El 11 de octubre de 1980, a la edad de 74 años, fallecía en Madrid Manuel Villegas López. La fecha nos da la excusa para rememorar aquí la figura de un intelectual que merece ser recordado por su trabajo como historiador, teórico y crítico cinematográfico.
Esta actividad le llevó a participar en tres de los grandes logros alcanzados por España en el siglo XX: fue miembro de la llamada Edad de Plata; formó parte de la aportación cultural que el exilio republicano español supuso para América; y, tras su regreso a Madrid en 1953, actuó de mediador entre los intelectuales rojos y azules, siendo precursor de la Transición.
Hoy su legado, más de 25 000 páginas de crítica cinematográfica, está siendo objeto de conservación y estudio. Pronto estará al alcance de todos los hispanohablantes a través de Internet gracias a la colaboración de entidades públicas y privadas, como la Universidad Camilo José Cela, Filmoteca Española y la empresa Código Media.
En primer lugar, señalaba que en España se había estudiado muy poco el papel que había tenido la crítica cinematográfica, ya fuese en la configuración del gusto, el impacto de la recepción del filme, la política de autor, su relevancia mediática dentro de la prensa cultural, su expresión de las ideologías del momento, etc.
Argumentaba Tubau que ello se debía a una falta de tradición teórica entre los críticos españoles que no se daba en Francia, Italia o Gran Bretaña, por mencionar países próximos. Además, estos escritores cinematográficos ignoraban la crítica literaria y de arte, una tradición que en España estaba mucho más asentada y actualizada. Ambas circunstancias explicaban, por ejemplo, que la crítica cinematográfica española hubiese llegado tarde al estructuralismo, la semiótica o el psicoanálisis.
Acuñador de una feliz metáfora sobre la contemporaneidad, la “modernidad líquida”, Zygmunt Bauman aparece hoy como uno de los más lúcidos pensadores de un presente convulso. Una entrevista y el análisis de su obra nos acercan al pensamiento de este sociólogo de origen polaco, un defensor de la esperanza frente al optimismo.
Zygmunt Bauman (1925) nació en Polonia en una humilde familia judía con la que emigró a la Unión Soviética tras la ocupación nazi. Tras su paso por el ejército polaco en el frente ruso, fue profesor en la Universidad de Varsovia hasta que con motivo de una campaña antisemita emigró al Reino Unido en donde aún vive. Bauman no es un divulgador de la sociología, pero sus contribuciones a esta disciplina están caracterizadas por un afán ensayístico que no está reñido con el rigor. Autor de “Modernidad y holocausto”, su obra fue estudiada sobre todo en círculos académicos, y no ha sido hasta la década de los noventa que ha pasado a ser conocido y reconocido por un público más amplio a propósito de libros como “Modernidad líquida”, “Globalización”, “Trabajo, consumismo y nuevos pobres”.
Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se conforma con describir nuestras contradicciones, las tensiones no sólo sociales sino también existenciales que se generan cuando los humanos nos relacionamos, es decir, la vida misma.
Usted afirma que nuestra época es la de lo líquido, que vivimos en la modernidad líquida. ¿Por qué?
Durante mucho tiempo intenté captar los rasgos característicos de esta época y ahí surgió el concepto de lo líquido. Es un concepto positivo, no negativo. Como dice la enciclopedia, lo fluido es una sustancia que no puede mantener su forma a lo largo del tiempo. Y ese es el rasgo de la modernidad entendida como la modernización obsesiva y compulsiva. Una modernidad sin modernización es como un río que no fluye. Lo que llamo la modernidad sólida, ya desaparecida, mantenía la ilusión de que este cambio modernizador acarrearía una solución permanente, estable y definitiva de los problemas, la ausencia de cambios.
A 80 años del asesinato de este pastor y teólogo alemán, su legado intelectual no ha perdido vigencia y merece ser reivindicado. No apuntaba a la ignorancia, cuyo remedio es la educación, sino al defecto moral que lleva a personas inteligentes a abandonar el pensamiento crítico
Por Claudia Peiró 09 Abr, 2025
El pastor luterano alemán Dietrich Bonhoeffer es un símbolo de la resistencia antinazi: fue arrestado en 1943 y ejecutado el 9 de abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenbürg.
El tiempo que pasó en prisión lo dedicó a tratar de entender y explicar la conducta de sus compatriotas, en la correspondencia que intercambió con sus padres y con un amigo, Eberhard Bethge, que luego de su muerte fue compilada y publicada bajo el título Resistencia y sumisión.
Encima del Atlántico se encontraba un mínimo barométrico. Se desplazaba hacia el este, en la dirección de un máximo estacionado sobre Rusia, sin manifestar todavía la tendencia de esquivarlo dirigiéndose hacia el norte. Las isotermas y las isóteras cumplían su deber. La temperatura del aire guardaba la proporción debida con la media anual, tanto en la temperatura del mes más frío como en la del más caluroso, así como en la fluctuación mensual aperiódica de la temperatura. La salida y puesta del Sol, de la Luna, las variaciones de la luz de la Luna, de Venus, de los anillos de Saturno y muchos fenómenos significativos más correspondían a las previsiones de los anuarios astronómicos. El vapor de agua del aire alcanzaba su máxima presión y la humedad del aire era ligera. O, por decirlo de una manera que lo describe bien, aunque esté un poco pasada de moda: era un bonito día de verano del año 1913.
Así, y no de otro modo, comienza una de las más grandes novelas del siglo XX: El hombre sin cualidades , de Robert Musil. Y desde el primer párrafo ya podemos intuir de dónde debían venir las objeciones que, según Musil, siempre le hacían: que explica demasiado y demasiado poco. Pues bien, este explicar-demasiado-y-demasiado-poco-al mismo tiempo es el principio motor que hace avanzar esta novela prodigiosa, colosal, desmedida…, inacabada. Thomas Bernhard decía que Musil cultivaba la prosa absoluta , seguramente admirado por la cantidad de recursos que despliega, por la ambición con la que se plantea el hecho de escribir y por los riesgos que asume en cada página.
Todo esto —ese esfuerzo, esa ambición— no querría decir nada si el resultado no fuera una obra de mérito. El hombre sin cualidades es, como ya hemos dicho en otras ocasiones, un monstruo, una obra imperfecta, inacaba porque es inacabable, y sin embargo es uno de los mayores libros que se hayan escrito nunca. Desgraciadamente, en catalán sólo disponemos de los dos primeros libros, de los cuatro de los que consta la novela, traducidos por Ramon Monton (MOLU/s.XX, Edicions 62, 1993). Quizás es por eso que la entrada de Wikipedia sobre la novela sólo menciona la acción de los primeros dos libros y se olvida de un personaje primordial que no aparece hasta el tercer libro: Agathe, la hermana de Ulrich, el hombre sin atributos. Y es una lástima porque esta segunda parte de la novela es para quien escribe estas líneas una cima de la literatura.
El joven Ulrich, que de hecho tiene muchas cualidades —el problema es más bien que no las pone en juego— , se encuentra de repente involucrado en una empresa descomunal, una Gran Acción Patriótica con la que se quiere conmemorar el jubileo del emperador de Cacania (un imperio que retira mucho al Imperio Austrohúngaro). Esta empresa, en la que participan un sinfín de personajes y estamentos del Estado, es conocida como la Acción Paralela (he aquí…). Todo ello sirve a Musil para hacer una cuidada disección de su época por medio de la reflexión, la ironía ya menudo, también, el humor más inteligente. Los personajes implicados en la Acción Paralela analizan los hechos más insignificantes, discuten, conversan, reflexionan. El espíritu de la época, la moral, la relación del individuo con el estado, las relaciones entre los distintos protagonistas, todo ello forma el grueso de una obra que sorprende al lector tanto por el planteamiento como por la ejecución. Musil describe el derrumbe del mundo tal y como lo conocían sus contemporáneos, y —algo únicamente al alcance de los genios— nos adelanta una descripción del mundo tal y como será más adelante: el nuestro. Una muestra de esto:
A veces, hoy en día no se puede evitar la impresión de que los conceptos y las reglas de la vida moral no son más que alegorías esterilizadas, en torno a las cuales flota el insoportablemente graso tufo de cocina de la humanidad, y si aquí es lícito hacer una digresión, sólo puede servir para decir que esta vaga sensación de que se extendía de todas las cosas. calificar francamente de veneración de la bajeza. Porque hoy en día se miente menos por debilidad que por la convicción de que un hombre que domina la vida debe poder mentir. Se hace uso de la violencia porque, después de muchos discursos inútiles, la claridad de la violencia da la impresión de una liberación (…). Esto tiene mucho menos que ver con la cuestión de si el hombre es bueno o malo que con la de si ha perdido la noción de elevación y planicie. Otra consecuencia contradictoria de este derrumbe es, también, el recargo espiritual con el que hoy en día se adorna la desconfianza hacia el espíritu. El ensamblaje entre la filosofía y actividades que no la soportan demasiado, como la política; la manía general de convertir enseguida un punto de vista en una convicción y de considerar toda convicción un punto de vista; la necesidad que experimenta todo fanático de cualquier tendencia a reproducir a su alrededor, como en un gabinete de espejos, el conocimiento que le ha tocado; todos estos fenómenos tan corrientes no representan lo que pretenden, un esfuerzo a favor de la humanidad, sino un quebranto.
La etóloga británica, fundadora del Jane Goodall Institute, Mensajera de la Paz de la ONU y una de las científicas más influyentes del siglo XX, ha fallecido a los 91 años por causas naturales.
SINC
Fotografía
Instituto Jane Goodall
Jane Goodall ha fallecido este 1 de octubre. La primatóloga dedicó más de seis décadas al estudio de los chimpancés salvajes en Gombe (Tanzania), donde en 1960 realizó un descubrimiento que transformó la biología y la antropología, al observar que los chimpancés también utilizan herramientas. Su trabajo no solo redefinió la frontera entre humanos y otros primates, sino que abrió un nuevo paradigma en el estudio del comportamiento animal.
El francés esgrimió una teoría que ganó adeptos y detractores.Qué quiso decir y contra qué pensamientos previos apuntaba.
Desde el origen de la filosofía, la libertad ha sido uno de los temas centrales del debate filosófico. Aunque Occidente y Oriente, por sus diferentes concepciones religiosas, han desarrollados distintas explicaciones y tratamientos sobre el tema, no fue hasta los siglos XIX y XX que el problema sobre la libertad y el "ser libres" se planteó de manera radical.
Trabajó en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) entre 1958 y 1960.[4] Más tarde, junto con su alumno y luego colaborador Francisco Varela, desarrolló su concepto original de la autopoiesis en su libro De máquinas y seres vivos (1972), concepto que da cuenta de la organización (interna) de los sistemas vivos como sistemas cerrados de autoproducción de los componentes que los constituyen. Además, sentó las bases de la «biología del conocer», disciplina que busca explicar el operar de los seres vivos en cuanto sistemas cerrados y determinados por su estructura.
Otro aspecto importante de sus reflexiones corresponde a la invitación a cambiar la pregunta por el «ser» (pregunta que supone la existencia de una realidad objetiva, independiente del observador) a la pregunta por el «hacer» (pregunta que toma como punto de partida la objetividad entre paréntesis, es decir, que los objetos son «traídos a la mano» mediante las operaciones de distinción que realiza el observador, entendido este como cualquier ser humano operando en el lenguaje).
La educadora italiana aseveraba que la mayor señal de éxito de un profesor es poder decir: «Ahora los niños trabajan como si yo no existiera».
Esther Peñas
El niño es el padre del hombre. Con esta premisa, la italiana María Montessori (1870-1952) desarrolló uno de los métodos pedagógicos –aún vigentes– más innovadores de la modernidad, centrado en el hecho de que el niño se construye a sí mismo. Tanto el maestro como la escuela han de colocarse al servicio de ese aprendizaje, estimulando en el pequeño su autonomía, independencia, iniciativa, capacidad de elegir, así como su voluntad y disciplina. Estas ideas, que a día de hoy nos resultan obvias, supusieron un extraordinario revulsivo para unos espacios acostumbrados a la autoridad draconiana del maestro, al procedimiento pedagógico castigo-recompensa y a la sombría clasificación de los alumnos en listos y tontos.
Entrevistar a Antonio Garrigues Walker es prestarse a una gran conversación. Pero una conversación exigente, en el mejor sentido de la palabra. Porque para don Antonio, en general, «tenemos que aumentar el nivel de exigencia». Sentados en su nuevo despacho en una de las Torres Colón, las vistas invitan a charlar con calma, saltando de lo profesional a lo personal e, incluso, a adentrarse en lo divino y lo humano. Así es precisamente como aprendemos que, de todas las personalidades con las que ha tenido la suerte de codearse a lo largo de su vida, el poeta Federico García Lorca es el que más le ha impresionado. «Soy un lorquiano», confiesa sonriendo.
Arthur Schopenhauer describió el enigma del mundo descifrando dos de las cuestiones con más importancia en la tradición filosófica: la cosa en sí de Kant y las ideas platónicas.
Héctor Hernández Álvarez
En filosofía, a Arthur Schopenhauer se le suele identificar como el padre del pesimismo metafísico. Lo cual significa, en primer lugar, que fue un filósofo ateo. Consideró como cierto el axioma «la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma», por lo que no identificó a un dios creador que diera lugar al mundo. En segundo lugar, defendió la tesis de que este es el peor de los mundos posibles; en contraste con Leibniz, quien argumentó lo contrario. Y, en tercer lugar, concluyó que es preferible el no ser al ser, pues el error ético fundamental de toda la filosofía optimista es considerar que se viene al mundo a ser feliz. Él, por el contrario, estableció la negación de la voluntad de vivir como único verdadero fin de la existencia.
Ahora bien, ¿cómo llegó a todo esto? Para responder a la pregunta hay que mostrar las bases de su sistema filosófico y las condiciones que el propio pensador impuso para leer y entender «el mundo como voluntad y representación», que es también su obra principal. Así, Schopenhauer partió por autoidentificarse como sucesor de la filosofía kantiana, es decir, del idealismo trascendental, por lo que el filósofo advirtió que no se le podría comprender sin antes leer a Kant. Además, estableció como prerequisito consultar su tesis doctoral: «Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente». Y se debía estar familiarizado con la filosofía de Platón y tener noción de tradiciones espirituales y religiosas tales como el budismo, el hinduismo o el cristianismo.
Schopenhauer describió el enigma del mundo descifrando dos de las cuestiones con más importancia en la tradición filosófica: la cosa en sí de Kant y la idea a la que se refirió Platón.
Acerca de la cosa en sí, Kant argumentó que era enteramente desconocida, pues se encuentra fuera de los límites del conocimiento humano. Empero, lo que Kant demostró con suficiencia fue que debía existir algo que precediera a todas las cosas u objetos que observamos en la realidad. El ser humano solo puede conocer fenómenos, pero no noúmenos (cosas en sí mismas). En este sentido, el ser humano estaría condenado a no poder descifrar el enigma del mundo. No fue sino hasta que llegó Schopenhauer e identificó a la cosa en sí de Kant llamándola voluntad.
Luego, Schopenhauer catalogó a la materia como a posteriori, o sea, como fenómeno. En cambio, puso a la cosa en sí, es decir, a la voluntad como lo verdaderamente a priori. Ahora bien, ¿qué características tiene la voluntad como para haber llamado de esa manera a la cosa en sí? Fundamentalmente, deseo. La voluntad es todo aquello que hace que el mundo exista como es. En definitiva, se trata de una volición incesante, aunque carente de conocimiento.
Schopenhauer defendió que el fin último de la vida terrenal es darse cuenta de que el mundo no vale la pena
Schopenhauer llega a esta conclusión debido a lo que observa en el mundo y sus representaciones fenoménicas. Por ejemplo, para que los organismos vivos puedan subsistir, se tienen que alimentar de otros seres semejantes. Para este pensador, la cadena alimenticia es repugnante, pero da cuenta de que a la voluntad únicamente le interesa reproducirse y seguir deseando. Para ello, emplea dos herramientas principales: el instinto de supervivencia y el instinto de reproducción.
Llama la atención la forma en que el filósofo redacta sus consideraciones acerca del amor, declarando que toda cuestión sentimental se deriva de estos dos instintos y el fin último es la procreación. Por eso, las personas y la mayoría de los animales están dispuestos a dar la vida por su descendencia, pues es la parte que dejarán en la Tierra cuando perezcan.
Asimismo, Schopenhauer argumenta que la materia no puede ser la cosa en sí por más que lo aparente, pues conocemos los órganos del cuerpo, así como su fisiología, pero en el núcleo más íntimo de cada ser se esconde una voluntad que es deseo puro y que solo es identificable por las acciones inmutables de los entes. La voluntad constituiría entonces lo que fue, lo que es y lo que siempre será. Claramente, la voluntad permanece invisible como cosa en sí, por lo que, ninguna ciencia puede estudiarla salvo la filosofía, pues ella se enfoca en los primeros principios de la existencia. Por lo tanto, a la voluntad, solo se le puede identificar con lo que conocemos coloquialmente como fuerzas de la naturaleza. Así, no solo se manifiesta en los organismos vivos, sino en la materia inorgánica y todo lo no sensible. Esto último explicaría el porqué de los planetas, la gravedad y el universo.
En contraparte, el intelecto es lo único capaz de contrarrestar el deseo irracional de la voluntad, por eso es el ser humano el único capaz de negarla. Esto, a su vez sería la negación de la voluntad de vivir por medio de la razón. Así, se explicaría el actuar de los santos y los mártires, que han dejado a un lado riquezas, gloria y poder. Tal como enseñaría el cristianismo: aprender a negar la propia naturaleza y cargar la cruz. Schopenhauer defendió que el fin último de la vida terrenal es darse cuenta de que el mundo no vale la pena.
Por otra parte, a la idea platónica la identificó como grados de representatividad de la cosa en sí en el mundo fenoménico. Al respecto, Platón pensó el mundo de las ideas como aquello perfecto e inmutable, en contraste con el mundo físico en el que solo existen las sombras de lo impoluto. Schopenhauer consideró que Platón se refería a la forma de representación de la voluntad en sus estados más elevados. Por ello, solo los genios y los artistas podían conocer las formas excelentes de manera abstracta y comunicarlas de manera relativa por medio de sus obras. Esto explicaría el motivo de por qué hay tan pocos artistas y filósofos con relación al resto de profesiones, pues este pensador clasificaba a la filosofía como una combinación de ciencia y arte, ya que, mientras el arte explica el mundo de manera abstracta, la filosofía lo hace por medio de conceptos.
Los Beatles: una década de carrera, 13 discos, cientos de canciones. Y un impacto universal que los llevó a lo más alto de la cultura pop.
Imaginemos que es la mañana del 9 de febrero de 1964 y, en una casa cualquiera de Estados Unidos, se enciende la televisión. Medio país contiene el aliento. Cuando aparecen esas cuatro caras risueñas en El Show de Ed Sullivan, más de setenta millones de personas se quedan clavadas a la pantalla.
Así, a media voz —mientras las estrofas de «All My Loving» estremecen el aire—, comienza realmente la historia de TheBeatles: un viaje musical comprimido en apenas una década de audacia sonora y revolución cultural. Como resumió el crítico Richie Unterberger, «fueron el grupo más grande y más influyente de la era del rock, e introdujeron más innovaciones en la música popular que cualquier otra banda del siglo XX». Y no resulta exagerado: aquellos cuatro ingleses habían reinventado las reglas mismas del pop, haciendo sombra a su admirado Elvis Presley.
Los orígenes en Liverpool: de la Caverna al estrellato
En realidad, todo empezó en 1960, en un viejo sótano llamado The Cavern Club, donde unos chicos de orígenes humildes —John, Paul, George y Pete Best— ensayaban versiones de sus ídolos del rock’n’roll con una energía inagotable.
Su paso por Hamburgo curtió a los cuatro músicos. Tocaban siete días a la semana, en muchos casos hasta la madrugada. «Íbamos mejorando y ganando en confianza —contaba Lennon en una entrevista—. Era inevitable, con toda la experiencia que daba tocar toda la noche. Y al ser extranjeros, teníamos que trabajar aún más duro, poner todo el corazón y el alma para que nos escucharan. En Liverpool, las sesiones solo duraban una hora, así que sólo tocábamos las mejores canciones, siempre las mismas. En Hamburgo teníamos que tocar ocho horas, así que no teníamos más remedio que encontrar otra forma de tocar».
Malcolm Gladwell calcula que «cuando tuvieron su primer éxito en 1964, habían actuado en directo unas mil doscientas veces. Para comprender cuán extraordinario es esto, conviene saber que la mayoría de los grupos de hoy no actúan mil doscientas veces ni en el curso de sus carreras enteras. El crisol de Hamburgo es una de las cosas que hacen especiales a los Beatles«.
Cuando Pete dejó paso a un sonriente Ringo, la banda adquirió su forma definitiva, con una química imposible de fingir. Brian Epstein, el propietario de una boutique elegante de Liverpool, advirtió ese magnetismo y, con sus corbatas y modales de gentleman, se los llevó a Londres. En 1962 firmaron con Parlophone y su destino empezó a girar cada más rápido.
El primer destello: «Please Please Me»
Cuando «Please Please Me» alcanzó el número uno en febrero de 1963, nadie sospechaba que aquel single, grabado en apenas diez horas, sería el detonante de la Beatlemanía.
Pensemos en un adolescente escuchándolo por primera vez en una emisora de radio de onda media, preguntándose si eran realmente británicos o fantasmas nacidos de sus propios sueños.
Esa primera chispa prendió la mecha: se inauguraba un fenómeno global sin precedentes. La noticia pronto corrió de boca en boca, de pub en pub, de continente en continente. La histeria creció con fuerza telúrica. Se contaban por cientos de miles los quinceañeros que se arrancaban mechones de cabello para obtener peinados mop-top. Y las fans… bueno, las fans devoraban las portadas con ojos extasiados y corrían tras los Beatles en cada gira como si fueran cometas inalcanzables (Algo que, por cierto, la banda deja bien claro su película¡Qué noche la de aquel día!).
Aquellas camisas ajustadas y pantalones estrechos —un uniforme minimalista para una juventud volcánica— marcaron el inicio de una tercera revolución: la de la moda pop. Cada sencillo que lanzaban trepaba a las listas de éxitos de Estados Unidos en un ciclo tan perfecto como obsesivo: un hit cada seis semanas, un álbum cada tres. En 1965, el rey Jorge VI los condecoró con la Orden del Imperio Británico, saludo definitivo a unos mozalbetes que ya no eran menores de edad.
La transformación sonora: del pop ingenuo al rock psicodélico
Si «Please Please Me» era una sonrisa adolescente, el álbum Rubber Soul (1965) fue la entrada en la edad adulta. Allí emergieron los matices folk, las guitarras acústicas y las letras que hablaban de añoranza más allá del amor adolescente.
Un año después, Revolver añadió la pátina de lo experimental: adelantos de estudio como loops invertidos en «Tomorrow Never Knows» y cuerdas electrificadas que parecían susurros de otra dimensión.
Y en 1967, llegó Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, obra maestra fulgurante que mezcló rock, psicodelia, orquesta de cámara e incluso salmodias orientales. Quien lo escuche con atención descubrirá en cada surco ecos de tradiciones clásicas, pinceladas de sitar y el aliento lisérgico de una generación dispuesta a reinventar la realidad.
Como dijo el propio John Lennon en 1968, «todo cambia. Así que nosotros también cambiamos. Y nuestro público también cambia, todo el tiempo. No intentamos identificar ‘¿A qué segmento de edad atraemos o por qué?’. Pero sabemos que todo cambia, y nosotros también lo hacemos».
Esa consciencia de una mutación constante fue clave para que la banda no se estancara y siguiera explorando nuevos territorios.
George Harrison y la llamada de Oriente
Mientras John y Paul pulían himnos y baladas, Harrison vivía su propia odisea espiritual. Su fascinación por la India, el sitar y el mesianismo de la música hinduista germinó en canciones como «Within You Without You» o «Here Comes the Sun», destellos de una cultura milenaria domesticada por el pop.
Aquel sitar rasgando el aire era, para muchos oyentes, como descubrir que el universo no se limitaba a cuatro acordes, sino que se abría en un caleidoscopio de luz y sonidos multiculturales.
John Lennon, rebelde, divertido y melancólico
Lennon, con su ingenio vivo y su lengua afilada, escribió himnos como «Revolution» y baladas como «Julia» que levantaron pasiones y polémicas. En marzo de 1966, al declarar que los Beatles eran «más populares que Jesús», escandalizó a los norteamericanos, aunque esa frase, sacada de contexto, terminó por demostrar la fuerza simbólica que habían alcanzado.
Tras disolver el cuarteto en 1970, John siguió con su cruzada pacifista: «Give Peace a Chance» e «Imagine» se convirtieron en oraciones laicas para quienes querían soñar con un mundo menos hostil.
Más tarde, en 1980, Lennon reconoció que la banda no podía ser eterna: «Siempre estaba esperando una razón para salir de los Beatles desde que filmé la película Cómo gané la guerra. Simplemente, no tuve el valor para hacerlo. La semilla se plantó cuando los Beatles dejaron de hacer giras y no pude lidiar con no estar en el escenario. Pero tenía demasiado miedo de salir de aquel palacio». En la misma entrevista, añadió otra certeza lapidaria: «Lo que sea que hizo que los Beatles fueran los Beatles también hizo que los 60 fueran los 60. Y cualquiera que piense que si John y Paul se juntaran de nuevo con George y Ringo, los Beatles existirían, está loco. Los Beatles dieron todo lo que tenían que dar, y más».
Paul McCartney, el arquitecto de melodías imperecederas
En el otro extremo, Paul se erigía en el maestro de la nostalgia. Temas como «Yesterday» y «Hey Jude» —escritos al piano, de forma improvisada— se mantenían vivos mucho después de que los amplificadores se apagaran.
Varias generaciones han vuelto a cantar «Hey Jude» al unísono, como si fuera una letanía familiar que alivia cualquier desconsuelo. Pero ese no fue, ni de lejos, el único registro de McCartney. A lo largo del tiempo, su versatilidad con el bajo, la guitarra y el piano, junto a su obsesión por la perfección melódica, demostró que la música popular podía ser tan compleja como la sinfonía más elaborada.
Ringo Starr: el lado más humano de la banda
Y no olvidemos a Ringo, tan discreto como esencial. Su estilo con la batería, sincopado y expresivo, marcó el pulso de clásicos como «Yellow Submarine» y «With a Little Help from My Friends».
Tras esa sonrisa bonachona, que sirvió para limar bastantes asperezas en la sala de ensayos, había un percusionista de gran corazón, lleno de talento, capaz de otorgar a cada canción un latido único.
El ocaso: Abbey Road, Let It Be y la despedida
Las sombras comenzaron a alargarse tras la muerte de Brian Epstein en 1967. Las sesiones de Abbey Road (1969) son un epílogo brillante y melancólico, con «Come Together» como declaración de unidad en medio del caos.
Let It Be (1970), por su parte, es un lienzo de tensiones. Pero pese a los roces creativos y la cercanía del fin, hay destellos de compasión cuando Paul tararea «Let It Be» al piano. El divorcio de la banda fue doloroso. «Fui el tipo que rompió con The Beatles y el bastardo que demandó a sus compañeros», reconocía McCartney en 2020.
Hubo reencuentros, claro. Así, en aquellos discos en solitario que llegaron a partir de 1970 no era raro encontrarse con algún otro beatle colaborando en el proyecto. Así, en el tercer álbum de estudio de Ringo Starr, publicado por Apple Records en 1973, figuran en los créditos George Harrison, Paul McCartney, John Lennon e incluso Billy Preston, el «quinto Beatle».
Preston, no lo olvidemos, participó en las sesiones de Get Back y Abbey Road, y en un homenaje final a la banda, apareció en 1978 como el Sargento Pepper en la película de Robert StigwoodSgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.
Alan Parsons: la herencia sónica del laboratorio Abbey Road
En los mismos pasillos donde germinaba el último aliento de los Beatles, un joven ingeniero llamado Alan Parsons afinaba micros y ecualizaba cintas. Su paso por Abbey Road y Let It Be fue el ensayo de una carrera prodigiosa: años más tarde, Parsons dejó su huella en Dark Side of the Moon de Pink Floyd y, finalmente, creó The Alan Parsons Project.
Aquel técnico resultó ser un alquimista del sonido, heredero de los experimentos lisérgicos de Lennon y del pulido melódico de McCartney.
La contracultura y el legado beatle
Más allá de las listas de éxitos y las multitudes que llenaban los estadios para verlos, TheBeatles alumbraron una forma de entender la cultura que integraba música, actitudes sociales, moda e incluso política.
Así, su influencia en la corriente hippie se tradujo en pantalones acampanados, collares de cuentas y miradas hacia Haight-Ashbury, el distrito de San Francisco donde prosperó esta actitud contestataria. Esa etiqueta pacifista se convirtió en estandarte de «All You Need Is Love».
Frente a la industria discográfica, también generaron una nueva actitud para las estrellas del rock. Bruce Springsteen lo subrayó con admiración: «Los Beatles establecieron las reglas. Y las reglas eran: escribe tu propio material». El guitarrista Carlos Santana, por su parte, sintetizó su dimensión social: «Los Beatles fueron algo más que cuatro músicos extraordinarios; se convirtieron en un fenómeno social y cultural.» Y no menos elocuente fue Bob Dylan, que apuntó hacia lo más importante, su exuberancia sonora: «Para mí, John Lennon y los Beatles fueron una banda de gran diversidad.»
Más de medio siglo después, seguimos descubriendo capas de significado en aquellos discos, como si fuera un tesoro que nunca deja de darnos pistas.
Los Beatles pasan la antorcha a los Stones (y provocan un incendio)
Pero aún nos queda algo importante por contar. En el otoño de 1963, en una esquina cualquiera de Richmond, Londres, la historia del rock presenció una de esas escenas que parecen sacadas de un guion que nadie se atrevió a escribir.
Paul McCartney y John Lennon, aún con el eco de una comida de homenaje en los oídos, se agacharon en un rincón de un club mientras Mick Jagger y Keith Richards observaban, atentos, cómo escribían una nueva canción. «I Wanna Be Your Man» nació allí, garabateada entre el humo y las cervezas, pensada como un regalo rápido para una banda amiga que necesitaba ese tema.
Para los Beatles era algo menor. Para los Rolling Stones, fue una oportunidad de convertir aquel gesto de cortesía en su declaración de intenciones.
Y vaya si lo hicieron. Mientras la versión de los Beatles servía de lucimiento a Ringo y mantenía la fórmula clásica del grupo, los Stones cogieron la misma canción y la empaparon de barro. Brian Jones sacó el slide, Bill Wyman apretó el bajo, y la banda la transformó en una sacudida eléctrica. Ahí estaba ya el germen del sonido Stone: más sucio, más callejero.
Aquel intercambio no solo unió brevemente a las dos bandas más grandes del siglo XX, también dejó claro que sus caminos, aunque paralelos, no iban a ser nunca los mismos.
Casi podemos interpretarlo en clave legendaria. Si los Beatles eran como Apolo —luz, armonía, invención melódica al servicio de una revolución sin estridencias—, los Rolling Stones fueron puro Dionisio: sudor, sexo, oscuridad ritual y catarsis eléctrica.
Los de Liverpool trazaban constelaciones desde el estudio; los de Londres bajaban al fango. Lennon y McCartney escribían como Hermes y cantaban como Orfeo; Jagger y Richards invocaban a Pan con cada riff y le daban la mano a Hades con una sonrisa burlona.
Escritor y diseñador de comunicación, experto en gestión cultural. Doctor en Ciencias de la Información. Ha colaborado en 'ABC', la Agencia EFE, 'El Mundo', 'The Objective', 'Cuadernos Hispanoamericanos', 'Álbum Letras-Artes', 'Scherzo' y otros medios. Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Ha trabajado en el sector editorial y es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.