CONTAR EL DESASTRE: LA ÉTICA DE LA RECONSTRUCCIÓN (II) MIBELIS ACEVEDO DONÍS

Lo deseable entonces es construir algo más duradero que la indignación y su viralidad, de combinar la exigencia de rendición de cuentas con planes propios, mesas técnicas, alianzas con expertos en gestión de riesgo y canales de ayuda paralela 



Distinta a la reactividad de la comunicación de crisis, la comunicación de riesgo es proactiva, remite a una política pública planificada, sostenida en el tiempo. De allí que un Estado que improvisa sus mensajes en el momento del desastre ya llega con retraso a su propia responsabilidad comunicacional. En tal sentido, cabría admitir que la crisis post-sísmica venezolana y el manejo de amenazas a la estabilidad en el corto plazo exige simultáneamente más abordaje político -entendido como diseño deliberado de decisiones públicas eficaces y su adecuada difusión- y menos politización en el sentido degradado del término, la instrumentalización del sufrimiento con fines de reafirmación identitaria o de mera búsqueda y acumulación de poder. No hablamos de cosas contradictorias, por cierto. Pueden verse, de hecho, como dos caras de una misma exigencia ética.


El asunto camina más allá, por tanto, de la monda demanda de despolitización. Ante la comprensible aspiración de sacar a la política de la ecuación, de pausar las diferencias ante el dolor colectivo, no puede olvidarse al mismo tiempo que la reconstrucción es, por definición, un ejercicio de política pública. Decidir dónde se reubicarán los desplazados, qué normas de construcción sismorresistente se exigirán, cómo se distribuirán los fondos internacionales de ayuda, qué criterios de escalabilidad o desescalabilidad se aplicarán o qué infraestructura se priorizará -hospitales o vialidad, agua o electricidad- son decisiones intrínsecamente políticas. No es este un trámite que pueda sustraerse del terreno de la deliberación pública y la asignación de responsabilidades, problema puesto en evidencia por casos tan dispares como el terremoto de Ciudad de México (1985), el de Kobe, Japón, (1995) o el de Lorca, España (2011).
Acá quizás resulte útil la discriminación que propone Mouffe entre lo político (la dimensión de antagonismo inherente a toda vida en común; el núcleo del conflicto humano, según Schmitt) y la política, la serie de prácticas e instituciones mediante las cuales se intenta ordenar esa enemistad. Un desastre no deroga lo político, no hay comunidad humana sin intereses en pugna sobre recursos escasos. Pero sí exige que la política funcione con una solvencia que en tiempos normales podría incluso permitirse cierta morosidad. Al reflexionar sobre la "sociedad del riesgo", por cierto, Ulrich Beck señalaba que, más que hechos naturales puros, los riesgos y catástrofes contemporáneas son construcciones sociales y políticas, en la medida en que su gestión o desatención revelan y redistribuyen poder. La administración y comunicación de los efectos del terremoto requiere calibrar esas consideraciones, las que remiten a la necesidad de que las decisiones oficiales sean debidamente escrutadas por la sociedad.

Pero hay que subrayar la distinción. Una cosa es el debate legítimo sobre políticas públicas de reconstrucción, eso que necesariamente involucra visiones distintas sobre el papel del Estado, la cooperación internacional, la descentralización o el modelo de desarrollo territorial. Otra, el uso del sufrimiento de las víctimas como munición discursiva para reafirmar identidades tribales preexistentes o para el ejercicio de un poder que no busca resolver sino perpetuarse. Timothy Coombs, teórico de la comunicación de crisis, insiste en que la primera obligación de una organización ante una catástrofe es la protección de las personas afectadas, no de la propia imagen institucional. Cuando esa jerarquía se invierte, cuando la comunicación política se diseña para gestionar percepciones y, sólo después, para informar y proteger, se corre el riesgo de que el desastre se convierta en un episodio más de la guerra simbólica permanente. Recordemos que ese acercamiento que todo comunicador con responsabilidad pública asume para comprender al otro, también puede ser usado como pretexto para reafirmarse a sí mismo: he allí una trampa que abarca tanto intencionalidad como método. La ruptura de puentes por intransigencia o la sustitución de la rendición de cuentas por la retórica del enemigo externo o interno, por ejemplo, son algunos síntomas de esa patología.

Hay otra forma de la degradación, pues, que tiene lugar cuando esa  comunicación, en lugar de un proyecto sustantivo, persigue la conservación del poder como fin en sí mismo. En este caso, el desastre suele  comunicarse exclusivamente en función de sus efectos sobre la gobernabilidad inmediata, como otra plataforma para la propaganda: qué tanto erosiona o fortalece el control territorial o social, qué actores pueden capitalizar los apoyos, qué silencios son manejables y cuáles no, cómo las víctimas pueden volverse escenografía de un relato que las excede e instrumentaliza. Ante peligros que pueden verse agudizados por nuestra disfuncionalidad de base, habrá que recordar que la  ética de la comunicación pública se funda en el reconocimiento de que, junto a cada cifra, hay personas de carne y hueso, con nombres y pérdidas reales, almas y vínculos dislocados, sobrevivientes y recipientes de traumas cuyo abordaje implicará un trato sensible, continuo, diferenciado, de largo plazo.

Trump se resiste a bajar del escenario tras entregar la copa del Mundial a España y el bochorno es legendario: "No tiene ni un solo hueso honorable en el cuerpo"

 


Los tabúes que la izquierda debe romper – Slavoj Žižek

 


Para restaurar el núcleo emancipador de la idea de Europa, hay toda una serie de tabúes izquierdistas —actitudes que hacen que algunos temas se conviertan en intocables y sea mejor dejarlos en paz— que habría que ir olvidando si esperamos alcanzar esta recuperación, y el primero debería ser esa rematada estupidez disfrazada de profunda sabiduría: «Un enemigo es alguien cuya historia no has escuchado»

Qué mejor ejemplo literario de esta tesis que el Frankenstein de Mary Shelley. Shelley hace algo que un conservador no habría hecho nunca. En la parte central del libro, permite que el monstruo hable por sí mismo y cuente la historia desde su perspectiva. Esa opción expresa la actitud liberal hacia la libertad de expresión llevada a su extremo: hay que escuchar el punto de vista de todo el mundo. En Frankenstein, el monstruo no es una Cosa, un objeto horrible al que nadie se atreve a enfrentarse; está plenamente subjetivizado. Mary Shelley entra en el interior de su mente y se pregunta cómo se siente uno al ser etiquetado, definido, oprimido, excluido, incluso físicamente deformado por la sociedad. Se permite, de este modo, que el criminal supremo se presente como la víctima suprema. El asesino monstruoso resulta ser un individuo profundamente dolido y desesperado, que solo anhela compañía y amor. No obstante, este procedimiento tiene un límite claro: ¿estamos también dispuestos a afirmar que Hitler era nuestro enemigo porque su historia no fue escuchada? O, por el contrario, ¿no será que cuanto más sé de Hitler y más le «comprendo», más es mi enemigo? Pasar de la exterioridad de un acto a su «significado interior», a la narrativa mediante la cual el agente lo interpreta y lo justifica, es dirigirse hacia una máscara engañosa: la experiencia que poseemos de nuestras vidas desde dentro, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos a fin de explicar lo que hacemos, es básicamente una mentira: la verdad reside en el exterior, en lo que hacemos. 

Diario del ladrón de Jean Genet no es tan solo un diario, pero tampoco es únicamente una novela.


https://www.youtube.com/watch?v=rvc551bJQ9s

Diario del ladrón

Diario del ladrón
 
   
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Diario del ladrón no es tan solo un diario, pero tampoco es únicamente una novela. A caballo sobre la confesión y la crónica, sobre la invención y el deseo, esta obra clave de la producción de Jean Genet arrastra al lector hacia un mundo de vileza y decadencia, admirablemente trascendido gracias a un consciente poderío verbal e imaginativo que el autor maneja con plena conciencia. El protagonista pretende salvarse del mal por el propio mal.
Ética y estética del vicio podría subtitularse Diario del ladrón, expresando así la posición que Genet toma ante la vida, necesariamente enfrentado con una sociedad a la que ni quiere ni puede pertenecer.
Tras la reedición en 2021 de Diario del ladrón en Francia, siguiendo el texto original de 1948 y recuperando términos, frases y hasta párrafos censurados en su momento por pornográficos, se hacía urgente una nueva traducción de este monumento poético y erótico de la literatura del siglo XX.

El Vaticano contra Dios

 El Vaticano contra Dios se convirtió en noticia de portada de todos los periódicos del mundo en 1999, cuando se supo que el tribunal de la Sacra Rota ordenó su secuestro en la librería vaticana y el proceso de monseñor Marinelli, el único del grupo de autores que se dio a conocer.

Parlamento de Francia aprueba derecho a la muerte asistida

 Noticias DW



La iniciativa era apoyada por el presidente Emmanuel Macron. Pese a ello, el Gobierno decidió enviar la ley al Consejo Constitucional, por dudas con algunas partes del texto.

La Asamblea Nacional francesa dio este miércoles (15.07.2026) el visto bueno definitivo a la ley sobre el derecho a la ayuda a morir, que incluye la regulación de la eutanasia y el suicidio asistido para pacientes con enfermedades irreversibles graves y con grandes niveles de sufrimiento. El texto salió adelante gracias a los 291 votos favorables de los diputados, frente a 241 que se opusieron.

De la calle al mito: La historia de Sentimiento Muerto.


José Daniel Figuera

Caracas, a inicios de los años ochenta, era una ciudad que empezaba a digerir la resaca de una bonanza petrolera que se desvanecía, dejando tras de sí un rastro de concreto y una juventud que no se sentía representada por las baladas románticas de la televisión. En medio de ese paisaje de modernidad interrumpida, un grupo de adolescentes comenzó a rayar las paredes de la capital con una frase que parecía un diagnóstico existencial: Sentimiento Muerto. Antes de ser una banda con instrumentos propios, fue un concepto visual, un graffiti que desafiaba el optimismo oficial y que, casi por accidente, terminó convirtiéndose en el motor del rock alternativo más influyente de Venezuela.

¿PELIGRO O ESPERANZA? CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ

 “Quien se alimenta de esperanzas, puede morir de hambre”. Séneca


La filosofía y la sociología se acercan a la ciencia  política cuando abandonan el seudopositivismo de Marx o Comte, la noción de que los fenómenos atienden a “leyes” o “fuerzas históricas” que se nos imponen fuera de nuestro control. No existe tal determinación, sino que los acontecimientos son resultado de decisiones humanas de figuras históricas, como las exalta Carlyle cuando triunfan, y su contraparte, las que van al “basurero de la historia” al que Trotsky quiso enviar a Martov. Tampoco los fenómenos, entre ellos los fenómenos políticos, son avalanchas inexplicables de hechos caóticos, sino que están insertos en estructuras y sistemas comprensibles para la intuición a priori kantiana en estado puro de los decisores y por la investigación sistemática, una vez ocurridos. Las ciencias sociales durante el siglo XX, concluían que “existen condiciones para una revolución” en los países de alto desarrollo “capitalista”, para Marx “ley” del desarrollo social por la “depauperación absoluta y relativa”.