, pero sentirse extranjero entre extranjeros acaso sea la única manera de ser verdaderamente hermanos. " 
(Magris) 

Un paseo por la Viena de Gustav Klimt


En nuestro cerebro tenemos miles de millones de conocimientos sobre nosotros. Calcula el subconsciente las probabilidades que tenemos de hacer tal o cual cosa y cuál será el resultado. En unos seres humanos puede llegar calcular unos cuantos días o semanas, y el subconsciente le puede avisar de distintas manera al consciente que no haga determinada cosa que lo podría dañar o lo contrario. En la mayoría de los seres humanos no existe este tipo de aviso.
Mi subconsciente  calcula las posibilidades que tengo o tendré dentro de años si hago tal o cual cosa. Como si supiese y me guiará en un desconocido camino. Esa la  explicación que le doy a las frecuentes torpezas que he cometido que me han hecho perder lo que creía eran excelentes oportunidades.
Dice un famoso neurocientífico  “uno se da cuenta de ello cuando tiene el pie a mitad del camino del freno antes de ser consciente de que un Toyota rojo está saliendo marcha atrás de la entrada de una casa en la calle por la que circula.” 
He tomado decisiones inexplicables,ilógicas en su momento  pero que  hoy a 50 años se convierten en perfectamente lógicas adquiriendo sentido. El ejemplo del carro que nos empuja a pisar el freno antes de estar conscientes que debemos hacerlo en mi caso es más largo, años, décadas antes.
Entiendo que nuestro subconsciente puede tener almacenados cuando tenemos 50 años cientos de millones, de gestos, cosas, hechos, olores, sonidos que hemos sentido en miles de días, semanas, años y por eso calcula las probabilidades de que hagamos tal o cual cosa. Pero ¿cómo explica que a 17 años me advirtiera de una manera inconsciente con el escaso volumen de datos que tenia de mi vida; no me conocía lo suficiente?
Hoy entiendo que hemos heredados “los programas que  profundamente han quedado grabados en el circuito del cerebro a lo largo de cientos de miles de generaciones.” Y  aun cuando tenía dos años de vida podría predecir lo que me sucedería dentro de 30/40/50 años. 
“Los cerebros se dedican a reunir información y a guiar nuestro comportamiento de manera adecuada.”(…)”la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona debajo.”
Esa imposibilidad de ganar dinero   me ha acompañado en estos sesenta años teniendo oportunidades, conocimientos y relaciones. Sin embargo he llegado a tener portales y una emisora de radio. Pero nunca he podido contar una estabilidad económica que me permita con autonomía escoger tal o cual manera de vivir.

En una ocasión algún me dijo- o lo leí en el Diario de Paris- que si un objeto que enviremos a el planeta más lejano supiese todo lo que encontraría en el camino y pudiese modificarse adquiriría el peso, el tamaño necesario para que se viaje interplanetario se haga sin problema alguno y pueda superar todos los obstáculos que él sabe que encontrara. 


En 1916 Jung da en Paris una conferencia sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente (base que luego sería una de sus obras centrarles) .
Durante el invierno de 1902-1903 dicen sus biógrafos que poco se sabe de esa estancia, excepto que Jung paseo por los alrededores de la ciudad, pintando algunos paisajes y  de vez en cuando a su prima Helene. Estudia en Salpetriere  París con P Janet.  A su vuelta de París, el 14 de febrero se casa. Se ha escrito sobre la influencia de P. Janet, varios conceptos de este  formaran parte de su propia terminología científica hasta el final.

Publica su primera investigación  Acerca de  la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos. E su tesis doctoral realizada con el Profesor Eugen Bleuler en la Facultad de Medicina de la Universidad de Zurich. Se publicó en la editorial Oswald Mutze Leipzin, 1902 . Reproducía una reimpresión de la tesis doctoral cuya única diferencia consiste en la conclusión ligeramente modificada,
Jung en su juventud conoció y trato a este arqueólogo francés y más tarde en Paris converso bastante en ese invierno de 1902-1903. La primera vocación de Jung fue la de arqueólogo. Pero su familia era pobre no podía afrontar los gastos que hubiera supuesto enviarlo más allá de Basilea.  Ningún curso versaba sobre arqueología en la Universidad de Basilea, por lo que Jung escogió la medicina en su lugar.



En 1998 con el Ingeniero Lopez  un sábado en la noche  creímos observar encima de la Jefatura Civil de Macuto a varios kilómetros de altura objetos no identificados dando vueltas.  Estuvimos un buen rato mirando; no  comentamos con los pasantes eso que estábamos viendo. Como si nos hubiesen ordenado guardar silencio. Eso fue lo que más me impresionó del hecho. También había sentido que desde que estábamos en Los Corales conversando con  Juan Castellano  sin alterarme para nada que esas luces me estaban siguiendo.

Regresando a  casa pensé en el diario del Arqueólogo francés  que en sus notas afirmaba haber conversado en 1902 con Carl Jung explicándole la existencia de inconsciente colectivo. El último escrito de ese diario databa de 1920. En estos últimos días he pensado en el arqueólogo,  en los objetos no identificados de 1998, de esa noche del 15 de agosto de 1959 con ella y la broma que me hizo mi subconsciente aumentando mi torpeza evitando así que mi vida tomase ese rumbo que parecía que estaba trazado desde la noche de la Nuria de Viena dos semanas antes. Recordando el personaje de El hombre sin atributos de Robert Musil y el encontrarme en los sitios más impensados los libros de Carl Jung.