¿PELIGRO O ESPERANZA? CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ

 “Quien se alimenta de esperanzas, puede morir de hambre”. Séneca


La filosofía y la sociología se acercan a la ciencia  política cuando abandonan el seudopositivismo de Marx o Comte, la noción de que los fenómenos atienden a “leyes” o “fuerzas históricas” que se nos imponen fuera de nuestro control. No existe tal determinación, sino que los acontecimientos son resultado de decisiones humanas de figuras históricas, como las exalta Carlyle cuando triunfan, y su contraparte, las que van al “basurero de la historia” al que Trotsky quiso enviar a Martov. Tampoco los fenómenos, entre ellos los fenómenos políticos, son avalanchas inexplicables de hechos caóticos, sino que están insertos en estructuras y sistemas comprensibles para la intuición a priori kantiana en estado puro de los decisores y por la investigación sistemática, una vez ocurridos. Las ciencias sociales durante el siglo XX, concluían que “existen condiciones para una revolución” en los países de alto desarrollo “capitalista”, para Marx “ley” del desarrollo social por la “depauperación absoluta y relativa”.

La estrategia de Trump para Venezuela es: ¡Perfect!

 Las medidas económicas que impulsa hoy Trump en Venezuela buscan reactivar la producción minera y petrolera con participación de venezolanos para aumentar las exportaciones y estabilizar la macroeconomía


  • ALEJANDRO J. SUCRE

Hay una confusión que le está costando caro a Venezuela: pensar que Donald Trump tiene, o debería tener, la posibilidad cierta de resolver nuestros asuntos políticos. No la tiene, y exigírsela es ponerle una carga que no le corresponde.

Estados Unidos hoy actúa por un interés productivo que debemos entender que es primordial y no opcional para el presidente Trump: petróleo y minería. La economía americana necesita asegurar suministro y aliados de recursos en su propio hemisferio. Ese es el motor real de la relación. Todo lo demás —incluidos los temas políticos venezolanos— son asuntos nuestros, más que suyos. Hay además una razón práctica para que Trump no busque incidir en un cambio político: hacerlo pondría en riesgo la seguridad de los inversionistas extranjeros en territorio venezolano, debido a la pugnacidad  política que se generaría en el país. Y Trump no va a arriesgar a sus soldados.


Si insistimos en que Trump "no está cumpliendo" con un deber político que nunca fue ni es suyo, lo único que logramos es ser “malcriados” y desgastar la relación y, con ella, desaprovechar el impulso económico que sí está sobre la mesa.

Y ese impulso económico no es un premio de consolación. Es la llave. Una economía venezolana que vuelve a producir, a exportar, a atraer capital, es una sociedad que se fortalece desde adentro. La estabilidad política se construye más rápido con empleo, inversión y crecimiento que con presión diplomática hacia un tercero que tiene su propia agenda y sus propios votantes. Rusia es una advertencia sobre lo que ocurre cuando se invierte el orden de política primero y economía después: Yeltsin intentó implantar la democracia antes de consolidar los cambios económicos, y no logró que estos avanzaran con suficiente rapidez. El malestar social que siguió a la apertura democrática, con buena parte de la población añorando el pasado, fue precisamente lo que Putin supo capitalizar para instalarse en el poder a muy largo plazo.

CONTAR EL DESASTRE: LA ÉTICA DE LA RECONSTRUCCIÓN (I) MIBELIS ACEVEDO DONÍS

 Dar voz a las comunidades, no sólo a las autoridades, e incorporar el relato de sobrevivientes, rescatistas, expertos, médicos y voluntarios, evitará además que la narrativa del desastre sea monopolizada por la puja política

Los hechos obligan a pensar, a pisar una y otra vez el suelo roto sobre el que los venezolanos hoy trajinamos. El saldo oficial de los dos sismos ocurridos con apenas 39 segundos de diferencia superaba hasta el 9 de julio los 3.800 fallecidos y los 16 mil heridos, con edificios colapsados, el aeropuerto de Maiquetía afectado y poblaciones expuestas en municipios con alto riesgo estructural. Frente a una realidad de tal complejidad, el manejo cabal de la información, el desempeño escrupuloso del periodismo no figura como factor secundario, al contrario. Junto a los equipos de rescate y los sistemas de atención humanitaria, es parte medular de la infraestructura de la respuesta. Se reporta sobre lo que acontece, pero también se organiza el pánico o se contribuye a calmarlo; se dignifica a las víctimas o se las convierte en espectáculo; se ayuda a coordinar la ayuda o se la entorpece con rumores y falsificaciones. Por eso vale la pena detenerse a pensar no sólo en lo que el periodismo hace durante un desastre; también en lo que debe hacer, en las condiciones objetivas y subjetivas que se lo permiten o lo impiden.

España y el quijotismo – Albert Camus Bajar libros

 


España y el quijotismo” fue escrito por Albert Camus y publicado por primera vez en el número 12 de la revista libertaria Le Monde Libertaire, en noviembre de 1955. En este artículo, Camus establece un paralelismo entre el espíritu de Don Quijote, esa “falta de actualidad” que se convierte en resistencia activa, y la situación de la España republicana exiliada bajo la dictadura de Franco. Camus, que sentía un profundo apego por España (su familia materna era de Menorca), defiende la cultura y el honor españoles frente a la tiranía, y celebra el quijotismo como una forma de resistencia que trasciende las derrotas aparentes y se convierte en esperanza y certeza de libertad.

En el año 1085, durante las guerras de reconquista, Alfonso VI, un rey inquieto que tuvo cinco mujeres, tres de ellas francesas, arrebató la mezquita de Toledo a los árabes. Advertido de que esta victoria había sido posible mediante una traición, mandó devolver la mezquita a sus adversarios y después reconquistó por las armas Toledo y la mezquita. La tradición española está llena de hechos semejantes, que no solamente son hechos de honor, sino, más significativamente, testimonios sobre la locura del honor.

Por qué la estupidez es más peligrosa que la maldad

 Dietrich Bonhoeffer, pastor protestante y miembro de la resistencia alemana contra el nazismo, advirtió del peligro de dejar de pensar por uno mismo y de cómo esa renuncia puede conducir a un colapso moral colectivo.

Cristina Domínguez

«La estupidez no es la falta de inteligencia, sino la incapacidad para cuestionar lo que uno cree». Esta paráfrasis del pensamiento de Dietrich Bonhoeffer (la frase en concreto nunca la expresó así) y otras citas similares se han popularizado durante los últimos años gracias a un vídeo animado de YouTube y algún que otro tuit viral. Pero ¿quién es Bonhoeffer y por qué sus reflexiones resultan tan oportunas en el momento actual?

Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo, pastor y resistente alemán, y una de las primeras voces en denunciar públicamente el régimen nazi, especialmente por su instrumentalización de la Iglesia. Se doctoró a los 21 años y a los 24 años era el docente más joven de la Facultad de Teología de Berlín. Resultaba, por lo tanto, una promesa académica brillante dentro del mundo teológico protestante alemán, pero su fama se limitaba a los círculos ecuménicos. A pesar de que era pacifista, participó en la resistencia activa contra Hitler y fue arrestado en 1943. Finalmente fue ejecutado en abril de 1945, pocas semanas antes del fin de la guerra.

De hecho, su texto sobre la estupidez lo escribió en clandestinidad para sus compañeros en la resistencia. Fue publicado póstumamente junto a numerosas misivas y manuscritos sacados secretamente de la prisión, bajo el título Resistencia y sumisión. En estos escritos reflexionaba sobre temas cómo qué significa ser cristiano en un mundo que ya no necesita a Dios, el sufrimiento de Dios, el coste personal y moral de resistir, o la muerte como horizonte. Esta obra lo hizo famoso, conectando muy bien con una Europa de posguerra que intentaba entender cómo había podido ocurrir lo que había ocurrido.

En concreto, en el breve ensayo «Después de diez años», Bonhoeffer asegura que la estupidez es más peligrosa que la maldad, porque el mal podemos denunciarlo, protestarlo, tratar de combatirlo, pero ante la estupidez poco se puede hacer, ya que ahí no valen ni argumentos ni hechos. El malo sabe que existe el bien, aunque elija otra opción. El estúpido ni duda, ni cuestiona; y si se le presentan pruebas que contradicen sus creencias, las rechaza o, en caso de no poder, se irrita y se vuelve agresivo. Por eso puede causar mucho más daño.

Ante la estupidez poco se puede hacer, ya que ahí no valen ni argumentos ni hechos

Para Bonhoeffer, la estupidez no tiene nada que ver con una falta de inteligencia innata; es un fenómeno social: cuando las personas entregamos nuestra voluntad a un poder externo, perdemos la capacidad de pensar por nosotras mismas. El poder produce este daño sobre los seres humanos, y por eso la solución no es la educación, sino la liberación. Con un estúpido no se puede razonar, porque el problema no es cognitivo, ni de acceso al conocimiento. Solo liberándose las personas del poder (moral y político), podrán recuperar su capacidad de pensar.

Hannah Arendt llegaría a conclusiones similares dos décadas después, observando el juicio de Adolf Eichmann: los grandes crímenes no los cometen monstruos sino personas normales y corrientes, burócratas que han dejado de pensar. Es lo que denominó «la banalidad del mal».

El verdadero peligro se esconde dentro de cada uno de nosotros y en nuestra tendencia a delegar, obedecer o mirar hacia otro lado. Según Bonhoeffer, cuando nos entregamos a un colectivo, como un movimiento o una ideología, dejamos de sentirnos responsables de nuestros actos al haber cedido esa responsabilidad a algo externo. Así, ya no juzgamos de forma individual, sino que aceptamos los juicios del grupo. La solución que presenta estaría, por lo tanto, en el pensamiento individual, la conciencia personal y la negativa a delegar el juicio moral. Pero se trata de algo mucho más complicado de lo que parece a simple vista.

Todos queremos pensar que, de haber vivido en la Alemania nazi, habríamos sido de los que resistieron. Pero, estadísticamente, lo más probable es que fuéramos de los que permitieron, sino por obra, por omisión, que el horror continuase.

De hecho, Bonhoeffer también se preguntaba con honestidad qué era lo que les había permitido ser conscientes de la necesidad de resistir activamente. Afirmaba que no eran más inteligentes ni mejores personas, pero tenían algo, ya fuera fe, principios o vínculos concretos con personas agraviadas, que les permitió anclarse a una identidad y unos valores minoritarios, resistiendo la «abducción» colectiva. También era consciente de sus ventajas estructurales: venía de una familia culta y crítica, había podido viajar y conocer otras realidades… todo eso no lo convertía en alguien superior moralmente, simplemente le había dado más herramientas para mantener una visión crítica. En cualquier caso, sus textos muestran una autocrítica intensa y una preocupación por el coste moral de la resistencia armada y de la vida bajo secreto.

Las ideas de Bonhoeffer sobre la estupidez han conectado muy bien con el público contemporáneo. En un contexto de polarización política, en el que las redes sociales actúan como máquinas de identidad colectiva, en la que los algoritmos refuerzan las burbujas, en el que mucha gente siente que no es posible razonar con el contrario, en que los argumentos lógicos no convencen y que presentar datos objetivos parece inútil, la teoría de la estupidez da una respuesta estructural: no es que el otro sea realmente tonto, sino que está colonizado por un poder externo.

Ahora bien, compartiendo acrítica y descontextualizadamente citas de sus escritos, por muy pertinentes que sean, se corre el riesgo de caer en aquello que él mismo criticaba. Sobre todo cuando creemos que quien es incapaz de pensar por sí mismo es siempre el otro y lo arrojamos desde la superioridad ética de sentirnos a salvo de cualquier deriva moral.