La autora de "La rebelión de los náufragos" reflexiona 10 años después de la primera edición del libro y asegura que la destitución de Carlos Andrés Pérez no fue un triunfo democrático, como lo presentaron, sino una conjura política
El 8 de noviembre de 1992, José Vicente Rangel publicó en su columna dominical “Los Hechos y los Días”, en el diario El Universal, un dato sobre la última operación de la Oficina del Régimen de Cambios Diferenciales (Recadi), que involucraba al entonces presidente Carlos Andrés Pérez en un aparente acto de corrupción con la partida secreta del Estado. La denuncia fue explicada esa noche en el programa de Rangel en Televen y contó con el respaldo de otros columnistas, entre ellos Andrés Galdo. En menos de una semana, la noticia sin confirmar se difundió entre los principales medios de comunicación. Así empezó a correr la pólvora que explotó el 20 de mayo de 1993, con la defenestración del presidente por la Corte Suprema de Justicia.
Las lecturas inmediatas interpretaron al suceso como un triunfo del Estado liberal venezolano, pues, por vías institucionales se despojó al mandatario en un país de tradición autoritaria. Una situación inédita.
Manuel Caballero escribió al respecto: “Nunca en la historia de Venezuela había funcionado con tanta evidencia el esquema del Estado liberal, la idea del equilibrio de los Poderes”. Incluso, uno de sus protagonistas, Nelson Chitty La Roche, presidente de la Comisión de Contraloría que investigó el caso desde el Congreso de la República, publicó un libro que se agotó en su primera edición: 250 millones. La historia secreta, por la editorial Pomaire.
Casi un par de décadas más tarde, en medio de las consecuencias de aquel hecho –y como suele pasar en la historia–, las visiones cambiaron. Por eso, la periodista Mirtha Rivero publicó una investigación que narra la otra versión de los hechos. La rebelión de los náufragos salió de la imprenta en octubre de 2010 bajo el sello de la Editorial Alfa y, de acuerdo a la etiqueta de su cubierta, ha vendido más de 30.000 ejemplares. En 2020, al cumplir 10 años, el trabajo sigue generando preguntas que todavía no tienen respuestas. Su autora está residenciada en México, pero la pandemia del coronavirus la confinó en España, y desde ese país aceptó la entrevista, aunque prefirió evitar opinar sobre asuntos de la actualidad política nacional.

La rebelión de los náufragos es un riguroso trabajo de investigación periodística que narra con entrevistas y crónicas la conjura de varios sectores influyentes en la sociedad contra el segundo período de gobierno de Carlos Andrés Pérez. Ellos, desde la visión de Rivero, más allá de sus intereses y diferencias ideológicas, se unieron en una componenda contra Pérez, quien intentaba ejecutar un programa de modernización política y económica, alejado de su partido y de lo que había sido su primer gobierno.
—¿Quiénes son los náufragos? Los náufragos fueron todos aquellos que tenían facturas pendientes desde 1945, cuando los adecos los sacaron del poder. Esos que no llegaron a ser ministros en los sesenta, que vieron interrumpida su posible elección como presidentes. O los que fueron botados durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez en los setenta. Los náufragos fue esa gente que estaba resentida, que se juntó con los críticos al gobierno, con los adversarios legítimos al modelo económico y político propuesto por Pérez en 1989. Son los resentidos de la democracia.
—Ha pasado una década desde la publicación y cerca de 30 años de los sucesos allí narrados, ¿tiene vigencia todavía el libro?
—Creo que sí, para entender un poco el pasado reciente de los venezolanos, no solo de Venezuela, sino de los venezolanos, de lo que hemos sido capaces de hacer y también de destruir. Siempre es importante conocer el pasado. No es que siga vigente mi libro, sino la necesidad de conocer bien y de hurgar más en la historia reciente. Que busquemos otras fuentes. Estos 21 años han sido de reescritura de la historia, es por eso que debemos irnos a estudiar otras voces distintas –a las que desde hace 21 años están en la palestra– para poder entendernos. Creo que desde ese punto es importante, sea este u otro libro, pero que hable sobre nuestro pasado democrático.
—Es un libro que presenta otra cara de la moneda y salió en un momento cumbre: el chavismo estaba en su apogeo en 2010. ¿Cómo fueron las reacciones? ¿La gente del gobierno de Chávez lo leyó?
—José Vicente Rangel lo leyó y dijo que estaba muy bien escrito pero que estaba sesgado, no dijo más nada. Sí lo han leído, de hecho, hasta en Aporrea han citado cosas, pero no saben lo que están citando, no entienden lo que significa. Para el gobierno, eso era como el pasado. No es que es la otra cara de la moneda, es otra versión de aquellos hechos, basada en los testimonios de la gente. Fue muy leído y comentado, y el tema no era Carlos Andrés Pérez que en aquel momento estaba execrado, de hecho, ya tenía varios años con su salud deteriorada. Yo al principio pensé que no iba a ser motivo de mayor discusión, sin embargo, tuvo muy buena receptividad.
—Del otro lado también hubo reacciones, Nelson Chitty La Roche, por ejemplo, lo llamó panfleto en una entrevista que le hice hace dos años
—A Nelson Chitty La Roche no le gustó, y es porque su libro parte de una base completamente errada, y por eso no le di mayor cabida en el libro. Porque además yo cuando busco un dato trato de confirmarlo, de verificar que la información sea confiable. Un libro con una base falsa pierde todo el respeto para mí. Trato de señalarlo si lo tengo que hacer. No lo ataco, pero tampoco puedo basarme en mentiras, en cosas que no están probadas. ¿Qué es lo peligroso? Que se destituyó a un presidente y nunca se llegó a saber lo que pasó, porque no se permitió. No fue polémico, pero sí muy conversado.
—¿Cuál es la base falsa de la que parte el libro de Chitty La Roche?
—Él planteaba que hubo corrupción, que los recursos fueron destinados indebidamente. Hay una cosa que para mí era importante, y es lo que dicen los abogados especialistas en el tema: la partida secreta es secreta. No tienes que divulgarla, a menos de que pruebes que no era la partida secreta. Los que demandaron, el fiscal y los denunciantes, no pudieron demostrarlo. Lo que se hizo fue utilizar ese pretexto, ese supuesto delito que ni siquiera pudo ser estudiado porque se fueron por las ramas, porque la sentencia era otra cosa y nunca se pudo saber qué pasó. El famoso cheque fue anulado, nunca fue cobrado porque era un error, no podían quedar testigos porque era parte de la partida secreta, pero alguien le sacó una fotocopia y lo guardó, pero utilizaron el cheque que no estaba anulado. Primero decían que era para otros gastos, pero al final se terminó diciendo que era para la entonces presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro, pero ella es de 1990. En fin, todos los países tienen su partida secreta por seguridad y defensa, es algo normal.
—Manuel Caballero calificó al episodio como el cénit del Estado liberal venezolano, porque en un país de tradición autoritaria, se destituyó a un presidente de manera institucional
—Yo creo que hubo mucha gente desinformada que, en aquel momento, pensó que se estaba dando un gran paso para la democracia. Ese hubiese sido un momento crucial de la democracia si se hubieran utilizado los instrumentos democráticos realmente para probar un hecho delictivo. Lo que se hizo fue amañar un juicio. Hubo una ponencia que prácticamente era una copia calcada de la denuncia que hizo el fiscal. No hubo una investigación. Tú veías que en la misma ponencia se redactó que había que destituir a este señor por esto y por esto, porque había indicios de corrupción, porque sabemos cómo es que actúan los políticos. O sea, tú no puedes saber, tienes que probar. Si el cheque fue anulado, ¿cómo vas a decir que ese dinero se lo robaron? Manuel Caballero fue una persona muy crítica, pero creo que hubo mucha desinformación en aquel momento. Hubo mucha gente que no leyó suficientemente, que no conoció los entretelones de todo.
—Es decir, fue una componenda
—Sí, hubo un grupo de gente que estaba interesada en desestabilizar a Pérez, porque cada quien estaba serruchándole las patas a la presidencia. A veces, ni siquiera eran concordantes, eran aliados circunstanciales, sin quererlo, pero se unieron y eso es lo que yo digo que fue la componenda. Hubo gente que sabía, de antemano, que lo de la partida secreta no era motivo para llevarlo a juicio y siguieron. Aun sabiendo que era un error, la gente siguió. Se aprovecharon de la crisis política, que después produjo una crisis económica. Por eso no creo que aquel momento haya sido el cénit de nuestra democracia, al contrario, fue un momento muy doloroso, porque se sacó a un presidente nueve meses antes de terminar su mandato, pero por mala maña, sin un juicio justo, sin argumentación. De lo contrario, hubiera sido un momento importante para la democracia, como Nixon, por ejemplo.
—De hecho, lo han comparado con el escándalo Watergate
—Sí, pero no hay punto de comparación entre un personaje y el otro.
—Había gente de tendencias ideológicas contrarias, Carlos Andrés batalló contra la izquierda y contra la derecha, incluso contra su propio partido. ¿Cuál de todos esos grupos fue su principal adversario?
—Creo que sería muy fácil decir cuál fue el principal. Sí, hubo diferentes personalidades, diferentes grupos, pero yo creo que, si tuviéramos que elegir a uno, tendría que ser la misma sociedad venezolana. Fue esa sociedad la que le dio base para que eso tuviera cancha, para que tuviera, inclusive, poder. La gente se comió todo ese cuento, fue la gente la que creyó que todos los políticos eran corruptos, que la corrupción era el principal mal que había en el país, que los empresarios eran los que debían mandar porque los políticos no sabían. La misma sociedad que aplaudió cuando sacaron a Carlos Andrés Pérez, fue la misma sociedad que votó por Carlos Andrés Pérez, que votó por Rafael Caldera y que después votó por el otro en 1998. Buscaban un salvador y no creyeron en el trabajo de equipo que fue lo que se intentó hacer –no muy bien– en el gobierno de Carlos Andrés Pérez.

—Los medios de comunicación jugaron un papel importante, fueron los intermediarios, tal vez, de esa intención que había y la sociedad. Empezando con el artículo de José Vicente Rangel que fue la chispa
—Lo de José Vicente Rangel no fue un artículo, fue una denuncia. No era un trabajo de investigación, él se vendió como periodista, pero lo que él tenía era un dato, una persona que le daba datos y él sólo los acomodaba. Eso fue algo creado por alguien, muy mal intencionado, que desde 1989 guardó eso. Y los medios son expresión del país, los medios no son los que tumban a Pérez. Los medios sólo forman parte, así como formaron parte los políticos de Acción Democrática y los de Copei, la izquierda, los empresarios, son parte de la sociedad. Lo que pasa es que como algo salía en pantalla la gente decía “Ah, ellos fueron los que tumbaron a Pérez”, pero no. Ellos son expresión de lo que somos los venezolanos, ellos transmiten lo que decían los venezolanos: que los políticos eran unos corruptos, vividores, que los buenos eran los empresarios. Los intelectuales viven en una nube y no saben cómo se maneja la política. Para hacer política se tiene que ser político, hay buenos y malos políticos, así como hay buenos y malos mecánicos. Eso fue lo que pasó, que se estigmatizó todo. Los medios de comunicación no fueron los responsables de la salida de Carlos Andrés Pérez. Son expresión de la sociedad por comisión, por omisión, por rating.
Los empresarios sí fueron fundamentales en la caída de Carlos Andrés Pérez porque no creyeron en él cuando hizo su reforma económica. El proceso de modernización económica del país no fue bien vendido por parte del gobierno. Y la sociedad nunca quiso comprarlo, porque la sociedad quería que el gobierno la siguiera manteniendo. Cuando hablo de la sociedad hablo de los empresarios, de los banqueros, y también de la clase media, de los niveles más bajos. Todo el mundo quería que el Estado los mantuviera.
—Eso venía, paradójicamente, por el mismo Carlos Andrés Pérez, porque en su primer período de gobierno fue muy estatista
—Claro, porque era la concepción que había en aquel momento, la de la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), del Estado interventor, de que el Estado debía dar todo y eso. La cosa es que fue un error lo que pasó en aquel momento y muchos creyeron, pero así pasó.
—Pérez pareció ir siempre para adelante, no quiso escuchar
—Carlos Andrés Pérez se sobrestimó. Él creyó que podía llegar a más y que él solo podría hacerlo. Subestimó la reacción de la gente que estaba en su contra. Él pensó que podía manejarlo. Era un demócrata, por eso se separó del cargo antes de que el Congreso lo aprobara. Creo que la reelección fue un error. Él llegó a la presidencia con un instinto político distinto, por ejemplo, en el asunto militar. Él creyó que como había sido el policía implacable contra la guerrilla, pensó que tenía esa materia aprobada. Eso pasa también porque ya estaba mayor, y eso tal vez influyó. Al haber tanto trecho entre ambos gobiernos, las capacidades no eran las mismas, el momento histórico también era diferente. Él quería seguir en la política, ese pudo haber sido el error. Él se sobrestimó y subestimó, al contrario.
—Carlos Andrés dijo, en ese discurso final: “Hubiera preferido otra muerte”. Sin la defenestración, ¿la historia hubiera sido diferente?
—El «hubiera» no existe. Una vez le preguntaron a Henry Kissinger qué hubiera pasado si no hubieran matado a Kennedy y él respondió eso: “El hubiera no existe”. El gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992 ya había superado el momento difícil de la aplicación del programa económico, ya habían hecho las primeras elecciones de gobernadores y alcaldes, es decir, había empezado el proceso de modernización política y eso implicó un cambio, dibujó roces entre todos los partidos porque se les quitaba el control a las cúpulas para manejar los liderazgos, por eso no sé qué hubiera pasado. Independientemente de que a un grupo le salió bien la trampa del cheque, había muchos sectores que estaban en contra de la modernización de la economía y de la política. Los militares no entendían eso tampoco, entre ellos mismos se peleaban y había bandos. No sé a qué hubiera llevado todo eso, lo que sí sé que eso que pasó estuvo mal, fue incorrecto. No soy novelista, si fuera novelista te hubiera contestado el hubiera (risas).
—Ante el escenario político de hoy, ¿qué aprendimos de eso? ¿La clase política actual es diferente a la de aquella época, son comparables?
—Lo que hay ahorita no se parece en nada que hayamos conocido. Uno puede siempre pensar que no habrá algo peor pero la única certeza es que esto puede ir para peor. La democracia venezolana tuvo grandes líderes, un período brillante, llegó un momento en el que necesitaba remozarse, lo que llegó a los noventa fue por el embrión que vino de sus primeros quince años. Creo que había muchos más estadistas, eso es evidente. Sí había corrupción, pero no hay punto de comparación con lo que hay ahorita. No tiene nada que ver con lo que conocimos ni con lo que uno conoce. No hay forma de catalogarlo, de ubicarlo en las concepciones que uno traía, por eso es tan difícil de comparar. Lo que existe ahorita es peor que todo.
—Al final, ¿los náufragos se ahogaron o se salvaron?
—El país se ahogó con los náufragos. A ellos los arrastraron, algunos todavía están muy bien, llegaron hasta ahorita, pero el país naufragó con ellos. Ellos no podrían hacer nada si la sociedad no les daba el piso. Ellos naufragaron.
https://elestimulo.com/de-interes/2020-11-06/la-rebelion-de-los-naufragos-mirtha-rivero-cap/
Primer capítulo de la Rebelión de los Náufragos, de Mirtha Rivero
Tal día como hoy se cumplen 20 años de la defenestración de CAP. Transcribo para vosotros el primer capítulo de un excelente libro de Mirtha Rivero en la cual se narra la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, mi intención no es reivindicarlo, sino rescatar la memoria histórica de quien fuera el presidente más controversial del período de la mal llamada cuarta república.
sin más preambulo aqui les dejo el primer capítulo de la «Rebelión de los náufragos»
Es difícil saber lo que hizo o pensó durante las últimas horas que pasó en su despacho. Queda imaginar, especular, inventar. A las tres y media de la tarde, los objetos personales habían desaparecido de la vista. Esa misma mañana, en menos de noventa minutos, un comando invisible había barrido todo rastro de su paso por allí. Todo testimonio de su devenir público, de su historia oficial. La única historia que, por cierto, tenía cabida en ese espacio, por lo menos en lo que se refería a los cuerpos inanimados. La vida privada era –o él hubiese querido que fuera– privada, no se exponía en papeles, chécheres o portarretratos, y en esa oficina pública no podía haber sino vestigios de su recorrido público. De su trasiego político. De su tuteo con el liderazgo mundial. Esas fueron las huellas que recogieron de la sala esa mañana. El comando sigiloso se había llevado la colección de fotos en donde aparecía al lado de Felipe González, Jimmy Carter, el rey Juan Carlos, Willy Brandt, el jeque árabe de nombre enredado y como media docena de fotos más. También cargaron con los libros de biografías, y por supuesto –fue lo primero que se llevaron– con el busto de Abraham Lincoln y el altorrelieve con la cara de Simón Bolívar. Nada más quedaban, como testigos mudos de otra época, la silla sobreviviente a su primer gobierno –y que Cecilia había mandado a retapizar–, el inmenso globo terráqueo que François Miterrand le regaló en la visita que hizo a Caracas y un revólver calibre treinta y ocho que reposaba –íngrimo– en el centro del escritorio, como la seña más clara de que había llegado la hora de salida. Porque un arma –era su creencia– no es para andar exhibiéndola.
Las armas no son ornamento ni prueba de hombría. Lo había aprendido muy temprano, oyendo las historias de la guerra colombiana de los mil días que le contaba su tío, el general Manuel Rodríguez, y lo comprobó en carne propia mucho después, durante los diez años de resistencia, clandestinidad y exilio que empezaron en 1948, cuando los militares derrocaron a Rómulo Gallegos y él pretendió aguantar en Maracay instalando un gobierno de emergencia. Desde esos tiempos en que lo perseguían empezó a familiarizarse con las armas; tanto, que cuando cayó la dictadura y debutó la democracia las siguió teniendo cerca. Había un revólver escondido en el cajón de la mesa de noche –bajo llave– cuando estaba en la casa o, si era Presidente y estaba en Miraflores, en la minúscula gaveta que se asomaba discreta por debajo de la mesa que una vez había sido de Rómulo Betancourt. Esta vez el revólver estaba sobre el escritorio. Lo acababa de sacar de su escondite porque ya se iba. Había llegado la hora de cierre. Se iba pese a que no eran las nueve ni las diez o las once de la noche. Se iba aunque afuera, en la calle, el sol quemara y faltaba para que cayera la tarde y entrara la noche. En verdad todavía tenía una hora, hora y media por delante para irse, pero eran pocos los minutos que le quedaban para estar solo y despedirse de esas paredes. Pronto llegaría la marabunta; había que alistarse.
El barbero de Palacio acababa de salir. Concluido el almuerzo lo mandó llamar como lo había hecho tantas otras veces en medio de una agenda complicada, porque debía recibir a un visitante distinguido. Por más atosigado que estuviera no gustaba de aparecer desgreñado y descompuesto, dando muestra de azoro. Si había llamado al peluquero en momentos menos trascendentes, cómo no hacerlo a esa precisa hora. ¿Cómo no llamarlo por última vez? Es más, así llenaba su horario en medio de una jornada tan pobre y desleída como la que había tenido ese día. Y es que por más empeño que había puesto en fijarse actividades, tareas y reuniones, el esfuerzo era en vano. Muy poco, casi nada, le quedaba por hacer y esa certidumbre lo asolaba. La representación inútil de un florero frente a una ventana se le venía a cada tanto a la cabeza como una alucinación. Odiaba la idea de ser tratado como adorno. O peor: como estorbo. Toda la vida se había enorgullecido de ser un hombre de acción, un ser que actuaba, que hacía, que se ocupaba. No fue gratuito que en la primera campaña se vendiera como el hombre que camina. La frase, más que un lema publicitario, más que un jingle, resumía su carácter. Más que un tipo atorado, terco y obstinado –que lo era– se reconocía como un tipo que ejerce, que ejecuta, que conjuga en primera persona el verbo hacer. Porque es de espíritus flojos, pacatos y débiles detenerse, quedarse inmóvil. Es contrario a su estilo inhibirse o retraerse ante los tropiezos. Grandes o pequeños. Si se cae un botón de la camisa y Blanca no anda por ahí, él solito agarra y se cose el botón; si necesita la copia de un documento, nada le impide manejar la fotocopiadora; si le dicen que no vaya al Congreso porque le van a boicotear su entrada y que lo mejor es no ir y dejarlo para después, pues él va, y armado, por si acaso. Siempre hay algo que hacer, que se puede o que se tiene que hacer. Siempre, menos este día.
Pretendiendo huirle a la inacción había pensado presentarse esa tarde en el Parlamento para demandar, él mismo, a los senadores que aprobaran por unanimidad el juicio. Sería un lance emotivo, dramático, digno de grandes titulares. Pero también –lo pensó mejor– una ocurrencia estéril, y a lo mejor contraproducente. No faltaría el resentido que, queriendo humillar, iba a pedir la palabra después de él. Y no, no iba a brindar esa oportunidad. No iban a caerle encima otra vez. No más. Lo prudente era domesticar los impulsos y recoger las alas hasta nuevos tiempos. Además, qué tanta novedad iba a recitar. Qué más quedaba por decir. ¡Qué vaina! Esta vez tampoco se despediría como lo había planeado. En 1979 fantaseó con la imagen de entregar la banda e irse a pie desde el Congreso hasta la sede del partido. Sería un largo trecho, rodeado de gente, de pueblo que en el trayecto se le uniría. Al llegar, el partido lo recibiría con aplausos, inclinándose ante su jefatura. Eso quiso, eso imaginó pero no pudo, porque se dio cuenta de que entre sus compañeros no había interés en recibirlo con honores. Le achacaban que no puso lo que le tocaba para que Acción Democrática ganara las elecciones y que, encima, cuando perdieron, se apresuró en admitir el triunfo ajeno. No lo perdonaban. Había mucho reconcomio, y en vez de homenajes se estaban cociendo intrigas. Por eso no cerró como quiso su primera presidencia. Se quedó con las ganas. Y tampoco iba a poder en la segunda. Parecía una maldición. Lo que restaba era mantener el aplomo. Guardar las apariencias.
Ajustó el nudo de la corbata, tiró el saco hacia abajo y lo cerró abrochando un solo botón. El semblante ya estaba entrenado para lo que venía, pero por si acaso revisó. El ceño no debía revelar inconveniencias. No era hora para descubrirse molesto, aunque lo estuviera, o triste, que también lo estaba, o impotente o sorprendido o herido o desarmado. Ni un atisbo de su ánimo, de su verdadero ánimo, debía traslucirse. Suficiente con la alocución de la noche anterior. Había que mostrarse sobrio, sereno, firme. Entero. Prohibidos los hombros caídos. Pronto le tocaría despedirse formalmente de su equipo. Pronto llegaría el ejército invasor. En cuestión de minutos comenzaría el desfile y había que seguir el libreto. Apretón de manos, saludo cordial, firma del acta, nuevo apretón de manos, abrazo de rigor, otros apretones más allá, quizá un beso en alguna mejilla, y ya. Sin fanfarrias, sin fausto o aparato. Sin discurso. Cerraba el mes más largo de su vida. De su historia. Tanto de la pública como de la privada. El mes más largo, y eso que apenas habían pasado veintiún días.
La fecha exacta: 21 de mayo de 1993.
***
Moraima –todavía con rastros de trasnocho en el cuerpo– buscaba la noticia en la televisión. Se había acostado a las dos de la mañana, pero la emoción no la había dejado reposar. A las siete ya estaba fuera de la cama, con un café en la mano enfrente del televisor. Desde entonces casi no se había despegado de la pantalla y, a pesar del aporreo, estaba feliz. Ese día no iría a trabajar. Lo había pedido con anticipación porque cumplía cuarenta años y quería celebrar de una manera distinta esa fecha. Iniciaba una nueva etapa en su vida y no quería inaugurarla encerrada en una oficina rodeada de folios y carpetas. Tenía pensado un amanecer diferente, una celebración especial. Pero ni soñaba con lo especial que terminó siendo. Había comenzado a festejar en la víspera, cuando el jueves a las cuatro de la tarde, estando en el trabajo, se enteró de la novedad: «Con nueve votos a favor y seis en contra –leyó en cámara un tipo de rostro grasoso y lentes que le resbalaban en la nariz– la Corte Suprema de Justicia en sala plena declara que hay méritos suficientes para el enjuiciamiento del Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez Rodríguez…».
El tipo con lentes no había terminado de hablar cuando un aplauso fuerte y compacto arropó el resto de su discurso. Al magistrado Gonzalo Rodríguez Corro sólo se le veía la cara brillante enmarcada entre un enjambre de cables y micrófonos. Menos de cinco minutos tardó en leer la decisión. A Moraima le entraron ganas de salir corriendo a pegar lecos por la ventana, animada por un alboroto que venía de la calle a la altura de la esquina de Gradillas. Hasta su oficina llegaron los vivas y los cánticos que, como parte de la fiesta, invocaban el nombre de un militar preso. Ella no salió a gritar en ese momento, pero tampoco se quedó sin darse el gusto: en la noche, después de oír el discurso que dio el Jefe de Estado por cadena nacional, chilló de lo lindo desde el balcón de su apartamento en Santa Paula. En su concierto la acompañó su marido, que golpeó sin cesar y sin piedad el fundillo de una sartén. Los dos estaban felices, pero Moraima más; estaba tan contenta que hasta le entraron deseos de lanzar cohetes. Ella, que tanto miedo le tenía a los juegos pirotécnicos desde que, siendo muchachita, se quemó la mano con una luz de bengala. Ella misma se sintió tentada a raspar un fósforo para prender la mecha de un tumbarrancho. Sería una buena manera de empezar su fiesta, se dijo. Tirar cohetes para celebrar una nueva etapa. La suya y la del país. Era el inicio de su cuarta década de vida y el inicio de otra época en la vida del país. No le cabían dudas de lo que venía. El anuncio abría un horizonte de esperanzas, y por sí solo constituía el mejor obsequio que podían darle por su cumpleaños. Ni que lo hubiera encargado. Y esa noche, en los ratos en que no estuvo asomada al balcón o viendo las noticias transmitidas en vivo, se colgó al teléfono para comentar que la renuncia del Presidente –aunque el Presidente no había renunciado pero era como si lo hubiera hecho– era el presente más bonito que le habían dado. En cuanto agarraba la bocina, cada vez más achispada por la champaña, machacaba: es mi mejor regalo.
Aquello era histórico. Nunca imaginó que viviría para presenciar un hecho parecido. Harta de los partidos y de sus dirigentes, se había convertido en una escéptica. Descreía del sistema democrático, o cuando menos de su evolución. Desconfiaba de todo y de todos. Para ella todos los políticos eran corruptos y todos los jueces se podían comprar; lo que hacía falta era que le llegaran al precio. Por eso estaba convencida de que, al final, los magistrados de la Corte no le iban a dar luz verde al juicio en contra del primer mandatario nacional. Era imposible, decía. Ni en Por estas calles se había visto. Cómo iba a suceder en la vida real, en la vida de verdad, verdad. No ocurriría nada, había predicho, porque nunca ocurre nada en este país. Todo el mundo roba y roba y se sale con la suya. Nadie paga. Esa era una de sus verdades absolutas. Pero se equivocó. Un día antes de cumplir cuarenta años, la misma Corte de la que tanto despotricaba la había sorprendido. Y ella estaba feliz de haberse equivocado.
Para estar guindando, mejor caer, aseguraba. No encontraba inconveniente en que sacaran al Jefe de Estado antes de tiempo, sobre todo si, como decían, había robado una millonada. Y si no lo había hecho, como se atrevía a cantar uno que otro jalamecate, se vería después. Para averiguar lo que se debía averiguar estaba el juicio que se iba a abrir enseguida. En el tribunal se vería quién tenía razón, pero mientras tanto, lo mejor que podía pasar era que el mandatario esperara afuera. Afuera del gobierno, desprovisto de poder y privilegios, como un mortal cualquiera. Bastante se había prolongado la agonía. Las crisis hay que atacarlas rápido, y esta se había demorado demasiado. Nada peor que un país dando tumbos. Era una majadería pretender esperar los siete meses que faltaban para las elecciones, si la solución al atajaperros en que vivían metidos podía encontrarse antes. Sin golpe, sin muertos, sin hecatombe. Ya estaba bien de dar largas al asunto, que para eso es para lo único que sirven los leguleyos. Para argumentar y contraargumentar y buscar resquicios por donde evadirse. Claro que es lógico que el gobierno maneje un presupuesto para seguridad y defensa, y por supuesto ningún gobierno, ni este ni el de Tucusiapón, lo anda divulgando. Eso es una cosa, pero otra muy diferente es que ese presupuesto no pueda auditarse. Que ese dinero no tenga control. Alguna vigilancia debía tener esa plata porque de lo contrario nadie garantiza que no sea desviada para chequeras personales, o comprar una casa para la querida o pagar los gastos de una coronación que nadie pidió.
Moraima estaba acelerada por la avalancha de acontecimientos, y ese viernes en la tarde todavía quería más. Permanecer pegada a un televisor no era la manera que había imaginado para festejar su cumpleaños, pero sin duda fue la mejor. Ya había visto la sesión del Senado que aprobó el juicio al Presidente, y rio de lo lindo con la discusión que se prendió por el detalle del tiempo que debía mandar el sustituto que nombrara el Congreso. «¡Esto es el acabóse! –exclamó–, antes de votar por el juicio se guindan de las greñas para decidir los días que dura la suplencia». Vio también la ceremonia en donde los congresistas juramentaron al suplente, con banda marcial, himno y hasta discursos. El encargado habló de hora trascendental, de duros embates, de resistencia democrática, de la madurez de las Fuerzas Armadas que son ejemplo para América Latina, y, por supuesto, de la carambola que hizo que, ahora sí, le impusieran el collar de la Orden del Libertador y le entregaran la llave de la urna donde están sus huesos.
–Se nos ofrece la ocasión –decía desde el congreso– para insistir sobre la naturaleza perfectible del sistema, más allá de las aventuras que sólo producen trauma y sobresaltos. Este mandato provisional no lo he buscado ni deseado y me corresponde asumirlo. Actuaré con la firmeza que la situación demanda… No he de actuar como hombre de partido en este trance tan difícil…
Moraima también vio los disturbios a las afueras del Congreso en donde hubo insultos, agresiones y gases lacrimógenos. Y la carretilla de declaraciones que se ofrecieron: ministros, políticos, empresarios, dirigentes vecinales, periodistas, buhoneros, oficinistas y hasta chicheros opinaron sobre el trascendental momento. Ella había visto casi todo lo que difundieron los canales, pero todavía deseaba ver más. Le faltaba el acto de traspaso de mando. Quería mirar las caras, reparar en los gestos, oír las últimas palabras. Quería más, mucho más. Quería ver al mandatario derrocado salir de la casa de gobierno.
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A un cuarto para las cinco de la tarde, en el Palacio de Miraflores el aire era espeso. Había desaparecido la incertidumbre y el nerviosismo de los días anteriores, dando rienda suelta a las caras largas, las conversaciones en voz baja y el desmayo ante el peso de los hechos. Secretarias, taquígrafos, mensajeros, analistas, mesoneros, electricistas y bedeles, desafiando la norma, estaban reunidos en el pasillo principal que lleva a Presidencia. En grupitos de cuatro y cinco, esperaban la salida de quien fue su jefe durante más de cuatro años. Conversaban en susurros sin prestar atención al ruido que salía impertinente de los dos televisores que estaban encendidos muy cerca. No había funcionarios de alto rango entre ellos; sólo se distinguía Rosario Orellana, viceministra de la Secretaría, que se acercaba presurosa por el corredor hasta apostarse a un lado de una columna y de un muchacho de ojos rayados, de nombre Javier, que la saludó como saluda un subalterno. Aparte de ella, los contertulios, incluido Javier, eran rasos, rasos. Los grandes personeros–ministros y militares– estaban adentro, aguardando un llamado en la antesala del despacho. A ellos todavía les quedaba oficio por esa tarde. Tras la firma del acta y la despedida, deberían reunirse con el nuevo Jefe de Estado y presentar cuentas, o por lo menos ponerse a la orden. Era lo mínimo, aunque más de uno tenía ganas de saludar y salir corriendo. Entre ellos se repetían los murmullos del pasillo. El espíritu cargado. No había bríos para charlas triviales, toda plática era grave, y el comentario más ligero que se escuchó a esa hora tuvo que ver con la bandera nueva que ondulaba sobre el edificio. La anterior se había roto la tarde antes –justo después de conocerse el fallo de los jueces–, y con la corredera no cupo amague para sustituirla. La bandera se rasgó por la franja roja y así estuvo ondeando hasta las seis, cuando la arriaron. Ese era el tema de conversación más superficial de los ministros en el vestíbulo, y también lo había sido entre los empleados de la galería. El ánimo era de entierro.
De improviso, un inusitado movimiento que provenía del patio de estacionamientos irrumpió en la pesadumbre y cortó las conversas. Hubo un momentáneo desconcierto. Esperaban la llegada de la caravana del Presidente provisional, pero los carros que estaban llegando y la gente que se estaba bajando de esos carros no formaba parte de la comitiva oficial. A leguas se notaba. Era gente nueva, desconocida, vestida como para una celebración. Cual hormigas que salían de hoyos negros, los recién llegados comenzaron a derramarse y a colmar el pasillo que hasta hacía pocos minutos dominaban los trabajadores de Palacio. En la primera línea del pasaje se formó un batallón de mujeres perfumadas y encopetadas, escoltadas por caballeros que estrenaban trajes y predios. Los empleados y obreros de Miraflores, empujados hacia la pared, parecían intrusos en una fiesta a la que nunca podían haber sido invitados. El aire que transpiraban los visitantes era de jolgorio. Sólo faltaban los papelillos, la alfombra roja y un rey que caminara encima de ella. Los recién llegados se dispusieron a aguardar.
A las cinco de la tarde terminó la espera de unos y otros. Octavio Lepage, acompañado de su esposa, se presentó en el Palacio de Miraflores a tomar posesión de su despacho. Adentro, aguantando para entregárselo, permanecía Carlos Andrés Pérez. Al ver aparecer a su suplente, Pérez sonrió cortés y empezó a cumplir con el guión pautado. Era lo único que le quedaba por hacer. Quince minutos tardó la ceremonia de traspaso. Al finalizar, siempre sin salirse del libreto, sonrió para la foto y estrechó la mano del encargado:
–Le deseo toda la suerte del mundo, doctor Lepage –exclamó, y mientras se dirigía a la puerta sin mirar atrás para ver lo que se quedaba, se dijo a sí mismo–: ¡carajo!, es que esto yo nunca lo vi venir.
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