Estas nueve mentes han contribuido a perfilar muchas de las políticas sociales y económicas de las sociedades vigentes. Conceptos como justicia social, género, hiperconectividad o dataísmo que este destacado elenco ha pensado y reformulado ajustándolos a las circunstancias de hoy.
Carmen Gómez-Cotta
@GomezCotta
Poner coto a los pensadores más destacados de nuestro tiempo es ardua tarea. Pero si algo no se puede discutir es que estas nueve mentes han contribuido a perfilar muchas de las políticas sociales y económicas de las sociedades vigentes. Conceptos como justicia social, redistribución de las riquezas, lenguaje, género, hiperconectividad o dataísmo que este destacado elenco ha pensado y reformulado ajustándolos a las circunstancias de hoy.
Por eso, sus nombres siempre aparecen, de una forma u otra, en los debates sobre política, economía, sociología, tecnología —o, incluso, religión— que se tercien.
Noam Chomsky (Filadelfia, Estados Unidos, 1928)
Los humanos poseemos un sentido innato de la gramática lingüística que se antepone a cualquier aprendizaje social. Por este motivo, afirma uno de los más relevantes —y longevos— pensadores de nuestro tiempo, podemos aprender diferentes lenguas desde jóvenes, por muy complejas que sean.
Sin embargo, la fama de Noam Chomsky no se debe a su teoría de la gramática universal, sino a su implacable ataque al imperialismo estadounidense y la globalización. Desde su punto de vista, la dinámica globalista y el capitalismo neoliberal —incluidas las diversas intervenciones militares— impulsados por las distintas administraciones de su país son el origen de buena parte de los problemas del mundo, pues lo único que hacen es acrecentar cada vez más las diferencias sociales y erosionar los derechos democráticos de las personas. Para combatirlos, Chomsky siempre ha defendido democracias más directas y participativas que, ante todo, fomenten el pensamiento crítico de sus ciudadanos y frenen la exorbitante competitividad imperante.
Peter Singer (Melbourne, Australia, 1946)
Corría el año 1975 cuando Peter Singer publicó Liberación animal, un libro que cuestiona cómo las sociedades modernas tratan a los animales. Desde su punto de vista, estos no son meros objetos o herramientas de trabajo, sino «seres sintientes». Su tesis se basa en la defensa de la igualdad como principio moral: que un perro no tenga derecho al voto no quiere decir que pueda ser torturado. La capacidad de sentir dolor y sufrir, esgrime el filósofo australiano, es el límite por el cual debemos otorgar consideración moral a un ser. Esto lo llevó a ampliar la categoría de sujetos de derecho para incluirlos en ella y su obra pasó así a convertirse en una especie de biblia para los defensores de los derechos de los animales.
Heredero del principio utilitarista de John Stuart Mill y Jeremy Bentham —según el cual el objetivo de la ética debe ser reducir el sufrimiento global y maximizar el bienestar—, Singer da un paso más y desarrolla su «utilitarismo preferencial»: las acciones de los individuos deben considerarse moralmente en función de su capacidad para satisfacer los intereses de los seres a los que afectan. Hoy, en el campo de la bioética, defiende el aborto o la eutanasia, pues, desde su punto de vista, el criterio que debe prevalecer es el bienestar y la reducción del sufrimiento por encima de la vida en sí misma.
Martha Nussbaum (Nueva York, Estados Unidos, 1947)
¿Y si el concepto de «vivir bien» estuviera basado en el florecimiento del ser humano —entendido como una vida digna y plena—, en vez de solo en la riqueza y el placer? Partiendo de Aristóteles —para quien la vida buena no era solo vivir felizmente, sino de forma plena—, Martha Nussbaum se pregunta cómo conseguir que todas las personas (no solo las más pudientes) puedan crecer y florecer. Junto al pensador Amartya Sen, desarrolla su famoso «enfoque de las capacidades», un modelo que mide la capacidad de cada individuo para hacer y ser en base a la libertad de la que dispone. Es decir, qué oportunidades tiene cada persona a su alcance para desarrollar sus capacidades y hacer lo necesario para lograr lo que quiere ser.
Su teoría pone el acento en la justicia social y la calidad de vida, pues su objetivo es garantizar un mínimo bienestar social y económico que dote a las personas de un nivel de dignidad humana bajo el cual nadie pueda vivir. Defiende que cada individuo tiene derecho a vivir su propia vida sin interferencias del Estado y que la felicidad colectiva no puede alcanzarse arriesgando los derechos individuales de las minorías, pero reconoce que ese «no intervencionismo» no es suficiente para alcanzar sociedades más justas: el Estado tiene que garantizar una serie de mínimos para que los individuos puedan desarrollar sus propias capacidades. Su enfoque ha influenciado muchas de las políticas del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, así como diversos programas de justicia social y educación.