Los tabúes que la izquierda debe romper – Slavoj Žižek

 


Para restaurar el núcleo emancipador de la idea de Europa, hay toda una serie de tabúes izquierdistas —actitudes que hacen que algunos temas se conviertan en intocables y sea mejor dejarlos en paz— que habría que ir olvidando si esperamos alcanzar esta recuperación, y el primero debería ser esa rematada estupidez disfrazada de profunda sabiduría: «Un enemigo es alguien cuya historia no has escuchado»

Qué mejor ejemplo literario de esta tesis que el Frankenstein de Mary Shelley. Shelley hace algo que un conservador no habría hecho nunca. En la parte central del libro, permite que el monstruo hable por sí mismo y cuente la historia desde su perspectiva. Esa opción expresa la actitud liberal hacia la libertad de expresión llevada a su extremo: hay que escuchar el punto de vista de todo el mundo. En Frankenstein, el monstruo no es una Cosa, un objeto horrible al que nadie se atreve a enfrentarse; está plenamente subjetivizado. Mary Shelley entra en el interior de su mente y se pregunta cómo se siente uno al ser etiquetado, definido, oprimido, excluido, incluso físicamente deformado por la sociedad. Se permite, de este modo, que el criminal supremo se presente como la víctima suprema. El asesino monstruoso resulta ser un individuo profundamente dolido y desesperado, que solo anhela compañía y amor. No obstante, este procedimiento tiene un límite claro: ¿estamos también dispuestos a afirmar que Hitler era nuestro enemigo porque su historia no fue escuchada? O, por el contrario, ¿no será que cuanto más sé de Hitler y más le «comprendo», más es mi enemigo? Pasar de la exterioridad de un acto a su «significado interior», a la narrativa mediante la cual el agente lo interpreta y lo justifica, es dirigirse hacia una máscara engañosa: la experiencia que poseemos de nuestras vidas desde dentro, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos a fin de explicar lo que hacemos, es básicamente una mentira: la verdad reside en el exterior, en lo que hacemos. 

Diario del ladrón de Jean Genet no es tan solo un diario, pero tampoco es únicamente una novela.


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Diario del ladrón

Diario del ladrón
 
   
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Diario del ladrón no es tan solo un diario, pero tampoco es únicamente una novela. A caballo sobre la confesión y la crónica, sobre la invención y el deseo, esta obra clave de la producción de Jean Genet arrastra al lector hacia un mundo de vileza y decadencia, admirablemente trascendido gracias a un consciente poderío verbal e imaginativo que el autor maneja con plena conciencia. El protagonista pretende salvarse del mal por el propio mal.
Ética y estética del vicio podría subtitularse Diario del ladrón, expresando así la posición que Genet toma ante la vida, necesariamente enfrentado con una sociedad a la que ni quiere ni puede pertenecer.
Tras la reedición en 2021 de Diario del ladrón en Francia, siguiendo el texto original de 1948 y recuperando términos, frases y hasta párrafos censurados en su momento por pornográficos, se hacía urgente una nueva traducción de este monumento poético y erótico de la literatura del siglo XX.

El Vaticano contra Dios

 El Vaticano contra Dios se convirtió en noticia de portada de todos los periódicos del mundo en 1999, cuando se supo que el tribunal de la Sacra Rota ordenó su secuestro en la librería vaticana y el proceso de monseñor Marinelli, el único del grupo de autores que se dio a conocer.

Parlamento de Francia aprueba derecho a la muerte asistida

 Noticias DW



La iniciativa era apoyada por el presidente Emmanuel Macron. Pese a ello, el Gobierno decidió enviar la ley al Consejo Constitucional, por dudas con algunas partes del texto.

La Asamblea Nacional francesa dio este miércoles (15.07.2026) el visto bueno definitivo a la ley sobre el derecho a la ayuda a morir, que incluye la regulación de la eutanasia y el suicidio asistido para pacientes con enfermedades irreversibles graves y con grandes niveles de sufrimiento. El texto salió adelante gracias a los 291 votos favorables de los diputados, frente a 241 que se opusieron.

De la calle al mito: La historia de Sentimiento Muerto.


José Daniel Figuera

Caracas, a inicios de los años ochenta, era una ciudad que empezaba a digerir la resaca de una bonanza petrolera que se desvanecía, dejando tras de sí un rastro de concreto y una juventud que no se sentía representada por las baladas románticas de la televisión. En medio de ese paisaje de modernidad interrumpida, un grupo de adolescentes comenzó a rayar las paredes de la capital con una frase que parecía un diagnóstico existencial: Sentimiento Muerto. Antes de ser una banda con instrumentos propios, fue un concepto visual, un graffiti que desafiaba el optimismo oficial y que, casi por accidente, terminó convirtiéndose en el motor del rock alternativo más influyente de Venezuela.

¿PELIGRO O ESPERANZA? CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ

 “Quien se alimenta de esperanzas, puede morir de hambre”. Séneca


La filosofía y la sociología se acercan a la ciencia  política cuando abandonan el seudopositivismo de Marx o Comte, la noción de que los fenómenos atienden a “leyes” o “fuerzas históricas” que se nos imponen fuera de nuestro control. No existe tal determinación, sino que los acontecimientos son resultado de decisiones humanas de figuras históricas, como las exalta Carlyle cuando triunfan, y su contraparte, las que van al “basurero de la historia” al que Trotsky quiso enviar a Martov. Tampoco los fenómenos, entre ellos los fenómenos políticos, son avalanchas inexplicables de hechos caóticos, sino que están insertos en estructuras y sistemas comprensibles para la intuición a priori kantiana en estado puro de los decisores y por la investigación sistemática, una vez ocurridos. Las ciencias sociales durante el siglo XX, concluían que “existen condiciones para una revolución” en los países de alto desarrollo “capitalista”, para Marx “ley” del desarrollo social por la “depauperación absoluta y relativa”.

La estrategia de Trump para Venezuela es: ¡Perfect!

 Las medidas económicas que impulsa hoy Trump en Venezuela buscan reactivar la producción minera y petrolera con participación de venezolanos para aumentar las exportaciones y estabilizar la macroeconomía


  • ALEJANDRO J. SUCRE

Hay una confusión que le está costando caro a Venezuela: pensar que Donald Trump tiene, o debería tener, la posibilidad cierta de resolver nuestros asuntos políticos. No la tiene, y exigírsela es ponerle una carga que no le corresponde.

Estados Unidos hoy actúa por un interés productivo que debemos entender que es primordial y no opcional para el presidente Trump: petróleo y minería. La economía americana necesita asegurar suministro y aliados de recursos en su propio hemisferio. Ese es el motor real de la relación. Todo lo demás —incluidos los temas políticos venezolanos— son asuntos nuestros, más que suyos. Hay además una razón práctica para que Trump no busque incidir en un cambio político: hacerlo pondría en riesgo la seguridad de los inversionistas extranjeros en territorio venezolano, debido a la pugnacidad  política que se generaría en el país. Y Trump no va a arriesgar a sus soldados.


Si insistimos en que Trump "no está cumpliendo" con un deber político que nunca fue ni es suyo, lo único que logramos es ser “malcriados” y desgastar la relación y, con ella, desaprovechar el impulso económico que sí está sobre la mesa.

Y ese impulso económico no es un premio de consolación. Es la llave. Una economía venezolana que vuelve a producir, a exportar, a atraer capital, es una sociedad que se fortalece desde adentro. La estabilidad política se construye más rápido con empleo, inversión y crecimiento que con presión diplomática hacia un tercero que tiene su propia agenda y sus propios votantes. Rusia es una advertencia sobre lo que ocurre cuando se invierte el orden de política primero y economía después: Yeltsin intentó implantar la democracia antes de consolidar los cambios económicos, y no logró que estos avanzaran con suficiente rapidez. El malestar social que siguió a la apertura democrática, con buena parte de la población añorando el pasado, fue precisamente lo que Putin supo capitalizar para instalarse en el poder a muy largo plazo.

CONTAR EL DESASTRE: LA ÉTICA DE LA RECONSTRUCCIÓN (I) MIBELIS ACEVEDO DONÍS

 Dar voz a las comunidades, no sólo a las autoridades, e incorporar el relato de sobrevivientes, rescatistas, expertos, médicos y voluntarios, evitará además que la narrativa del desastre sea monopolizada por la puja política

Los hechos obligan a pensar, a pisar una y otra vez el suelo roto sobre el que los venezolanos hoy trajinamos. El saldo oficial de los dos sismos ocurridos con apenas 39 segundos de diferencia superaba hasta el 9 de julio los 3.800 fallecidos y los 16 mil heridos, con edificios colapsados, el aeropuerto de Maiquetía afectado y poblaciones expuestas en municipios con alto riesgo estructural. Frente a una realidad de tal complejidad, el manejo cabal de la información, el desempeño escrupuloso del periodismo no figura como factor secundario, al contrario. Junto a los equipos de rescate y los sistemas de atención humanitaria, es parte medular de la infraestructura de la respuesta. Se reporta sobre lo que acontece, pero también se organiza el pánico o se contribuye a calmarlo; se dignifica a las víctimas o se las convierte en espectáculo; se ayuda a coordinar la ayuda o se la entorpece con rumores y falsificaciones. Por eso vale la pena detenerse a pensar no sólo en lo que el periodismo hace durante un desastre; también en lo que debe hacer, en las condiciones objetivas y subjetivas que se lo permiten o lo impiden.

España y el quijotismo – Albert Camus Bajar libros

 


España y el quijotismo” fue escrito por Albert Camus y publicado por primera vez en el número 12 de la revista libertaria Le Monde Libertaire, en noviembre de 1955. En este artículo, Camus establece un paralelismo entre el espíritu de Don Quijote, esa “falta de actualidad” que se convierte en resistencia activa, y la situación de la España republicana exiliada bajo la dictadura de Franco. Camus, que sentía un profundo apego por España (su familia materna era de Menorca), defiende la cultura y el honor españoles frente a la tiranía, y celebra el quijotismo como una forma de resistencia que trasciende las derrotas aparentes y se convierte en esperanza y certeza de libertad.

En el año 1085, durante las guerras de reconquista, Alfonso VI, un rey inquieto que tuvo cinco mujeres, tres de ellas francesas, arrebató la mezquita de Toledo a los árabes. Advertido de que esta victoria había sido posible mediante una traición, mandó devolver la mezquita a sus adversarios y después reconquistó por las armas Toledo y la mezquita. La tradición española está llena de hechos semejantes, que no solamente son hechos de honor, sino, más significativamente, testimonios sobre la locura del honor.