LA IRONÍA DE LA GANADORA DEL NOBEL DE LA PAZ CONTRA TRUMP
Lo que la casa deja fuera. Sobre "Lynchian: El hechizo de David Lynch" por John Higgs
Por Maurizio Amendola
Una mujer desnuda cruza una calle en Boise. Sangra por la boca, camina con dificultad y parece no ver a los niños que la observan. Uno de ellos es David Lynch. Su hermano llora. David quiere ayudarla. En el recuerdo, su piel es blanca como la leche. Entonces el recuerdo se detiene. Sin nombre, sin explicación, sin noticias de su destino. John Higgs sitúa esta aparición en las primeras páginas de Lynchiano. L'enchantmento di David Lynch , publicado por nottetempo en traducción de Stefano Piri: un retrato que abarca la vida del director y se pregunta cómo sus imágenes nos llegan y permanecen con nosotros. El recuerdo de Boise abre un camino a esta pregunta. Algo ha pasado por el barrio y, con ello, la idea de seguridad que lo hacía habitable.
El tabú separa lo que una comunidad reconoce de lo que debe mantener a raya. Lo inquietante surge cuando la separación deja de funcionar. Esta dinámica conduce al descubrimiento de un mundo familiar que ya contiene aquello que creía haber excluido. El retrato de Higgs sugiere que el encantamiento lynchiano altera el sentido de pertenencia. Restituye la presencia a aquello que nuestra mirada ha relegado, sin garantizar que podamos acogerlo. El tabú, si bien no es una categoría declarada por Higgs, nos permite seguir en su narrativa el límite cambiante entre lo que reconocemos como nuestro y lo que mantenemos a distancia.
Los pueblos de Idaho son como luces humanas dispersas en una extensión de bosque. Las casas de la posguerra prometen prosperidad y protección. El padre de Lynch, sin embargo, estudia las enfermedades de los árboles, y el niño aprende que el crecimiento y la decadencia habitan la misma materia. Cuando el libro yuxtapone esta enseñanza con el comienzo de Terciopelo azul , donde la cámara desciende bajo el césped bien cuidado y encuentra insectos, la relación entre superficie y profundidad adquiere una precisión física. El césped florece por encima del enjambre que su imagen oculta. La mirada revela que el mundo ordenado del jardín y el de los insectos pertenecen a la misma realidad.
Incluso la mujer encontrada en la calle hace visible lo que el vecindario, aparentemente seguro, mantenía oculto. Higgs sigue sus reapariciones: Dorothy, desnuda y herida en Terciopelo azul ; Ronette Pulaski cruzando el puente del ferrocarril en el episodio piloto de Twin Peaks . Yucta un recuerdo con imágenes cinematográficas, permitiendo que cada una haga más legible a la otra. Esta yuxtaposición preserva la brecha original: esa mujer sigue siendo desconocida. Pero cuando el autor la describe como una visitante de la oscuridad exterior, también introduce un riesgo. La violencia que sufrió puede parecer provenir de un lugar metafísico, cuando en realidad podría haberse perpetrado dentro de una casa similar a las que protegen a los niños.
Fire Walk With Me hace que esta tensión sea insoportable. Higgs recuerda que algunos espectadores asociaban Twin Peaks con el café, el pastel de cereza o la amabilidad de Cooper. La precuela, en cambio, pone de relieve la historia de un padre que viola y asesina a su hija. El regreso al pasado de la serie desvía nuestra atención de la curiosidad por el misterio de la muerte de Laura a su experiencia diaria de miedo y violencia. La recepción negativa inicial de la película puede interpretarse, al menos en parte, como una resistencia a este cambio. El incesto destruye los límites en el mismo lugar que debería protegerlos. La familia se convierte en aquello de lo que deberíamos estar protegidos.
Dentro de la casa de los Palmer, la frontera pasa por el rostro del padre. Leland, quien abusa de Laura, está poseído por Bob, una entidad maligna: el rostro familiar y el del monstruo habitan la misma persona. Higgs observa cómo esta presencia sobrenatural hace más incierta la atribución de culpa, pero también recuerda las cartas que Lynch recibió de mujeres abusadas por sus padres, quienes reconocieron su propia experiencia en Fire Walk with Me . Por lo tanto, podemos interpretar a Bob como una forma visible de la desorientación de Laura: quien debería protegerla se convierte en alguien de quien debe huir, sin dejar de llevar el rostro de su padre. El extraño ya está dentro de la familia. La historia le proporciona una imagen, dejando abierta la cuestión de cómo reconocer, tras esa imagen, al hombre y su responsabilidad.
La brecha entre lo familiar y lo perturbador reaparece en un episodio de la vida de Lynch. En Filadelfia, le muestra a su padre pájaros muertos, un ratón envuelto en plástico y fruta en diferentes estados de descomposición. Los ha dispuesto en el sótano a modo de experimentos y sonríe, feliz de compartir lo que considera bello. Su padre se queda atónito. La casa contiene objetos que normalmente se desechan; la incomodidad surge de la distancia entre sus miradas. Higgs retoma este episodio al describir las imágenes digitales de Inland Empire , consideradas feas y casi amateur, pero adoradas por el director. Lynch sigue encontrando belleza en lo que otros consideran desagradable, desde cuerpos en descomposición hasta las imágenes granuladas del cine digital.
Reducir esta distancia lleva tiempo. Higgs observa que, frente a un cuadro, el espectador puede darse la vuelta y seguir adelante. El cine nos atrapa con el niño de Eraserhead o con Merrick en El hombre elefante . En los capítulos finales, Higgs observa cómo los silencios, las cámaras lentas y los sonidos atmosféricos de Lynch centran nuestra atención en el presente. Una escena dura lo suficiente para que nuestra mirada, una vez disipada la sorpresa inicial, comience a percibir un gesto, una expresión facial o un sonido lejano. Lo que habríamos dejado al margen gana espacio, convirtiéndose en una presencia con la que hemos compartido tiempo. Higgs también recurre a las neuronas espejo y a los hemisferios cerebrales para proponer una explicación a esta forma diferente de prestar atención a las imágenes. El límite entre lo familiar y lo desconocido puede entonces cambiar casi sin que nos demos cuenta. Hemos mirado un poco más de tiempo y el mundo contiene algo más.
La escritura de Higgs también se caracteriza por retornos y yuxtaposiciones. Los veintitrés capítulos cortos siguen la vida del director, con digresiones sobre películas, testimonios y métodos de trabajo. La cronología nos guía, mientras que los episodios regresan y cambian de función: el sótano anticipa la tecnología digital, el santuario frente a Bob's Big Boy encuentra más tarde su origen en los batidos y los cafés diarios. Higgs también entra en la historia como espectador y organizador de un cineclub: después de una proyección de Eraserhead , observa con sorpresa la felicidad en los rostros del público.
En el retrato que hace Higgs de Lynch, lo que lo hace único es la forma en que involucra al espectador. Según el autor, sus películas crean un espacio donde cada persona puede descubrir sus propios sentimientos, sin que cada emoción esté condicionada por las reacciones de los personajes. La narrativa se expande entonces a las coincidencias y los trágicos destinos de sus colaboradores, yuxtaponiendo sus vidas con las atmósferas de las películas. Incluso fuera de la pantalla, algo familiar y a la vez inquietante parece emerger. El azar también entra en la obra de Lynch de maneras muy concretas: el diseñador de producción Frank Silva se convierte en Bob después de que el director lo descubre en el set, o una lámpara encontrada por Dean Stockwell se convierte en su micrófono en Terciopelo azul . Son encuentros inesperados a los que Lynch da cabida, reconociendo en un rostro o un objeto una posibilidad que no había visto antes.
Pero lo desconocido no siempre trae consigo el miedo. En la historia de Higgs, también puede manifestarse como una presencia benévola. El autor atribuye un papel a la meditación en la aparición de la Mujer en el Radiador y en el nuevo final de Eraserhead , que abre la posibilidad de la gracia. Distingue esta transformación de los orígenes del estilo, ya reconocibles antes de que Lynch comenzara a meditar. El libro nos invita así a considerar que la esperanza también puede sorprender y desorientar. El Ángel de Fuego Camina Conmigo y los petirrojos de Terciopelo Azul interrumpen mundos dominados por el miedo. Higgs interpreta estas apariciones como signos de salvación. Sin embargo, en las películas de Lynch podemos percibir un alivio que coexiste con el miedo: el espectador puede sentir que existe una posibilidad de salvación, mientras se pregunta qué sucederá y qué acaba de ver.
En el capítulo sobre raza, sexualidad y clase, Higgs observa que las películas de Lynch presentan muy pocos personajes negros y que los pobres suelen adquirir un aspecto amenazador. En Mulholland Drive , por ejemplo, la figura del indigente tras el contenedor de basura de Winkie's provoca tal terror que quien la ve se desploma. La frontera entre lo familiar y lo extraño también afecta a las personas: algunas habitan el mundo cotidiano de la historia, otras entran en él principalmente para asustar. Higgs compara estas observaciones con el cuidado del director: «Su forma de pensar intuitiva e individualista se veía atemperada por la notable bondad que mostraba hacia los demás». Así recuerda Higgs a Denise, la agente transgénero de Twin Peaks , defendida por Gordon Cole, interpretado por el propio Lynch, contra los prejuicios de sus compañeros. Estos dos aspectos coexisten en el retrato: Lynch sabe cómo retratar con afecto a una persona marginada por los demás, mientras que en otras imágenes encarna el miedo hacia quienes viven al margen de la sociedad. A través de esta tensión, Lynch nos remite a la pregunta inicial. Cuando alguien traspasa los límites de nuestro mundo familiar, ¿su presencia nos permite conocerlo, o simplemente le concedemos un lugar en nuestra pesadilla?
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Maurizio Amendola es escritor y guionista. Se graduó del máster en Escritura Creativa de la Universidad de las Artes ArtEZ. Publicó la novela Il laureando (66thand2nd) y colaboró en el próximo volumen The Works of the Romanian Screenwriters (Bloomsbury).
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Lo revolucionario ahora es ser humano y preservar al humano
Guido Girardi tras la entrevista mantenida con 'Público' durante EmpoderaLive.D.B.
David Bollero 10/10/2026
Esta semana se ha celebrado en Málaga la 20ª edición del que, desde mi punto de vista, es el mejor evento tecnológico que tiene lugar en España: EmpoderaLive, organizado por la Fundación Cibervoluntarios. Y lo es porque allí no se habla de utilizar la tecnología y la omnipresente Inteligencia Artificial (IA) para aumentar la productividad de las empresas, conocer más al cliente o el reconocimiento facial en fronteras; allí se habla de la “soberanía digital ciudadana”, de utilizar la innovación digital para promover los derechos humanos, la igualdad, la sostenibilidad…
Cuando la fundadora de Cibervoluntarios, Yolanda Rueda, creó la organización que preside hace 25 años, no se podía imaginar que un día acudiría a la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información de Naciones Unidas en Nueva York para defender una Soberanía Digital Ciudadana que garantice un ecosistema digital descentralizado, inclusivo y ético, centrado en las personas y en la mejora de sus oportunidades. Lo hizo a finales del año pasado (ver vídeo más abajo) y esta semana, en el vigésimo aniversario de EmpoderaLive, reclamó “responsabilidad de todas y todos, porque nunca hemos tenido una herramienta tan potente y tenemos que apropiarnos de ella, no como propiedad, sino como capacidad”.
Rueda concibe un ecosistema digital en el que toda la sociedad civil y no sólo unos pocos magnates tecnológicos, convertidos ya en una amenaza para las democracias modernas, se sienta que forma parte de su gobernanza. Entre los múltiples participantes de la edición del evento de este año ha figurado Guido Girardi, médico, exsenador chileno e impulsor de los neuroderechos, con el que Público ha tenido ocasión de conversar.
En 2016 y ante la amenaza de manipulación cerebral que suponía el dispositivo Neuralink de Elon Musk, Girardi y el eminente neurobiólogo español Rafael Yuste se plantearon establecer un marco regulatorio general que nos protegiera de estos riesgos. Así surgió la Ley de Neuroderechos de Chile, que encontró reflejo en la Constitución del país y sirvió de inspiración para otros países y organismos como la ONU. Ya entonces, Girardi puso el foco en una élite de millonarios asociados a la tecnología, considerándolos un auténtico peligro para nuestra convivencia democrática.
Para el explicar el punto en el que nos encontramos ahora, el chileno echa la vista atrás e indica que “una neurona piensa a 120 metros por segundo y podría decirse que nuestro cerebro creó un mundo a esa velocidad, con instituciones complejas también a 120 m/s, incluso, a pesar de haber aumentado al emerger la inteligencia colaborativa”. Sin embargo, añade, “ahora nos enfrentamos a una tecnología, como la IA, que piensa a 300 millones de metros por segundo y esa tecnología va a crear instituciones y relaciones con ellas a 300 millones de metros por segundo que dejan al humano fuera y a sus instituciones obsoletas”.
Percibe el experto una suerte de obsolescencia del cerebro ante la potencia de la IA. El quid de la cuestión, no obstante, se encuentra en que esa IA está creada por humanos que tienen en su mano acotar los derroteros por los que discurrirá esta tecnología; algo que como estamos viendo no está sucediendo ante la relativa pasividad de los gobiernos y legisladores.
“El campo de batalla actual está en los datos”, afirma Girardi, y ese es el motivo por el que las grandes plataformas digitales luchan por captar constantemente nuestra atención, no sólo mediante técnicas como el scroll infinito, sino con el contenido negativo, aunque sea mentira, y violento, como ya expuse al compartir una explicación filosófica a la toxicidad de las redes sociales. “Los contenidos, digamos, democráticos, son marginados por el algoritmo, amplificando los falsos y conspirativos”, advierte el exsenador.
Ver vídeo

Desde su punto de vista, “nos dirigen a un mundo de posverdad con el objetivo de acelerar la obsolescencia de las instituciones democráticas, de hacer perder la confianza en ellas”. Junto al odio, los enemigos de la democracia están utilizando el miedo como una de sus armas porque, “en un contexto de miedo, la amígdala cerebral anula a la corteza prefrontal y mengua la capacidad de reflexión”. A ello se suman, además, que la adicción y consumo compulsivo de las pantallas digitales están provocando retrasos cognitivos y, por tanto, seres irreflexivos. “Estamos perdiendo la capacidad de pensamiento crítico y somos más vulnerables a la manipulación porque siete horas de pantalla le roba tiempo, entre otras cosas, a la lectura”, afirma.
El exsenador apunta que los magnates tecnológicos “están capturando el desarrollo tecnológico, no solamente de la IA, también la nanotecnología, la edición genética, la computación cuántica, la exploración del espacio… capturando el poder económico de manera absolutamente monopolista”.
Girardi alerta de la creación de la denominada Ilustración Oscura, “impulsada por tecnofilósofos y jerarcas tecnológicos capaces de construir una ideología tan poderosa como fue el marxismo, pero a diferencia de él, que estaba a la vista de todos, esta transcurre en un espacio donde solo vemos la punta del iceberg y no vemos el resto, que es cada día más poderoso”.
Girardi alerta de cuán peligrosos son personajes como el bloguero Curtis Yarvin, el filósofo Nick Land -que acuñó el término Ilustración Oscura-, Peter Thiel y Alex Karp (dueños de Palantir)… que “están impulsando una visión libertaria y transhumanista asociado con la extrema derecha”. De la propia Palantir, sostiene que “Palantir es un peligro porque está en todas partes; es la principal institución de poder que nosotros no vemos”.
Ante este panorama, la gran pregunta para Girardi es “¿queremos preservar la humanidad? ¿Queremos preservar los valores de la ilustración, de la democracia, de los derechos humanos? ¿Queremos conservar la igualdad y la dignidad de la persona como elemento esencial?”. En su opinión, es preciso superar la visión ideológica transhumanista de personajes como Ayn Rand y su egoísmo racional y anteponer los derechos humanos, que son el mayor obstáculo para que avance esta visión supremacista, y la democracia y sus instituciones -lo que Land llama ‘La Catedral’ y apuesta por destruirla-, convertidas en su mayor enemigo.
En este punto, Girardi sostiene que Donald Trump, máximo exponente de la Internacional Ultra con satélites por todo el mundo (Milei, Kast, Bukele, Bolsonaro, Meloni, Le Pen, Ayuso, Abascal…) tan sólo es una herramienta más de estos señores de la Ilustración Oscura, y quien está llamado a “generar el orden poshumano es JD Vance puesto como vicepresidente por Peter Thiel (Palantir)”.
Cuando Yuste y él desarrollaron la Ley de Neuroderechos se convirtió en un adoquín más del camino de preservación del ser humano. Posteriormente, Girardi ha ido incorporando el empedrado de ese camino con iniciativas como el Congreso Futuro, que nació en Chile y ya ha recorrido mundo reuniendo a intelectuales que sitúan al humano en el centro, y no en la periferia como hace ahora mismo la tecnología. En este sentido, Girardi se declara “contra-evolutivo” porque, a día de hoy, “la evolución se encamina a abandonar lo que nos hace humanos a manos de la tecnología”.
El exsenador afirma orgulloso que “lo revolucionario ahora es ser humano y preservar al humano, porque en contra está un poder total en un enfrentamiento de David contra Goliath”. Pese a su ateísmo confeso, este pensador recuerda la encíclica papal Magnifica Humanitas, señalando a “León XIV como la única autoridad moral llamando a esta revolución”. Hasta la fecha, la política progresista no ha estado a la altura viviendo en la inmediatez, condenada a los ciclos electorales. Por este motivo, citas como EmpoderaLive tienen tanto sentido porque, como se pregunta Girardi, “¿cómo se defiende el humanismo contra el poshumanismo sin que tengamos conciencia?”.
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