Por qué la estupidez es más peligrosa que la maldad

 Dietrich Bonhoeffer, pastor protestante y miembro de la resistencia alemana contra el nazismo, advirtió del peligro de dejar de pensar por uno mismo y de cómo esa renuncia puede conducir a un colapso moral colectivo.

Cristina Domínguez

«La estupidez no es la falta de inteligencia, sino la incapacidad para cuestionar lo que uno cree». Esta paráfrasis del pensamiento de Dietrich Bonhoeffer (la frase en concreto nunca la expresó así) y otras citas similares se han popularizado durante los últimos años gracias a un vídeo animado de YouTube y algún que otro tuit viral. Pero ¿quién es Bonhoeffer y por qué sus reflexiones resultan tan oportunas en el momento actual?

Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo, pastor y resistente alemán, y una de las primeras voces en denunciar públicamente el régimen nazi, especialmente por su instrumentalización de la Iglesia. Se doctoró a los 21 años y a los 24 años era el docente más joven de la Facultad de Teología de Berlín. Resultaba, por lo tanto, una promesa académica brillante dentro del mundo teológico protestante alemán, pero su fama se limitaba a los círculos ecuménicos. A pesar de que era pacifista, participó en la resistencia activa contra Hitler y fue arrestado en 1943. Finalmente fue ejecutado en abril de 1945, pocas semanas antes del fin de la guerra.

De hecho, su texto sobre la estupidez lo escribió en clandestinidad para sus compañeros en la resistencia. Fue publicado póstumamente junto a numerosas misivas y manuscritos sacados secretamente de la prisión, bajo el título Resistencia y sumisión. En estos escritos reflexionaba sobre temas cómo qué significa ser cristiano en un mundo que ya no necesita a Dios, el sufrimiento de Dios, el coste personal y moral de resistir, o la muerte como horizonte. Esta obra lo hizo famoso, conectando muy bien con una Europa de posguerra que intentaba entender cómo había podido ocurrir lo que había ocurrido.

En concreto, en el breve ensayo «Después de diez años», Bonhoeffer asegura que la estupidez es más peligrosa que la maldad, porque el mal podemos denunciarlo, protestarlo, tratar de combatirlo, pero ante la estupidez poco se puede hacer, ya que ahí no valen ni argumentos ni hechos. El malo sabe que existe el bien, aunque elija otra opción. El estúpido ni duda, ni cuestiona; y si se le presentan pruebas que contradicen sus creencias, las rechaza o, en caso de no poder, se irrita y se vuelve agresivo. Por eso puede causar mucho más daño.

Ante la estupidez poco se puede hacer, ya que ahí no valen ni argumentos ni hechos

Para Bonhoeffer, la estupidez no tiene nada que ver con una falta de inteligencia innata; es un fenómeno social: cuando las personas entregamos nuestra voluntad a un poder externo, perdemos la capacidad de pensar por nosotras mismas. El poder produce este daño sobre los seres humanos, y por eso la solución no es la educación, sino la liberación. Con un estúpido no se puede razonar, porque el problema no es cognitivo, ni de acceso al conocimiento. Solo liberándose las personas del poder (moral y político), podrán recuperar su capacidad de pensar.

Hannah Arendt llegaría a conclusiones similares dos décadas después, observando el juicio de Adolf Eichmann: los grandes crímenes no los cometen monstruos sino personas normales y corrientes, burócratas que han dejado de pensar. Es lo que denominó «la banalidad del mal».

El verdadero peligro se esconde dentro de cada uno de nosotros y en nuestra tendencia a delegar, obedecer o mirar hacia otro lado. Según Bonhoeffer, cuando nos entregamos a un colectivo, como un movimiento o una ideología, dejamos de sentirnos responsables de nuestros actos al haber cedido esa responsabilidad a algo externo. Así, ya no juzgamos de forma individual, sino que aceptamos los juicios del grupo. La solución que presenta estaría, por lo tanto, en el pensamiento individual, la conciencia personal y la negativa a delegar el juicio moral. Pero se trata de algo mucho más complicado de lo que parece a simple vista.

Todos queremos pensar que, de haber vivido en la Alemania nazi, habríamos sido de los que resistieron. Pero, estadísticamente, lo más probable es que fuéramos de los que permitieron, sino por obra, por omisión, que el horror continuase.

De hecho, Bonhoeffer también se preguntaba con honestidad qué era lo que les había permitido ser conscientes de la necesidad de resistir activamente. Afirmaba que no eran más inteligentes ni mejores personas, pero tenían algo, ya fuera fe, principios o vínculos concretos con personas agraviadas, que les permitió anclarse a una identidad y unos valores minoritarios, resistiendo la «abducción» colectiva. También era consciente de sus ventajas estructurales: venía de una familia culta y crítica, había podido viajar y conocer otras realidades… todo eso no lo convertía en alguien superior moralmente, simplemente le había dado más herramientas para mantener una visión crítica. En cualquier caso, sus textos muestran una autocrítica intensa y una preocupación por el coste moral de la resistencia armada y de la vida bajo secreto.

Las ideas de Bonhoeffer sobre la estupidez han conectado muy bien con el público contemporáneo. En un contexto de polarización política, en el que las redes sociales actúan como máquinas de identidad colectiva, en la que los algoritmos refuerzan las burbujas, en el que mucha gente siente que no es posible razonar con el contrario, en que los argumentos lógicos no convencen y que presentar datos objetivos parece inútil, la teoría de la estupidez da una respuesta estructural: no es que el otro sea realmente tonto, sino que está colonizado por un poder externo.

Ahora bien, compartiendo acrítica y descontextualizadamente citas de sus escritos, por muy pertinentes que sean, se corre el riesgo de caer en aquello que él mismo criticaba. Sobre todo cuando creemos que quien es incapaz de pensar por sí mismo es siempre el otro y lo arrojamos desde la superioridad ética de sentirnos a salvo de cualquier deriva moral.


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