Por qué la estupidez es más peligrosa que la maldad

 Dietrich Bonhoeffer, pastor protestante y miembro de la resistencia alemana contra el nazismo, advirtió del peligro de dejar de pensar por uno mismo y de cómo esa renuncia puede conducir a un colapso moral colectivo.

Cristina Domínguez

«La estupidez no es la falta de inteligencia, sino la incapacidad para cuestionar lo que uno cree». Esta paráfrasis del pensamiento de Dietrich Bonhoeffer (la frase en concreto nunca la expresó así) y otras citas similares se han popularizado durante los últimos años gracias a un vídeo animado de YouTube y algún que otro tuit viral. Pero ¿quién es Bonhoeffer y por qué sus reflexiones resultan tan oportunas en el momento actual?

Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo, pastor y resistente alemán, y una de las primeras voces en denunciar públicamente el régimen nazi, especialmente por su instrumentalización de la Iglesia. Se doctoró a los 21 años y a los 24 años era el docente más joven de la Facultad de Teología de Berlín. Resultaba, por lo tanto, una promesa académica brillante dentro del mundo teológico protestante alemán, pero su fama se limitaba a los círculos ecuménicos. A pesar de que era pacifista, participó en la resistencia activa contra Hitler y fue arrestado en 1943. Finalmente fue ejecutado en abril de 1945, pocas semanas antes del fin de la guerra.

De hecho, su texto sobre la estupidez lo escribió en clandestinidad para sus compañeros en la resistencia. Fue publicado póstumamente junto a numerosas misivas y manuscritos sacados secretamente de la prisión, bajo el título Resistencia y sumisión. En estos escritos reflexionaba sobre temas cómo qué significa ser cristiano en un mundo que ya no necesita a Dios, el sufrimiento de Dios, el coste personal y moral de resistir, o la muerte como horizonte. Esta obra lo hizo famoso, conectando muy bien con una Europa de posguerra que intentaba entender cómo había podido ocurrir lo que había ocurrido.

En concreto, en el breve ensayo «Después de diez años», Bonhoeffer asegura que la estupidez es más peligrosa que la maldad, porque el mal podemos denunciarlo, protestarlo, tratar de combatirlo, pero ante la estupidez poco se puede hacer, ya que ahí no valen ni argumentos ni hechos. El malo sabe que existe el bien, aunque elija otra opción. El estúpido ni duda, ni cuestiona; y si se le presentan pruebas que contradicen sus creencias, las rechaza o, en caso de no poder, se irrita y se vuelve agresivo. Por eso puede causar mucho más daño.

Ante la estupidez poco se puede hacer, ya que ahí no valen ni argumentos ni hechos

Para Bonhoeffer, la estupidez no tiene nada que ver con una falta de inteligencia innata; es un fenómeno social: cuando las personas entregamos nuestra voluntad a un poder externo, perdemos la capacidad de pensar por nosotras mismas. El poder produce este daño sobre los seres humanos, y por eso la solución no es la educación, sino la liberación. Con un estúpido no se puede razonar, porque el problema no es cognitivo, ni de acceso al conocimiento. Solo liberándose las personas del poder (moral y político), podrán recuperar su capacidad de pensar.

Hannah Arendt llegaría a conclusiones similares dos décadas después, observando el juicio de Adolf Eichmann: los grandes crímenes no los cometen monstruos sino personas normales y corrientes, burócratas que han dejado de pensar. Es lo que denominó «la banalidad del mal».

El verdadero peligro se esconde dentro de cada uno de nosotros y en nuestra tendencia a delegar, obedecer o mirar hacia otro lado. Según Bonhoeffer, cuando nos entregamos a un colectivo, como un movimiento o una ideología, dejamos de sentirnos responsables de nuestros actos al haber cedido esa responsabilidad a algo externo. Así, ya no juzgamos de forma individual, sino que aceptamos los juicios del grupo. La solución que presenta estaría, por lo tanto, en el pensamiento individual, la conciencia personal y la negativa a delegar el juicio moral. Pero se trata de algo mucho más complicado de lo que parece a simple vista.

Todos queremos pensar que, de haber vivido en la Alemania nazi, habríamos sido de los que resistieron. Pero, estadísticamente, lo más probable es que fuéramos de los que permitieron, sino por obra, por omisión, que el horror continuase.

De hecho, Bonhoeffer también se preguntaba con honestidad qué era lo que les había permitido ser conscientes de la necesidad de resistir activamente. Afirmaba que no eran más inteligentes ni mejores personas, pero tenían algo, ya fuera fe, principios o vínculos concretos con personas agraviadas, que les permitió anclarse a una identidad y unos valores minoritarios, resistiendo la «abducción» colectiva. También era consciente de sus ventajas estructurales: venía de una familia culta y crítica, había podido viajar y conocer otras realidades… todo eso no lo convertía en alguien superior moralmente, simplemente le había dado más herramientas para mantener una visión crítica. En cualquier caso, sus textos muestran una autocrítica intensa y una preocupación por el coste moral de la resistencia armada y de la vida bajo secreto.

Las ideas de Bonhoeffer sobre la estupidez han conectado muy bien con el público contemporáneo. En un contexto de polarización política, en el que las redes sociales actúan como máquinas de identidad colectiva, en la que los algoritmos refuerzan las burbujas, en el que mucha gente siente que no es posible razonar con el contrario, en que los argumentos lógicos no convencen y que presentar datos objetivos parece inútil, la teoría de la estupidez da una respuesta estructural: no es que el otro sea realmente tonto, sino que está colonizado por un poder externo.

Ahora bien, compartiendo acrítica y descontextualizadamente citas de sus escritos, por muy pertinentes que sean, se corre el riesgo de caer en aquello que él mismo criticaba. Sobre todo cuando creemos que quien es incapaz de pensar por sí mismo es siempre el otro y lo arrojamos desde la superioridad ética de sentirnos a salvo de cualquier deriva moral.


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La llamada paradoja del mentiroso (“lo que digo es falso”) ha sido discutida hasta la saciedad desde la antigua Grecia hasta la India y la filosofía del siglo XX. La paradoja implica que si mi afirmación es verdadera, entonces es falsa (“si lo que estoy diciendo es falso, entonces lo que estoy diciendo no es falso”), y viceversa. En lugar de perder el tiempo en la interminable red de argumentos y contraargumentos, dirigiremos nuestra mirada a Jacques Lacan, quien propuso una solución especial a este problema al distinguir entre enunciado y enunciación, es decir, entre el contenido del enunciado y la posición subjetiva implicada o expresada en el acto de enunciación. Tan pronto como introducimos esta distinción, notamos inmediatamente que en sí misma una afirmación como “todo lo que digo es falso” puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa, pero también que una frase como “siempre digo mentiras” puede representar perfectamente mi percepción subjetiva de vivir una existencia inauténtica o falsa. Lo mismo ocurre a la inversa: la afirmación «sé que soy un pedazo de mierda» puede ser literalmente cierta en sí misma , pero falsa en el nivel de la posición subjetiva que pretende mostrar; podría ser, por ejemplo, algo que digo para presentarme ante los demás como alguien que es al menos honesto consigo mismo y que NO es completamente «un pedazo de mierda»… Nuestra respuesta a este último orador podría ser parafrasear un famoso chiste de Groucho Marx: «Actúas como un pedazo de mierda y admites que eres un pedazo de mierda, pero eso no nos engañará, ¡eres un pedazo de mierda!».

¿Por qué perder el tiempo con estas trilladas y cansadas paradojas lógicas? Porque en la era de la “posverdad” del populismo de derecha, la explotación de esta paradoja ha alcanzado un verdadero auge: el discurso político actual ya no puede entenderse sin introducir la distinción entre enunciado y enunciación. Entramos en el mundo real . Tras la reelección de Trump en 2024, Alexandria Ocasio-Cortez, que conservó su escaño en el Congreso, hizo un llamamiento público a sus electores que votaron por ella en el Senado pero por Trump como presidente para que intentaran comprender por qué tomaron una decisión tan extraña y divisiva. La congresista consideró que la razón principal, contrariamente a los cálculos manipuladores de Kamala Harris y otros demócratas, fue que ella y Trump parecían más sinceros a los ojos de los votantes. Esta es también la razón por la que, cuando Trump se ha contradicho o ha sido descubierto mintiendo descaradamente, paradójicamente estas revelaciones sólo le han servido de algo: para sus partidarios, sus mentiras son prueba de que simplemente está actuando como un ser humano normal que no se basa únicamente en sus asesores expertos, sino que dice sin rodeos lo que le viene a la mente. En otras palabras, las mismas inconsistencias y falsedades de las declaraciones de Trump funcionan como una señal de que, a nivel de la declaración, él habla como cualquier otro ser humano auténtico y sincero: una demostración perfecta de cómo es posible falsificar incluso la posición subjetiva implícita en una declaración.

La verdad subjetiva se opone a la verdad fáctica de un modo análogo a la oposición entre la histeria y la neurosis obsesiva: la primera es una verdad en forma de mentira, la segunda una mentira en forma de verdad. Tanto el populismo de derecha como la corrección política de la izquierda liberal practican estas dos formas complementarias de mentira (que reflejan la distinción entre histeria y neurosis obsesiva). Por una parte, la afirmación histérica afirma la verdad en forma de mentira: lo que se dice no es literalmente cierto, sino que la mentira expresa de forma engañosa una denuncia auténtica. Por otra parte, lo que la afirmación obsesiva expresa como literalmente verdadero no es más que una verdad al servicio de una mentira más compleja y articulada. Tanto los populistas como los liberales políticamente correctos hacen un uso extensivo de ambas estrategias.

Primero: todo el mundo miente sobre los hechos si eso ayuda a corroborar lo que los populistas llaman “la Verdad superior” de sus respectivas Causas. Por ejemplo, algunos fundamentalistas religiosos afirman “mentir por Jesús”: para prevenir el “horrible crimen” del aborto, consideran aceptable difundir falsas “verdades” científicas sobre la vida de los fetos y los riesgos de interrumpir un embarazo; o bien, para apoyar la lactancia materna, estos fundamentalistas consideran aceptable presentar como un “hecho científico” la teoría que identifica una correlación entre la abstención de la lactancia materna y el cáncer de mama. El manifestante populista anti-inmigración promedio difunde sin vergüenza historias no verificadas sobre violaciones y otros crímenes cometidos por refugiados, con el fin de reforzar y difundir la opinión de que los inmigrantes representan una amenaza seria para nuestra forma de vida. Pero incluso los partidarios liberales de la corrección política a menudo operan de manera similar: por ejemplo, cuando omiten deliberadamente las diferencias objetivas entre los “estilos de vida” de los inmigrantes y los europeos, porque mencionarlas podría exponerlos a críticas de eurocentrismo. Recordemos el caso de Rotherham, en el Reino Unido, donde hace una década la policía descubrió que un grupo de paquistaníes estaba en el centro de una red de abusos a menores que, según algunos informes, afectó a más de mil niñas británicas muy jóvenes, en su mayoría blancas, a lo largo de varias décadas: los datos fueron ignorados o minimizados para no provocar una reacción islamófoba.La estrategia opuesta –la de mentir diciendo la verdad– es utilizada con igual frecuencia por ambos polos. Si bien es muy claro que los populistas antiinmigración propagan estratégicamente falsedades descaradas, también es cierto que utilizan migajas de verdad factual para dar un aura de veracidad a sus mentiras racistas; Por otra parte, también es cierto que los propios partidarios de la corrección política practican este sutil arte de mentir a través de la verdad : en su lucha contra el racismo y el sexismo, de hecho, a menudo se refieren a hechos cruciales, a los cuales, sin embargo, a menudo dan un significado engañoso. Mientras que por un lado la protesta populista proyecta sobre el enemigo externo la frustración real y el sentimiento generalizado de confusión del pueblo, por otro lado la izquierda liberal de la corrección política utiliza sus verdaderos valores y principios emancipadores (como la denuncia del sexismo y el racismo en el lenguaje, etc.) para reafirmar su superioridad moral, y obstaculizar así un verdadero cambio socioeconómico.

La ironía suprema es que la derecha populista, aunque condena el relativismo histórico en teoría (si sus autojustificaciones merecen ser llamadas teorías), lo utiliza en la práctica incluso más brutalmente que la izquierda liberal. En cualquier caso, la postura correcta no es atenerse a la simple realidad de los hechos: en cierto sentido, de hecho, HAY “hechos alternativos”, ciertamente no en el sentido de discutir sobre si el Holocausto ocurrió o no. Por cierto, todos los revisionistas del Holocausto que he conocido, desde David Irving en adelante, afirman de manera rigurosamente empírica que están comprobando “los datos”: ¡ninguno de ellos habla de relativismo posmoderno! Los “datos” constituyen un dominio cada vez más vasto e impenetrable, el problema es que los observamos desde lo que la hermenéutica llama un cierto horizonte de comprensión, privilegiando algunos y omitiendo otros. Todas nuestras Historias no son más que eso: cuentos, combinaciones de datos (seleccionados) en narrativas coherentes; nunca son reproducciones fotográficas de la realidad. Por ejemplo, un historiador antisemita podría fácilmente escribir un resumen del papel de los judíos en la vida social de Alemania en la década de 1920, mostrando cómo en realidad eran mayoría en muchos campos profesionales (abogados, periodistas, artistas): todo –probablemente– más o menos cierto, pero claramente al servicio de una mentira. Las mentiras más efectivas son aquellas que mezclan falsedad y verdad, mentiras que reproducen –o pretenden reproducir– sólo datos factuales.

Tomemos la historia de un país: puede contarse desde un punto de vista político (centrándose en los caprichos del poder), o puede centrarse en el desarrollo económico, las luchas ideológicas, la miseria social o los movimientos de protesta. Cada uno de estos enfoques puede estar respaldado con precisión por hechos, pero eso no los hace a todos igualmente “verdaderos” en el pleno sentido de la palabra. No hay nada de “relativista” en el hecho de que la historia humana siempre haya sido narrada desde un determinado punto de vista y apoyada por ciertos intereses ideológicos. Lo más difícil es mostrar cómo estos puntos de vista “interesados” no son todos igualmente verdaderos, que algunos de ellos son en realidad más “verdaderos” que otros. Por ejemplo, si uno cuenta la historia de la Alemania nazi desde el punto de vista del sufrimiento de los oprimidos y si uno se deja guiar por un interés universal en la emancipación humana, ya no se trata simplemente de otro punto de vista subjetivo: esa interpretación de la historia es también inmanentemente “más verdadera”, porque describe adecuadamente la dinámica de la totalidad social que dio origen al nazismo. Los “intereses subjetivos” no son equivalentes, y no sólo porque unos sean éticamente preferibles a otros, sino sobre todo porque los “intereses subjetivos” no existen fuera de una sociedad: son en sí mismos momentos de la sociedad, formados por participantes activos (o pasivos) en los mismos procesos sociales. Por eso no puede haber narrativas “neutrales” u “objetivas” de la guerra en Medio Oriente o de la agresión rusa contra Ucrania: la verdad sobre estos acontecimientos sólo puede contarse desde la perspectiva de una víctima. El título de una de las primeras obras maestras de Habermas, Conocimiento e interés , es quizás más relevante que nunca.

Para profundizar en esta dimensión, conviene movilizar otra noción que juega un papel fundamental en el análisis actual de la ideología: la noción de interpasividad introducida por Robert Pfaller. La interpasividad se opone a la List der Vernunft (astucia de la razón) de Hegel, según la cual yo soy activo a través del otro: es decir, puedo permanecer pasivo, sentado cómodamente en un segundo plano, mientras el Otro actúa en mi lugar. En lugar de golpear el metal con un martillo, la máquina puede hacerlo por mí; En lugar de hacer girar el molino yo mismo, el agua puede hacerlo por mí: logro mi objetivo interponiendo otro objeto natural entre mí y el objeto sobre el que estoy trabajando. Lo mismo puede suceder a nivel interpersonal: en lugar de atacar directamente a mi enemigo, inicio una pelea entre él y otro, de modo que puedo observar cómodamente cómo ambos se hacen pedazos. En el caso de la interpasividad, en cambio, soy pasivo gracias al otro: le concedo el aspecto pasivo (el goce) de mi experiencia, mientras que yo puedo permanecer activamente involucrado (por ejemplo, puedo seguir trabajando por la noche mientras el VCR, mirando la televisión en mi lugar, disfruta pasivamente en mi lugar, o puedo hacer arreglos financieros para la herencia del difunto mientras los otros presentes en el funeral lloran al difunto en mi lugar).

Esto nos lleva al concepto de actividad falsa: las personas no sólo actúan para cambiar algo, sino que también pueden actuar para evitar que algo suceda, de modo que nada cambie. He aquí la estrategia típica del neurótico obsesivo: se activa frenéticamente con el único objetivo de impedir que suceda algo real. En una situación de grupo donde la tensión amenaza con estallar, el obsesivo habla todo el tiempo para evitar ese momento de silencio incómodo que obligaría a los participantes a confrontar abiertamente la tensión en el aire. Durante el tratamiento psicoanalítico, los neuróticos obsesivos hablan incesantemente, inundando al analista con anécdotas, sueños e ideas: su actividad incesante se sostiene por el temor subyacente de que si dejan de hablar aunque sea por un momento, el analista podría hacerles la pregunta que realmente importa; en otras palabras, hablan para mantener al analista paralizado. En la mayor parte de la política progresista actual, el peligro no es la pasividad, sino la pseudoactividad, la compulsión de ser activo y participar. La gente interviene en cada momento con la intención de “hacer algo”; Los intelectuales se involucran en debates sin sentido sin fin, mientras que lo realmente difícil sería dar un paso atrás y retirarse de todo esto…

Los que ostentan el poder a menudo prefieren la participación crítica al silencio, porque a través de ella pueden implicarnos mejor en su diálogo, garantizando así que se rompa nuestra pasividad perturbadora. El énfasis absoluto en la necesidad de actuar, de hacer algo, delata la posición subjetiva de no querer realmente hacer nada. Cuanto más hablamos de la inminente catástrofe ecológica, menos preparados estamos para hacer algo al respecto. En contraste con ese modo interpasivo, en el que estamos activos todo el tiempo para asegurarnos de que nada cambie realmente, el primer paso verdaderamente crítico sería retirarnos a la pasividad y negarnos a participar. Este primer paso sería de hecho el único que podría allanar el terreno para una actividad real, para un acto que cambiaría efectivamente las coordenadas de nuestra constelación.

Las cosas se vuelven aún más complejas cuando se trata del acto particular de disculparse: si he lastimado a alguien con un comentario grosero, lo correcto para mí es ofrecer una disculpa sincera, y lo correcto para la otra persona es decir algo como: «Gracias, lo aprecio, pero no me ofendí, sabía que no lo decías en serio, así que realmente no me debes una disculpa». La cuestión, por supuesto, es que, si bien el resultado final es que no es necesaria una disculpa, aun así hay que pasar por todo el proceso; “No tienes que disculparte” sólo puedo decirlo después de haber ofrecido mis disculpas. Así es, incluso si formalmente “no pasó nada” y una disculpa es innecesaria, esta dinámica produce una ganancia real (y quizás hasta salve una amistad). Las disculpas tienen éxito cuando se proclaman superfluas. Una estrategia similar se pone en juego cuando una admisión rápida sirve como justificación para evitar una disculpa real (“¡Dije que lo sentía, así que cállate y deja de molestarme!”).

El Partido Comunista Chino (entre muchos otros actores políticos) ha proporcionado un modelo similar de manipulación de la brecha entre declaración y enunciación. Los chinos han aprendido la lección del fracaso de Gorbachov: el reconocimiento pleno y total de los “crímenes fundamentales” sólo hace caer todo el sistema. Por tanto, hay que seguir negando los «crímenes fundamentales» del régimen: es cierto que se denuncian algunos «excesos» y «errores» maoístas (el Gran Salto Adelante y la hambruna devastadora que siguió, o la Revolución Cultural), pero al mismo tiempo se establece como fórmula oficial la evaluación que Deng hace de la obra de Mao (setenta por ciento positiva y treinta por ciento negativa). Esta evaluación funciona como una conclusión formal que hace superflua cualquier reelaboración posterior. Aunque Mao es treinta por ciento malo, el impacto simbólico total de esta admisión queda neutralizado: él continúa siendo celebrado como el padre fundador de la nación, con su cuerpo en un mausoleo y su imagen en cada billete. Se trata de un claro caso de negación fetichista: aunque sabemos muy bien que Mao cometió errores y causó un sufrimiento inmenso, su figura permanece mágicamente indemne ante estos hechos. De este modo, los comunistas chinos han conseguido tener todo a mano: los cambios radicales introducidos en la política social (en primer lugar, la liberalización económica) combinan perfectamente con la aparente continuación de la línea anterior del Partido. El procedimiento aquí es el de la neutralización (o mejor, lo que Freud llamó Isolierung): admitir las cosas horribles pero prohibir cualquier reacción subjetiva (el horror ante lo sucedido) – millones de muertes se convierten en un hecho neutral. Cuando los medios israelíes (y occidentales) hablan hoy de la destrucción de Gaza, ¿no están practicando este tipo de neutralización? Los terroristas de Hamás torturan y asesinan, mientras que las víctimas de las FDI siempre son simplemente eliminadas o neutralizadas

Luego están los rumores (me refiero aquí al libro de Mladen Dolar, Rumors , publicado por Polity Press en 2024), que funcionan de manera extraña en lo que respecta a la verdad: el hecho como tal, la verdad fáctica de un rumor, queda en suspenso (o más bien se trata con indiferencia – “No sé si es verdad, pero esto es lo que oí…”), mientras que su contenido conserva intacta su eficacia simbólica: disfrutamos contando indiscreciones, nos fascinan. Se trata de un fenómeno distinto de la negación fetichista (“sé muy bien que no es verdad, pero aun así… lo creo”), casi una especie de inversión de esta, es decir: “no puedo decir que creo que esto sea verdad, que realmente ocurrió, pero aun así… esto es lo que sé”. En lo que respecta al ejercicio del poder, el espacio para las indiscreciones es ambiguo. Los rumores “sucios” pueden apoyar al poder y su autoridad (desde Ataturk hasta Tito), pero a veces también juegan un papel decisivo en disturbios y disturbios, incluidas las protestas contra la inmigración (Europa está ahora llena de rumores sobre inmigrantes que violan a nuestras mujeres y cómo las autoridades censuran las noticias sobre estas violaciones). Luego están también lo que uno podría verse tentado a llamar “buenas voces”, que a veces son necesarias para desencadenar una explosión revolucionaria. Un ejemplo de ello es el Gran Miedo (la Grande Peur), el pánico general que tuvo lugar entre el 17 de julio y el 3 de agosto de 1789, al comienzo de la Revolución Francesa.

No puedo dejar de añadir a esta lista un caso único en la historia del cine. La obra cinematográfica de Luchino Visconti se caracteriza por una tensión entre el compromiso político comunista y una fascinación por la Cosa incestuosa. Esto último tiene para él un evidente peso político, como lo tiene también el disfrute decadente de las antiguas clases dominantes en ruinas. Los dos ejemplos supremos de este encanto mortal son sin duda Muerte en Venecia y la obra maestra en blanco y negro menos conocida Vaghe stelle dell’Orsa , una joya del cine de cámara. Lo que ambas películas tienen en común no es sólo la pasión “privada” y prohibida que lleva a la muerte (la pasión del compositor por el bello muchacho en Muerte en Venecia , la pasión incestuosa de hermano y hermana en Vaghe stelle por otro lado), sino también el dualismo entre el compromiso político del artista de izquierdas (hasta su muerte Visconti fue miembro del Partido Comunista Italiano) y su fascinación por el disfrute decadente de la clase dominante arruinada (un placer en el dolor); un dualismo que actúa como una división elemental entre enunciado y enunciación. Es como si Visconti, como un típico revolucionario puritano moralista, condenara públicamente aquello que disfruta y le fascina personalmente, como si su apoyo público a la abolición política de la vieja clase se hubiera “transfuncionalizado” en una herramienta a través de la cual procurarse un placer decadente en el dolor, observando el espectáculo de su propia ruina. ¿No se aplica lo mismo a distopías como El cuento de la criada? ¿No nos fascinan secretamente las descripciones detalladas de la opresión de las mujeres que todos, por supuesto, condenamos?

Los rumores parecen encajar perfectamente con la situación actual, que muchos caracterizan erróneamente como la era de la “muerte de la verdad”. La implicación de quienes usan este término es que alguna vez (digamos hasta los años 1980), a pesar de todas las manipulaciones y distorsiones, la verdad siempre prevalecía de alguna manera, mientras que la «muerte de la verdad» representaría un fenómeno de fecha reciente. Sin embargo, un rápido vistazo nos dice que no es así en absoluto: ¿cuántas violaciones de los derechos humanos y crisis humanitarias han permanecido invisibles, desde la guerra de Vietnam hasta la invasión de Irak? Basta recordar los tiempos de Reagan, Nixon, Bush… El pasado no era en absoluto más “veraz”, la cuestión es más bien que antes la hegemonía ideológica era mucho más fuerte: en lugar de la gran confusión actual de “verdades locales”, en el pasado una única “verdad” (o, más bien, una gran Mentira) prevalecía fácilmente y durante mucho tiempo sin ser alterada. En Occidente, ésta ha sido la Verdad liberal-democrática (con sus versiones de izquierda y de derecha). Lo que está sucediendo hoy con la ola populista, que ha sacudido al establishment político occidental, es precisamente el colapso de esa Verdad/Mentira que durante décadas ha funcionado como la base ideológica de ese establishment. Y la razón última de este colapso no fue en absoluto el ascenso del relativismo posmoderno, sino más bien el fracaso político del establishment gobernante, su incapacidad para mantener su hegemonía ideológica.

Ahora comprendemos mejor qué es lo que en realidad deploran quienes lamentan la “muerte de la verdad”: la desintegración de una gran Narración, más o menos aceptada por la mayoría, que trajo estabilidad ideológica a la sociedad. El secreto de quienes maldicen el “relativismo histórico” es que han perdido la base sólida bajo los pies de una gran Verdad (o una gran Mentira) que proporcionaba a todos un “mapa cognitivo” de partida común. En resumen, son precisamente aquellos que deploran la “muerte de la verdad” los verdaderos y más radicales agentes de esta muerte: su lema implícito es el atribuido a Goethe, “besser Unrecht als Unordnung” –mejor injusticia que desorden; Más vale una gran mentira que una realidad compuesta de una amalgama de mentiras y verdades. Por eso, cuando escuchamos que, bajo el continuo “colapso del ecosistema informativo”, nuestra sociedad se está desmoronando, debemos tener muy claro lo que esto significa: no solo que abundan las noticias falsas, sino que lo que se está desintegrando es la gran Mentira que ha mantenido unido nuestro tejido social hasta ahora. La “muerte de la verdad” abre así la posibilidad de una nueva verdad auténtica… o de una nueva Gran Mentira aún peor. ¿No es esto lo que está sucediendo con el retroceso de la democracia liberal, su gradual eclipsamiento por las múltiples figuras del neofascismo, desde el populismo neofeudal hasta el autoritarismo religioso?


En defensa de causas perdidas

En defensa de causas perdidas
 
   
 
El polémico filósofo Slavoj Žižek se enfrenta a la ideología predominante a propósito del deber de reapropiación de varias «causas perdidas» y busca la semilla de verdad en la política «totalitaria» del pasado.
Žižek argumenta que, si bien el terror revolucionario se saldó con el fracaso y con atrocidades de todo tipo, no es ésta toda la verdad; hay, de hecho, un momento de redención que cae en el olvido con el categórico rechazo liberal democrático del autoritarismo revolucionario y con la valorización de una política blanda, consensuada y descentralizada.

El derecho a la pereza – Paul Lafargue (Digitalizado)

 



Paul Lafargue, uno de los pensadores y propagandistas más agudos y mordaces del socialismo decimonónico, legó a la historia una obra que desafía los pilares mismos de la moral moderna. Aunque su vínculo familiar con Karl Marx suele ser su carta de presentación, Lafargue brilló con luz propia gracias a un estilo único que combinaba la rigurosidad del análisis materialista con una sátira implacable contra la burguesía de su época. Su voz, incómoda y profundamente original, se alzó para desenmascarar las contradicciones de una sociedad que se decía avanzada pero vivía de la explotación.

Publicado originalmente a finales del siglo XIX, El derecho a la pereza no es una simple apología del descanso o la inacción, sino un demoledor panfleto político que desmonta lo que el autor denomina “un dogma desastroso” : el amor ciego e incondicional al trabajo. Con una lucidez punzante, Lafargue argumenta que la clase obrera, alienada por las doctrinas morales de sus opresores, ha terminado por santificar el mismo instrumento que destruye su cuerpo y nubla su mente.

La obra pone en evidencia una paradoja cruel de la revolución industrial: a medida que el maquinismo avanza de manera asombrosa y multiplica la productividad, los seres humanos, en lugar de liberarse y descansar, prolongan sus jornadas laborales en los talleres capitalistas. Para el autor, las máquinas tienen la capacidad sagrada de ser las redentoras de la humanidad ; sin embargo, bajo el diseño del sistema, se transforman en una perfecta herramienta de esclavitud.

Con un estilo vibrante que desborda ironía, el texto recorre ejemplos de la antigüedad clásica y de comunidades primitivas para demostrar que la obsesión por la producción constante es una anomalía histórica. Mientras que los filósofos antiguos aborrecían el trabajo manual por degradar el cuerpo y el espíritu de los hombres libres , el utilitarismo capitalista lo convirtió en una religión mezquina para mantener a las mayorías en la sumisión. La propuesta de Lafargue sigue resultando audaz en el debate contemporáneo: limitar la jornada laboral a un máximo de tres horas diarias. De este modo, al reducir drásticamente el esfuerzo y obligar a consumir lo producido, no solo se erradicarían el desempleo y las crisis de sobreproducción , sino que se abrirían las puertas a la verdadera emancipación humana, donde la pereza se convierte en la madre de las artes y las nobles virtudes.

Recuperar este clásico de la literatura crítica es un ejercicio indispensable para reflexionar sobre nuestro propio presente, un tiempo donde la hiperconectividad y la productividad obligatoria vuelven a difuminar las fronteras de la explotación laboral.

Les dejamos a continuación esta obra fundamental digitalizada para su libre lectura y descarga.

El derecho a la pereza

El derecho a la pereza
 
   
 
Esta polémica obra, «una verdadera máquina de guerra contra la sociedad burguesa y capitalista de finales del siglo XIX», denuncia las «espantosas consecuencias» del trabajo asalariado y del trabajo en general, pero sobre todo del «amor» al trabajo que se ha apoderado de la mente de los propios trabajadores. Su autor, Paul Lafargue, yerno de Karl Marx, considera que este «dogma» del trabajo significa una pérdida de las perspectivas revolucionarias de la clase obrera y a la vez el obstáculo principal en la lucha por una sociedad distinta.