Cómo afecta la fusión de Paramount y Warner Bros a la CNN, la gran obsesión de Donald Trump

 La cadena de noticias más famosa del mundo queda en manos de David Ellison, hijo de uno de los hombres más ricos del mundo y gran donante del Partido Republicano.

Donald Trump se ha mostrado "muy contento" con la adquisición de Warner Bros. por parte de Paramount.DPA vía Europa Press

Javier Mercadal Serrano

07/10/2026

Donald Trump tiene una obsesión. En el top de los asuntos que más le afligen están, sin duda, los medios de comunicación. Y más concretamente la televisión, ecosistema que considera muy poderoso pues, no en vano, fue el que le ayudó a cimentar su figura de empresario exitoso durante los 80 y los 90. Antes incluso de que vislumbrara un futuro como político, allí donde había una cámara quería estar él. Salió en películas, se recuerda mucho por ejemplo su cameo en Solo en casa 2 (1992), aunque sobre todo en la pequeña pantalla. Llegó incluso a tener su propio show, The Apprentice (2004-2017), donde se mostraba como un jefe poderoso y despiadado. De hecho, son muchos los analistas que señalan que, posteriormente, utilizó la persona allí creada y la extrapoló a su papel como jefe del Ejecutivo estadounidense.

Vivir cobijado en un mundo delicado, Anaïs Nin

Anaïs Nin

Se vive así, cobijado, en un mundo delicado, y uno cree que vive. Entonces lee un libro (Lady Chatterley, por ejemplo), o va de viaje, o habla con Richard, y descubre que no vive, que está simplemente hibernando. Los síntomas de la hibernación se pueden detectar fácilmente. El primero es la inquietud. El segundo síntoma (que llega cuando el estado de hibernación empieza a ser peligroso y podría degenerar en muerte), es la ausencia de placer. Eso es todo. Parece una enfermedad inocua. Monotonía, aburrimiento, muerte. Hay millones de personas que viven (o que mueren) así, sin saberlo. Trabajan en oficinas. Tienen coche. Salen al campo con su familia. Educan a sus hijos. Hasta que llega una brusca conmoción: una persona, un libro, una canción, y los despiertan y los salvan de la muerte.

Algunos se quedan dormidos para siempre. Son como el que se durmió tendido en la nieve y nunca más despertó. Pero yo no corro peligro, porque mi casa, mi jardín, mi agradable vida, no consiguen arrullarme. Sé que estoy en una bonita cárcel de la que sólo podré huir escribiendo. Por eso he escrito un libro sobre D.H. Lawrence, por gratitud, porque ese libro me despertó. Se lo llevé a Richard y él preparó los contratos, y luego me habló de su amigo Henry Miller. Le había mostrado mi manuscrito a Henry Miller y Miller dijo: «Nunca había oído decir verdades tan duras con tanta delicadeza».

«Me gustaría llevarlo a cenar a tu casa», me dijo Richard. Y yo le dije que sí.

Así, delicadeza y violencia están a punto de conocerse y desafiarse mutuamente.

Anaïs Nin.
Diario I (1931-1934)
Traducción: Enrique Hegewicz
Editorial Plaza & Janés

Foto: Anaïs Nin


Diario (1931-1974)

Diario (1931-1974)
 
   
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Un diario escrito a lo largo de toda de una vida, más de treinta y cinco mil páginas, que por primera vez nos descubre sin tabúes a la mujer moderna, a la Anaïs Nin que se asoma sin vértigo al siglo XX.



Stephen Greenblatt - EL TIRANO -- Shakespeare y la política (Ensayo)


Stephen Jay Greenblatt
 
 
UNO

ÁNGULOS OBLICUOS 


 

Desde los primeros años de la década de 1590, al comienzo de su carrera y hasta el fin de esta, Shakespeare abordó una y otra vez una cuestión profundamente inquietante: ¿cómo es posible que todo un país caiga en manos de un tirano?

«Un rey gobierna a súbditos que aceptan voluntariamente su autoridad —⁠escribía el influyente humanista escocés del siglo XVI George Buchanan⁠—. Un tirano, en cambio, gobierna sobre súbditos que no la aceptan». Las instituciones de una sociedad libre tienen por objeto protegerse de los que gobiernen, como dice Buchanan, «no para su país, sino para sí mismos, teniendo en cuenta no ya el interés público, sino su propio placer»[1]. ¿En qué circunstancias —⁠se preguntaba Shakespeare⁠— revelan de repente su fragilidad esas instituciones tan preciadas, aparentemente bien arraigadas e inquebrantables? ¿Por qué una gran cantidad de individuos aceptan ser engañados a sabiendas? ¿Por qué suben al trono personajes como Ricardo III o Macbeth?

Semejante desastre, insinuaba Shakespeare, no podía producirse si no contaba con una complicidad generalizada. Sus obras ponen de manifiesto los mecanismos psicológicos que llevan a una nación a abandonar sus ideales e incluso sus propios intereses. ¿Por qué —⁠se preguntaba el escritor⁠— iba alguien a dejarse arrastrar hacia un líder que a todas luces no está capacitado para gobernar, hacia alguien peligrosamente impulsivo o brutalmente manipulador o indiferente a la verdad?  Por qué, en algunas circunstancias, las pruebas de mendacidad, chabacanería o crueldad no sirven como un inconveniente definitivo, sino que se convierten en un atractivo para encandilar a unos seguidores ardientes? ¿Por qué unas personas, que por lo demás sienten orgullo y respeto de sí mismas, se someten a la mera desfachatez de un tirano, a su convicción de que puede decir y hacer lo que le parezca, a su indecencia más escandalosa?

Shakespeare describió repetidamente los trágicos costes de ese sometimiento —⁠la corrupción moral, el despilfarro masivo del tesoro, la pérdida de vidas⁠— y las medidas desesperadas, dolorosas y heroicas que son necesarias para devolver a una nación deteriorada una mínima porción de cordura. ¿Existe —⁠se pregunta en sus obras⁠— algún modo de detener la caída hacia un gobierno sin leyes y arbitrario antes de que sea demasiado tarde? ¿Algún medio eficaz de impedir la catástrofe civil que invariablemente provoca la tiranía?

El dramaturgo no acusaba a la mujer que gobernaba en aquellos momentos Inglaterra, Isabel I, de ser una tirana. Independientemente de lo que pensara Shakespeare en privado, habría resultado suicida sugerir en el escenario una idea semejante. Desde 1534, durante el reinado de Enrique VIII, padre de la soberana, los preceptos jurídicos catalogaban como traición calificar al monarca de tirano[2]. La pena prevista para ese delito era la muerte.

En la Inglaterra de Shakespeare no había libertad de expresión, ni en el escenario ni en ninguna otra parte. En 1597, la representación de una obra supuestamente sediciosa llamada La isla de los perros dio lugar a la detención y al encarcelamiento de su autor, Ben Jonson, así como a la promulgación de una orden gubernamental —⁠que por fortuna no llegó a ponerse en vigor⁠— que preveía la demolición de todos los corrales de comedias de Londres[3]. Los delatores acudían al teatro con el afán de pedir una recompensa por denunciar ante las autoridades cualquier cosa que pudiera ser interpretada como subversiva. Los intentos de exponer una reflexión crítica sobre los acontecimientos de la época o sobre los personajes más destacados del momento resultaban particularmente arriesgados.

Como en los regímenes totalitarios contemporáneos, la gente desarrollaba maneras para hablar en código, haciendo alusiones más o menos veladas a aquello que más la preocupaba. Pero no era solo la cautela lo que motivaba la inclinación de Shakespeare por el desplazamiento y el lenguaje figurado. Parece que se dio cuenta de que pensaba con más claridad sobre los asuntos que preocupaban al mundo en el que vivía cuando los abordaba no ya directamente, sino desde un ángulo oblicuo. Sus obras dramáticas sugieren que la mejor manera que tenía de reconocer la verdad —⁠de poseerla plenamente y no morir por ella⁠— era a través del artificio de la ficción o por medio de la distancia histórica. De ahí la fascinación que sentía por el legendario caudillo romano Gayo Marcio Coriolano o por otro caudillo también romano, pero esta vez histórico, Julio César; de ahí el atractivo de personajes de las crónicas inglesas y escocesas tales como el duque de York, Jack Cade, el rey Lear y, sobre todo, la quintaesencia de los tiranos, Ricardo III y Macbeth. Y de ahí también el encanto de ciertos personajes completamente imaginarios: Saturnino, el emperador sádico de Tito Andrónico; Ángelo, el delegado corrupto de Medida por medida, o el paranoico rey Leontes de El cuento de invierno.

El éxito popular de Shakespeare indica que muchos de sus contemporáneos pensaban lo mismo. Liberada de las circunstancias que la rodeaban y liberada también de los clichés repetidos hasta la saciedad acerca del patriotismo y la obediencia, su manera de escribir podía ser por fin despiadadamente honesta. El dramaturgo seguía formando por completo parte del lugar y de la época en los que vivía, pero no era una mera hechura suya. Las cosas que habían quedado desesperadamente poco claras eran enfocadas con toda nitidez por él, que ya no tenía necesidad de guardar silencio sobre lo que percibía.

Shakespeare comprendió también algo que en nuestra época se pone de manifiesto cuando un gran acontecimiento —⁠la caída de la Unión Soviética, el colapso del mercado inmobiliario o el resultado inesperado de unas elecciones⁠— logra arrojar una luz deslumbrante sobre algún hecho desconcertante: incluso los que se encuentran en el centro de los círculos más exclusivos del poder a menudo no tienen ni la menor idea de lo que va a ocurrir. A pesar de tener las mesas de sus despachos atestadas de cálculos y estimaciones, a pesar de sus costosas redes de espías, de sus ejércitos de expertos bien remunerados, siguen estando casi completamente a oscuras de la realidad. Mientras que tú, observando desde algún margen externo, sueñas que, si pudieras acercarte lo suficiente a tal o cual personaje clave, tendrías acceso al verdadero estado de cosas y sabrías qué pasos tendrías que dar para protegerte a ti mismo o a tu país. Pero ese sueño es una ilusión.

En la introducción de uno de sus dramas históricos, Shakespeare presenta al personaje de Rumor, vestido con un traje «cubierto de lenguas pintadas», cuya tarea consiste en hacer circular habladurías: «Rumor es una flauta en la que soplan las sospechas, los recelos, las conjeturas» (2 Enrique IV, Introducción, 16 [4]). Sus efectos se ponen dolorosamente de manifiesto en los signos mal interpretados de forma desastrosa, en los falsos consuelos, en las falsas alarmas, en los bandazos repentinos que llevan de las esperanzas “ más absurdas a la desesperación suicida. Y los personajes que más se engañan no son los integrantes de la gran multitud, sino, por el contrario, los poderosos y los privilegiados.

A Shakespeare, pues, le resultaba más fácil pensar con claridad cuando el ruido de esas lenguas balbucientes era acallado, y también le resultaba más fácil decir la verdad si se situaba a una distancia estratégica del momento presente. El ángulo oblicuo le permitía levantar la tapa de los falsos supuestos, de las creencias inveteradas y de los sueños erróneos de piedad, y contemplar impávido lo que se ocultaba tras ella. De ahí su interés por el mundo de la Antigüedad clásica, en el que no tenían cabida la fe cristiana ni la retórica monárquica; de ahí su fascinación por la Gran Bretaña precristiana de El rey Lear o de Cimbelino; de ahí el atractivo que para él tenía la violenta Escocia del siglo XI de Macbeth. E incluso cuando se situaba más cerca de su propio mundo, en la notable serie de dramas históricos que van desde el reinado de Ricardo II en el siglo XIV hasta la caída de Ricardo III, Shakespeare mantendría cuidadosamente al menos un siglo entero de distancia entre él y los acontecimientos que describía.”

En la época en la que nuestro autor escribió sus obras, Isabel I llevaba reinando más de treinta años. Aunque de vez en cuando fuera arisca, difícil e imperiosa, en general era indudable el respeto fundamental que tenía por el carácter sacrosanto de las instituciones políticas del reino. Incluso aquellos que defendían una política exterior más agresiva o clamaban por la implantación de medidas contra la subversión dentro del país más enérgicas que las que la soberana estaba dispuesta a autorizar reconocían habitualmente la prudente idea que tenía Isabel de los límites de su poder. Es harto improbable que Shakespeare la considerara una tirana, ni siquiera en sus pensamientos más íntimos. Pero, al igual que el resto de sus compatriotas, el escritor tenía muchos motivos para preocuparse por el futuro que los aguardaba. En 1593, la reina celebró su sexagésimo cumpleaños. Soltera y sin hijos, se negaba obstinadamente a nombrar un sucesor. ¿Pensaba acaso que iba a vivir para siempre?

Para los que tenían cierta imaginación, había más cosas por las que preocuparse aparte del sigiloso embate del tiempo. La mayoría de la población temía que el reino estuviera enfrentándose a un enemigo implacable, a una despiadada conspiración interna “cional cuyos cabecillas adiestraban y luego enviaban al país a agentes secretos fanáticos con la pretensión de sembrar el terror en él. Esos agentes creían que matar a los individuos calificados de infieles no era pecado; antes bien, las acciones que pudieran llevar a cabo eran obra de Dios. En Francia, en los Países Bajos y en muchos otros lugares ya habían sido responsables de asesinatos, de actos de violencia callejera y de auténticas matanzas. Su objetivo inmediato en Inglaterra era matar a la reina, coronar en su lugar a algún simpatizante suyo y someter al país a su torticera concepción de la piedad. Su objetivo general era la dominación del mundo.

No resultaba fácil identificar a los terroristas, pues la mayoría de ellos eran naturales del país. Tras haber sido radicalizados, embaucados y atraídos a campos de adiestramiento en el extranjero, y luego introducidos de nuevo subrepticiamente en Inglaterra, se confundían fácilmente con la masa de súbditos leales, corrientes y molientes. Esos súbditos eran, como es natural, reacios a volverse contra los suyos, incluso aunque fueran sospechosos de abrigar opiniones peligrosas. Los extremistas formaban células, celebraban culto juntos en secreto, se intercambiaban mensajes cifrados e intentaban reclutar a “posibles adeptos principalmente entre la numerosa población de jóvenes desafectos e inestables, propensos a albergar sueños de violencia y de martirio. Algunos de ellos mantenían clandestinamente contactos con los representantes de los gobiernos extranjeros, que hacían oscuras insinuaciones acerca de armadas invasoras y de apoyos a sublevaciones violentas.

Los servicios de espionaje de Inglaterra estaban sumamente alerta ante el peligro: infiltraban agentes en los campos de adiestramiento, abrían sistemáticamente la correspondencia, escuchaban las conversaciones que se mantenían en las tabernas y en los mesones y mantenían una escrupulosa vigilancia de los puertos y de los pasos fronterizos. Pero el peligro resultaba muy difícil de erradicar, incluso cuando las autoridades lograban echar el guante a alguno de los supuestos terroristas o incluso a varios y los interrogaban bajo juramento. Al fin y al cabo, eran fanáticos que tenían permiso de sus líderes religiosos para engañar y que habían sido instruidos en el uso del llamado «equívoco», un método de despistar al enemigo sin tener técnicamente que mentir.

Si los sospechosos eran interrogados bajo tortura, como habitualmente sucedía, a menudo seguía resultando muy difícil hacerlos hablar. Según un informe enviado al principal responsable de los servicios de espionaje de la reina, el extremista que asesinó al príncipe neerlandés Guillermo de Orange en 1584 —⁠el primer individuo que asesinó a un jefe de Estado pistola en mano⁠— permaneció obstinadamente firme en su mutismo:

Esa misma tarde fue apaleado con sogas y su carne fue lacerada con garfios, tras lo cual lo metieron en un recipiente lleno de sal y agua y empaparon su garganta con vinagre y aguardiente, y a pesar de “soportar esos tormentos, no mostró el menor signo de debilidad o de arrepentimiento, sino que, por el contrario, dijo que había llevado a cabo un acto admisible a ojos de Dios [5].

«Un acto admisible a ojos de Dios»: a aquellos individuos les habían lavado el cerebro a fin de que creyeran que sus actos de traición y violencia serían recompensados en el cielo.

La amenaza en cuestión, según los protestantes más ardientes de la Inglaterra de finales del siglo XVI, era la que representaba la fe “católica romana. Para mayor disgusto de los principales consejeros de la reina, la propia Isabel era reacia a llamar a la amenaza por su nombre y a tomar las medidas que ellos consideraban necesarias. La soberana no deseaba provocar una guerra costosa y sangrienta con los poderosos Estados católicos ni ensuciar la reputación de toda una religión con los crímenes de unos cuantos fanáticos. Como no estaba dispuesta, en palabras del principal responsable de sus servicios de espionaje, Francis Walsingham, a «abrir ventanas en los corazones y los pensamientos secretos de los hombres» [6], durante muchos años Isabel permitió que sus súbditos mantuvieran su apego a la fe católica en la clandestinidad, siempre y cuando exteriormente se ajustaran a las exigencias de la religión oficial del Estado. Y, pese a los vehementes requerimientos que recibía, se negó una y otra vez a ratificar la ejecución de su prima, la católica María Estuardo, reina de Escocia.

Tras ser desterrada de Escocia, María fue mantenida, sin que se presentaran cargos contra ella y sin que se la juzgara, en una especie de prisión preventiva en el norte de Inglaterra. Como poseía sólidos derechos hereditarios al trono de Inglaterra —⁠a juicio de algunos, más sólidos que los de la propia Isabel⁠—, constituía un foco evidente de las maquinaciones de las potencias católicas de Europa y de las calenturientas ilusiones y las peligrosas conspiraciones de los extremistas católicos de Inglaterra. María fue, además, lo bastante temeraria como para alentar los siniestros planes tramados en su nombre.

El cerebro que se ocultaba detrás de esos planes, según creían muchos, era ni más ni menos que el papa de Roma; la principal fuerza con la que contaba el pontífice estaba formada por los jesuitas, que juraban obedecerlo “en todo, y las legiones ocultas que tenía en Inglaterra eran los miles de «papistas de iglesia» que asistían rigurosamente a los servicios eclesiásticos anglicanos, pero que en sus corazones guardaban lealtad a la fe católica. Cuando William Shakespeare alcanzó la mayoría de edad, circulaban por todas partes rumores acerca de los jesuitas —⁠que tenían prohibida oficialmente la entrada en el país, so pena de muerte⁠— y de las amenazas que planteaban. Puede que su verdadero número fuera muy escaso, pero el temor y los odios que suscitaban (así como la admiración de que eran objeto en ciertos ambientes) eran considerables.

Resulta imposible determinar con certeza dónde se situaban íntimamente las simpatías de Shakespeare. Pero no cabe la posibilidad de que fuera neutral o indiferente. Su padre y su madre habían nacido en un mundo católico y para ellos, como para la mayoría de sus contemporáneos, los lazos que mantenían con ese mundo sobrevivieron a la Reforma protestante. Había muchos motivos para mantener una actitud de cautela y circunspección, y no solo debido a los duros castigos impuestos por las autoridades protestantes. La amenaza que se atribuía en Inglaterra al catolicismo militante no era ni mucho menos del todo imaginaria. En 1570, el papa Pío V publicó una bula que excomulgaba a Isabel I por hereje y «sierva de toda clase de atrocidades». Los súbditos de la reina quedaban libres de cualquier obligación que pudieran haber contraído al jurarle fidelidad; de hecho, se los instaba solemnemente a desobedecerla. Una década más tarde, el papa Gregorio XIII daba a entender que matar a la reina de Inglaterra no sería pecado mortal. Antes bien, como afirmaba el secretario de Estado pontificio en nombre de su señor, «no cabe duda de que quien la eche de este mundo con la piadosa intención de prestar servicio a Dios no solo no comete pecado, sino que obtiene mérito» [7].

Semejante declaración era una incitación al asesinato. Aunque la mayoría de los católicos de Inglaterra no querían tener nada que ver con la adopción de medidas tan violentas, a algunos se les pasó por la cabeza la idea de intentar liberar al país de su herética soberana. En 1583, la red de espías del Gobierno descubrió una conspiración para perpetrar el asesinato de la reina, tramada en connivencia con el embajador de España. Durante los años sucesivos hubo rumores parecidos acerca de ciertos peligros que habían logrado evitarse por muy poco: se interceptaron cartas, se incautaron armas y fueron capturados algunos sacerdotes católicos. Alertados por los vecinos más suspicaces, los agentes de la autoridad irrumpían en las casas de las zonas rurales que resultaban sospechosas, en las que destrozaban los armarios, golpeaban las paredes con la esperanza de oír algún sonido a hueco que resultara revelador y levantaban las tablas del pavimento en busca de las llamadas ratoneras de curas. Pero Isabel seguía sin hacer nada para eliminar la amenaza planteada por María Estuardo. «Dios quiera que su majestad abra los ojos —⁠rogaba Walsingham⁠—, y se dé cuenta del peligro» [8].

El círculo más íntimo de la soberana dio el paso sumamente irregular de elaborar un «Compromiso de asociación», cuyos signatarios se comprometían a vengarse no solo de cualquiera que atentara contra la vida de la soberana, sino también de cualquier potencial pretendiente al trono —⁠María era el objetivo más evidente de la medida⁠— en interés del cual se llevara a cabo semejante intento, tanto si tenía éxito como si no. En 1586, los espías de Walsingham se enteraron de otra conjura, en la que se hallaba implicado un acaudalado ” caballero católico de veinticuatro años llamado Anthony Babington, que, junto con un grupo de amigos de ideas afines, se había convencido de que era moralmente admisible matar a la «tirana». Utilizando a algunos agentes dobles que lograron infiltrarse en el grupo y descifrar sus códigos secretos, las autoridades permanecieron a la espera mientras observaban cómo poco a poco iba desarrollándose la conspiración. De hecho, cuando Babington empezó a sentir inquietud, uno de los agentes provocadores de Walsingham lo instó a seguir adelante. La estrategia obtuvo los dividendos que los protestantes más intransigentes tanto habían esperado conseguir: la red no solo se abatió sobre catorce conspiradores que fueron debidamente condenados por alta traición y luego ahorcados, y cuyos cadáveres fueron arrastrados y descuartizados, sino que, además, fue capturada en ella la propia María Estuardo, que, en su indolencia, había intrigado con los conjurados.

Umberto Eco – El Zen y el Occidente (Ensayo)

 


El presente ensayo se remonta a 1959, época en la cual en Italia comenzaban a rebullir las primeras curiosidades en torno al Zen. Dudábamos de incorporarlo a esta segunda edición por dos motivos:
1. La vague del Zen no ha dejado posteriormente señales dignas de mención en la producción artística fuera de América, y las consideraciones en torno al misino son hoy menos urgentes que ocho años atrás.
2. Aunque nuestro ensayo circunscribía muy explícitamente la experiencia del Zen entre los fenómenos de una "moda" cultural, indagando pero no propagando sus razones, hubo lectores precipitados (o de mala fe) que lo denunciaron como un manifiesto, como el intento incauto de un trasplante, lo cual, en cambio, aparece claramente criticado en el último párrafo del ensayo.
Sea como fuere, hemos decidido conservar el capítulo porque:
1.  Los fenómenos culturales que simbolizaba la moda del Zen continúan válidos en los Estados Unidos... y dondequiera que se instauren formas de reacción a-ideológica, místico-erótica frente a la civilización industrial (incluso a través del recurso a los alucinógenos).
2. No hay que pretender nunca cubrirse con la estupidez ajena.

ALAIN BADIOU - La Ética. Ensayo sobre la conciencia del Mal

Alain Badiou



INTRODUCCIÓN

Ciertas palabras sabias, mucho tiempo confinadas en los diccionarios y la prosa académica, tienen la suerte, o la mala suerte –como una solterona resignada que se transforma, sin comprender por qué, en estrella de una fiesta– de salir de repente al aire libre de los tiempos, de ser plebis y publicitada, impresa, televisada, mencionada hasta en los discursos gubernamentales. La palabra ética, que huele tanto a griego, o a curso de filosofía, que evoca a Aristóteles (la Ética a Nicómaco, ¡un best–seller famoso!) está hoy bajo las luces de la escena.

Ética concierne, en griego, la búsqueda de una buena "manera de ser" o la sabiduría de la acción. A este título, la ética es una parte de la filosofía, la que dispone la existencia práctica según la representación del Bien.

Sin duda son los estoicos los que con más constancia han hecho de la ética,.no solamente una parte, sino el corazón mismo de la sabiduría filosófica. Sabio es aquel que, sabiendo discernir las cosas que dependen de él de aquellas que no dependen, organiza su voluntad alrededor de las primeras y resiste impasiblemente a las segundas. Se cuenta, por otra parte, que los estoicos tenían la costumbre de comparar la filosofía a un huevo, cuya cáscara era la Lógica, la clara la Física y la yema la Ética.

En los modernos, para quienes la cuestión del sujeto es, desde Descartes, central, ética es casi sinónimo de moralidad, o –diría Kant de razón práctica (diferenciada de la razón pura, o razón teórica). Se trata de las relacione"!; de la acción subjetiva, y de sus intenciones representables, con una Ley universal. La ética es un principio para el juzgamiento de las prácticas de un Sujeto, sea este sujeto individual o colectivo …

Se observará que Hegel introduce una fina distinción entre "ética" (Sttlichkeit) y "moralidad" (moralitat). El reserva el principio ético para fa acción inmediata, mientras que a la moralidad le concierne la acción reflexiva. Dirá, por ejemplo, que "el orden ético consiste esencialmente en la decisión inmediata".

El actual "retorno a la ética", toma la palabra en un sentido evidentemente esfumado, pero ciertamente más próximo a Kant (ética del juicio) que a Hegel (ética de la decisión).

En verdad, ética designa hoy un principio en relación con' 'lo que pasa", una vaga regulación de nuestro comentario sobre las situaciones históricas (ética de los derechos del hombre), las situaciones técnico–científicas (ética de 10 viviente, bio–ética), las situaciones sociales (ética del ser–en–conjunto), las situaciones referidas a los medios (ética de la comunicación), etc.

El nuevo periodismo', Tom Wolfe

(The New Journalism)

Tom Wolfe Editorial Anagrama Colección Contraseñas

En este libro Tom Wolfe reflexiona sobre los orígenes de uno de los fenómenos que vivió el periodismo en los años 60. Ese fenómeno novedoso era el Nuevo Periodismo, cuyos máximos exponentes eran, además del propio autor, Truman Capote, Norman Mailer…

El libro se divide en dos partes, en la primera Wolfe hace un planteamiento, mitad teórico y mitad empírico, de lo que son esos inicios del Nuevo Periodismo. El deseo de todo periodista de escribir una novela tarde o temprano, la competitividad, la necesidad de un periodismo que ofreciera más detalles sobre la realidad americana… La segunda es una antología de textos escritos por los periodistas del Nuevo Periodismo que ejemplifican lo expuesto en la primera mitad del libro.

Después de leer la obra de Tom Wolfe, me quedan claras dos ideas fundamentales para entender el surgimiento del Nuevo Periodismo. Por un lado la competitividad entre periodistas, el hecho de querer destacar en la profesión y de ser el mejor. Así nos lo descubre Tom Wolfe cuando llega a la redacción del New Herald Tribune, donde algunos compañeros periodistas están al acecho de encontrar el filón con el que destacarse en la carrera periodística. No es ningún secreto para cualquier joven estudiante de periodismo lo reconfortante que es para un profesional descubrir algo de lo que nadie antes se había dado cuenta, hacer periodismo de investigación y llegar a unos resultados que le dan a uno cierto prestigio ante los demás. Lo mismo ocurre cuando se tienen unas fuentes privilegiadas que hacen que un periodista pueda tener más información que otros, por lo que esas fuentes se guardan en secreto, nadie las comparte. Cuántas veces habremos escuchado aquello de “las fuentes de un periodista no se revelan”.

Por otro lado, hay otra idea que extraigo de la lectura de la obra de Tom Wolfe que me ayuda a entender el Nuevo Periodismo. Y es una necesidad de ir más allá de la simple objetividad periodística. Se ha dicho por activa y por pasiva que la objetividad absoluta no existe, pero sí el intento de llegar a ella. Cuando damos una información podemos ofrecerla con cierta distancia, limitándonos a exponer los datos con mayor o menor interpretación o bien podemos ir más allá y hacernos notar como la mano que escribe ese artículo, como la mente que ha ordenado esas ideas. En los años 60 y 70 Estados Unidos sufre un estado de cierta crisis: en el plano exterior están metidos en plena Guerra del Vietnam y dentro del propio país los jóvenes empiezan a tener cierta conciencia de lo que ocurre a su alrededor, se manifiestan contra la guerra, claman por sus derechos, Kennedy es asesinado en el 63 y nadie sabe con exactitud quién ha sido el asesino… En este panorama convulso, no es de extrañar, que los ciudadanos requieran de otro tipo de periodismo, al igual que lo necesitan los propias periodistas.

Así, tenemos a Truman Capote que escribe sobre unos asesinatos yendo más allá de la simple exposición de los datos. No le basta con escribir una serie de artículos sobre cómo va la investigación de los asesinatos de la familia Clutter, sino que decide ir más allá, pretende escribir un reportaje exhaustivo sobre los hechos. Decide investigar por su cuenta, entrevistar a los testigos, a los acusados del asesinato… para dar la máxima precisión a lo que estaba escribiendo. No es solamente un reportaje, es un nuevo género: la novela de no ficción. El propio Capote dijo que él no había inventado un nuevo género periodístico, sino un género literario. Tom Wolfe lo recuerda en su obra.


El periodista hace su investigación y da los detalles precisos, no solamente la información fría y objetiva. En El nuevo periodismo nos explica Wolfe que hay un periodista que para escribir su columna, en lugar de permanecer en la redacción trabajando, prefiere marcharse a buscar los materiales, a contrastar la información, a entrevistar a los protagonistas… No es un artículo de media página o una página, es tan solo una columna, pero el periodista impone su estilo, su modo de trabajo, impone el nuevo periodismo. A fin de cuentas, impone su visión de los hechos contrastada. Eso es lo que requiere el lector.


El nuevo periodismo surgió cogido de la mano de la novela de no ficción. El periodismo se sirvió de técnicas literarias para escribir las noticias que sucedían en el día a día. Wolfe apunta con razón que la literatura acabó por tomar técnicas del periodismo para la creación de obras literarias. Es algo que no podemos obviar. Wolfe dice que los periodistas de aquella época y los escritores se manifestaron abiertamente en contra de ese nuevo periodismo que tanto daño causaban a la profesión y a la literatura. Algunos decían que se trataba de un estilo vulgar. Pero vemos aquí que aquella actitud reaccionaria ante el nuevo periodismo se trataba, ni más ni menos, que de la competitividad. Ningún periodista quería verse superado por ese grupo de jóvenes –y no tan jóvenes- que habían creado una nueva forma de contar las cosas. Seguramente los que más se quejaron entonces eran los viejos periodistas encumbrados que temían perder su estatus ante la amenaza de ese nuevo estilo. En cuanto a los literatos, qué decir. Todavía hoy muchos escritores se quejan de intrusismo, muchos de ellos dicen que en el periodismo no hay literatura y que no todo lo que está editado en un libro puede considerarse como literatura. Tienen razón en esto último pero andan errados cuando separan periodismo y literatura. Seguramente los que lo hacen jamás han leído a Truman Capote, dado que de la no ficción también se pueden escribir excelentes obras literarias. Un ejemplo actual es el libro de Carles Porta, Tor: la montaña maldita.

Algunos escritores, como Norman Mailer –que murió el pasado año- decidieron abandonar ese género puramente de ficción para pasarse al nuevo periodismo y es así como hemos conocido a Mailer, como uno de los pilares de este nuevo estilo, junto a Wolfe y otros tantos.

Cuando se es competitivo en un ámbito, se aportan nuevas ideas, nuevos proyectos que dan a uno una categoría. El periodismo es muy competitivo y siempre se intentan inventar –o reinventar- nuevos formatos. Lo vemos en televisión, en radio y en prensa. Tom Wolfe nos dice que al llegar al New Herald Tribune, vio esa competitividad y cuando se apuntó al Nuevo Periodismo, fue criticado por los encumbrados periodistas y escritores que no fueron capaces de haberlo inventado ellos.


La necesidad hace que busquemos también nuevas formas para llevar a cabo nuestra profesión. En el caso de Estados Unidos, que vivió unos años convulsos, la gente y los periodistas necesitaban un grado más a lo que estaban haciendo, no era suficiente con exponer la información, había que buscar el trasfondo, rizar el rizo. Algunos periodistas lo consiguieron.

Publicado por Manel Haro en 21:16 



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El Nuevo Periodismo

El Nuevo Periodismo
 
   
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En los ensayos que forman la primera parte de este libro, Tom Wolfe realiza un provocativo análisis de un fenómeno surgido hacia la mitad de la década de los sesenta que convulsionó el panorama literario norteamericano: la aparición del llamado Nuevo Periodismo, que según Wolfe arrebata el centro a la esterilizada y agonizante Novela y se convierte en el género literario más rico de la época. Para los Nuevos Periodistas, que se sumergían donde «pasaban las cosas», había que «tomar contacto con completos desconocidos, meterse en sus vidas de alguna manera, hacer preguntas a las que no tenías derecho natural a tener respuesta, pretender ver cosas que no se tenían por qué ver, etc.» y, ante la incapacidad de los novelistas para enfrentarse al cambio vertiginoso experimentado por la sociedad norteamericana, «tuvieron, para ellos solos, los locos años sesenta, obscenos, tumultuosos, mau-mau, empapados en droga, rezumantes de concupiscencia».

Y de este modo el Nuevo Periodismo retornó la tradición de la gran novela realista de siglos precedentes, dice Wolfe, aunque «lo único que pretendía decir al empezar era que el Nuevo Periodismo no puede ser ignorado por más tiempo en un sentido artístico. Del resto me retracto... Al diablo con eso... Dejemos que el caos reine... Más alta la música, más vino... Al diablo con las categorías...».

La antología de textos de Rex Reed, Terry Southern, Nicholas Tomalin, Barbara L. Goldsmith, Norman Mailer, Joe McGinnis, John Gregory Dunne y el propio Tom Wolfe, en la segunda parte del libro, ilustra espléndidamente las tesis del autor.

Una cosa que tenemos que leer todos los periodistas, en especial los llamados columnistas, que es como se nos dice ahora a los articulistas de toda la vida.
Francisco Umbral