Tragedias anacrónicas Carlos Raul Hernández

  En cinco décadas, China, el epítome de la miseria extrema durante el maoísmo, se hace superpotencia tecnológico económica emergente en el planeta, gracias a capitales norteamericanos y globales



El 3E demostró dos cosas muy rudas. Que los norteamericanos nos observaron por 35 años de insólitos sucesos, desde que un anciano descolgado en el tiempo, rodeado de todos los náufragos de “la mar océano”, abortó el renacer económico y político de la democracia. Siguen las generaciones de relevo y unas élites que demostraron estar subdotadas hasta para regentar una quincalla. Si fuera Sudán, a EE. UU “le sudaría”, pero es intolerable que una nación moderna ligada estratégicamente a ellos, con ingentes reservas de recursos vitales, petróleo, hierro, tierras raras, oro, diamantes, termine en Estado Fallido por impericia de élites acemiladas. Para ilustración niegan la reciente reforma petrolera y aspiran, sabotear y patear el arpa del proceso de transición. Eso permite comprender el doloroso 3E.

Igual que cubanos y haitianos, demuestran que “no podemos solos” poner un bombillo. En la otra calle las viudas progre leninistas trasnochados, ricas en jeta, mojan pañuelos en TV y redes, “lloran como niñas lo que no defendieron como hombres,” diría Aixa a su hijo Boabdil. Marx y el utopismo tercermundista de Lenin no cesan sus grandes desgracias sociales, castraron gran parte de la teoría económica y política, con el mítico “capitalismo”, definido porque gobierna el capital con la plusvalía robada al trabajador, y vendrá el socialismo, en el que gobernará la sociedad, la riqueza será de todos y colorín colorado. Ni el capitalismo ni el socialismo son otra cosa que elucubraciones de Marx y sus acólitos, que se convirtieron en terribles tragedias humanas.

El Capital, son mil páginas de paja loca ideológica contra la “sociedad burguesa”. Pese a la gran derrota del socialismo en los siglos XIX y XX, su fuerza cultural fue tal, que uno de los gigantes del pensamiento político del siglo pasado, Edward Shils, escribió que “de cada diez términos políticos, siete vienen de la izquierda”. Por eso la sociedad del siglo XIX, abierta, plural, poliárquica, democrática, con ebulliciones culturales de los más intensas de la historia, junto al Renacimiento y el siglo de Pericles, quedó motejada de “capitalista·, gobernada por el capital. Para la confusa visión de Marx, los políticos y empresarios de ese milagro, que crearon ferrocarriles, imprentas masivas, máquinas textiles, sistemas productivos, eran ladrones de “plusvalía” (Proudhon lo dijo: “la propiedad es un robo”) a los trabajadores.

Su idea del futuro radiante sería expropiaciones, “control sobre de los medios de producción” y dictadura del proletariado, según Trotsky, “dictadura sobre el proletariado” y mundo entero adopta alguna forma de colectivismo o estatismo. El marxismo pudo haber nacido como una hipótesis científica, pero sus categorías van para dos siglos de desmentidos. Prácticamente todas están falseadas, según Popper: superioridad del socialismo vs. capitalismo, explotación y depauperación de los trabajadores, “lucha de clases”, revolución social, necesidad - ineluctabilidad de la revolución, “violencia partera de la historia”, civilización opresiva. Si un azteca en Teotihuacán o un caníbal derrocó a otro en Uganda y se lo come, detrás está la lucha de clases; y si los nietos de Carlomagno, Lotario, Germánico y Carlos el Calvo se caían a sablazo limpio, también.

La sociedad feliz que resultaría del socialismo, consistió en campos de concentración, fábricas masivas de miseria, sufrimiento, degradación. El mundo entero vio su caída durante el colapso universal de la “sociedad justa” en los 80 en todas sus versiones y el cadáver del socialismo del siglo XXl aún está caliente. Cuba es una isla a la deriva en el Caribe

Pero hay un escandaloso secreto que ha cerrado la boca de los marxistas sobrevivientes, incluso a Slavoj Zizek, de los más elocuentes. En apenas 50 años se produjo uno de los más asombrosos acontecimientos de la historia. Todo ocurrió mientras los economistas, sociólogos, politólogos, historiadores, de la dependencia, de la CEPAL, decidían que superar la pobreza exigía romper con los capitales transnacionales, estilo Cuba, y luego con el abominable “neoliberalismo”.

En cinco décadas, China, el epítome de la miseria extrema durante el maoísmo, se hace superpotencia tecnológico económica emergente en el planeta, gracias a capitales norteamericanos y globales. En cien años, la revolución industrial inglesa rescata 20% de su población global de la pobreza, mientras China lo hace al 75% de su población en 50 años. “La revolución cubana” va para 70. Con la revolución industrial en el siglo XIX, surge el movimiento obrero, la política democrática, los partidos masivos, los grandes sindicatos, “ligas” de trabajadores, grupos sociales de izquierda, derecha y centro que compiten por el poder a través del voto. Robert Dahl la llama “poliarquía”, múltiples intereses enfrentados.

Bismark, un conservador, es paradójicamente el creador de la seguridad social, no la lucha de clases. Lo hace con los sindicatos, la derecha, conservadores, social cristianos, liberales y las izquierdas revolucionarias y reformistas. Lejos del pobrecitismo romántico obrerista, los trabajadores protagonizan grandes movimientos en toda Europa. Marx estampa en el Manifiesto, su frase inmortal y suicida: “·un espectro recorre el mundo... el espectro del comunismo”. Ratifico algo que dije cuando era un muchacho: el Manifiesto es políticamente idiota. Mientras el reformismo construye, el espectro asusta; la Comuna de París, tan trágica, que la ciudad levanta la iglesia de Sacre Coeur en Montmartre para pedir perdón al Altísimo por el vandalismo y la destrucción de obras de arte (intentaron quemar el Louvre).

El triunfo de las reformas sobre la violencia hace surgir la sociedad abierta, plural, democrática, gobernada por hombres de las clases emergentes y movimientos de masas, no por el capital, como decía el alucinado Marx. El primer caso de sufragio universal en la historia había sido la elección de Luis Napoleón Bonaparte (1848), con 75% de los votos, lo que a Marx pareció incomprensible. Escribe asombrado “…el Estado burgués se deshace y se vuelve a hacer”. Pero el mundo comunista-socialista murió de hambre en el siglo XX, Den Xiaoping y Gorbachov entendieron que el capital y los trabajadores juntos crean empleo y bienestar, superan miseria, desempleo, devaluaciones, inflaciones. Marx decretó “la concentración del capital”, pero el mercado global de valores convirtió las grandes empresas en propiedad de millones de accionistas.

Entre ellos fondos de pensiones y sindicatos y con un click los capitales se mueven de un país a otro. Surgen las empresas de garaje, grupos de muchachos creativos, convertidas hoy en las más poderosas del planeta. El poder lo han ejercido los políticos, los partidos y hasta los antipolíticos, estos últimos especializados en hacer lo que les da la gana, dañarlo todo y burlar los controles constitucionales.

Los que Marx llamó capitalismo y socialismo, nunca han existido. Ni existirán

@CarlosRaulHer  
Análisis político

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