Recurrentes guerras silenciosas de Roberto Calasso

 22 de abril de 2020

José de María Romero Barea



La interacción de lo público y lo privado se convierte en esencial para que cualquier búsqueda ilustrada llegue a buen puerto. Frente a la aniquilación global de la existencia en la que nos afanamos, contra la extinción masiva que socava los sistemas de soporte vital, de los que dependemos para la limpieza del aire, el agua y los alimentos, el autor, creativamente inmerso en su torre de marfil, se arriesga solo después de haber experimentado, se convierte en actor privilegiado, que trabaja contra reloj en mitad de la emergencia.
Prolijamente investigada, la empresa del escritor y editor Roberto Calasso (Florencia, 1941) constituye una inmersión “en el mito y la conciencia moderna” (mi traducción, al igual que las restantes), que nos ayuda a concienciarnos sobre el humano potencial de causar estragos inhumanos. La persuasiva afirmación del periodista británico Patrick Galbraith en su ensayo “En busca de significado”, es que en su último volumen, El cazador celeste (Allen Lane, UK, 2020), el erudito italiano emprende una hercúlea tarea: mostrar los límites del razonamiento y, al hacerlo, delatar nuestros abusos intelectuales.
Al tiempo que denuncia una sociedad post-apocalíptica empeñada en esquilmar toda muestra de fertilidad, se remonta el autor de Las bodas de Cadmo y Harmonía (1988) a un reducto intemporal, en el que “incluso lo invisible era visible”, viaja a través del tiempo para dar cuenta de nuestra imprudente Historia indisolublemente unida a los árboles, describe cómo hemos pasado de temer y mitologizar nuestros recursos a extraer riqueza de ellos, a cercarlos como retiros de lujo. Para ello, el Premio Europeo de Ensayo Charles Veillon (1991) “se aleja de los implacables pasajes de la mitología clásica”, acercándose a “los maravillosos detalles [que] brindan al lector un respiro necesario”.
A merced de cultos errantes y mágicos rastreadores, una “guerra silenciosa y recurrente, compartida”, de seres autoconscientes envueltos en un límite unilateral, presionados contra él, hambrientos de un inaccesible más allá, una serpenteante genealogía de nuestra descreída posmodernidad, “una llamada ambiental a las armas”, según Galbraith, que demuestra cómo la deforestación desenfrenada y el desprecio imprudente de la complejidad de la biomasa nos ha llevado al desastre.
Se afana el novelista de K. (2002) en gráficos de lo inexpresado, recreaciones escritas de lo intensamente vívido, como método para transformar milagrosamente lo distante, lo anecdótico de lo aparentemente real, la observación meticulosa de lo que nos rodea, combinado con una reflexión prolongada, recreada en un artefacto destinado a cambiar la forma en que pensamos, un ecológico toque de atención, un asalto argumentado al paternalismo inconsciente de nuestra ciencia de posguerra. Su implacable enfoque es deliberado: “lo que sin duda necesita ser redescubierto es la capacidad perdida de la antigüedad de captar lo divino en el ecosistema”.
Denuncia el editor de la publicación Shooting Times, en su reseña para la revista británica Standpoint, de abril de 2020, el castigo indiscriminado al que sometemos a la vida silvestre. En El cazador celeste, se cuestionan los paradigmas del progreso, al tiempo que se captura una triste verdad fundamental. Para articular la fragilidad de la cadena interrumpida, el ensayista de Cien cartas a un desconocido (2003), Premio Formentor de las Letras (2016), cuya obra en castellano edita Anagrama, recurre al poder de la sencillez, al esbozar un mensaje claro e intemporal: que todo está relacionado. Que no hemos tenido en cuenta ese mandamiento ni lo respetamos. Que lo hemos traicionado y seguimos haciéndolo.

Sevilla 2020

https://elplacerdelalectura.com/2020/04/recurrentes-guerras-silenciosas-de-roberto-calasso.html

El descendiente de Vincent van Gogh que ayudó a rescatar el genio del artista: "Crecí viendo 'Los Girasoles' en mi sala de estar"

 


Redacción

  • BBC News Mundo

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Willem van Gogh con el famoso cuadro "Los Girasoles".

La idea de que en una época la obra de Vincent van Gogh no era tan preciada como lo es ahora es difícil de concebir.

Pero famosamente así fue: esas pinturas icónicas sólo empezaron a ser reconocidas como la maravilla que son cuando el pintor neerlandés ya había perdido más que la esperanza.

Y mientras el mundo aprendía a valorlas, adornaban la casa del abuelo de Vincent van Gogh, no el artista, sino el bisnieto de su querido hermano Theo, y creció entre sus pinturas.

Comparte su nombre de pila pero, para evitar confusiones, usa el segundo nombre que ambos llevaban.

"Imagínate: si dijera que soy Vincent van Gogh se me complicaría la vida, así que es mejor llamarme Willem Van Gogh", le dice a la BBC, en una de las pocas entrevista que ha concedido.

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Willem es asesor del Museo Van Gogh de Ámsterdam.

"Mi abuelo nació en enero de 1890, y su tío, Vincent, falleció ese mismo año, el 29 de julio. Desafortunadamente su padre, Theo, murió unos cinco meses más tarde también, por lo que creció solo con su madre".

Pero también creció con la obra de su más tarde famoso tío.

Noche estrellada sobre el Ródano. Vincent Willem van Gogh, 1888.

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Noche estrellada sobre el Ródano. Vincent Willem van Gogh, 1888.

Sauce podado. Carta de Vincent van Gogh a su hermano Theo. (Colección del Museo Van Gogh)

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Sauce podado. Carta de Vincent van Gogh a su hermano Theo. (Colección del Museo Van Gogh)

"Estaba rodeado de muchas pinturas, lo recuerdo muy bien, había muchas en su casa".

Vincent van Gogh nunca supo la fama de la que gozarían sus pinturas. Vivió sin un centavo, y le dio muchas de las que hoy son algunas de las obras de arte más conocidas del mundo a su amado hermano menor, el abuelo de Willem.

"Los dos hermanos, Vincent y Theo, eran muy, muy cercanos. Theo era un marchante de arte en París y apoyó a su hermano, quien comenzó a convertirse en artista a la edad de 27 años, enviándole dinero.

"A cambio, Vincent le envió la mitad de las pinturas y dibujos que hizo a su hermano Theo para mostrarle lo que estaba haciendo y también con la esperanza de que Theo vendiera algunas de sus pinturas".

"Pero eso nunca sucedió desafortunadamente, porque Vincent se adelantó a su tiempo. Era un artista muy innovador y a la gente no le gustaba tanto su trabajo cuando aún estaba vivo".

Autorretrato con sombrero de fieltro

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Autorretrato con sombrero de fieltro.

Vincent van Gogh murió con heridas de bala autoinfligidas. Y cuando trágicamente el propio Theo murió unos meses más tarde, le dejó su tesoro de pinturas a su joven viuda, Johanna y su hijo pequeño.

Johanna dedicó su vida a lograr que Vincent Van Gogh fuera valorado como artista.

"Era una persona extraordinaria, y le tengo mucho respeto, porque imagínate: te acabas de casar, tu marido fallece y estás sola con tu hijo y necesitas encontrar algún ingreso.

"Ella concordaba con Theo en que Vincent era un artista muy importante y trazó una estrategia para hacer que Vincent fuera reconocido como artista contemporáneo, regalándole piezas a algunos de sus amigos -personas que hoy en día llamaríamos 'influencers'- intelectuales, políticos, escritores o artistas".

"Y así empezó".

Su estrategia eventualmente tuvo éxito.

Hoy en día esas pinturas tienen un lugar de honor en los grandes museos del mundo y se encuentran entre las obras de arte más valiosas de la Tierra.

Las mismas que colgaban en las paredes de la casa de los abuelos de Willem quien, cuando los visitaba, jugaba entre ellas.

"'Los girasoles' colgaban sobre el sofá en la sala de estar, y estaba el 'El almendro en flor' y 'La cosecha'... eran parte de la familia".

Sunflowers 1887. Vincent van Gogh. MoMA

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Girasoles. Vincent van Gogh, 1887. MoMA

"A mí me gustaban desde pequeño, creo que por la misma razón par la que a mucha gente le gusta el arte de Vincent: por los colores vibrantes.

"Es muy accesible. Son temas cotidianos como un dormitorio, que es la pintura favorita de muchos niños que visitan nuestro museo".

La favorita de Willem es "El almendro en flor", con sus delicadas flores blancas contra el cielo turquesa, que Vincent van Gogh pintó para su abuelo apenas unos meses antes de morir.

"Creo que esa es una de las pinturas más hermosas jamás hechas, y recuerdo que iluminaba toda la habitación con ese hermoso color turquesa".

El almendro en flor de Vincent van Gogh

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La favorita de Willem van Gogh.

Toda una joya que, como las otras que colgaban en las paredes de la casa de sus abuelos, sobrevivieron el trajín de la vida cotidiana.

"Hoy en día se venderían por millones de dólares, pero estamos hablando de los años 60, y en esa era otra época: cuando salían de la casa no cerraba la puerta con llave.

"Y 'El almendro en flor', por ejemplo, estuvo colgando en la habitación de los niños mientras crecían, ahí donde mi padre y sus dos hermanos hacían peleas de almohadas. Pero sobrevivió en condiciones prístinas. Nunca ha sido restaurada y está en perfectas condiciones en las paredes de nuestro museo en Ámsterdam".

Willem tenía 10 años cuando se dio cuenta de que estas pinturas que fueron parte de su infancia eran famosas.

Fue en un hotel durante unas vacaciones familiares en Francia.

La chambre a Arles

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La favorita de los niños que visitan el Museo Van Gogh.

"En el dormitorio vimos una reproducción de 'Los girasoles', la misma pintura que conocía tan bien de la sala de estar de mis abuelos.

"Fue entonces cuando pensé: 'Nuestro familiar debe ser muy muy famoso, porque está en este país donde la gente habla otro idioma, la comida sabe diferente, todo se ve diferente'. Ese fue el momento en que me di cuenta".

También fue alrededor de este tiempo, en la década de 1960, que su abuelo comenzó a pensar en cómo asegurar el futuro de las pinturas.

Él y su madre, Johanna, siempre habían estado convencidos de que la colección no debía ser desguazada.

"No hay una colección comparable de un artista tan importante: 200 pinturas, 500 dibujos y casi todas sus cartas se habían mantenido juntas, y el privilegio era demasiado grande como para que lo tuviera una sola persona".

Terraza del café por la noche. Vincent van Gogh 1888.

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Terraza del café por la noche. Vincent van Gogh 1888.

"Es por eso que negoció con el gobierno para poner toda la colección completa -porque también poseía 200 pinturas de Paul Gaugin, Georges Seurat, Toulouse Lautrec, contemporáneos de Vincent- que estaba en manos de la familia en una Fundación Vincent van Gogh, para garantizar que la colección se mantendría intacta para todas las próximas generaciones, para siempre.

"Y a cambio, el gobierno prometió construir el Museo Van Gogh".

El abuelo de Willem era conocido como "el ingeniero", porque esa era su profesión y para distinguirlo de su famoso tío, con quien también compartía el nombre.

Y se puso a trabajar, ayudando a diseñar este museo.

"Se dio cuenta de que la mejor manera de mostrar las piezas era sobre un fondo más o menos gris, porque eso hacía que los colores fueran muy fuertes. Además, se enteró en EE.UU. que después de visitar el museo a muchas personas les daba ganas de pintar, así que proporcionó un estudio para que pudieran hacerlo.

"Eso es algo que mi abuelo introdujo por primera vez en el Museo Van Gogh".

Amapolas rojas. Vincent van Gogh, 1880.

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Amapolas rojas. Vincent van Gogh, 1880.

Pero, ¿cómo se sintió Willem al tener que renunciar a esas pinturas que habían sido parte de su vida durante tanto tiempo?

"Me pareció triste que todo esto sucediera. Pero cuando hablé con mi abuelo, él estaba muy feliz porque iba a hacer realidad su sueño de que todos pudieran ver las pinturas".

El Museo Van Gogh abrió sus puertas en junio de 1973.

El abuelo de Willem lo visitó todos los días hasta su muerte.

"El abuelo iba a su oficina en el museo a diario, y almorzaba con los guardias.

"Me decía que lo hacía porque ellos lo sabían todo: si el museo iba bien, si había detalles que mejorar...".

El ingeniero Vincent Willem Van Gogh murió en 1978.

El museo que se creó gracias a él es hoy en día uno de los más visitados del mundo.

EL MIEDO A PENSAR | POR BERTRAND RUSSELL,

 

Texto de Bertrand Russell, publicado en Principios de Reconstrucción Social.

Por Bertrand Russell

El ser humano teme al pensamiento más de lo que teme a cualquier otra cosa del mundo; más que la ruina, incluso más que la muerte.


El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.


Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al ser humano, miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían supuesto.


¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros, los ricos? ¿Van a pensar libremente los muchachos y las muchachas jóvenes sobre el sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar?


¡Fuera el pensamiento!


¡Volvamos a los fantasmas del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro!


Es mejor que los seres humanos sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres, seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa.


Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y universidades.


En la vida cotidiana de la mayoría de las personas el miedo desempeña un papel de mayor importancia que la esperanza; están preocupadas pensando más en lo que los otros les puedan quitar que en la alegría que pudiesen crear en sus propias vidas y en las vidas de los que están en contacto con ellas.


No es así como hay que vivir. Aquellos cuyas vidas son provechosas para ellos mismos, para sus amigos o para el mundo, están inspirados por una esperanza y sostenidos por la alegría; ven en su imaginación las cosas como pudieran ser y el modo de realizarlas en el mundo.


En sus relaciones particulares no se preocupan de encontrar el cariño o respeto de que son objeto; están ocupados en amar y respetar libremente, y la recompensa viene por sí, sin que ellos la busquen. En su trabajo no tienen la obsesión de los celos por sus rivales, sino que están preocupados con la cosa actual que tienen que hacer. No gastan en política, tiempo ni pasión defendiendo los privilegios injustos de su clase o nación; tienen por finalidad hacer el mundo en general más alegre, menos cruel, menos lleno de conflictos entre doctrinas rivales y más lleno de seres humanos que se hayan desarrollado libres de la opresión que empequeñece y frustra.


Muchos hombres y mujeres desearían servir a la Humanidad, pero están perplejos y su poder parece infinitesimal.  La desesperación se apodera de ellos; los que tienen las pasiones más fuertes sufren más por el sentido de su impotencia y están más propensos a la ruina espiritual por falta de esperanza.


En tanto que creamos solamente en el inmediato futuro, no es mucho lo que podemos hacer.


No podemos destruir el excesivo poder del Estado o de la propiedad privada.


No podemos, en estos momentos y entre nosotros, llevar una nueva vida a la educación.


Debemos reconocer que el mundo está gobernado con un espíritu erróneo y que un cambio de espíritu no puede venir de un día a otro.


Debemos poner nuestras esperanzas en el mañana, tiempo en que lo que se piensa hoy por unos pocos sea el pensamiento común de muchos.


Si tenemos valor y paciencia podemos pensar los pensamientos y sentir las esperanzas porque, más pronto o más tarde, serán inspirados los hombres, y la debilidad y el desaliento se convertirán en energía y ardor.


Por esta razón, lo primero que debemos hacer es ser claros en nuestras propias mentes en cuanto a la clase de vida que creemos buena y a la clase del cambio que deseamos en el mundo.



Bertrand Russell: Principios de Reconstrucción Social. Londres (1916)

Film girati nei bar di Roma

Aquella noche en el Gran Café Por Milagros Socorro

 01/08/2021

Gran Café de Sabana Grande, circa 1960 ©️Archivo Fotografía Urbana


Querida madrina María Herminia:

Espero que al recibo de esta te encuentres bien de salud y de ánimo. Yo estoy feliz. Ya sé que no es de gentes educadas presumir de la fortuna, pero como sé cuánto detestas la mentira (y la imprecisión, que es una variante oportunista de aquella), no puedo sino confesarte que vivo en una nube.

La foto que te envío y que ya debe haber caído en tu regazo con impulso saltarín, fue hecha hace dos semanas. Yo estoy allí, solo que el mesonero que aguarda con estampa marcial y pulcra me tapa. Pero ahí estoy, aspirando con ojos entrecerrados la fresca brisa de Caracas, que llega a esa esquina enfriada por las cumbres del Ávila y perfumada por las nucas de las elegantes damas sentadas a pocos metros o paseantes con secreteo de faldas y barbillas casi pegadas a la garganta. (Por esta esquina no trascurre sino la promesa de inminentes transportes, los gestos morosos y el tintineo de aretes y cubiertos).

¿Tengo que decirte que he estado en Gran Café? Ya habrás visto el aviso que con líneas de luz traza la paradoja: si bien la tipografía que pone “Gran Café” es de vanguardia, el arabesco que le sirve de copete avoca los encajes de madera que filtran la resolana en las casas tradicionales de Maracaibo. ¿O será más bien el minúsculo recuerdo de la herrería que recorre los balcones de París como una estola arrastrada por la tormenta?

No les creas a quienes dicen que en el Gran Café una se siente como en París. Lo dicen porque su fundador fue Henri Charriére, ¿lo recuerdas?, el francés refundido en la Isla del Diablo, frente a la Guayana Francesa, por haber asesinado a un proxeneta. Bueno, ya sabrás que logró la hazaña de escaparse y llegar a Venezuela abrazado a un saco de cocos como quien aferra la musculatura acerada de Josephine Baker. El caso es que el fugitivo, no sé sabe con qué dinero, compró la Quinta Cristal, en la Calle Real de Sabana Grande, hizo derribar las paredes, amplió los espacios internos para llenarlos de mostradores y repletarlos de golosinas, cubrió las fachadas con láminas de cristal e invadió las aceras con mesas y medio centenar se sillas. Comodísimas, por cierto. Te dan ganas de quedarte ahí, arrullada por las joviales conversaciones y las miradas de los otros. Son, por cierto, miradas plácidas, de algodón, se diría, como si te envolvieran en un pañal. Nadie se inhibe de comer ante el mundo, de mostrar sus dientes y apetitos ni de exhibir virutas de pastel como lunares amasados con azúcar. Miramos y somos mirados. Bueno, sí, a veces con una pizca de malicia, nada que un sorbo de merengada no ayude a pasar. Pero te decía que no des crédito al necio rumor según el cual allí una se siente como en París. Es mucho mejor que eso: en el Gran Café una se siente como en Venezuela, ese país metropolitano que nos aprestamos a recorrer con zancada de medallista.

El clima de Caracas es una bendición. De noche refresca tanto que las señoras se ven obligadas a salir con chales y suéteres, como puedes ver en la foto, y los señores se acomodan con chaqueta y algunos con corbatas. Los aires acondicionados que ves en el primer piso, y que asoman como los traseritos insólitos de robots sentados en el primer quicio que encontraron, funcionan de día; y no todos los días. Caracas flota en céfiros, como decía abuelita, y en luces que de noche le aportan esa atmósfera de lujo e innovación que la fotografía rebosa.

No te detengas en los papeles que ribetean la acera como flores asilvestradas. No es basura. Son servilletas que el viento ha arrebatado a las mesas e incluso a las manos de los comensales. No es lo mismo. En fin, no es dejadez, es desaprensión. En el Gran Café todo el mundo está tan relajado que cualquier cosa podría volar de sus sosegados dedos.

Mi sándwich ha podido aparecer en la foto. Me duró horas. Apenas podía comisquearlo, deslumbrada como estaba por los reclamos refulgentes de las tiendas. Me dicen que Vogue es un establecimiento de lo más elegante que te puedas imaginar. Si el menú del Gran Café ofrece de todo (es verdad lo que la vitrina promete. Pastelería, heladería, salón de té, Toblerone) la noche que el local instaura es todavía más prometedora. Es, cómo te explico, un ritual urbano nada que ver con esa oscurana de grillos y ordeño… bueno, ya sabes… Es como un sueño compartido. Con todo el que pase. Con el mundo risueño y enzapatado. Es un logro social, pero no en el sentido de canastilla, DDT y Singer, sino épico (épico por lo febril, lo dinámico, por el celaje brillante que dejan los carros en su carrera al futuro).

Déjame decirte, madrinita, que donde nosotros vivimos, ejem, donde vives tú, la noche más que doméstica, está abolida. Cancelada como una antigua constitución a la llegada de un tirano. Lo he comprendido al experimentar este estremecimiento seguido por un crujir que no sabes si es del pan tostado de la mesa contigua o del tafetán de la señorita que acaba de recostarse en su silla para soslayar el beso en el último segundo.

La velada terminó. Pero no me importó. No tanto. Ahora sé que el Gran Café está inscrito en la esencia de Caracas como la nariz de mi abuela en la mía. Nada puede hacerse para dar un rodeo a lo que viene en la sangre. En cualquier momento volveré. Y ahí va a estar, surtido, satisfecho, suntuoso.

Tuya,
M.


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