"El Che llegó a ser el amigo incómodo de Fidel para los soviéticos", el periodista Jon Lee Anderson responde a las preguntas de nuestros lectores sobre el guerrillero

Carolina Robino

HayFestivalQuerétaro@BBCMundo

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"El Che era el amigo incómodo de Fidel para los soviéticos"

En poco menos de un mes se cumplirán 50 años de la muerte de un guerrillero y el nacimiento de un mito.

El tiempo no ha conseguido amainar las pasiones que despierta la figura de Ernesto "Che" Guevara.

Un año después del fallecimiento de Fidel Castro, el recuerdo de su viejo compañero de lucha sigue vivo en las generaciones mayores y continúa despertando curiosidad en las nuevas.

En el marco del Hay Festival Querétaro 2017, que finalizó el domingo, BBC Mundo invitó a nuestros lectores a compartir sus preguntas sobre el Che para que fuesen respondidas por una de las personas que más ha indagado sobre la vida del guerrillero: el periodista Jon Lee Anderson.


El biógrafo estadounidense ha dedicado gran parte de su carrera a América Latina y es el autor del libro "Che Guevara: Una vida revolucionaria".

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No sólo se trata de una de las biografías más aclamadas del guerrillero argentino, sino que una de las entrevistas que la componen contribuyó a que se localizaran por fin los restos del Che, que llevaban décadas enterrados en un desconocido paraje boliviano.

Estas son sus respuestas:

Juan Carlos Padilla, de Cartagena (Colombia), pregunta qué tan cierto es que el Che tuvo que salir de Cuba hacia Bolivia a buscar su propia revolución porque Fidel Castro tenía celos de él, ya que el argentino despertaba más cariño en la población cubana que el gobernante.

Jon Lee Anderson
GETTY IMAGES

Pie de foto,

Jon Lee Anderson es autor de una de las biografías más completas sobre el Che.

No es cierto, no sé de dónde salen estas ideas (ríe). El Che era un amigo devoto de Fidel y creía en él. Siempre tuvo claro que Fidel era el líder nacional cubano por más que este le dio la ciudadanía a cambio de sus servicios.

El Che siempre quiso volver a su patria, Argentina, a hacer la revolución ahí también. Bolivia era como un paso previo en aras de lograrlo.

  • Lo que sí es cierto es que el Che se volvió crítico con el mundo socialista, liderado por los soviéticos en ese momento. Según veía él, les faltaba espíritu socialista de verdad.

Él quería lograr un nuevo tipo de socialismo a través de la revolución cubana.

Pero Fidel, al ser el líder de Cuba, estaba comprometido porque tenía que tener un aliado y un mecenas. Entonces convinieron que él se fuera.

El Che llegó a ser el amigo incómodo de Fidel para los soviéticos, que ya estaban pagando todo en Cuba.

Mucha gente pregunta también si Fidel tuvo algo que ver con la muerte del Che. Me imagino que la respuesta va a ser no.

Tampoco es cierto. Los servicios cubanos organizaron la misión del Che en Bolivia, donde murió.

Algunos sobrevivieron, el Che no. Pero no era una misión suicida.

Hay que entender que todas las misiones guerrilleras lo son hasta cierto punto.

El Che y Fidel durante la revolución
KEYSTONE

Pie de foto,

Replicar la revolución cubana en el resto del continente resultó una tarea demasiado difícil.

Cuando el Che, Fidel y Raúl se embarcaron en el Granma en Tuxpan, en México, y zarparon para Cuba, prácticamente era una misión suicida porque Fidel había tenido la virtud o el defecto de haberlo anunciado antes de tiempo.

Entonces su llegada era la crónica de un náufrago anunciado y la gente de Batista lo estaba esperando. De los 82 a bordo, mataron a todos menos 17.

Igual, dos años después, los guerrilleros prevalecieron y llegaron al poder.

Por eso mismo, estos jóvenes -entre los que había libertarios y algunos marxistas- que lograron el poder así pensaron que podían replicar esto por el resto de América, pero les fue mucho más difícil.


Hay que matizar las cosas. Por eso mismo yo hice la biografía, porque entendí que la gente tendía a caricaturizar la gesta del Che y la revolución cubana.

Y había que entenderlo por lo que fue, no por lo que algunos quisieran que hubiese sido.

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"El Che era un hombre honesto y murió peleando", Jon Lee Anderson

Alfonso Pupo, desde Miami, dice que cualquier niño vietnamita supo más de lo que es una guerra que el Che Guevara. Que este fracasó en su misión en el Congo, que no hizo nada en Bolivia y tampoco en Cuba. Según él, su lucha contra Batista fue una bagatela. Entonces, ¿por qué se ha convertido en un mito guerrillero?

Bueno, esta persona ha cargado su aseveración con un montón de adjetivos bastante tendenciosos y no concurro con la mayoría de ellos.

Yo sé que eso le pica mucho a los que no pueden ver al Che, que no entienden cómo es que la gente lo admira y lo pone en su camiseta… Simplemente, no lo pueden aguantar.

Me da un poco de risa porque, en 50 años que ha estado muerto, no han logrado meterle esa estaca en el corazón para matar de una vez por todas al Conde Drácula.

Y esto es porque era un hombre honesto y murió peleando, como un héroe.

Una camiseta del che
NICOLAS ASFOURI

Pie de foto,

Medio siglo después de su muerte, el Che continúa siendo un ícono popular en todo el mundo.

Esta fue una de las razones por las que me interesé en la figura del Che, porque me di cuenta de que sus enemigos declarados -incluyendo a la gente de la CIA, que lo llevó a su muerte- había confesado su admiración por él.

Más allá de sus ideas comunistas, le reconocían virtudes de guerrero, virtudes de hombre que estaba dispuesto a luchar por sus ideales y a morir por ello.

Eso es algo que está en el imaginario de todos los seres humanos, que tenemos héroes mitológicos.

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"En las guerras se derrama sangre, no me consta que el Che fuera un asesino por hacerlo"

Desde Bogotá, Alejandra nos pregunta si era cierto que el Che era racista y homofóbico y un asesino -a raíz de que fue uno de los que estuvo a cargode los fusilamientos que hubo después de la revolución-. Este es un tema que las generaciones más jóvenes tienen más presente que las anteriores, ¿no?

Sí, es muy curioso. Esto empezó hace 10 años. Pero, mira, hace 50 años todo el mundo era homofóbico.

La homosexualidad era ilegal en la mayoría de países.


Pero hay que pensar un poco antes de juzgar a gente del pasado con las nociones de hoy.

Hace una década, el concepto del matrimonio gay no era algo que estuviese difundido en el mundo. O el transexualismo, simplemente, no era una cosa que la gente que vivía antes pudiese concebir.

No me consta que el Che fuese racista. Al contrario, la mayoría de las personas junto a quienes peleaba eran negros.

El Che junto a guerrilleros
AFP

Pie de foto,

Anderson niega que el Che fuese racista y dice que, por el contrario, luchó junto a negros en Cuba.

Dio un discurso famoso en la Universidad de Santa Clara en 1961 en el que dijo que había que pintar de colores esa universidad.

Quería decir que había que tener marrón, negro, amarillo en una universidad que antes había sido un antro nada más de blancos. Estas no son las palabras de un racista.

En cuanto a si era asesino… no sé. ¿Qué es lo que piensan los chicos de hoy sobre la guerra? ¿Qué piensan que sucede?

No es Halo 3 ni Grand Theft Auto 4. La guerra no es un videojuego donde, con pulsar un botón, todo ocurre en la virtualidad. Sucede en la vida real.

En las guerras se mata y muere gente. Por eso, la definición de guerra y el Che era un guerrero.

El dictador Batista, que quiso aniquilar la guerrilla antes de que llegara a La Habana y no lo logró, no sólo mandó guardias a pelear contra ella en las montañas.

También hizo un trabajo de contraterrorismo, que es muy típico y tradicional en América Latina. Según este, policías o esbirros, como le llamaban en Cuba, actuaban como escuadrones de la muerte.

El Che como representante de Cuba
KEYSTONE

Pie de foto,

El Che recibió la ciudadanía cubana en agradecimiento, pero siempre quiso volver a Argentina a hacer la revolución allí.

Habían más de unas cuantas decenas de jóvenes cubanos colgados de árboles en las plazoletas de La Habana y de otras ciudades del país. Degollados ante la sospecha de que simpatizaban con la guerrilla.

Entonces, naturalmente, al llegar al poder la guerrilla buscó a esos esbirros y verdugos del régimen.

Fueron ellos, en la mayoría de los casos, los que acabaron fusilados después de juicios sumarios y ante los fotógrafos de la prensa del momento en La Habana en la primavera de 1959.

Tengo entendido que fueron algo así como 340 y sí, el Che fue el fiscal supremo en un esfuerzo por dar justicia -algunos la llamarían justicia con firmeza- a lo que había sido toda esa gesta.

Lo que pasa es que sí, en la guerra se derrama sangre. Pero no me consta que haya sido asesino por serlo.

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"Desde chico tenía una vida interior muy desarrollada y un afán de aventura"

Javier Paniagua pregunta qué personajes lo habían inspirado para hacer al unísono de su lucha una bitácora, un diario y hasta poesía de lo que sucedía en su día a día.

Desde pequeño él era asmático. Tenía un problema muy serio, era un chico enfermo y tenía que ser recluido en muchas ocasiones cuando tenía ataques de asma.

En esas encerronas, leía mucho en una casa donde había un culto a la lectura. Leía aventuras, de todo. De ahí pasó a la filosofía. Era muy idealista y buscaba ideas.

A partir de una edad muy joven, a los 17 años, empezó lo que él llamaba su diccionario filosófico. Todo lo que leía lo subrayaba y tenía la costumbre de reseñarlo al final. Era una manera de cuajar y cristalizar sus ideas.

Y luego también lo utilizó en su búsqueda de ideología. Terminó en el marxismo pero pasó por Confucio, los griegos y todo lo demás.

Tenía una vida interior muy desarrollada así como un afán de aventura. Fue temerario desde muy joven también.

Esa parte de su vida es muy fascinante porque uno ve cómo esto va conduciendo a la persona que fue.

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"(El Che) No podía ni cantar ni bailar, en eso era muy poco latinoamericano"

Yehudit Nayara Casas Rodríguezpregunta desde Villavicencio, en Colombia, cuáles eran sus pasiones, sus odios, sus manías, sus hobbies…

Odiaba el imperialismo yanqui. Lo dijo él: era un marxista y quería revolucionar el mundo. Hobbies no tenía. No me consta que tuviese manías.

Claudio Chacón desde Yaritagua, en Venezuela, pregunta qué estilo musical era el predilecto del Che.

Ninguno. Era antimusical. No podía cantar ni bailar, era muy poco latinoamericano en ese sentido.

Desde Québec, Enrique Casado pregunta qué fue de la vida de la primera hija del Che.

Hildita. Yo la conocí, se crió en Cuba. Cuando se fue el Che, su mamá, Hilda Gadea, la peruana divorciada del Che, murió y ella se quedó huérfana en la isla.

Una foto del Che con sus hijos
RODRIGO BUENDIA

Pie de foto,

El Che tuvo una hija con su primera esposa, la peruana Hilda Gadea, y cuatro con la segunda, la cubana Aleida March.

Tuvo relaciones de cierta amistad con sus hermanastros pero, en realidad, era una chica que estaba bastante sola.

Se enamoró y se fue de Cuba a aventurarse en Europa como hicieron muchos otros chicos de la época. Un poco a lo hippie y muy rebelde, lo que no fue bien visto por las autoridades de la isla en un momento dado.

Se casó con un guerrillero mexicano, que también era incómodo para Cuba porque México era el país con el que tenía una especie de política especial.

Tuvieron dos hijos. Uno de ellos, Canek, lamentablemente, murió hace dos años. También era un chico brillante, atormentado.

Hilda murió en 1995 de cáncer cerebral a los 39 años, a la misma edad que su papá, el Che.

Para mí fue una figura trágica.

Muy inteligente, quizá, de todos los chicos, la más parecida a su papá: una inteligencia aguda, sentido del humor, muy rebelde. Y, bueno, su propia persona.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-41230068



Jon Lee Anderson (n. California el 15 de enero de 1957) es un periodista estadounidense que se ha especializado en temas latinoamericanos y en las guerras posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Trayectoria

Se inició como periodista en Perú en 1979, como miembro del semanario The Lima Times. Se especializó en temas políticos latinoamericanos y ha desarrollado una escuela sobre la forma de escribir perfiles, realizó los de importantes personalidades mundiales como Fidel CastroGabriel García MárquezAugusto PinochetCharles TaylorIyad Allawi, el rey Juan Carlos I de EspañaSaddam Hussein, y Hugo Chávez.

Ha escrito artículos para el New York TimesFinancial TimesThe GuardianEl PaísHarper’sTimeThe NationLifeLe MondeDiario ClarínEl Espectador, entre otros medios. Forma parte del personal del The New Yorker.

Publicaciones

Ha escrito los siguientes libros:

  • Inside the Liga (Al Interior de la Liga) (1986), sobre la Liga Mundial Anticomunista, financiada por los Estados Unidos, y sus vinculaciones con la guerra sucia en América Latina y la formación de bandas paramilitares llamadas escuadrones de la muerte (en coautoría con Scott Anderson).
  • Zonas de Guerra: voces de los campos de matanza del mundo (1987), recopilación de testimonios tomados en cinco guerras (en coautoría con Scott Anderson).
  • Guerrillas (1992), sobre los movimientos insurgentes en El Salvador, Sahara Occidental, Gaza, Afganistán y Birmania.
  • Che Guevara: Una Vida Revolucionaria (1997), una de las biografías más importantes de Ernesto Guevara. Para escribirla se radicó en Cuba entre 1992 a 1995, con su esposa y sus tres hijos.
  • La tumba del León: Partes de guerra desde Afganistán (2002), sobre la Guerra en Afganistán de 2001.
  • La caída de Bagdad (2004), sobre el sitio y ataque a la capital durante la Guerra de Irak.
  • La herencia colonial y otras maldiciones (2012), crónicas de África.



El negacionista, por Fernando Mires

 Fernando Mires


Twitter: @FernandoMiresOl


La función no ha terminado. Aunque ya hemos visto bastante para hacernos una idea aproximada de lo que puede venir, Trump brinda espectáculo, mantiene la atención, medio mundo contiene el aliento en espera de que ejecute su salto mortal. O su ascenso a presidente con funciones redobladas para realizar el sueño de la supremacía mundial, o su caída frente a un Joe Biden, incapaz de despertar entusiasmo aún entre los más suyos. Pero quien sabe si ahí resida la fuerza de Biden cuyo hablar tan tranquilo, cuyos modales tan cuidados, cuya apariencia tan frágil, producen un contraste inmenso frente un presidente devenido en energúmeno.

Tarde para Trump sería cambiar su estilo. Solo le queda exagerarlo. En las próximas semanas nadie se aburrirá, lo garantizo señor. A un lado, un demócrata. Al otro, un republicano pro-forma, pero en el hecho un líder de un partido que trasciende tanto a demócratas como a republicanos. Es el partido trumpista, un partido que va más allá del bi-partidismo clásico.

Entre ambos candidatos tendrá lugar una disputa inédita. Los electores decidirán cual es la realidad que prefieren: la que se presenta ante nuestros conocimientos, o la realidad de Trump. La segunda niega radicalmente a la primera. Por esa, y por otras razones, Trump ha sido tildado como negacionista. Efectivamente, no solo es negacionista, es además, un negacionista radical.

¿Qué significa ser negacionista? Para despejar digamos que ser negacionista no significa negar. Quien algo niega es simplemente un negador. Negacionista en cambio – el “ista” lo indica – es una postura cuyo objetivo es eliminar una parte de la realidad en aras de una visión de mundo, de un sistema de creencias o de una ideología.

El negacionista, reiteremos, no niega a toda la realidad sino a la parte de ella que no se ajusta a sus objetivos. Eso no significa que el negacionista contradiga a esa parte de realidad, entiéndase bien. Pues contradecirla implicaría aceptar su existencia. Los negacionistas, como el nombre lo dice, no contradicen, simplemente niegan.


Por cierto, Trump no es el primer negacionista de la historia. Quizás el caso más extremo fue Hitler. El perverso líder creía efectivamente en la superioridad de la raza aria y todo lo que contradijera su creencia debería ser suprimido, es decir, declarado inexistente. El hecho de que muchos miembros de la comunidad judía destacaran en los terrenos del intelecto, de las artes, de la economía y de la política, contradecía la “tesis” de Hitler. Para que la contradicción desapareciera, había que negar la existencia de los judíos. Pero como los judíos existían, debían desaparecer de la faz de la tierra. El Holocausto fue el acto mediante el cual los nazis destruirían toda posibilidad de contradicción.

Toda contradicción confiere ambivalencia a la realidad, la que cuando es contra-dicha se transforma en discursiva (discutible). La negación en cambio, elimina la ambivalencia y con ello a toda discusión. ¿Cómo discutir en contra de algo que no existe?

Para cada mente autoritaria la ambivalencia es un escándalo, escribió Sygmunt Bauman, en uno de sus más celebrados libros (Modernidad y Ambivalencia). Suprimir la ambivalencia, vale decir, la posibilidad de que algo no sea totalmente definido, la de que exista un sí frente a un no, la de que esto sea también lo otro, es una de las misiones propias a las dictaduras y a otras formas de gobiernos antidemocráticos. Quiere decir, todo lo que se oponga a la verdad del poder, deberá ser negado o, en su defecto, suprimido.

Podemos encontrar así dos tipos de negacionistas. Los a priori y los a posteriori. Hitler y su mellizo comunista, Stalin, pertenecían a la segunda especie, simplemente hacían desaparecer a sus enemigos. Los a priori, y a esa especie pertenece Trump, se contentan con declarar la inexistencia de todo lo que contradice a sus propósitos.

¿Cambio climático? No existe, el clima sigue siendo el mismo de siempre. ¿Enemigos democráticos? No existen, son todos comunistas. ¿Covid 19? No existe, se trata de una simple gripe. Visto así, los aprioristas parecen ser mucho menos peligrosos que los aposterioristas. No suprimen lo que niegan. Simplemente lo niegan. No obstante, los daños que pueden causar, ya sea por omisión o complicidad, pueden ser muy grandes. Más todavía si se tiene en cuenta que los negacionistas no actúan solos. En el hecho están apoyados por muchas personas que necesitan negar la realidad para transitar en el mundo idealizado en que ellos viven. Podríamos decir incluso que el factor negacionista es constitutivo a la mente humana.

El negacionismo, aunque parezca irracional decirlo, es una posibilidad de la razón. De acuerdo a Kant (Crítica de la razón práctica) el humano es el único ser dotado con la capacidad de transfigurar a la realidad. Para el gran filósofo la facultad del saber pensar implica no solo la posibilidad de engañarse, sino también la de mentirse, es decir, la de negar la verdad sustituyéndola por una mentira o por una no-verdad. O como en el caso de Trump, por la de negar una realidad sin sustituirla.

Puede que alguien con conocimientos psicológicos argumente que para mejor vivir, o para convivir con los demás y consigo mismo, sea necesario conservar un mínimo de negacionismo. Al fin y al cabo, olvidamos lo que queremos olvidar y si lo olvidamos es porque no deseamos mantenerlo en el recuerdo. Y a veces por razones muy explicables. La verdad, como lo demostró Henrik Ibsen en su obra El Pato Salvaje, suele ser destructiva. Por eso hay mentiras piadosas. En cambio, no hay verdades piadosas. Las verdades son implacables.

En términos sociales, el negacionismo, si no justificable, es explicable. ¿Qué mejor para un buen ciudadano alemán amante de su nación si alguien dice que el holocausto nunca existió, que fue solo una invención de los vencedores de la guerra? ¿Qué mejor para un comunista si alguien dice que los crímenes de Stalin solo fueron una invención del imperialismo? ¿Qué mejor para un fanático de los automóviles si alguien dice que la emisión de dióxido de carbono no influirá en el cambio climático porque este nunca ha existido? ¿Qué mejor para un vacacionista compulsivo si alguien dice que la covid-19 no es más peligrosa que una simple gripe?

En fin, no solo olvidamos lo que queremos, además, creemos lo que queremos creer. Y más lo creemos si el que habla no es un cualquiera sino nada menos que el presidente del país más poderoso de la tierra.

Trump, ya sea por convicción o por simple conveniencia, conoce probablemente la fuerza del negacionismo que el mismo profesa. Pero ya lo sabemos: si resulta elegido, lo será no por haber proclamado verdades sino por haberlas negado. Lo que nunca sabremos es si Trump cree en sus negaciones hasta el punto de poner su propio cuerpo en peligro mortal o si la suya es una simple deformación del carácter. Como sea, Trump ha terminado por convertir a la pandemia en una aliada política. Covid 19 la nombra solo para ser negada y así ganar el apoyo de los negacionistas. Si estos son mayoría, lo sabremos en noviembre.

¿Estamos frente a uno de los más grandes manipuladores de la historia política universal, o solo frente a un político de mente perturbada? No está excluida tampoco la posibilidad de que sea las dos cosas a la vez. Lo único seguro es que después de la era Trump, la tarea de quien lo suceda deberá ser no solo política sino pedagógica: la de restaurar la verdad sobre su negación. Tarea muy difícil pues, derrotado o victorioso, el trumpismo seguirá existiendo después de Trump, ya sea como movimiento anticultural y antipolítico, ya sea como un espíritu de su propio tiempo.

La mentirosa compulsiva que mandó matar a sus padres cuando descubrieron que falsificó sus notas desde los años de instituto

 

La canadiense Jennifer Pan pergeñó desde 2010 un plan para asesinar a sus progenitores tras años de mentiras sobre sus resultados académicos, su trabajo y su vida


Jennifer Pan.
Jennifer Pan. WIKIPEDIA

Sus padres la controlaban en todo. A Jennifer Pan, una canadiense nacida de 1986 en una familia de origen asiático, le exigían sobresalientes en sus notas. No podía hacer cosas de una chica de su edad: el único tiempo en el que no estaba bajo la supervisión directa de sus padres era el que pasaba en el colegio. El resto: clases de piano, de flauta y de patinaje artístico. Sus progenitores tenían la esperanza de que algún día se convirtiera en deportista olímpica, algo que impidió la rotura del ligamento de una de sus rodillas.

Las mentiras comenzaron ya en la escuela, según relata Medium. En las calificaciones, muchos sobresalientes eran en realidad notas más bajas, pero ella se las ingeniaba para falsificar los boletines. Y a pesar de esas falsas buenas notas, sus padres no bajaban la guardia: cuando llegó a adolescente, le impedían tener cualquier tipo de relación con chicos. La prohibición afectaba incluso a los bailes del instituto, pero eso no impidió que conociera a Daniel el primer año de  secundaria, en la banda de música, y que viajara junto a sus compañeros músicos a Europa. Allí Daniel y ella se enamoraron, aunque lo ocultaron. También mantuvo en secreto que había sido rechazada en la Universidad Ryerson, en Toronto. Todo el mundo pensaba que la habían admitido: tenía una carta de aceptación (falsificada) para demostrarlo. Difícilmente podía acceder a la educación superior si ni siquiera había obtenido el título de secundaria, algo que, obviamente, también tapó.

Su padre quería que estudiara Farmacia, y eso le hizo creer que estudiaría en Ryerson. El dinero no era un problema, porque supuestamente había recibido un préstamo universitario y además convenció a su padre de que iba a recibir una beca de 3.000 dólares, según los datos recopilados por la revista Toronto Life. También eso era falso. Compró algunos libros de texto y se empapó con el contenido de algunos documentales para aparentar ser una estudiante de farmacia modelo. Su verdadera fuente de ingresos eran las clases de piano y su trabajo en un restaurante. Decía que vivía con una compañera de piso, pero su compañero real era su novio, Daniel. Cuando llegó la hora de graduarse tuvo que inventarse una excusa sobre el aforo del salón de actos para que sus padres no acudieran y seguir manteniendo la mentira.

Como si fuera una versión femenina de Jean-Claude Romand, el hombre que asesinó a su esposa, hijos y padres tras engañarlos durante años sobre su formación y su trabajo, y que inspiró la novela El adversario, de Emmanuel Carrère, Jennifer aumentaba cada vez más el alcance de sus embustes. De los estudios al trabajo: mentira era que hubiera conseguido una plaza en un laboratorio de análisis de sangre en un hospital, como les dijo a sus padres.

Ya con la mosca detrás de la oreja, los ellos quisieron acompañarla al centro médico donde supuestamente trabajaba como voluntaria. Todo el montaje vital de la joven estaba en peligro. Su único recurso entonces fue escapar cuando ya estaban dentro de las instalaciones, lo que aumentó las sospechas. Estas se hicieron más sólidas cuando decidieron llamar a la amiga con la que supuestamente había convivido tantos años: todo era mentira.

La furia de los padres los llevó a tomar medidas severas de control sobre ella, una mujer que ya era adulta por entonces. La forzaron a dejar su trabajo, instalaron un dispositivo de seguimiento por GPS en su vehículo. La supervisión era tan férrea, que el novio de Jennifer Pan terminó rompiendo con ella.

En 2010, retomó la amistad con un viejo amigo del instituto, Andrew Montemayor, que le confesó que quería matar a su padre. Jennifer Pan pensó en hacer lo mismo. Junto a otra persona, idearon un plan para asesinarlo a cambio de 1.500 dólares (1.275 euros) que le pagaría al sicario, que resultó ser un estafador: huyó con el dinero sin cumplir el encargo. Recuperada la relación con Daniel, retomó la idea de acabar con la vida de sus padres. Un nuevo contacto se ofrecía a cometer el doble crimen por 10.000 dólares (8.500 euros), contando con la ayuda de otro hombre y de Daniel.

Y, así, la noche del 8 de noviembre de 2010, Jennifer le franqueó el paso a la casa familiar a los sicarios. "Tenéis acceso VIP", le escribió al móvil al novio, para que entraran. Forzaron a los Pan, padre, madre e hija, a que bajaran a la planta baja, les exigieron que les entregasen todo el dinero que tuvieran y la llevaron a ella a la planta de arriba, donde la ataron. Poco después, les dispararon en la cabeza, según la sentencia.

Entonces la joven llamó a la policía para avisar de que había oído disparos. Su padre había conseguido zafarse, salir a la calle y pedir ayuda a un vecino, y logró llegar con vida al hospital. La madre no sobrevivió.

A la policía le extrañaba que en el robo los ladrones no se hubieran llevado nada valioso aparte del dinero. También que los asaltantes hubieran entrado directamente por la puerta principal del domicilio, como si nada se lo impidiese. El relato del padre al despertar del coma inducido en el hospital reafirmó las sospechas policiales: su hija parecía conocer a los asaltantes. Rodeada nuevamente por miradas inquisitivas, la joven dijo que sufría depresión y que había acordado con los asesinos que la mataran a ella, pero que se confundieron y atacaron a sus padres.

Cuatro años después, en diciembre de 2014, Jennifer y sus tres compinches fueron considerados culpables y luego condenados a cadena perpetua. A los 25 años tendrán derecho a que se estudie su libertad provisional. El padre, mermado por las heridas causadas por culpa de su hija, quedó impedido para trabajar.

https://elpais.com/politica/2020/10/01/cronica_negra/1601537162_716245.html







 






Título original
Toto le héros
Año
Duración
90 min.
País
Bélgica Bélgica
Dirección
Guion
Jaco Van Dormael, Laurette Vankeerberghen, Pascal Lonhay, Didier De Neck
Música
Pierre Van Dormael
Fotografía
Walther Van Den Ende
Reparto
Productora
Coproducción Bélgica-Francia-Alemania;
Género
DramaComediaFantástico | InfanciaFamiliaCelosComedia dramática
Sinopsis
Thomas Van Hasebroeck tiene ocho años y está convencido de que al nacer fue confundido con su vecino Alfred. El resultado es que está viviendo la vida de Alfred, y éste la suya. Sueña con llegar a ser agente secreto para vengarse de su destino, pero en vez de eso se hace topógrafo. Un día conoce a Evelyne y se enamora de ella, pero hay alguien que ya está viviendo ese amor. Sesenta años después, el anciano Thomas convencido de que ha desperdiciado su vida, recupera los sueños infantiles y se lanza en busca de Alfred para que le devuelva la vida que le ha robado. (FILMAFFINITY)
Premios
1991: Festival de Cannes: Premio de la Juventud, Cámara de Oro
1991: Nominada Premios BAFTA: Mejor película de habla no inglesa
1991: Premios del Cine Europeo: Mejor actor (Michel Bouquet), guión y fotografía
1992: Premios César: Mejor película extranjera




Toto el héroe (película)

Toto el heroe
Información sobre la plantilla
Drama | Bandera de Bélgica Bélgica
91 mntos
NombreToto the Hero
Otro(s) nombre(s)Toto le héros
Estreno1991
GuiónJaco Van DormaelLaurette VankeerberghenPascal LonhayDidier de Neck.
DirectorJaco Van Dormael
Producción GeneralCoproducción Bélgica-Francia-Alemania
Dirección de FotografíaWalther van den Ende
RepartoMichel BouquetJo De BackerGisela Uhlen,Mireille PerrierSandrine BlanckePeter BöhlkeDidier FerneyPascal DuquenneThomas Godet.
Premios1991: Festival de Cannes: Premio de la Juventud, Nominada Premios BAFTA: Mejor película de habla no inglesa 1992: Premios César: Mejor película extranjera
PaisBandera de Bélgica Bélgica

Toto le héros En 1991 Jaco Van Dormael dirigió la película que le dio a conocer y que se convertiría en el mayor éxito de su carrera, proporcionándole la Cámara de Oro del Festival de Cannes y otros numerosos galardones. El director afirma que la génesis de este proyecto estuvo contenida en unas palabras del poeta francés Arthur Rimbaud: «Llegamos a ser lo que pensamos que nunca deberíamos ser, y lo que pensamos que nunca deberíamos hacer».


    Sinopsis

    Totó el Héroe es una película sobre el desencanto, el de un hombre, Thomas (Michel Bouquet), que ya instalado en la tercera edad, rememora sus años de juventud y se da cuenta de que nunca ha pasado nada en su vida. La única sensación que permanece intacta es la de odio, que se ha ido haciendo cada vez más fuerte con el tiempo hasta convertirse en una obsesión. Thomas cree que en el hospital donde nació, durante un incendio, fue intercambiado con otro niño, Alfred; Sueña con llegar a ser agente secreto para vengarse de su destino. En vez de eso, sin embargo, se hace topógrafo. Un día encuentra a Evelyne. Podría llegar a amarla tanto como amaba a su hermana cuando era pequeño, pero alguien está viviendo ese amor en su lugar. Sesenta años después, el anciano Thomas se pregunta si no habrá desperdiciado su vida. Eso le lleva a recuperar los sueños infantiles, y a lanzarse en busca de Alfred, para recuperar lo que éste le había robado: su propia vida. y que éste le habría arrebatado la que hubiera sido su vida; una vida de privilegios, confortable, llena de comodidades, que le fue usurpada sin que nadie se diera cuenta Sin embargo, todos esos delirios de infancia, que no hubieran consistido en otra cosa que «en envidiar la vida del vecino rico que tenía todos los juguetes a los que él no tenía acceso», terminan derivando en una pérdida progresiva de la perspectiva. Thomas le echará a Alfred la culpa de todas las desgracias que a partir de ese momento ocurran en su vida. Por eso la película empieza con un disparo y un estallido de odio: «Te mataré».

    Reparto

    EL ARTE Y EL TIEMPO Marcel Proust ( Moralistas modernos)

     


    Pensaba no sólo: «¿Estaré aún a tiempo?», sino también: «¿Estaré aún en condiciones?». La enfermedad que, al hacerme morir —como un rudo director de conciencia— para el mundo, me había hecho un favor, «pues, si la semilla de trigo no muere después de que se la haya sembrado, permanecerá sola, pero, si muere, dará mucho fruto», la enfermedad que, después de que la pereza me hubiera protegido contra la facilonería, tal vez fuese a ampararme de la pobreza, había debilitado mis fuerzas y, como había notado desde hacía mucho, en particular en el momento en que había dejado de amar a Albertine, las de mi memoria. Ahora bien, ¿acaso no era la recreación por la memoria de impresiones que después se debían profundizar, aclarar, transformar en equivalentes de inteligencia, una de las condiciones, casi la esencia misma, de la obra de arte, tal como la había yo concebido un poco antes en la biblioteca? ¡Ah! ¡Si hubiera tenido las fuerzas que estaban aún intactas en la noche que había evocado entonces al recibir François le Champi ! De aquella noche, en que mi madre había abdicado, databa, con la muerte lenta de mi abuela, el ocaso de mi voluntad, de mi salud. Todo había quedado decidido en el momento en que, al no poder ya soportar la idea de esperar hasta el día siguiente para pegar mis labios a la mejilla de mi madre, había adoptado la resolución, había saltado de la cama y había ido, en camisón, a instalarme en la ventana por la que entraba la luz de la luna hasta que hubiera oído marcharse al Sr. Swann. Mis padres lo habían acompañado, yo había oído abrirse la puerta del jardín, sonar el timbre, volver a cerrarse…

        Entonces pensé de repente que, si tenía aún la fuerza para realizar mi obra, aquella reunión vespertina —como en tiempos en Combray ciertos días que habían influido en mí— que me había inspirado en aquel preciso momento a la vez la idea de mi obra y el miedo a no poder realizarla, marcaría, seguro, en ella ante todo la forma que yo había presentido en tiempos en la iglesia de Combray y que nos resulta habitualmente invisible: la del tiempo.

    Cierto es que hay muchos otros errores de nuestros sentidos —ya hemos visto que diversos episodios de este relato me lo habían demostrado— que nos falsean el aspecto real de este mundo, pero en fin yo podría, si acaso, en la trascripción más exacta que me esforzaría por dar, no cambiar el lugar de los sonidos, abstenerme de separarlos de su causa, junto a la cual los sitúa la inteligencia a posteriori , aunque hacer cantar suavemente la lluvia en medio de la habitación y caer en diluvio en el patio la ebullición de nuestra tisana no debía ser, en resumidas cuentas, más desconcertante que lo que con tanta frecuencia han hecho los pintores, cuando representan —muy cerca o muy lejos de nosotros, conforme a las leyes de la perspectiva, la intensidad de los colores y la primera ilusión de la mirada nos los hacen aparecer— un velo o un pliegue que el razonamiento desplazará después desde distancias a veces enormes. Yo podría continuar, aunque el error sea más grave, como hacemos al atribuir facciones al rostro de una transeúnte, cuando, en realidad en lugar de la nariz, las mejillas y la barbilla, sólo debería haber un espacio vacío en el que actuaría como máximo el reflejo de nuestros deseos. Y, aunque no tuviera tiempo suficiente para preparar —cosa ya mucho más importante— las cien marcas que conviene aplicar a un mismo rostro, aunque sólo sea según los ojos que lo ven y el sentido en que leen las facciones y, en el caso de los mismos ojos, según la esperanza o el temor o, al contrario, el amor y la costumbre que ocultan durante treinta años los cambios de la edad, aun cuando, por último, no emprendiera yo la tarea —pese a que mi relación con Albertine bastaba para mostrar que, sin ella, todo es facticio y mendaz— de representar a ciertas personas no desde fuera, sino desde dentro de nosotros, donde los menores actos pueden ocasionar trastornos mortales, y hacer variar también la luz del cielo moral, según las diferencias de presión de nuestra sensibilidad o cuando una simple nube de riesgo —al turbar la serenidad de nuestra certidumbre bajo la cual un objeto es tan pequeño— multiplica en un momento su tamaño, si yo no podía hacer esos cambios y muchos otros (cuya necesidad, si se quiere retratar la realidad, ha podido manifestarse a lo largo de este relato) en la trascripción de un universo que estaba por dibujar de nuevo, al menos no dejaría de describir al hombre como dotado de la longitud —no de su cuerpo, sino— de sus años, como obligado a cargar —tarea cada vez más enorme y que acaba venciéndolo— con ellos cuando se desplaza.
        Por lo demás, todo el mundo sabe que ocupamos un lugar sin cesar aumentado en el tiempo y esa universalidad no podía por menos de alegrarme, pues la verdad —la sospechada por todos— era lo que yo debía intentar elucidar. No sólo todo el mundo sabe que ocupamos un lugar en el tiempo, sino que, además, hasta el más simple lo mide aproximadamente como mediría el que ocupamos en el espacio, ya que personas sin perspicacia especial, al ver a dos hombres a los que no conocen, los dos con bigote negro o totalmente afeitados, dicen que son dos hombres de unos veinte años —uno— y —otro— de unos cuarenta años. Seguramente nos equivocamos con frecuencia en esa evaluación, pero que hayamos considerado posible hacerla significa que concebíamos la edad como algo mensurable. Al segundo hombre con bigote negro se han añadido, efectivamente, veinte años más.

        Si esa idea del tiempo incorporado, de los años pasados y no separados de nosotros, era la que ahora tenía intención de poner en relieve, era porque en aquel preciso momento, en el palacio del príncipe de Guermantes, volví a oír los pasos de mis padres que acompañaban hasta la puerta al Sr. Swann y aquel tintineo rebotante, ferruginoso, inextinguible, chillón y fresco de la campanilla, que me anunciaba que por fin el Sr. Swann se había marchado y mamá iba a subir, pese a estar situados tan lejos en el pasado. Entonces, al pensar en todos los acontecimientos que se situaban forzosamente entre el instante en que los había oído y la reunión vespertina Guermantes, me aterró pensar que era exactamente aquella campanilla la que tintineaba aún en mí, sin que pudiera cambiar nada en los chillidos de su cascabel, pues, al no recordar ya exactamente cómo se apagaban, para volver a enterarme, para escucharlo bien, hube de esforzarme por dejar de oír el sonido de las conversaciones que las máscaras sostenían a mi alrededor. Para intentar oírlo desde más cerca, hasta mí mismo me veía obligado a bajar de nuevo. Así, pues, ese tintineo seguía ahí y también, entre él y el instante presente, todo aquel pasado indefinidamente desenrollado que yo portaba sin saberlo, cuando había tintineado, ya existía y después, para que yo volviese a oírlo, era necesario que no hubiese experimentado discontinuidad, que yo no hubiera cesado ni un instante, hubiese tomado el descanso de dejar de existir, de pensar, de tener conciencia, ya que aquel instante antiguo se mantenía aún en mí, podía aún volver a encontrarlo, regresar hasta él, simplemente descendiendo más profundamente dentro de mí. Y, precisamente porque contienen así las horas del pasado, es por lo que los cuerpos humanos pueden hacer tanto daño a quienes los aman, porque contienen tantos recuerdos de alegrías y deseos ya borrados para ellos, pero tan crueles para quien contempla y prolonga en el orden del tiempo el cuerpo querido del que siente celos, celos hasta desear su destrucción. Es que después de la muerte, el tiempo se retira del cuerpo y los recuerdos —tan indiferentes, tan pálidos— quedan borrados de la que ha dejado de existir y lo quedarán pronto de aquel al que siguen torturando, pero en el cual acabarán pereciendo cuando el deseo de un cuerpo vivo haya dejado de mantenerlos. Profunda Albertine a la que yo veía dormir y estaba muerta.

        Tenía una sensación de fatiga y de espanto al sentir que todo aquel tiempo tan largo no sólo había sido —sin interrupción alguna— vivido, pensado, segregado por mí, que era mi vida, que era yo mismo, sino que, además, yo debía a cada minuto mantenerlo unido a mí, a quien me sostenía, a mí, encaramado en su vertiginosa cumbre, que no podía moverme sin desplazarlo. La fecha en la que oía el ruido de la campanilla del jardín de Combray, pese a ser tan distante e interior, era un punto de referencia en esa enorme dimensión que yo ignoraba en mí. Sentía el vértigo de ver por debajo de mí —y, sin embargo, en mí, como si tuviese leguas de altura— tantos años.
        Acababa de comprender por qué el duque de Guermantes, cuyo poco envejecimiento había admirado yo al contemplarlo sentado en una silla, aunque tuviera tantos años más que yo por debajo de él, en cuanto se había levantado y había querido mantenerse de pie, había vacilado sobre unas piernas flaqueantes, como las de esos viejos arzobispos en los cuales lo único sólido que hay es su cruz metálica y hacia los cuales se apresuran, solícitos, jóvenes seminaristas gallardos, y había avanzado temblando como una hoja, sobre la cima poco practicable de ochenta y tres años, como si los hombres estuvieran encaramados sobre zancos vivos, que no cesaran de crecer, a veces por encima de campanarios, y acabasen volviéndoles el paso difícil y peligroso y de los que de repente se cayesen. (¿Sería por eso por lo que el rostro de los hombres de cierta edad era, aun para el más ignorante, tan imposible de confundir con el del joven y sólo se manifestaba a través de la seriedad de algo así como una nube?). Me daba terror que los míos fueran ya tan altos bajo mis pasos, no me parecía que fuese a tener aún la fuerza para mantener durante mucho tiempo unido a mí aquel pasado que descendía ya tan abajo. Por eso, si llegaba a disponer de bastante tiempo para realizar mi obra, no dejaría de describir en primer lugar a los hombres, aunque con ello los hiciera parecerse a seres monstruosos, como ocupantes de un lugar tan considerable, junto al —tan limitado— que les está reservado en el espacio, un lugar, al contrario, prolongado sin medida, ya que tocan simultáneamente, como gigantes sumergidos en los años, épocas tan distantes, entre las cuales tantos días han ido a situarse… en el tiempo.