El profesor Alberto Lovera resaltaba en estos días la utilidad de la célebre frase que Aleksandr Herzen dedicó a su compatriota, Mijaíl Bakunin: “hay en mi viejo amigo una inveterada tendencia a confundir el segundo mes de un embarazo con el noveno”. La expresión, acuñada en 1862 para responder a una consulta de Giuseppe Garibaldi sobre el pronóstico de Bakunin -la inminencia de una revolución en Rusia- resultó en metáfora perfecta para dejar en cueros la impaciencia y el voluntarismo ciego del pronosticador. Para Herzen, el anarquista confundía sus propios deseos y utopías con la realidad histórica objetiva, creyendo erróneamente que se podía forzar el estallido de una revolución cuando la sociedad aún no estaba lista ni organizada para ello.

Aun en contextos distintos y teniendo fines del todo opuestos -no el “quiebre” absoluto, no una revolución y su oferta de excesos, sino un proceso de reformas que corone con una democracia moderna y funcional- la reflexión es ciertamente pertinente en nuestros días. El choque de caracteres y visiones entre el pragmatismo y la cautela de Herzen y el insurrecionalismo romántico, la “pasión destructora”, sin dique, de Bakunin (“¿sabes cuál es tu mayor debilidad?”, espetó a Herzen: “que eres incapaz de dejarte cegar por un entusiasmo”), también remite a dos corrientes que se manifiestan en la Venezuela del presente. La de quienes, frente a una posible transición, exigen cambios radicales y rápidos, y la de quienes recomiendan sentar bases institucionales firmes y recuperar capacidades estatales antes de avanzar hacia un traspaso de poder que comprometa la gobernabilidad en el largo plazo.

Durante décadas, en efecto, buena parte de la literatura sobre democratización trató el derrumbe de un régimen autoritario como el momento decisivo: caído el régimen de facto, el resto sería cuestión de diseño electoral, partidos y otorgamiento de libertades. Esa premisa del cambio hasta cierto punto “revolucionario” que Thomas Carothers sintetizó como el paradigma de la transición (2002), suponía algo que pocas veces se enunciaba: que detrás de dicho régimen existía un Estado capaz de funcionar. Que había funcionarios que cobraban y respondían, una policía que obedecía a la autoridad civil, un fisco que recaudaba, tribunales que ejecutaban sentencias, una administración electoral capaz de organizar una votación en todo el territorio.