Hermann Hesse: el conflicto del sí mismo

Parece que Hesse nunca acabó de resolver esta guerra intestina que ponía en liza a sus sentimientos de aspiración a lo superior y a los instintos más bajos de los que el deseo puede ser víctima. En el mismo diario de los años 1920 y 1921 concluía Hesse:
“Como no puedo cultivar en mí ningún talento, ni tampoco ninguna virtud, sin robar la necesaria energía anímica a otros impulsos, toda virtud desarrollada significa una especialización a costa de tendencias vitales reprimidas y empobrecidas, del mismo modo que podemos dejar crecer desmesuradamente el intelecto a costa de la sensualidad, o el sentimiento a costa de la sensualidad, o el sentimiento a costa de la razón”
Carlos Javier González Serrano /
El vuelo de la lechuza
Sería imposible elaborar un recorrido serio y profundo sobre la obra de Hermann Hesse en apenas unas líneas. A pesar de la limitación de espacio propia de una página como esta, me acercaré a un aspecto esencial que embadurna todas las creaciones de este escritor de parte a parte –desde las novelas hasta los relatos breves y poesías–: el conocimiento del sí mismo. Sirva de comienzo este fragmento de Siddharta: “Ya no soy el que fui –se dijo-; ya no soy asceta, ni sacerdote, ni brahmán. ¿Qué haría en casa de mi padre? ¿Estudiar? ¿Sacrificar? ¿Ejercer el arte de reflexionar? Todo ello ya es pasado, ya no se halla en mi camino”. En definitiva: ¿quién soy yo?

Hesse fue educado en el pietismo, e incluso llegó a ingresar en un seminario del que acabaría huyendo. Una atormentada relación con sus padres, que le llevó incluso a cometertentativas de suicidio siendo aún muy joven, le condujo a entrar en una institución para enfermos mentales. Tras intentos fallidos de escolarización, ejerció de aprendiz en diversos campos: librero, mecánico, etc. Fue su oficio de librero, y su definitivo idilio con la lectura, el que le ayudó a enriquecer muy extensamente su cultura, verdadero sustento de vida espiritual que le alejaba cada vez más del trato con sus semejantes. En estos años (1898) publicó sus primeros poemarios (Canciones románticas y Una hora después de la medianoche), que sin embargo fracasaron en lo que a ventas se refiere. Hermann Hesse no comenzó a vivir de sus escritos hasta que, en 1904, y tras instalarse en Basilea y viajar por Italia, publicó su primera novela de éxito: Peter Camenzind. Sobre la vida del genial autor existen variados y muy numerosos estudios: recomiendo, por su cercanía, el retrato que de él trazó su amigo, iniciador del dadaísmo, Hugo Ball. Recomiendo, igualmente, un trabajo tan personal como monumental (aunque de difícil acceso) de mi amigo José Antonio Solórzano, especialista en nuestro autor: Hermann Hesse. El obstinado.
La biografía de Hesse se plasma en sus libros de una manera absolutamente sincera, veraz, a través de un estilo limpio y sensato, que conduce a sus seguidores (de la misma manera que ocurre con otros autores como Dostoievski, Kafka, Tolstoi o Montaigne) a observar en sus creaciones no sólo al escritor, sino al hombre de carne y hueso que tras ellas existe. En su breve relato Alma infantil leemos:
Sí, siempre volvía uno a empezar, fervoroso, dispuesto a entregarse a Dios y a seguir la senda ideal, pura y noble hacia la altura, a ejercitar la virtud, sufrir el mal sin protestas, ayudar a los demás… y siempre, ay, quedaba todo en mero arranque inicial, en ensayo y vuelo corto e inconstante. Siempre ocurría algo al cabo de unos días, o de horas, que no debiera ocurrir, algo lamentable que afligía y sonrojaba. Siempre se precipitaba uno, inevitablemente, desde los propósitos y las promesas más firmes y nobles, en el pecado y la bajeza, en la cotidianidad y en los hábitos.
Impertérrita, tras sus afirmaciones, la pregunta por el yo, por lo incólume y esencial que pudiera existir en la condición humana, subrayando paralelamente la relevancia de las circunstancias, la importancia del entorno vital que circunda e influye de manera inexorable a cada ser en su pensar y actuar cotidianos. Prosigue Hesse el texto anterior: “¿Cómo era posible que por la mañana, arrodillado en la cama, o por la noche ante el cirio encendido, se comprometiera uno solemnemente con el bien y la pureza, invocara a Dios y renunciara para siempre a todo pecado… y luego, acaso un par de horas más tarde, traicionara miserablemente ese mismo juramento y propósito sagrado, siquiera fuese por reír hipócritamente un mal chiste escolar? ¿Por qué ocurría esto? ¿No podría ser de otra manera?”. ¿A qué otro camino se refiere Hesse? ¿Cuál podría ser esa “otra manera” de conducirse en el mundo? Sin duda, como sus lectores saben, la vía del arte, un aspecto del todo fundamental en el que influyeron las obras de Arthur Schopenhauer. Es la razón, la razón discursiva y conceptual, inquisitiva e insidiosa, la que desde muy pronto puso contra las cuerdas a Hesse, que en sus apuntes sobre la infancia escribía que:
En esta época empezó a despertar mi razón con sus propias exigencias, atormentándome tanto, que con frecuencia tuve ataques de impotente rabia e impaciencia. He aquí también un fragmento de infancia que a mi parecer se olvida demasiado por la mayoría de los hombres, el ansia de verdad, el afán de ver claras las cosas y sus causas, el anhelo de armonía y segura posesión espiritual. Yo sufría muy por numerosos problemas sin contestación, y poco a poco descubrí que para los adultos interrogados mis preguntas eran a menudo fútiles y mis angustias incomprensibles. Una contestación que reconociera como evasiva o incluso como burla me ahuyentaban a menudo, haciendo volver mi alma a su mundo de mitos, que poco a poco comenzaba a tambalearse.
Una tendencia escrutadora frente a las que desde muy temprano el joven Hermann se rebeló de manera natural y sin ambages. A esta tan penosa como necesaria aventura de investigación casi científica a la que lo empujaba la razón opuso una curiosa y poco conocida vocación de Hesse: se propuso convertirse en mago.
Como todos los muchachos, amaba y envidiaba yo ciertas profesiones […]. Pero lo que más me hubiera gustado, con mucho, es haber sido mago. Esta es la dirección más profunda e íntima de mis instintos, cierta insatisfacción con eso que llamaban “realidad” y que en aquellos tiempos me parecía un convenio absurdo de los adultos; pronto me caractericé por el rechazo, unas veces temeroso, otras burlón, de esa realidad, y por el ardiente deseo de hechizarla, de transformarla, de sublimarla.
Lo cierto es que encontramos en las obras de Hesse, en paralelo a esta declarada necesidad de conocerse a sí mismo, un conflicto desesperado entre dos posiciones aparentemente antagónicas –ya lo veíamos en el texto de Alma infantil–: qué es el bien, qué es el mal, y por qué nos decantamos por el primero o por el segundo en ciertas circunstancias. Las dos obras que a mi juicio ponen más de manifiesto este carácter dual de la posibilidad de acción y pensamiento son El lobo estepario y Narciso y Goldmundo. Esta segunda novela es, generalmente, poco conocida incluso por los seguidores de Hesse, aunque constituye uno de los mayores logros del autor a la hora de poner de manifiesto la ambigüedad comportamental del hombre ante los diversos avatares a los que aquél se ve empujado a enfrentarse.
El dilema no acaba aquí –por eso Hesse es un autor tan interesante desde el punto de vista filosófico–. El problema de la acción (y de la reflexión que éste lleva anejo) pasa por el enfrentamiento no sólo entre el bien y el mal: éstos se encuentran aparejados, respectivamente, con la ascesis contemplativa de los ideales morales (probablemente producto de su educación pietista, como ya mencioné) por un lado, y por otro, con la concupiscencia y la vida de placer y esparcimiento en general. En El lobo estepario Hesse plasma esta dicotomía de la siguiente manera:
El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas: una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. […] En Harry, por el contario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio de otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible.
Si bien en El lobo estepario Hesse opta por incluir ambos puntos de vista en una misma persona (Harry, que se debatirá durante toda la novela en una agónica lucha contra sí mismo), en Narciso y Goldmundo presenta aquellas ideas de perfección moral y de concupiscencia en dos personajes distintos. De nuevo se deja notar, ahora en esta última novela mencionada, la doble vertiente a la que se halla sujeto nuestro espíritu: “… con los instintos siempre excitados y hambrientos, nunca saciados y, además, en permanente peligro. ¿Por qué continuaba allí soportándolo todo, todos aquellos enredos y enmarañados sentimientos? […] Era necio y arduo, complicado y trabajoso, amar de esa manera, pero era maravilloso. Era maravillosa la tristeza oscuramente bella de aquel amor, su locura y su desesperanza; eran hermosas aquellas noches sin sueño llenas de cavilaciones y de temores del corazón; era hermoso y exquisito todo aquello, como el rasgo de dolor de los labios de Lidia, como el tono apagado y resignado de su voz cuando hablaba de su amor y de sus inquietudes”. Observamos así el conflicto entre el sentimiento ideal del amor, y los instintos más bajos que pujan por verse satisfechos.
Una de las miles de acuarelas que pintó Hesse a lo largo de su vida
Como apunté más arriba, es el arte, y concretamente la poesía (léase este relato que traduje recientemente), el que pone a Hesse sobre la pista de una realidad en la que el mundo pueda constituirse como un todo armónico, y no como una caótica maraña de sentimientos y sensaciones irreconciliables. Aunque el arte es, como ya dejó dicho Schopenhauer, un brebaje agridulce: no constituye un remedio definitivo frente a las sempiternas paradojas que nos asaltan a casa instante, sino más bien un momento de consciencia plena, de ascenso a un universo tan puro como efímero. Pero ante todo, el arte es el camino más radical hacia el autoconocimiento. En los textos autobiográficos que constituyen sus diarios de 1920-1921, leemos que:
Si concebimos la poesía como confesión íntima, el arte aparece como un camino largo, múltiple, sinuoso, cuya única meta es expresar la personalidad del yo del artista de una manera total, tan minuciosa, tan hasta el fondo de los recovecos personales, que al final ese yo se habría desarrollado y acabado, abrasado y desfogado; sólo entonces vendría lo superior, lo suprapersonal y supratemporal, sólo entonces el arte estaría superado y el artista se hallaría maduro para convertirse en un santo […]. La función del arte, por tanto, en la medida en que afecta a la persona del artista, cumpliría así la misma que la de la confesión o el psicoanálisis. El fin y la meta del artista no serían el arte por el arte o la obra en sí misma, sino la superación, la renuncia, el sacrificio del yo, limitado y prisionero de complejos y sufrimientos, en aras de la tranquilidad del alma y de la santidad; la meta, pues, sería desarrollar el yo personal, convertirse en santo, de tal forma que ya no se reacciona ante el mundo y el tiempo, sino que en su estado anímico, el caos del mundo se transforma en sentido y música, porque en su aliento vive Dios mismo.
A pesar de que el propio Hesse, líneas más abajo, reconoce que por entonces “estaba lleno de dudas” y que aquel camino no le garantizaba solución alguna al enigma de la vida, no tuvo reparos en recorrerlo hasta sus últimas consecuencias. El arte fue su redención. La afirmación de la vida, de sus formas y de sus fuerzas, de sus luces y oscuridades, fue a la vez la afirmación del arte como única vía para desarrollar una existencia plena. Como escribió en su poema “Iba en tinieblas”:
Iba a gusto, en tinieblas, donde la negra masa / de la umbría arboleda sus sueños refrescaba. // Pero, a pesar de todo, su pecho atormentaba / por la luz -¡luz, más luz!- una ardiente nostalgia. // No sabía que encima de la arboleda estaba / el cielo claro y limpio, lleno de astros de plata.
En uno de sus diarios de julio de 1933, Hesse escribía: “en teoría soy un santo que ama a todos los seres humanos y en la práctica soy un egoísta que quiere que no le molesten”. De igual manera, en otro diario de los años 1920 y 1921, nuestro escritor afirma que “por todas partes falta la base de una moral y de una santidad, de un afán verdaderamente serio por valores suprapersonales. Cada cual trabaja, se afana, piensa y hace política para sí mismo, para su persona, su fama o por un partido. El trabajo y el esfuerzo intelectual y la elevación de todos debería desembocar, por el contrario, en un torrente común, que pertenece sólo a la Humanidad”. Ya escribía en uno de sus poemas de juventud (“Dorfabend” [Anochecer en la aldea]) que “Entre los muros donde estoy / me siento solo y extranjero”, refiriéndose a las fronteras naturales de su lugar de residencia, así como a los grilletes que él mismo se había autoimpuesto interiormente.
La pregunta sobre el sí mismo siempre regresa, al modo de un infierno autoinfligido, a un yo cuya figura es la de espiral, la del bucle: “Ninguno de los libros de este mundo / te aportará felicidad, / pero secretamente te devuelven / a ti mismo”, declaraba en el poema “Bücher (Libros)”. Y es que, a fin de cuentas, “todo lo que creemos tener en nuestras manos” acaba por extraviarse una y otra vez. Vivimos y morimos entre dudas,ahogados en nuestro propio corazón. Es por eso que “Parece que lo hermoso, que lo amable / tienda a la destrucción, / tan cerca siempre de la muerte” (“In Sand geschrieben [Escrito en la arena]”). Como escribe en su escrito Obstinación:
El “héroe” no es el ciudadano obediente, apacible, cumplidor. Heroico sólo puede ser el individuo que ha erigido su “propio sentido”, su noble y natural obstinación, en su destino. “Destino y espíritu son nombres de un mismo concepto”, dijo Novalis, uno de los poetas alemanes más profundos y desconocidos. Pero el héroe es el único que tiene valor para asumir su propio destino. Si la mayoría de los hombres tuviesen ese valor y esa obstinación, el mundo sería otro. […] El hombre que posee el obstinado “sentido propio”, al que yo me refiero, no busca ni dinero ni poder. […] El dinero y el poder y todas esas cosas por las que los hombres se torturan mutuamente y acaban por matarse a tiros tienen poco valor para quien se ha encontrado a sí mismo, para el obstinado. Éste sólo valora una cosa: la misteriosa fuerza en su interior, que le ordena vivir y le ayuda a crecer.
Parece que Hesse nunca acabó de resolver esta guerra intestina que ponía en liza a sus sentimientos de aspiración a lo superior y a los instintos más bajos de los que el deseo puede ser víctima. En el mismo diario de los años 1920 y 1921 concluía Hesse:
Como no puedo cultivar en mí ningún talento, ni tampoco ninguna virtud, sin robar la necesaria energía anímica a otros impulsos, toda virtud desarrollada significa una especialización a costa de tendencias vitales reprimidas y empobrecidas, del mismo modo que podemos dejar crecer desmesuradamente el intelecto a costa de la sensualidad, o el sentimiento a costa de la sensualidad, o el sentimiento a costa de la razón.
Una guerra que nunca fue apaciguada interiormente, pero que supuso el acicate y estímulo que condujeron al autor a plasmar sobre papel ideas tan desgarradoramente ciertas sobre el conflicto de nuestro hacer y sobre la reflexión al respecto de tal hacer, pues “lo único que quiero es servir, dentro de mis posibilidades, al espíritu tal como yo lo entiendo. ¿No es eso un objetivo?” (Narciso y Goldmundo). Como Nietzsche dejó escrito en uno de sus aforismos, “sólo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis”.
¡Ay, se sabe tan poco, tan horriblemente poco de los hombres! ¡En la escuela nos enseñaron cien fechas de ridículas batallas y mil nombres de ridículos reyes, y diariamente se leen artículos y más artículos sobre los impuestos o los Balcanes; pero de los hombres no se sabe nada! Si un timbre no suena, si una estufa hace humo, si una rueda de una máquina no gira, se sabe enseguida dónde hay que buscar la avería, y se hace con celo, y se encuentra, y se sabe cómo hay que repararla. Pero esa cosa que llevamos dentro, ese resorte secreto que da sentido a la vida, esa cosa, la única capaz de vivir, de sentir gozo o dolor, de anhelar la dicha, de experimentar placer, es desconocida, no sabemos nada de ella, enteramente nada, y cuando enferma, no hay curación posible. ¿No es insensato? (en “El último verano de Klingsor”)

Antonio Machado: Entre los poetas míos. Colección antológica de poesía social (Descargar)

Con el título “Entre los poetas míos” venimos publicando, en el mundo virtual, una colección de cuadernos monográficos con los que deseamos contribuir a la divulgación de una poesía crítica que, con diversas denominaciones (“poesía social”, “poesía comprometida”, “poesía de la conciencia”…) se caracteriza por centrar su temática en los seres humanos, bien sea para ensalzar sus valores genéricos, o bien para denunciar los atropellos, injusticias y abusos cometidos por quienes detentan el Poder en cualquiera de sus formas. Poesía ésta que no se evade de la realidad, sino que incide en ella con intención transformadora. Se entiende por ello que tal producción y sus autores hayan sido frecuentemente acallados, desprestigiados, censurados e incluso perseguidos por dichos poderes dominantes. Se trata, en fin, de una poesía no neutral, teñida por el compromiso ético de sus autores.
Madrid, Madrid, qué bien tu nombre suena
¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.
Madrid, 7 de noviembre de 1936.
De: La Guerra (1936-1939)

Biblioteca virtual Omegalfa
Catedrático y miembro destacado de la Generación del 98, nació en Sevilla el 26 de julio de 1875. Su padre fue un folklorista famoso. La familia, de carácter progresista y liberal, se trasladó a Madrid cuando Machado tenía ocho años.
En 1893 muere su padre y dos años después el abuelo.
En Madrid pasó su juventud, realizando estudios en la Institución Libre de Enseñanza y en los Institutos de San Isidro y Cardenal Cisneros, aunque interrumpidos en varias ocasiones debido a diversos problemas económicos que sufrió la familia.
En 1899 se traslada a París, trabajando como traductor; allí conoció a Rubén Darío, que influiría en la poesía de sus primeros tiempos.
Regresa a España y en 1900 obtiene el título de bachiller en el Instituto del Cardenal Cisneros. Trabaja durante unos meses como actor en una compañía de teatro.
En 1901 publica poemas en la revista “Electra”.
En 1902 vuelve a París; y tras unos meses de estancia regresa a Madrid, publicando su primer libro de poemas Soledades. Con este poemario se revela como poeta extraordinario.
En 1907 Machado obtuvo la cátedra de francés en el Instituto de Soria. En esta ciudad conoció a Leonor Izquierdo, joven de la que se ena- mora. A finales de este año se publica su segundo poemario: Soledades, Galerías, Otros poemas.
En agosto de 1909 contrae matrimonio con Leonor. Continúan sus colaboraciones en revistas literarias. El joven matrimonio realiza excursiones por las tierras de Soria, cuyos recuerdos impregnarán sus poemas.
En 1911 obtiene una beca para ampliar estudios de filología francesa en París, donde residirá durante unos meses el joven matrimonio. Sur- gen los primeros síntomas de enfermedad en Leonor (tuberculosis), y la pareja regresa a España en septiembre de este año.
En 1912 publica Campos de Castilla. En agosto muere Leonor. Antonio Machado se aleja de Soria, obteniendo plaza en el Instituto de Baeza.
En los años siguientes se dedica a leer filosofía, materia que estudiará profundamente. Colabora asiduamente en diversas revistas, como España -dirigida por Ortega y Gasset- y La Lectura.
La muerte de su maestro en 1915, le motiva el sentido poema A Don Francisco Giner de los Ríos.
En 1916 obtiene la licenciatura en Filosofía y Letras.
Un año después comienzan a publicarse sus Páginas Escogidas y Poesías completas. Viaja por Andalucía.
1918 es un año de tensiones en España. Su compromiso social le im- pulsa a participar en una manifestación pidiendo la libertad de los presos políticos.
En 1919 pide traslado al Instituto de Segovia, ciudad donde residirá hasta 1931. Durante estos años sigue colaborando en revistas y periódicos, principalmente en Índice (creada por Juan Ramón Jiménez). Fue uno de los fundadores de la Universidad Popular de Segovia, no oficial, para llevar la educación a las clases trabajadoras.
1923: Aparece la Revista de Occidente, dirigida por Ortega y Gasset, en la que Machado colabora desde el primer número.
En 1925 sale Nuevas Canciones. Junto con su hermano escribe para el teatro. Es elegido miembro correspondiente de la Hispanic Society of America.
La proclamación de la República en 1931 en Segovia se realizó desde el Ayuntamiento por un grupo de republicanos entre los que se encontraba Antonio Machado. Poco después obtiene cátedra en el Insti- tuto Calderón de Madrid. Su vida en esta ciudad durante los años siguientes transcurría entre las clases, el estudio, las tertulias y los paseos.
En 1933 aparece la tercera edición de sus Poesías completas.
Comenzada la guerra civil, en 1936, nuestro poeta se puso al servicio de la República. En noviembre de ese mismo año fue evacuado con su familia a Valencia.
En 1938, ante el avance del ejército franquista, fue nuevamente evacuado a Barcelona. Y en enero de 1939, a finales de la guerra, Machado y su madre cruzaron la frontera francesa. Pocos días después, el 22 de febrero de 1939, moría el poeta en Collioure, población don- de todavía se encuentran enterrados sus restos.
Según Machado, el elemento poético es una honda palpitación del espíritu, y la poesía es la palabra esencial en el tiempo. Esa esencialidad y la temporalidad son los dos ejes en torno a los cuales gira la obra lírica de Machado. Sus poemas están impregnados de una entrañable humanidad, porque lo universal en Machado parte siempre de las particularidades de un individuo: “La poesía es el diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo.” O, como dijo su personaje Juan de Mairena: “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre.”
Antonio Machado prefería las formas métricas sencillas como el ro- mance o el cantar y utilizaba la rima asonante. Sus poemas reflejan el sentir estético de la Generación del 98, es decir, la expresión sobria y sencilla de las profundas emociones humanas. Así, encontramos en sus obras algunos temas característicos de dicha Generación: el pesi- mismo ante la situación del país, la esperanza de una España mejor y el paisaje de Castilla como reflejo del alma nacional.

Fuente original: Cuaderno de poesía crítica nº. 100. Antonio Machado: https://omegalfa.es/

Totalitarismo del mercado. El mercado capitalista como ser supremo (Descargar Libro)

Autor: Franz J. Hinkelammert

La obra de Franz J. Hinkelammert está mostrando desde hace décadas cómo el capitalismo y la modernidad produjeron una realidad tal que obnubiló nuestra visión o comprensión de lo que hace posible cualquier realidad. Esta visión moderna de la realidad no surgió en 1492, sino que viene gestándose desde mucho antes. Desde cuando se empezó a configurar lentamente en la tradición occidental un tipo de subjetividad de dominación, que aplastando cualquier proceso de liberación, fue configurando poco a poco una visión de la realidad que la modernidad pudo desarrollar hasta sofisticaciones tan inauditas, que ahora, con lenguaje y hasta discurso emancipador se pueden producir relaciones de dominio muy sofisticadas y crudas en nombre del ser humano y de la libertad. Es el problema del fetichismo que fue formulado por Marx y que Hinkelammert desarrolla como muy pocos en este tiempo.
Supuestamente vivimos en un mundo y época en la cual el ser humano después de tanta “prehistoria” tiene al fin acceso no solo al conocimiento científico, o sea verdadero, sino que ahora ha alcanzado por fin su humanidad. El problema es; ¿por qué en medio de tanto conocimiento “supuestamente verdadero”, de tanto desarrollo científico y tecnológico sin precedentes, hay tanta acumulación de miseria y tanta injusticia y destrucción de la naturaleza a niveles nunca antes imaginados? Ya no es solo el capitalismo el problema, sino su horizonte histórico y cultural que la hizo posible y que llamamos modernidad. Ella produjo su propio conocimiento, su propia cultura y su propia ciencia para justificarse a sí misma como lo mejor y al capitalismo como bueno. Y para poder fundamentarlos a todos ellos como lo más desarrollado, superior y racional, produjo su propia idea de racionalidad. Por ello es que ahora la producción de miseria y la destrucción de la naturaleza se pueden hacer conforme a esta racionalidad. Los grandes organismos internacionales como el FMI, la ONU, el Banco Mundial, utilizan argumentos lógicos, racionales y hasta científicos para justificar sus actos como buenos o necesarios.

Pero los resultados de este proceso de racionalización y modernización son; aparte de desastrosos, irracionales. Es lo que Hinkelammert llama la “irracionalidad de lo racionalizado”, es decir, el problema no es con la razón en general, sino con el tipo de racionalidad que produjo la modernidad, que no es conforme a la razón, ni a la humanidad, ni a la vida, sino a la sinrazón y hasta la destrucción de las condiciones de posibilidad de toda forma de vida. Y supuestamente la modernidad, es, lo más racional que la humanidad pudo crear a lo largo de su historia. ¿Dónde está la contradicción? (…)
Libro tomado de: www.pensamientocritico.info/

La hegemonía en el sistema-mundo. Immanuel Wallerstein

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No Cierres los ojos – Grupo Akal
Hasta ahora ha habido tres poderes hegemónicos en la historia del sistema-mundo moderno. Las Provincias Unidas de los Países Bajos fueron brevemente la potencia hegemónica a mediados del siglo XVII, desde 1648 hasta el decenio de 1660. El Reino Unido fue el poder hegemónico durante un lapso ligeramente mayor en el curso del siglo XIX, desde 1815 hasta 1848 o tal vez un poquito más. Estados Unidos fue potencia hegemónica a mediados del siglo XX, de 1945 a 1967/1973.
Después de la hegemonía holandesa las dos potencias que contendieron por la sucesión fueron Inglaterra y Francia. Tras la hegemonía británica los dos poderes fueron Estados Unidos y Alemania. Después de la hegemonía estadounidense los dos poderes fueron una estructura emergente en el noreste de Asia (Japón-Corea-China) y una Unión Europea todavía estabilizada solo en parte.
 Immanuel Wallerstein
Ocho años después de que Wallerstein concluyese el volumen I de su obra El moderno sistema mundial, en 1980 publica el segundo volumen cuyo título es El mercantilismo y la consolidación de la economía-mundo europea, 1600-1750. En el volumen I planteó el argumento básico de la obra en su conjunto y concluyó con un repaso de las transformaciones durante el largo siglo XVI: la economía-mundo capitalista existió solo en una parte del globo, esencialmente en Europa occidental y algunos lugares de América. El volumen II es la historia de la consolidación de la economía-mundo europea en un período que va de 1600 a 1750 y procura explicar cómo respondieron los capitalistas de diferentes zonas de la economía-mundo al fenómeno del crecimiento lento global.
Cada volumen, y cada capítulo dentro de un volumen, versa sobre un tema. Cada volumen estaba destinado para poder ser leído por sí mismo pero también, al mismo tiempo, para ser parte de una obra mayor. Wallerstein decidió ir llevando la historia más o menos cronológicamente, introduciendo aspectos estructurales del moderno sistema-mundo cuando se produjeron por primera vez o cuando se volvieron evidentes de manera significativa. Un tema nuevo e importante que se desarrolla en este segundo volumen es el concepto de hegemonía.
El concepto de hegemonía en una economía-mundo
Una potencia hegemónica es algo muy diferente de un imperio-mundo. La superestructura política de una economía-mundo no es un imperio burocrático, sino un sistema interestatal compuesto por estados pretendidamente soberanos. Y un estado hegemónico no es simplemente un estado fuerte, ni siquiera el estado más fuerte dentro del sistema interestatal, sino un estado significativamente más fuerte que otros estados fuertes (fuertes, no débiles). Es un estado que es capaz de imponer su conjunto de reglas al sistema interestatal y crear así un orden político mundial como le parezca prudente. En esta situación el estado hegemónico tiene ciertas ventajas adicionales para las empresas que se encuentran dentro de él, o que son protegidas por él, ventajas que no son concedidas por el «mercado», sino obtenidas por medio de presiones políticas.
La lenta pero inevitable decadencia del poder hegemónico
Las potencias hegemónicas decaen porque no pueden sostener para siempre su virtual monopolio del poder geopolítico mundial
Esto se debe a que, al cuidar sus intereses económicos, terminan por socavar, en algún momento, sus ventajas económicas. Y al proteger la conservación de su poder político-militar llegan a socavar su poder político-militar.

Como parte de sus esfuerzos por conservar el orden mundial que ha establecido, la potencia hegemónica empieza a invertir demasiado en estructuras militares. Va descubriendo que, de vez en cuando, tiene que usar de hecho sus fuerzas militares, lo cual es costoso y desvía las finanzas de las inversiones económicas.
Es verdad que en este periodo la potencia hegemónica sigue teniendo un inmenso poder militar. Pero en el período de hegemonía verdadera pocas veces requirió usarlo, porque todos daban por sentado que existía y que era abrumador. En el periodo de declive empieza a tener que utilizarlo, e incluso si gana las luchas militares, el mismo uso del poder militar socava su efectividad a largo plazo. Significa que otros están atreviéndose a cuestionar militarmente al poder hegemónico. Y un atrevimiento conduce a otro.
El equilibrio del poder
Parece haber ciertos patrones en lo que ocurre a medida que ambos contendientes por la sucesión hegemónica ganan en fuerza y asertividad. En cada caso, hasta ahora, un contendiente ha estado basado primordialmente en la tierra y el otro primordialmente en el mar (u hoy en el mar y en el aire). Y en los dos primeros ciclos hegemónicos el poder basado en la tierra procuró obtener el dominio transformando la economía-mundo en un imperio- mundo. Napoleón procuró conquistar toda Europa y Hitler trató de conquistar el mundo. En respuesta, la potencia con base en el mar procuró convertirse en un poder, no imperial, sino hegemónico.
Para lograrlo, los poderes con base en el mar construyeron grandes alianzas y, en primer lugar, una alianza con el que fuera hasta entonces el poder hegemónico: Inglaterra con las Provincias Unidas, Estados Unidos con Gran Bretaña. Por analogía cabría esperar que la estructura del noreste de Asia busque una alianza con Estados Unidos. En los dos casos previos el poder antes hegemónico se convirtió en el socio minoritario de la potencia marítima (o marítima/aérea) en ascenso.
Al principio el poder ascendente basado en el mar solía no tener un ejército terrestre significativo, que solo habría de constituirse en una etapa posterior. La ausencia de ejército en esta fase temprana tenía una ventaja clara: ahorraba muchísimo dinero, dinero que se invertiría en la infraestructura económica del país, permitiéndole ganar la lucha crucial por ser el poder más competitivo en la esfera de la producción para el mercado mundial.
En los dos casos previos la ventaja productiva llevó a una ventaja comercial, que a su vez condujo a una ventaja financiera. El punto en el cual la potencia en ascenso contó con esas tres ventajas es el que corresponde al momento de la verdadera hegemonía. En este volumen se analiza esta secuencia para el caso holandés. También ocurrió, como se describe en relación con los holandeses, y como volvería a pasar con los británicos, que la decadencia repitió el mismo orden: el poder hegemónico en declive perdió primero su ventaja productiva, luego su ventaja comercial y protegió durante más tiempo su ventaja financiera.
El proceso de decadencia no resulta desastroso para la potencia hasta entonces hegemónica. Esta sigue siendo, durante largo tiempo, el país más fuerte, con todo el prestigio que ha recaído sobre él como poder hegemónico. Continúa siendo, normalmente, un país sumamente rico, aunque sea relativamente menos rico que antes. Sigue habiendo muchos excedentes en su riqueza nacional, lo que permite que sus residentes tengan una existencia muy cómoda. La decadencia es, al principio, un proceso lento, y desde luego, hay un intento por negar su realidad ante los demás e incluso ante uno mismo. Pero eventualmente le llega el momento.
La «Guerra de los Treinta Años»
Llegamos finalmente al momento de desorden total. La guerra originaria de los Treinta Años se libró desde 1618 hasta 1648, y tras ella surgieron hegemónicas las Provincias Unidas. La segunda fueron las guerras revolucionarias/napoleónicas de 1792-1815, de las cuales resultó hegemónico el Reino Unido. Y la tercera fue el periodo 1914-1945, del cual surgió hegemónico Estados Unidos.
En cada uno de los casos el triunfador hegemónico se libró en gran medida de toda destrucción física durante la guerra. La combinación de librarse de la destrucción y del desarrollo de la infraestructura económica durante el periodo de la guerra implicaron que, al final de la guerra mundial, la potencia hegemónica tuviese una ventaja económica inmensa sobre todas las demás grandes potencias.
Hegemonía verdadera
El final de la guerra mundial marcó el comienzo de la verdadera hegemonía. El mundo, cansado de la guerra, cansado de la destrucción del orden, cansado de la incertidumbre política, recibía con beneplácito –o parecía hacerlo– el «liderazgo» de la nueva potencia hegemónica. Esta ofrecía una visión del mundo. Los holandeses ofrecieron tolerancia religiosa (cuius regio, eius religio), respecto a la soberanía nacional (Westfalia) y mare liberum. Los británicos ofrecieron la visión del estado liberal de Europa basado en un orden parlamentario constitucional, la incorporación política de las «clases peligrosas», el patrón oro y el fin de la esclavitud. Estados Unidos ofreció elecciones multipartidistas, derechos humanos, descolonización (moderada) y el libre movimiento del capital.
En el periodo de verdadera hegemonía era esencial que la potencia hegemónica construyese tanto un «enemigo» de su visión del mundo como una red de alianzas. No era tanto que las alianzas se creasen a fin de combatir al enemigo como que el enemigo se construía para poder controlar a los aliados. La potencia hegemónica procuraba cerciorarse de que los aliados subyugasen sus intereses económicos inmediatos a los de ella misma, creando así esas ventajas «adicionales» que son el propósito y el incentivo de la hegemonía.
Los holandeses forjaron una alianza protestante con Inglaterra en contra de los franceses. Los británicos, en el periodo posterior a 1815, celebraron la Entente Cordiale con Francia contra el trío autoritario de Rusia, Austria y Prusia. Y Estados Unidos creó la OTAN (y el Tratado de Defensa Mutua Estados Unidos-Japón) contra la Unión Soviética y el bloque comunista. En todos esos casos los aliados se vieron económicamente obstaculizados por la alianza, por lo menos hasta el período de decadencia del poder hegemónico.

Las redes de la guerra (Descargar)

 

La intervención simultánea en una infraestructura crítica, en el circuito financiero, en las redes comerciales y en la formación de sentidos y la manipulación de la opinión pública conforman parte sustancial de los nuevos entramados de la guerra. La sociedad está siendo sometida a procesos autoritarios inéditos por su profundidad y abarcamiento. Así, la superioridad tecnológica y operativa en el ciberespacio es herramienta clave para la disputa hegemónica y para disciplinar a los pueblos rebeldes que, por cierto, siempre encuentran los poros del ciberpoder y las rutas de la emancipación. 
Contenido:
  • -En el siglo XXI: Redes y entramados de la guerra
  • -Las corporaciones militares y el gran negocio de la guerra
  • -Guerra híbrida: orígenes y usos políticos
  • -La ciberguerra en la disputa intercapitalista
  • -Aplicaciones militares de la inteligencia artificial
  • -Las superarmas del futuro
  • -En el umbral de la autonomización de la guerra: Los sistemas de armas autónomos
  • -Guerra siempre, guerra por doquier
Fragmento:
En 1993, Arquilla y Rondfeldt, dos importantes cabezas pensantes del Pentágono, anunciaban la constitución de un nuevo tipo de guerra que correspondía a lo que implícitamente se reconocía como un nuevo dominio. El mundo recibió así el anuncio de una nueva época, que llevaba ya claramente tres décadas de gestación: estábamos en la era ciber.
La estética del mundo se transformó. A los dominios conocidos (mar, tierra, subsuelo y espacio) se agregaba el ciberespacio, construido material y virtualmente con cables, máquinas intercomunicadas, información, códigos, protocolos, algoritmos y ondas que atraviesan de manera permanente el espacio atmosférico, haciendo posible el intercambio de crecientes cantidades de todo tipo de informaciones.
Se colonizó la atmósfera albergando un espacio a la vez virtual y material llamado ciberespacio. Un espacio donde lo inmaterial adquiere cuerpo a través del correo electrónico, los flujos de video, las llamadas telefónicas o las órdenes ejecutadas por los autómatas.
Ese carácter a la vez material e inmaterial dio a la web, que emergió en esos años, la apariencia de un entramado misterioso asible e inasible a la vez, que se fue complejizando y sofisticando mientras se introducía en todas las actividades a manera de un sistema orgánico capaz de llegar a los más finos vasos capilares y a los más delicados impulsos emocionales.
La creación del ciberespacio fue inducida, dirigida y controlada por el Pentágono para mantener y ampliar el dominio del sujeto hegemónico constituido por lo que Eisenhower denominara el complejo militar industrial. En 2003 el Departamento de Defensa de Estados Unidos acuñó el término de Network centric warfare para indicar la entrada en escena de la ciberguerra. El ciberespacio alcanzaba ya en ese momento todos los ámbitos de densidad estratégica (…)
Fuente: Revista No. 544 – Octubre 2019 https://www.alainet.org/

Un Mundo sin Muros (Descargar Antología )


Lectura recomendada: Alemania a 30 años de la caída del Muro de Berlín


 

Este 9 de noviembre se cumplen treinta años de la caída del Muro de Berlín y de la proclamación de la superioridad de Occidente y de su modelo de libre mercado con el que debían caer todos los muros. Tres décadas después se han construido más de 70 en todo el mundo. Europa ya ha construido más de mil kilómetros de vallas, mucho más que la extensión del Muro de Berlín. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, arrancó el año con el cierre de gobierno más prolongado de la historia del país con un Congreso enfrentado entre quienes querían financiar su “gran, grueso y hermoso” muro y quienes apoyaban la versión de un “muro tecnológico” como proponía la dirigente demócrata Nancy Pelosi. Esto debería suscitar algunas preguntas incómodas que tienen que ver con la hipocresía, particularmente: ¿cómo hemos llegado a que los Muros se hayan convertido en el signo de nuestros tiempos?
Stop the Wall
Hasta 2002, cuando todo un ejército de bulldozers escoltados por unidades militares israelíes fuertemente armadas arrasaron terrenos palestinos para construir el Muro del apartheid de Israel, estas infraestructuras seguían siendo tabú.
Durante un año entero Israel ni siquiera reconoció estar construyendo un muro de más de 700 km de largo. Stop the Wall cartografió el primer mapa gracias a una eficaz tarea de campo y a la ayuda del Sistema de Información de Defensa Territorial de Palestina (PALDIS). Resultó ser casi idéntico al mapa que Israel se vio obligado a publicar posteriormente. Al principio, el mundo no quiso creer al pueblo palestino ni a quienes les apoyan cuando denunciaron la construcción del muro por parte de Israel. Tuvimos que aportar powerpoints y fotografías para que la gente se lo creyera. Entonces vino el escándalo. La cuestión de las “consecuencias legales de la construcción por parte de Israel de un muro en el territorio palestino ocupado” llegó a la Corte Internacional de Justicia.3 La Corte dejó bien claro que Israel tenía que desmantelar el Muro y su régimen asociado, además de pagar reparaciones. Subrayó asimismo que la comunidad internacional tiene la obligación de no reconocer ni ayudar o asistir en su construcción, y además, está obligada a adoptar medidas eficaces para que Israel ponga fin a la violación del derecho internacional.
La Asamblea General de Naciones Unidas apoyó casi unánimemente la decisión para abandonarla después en el mismo cajón en el que se acumulan centenares de otras resoluciones de Naciones Unidas que afirman los derechos de los palestinos pero que también han sido ignoradas.
Sólo tres años más tarde, Estados Unidos, bajo la presidencia de George W. Bush, aprobó una Ley de la Valla de Seguridad4 elaborada para erigir más de 1.350 km de un muro para el cual se contrató a la principal empresa militar israelí de construcción de muros, Elbit Systems, que aportaba las soluciones requeridas en alta tecnología.
En lugar de detener el Muro del apartheid que Israel construía en nuestra tierra, el mundo adoptó para sus propios fines el concepto en el que se basa.
Aunque en ese momento ya nos habíamos dado cuenta en Stop the Wall de que los muros no eran simplemente un problema palestino, todavía tuvo que pasar más de una década y otro presidente derechista en Estados Unidos para detener la progresiva “normalización de los muros”. Hasta entonces los debates sobre los muros se circunscribían en gran medida a la investigación académica.
Stephen Graham5 señaló en 2009, en su investigación sobre el nuevo militarismo urbano, que el Muro de Israel en Palestina y el muro construido por Estados Unidos en Bagdad habían entrado a formar parte de los paisajes de ciudades de todo el mundo. Un año después, Wendy Brown definió los muros de hoy como reacción y resultado de la “declive de la soberanía”6 y de los estragos que la globalización neoliberal ha causado en grandes poblaciones. En 2012, Stép7hane Rosiére y Reece Jones llegaron a conclusiones similares cuando afirmaron que estamos en una era de teichopolítica (término de nuevo cuño derivado del griego antiguo teichos, que significa “muro de la ciudad”) – la política de los muros – en la que los muros simbolizan la emergencia de unos pocos privilegiados que realmente disfrutan lo prometido por la globalización y defienden sus privilegios. Un año más tarde, Muhammad A. Chaichian8argumentó que a lo largo de la historia los muros representan una señal del debilitamiento del poder de los imperios.
Aunque este análisis era importante no tuvo el impacto necesario más allá de la torre de marfil del mundo académico. Ajenos a la atención de la opinión pública, en 2017 ya se habían erigido unos 70 muros en todo el mundo. Sólo unos pocos se han construido como el muro de Israel en territorio ocupado, anexionando tierras de la población y violando el derecho internacional. La mayoría se erigen para militarizar fronteras reconocidas y las tierras que atraviesan. Todos comparten el efecto de destruir la vida de las personas y acabar con ellas.
Tuvo que llegar Donald Trump y su promesa de un “muro grande y hermoso” durante su campaña electoral para que la opinión pública despertara y se desencadenase la acción de los movimientos. Sólo unos meses después de que Donald Trump llegara al poder, los movimientos mexicanos y palestinos lanzaron el llamamiento por un Mundo sin Muros9 que recibió de inmediato el respaldo de cientos de movimientos, redes globales, grupos y organizaciones de todos los continentes.
El llamamiento declaraba:
Desde el Muro del apartheid de Israel en tierras palestinas hasta el muro de la vergüenza de Estados Unidos en tierras indígenas en la frontera con México, los muros son monumentos de expulsión, exclusión, opresión, discriminación y explotación. […] Los muros no sólo se han levantado para fortificar las fronteras bajo control estatal sino para demarcar la frontera entre los ricos, los poderosos, los socialmente aceptables, y los ‘otros’.
Los más de 400 movimientos que se han adherido hasta ahora se han comprometido a concienciar sobre los efectos devastadores de la progresiva dominación de los muros en nuestro mundo y en nuestras vidas, a crear redes de solidaridad y vínculos entre las personas afectadas por los muros y los movimientos que luchan contra ellos, a exigir el fin inmediato de los muros que expulsan, excluyen, oprimen, discriminan y explotan y, por último, a resistir y desenmascarar a los que se benefician de ellos.
Esa es una tarea enorme pero, como suele ocurrir, la gente se ha unido no tanto por la iniciativa en sí misma como porque ha tomado conciencia de la crueldad de un sistema que empeora vertiginosamente y que hace de la globalización de nuestras luchas una urgencia vital.
Al observar desde Palestina el incremento de muros y el correspondiente avance del relato y de las políticas ultraderechistas, racistas, supremacistas y militaristas, parece que el mundo está atravesando un proceso de israelización.
Hace ya mucho tiempo que el pueblo palestino se opone al uso sistemático que hace Israel de las “razones de seguridad” como excusa para aplicar todo tipo de políticas ilegales y prácticas agresivas de apartheid, ocupación y anexión, incluidos el muro de Cisjordania y el que rodea Gaza. El relato sobre la seguridad, al igual que los propios muros, gana terreno en todo el mundo y está debilitando el marco de los derechos humanos en su totalidad.
A medida que se intensifica en el mundo la crisis económica, civilizacional y medioambiental, y van perdiendo crédito los mitos fundacionales del capitalismo neoliberal – la naturaleza meritocrática del sistema, que produce un crecimiento económico continuo de “goteo” en beneficio de todos –, las élites gobernantes adoptan lo que Charles Derber y Yale R. Magrass llaman el “relato de la seguridad” para evitar que cambien las relaciones de poder. El relato de la seguridad infunde miedo en nuestras sociedades porque inventa falsas amenazas y empeora las que existen; incapaz de proporcionar más bienestar, justifica la autoridad de la élite gobernante como única fuerza capaz de garantizar al menos seguridad y supervivencia. Derber y Magrass lo denominan la “nueva versión de una ‘raqueta de protección’”.
Durante el período en que los valores liberales asociados al paradigma económico del neoliberalismo han dominado en el Occidente, en Israel se han seguido desarrollando los paradigmas nacionalistas y supremacistas intensificando su régimen de apartheid contra el pueblo palestino. Hoy Israel ofrece los instrumentos intelectuales y tecnológicos de una versión del nacionalismo colonial del siglo XIX que se ha transformado en el modelo de un régimen de apartheid del siglo XXI: una mezcla perfecta de estructuras de poder opresivas. Israel ha conseguido incluso combinar oportunamente esa ideología y práctica con las políticas económicas neoliberales.
Como resultado de las brutales consecuencias de las políticas neoliberales y el colapso de la ideología que hasta ahora los ha sostenido en los países desarrollados, el supremacismo y el nacionalismo de derechas gana terreno como una falsa contraideología. Desde la derecha supremacista de Estados Unidos hasta India, donde el partido fascista hindú actualmente en el poder ha comenzado una guerra brutal contra cualquier población no hindú, hasta la derecha neofascista que cruza Europa hasta Brasil, donde Jair Bolsonaro ha desarrollado su propia marca de ideología racista y misógina, la derecha está en ascenso, ejecutando las mismas viejas políticas neoliberales con diferente barniz.
Como cabía suponer, todos estos dirigentes y corrientes políticas promueven el relato de la seguridad y son fervientes admiradores de las prácticas y muros israelíes.
En una lógica en la que los derechos son para un “nosotros” definido según criterios raciales, religiosos, étnicos u otros términos de exclusión, “el otro” se convierte en un “intruso” en una estructura nacional basada en la pureza y la superioridad. Los “otros” no sólo pierden sus derechos y su reconocimiento como seres humanos sino que se criminaliza su propia existencia. Los muros que se interponen en el paisaje y en las sociedades son elementos imprescindibles de esa posición.
Israel encuentra en esta dinámica global una fuente de legitimación y un mercado creciente donde propagar todo tipo de paradigmas, metodologías y tecnologías de vanguardia que ha desarrollado para reprimir al pueblo palestino.
Para Stop the Wall ha sido una prioridad política fomentar un llamamiento colectivo contra esta derecha en auge y una lucha conjunta por un Mundo sin Muros.
En lugar de ceder a la tentación de dejarse llevar por los ataques cada vez más dramáticos y brutales, para Stop the Wall este es el momento de levantar la cabeza, de mirar más allá de los muros, de percibir otras luchas y conectarlas con la nuestra para ganar fuerza y confianza juntos. Esta mirada más allá de los muros nos permite vislumbrar en el horizonte un mundo de justicia, libertad e igualdad, nos da esperanza y nos marca el rumbo.
Esta iniciativa no sólo sitúa a Palestina en la agenda de los movimientos globales como una lucha simbólica por la justicia global, una lucha que es también la nuestra. Pone fin a las apelaciones de excepcionalidad que sólo sirven a los intereses de Israel, pues la perspectiva que plantea el mayor desafío al apartheid israelí es que tenga que rendir cuentas ante las leyes básicas del derecho internacional y las convenciones de derechos humanos.
Al promover esta visión global de unidad que contiene la iniciativa por un Mundo sin Muros, Stop the Wall quiere ir más allá del papel de las víctimas y reivindicar el protagonismo en una lucha global por la justicia.
Antología El Mundo sin Muros
La iniciativa de reunir esta colección responde a las sugerencias de la gente y de los movimientos con quienes nos hemos estado reuniendo para organizar acciones y eventos desde 2017. El sentimiento general, como se ha reclamado, es que tenemos que organizar mejor nuestras ideas.
Conscientes de que no es tarea fácil, decidimos emprenderla creando una herramienta para recopilar y compartir experiencias y reflexiones que se han desarrollado durante el proceso. Queremos reunir el análisis de las estructuras e interconexiones dentro de este Mundo de Muros y las experiencias de lucha de todos los continentes para poder fortalecer los esfuerzos colectivos y definir las estrategias locales y globales que nos ayuden a construir un #Mundo sin Muros.
Consideramos las contribuciones a esta colección profundamente inspiradoras por las visiones, prácticas, informaciones y experiencias que aportan de los movimientos y activistas en lucha contra los muros de nuestro tiempo. Agradecemos profundamente a todos aquellos que han dedicado su tiempo a contribuir a su elaboración y que han hecho posible esta iniciativa.
Esta colección no es una antología exhaustiva sino un comienzo para seguir reuniendo las reflexiones y acciones que derriben los muros entre nuestros movimientos y construyan una base común para fundar un Mundo sin Muros y, esperamos, una herramienta para organizar nuestras ideas y vincular nuestras luchas.
1 Michael Finnegan, “‘It’s going to be a big, fat, beautiful wall!’: Trump’s words make his California climb an even steeper trek”, Los Angeles Times, 2 de junio 2016.
2 Disponible aquí.
3 Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia sobre las consecuencias jurídicas de la construcción de un muro en el territorio palestino ocupado, A/ES-10/273, Distr. General Español: 13 de julio de 2004. Disponible aquí.
4 “The High Cost and Diminishing Returns of a Border Wall“, American Immigration Council, 6 de septiembre 2019.
5 Stephen Graham, “Cities Under Siege: The New Military Urbanism”, (New York: Verso Books, 2009), 288.
6 Wendy Brown, “Walled States, Waning Sovereignty“, (New York: Zone Books, 2010), 168.
7 Stéphane Rosière & Reece Jones (2012), “Teichopolitics: Re-considering Globalisation Through the Role of Walls and Fences”, Geopolitics, 17:1, 217-234.
8 Muhammad A. Chaichian, “Empires and Walls – Globalization, Migration, and Colonial Domination”, Series: Studies in Critical Social Sciences, Volume: 62 (Leiden:Bill, 2013), 362.
9 Convocatoria “9 de noviembre – Día de Acción Global: Un Mundo sin Muros”, 20 de junio 2017.

Capitalismo y despojo. (Descargar Libro)

EN 

Renán Vega Cantor: Capitalismo y despojo. Perspectiva histórica sobre la expropiación universal de bienes y saberes (2013)
La expropiación es una característica estructural del capitalismo cuya finalidad siempre ha consistido en convertir a los seres humanos en trabajadores asalariados, en parias, en objetos desechables y/o en consumidores. En una perspectiva histórica amplia, pueden identificarse cinco grandes procesos de despojo perpetrados en los últimos cinco siglos, que están asociados a la emergencia y expansión mundial del capitalismo: la expropiación de la tierra y sus bienes comunes (la naturaleza); la expropiación del cuerpo de seres humanos para someterlos en sus propios territorios (amerindios) o convertirlos en esclavos y llevarlos con violencia al otro lado del mundo (africanos); la expropiación del producto del trabajo de artesanos y campesinos; la expropiación del tiempo de los trabajadores y de sus costumbres; y, la expropiación de sus saberes.
Estas formas de despojo no pueden ser consideradas de manera evolucionista como si necesariamente una fuera la continuación de otra anterior, puesto que algunas de ellas, o incluso todas, en determinado momento se presentan de forma simultánea, como sucede en nuestra época.
No obstante, una perspectiva histórica de larga duración permite destacar el predominio de cierta forma de expropiación en un determinado momento. Por esta razón, en este libro se muestra un breve panorama histórico de cada una de estas formas, con el objetivo de presentar una visión lo más amplia posible de los mecanismos de desposesión permanente que utiliza el capitalismo para reproducirse a diario.
La historia podría considerarse como el decurso del metabolismo social que relaciona a los seres humanos con la naturaleza, en un proceso en el cual se constituyen diferentes saberes ligados a las actividades productivas y a todos los aspectos de la vida social. Así, hace miles de años nuestros antepasados desarrollaron habilidades especiales, esto es, saberes particulares, para cazar, pescar, recoger frutos y plantas y, mucho tiempo después, crearon la agricultura, la artesanía, la ganadería y otras actividades que se proyectan hasta nuestros días. En esas actividades existía una unidad orgánica entre el trabajador y las condiciones de producción (artefactos e instrumentos), que estaba mediada por la existencia de unos saberes concretos tal y como acontecía en los oficios artesanales (…) Este tipo de unidad de saber, entre el trabajador y sus condiciones de producción, empezó a ser erosionado desde hace varios siglos por el emergente capitalismo en algunos lugares de Europa. Aunque el esfuerzo de expropiación del saber de los trabajadores asalariados se inició con la Revolución Industrial, este intento no tuvo éxito inmediato, entre otras razones por la resistencia consciente y organizada de las primeras generaciones de obreros. Entre los procesos de expropiación a que éstos últimos han sido sometidos desde la configuración del capitalismo en Inglaterra en el siglo XVIII, el último en alcanzarse fue el despojo de sus saberes.
Así, la expropiación de las condiciones de producción y del producto del trabajo se materializó durante la acumulación primitiva del capital y apareció ya consumada, en el caso inglés, antes de la Revolución Industrial. La expropiación del tiempo y de las costumbres de las primeras generaciones de obreros fue más tardía, hasta que el capital logró imponer el ritmo temporal de las fábricas a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Mucho más tarde, se logró la expropiación de los saberes, cuando se impusieron el taylorismo y el fordismo, en pleno siglo XX. Ese proceso de expropiación de saberes prosigue hasta el día de hoy, involucrando a todo tipo de trabajadores, incluso a aquellos que hasta hace poco tiempo se consideraban al margen de dicho despojo, como los pertenecientes a las llamadas profesiones liberales (abogados, médicos, profesores…)