Por Ana Bernal-Triviño
"Veía mucho porno y tenía la autoestima baja. Necesito estar en prisión porque lo volvería a hacer". Son palabras del "violador del portal" de Valencia, Iván C. Acusado de 17 agresiones, al menos, las que se han denunciado. Nada más salir ese titular, muchos comentaban una solución: castración química. Como si fuera una especie de "vacuna" directa y efectiva. Pues ojo, este caso desmonta la teoría del "monstruo enfermo" que perdió el control. ¿Por qué?
Él mismo lo cuenta. Le gustaba seguir a las mujeres de madrugada, agarrarlas del cuello y violarlas mientras gritaban y pedían ayuda. Admite que le excitaba, más allá de la penetración, buscar y capturar mujeres. Disfrutaba viendo que las tenía aterrorizadas.
No era un arrebato incontrolable. Seguía un patrón. Acechaba. Salía de noche. Recorría zonas concretas de Valencia. Observaba. Elegía víctimas. Las seguía hasta el portal. Esperaba el momento. No había ausencia de conciencia. Era puro cálculo.
En sus últimas agresiones, grababa a las víctimas, les pedía sus redes sociales bajo amenaza de subir los vídeos si hablaban. Se llevaba recuerdos de su "hazaña", como tangas o anillos. Reconoce que si no lo llegan a retener, seguiría. Y se temía que cada vez fuese más violento o llegara a matar.
Pocas cosas justifican su comportamiento salvo el machismo. ¿Por qué? No era un tipo marginal. Ni pobre ni inmigrante (y no porque ni pobres ni inmigrantes no violen, sino porque ni el dinero ni la nacionalidad lo provocan). Lo describen como educado y amable. Eso sí, algunos amigos empezaron a distanciarse de él tras la pandemia. Contaron que sus redes se llenaron de youtubers machistas, vídeos atacando a mujeres, y comentarios contra el feminismo. Subía también vídeos de líderes de ultraderecha. Y él confiesa consumir muchísimo porno. Como pueden imaginar, con ese cóctel, no va a salir un angelito. Ese fue el único cambio en su vida. Las agresiones empiezan en 2021.
Por aclarar simplismos: ver vídeos de ultraderecha no convierte directamente en un violador. Pero no finjamos que los discursos de resentimiento masculino hacia las mujeres son también identidad política y emocional. Normaliza ideas muy peligrosas. A eso suma una pornografía más extrema y accesible. Una que erotiza lo que él relata como placer: infligir terror, sumisión, humillación, coacción, asfixia.
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