Hoy en Bloghemia, le traemos a nuestros lectores un escrito de la filósofa Hannah Arendt publicado en su libro La tradición oculta (Paidós, 2004) sobre la figura de Charles Chaplin y el por qué encarna la figura del “sospechoso” y el paria, rescatando la esencia del hombre pequeño frente a las estructuras de poder.
Lo mismo que ha llevado al pueblo judío al resultado desastroso de la completa insensatez política y de una unidad y una solidaridad como pueblo que son una burla de todas las circunstancias modernas, ha producido en la modernidad algo asombrosamente bello y singular: las películas de Charlie Chaplin. En ellas, el pueblo más impopular del mundo ha creado la figura más popular de la época, cuyo carácter popular no consiste en la transposición a nuestro tiempo de antiquísimas y alegres bufonadas sino más bien en la restauración de una cualidad que ya casi se creía muerta después de un siglo de luchas de clase y de intereses: el encanto irresistible del pequeño hombre del pueblo.
Ya en sus primeras películas, Chaplin nos presenta a este pequeño hombre chocando siempre inevitablemente con los defensores de la ley y el orden, los representantes de la sociedad. Sin duda también es un Schlemihl, pero ya no es un príncipe encantado en un país de fábula, y de la protección olímpica de Apolo apenas le queda nada. Chaplin se mueve en un mundo exagerado grotescamente pero real, de cuya hostilidad no lo protegen ni la naturaleza ni el arte, sino solo las artimañas que ingenia y, a veces, la inesperada bondad y humanidad de alguien que pasa casualmente.
A ojos de la sociedad, Chaplin es siempre y fundamentalmente sospechoso, tan sospechoso que la extraordinaria variedad de sus conflictos se caracteriza por tener un elemento común: nadie, ni siquiera el implicado, se pregunta por lo justo y lo injusto. Mucho antes de que el sospechoso se convirtiera en el verdadero símbolo del paria en la figura del «apátrida», mucho antes de que seres humanos reales necesitaran miles de artimañas propias y la bondad ocasional de alguien para simplemente mantenerse con vida, Chaplin ya presentaba, aleccionado por las experiencias de su infancia, el secular miedo judío ante los policías —personificación de un entorno hostil— y la secular sabiduría judía, que en determinadas circunstancias permitió a la astucia humana de David acabar con la fuerza bestial de Goliat. Resultó que el paria, que está fuera de la sociedad y es un sospechoso para todo el mundo, se ganó la simpatía del pueblo, que evidentemente reencontraba en él ese elemento de humanidad al que la sociedad no hace justicia. Cuando el pueblo se ríe de la arrolladora rapidez con que Chaplin confirma lo del amor a primera vista, da discretamente a entender que en su sentir este ideal del amor sigue siendo amor (aunque difícilmente se le permite ya revalidarlo).
Lo que une las figuras del sospechoso y el Schlemihl de Heine es la inocencia. Aquello que resultaría insoportable y falto de credibilidad en argumentaciones sutiles, alardear de sufrir persecuciones inmerecidas, se convierte en la figura de Chaplin en algo entrañable y convincente, pues no se expresa en un comportamiento virtuoso, sino, al contrario, en miles de pequeños fallos e innumerables conflictos con la ley. En estos conflictos se evidencia no solamente que el delito y el castigo son inconmensurables, que desde la perspectiva humana el castigo más duro puede seguir al delito más insignificante, sino sobre todo que castigo y delito son, al menos para el sospechoso, completamente independientes el uno del otro: pertenecen, como quien dice, a mundos diferentes que nunca van al unísono. Al sospechoso lo pillan siempre por cosas que no ha hecho pero también, como la sociedad lo ha desacostumbrado a ver la relación entre el delito y el castigo, puede permitirse muchas más cosas, puede deslizarse entre las redes de leyes que con su espesor atraparían a cualquier mortal normal.
La inocencia del sospechoso, que Chaplin siempre plasma en la pantalla, no es un rasgo de carácter, como ocurría en Heine, sino expresión de la peligrosa tensión que siempre supone aplicar las leyes generales a las fechorías individuales, una tensión que bien podría ser tema de una tragedia. Si, en cambio, esta tensión en sí misma trágica puede resultar cómica en la figura del sospechoso es porque sus hechos y fechorías no tienen ninguna relación con el castigo que le sobreviene. Tiene que sufrir por mucho más de lo que ha hecho porque es sospechoso, pero como está fuera de la sociedad y acostumbrado a llevar una vida que la sociedad no controla, muchos de sus pecados también pueden pasar desapercibidos. De esta situación, en que el sospechoso siempre se encuentra, nacen a la vez el miedo y el descaro: miedo de la ley, porque esta es como una violencia de la naturaleza, independiente de lo que uno hace o deja de hacer; descaro disimulado-irónico ante los representantes de dicha ley, porque uno ha aprendido a protegerse de ella como se protege uno de los chaparrones (en agujeros, resquicios, grietas, que se encuentran con tanta más facilidad cuanto más pequeño se hace uno). Es el mismo descaro que también nos cautiva de Heine, pero ya no despreocupado sino inquieto y preocupado, ya no el descaro divino del poeta que se sabe fuera de la sociedad y superior a ella porque tiene un pacto secreto con las fuerzas divinas del mundo, sino el descaro asustado que tan bien conocemos por innumerables historias populares judías, el descaro del judío pobre y pequeño que no reconoce las reglas del mundo porque no es capaz de divisar en ellas por sí mismo ni orden ni justicia.
En este judío pequeño, inventivo y abandonado del que todos sospechan se vio reflejado el hombre pequeño de todos los países. Al fin y al cabo también este había estado siempre obligado a esquivar una ley que en su sublime llaneza «prohíbe a pobres y a ricos dormir bajo los puentes y robar pan» (Anatole France). En el pequeño Schlemihl judío veía a su igual, veía grotescamente exagerada la figura que él mismo era un poco (como bien sabía). Y así pudo reírse inofensivamente de él mismo, de sus desventuras y sus remedios cómico-astutos; hasta que tuvo que enfrentarse a la extrema desesperación del desempleo, a un «destino» frente al que todos los ingeniosos trucos individuales fracasaban. A partir de ese momento la popularidad de Chaplin se hundió rápidamente, ya no por el antisemitismo creciente sino porque su humanidad elemental ya no tenía vigencia, porque la elemental liberación humana ya no ayudaba a vivir. El hombre pequeño había decidido transformarse en un «gran hombre». El preferido del pueblo ya no era Chaplin, sino Superman. Cuando Chaplin intentó en El gran dictador hacer el papel del Superman monstruoso-bestial, cuando contrapuso en un doble papel al pequeño y al gran hombre, cuando al final se arrancó la máscara e hizo emerger del pequeño hombre al Chaplin ser humano real para mostrar al mundo con una seriedad desesperada la sencilla sabiduría del hombre pequeño y hacerla otra vez deseable, apenas le entendió nadie (a él, que había sido el preferido de todo el mundo habitado)
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| Hannah Arendt 1958 |
Hannah Arendt (Linden-Limmer, 14 de octubre de 1906 - Nueva York, 4 de diciembre de 1975) fue una filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora[3] y teórica política[4] alemana, posteriormente nacionalizada estadounidense, de religión judía y aunque ella no se hacía llamar como tal,[3] puede ser considerada como una de las filósofas más influyentes del siglo XX.[5][6][7]
La privación de derechos y persecución en Alemania de judíos a partir de 1933, así como su breve encarcelamiento ese mismo año, contribuyeron a que decidiera emigrar. El régimen nacionalsocialista le retiró la nacionalidad en 1937, por lo que fue apátrida, hasta que consiguió la nacionalidad estadounidense en 1951. No obstante (y a pesar de esta experiencia) Arendt no denunció el modelo de segregación racial estadounidense en que se inspiraron los nazis, el sistema Jim Crow, sino que adoptó posiciones críticas frente al movimiento por los derechos civiles, como demuestra su polémica intervención en el debate sobre Little Rock.[8]
La tradición oculta
La historia de su publicación confiere a estos escritos una importancia que va más allá de su contenido concreto: la mayoría de ellos se remontan a Sechs Essays (1948), la primera obra publicada por la autora en la Alemania de posguerra. De este modo, este volumen también testimonia la voluntad de Hannah Arendt de contribuir, desde una perspectiva decididamente judía, al análisis crítico del pasado que comenzó en Alemania después de 1945.
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