Marcel Proust y su obra cumbre, En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu).

 Marcel Proust y su obra cumbre, En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu).

Esta monumental obra de la literatura francesa y universal fue escrita entre 1908 y 1922 y está dividida en siete volúmenes publicados entre 1913 y 1927 (los últimos tres de manera póstuma):
Al introducir la conciencia de su Narrador en A la busca del tiempo perdido, Marcel Proust realizaba una revolución copernicana en la literatura del siglo XX y se convertía, junto con James Joyce y Franz Kafka, en el escritor más importante de los cien últimos años. A la busca del tiempo perdido no es novela de una sola faceta, sino de muchas: sobre unos puntos de partida parcialmente autobiográficos, Proust consigue una narración iniciática, la pintura crítica de toda una sociedad, una novela psicológica, una obra simbólica, el análisis de inclinaciones sexuales hasta entonces prohibidas, una reflexión sobre la literatura y la creación artística.

La realidad no es lo que parece 3 inquietantes libros gratis

 La neurociencia demuestra que el cerebro no funciona como una cámara de fotos, sino como un creador activo que construye la realidad a partir de señales eléctricas y expectativas. 

¿Cómo funciona la percepción?
  • Traducción de energía: Los sentidos solo captan estímulos sin forma (ondas de luz o vibraciones de sonido), y el cerebro los convierte en colores, texturas y sonidos. 
  • Predicción constante: La mente no espera pasiva a ver el mundo; anticipa lo que va a ocurrir basándose en tus experiencias previas y recuerdos.
  • Filtros personales: Las creencias, la cultura y las emociones alteran la forma en que interpretas cada evento, haciendo que cada ser humano habite una versión única del mundo,
  •  El sistema visual inventa datos para ocultar el punto ciego de la retina o genera la ilusión de continuidad cuando parpadeas.

Las puertas de la percepción

Las puertas de la percepción
 
   
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El titulo de esta gran obra, escrita en 1954, esta tomada de los siguientes versos de William Blake: "Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo apareceria ante el hombre tal y como es: infinito". Este tratado causó revuelo en los años sesenta en Estados unidos, debido a que marcaba la posibilidad de ampliar la conciencia mediante el consumo de drogas alucinógenas, entre otros medios. El mismo Aldous Huxley experimentó con mescalina, una droga psicodelica, hasta alcanzar estados visionarios.

La realidad no es lo que parece

La realidad no es lo que parece
 
   
Libro 120 de:
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Este libro aborda uno de los mayores misterios de la física cuántica: ¿de qué está compuesta, en definitiva, la realidad?, ¿cuál es la estructura profunda de las cosas?, ¿cómo se conjuga la gramática de la naturaleza? A medida que nuestros instrumentos de observación se perfeccionan, surgen nuevas estructuras cuyo comportamiento desafía las leyes de la lógica. Rovelli logra aclarar los entresijos de la teoría de la relatividad general y los últimos descubrimientos en torno a los agujeros negros, mientras nos contagia su entusiasmo por la belleza del cosmos y por las sorpresas que puede depararnos nuestro viaje a la última frontera del conocimiento físico.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero
 
   
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El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, una extraordinaria revelación, se convirtió inmediatamente en un clásico y consagró a Oliver Sacks como “uno de los grandes escritores clínicos del siglo” (The New York Times), como atestiguaron más tarde Un antropólogo en Marte y otros singularísimos textos. En este libro, Oliver Sacks narra veinte historiales médicos de pacientes perdidos en el mundo extraño y aparentemente irremediable de las enfermedades neurológicas. Se trata de casos de individuos aquejados por inauditas aberraciones de la percepción que han perdido la memoria, y con ella, la mayor parte de su pasado; que son incapaces de reconocer a sus familiares o los objetos cotidianos: que han sido descartados como retrasados mentales y que, sin embargo, poseen insólitos dones artísticos o científicos. Por extraños que parezcan estos casos, el doctor Sacks los relata con pasión humana y gran talento literario. Son estudios que nos permiten acceder al universo de los enfermos nerviosos y comprender su situación frente a las adversidades. Como gran médico, Oliver Sacks nunca pierde de vista el cometido final de la medicina: “el sujeto humano que sufre y lucha”.

La Guerra Fría de la IA altera el orden global

 


La narrativa de una supuesta Guerra Fría de la Inteligencia Artificial sugiere que el planeta asiste a una confrontación sistémica entre Estados Unidos y China por el dominio técnico. Esta noción, acuñada conceptualmente en 2018, interpreta los avances en aprendizaje automático y capacidades de cómputo como los verdaderos activos de poder geopolítico del siglo veintiuno. Sin embargo, reducir la complejidad de la innovación contemporánea a un conflicto bivalente transforma una red global de producción en un tablero de suma cero.

El catalizador del debate se remonta a las directrices publicadas por el gobierno chino en 2017 para liderar el sector hacia el año 2030. Desde entonces, diversas figuras geopolíticas e industriales impulsaron el relato de un cisma tecnológico inminente. La relevancia de este fenómeno no radica únicamente en los algoritmos, sino en los componentes físicos que los hacen posibles. Los semiconductores se han convertido en el recurso estratégico definitivo del presente.

La dependencia geográfica de esta infraestructura concentra la atención global en Taiwán, hogar del mayor fabricante de microchips del mundo. Debido a que la producción de procesadores avanzados depende de una cadena de suministro altamente especializada, las restricciones comerciales se convirtieron en la principal herramienta de presión diplomática. Así, el veto a la exportación de maquinaria de litografía ultravioleta busca frenar la evolución técnica del competidor limitando su acceso al hardware fundamental.

Por lo tanto, la disputa ha forzado una reestructuración profunda de las políticas industriales en las potencias occidentales. Estados Unidos aprobó marcos legislativos multimillonarios para financiar la fabricación local de microprocesadores y fomentar la investigación en computación cuántica. De hecho, estas iniciativas buscan reducir la vulnerabilidad exterior atrayendo a firmas clave a su propio territorio.

Al mismo tiempo, la Unión Europea promulgó su propia normativa para incentivar la producción interna de semiconductores mediante fuertes subsidios corporativos. Estas medidas confirman que los estados soberanos ya no consideran la tecnología como un mercado libre, sino como un pilar crítico de la seguridad nacional. Sin embargo, esta fragmentación de los mercados globales genera dudas sobre la eficiencia futura del desarrollo científico.

Elecciones YA: el arte del engaño Carlos Raúl Hernández

 Hoy por aquí, la izquierda antes radical, es el centro, impulsa la transición, y para asombro, payasos ágrafos disfrazados de “analistas”, comienzan por negarla


CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ

27/09/2026 

Activistas de estos turbulentos 27 años, hablan hoy de “elecciones libres y creíbles para regresar a la democracia”. No tengo más remedio que rechazar esta consigna, más por falsa que por errónea. Un error es un fallo del entendimiento, pero una falsedad es premeditada. Elecciones normales, creíbles son el summum bonum de una transición, pero lograrlas solo es posible si antes se recogen los escombros se hacen reformas sustanciales sine qua non. Esas reformas están ausentes del actual libreto y sin ellas tendremos autoritarismo plebiscitario, criatura bastante conocida, porque actores importantes no quieren democracia sino entronizarse con la reelección indefinida. No les interesa que sean procedimental y teleológicamente democráticas, que produzcan resultados no perversos, y silencian cambios imprescindibles para que abran la puerta a la democracia.

Niegan y desacreditan la transición, en un ambiente revolucionario, conflictivo, como hemos vivido en 35 años, ahora neutralizado por decisión norteamericana. Grupos marginales suelen hostilizar las transiciones, pero los factores básicos del ancien regimen y del emergente, corren riesgos juntos para materializarlas. En España postfranquista lo hicieron Juan Carlos I, Adolfo Suárez, quien la dirigió entre 1977-1981, hasta que Leopoldo Calvo Sotelo lo derrota dentro del partido; Felipe González, Manuel Fraga, Santiago Carrillo. De entrada, arrollaron el aparato autoritario con la Ley para la Reforma Política, propuesta por el “franquista transicional” Torcuato Fernández y aprobada en las Cortes. Una autora francesa Sophie Baby, como varios por aquí, consideraba necesario hacer razzias contra el franquismo; y en su más interesado que interesante libro de 2021.

Shoshana Zuboff La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia


El País -Ideas, 12 de julio de 2026. 

Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud. El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital. “Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”. La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”. Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía. 

¿Dos legitimidades, un mismo poder?

 


La recuperación y establecimiento de una economía que sea funcional no sólo acompaña la aspiración a conquistar una legitimidad de facto: en la mayoría de las transiciones exitosas eso es, prácticamente, lo que la habilita,

MIBELIS ACEVEDO DONÍS      26/09/2026 


Deber ser o ser. He allí el dilema que ha escoltado una y otra vez las decisiones de actores políticos y sociedades sometidos a interregnos, vacíos de autoridad y crisis orgánicas. Hay que decir que toda transición política arrastra una tensión que la literatura clásica rara vez resuelve con elegancia y sin “ascos” morales: el poder que emerge de una ruptura -negociada, impuesta o sobrevenida- casi nunca nace con el título de propiedad completo. Carece de lo que Weber llamaría el fundamento legal-racional o carismático de la obediencia: un mandato claro, verificable, aceptado por todos los actores relevantes. Siguiendo una distinción más operativa que la weberiana, a esa carencia solemos designarla como legitimidad de origen, la obtenida por vías procedimentales: una elección limpia, una sucesión constitucional indiscutida, un pacto reconocido por todas las partes.

Junto a ella aflora una segunda fuente de autoridad, menos vistosa y más acumulativa, que, pensando en la Unión Europea, Fritz Scharpf bautizó como legitimidad output: la que se gana gracias al “buen gobierno”, resolviendo problemas concretos, exhibiendo resultados verificables, garantizando rendición de cuentas; una que se despliega junto a la capacidad de adaptabilidad a los cambios. En ese sentido, la realidad no admite canjes sin beneficios. Un poder con origen dudoso puede entonces, con el tiempo, “comprar” aceptación mediante desempeño. Y un poder con origen incuestionable puede erosionarse hasta la irrelevancia si no entrega nada que lo reivindique.

Un marco pragmático nos invita a analizar el problema de marras no tanto desde un punto de vista normativo, lo que "debería ser" y ocurrir en una transición; sino, más bien, descriptivo y prescriptivo de lo que “es”. Dado que origen y desempeño rara vez coinciden en el arranque de una transición a la democracia, ¿cómo administrar ese desfase para que el segundo termine construyendo lo que vendrá, en lugar de sustituir al primero? De cara al opositor o el reformista atrapados en una vorágine que no siempre controlan, ¿cómo gestionar el conflicto inevitable entre quienes reclaman el origen y quienes exhiben y controlan el desempeño, sin que la política se convierta en forzosa guerra por otros medios?

Recordemos que la transitología clásica -volvemos a la obra ya harto citada de O'Donnell y Schmitter- describe las transiciones como procesos de incertidumbre deliberadamente organizada: los actores aceptan reglas cuyos efectos no regulan, porque prefieren esa incertidumbre acotada a la certeza de un conflicto sin reglas. La fórmula de transformación desde arriba y reemplazo desde abajo o "transplacement" negociado, determina a su vez cuánta legitimidad de origen sobrevive al tránsito (si sobrevive), y cuánta queda por construirse después, sobre la marcha. Linz y Stepan suman acá la pieza que más pesa de cara al conflicto: una democracia se consolida cuando se vuelve "the only game in town”, el único juego posible. Esto es, cuando ningún actor relevante, ni siquiera el que pierde, contempla seriamente salirse del tablero. Un juego que se autoimpone con el tiempo, según anticipa Przeworski, quien afirma que la democracia se sostiene no porque nadie pueda perder, sino porque a todos les conviene más aceptar la derrota de hoy que arriesgarse a un sistema sin reglas ni garantías en el que mañana puedan perder todo.

Ninguno de estos autores, sin embargo, trabajó explícitamente el par conceptual origen/desempeño, pero la lógica combinada permite una tesis: la legitimidad de desempeño no es un sustituto cosmético de la de origen. Podría ser, bien administrada, el insumo con el que se costea la reforma institucional que a la larga repararía ese origen disputado. El desempeño, pues, compra tiempo. La pregunta del millón -y la que cruza transversalmente los cansones ciclos en el caso venezolano- es en qué se invierte ese tiempo y cómo puede ser aprovechado para la construcción de una “República perdurable”, según propone Marco Rubio.

El error más común por parte de un poder cuya legitimidad de origen está severamente cuestionada es malgastar esa oportunidad de desempeño en perpetuarse a sí mismo, en lugar de construir instituciones que sobrevivan a su propio mandato. Aparte de casos paradigmáticos como los de España (1975-82), Polonia (1989-91) o Ghana (1992-93), vale citar otros menos trajinados para ilustrar como pudo domeñarse esa nociva tentación. En la Indonesia de 1998, por ejemplo, B.J. Habibie llegó a la presidencia sin haber sido electo para el cargo, como vicepresidente de un dictador de 32 años derrocado por protestas estudiantiles. El déficit de origen no podía ser mayor. Gobernó apenas diecisiete meses, y su propio partido lo consideraba un títere transicional. En ese lapso levantó las restricciones a la prensa, liberó presos políticos, redujo la representación militar reservada en el parlamento, fijó límites a la reelección presidencial y, en un giro que sorprendió a su propio gabinete, convocó el referendo de autodeterminación de Timor Oriental bajo supervisión de ONU. Habibie nombró un comité para redactar leyes menos restrictivas, permitió la prensa libre, organizó elecciones competitivas y aceptó límites a la reelección presidencial. No pudo sostenerse en el poder (se retiró de la contienda de 1999 ante el desgaste de su gestión) pero dejó una armazón institucional que sus sucesores no pudieron desmontar. Su desempeño no lo salvó a él; salvó a la reforma.

En Benín (1990), por otro lado, y ante la asfixia económica, el general Mathieu Kérékou, marxista-leninista con dieciocho años en el poder, acordó convocar una Conferencia Nacional de "fuerzas vivas" que él mismo no controlaba. La Conferencia se autoproclamó soberana y le retiró de facto el gobierno en favor de un primer ministro opositor, Nicéphore Soglo. Kérékou aceptó permanecer en funciones durante ese curso, pero tras derogarse la Constitución de 1977, se instaló un gobierno de transición dirigido por Soglo. Aunque pidió no ser obligado a dimitir, Kérékou pidió perdón al pueblo y anunció que las decisiones de la Conferencia se aplicarían al pie de la letra. Perdió las elecciones de 1991 y entregó el poder sin resistencia, disculpándose públicamente por los abusos de su gobierno. Lo significativo es lo que vino después: en 1996 volvió a presentarse, ganó limpiamente y gobernó dos períodos respetando el límite constitucional que él mismo había ayudado a fundar. Benín inauguró así el modelo de "conferencia nacional soberana" que luego se replicó en buena parte del África francófona: fórmula para convertir una crisis de origen en un proceso constituyente que ni siquiera el actor saliente pudo capturar para sí.

Una controversia condiciona estos procesos: ¿cómo administrar el conflicto sin sofocar la política; como evitar que este derive en enemistad absoluta? Pensando en el antagonismo schmittiano y en el antídoto conceptual de Mouffe, el agonismo, cabe observar que ese tránsito hacia la rivalidad tolerable rara vez ocurre por alguna suerte de conversión milagrosa. Ocurre porque actores con incidencia resuelven, en algún punto, moderar deliberadamente la intensidad del conflicto, aun teniendo argumentos y “razón moral” -incluso votos- para no hacerlo. Otro caso, el de Bolivia en 1985 (una legitimidad de desempeño atada a la estabilización dolorosa pero efectiva que impulsó Paz Estenssoro, quien llega al poder con respaldo de Hugo Banzer, dueño de la primera mayoría relativa) nos habla de un cálculo interesado, no un acto de altruismo, lo cual es precisamente lo que lo hace replicable. El agonismo funciona si se ata a la calibración racional, no cuando depende exclusivamente de la deseable pero frágil virtud. Una gestión realista del conflicto, más que la búsqueda de una fórmula sin costo alguno, implica entonces la elección consciente de aquellas pérdidas que se está dispuesto a absorber para no clausurar la política.

En el caso venezolano -problematizado, además, por la tutela estadounidense- toca prever consideraciones y amenazas singulares, eso sí. La recuperación y establecimiento de una economía que sea funcional no sólo acompaña la aspiración a conquistar una legitimidad de facto: en la mayoría de las transiciones exitosas eso es, prácticamente, lo que la habilita. Pero hay un riesgo que Terry Karl desmenuza en The Paradox of Plenty (1997). Cuando esa recuperación depende de una renta extractiva capturada desde arriba, suele financiar lealtades, no instituciones; compra paz social a corto plazo, aunque sin construir capacidad estatal. Un desempeño "barato", una legitimidad rápida de agenciar pero que no deja infraestructura institucional presta a contener asimetrías si el precio de los commodities cae o el control de la renta cambia de manos, incorpora un matiz que debe alertarnos especialmente. ¿Logrará el gobierno encargado, contra todo sombrío pronóstico, superar esa sentencia previa y poner foco en las reformas de fondo, en subsanar los daños, en garantizar la estabilidad democrática? ¿Desafiará con hechos la presión de esas voces que lo arrastran a la regresión permanente? That is the question.

¿Ética o ideología de la inteligencia artificial? – Adela Cortina

 

a inteligencia artificial (IA) nació en el pasado siglo, cargada de amenazas y también de promesas. Tanto los temerosos frente a las amenazas como los entusiastas de las promesas reclamaron dotar a la IA de una ética.

El monstruo de Frankenstein inspiraba esa frankenfobia que exigió una ética para las máquinas, capaz de defender a los seres humanos frente a sus posibles perjuicios, pero sobre todo capaz también de extraer los grandes beneficios que pueden aportar los sistemas inteligentes cuando se toman como instrumentos al servicio de los seres humanos y de una sostenibilidad justa de la naturaleza.

En el extremo contrario, los entusiastas de la revolución 4.0 aseguraron que la IA ayudaría a resolver los problemas de la vida cotidiana, introduciendo la magia de los algoritmos para tomar decisiones en todos los ámbitos de la vida social, incluso dejando esas decisiones en sus manos, sustituyendo los débiles cerebros humanos por la fuerza de la computación o la conectividad.

Y, yendo aún más allá, un buen número de tecnocientíficos aseguraron que acabaremos con la enfermedad, la vejez y la muerte. Que, incorporando valores morales a las máquinas, como el amor, la compasión y la solidaridad, crearemos una nueva especie superior a la humana conocida. Un mundo de paz y felicidad, que pondrá fin al reinado del Homo sapiens, a la época del Antropoceno, marcada por las guerras y la depredación de la naturaleza.

¿Esta segunda opción merece el nombre de «ética» o el de «ideología»? ¿No se está calificando como ciencia lo que no lo es para atraer suculentas inversiones, conformar las mentalidades e incluso ganar en la competencia por el poder mundial?  El primer deber de una ética de la ciencia es no engañar. 

Por desgracia, desde ese afán de veracidad nos encontramos con un obstáculo difícilmente salvable, planteado por la estructura misma de las plataformas, las redes y los algoritmos que nacen de esta nueva revolución. La gran pregunta ética es siempre ¿hacia dónde queremos ir?, ¿cuál es la brújula que debe orientar la construcción de mapas de carreteras que habrán de ir cambiando con el tiempo necesariamente?

Somos los seres humanos quienes tenemos capacidad de dialogar y decidir hoy por hoy, pero tomar decisiones conjuntas implica hacerlo desde un «nosotros» sin exclusiones, que, valiéndose de los sistemas inteligentes, busque las respuestas adecuadas. Sin embargo, el aumento de la conectividad, gracias a las redes, que debería llevarnos a poder decidir conjuntamente, deliberando, qué queremos hacer de nuestro futuro, no mejora la comunicación veraz. Por el contrario, triunfa una vez más la razón estratégica, que pasa a ocupar todo el espacio público, y se produce el eclipse de la razón comunicativa. Es esta una pésima noticia si queremos fortalecer la democracia, que es una tarea urgente, porque está en peligro en el ámbito mundial. Y,  por supuesto, en España, Europa y América Latina.


Este texto es un fragmento del libro ‘¿Ética o ideología de la inteligencia artificial?’ (Paidós, 2024), de Adela Cortina.

Ética mínima

Ética mínima
 
   
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Nuestro tiempo es tiempo de modestia: época light. La reflexión huye de los grandes sistemas y la acción de las grandes empresas. ¿Quién ambiciona ya descubrir la verdad, alcanzar el bien, practicar la justicia? ¿Quién pretende poseer el secreto de la felicidad? Pequeñas verdades, minúsculos bienes, fragmentos de justicia, retazos de felicidad nos ayudan, si no a «vivir bien», en el hondo sentido de los clásicos, al menos a «pasarlo bien»: a pasarlo lo mejor posible. Y, sin embargo, las preguntas por la rectitud y la justicia, por la legitimidad del poder y la esperanza de salvación continúan pidiendo respuesta a una cultura que precisa contestarlas pata recobrar su sentido. Abordar tales cuestiones es el propósito de este libro. Para ello se interna en ese ámbito del saber llamado «práctico», desde las cuatro dimensiones que lo configuran: moral, política, derecho y religión. Desde ellas se alumbra hoy, si no una ética de máximos -una ética del ethos y la felicidad, como la que Aranguren, prologuista del libro, nos regaló hace tiempo-, una ética de mínimos; si no una magna moralia, una ética mínima. Pero una ética que se resiste a renunciar a lo mejor que hemos aprendido tras siglos de historia: el valor de la autonomía humana y la necesidad de un consenso -entendido como concordia, no como estrategia- para la organización de la vida jurídica y política.