Matías Vernengo 07/06/2026

La “economía para la vida” de Gustavo Petro capta algo esencial de la crisis planetaria. Convertirla en un programa requiere hacer frente a las estructuras que se interponen en el camino.
“Hoy en día, ya no se trata de una lucha de clases entre el capital y el trabajo, sino de una economía que o bien sirve a la vida o bien a la muerte”. Esta observación de Gustavo Petro fue el eje central de una conferencia en Colombia sobre “La economía de la vida”, coorganizada por la Internacional Progresista, el Gobierno colombiano y think tanks locales. La frase, citada por muchos participantes, capta algo real de la crisis planetaria.
El cambio climático, la deuda externa, el extractivismo, la destrucción ecológica, el hambre y la guerra nos obligan a preguntarnos qué tipo de economía se está organizando y para quién. Pero también revela un peligro en gran parte del discurso progresista contemporáneo: a saber, la sustitución de la economía política por un lenguaje moral.
Una “economía para la vida” es un eslogan convincente. Sin embargo, a menos que se vincule a los intereses concretos de los trabajadores, a la distribución de la renta y el poder, y a las estructuras del capitalismo global, corre el riesgo de volverse demasiado vaga para orientar las políticas. El neoliberalismo no ha sido una guerra abstracta contra la vida en general. Ha sido, más concretamente, un régimen favorable al capital, como señala David Harvey en su clásico libro sobre el tema. Ha debilitado a los trabajadores, disciplinado a la periferia, restringido el espacio político y reorganizado la economía global en torno a las exigencias de la acumulación de capital. Una alternativa seria no puede ser simplemente una economía para la vida en abstracto. Debe ser una economía organizada en torno a los trabajadores.
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