Ray Bradbury, crónica de un marciano

  Por José Urriola

Retrato de Ray Bradbury y familia, publicado en Los Ángeles Times.

16/10/2021

Los libros que nos marcan la vida no son tantos. Dejan huella no solo por sus historias, personajes, estilos y contenidos sino porque guardamos una memoria de nosotros mismos mientras los leíamos. Dónde estábamos, con quién, cómo era la luz que iluminaba las páginas, en qué posición sosteníamos el libro. Somos capaces de recrear miméticamente cómo llegaron a nuestras manos; qué y cómo nos sentíamos en ese instante. En fin, los libros que nos dejan vestigios son instrumentos poderosos para registrar una película donde nos filmamos a nosotros mismos desde fuera, al tiempo que entramos de nuevo en la piel y adoptamos la mirada subjetiva del protagonista que fuimos en esa escena.

Así que voy a contarles cómo llegué a Crónicas marcianas para luego hacer mi crónica sobre su autor, Ray Bradbury.

Tendría unos dieciséis años (me refiero a mí, de Bradbury todavía no hemos comenzado a hablar), estaba en esa edad en la que estar malhumorado y aparentar atormentada inteligencia me parecía elegantísimo. Esos asuntos que, afortunadamente, se superan –en algunos casos– con la edad. Me hallaba sentado en un banquito en los jardines de la Universidad Católica Andrés Bello, habíamos ido a encontrarnos con mis hermanas que estudiaban allí. Y como habíamos llegado temprano papá se metió en la librería que en aquellos días quedaba a la entrada del Módulo 5. Meterse en una librería con mi padre era similar a atravesar un vórtice donde al otro lado no existía el tiempo ni el espacio, solamente un universo habitado por libros donde papá tenía que ojearlos todos, sopesarlos todos, calcular cuánto costaba comprarse algunos (o quizá todos), establecer largos intercambios con el librero (si era bueno peor, porque entonces se sumaban a la eternidad un par de horas extras). Luego sacar cuentas frente a la caja registradora, pedir descuento (qué vergüenza), seleccionar sobre el mostrador si éste sí o mejor no, o espérate un momentito que mejor lo cambio por otro que está en el último pasillo en el anaquel del fondo. “¿Este señor?”. “Sí… pero mira, ¿sabes qué?, mejor me llevo el otro también”. En fin, me harté de esperar a papá y me fui a sentar en el banquito que más adelante –todavía no lo sabía ni sospechaba– se convertiría en mi banquito personal. Porque a la vuelta de unos años yo me pasaría más de un lustro en esa universidad, primero estudiando dos semestres de ingeniería (donde fui uno de los peores alumnos en la historia de la especialidad) y luego cinco años en comunicación social (donde me gradué con honores a pesar de mi voluntaria e irremediable tendencia al jodatropismo en el transcurso de la carrera). El punto es que estoy sentado, muy fastidiado (o con pose de estar muy hastiado) en mi banquito y de pronto, por fin, veo salir a papá cargado de libros de la librería del Módulo 5. El tipo se me acerca, saca un libro de la bolsa y me lo extiende: “Ojalá te guste tanto como me gustó a mí”. Era un libro azul, editado por Minotauro, se llamaba Crónicas marcianas, de un tal Ray Bradbury. El prólogo de Jorge Luis Borges.

Y mi viejo creo que no sabe –o lo sabrá ahora en el buen lugar donde seguramente esté– el efecto demoledor que tuvo ese libro sobre su cachorro menor, porque aquello no solo era ciencia ficción, era arte; era, sobre todo, magia. Magia hecha relatos que se engranaban en una maquinaria única y extraterrestre. «Como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término» (como decía Borges de los clásicos).

Así que me hice más lector y comencé a tomar muy en serio las recomendaciones literarias de papá gracias a ese artefacto prodigioso que me entregó en el jardín de la UCAB precedido de la frase: “Ojalá te guste tanto como me gustó a mí”. Fue un regalo de vida. Me gustó, creo que incluso más que a él. Y cuando crecí y leí más de ese mismo autor y además conocí sobre su biografía me di cuenta de que Ray Bradbury era un hombre enamorado de la vida y que no hacía otra cosa que escribir sobre el regalo que significaba para él vivirla.

El pequeño Ray nació en Waukegan, una pequeña ciudad al norte de Chicago, el 22 de agosto de 1920. Era hijo de un empleado de la compañía eléctrica encargado de tender el cableado. A los tres años, de forma autodidacta, aprendió a leer. Creció en medio de la Gran Depresión y los Bradbury, como tantas otras familias, la pasaron fatal. Decidieron mudarse a Tucson, Arizona, en busca de más oportunidades porque en su originaria Illinois no había cómo ganarse la vida. Ray perdió a su abuelo a los cinco años, quien había sido su gran aliado y maestro. Dos años más tarde murió también su hermana. Dicen que por eso los asuntos de la muerte y la pérdida son una constante en su obra. A los diez años Ray se quedó una noche mirando la bóveda celeste, divisó un planeta rabiosamente rojo, su abuelo le había enseñado que ese era Marte. Entonces le dijo al astro en voz alta: “Llévame, llévame contigo”. Y jura que fue entonces cuando se hizo marciano para nunca regresar a este mundo. Al menos no del todo. 

Crónicas marcianas por Frederik Peeters.

A los doce años a Ray le pasó algo muy curioso, un hecho que se convertiría en su respuesta a la pregunta de por qué se había hecho escritor. Era un grandísimo contador de historias y un tipo con una imaginación prodigiosa, así que debe ser un invento, pero es una mentira fabulosa. Resulta que una feria itinerante puso sus carpas junto al lago, muy cerca de donde vivían los Bradbury en Tucson. Ray se fue con sus amigos una noche a la feria y en medio del espectáculo que ofrecía el hombre que escupía fuego y tragaba espadas, el tipo ha apuntado su puntiaguda espada a la nariz del joven Bradbury y le gritó: “¡Vive por siempre! ¡Vive por siempre!”. Ray salió de ahí muy avergonzado (su timidez fue un asunto crónico desde la infancia) y además muy preocupado: “¿Pero cómo le hago caso a este hombre para vivir por siempre?”. Al día siguiente, antes de que abrieran la feria, buscó al hombre escupefuegos y tragaespadas para preguntarle cómo hacía para vivir para siempre. El hombre no le respondió, simplemente lo invitó a dar un recorrido por las carpas de los freaks, esos personajes que viven y dan vidas a ese tipo de ferias. Uno de ellos era «el hombre ilustrado». Sí, un hombre calvo, de espaldas, sentado sobre un taburete, íntegramente tatuado. Ray no supo entender que allí estaba la clave para la eternidad, pero sí intuyó que aquel hombre lleno de tatuajes extraordinarios era un regalo, algo que lo acompañaría el resto de sus días. Publicó El hombre ilustrado (1951) unos veinte años más tarde y así fue como el marciano Bradbury unió los puntos entre su infancia, el presente y el futuro para dar finalmente con la solución para cumplir con el extraño mandato de vivir por siempre.

Fue esa misma noche, después de conocer al hombre ilustrado, que Ray sacó una máquina de escribir que le habían regalado sus padres y que tenía guardada en el armario. Comenzó a teclear su primera historia y desde ese instante no paró de escribir ni un solo día en setenta y cinco años. Tenía por norma escribir diariamente por lo menos mil palabras.

Pero la combinación de ser pobre y soñar con hacerse escritor no es la más afortunada si uno pretende ganarse la vida (al menos una holgada). A los quince años Ray era el vendedor de periódicos en una esquina de Los Ángeles. Ganaba diez dólares a la semana. Por las tardes se metía en la biblioteca de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y ahí leía y escribía. Su educación, al no tener dinero para pagar la colegiatura, fue allí en la biblioteca de la manera más autónoma y libre que pudo. Más tarde agradeció a Dios por haber vivido esa vida y no la que otros le decían que debía vivir: con una educación formal y haciendo las cosas por los caminos convencionales, como la gente.

En esa biblioteca Bradbury se enteró de cómo Hitler ordenaba una quema masiva de libros en Berlín. Y algunos años más tarde también supo cómo los líderes soviéticos estaban acabando no solo con ciertos libros sino con los propios autores. Una gente que hace eso –pensó Bradbury– no puede ser parte de la civilización, está incapacitada para la democracia. Y entonces decidió que tenía que escribir algún día algo relacionado con eso, una obra sobre todo lo que implicaba quemar libros y erradicar ciertas obras y ciertos autores.

Los actores Oskar Werner y Cyril Cusack durante la filmación de Fahrenheit 451 en 1966, dirigida por François Truffaut. Fotografía de Universal Pictures Co.

Cierto día, caminando por los alrededores de la biblioteca de UCLA, escuchó el tecleo furibundo de unas máquinas de escribir. Se tendió de bruces, se asomó a ras del suelo y divisó por la estrecha ventana un salón cerrado, metido en un sótano, provisto con una docena de máquinas donde algunos de los estudiantes escribían sus trabajos. Bradbury, aunque soñador de viajes al espacio y la vida bajo el imponente cielo marciano, padecía de una extraña condición llamada claustrofilia: una tendencia a encerrarse en espacios pequeños y poco ventilados; así que el descubrimiento de ese sótano poblado de máquinas de escribir era para él una antesala del paraíso. Se habrá dicho: finalmente he encontrado mi lugar en el mundo. Bajó hasta el sótano y se enteró de que cobraban el alquiler de las máquinas de escribir a diez céntimos la media hora. Su novela Fahrenheit 451 le tomó hacerla nueve dólares con ochenta centavos. Bradbury aseguraba –así como Sócrates afirmaba que el artista entraba en contacto con un daimon que le indicaba lo que debía hacer o expresar– que nunca escribió a sus personajes, sino que sus personajes se le aparecían y le contaban quiénes eran y Ray simplemente escuchaba sus voces y las aterrizaba en blanco y negro.

Por cierto, esa novela originalmente la tituló The Fireman (El bombero), pero el editor le dijo que no era un buen nombre para una obra futurista sobre bomberos que en vez de salvar del fuego se dedicaban a provocarlo para quemar libros; los pocos libros que sobrevivían era porque los lectores los ocultaban como tesoros prohibidos cuyo descubrimiento les podía costar la vida, o se los aprendían de memoria para poder recitarlos como si fueran juglares del futuro. A Bradbury se le ocurrió llamar al cuerpo de bomberos de Los Ángeles y pedir que le comunicaran con el jefe de los matafuegos. “Jefe, soy escritor y necesito un dato… ¿usted sabe a qué temperatura arde el papel?”. “Espere un minuto en la línea que lo averiguo”. “Sí, lo espero”… “451 grados Fahrenheit, esa es la respuesta a su pregunta”. “Gracias, jefe, ese será el título entonces de mi novela: Fahrenheit 451”.

A pesar de que Bradbury sentía grandísima fascinación por el futuro, aseguraba que en su obra él no pretendía describir el futuro sino prevenirlo. Le tenía profundo escepticismo a las computadoras, no podía imaginar un mundo donde ellas albergaran todo eso que se hallaba en librerías y bibliotecas. No fue sino hasta 2008 (a sus ochenta y ocho años) cuando lograron convencerlo de editar en formato electrónico las Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, algo a lo que se había negado en redondo desde que le asomaron la posibilidad. No le gustaba tampoco Internet, prefería el teléfono, acudir directamente a la fuente confiable de información, como él había hecho con el jefe de bomberos, mucho mejor que creerle a alguien que realmente no sabía pero lo había publicado en la Red. En ese sentido se ponía en sintonía con otro grande de la ciencia ficción, James G. Ballard, quien desconfiaba de las tecnologías electrónicas pues a su entender «ofrecían poderes casi ilimitados al hombre para jugar con su propia psicopatología». Y con preocupante frecuencia uno se asoma en las redes sociales y vaya que Ballard y Bradbury tenían razón.

Otro aparato que detestaba era el auto. En su vida se sacó el carnet de conducir. Aseguraba que se trataba de una máquina endemoniada sumamente peligrosa, otro invento delirante de la humanidad tan grave como la guerra y que mataba más o menos al mismo número de gente al año. Es probable que un accidente de tránsito que sufrió a los dieciséis y que lo obligó a arrastrarse por kilómetros hasta llegar a casa para luego pasarse seis meses en recuperación, haya influido en este desprecio por los carros.

De conducir se encargaría su esposa, Margaret (igual como lo hizo mi señora madre, llamada también Margarita, toda la vida con mi padre). Antes de que Bradbury se convirtiera en un autor famoso y laureado era bastante impopular entre los vecinos. Un hombre que no trabajaba ni manejaba, qué cosa tan rara, que dejaba que su mujer se encargara del volante y de proveer los insumos para el hogar gracias a un trabajo estable con el que mantenía al vago del marido y a sus cuatro hijas; qué va, algo ahí no andaba nada bien. Pero recordemos que Ray tenía una condición que lo impulsaba a enclaustrarse en lugares aislados y poco ventilados, recordemos que le tenía fobia a los autos, a los espacios abiertos, además de una timidez crónica que solamente pudo vencer cuando su obra se dio a conocer al mundo. No la tenía fácil. Era un ermitaño por vocación y por condición. Tuvo una oportunidad en la vida y decidió jugársela, tuvo la suerte de que le salió bien. A los veinticinco años comenzó a frecuentar una librería donde trabajaba la joven Maggie, la criatura más hermosa que había visto en su vida. A Maggie ese sujeto con un abrigo largo que se pasaba horas mirando los estantes sin comprar nunca nada (sobre todo porque no tenía dinero) le parecía un poco sospechoso, incluso llegó a pensar que se estaba robando los libros y los ocultaba debajo de la gabardina. Hasta que un día Ray se armó de valor y la invitó a un café, que luego se convirtió en unos tragos. Un año más tarde en un matrimonio («hizo sus votos de pobreza conmigo, porque yo no tenía nada de nada», recordaba Bradbury) y luego en cuatro hijas y, finalmente, en cincuenta y seis años de matrimonio hasta que la muerte los separó en 2003.

Retrato de Ray Bradbury.

Cuando a los treinta años publicó Crónicas marcianas recibió una sorpresiva llamada de un héroe personal, Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz. Huxley había leído las Crónicas marcianas y estaba fascinado. Cuando se conocieron para tomar un té, Huxley dijo: «¿Bradbury, usted sabe lo que es?». «No, no lo sé». «Usted es un poeta». Bradbury, ante semejante halago del maestro, no pudo contener las lágrimas. Se soltó a llorar y fue un momento un poco raro. En una entrevista que le hicieron poco antes de morir, Bradbury dijo:

Mis editores dicen que soy un novelista. Huxley me dijo que soy un poeta. La crítica me señala como un escritor de ciencia ficción. Yo lo que soy es un hombre obsesionado por tratar de atrapar el regalo que es la vida, ese es el centro de todas mis historias. Quiero que cuando la gente toque mis libros y los lea se den cuenta de que están vivos.

Bradbury murió a los noventa y dos años. Hacía algún tiempo había sufrido un infarto del que logró sobrevivir, pero que lo dejó incapacitado para escribir. Quería que su epitafio fuera «Aquí yace Ray Bradbury, quien amó la vida completamente». También soñó con que sus cenizas fueran transportadas en una lata de sopas Campbell hasta Marte y las enterraran bajo las arenas marcianas. Sin embargo –vaya a saber quién lo decidió– su lápida en el Cementerio de Westwood Village Memorial Park simplemente reza: «Autor de Fahrenheit 451». Pero valga la mención a un detalle: el lugar donde amartizó el 6 de agosto de 2012 el explorador Curiosity Rover de la NASA sobre la superficie marciana, exactamente dos meses después del fallecimiento del autor, fue llamado «Bradbury Landing».

En la que probablemente fuera su última entrevista le pidieron un consejo para finalizar: «Párate al borde de un precipicio y salta. Construye tus alas en la caída», respondió. Ojalá, en el universo donde se halle ahora, sepa Ray que a Marte sí llegó. Y que lo de vivir para siempre también lo logró.


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El marciano (Crónicas Marcianas fragmento), de Ray Bradbury

 


Las montañas azules se alzaban en la lluvia y la lluvia caía en los largos canales, y el viejo La Farge y su mujer salieron de la casa a mirar. —La primera lluvia de la estación —señaló La Farge. —Qué bien —dijo la mujer. —Bienvenida, de veras. Cerraron la puerta. Dentro se calentaron las manos junto a las llamas. Se estremecieron. A lo lejos, a través de la ventana, vieron que la lluvia centelleaba en los costados del cohete que los había traído de la Tierra. —Sólo falta una cosa —dijo La Farge mirándose las manos. —¿Qué? —preguntó su mujer. —Me gustaría haber traído a Tom con nosotros. —Oh, por favor, Lafe. —Sí, no empezaré otra vez. Perdona. —Hemos venido a disfrutar en paz nuestra vejez, no a pensar en Tom. Murió hace tanto tiempo... Tratemos de olvidarnos de Tom y de todas las cosas de la Tierra. La Farge se calentó otra vez las manos, con los ojos clavados en el fuego. —Tienes razón. No hablaré de eso nunca más. Pero echo de menos aquellos domingos, cuando íbamos en automóvil a Green Lawn Park, a poner unas flores en su tumba. Era casi nuestra única salida. La lluvia azul caía sobre la casa. A las nueve se fueron a la cama y se tendieron en silencio, tomados de la mano, él de cincuenta y cinco años, y ella de sesenta en la lluviosa oscuridad. —¿Anna? —llamó La Farge
suavemente. —¿Qué? —¿Has oído algo? Los dos escucharon la lluvia y el viento. —Nada —dijo ella. —Alguien silbaba. —No lo he oído. —De todos modos voy a ver. La Farge se levantó, se puso una bata, atravesó la casa y llegó a la puerta de la calle. La abrió titubeando, y la lluvia fría le cayó en la cara. En la puerta del patio había una figura. Un rayo agrietó el cielo; una ola de color blanco iluminó un rostro que miraba fijamente a La Farge. —¿Quién está ahí? —llamó La Farge, temblando. No hubo respuesta. —¿Quién es? ¿Qué quiere? Silencio. La Farge se sintió débil, cansado, entumecido. —¿Quién eres? —gritó, Anna se le acercó y lo tomó por el brazo. —¿Por qué gritas? —Hay un chico ahí fuera en el patio y no me contesta —dijo La Farge, estremeciéndose—. Se parece a Tom. —Ven a acostarte, estás soñando. —Pero mira, ahí está. Y La Farge abrió un poco más la puerta para que también ella pudiera ver. Soplaba un viento frío y la lluvia fina caía sobre el patio, y la figura inmóvil los miraba con ojos distantes. La vieja se adelantó hacia el umbral. —¡Vete! —gritó agitando una mano—. ¡Vete! —¿No se parece a Tom? —preguntó La Farge. La figura no se movió. —Tengo miedo —dijo la vieja—. Echa el cerrojo y ven a la cama. Deja eso, déjalo. Y se fue, gimiendo, hacia el dormitorio. El viejo se quedó, y el viento le mojó las manos con una lluvia fría. —Tom —llamó La Farge en voz baja—. Tom, si eres tú, si por un azar eres tú, no cerraré con llave. Si sientes frío y quieres calentarte, entra más tarde y acuéstate junto a la chimenea; hay allí unas alfombras de piel. Cerró la puerta, pero sin echar el cerrojo. La mujer sintió que La Farge se metía en la cama y se estremeció. —Qué noche horrible. Me siento tan vieja... —dijo sollozando. —Bueno, bueno —la calmó él, abrazándola—. Duerme. Al cabo de un rato la mujer se durmió. Y entonces La Farge alcanzó a oír que la puerta se abría, casi en silencio, dejaba entrar el viento y la lluvia, y se cerraba otra vez. Luego oyó unos pasos blandos que se acercaban a la chimenea, y una respiración muy suave. —Tom —dijo. Un rayo estalló en el cielo y abrió en dos la oscuridad. A la mañana siguiente, el sol calentaba. El señor La Farge abrió la puerta de la sala y miró rápidamente alrededor. No había nadie sobre la alfombra. La Farge suspiró: —Estoy envejeciendo. Salía de la casa hacia el canal, en busca de un balde de agua clara, cuando casi derribó a Tom, que ya traía un balde lleno. —Buenos días, papá. El viejo se tambaleó. —Buenos días, Tom. El chico, descalzo, cruzó de prisa el cuarto, dejó el balde en el suelo y se volvió sonriendo. —¡Qué día más hermoso! —Sí —dijo La Farge, estupefacto. El chico actuaba con naturalidad. Se inclinó sobre el balde y comenzó a lavarse la cara. La Farge dio un paso adelante. —Tom, ¿cómo viniste aquí? ¿Estás vivo? El chico alzó la mirada. —¿No tendría que estarlo? —Pero, Tom... Green Lawn Park todos los domingos, las flores y.. La Farge tuvo que sentarse. El chico se le acercó y le tomó la mano. La mano de Tom era cálida y firme. —¿Estás realmente aquí? ¿No es un sueño? —Tú quieres que esté aquí, ¿no? —El chico parecía preocupado. —Sí, sí, Tom. —Entonces, ¿por qué me preguntas? Acéptame... —Pero tu madre... la impresión... —No te preocupes. Estuve a vuestro lado, cantando, toda la noche, y me aceptaréis, especialmente ella. Espera a que venga y lo verás. Tom se echó a reír sacudiendo la cabeza de rizado pelo cobrizo. Tenía ojos muy azules y claros. La madre salió del dormitorio recogiéndose el pelo. —Buenos días. Lafe, Tom. ¡Qué hermoso día! Tom se volvió hacia su padre y se le rió en la cara. —¿Ves? Almorzaron muy bien, los tres, a la sombra de detrás de la casa. La señora La Farge descorchó una vieja botella de vino de girasol, que había apartado en otro tiempo, y todos bebieron un poco. El señor La Farge nunca la había visto tan contenta. Si Tom la preocupaba, no lo demostró. Para ella era algo completamente natural. La Farge comenzó a pensar también que era natural. Mientras mamá lavaba los platos, La Farge se inclinó hacia su hijo y le preguntó con aire de confidencia: —¿Cuántos años tienes, hijo? —¿No lo sabes? Catorce, por supuesto. —¿Quién eres, realmente? No es posible que seas Tom, pero eres alguien. ¿Quién? Atemorizado, el chico se llevó las manos a la cara. —No preguntes. —Puedes decírmelo —dijo el hombre—. Lo comprenderé. Eres un marciano, ¿no es cierto? He oído historias de los marcianos, pero nada definido. Dicen que son muy raros y que cuando andan entre nosotros parecen terrestres. Hay algo en ti... Eres Tom y no eres Tom. —¿Por qué no me aceptas y callas? —gritó el chico hundiendo la cara entre las manos—. No dudes, por favor, ¡no dudes de mi! Se levantó de la mesa y echó a correr. —¡Tom, vuelve! El chico corrió a lo largo del canal, hacia el pueblo lejano. —¿Adónde va Tom? —preguntó Anna que regresaba a buscar el resto de los platos. Miró atentamente a su marido—. ¿Le has dicho algo desagradable? —Anna —dijo el señor La Farge tomándole una mano—. Anna, ¿te acuerdas de Green Lawn Park, del mercado, de Tom enfermo de neumonía? La mujer se echó a reír. —¿Qué dices? —No importa —contestó La Farge en voz baja. A lo lejos, el polvo se posaba a orillas del canal por donde había pasado Tom. Tom volvió a las cinco de la tarde, cuando el sol se ponía. Miró indeciso a su padre. —¿Me vas a preguntar algo? —quiso saber. —Nada de preguntas —dijo La Farge. El chico sonrió con una sonrisa blanca. —Estupendo. —¿Dónde has estado? —Cerca del pueblo. Casi no vuelvo. He estado a punto de caer en una... —el chico buscaba la palabra exacta—, en una trampa. —¿Cómo en una trampa? —Pasaba al lado de una casita de chapas de zinc, cerca del canal y de pronto pensé que me perdía y que no volvería a veros. No sé cómo explicártelo, no encuentro cómo, ni siquiera yo mismo lo sé. Es raro, pero prefiero no hablar de eso ahora. —No hablemos entonces. Lávate las manos, es hora de cenar. El chico corrió a lavarse. Unos diez minutos más tarde, una lancha se acercó por la serena superficie de las aguas. Un hombre alto y flaco, de pelo negro, la impulsaba con una pértiga, moviendo lentamente los brazos. —Buenas tardes, hermano La Farge —dijo deteniéndose. —Buenas tardes, Saul. ¿Qué se cuenta por aquí? —Esta noche, muchas cosas. ¿Conoces a un tal Nomland que vive al borde del canal en una casa de chapas? La Farge se enderezó. —Sí. —¿Sabías que era un granuja? —Se dijo que salió de la Tierra porque había matado a un hombre. Saul se apoyó en la pértiga mojada y miró a La Farge. —¿Recuerdas el nombre del muerto? —Gillings, ¿no? —Sí, Gillings. Pues bien, hace unas dos horas el señor Nomland llegó al pueblo gritando que había visto a Gillings, vivo, aquí, en Marte, hoy, esta misma tarde. Nomland quería esconderse en la cárcel, pero no lo dejaron. De modo que volvió a su casa y veinte minutos después, dicen, se pegó un tiro. Vengo ahora de allí. —Bueno, bueno —dijo La Farge. —Ocurren unas cosas... —dijo Saul—. En fin, buenas noches, La Farge. —Buenas noches. La lancha se alejó por las serenas aguas del canal. —La cena está lista —llamó la mujer. El señor La Farge se sentó a la mesa y cuchillo en mano miró a Tom. —Tom, ¿qué has hecho esta tarde? —Nada —contestó Tom con la boca llena—. ¿Por qué? —Quería saber, nada más —dijo el viejo poniéndose la servilleta. A las siete, aquella misma tarde, la señora La Farge dijo que quería ir al pueblo. —Hace tres meses que no voy. Tom se negó. —El pueblo me da miedo —dijo—. La gente. No quiero ir. —Pero cómo —dijo Anna—, qué palabras son ésas para tamaño grandullón. No te haré caso. Vendrás con nosotros. Yo lo digo. —Pero Anna, si el chico no quiere... —farfulló La Farge. Pero era inútil discutir. Anna los empujó a la lancha y remontaron el canal bajo las estrellas nocturnas. Tom estaba tendido de espaldas, con los ojos cerrados; era imposible saber si dormía o no. El viejo lo miraba fijamente. ¿Qué criatura es ésta, pensaba, tan necesitada de cariño como nosotros? ¿Quién es y qué es esta criatura que sale de la soledad, se acerca a gentes extrañas y asumiendo la voz y la cara del recuerdo se queda al fin entre nosotros, aceptada y feliz? ¿De qué montaña procede, de qué caverna, de qué raza, aún viva en este mundo cuando los cohetes llegaron de la Tierra? El viejo meneó la cabeza. Era imposible saberlo. Por ahora aquello era Tom. El viejo miró con aprensión el pueblo lejano, y pensó otra vez en Tom y en Anna. Quizá nos equivoquemos al retener a Tom, se dijo a sí mismo, pues de todo esto no saldrá otra cosa que preocupaciones y penas, pero cómo renunciar a lo que hemos deseado tanto aunque se quede sólo un día y desaparezca, haciendo el vacío más vacío, y las noches más oscuras y las noches lluviosas más húmedas. Quitarnos esto sería como quitarnos la comida de la boca. Y miró al chico, que dormitaba pacíficamente en el fondo de la lancha. El chico se quejó, como en una pesadilla. —La gente. Cambiar y cambiar. La trampa. —Calma, calma —dijo La Farge acariciándole el pelo rizado. Tom se calló. La Farge ayudó a Anna y a Tom a salir de la lancha. —¡Aquí estamos! Anna sonrió a las luces, escuchó la música de los bares, los pianos, los gramófonos, observó a la gente que paseaba tomada del brazo por las calles animadas. —Quiero volver a casa —dijo Tom. —Antes no hablabas así —dijo Anna—. Siempre te gustaron las noches de sábado en el pueblo. —No te apartes de mí —le susurró Tom a La Farge—. No quiero caer en una trampa. Anna alcanzó a oírlo. —¡Deja de decir esas cosas! Vamos. La Farge advirtió que Tom le había tomado la mano. —Aquí estoy, Tom —dijo apretando la mano del chico. Miró a la muchedumbre que iba y venía y sintió, también, cierta inquietud—. No nos quedaremos mucho tiempo. —No digas tonterías, no nos iremos antes de las once —dijo Anna. Cruzaron una calle y tropezaron con tres borrachos. Hubo un momento de confusión, una separación, una media vuelta, y La Farge miró consternado alrededor. Tom no estaba entre ellos. —¿Adónde ha ido? —preguntó Anna, irritada—. Aprovecha cualquier ocasión para escaparse. ¡Tom! El señor La Farge corrió entre la muchedumbre, pero Tom había desaparecido. —Ya volverá. Estará en la lancha cuando nos vayamos —afirmó Anna, guiando a su marido hacia el cinematógrafo. De pronto, hubo una conmoción en la muchedumbre, y un hombre y una mujer pasaron corriendo junto a La Farge. La Farge los reconoció. Eran Joe Spaulding y su mujer. Antes de que pudiera hablarles, ya habían desaparecido. Sin dejar de mirar ansiosamente hacia la calle, compró las entradas y entró de mala gana en la poco acogedora oscuridad. A las once, Tom no estaba en el embarcadero. La señora La Farge se puso muy pálida. —No te preocupes. Yo lo encontraré. Espera aquí —dijo La Farge. —Date prisa. La voz de Anna murió en la superficie rizada del agua. La Farge caminó por las calles nocturnas, con las manos en los bolsillos. Las luces de alrededor se iban apagando, una a una. Unas pocas gentes se asomaban todavía a las ventanas pues la noche era calurosa, aunque unas nubes de tormenta pasaban de vez en cuando por el cielo estrellado. Mientras caminaba, La Farge pensaba en el chico, en sus constantes alusiones a una trampa, en el miedo que tenía a las muchedumbres y las ciudades. Esto no tiene sentido, reflexionó con cansancio. Tal vez el chico se ha ido para siempre, tal vez no ha existido nunca. La Farge dobló por una determinada callejuela, observando los números. —Hola, La Farge. Un hombre estaba sentado en el umbral de una puerta, fumando una pipa. —Hola, Mike. —¿Has peleado con tu mujer? ¿Estás calmándote con una caminata? —No, paseo nada más. —Parece que se te hubiera perdido algo. A propósito. Esta noche encontraron a alguien. ¿Conoces a Joe Spaulding? ¿Te acuerdas de su hija Lavinia? —Sí. La Farge se sintió traspasado de frío. Todo era como un sueño repetido. Ya sabía qué palabras vendrían ahora. —Lavinia volvió a casa esta noche —dijo Mike, y arrojó una bocanada de humo—. ¿Recuerdas que se perdió hace cerca de un mes en los fondos del mar muerto? Encontraron un cadáver que podría ser el suyo y desde entonces la familia Spaulding no ha estado bien. Spaulding iba de un lado a otro diciendo que Lavinia no había muerto, que aquel cadáver no era ella. Parece que tenía razón. Lavinia apareció esta noche. La Farge sintió que le faltaba el aire, que el corazón le golpeaba el pecho. —¿Dónde? —En la calle principal. Los Spaulding estaban comprando entradas para una función y de pronto vieron a Lavinia entre la gente. Qué impresión la de ellos, imagínate. Al principio Lavinia no los reconoció; pero la siguieron calle abajo y le hablaron y entonces ella recobró la memoria. —¿La has visto? —No, pero la he oído cantar. ¿Recuerdas con qué gracia cantaba Las bonitas orillas del lago Lomond? La oí hace un rato allá en la casa gorjeando para su padre. Es muy agradable oírla. Una muchacha encantadora. Era lamentable que se hubiera muerto. Ahora que ha regresado, todo es distinto. Pero oye, qué te pasa, no te veo muy bien. Entra y te serviré un whisky. —No, gracias, Mike. La Farge se alejó calle abajo. Oyó que Mike le daba las buenas noches y no contestó. Tenía la mirada fija en una casa de dos plantas con el techo de cristal donde serpenteaba una planta marciana de flores rojas. En la parte trasera de la casa, sobre el jardín, había un retorcido balcón de hierro. Las ventanas estaban iluminadas. Era muy tarde, y La Farge seguía pensando: «¿Cómo se sentirá Anna si no vuelvo con Tom? ¿Cómo recibirá este segundo golpe, esta segunda muerte? ¿Se acordará de la primera y a la vez de este sueño y de esta desaparición repentina? Oh Dios, tengo que encontrar a Tom, ¿o qué va a ser de Anna? Pobre Anna, me está esperando en el embarcadero». La Farge se detuvo y levantó la cabeza. En alguna parte, allá arriba, unas voces daban las buenas noches a otras voces muy dulces. Las puertas se abrían y cerraban, se apagaban las luces y continuaba oyéndose un canto suave. Un momento después una hermosa muchacha, de no más de dieciocho años, se asomó al balcón. La Farge la llamó a través del viento que comenzaba a levantarse. La muchacha se volvió y miró hacia abajo. —¿Quién está ahí? —Yo —dijo el viejo La Farge, y notando que esta respuesta era tonta y rara, se calló y los labios se le movieron en silencio. ¿Qué podía decir? ¿«Tom, hijo mío, soy tu padre»? ¿Cómo le hablaría? La muchacha pensaría que estaba loco y llamaría a la familia. La figura se inclinó hacia delante, asomándose a la luz ventosa. —Sé quién eres —dijo en voz baja—. Por favor, vete. No hay nada que pueda hacer por ti. —¡Tienes que volver! —Las palabras se le escaparon a La Farge. La figura iluminada por la luz de la luna se retiró a la sombra, donde no tenía identidad, donde no era más que una voz. —Ya no soy tu hijo. No teníamos que haber venido al pueblo. —¡Anna espera en el embarcadero! —Lo siento —dijo la voz tranquila—. Pero ¿qué puedo hacer? Soy feliz aquí; me quieren tanto como vosotros. Soy lo que soy y tomo lo que puedo. Ahora es demasiado tarde. Me han atrapado. —Pero, y Anna... Piensa qué golpe será para ella. —Los pensamientos son demasiado fuertes en esta casa; es como estar en la cárcel. No puedo cambiar otra vez. —Eres Tom, eras Tom, ¿verdad? ¡No estarás bromeando con un viejo! ¡No serás realmente Lavinia Spaulding! —No soy nadie; soy sólo yo mismo. Dondequiera que esté soy algo, y ahora soy algo que no puedes impedir. —No estás seguro en el pueblo. Estarás mejor en el canal, donde nadie puede hacerte daño —suplicó el viejo. —Es cierto. —La voz titubeó—. Pero he de pensar en ellos. ¿Qué sentirían mañana al despertar cuando vieran que me fui de nuevo, y esta vez para siempre? Además, la madre sabe lo que soy; lo ha adivinado como tú. Creo que todos lo adivinaron, aunque no hicieron preguntas. Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños. No soy quizá la muchacha muerta, pero soy algo casi mejor, el ideal que ellos imaginaron. Tendría que elegir entre dos víctimas: ellos o tu mujer. —Ellos son cinco, lo soportarían mejor que nosotros. —¡Por favor! —dijo la voz—. Estoy cansada. La voz del viejo se endureció. —Tienes que venir. No puedo permitir que Anna sufra otra vez. Eres nuestro hijo. Eres mi hijo, y nos perteneces. La sombra tembló. —¡No, por favor! —No perteneces a esta casa ni a esta gente. —No. No. —Tom, Tom, hijo mío, óyeme. Vuelve. Baja por la parra. Ven, Anna te espera; tendrás un hogar, y todo lo que quieras. El viejo alzaba los ojos esperando el milagro. Las sombras se movieron, la parra crujió levemente. Y al fin la voz dijo: —Bueno, papá. —¡Tom! La ágil figura de un niño se deslizó por la parra a la luz de las lunas. La Farge abrió los brazos para recibirlo. Una habitación se iluminó arriba, y en una ventana enrejada dijo una voz: —¿Quién anda ahí? —Date prisa, hijo mío. Más luces, más voces: —¡Alto o hago fuego! ¿No te ha pasado nada, Vinny? El ruido de pasos precipitados. El hombre y el chico corrieron por el jardín. Sonó un disparo. La bala dio en la pared en el momento en que cerraban el portón. —Tom, vete por ahí. Yo iré por aquí para despistarlos. Corre al canal. Allí estaré dentro de diez minutos. Se separaron. La luna se ocultó detrás de una nube. El viejo corrió en la oscuridad. —Anna, ¡aquí estoy! La vieja, temblando, lo ayudó a salvar a la lancha. —¿Dónde está Tom? —Llegará en un minuto —jadeó La Farge. Se volvieron y miraron las calles del pueblo dormido. Aún había alguna gente: un policía, un sereno, el piloto de un cohete, varios hombres solitarios que regresaban de alguna cita nocturna, dos parejas que salían de un bar riéndose. Una música sonaba débilmente en alguna parte. —¿Por qué no viene? —preguntó la vieja. —Ya vendrá, ya vendrá. Pero La Farge estaba inquieto. ¿Y si el niño hubiera sido atrapado otra vez, de algún modo, en alguna parte, mientras corría hacia el embarcadero, por las calles de medianoche, entre las casas oscuras? Era un trayecto muy largo, aun para un chico; sin embargo ya tenía que haber llegado. Y entonces, lejos, en la avenida iluminada por las lunas alguien corrió. La Farge gritó y calló en seguida, pues allá lejos resonaron también unas voces y otros pasos apresurados. Las ventanas se iluminaron una a una. La figura solitaria cruzó rápidamente la plaza, acercándose al embarcadero. No era Tom; no era más que una forma que corría, una forma con un rostro de plata que resplandecía a la luz de las lámparas, agrupadas en la plaza. Y a medida que se acercaba, la forma se hizo más y más familiar, y cuando llegó al embarcadero ya era Tom. Anna le tendió los brazos. La Farge se apresuró a desanudar las amarras. Pero ya era demasiado tarde. Un hombre, otro, una mujer, otros dos hombres y Spaulding aparecieron en la avenida y atravesaron de prisa la plaza silenciosa. Luego se detuvieron, perplejos. Miraron asombrados alrededor, como si quisieran volverse atrás. Todo les parecía ahora una pesadilla, una verdadera locura. Pero se acercaron, titubeando, deteniéndose y adelantándose. Era ya demasiado tarde. La noche, la aventura, todo había terminado. La Farge retorció la amarra entre los dedos. Se sintió desalentado y solo. La gente alzaba y bajaba los pies a la luz de la luna, acercándose rápidamente, con los ojos muy abiertos, hasta que todos, los diez llegaron al embarcadero. Se detuvieron, lanzaron unas miradas aturdidas a la lancha, y gritaron. —¡No se mueva, La Farge! Spaulding tenía un arma. Todo era evidente ahora. Tom atraviesa rápidamente las calles iluminadas por las lunas, solo, cruzándose con la gente. Un policía descubre la figura veloz. El policía gira sobre sí mismo, ve el rostro, pronuncia un nombre y echa a correr. ¡Alto! Había reconocido a un criminal. Y en todo el trayecto, la misma escena: hombres aquí, mujeres allá, serenos, pilotos de cohete. La fugitiva figura era todo para ellos, todas las identidades, todas las personas, todos los nombres. ¿Cuántos nombres diferentes se habían pronunciado en los últimos cinco minutos? ¿Cuántas caras diferentes, ninguna verdadera, se habían formado en la cara de Tom? Y en todo el trayecto el perseguido y los perseguidores, el sueño y los soñadores, la presa y los perros de presa. En todo el trayecto la revelación repentina, el destello de unos ojos familiares, el grito de un viejo, viejo nombre, los recuerdos de otros tiempos, la muchedumbre cada vez mayor. Todos lanzándose hacia delante mientras, como una imagen reflejada en diez mil espejos, diez mil ojos, el sueño fugitivo viene y va, con una cara distinta para todos, los que le preceden, los que vienen detrás, los que todavía no se han encontrado con él, los aún invisibles. Y ahora todos estaban allí, al lado de la lancha, reclamando sus sueños. «Del mismo modo —pensó La Farge—, nosotros queremos que sea Tom, y no Lavinia, no William, ni Roger, ni ningún otro. Pero todo ha terminado. Esto ha ido demasiado lejos.» —¡Salgan todos de la lancha! —les ordenó Spaulding. Tom saltó al embarcadero. Spaulding lo tomó por la muñeca. —Tú vienes a casa conmigo. Lo sé todo. —Espere —dijo el policía—. Es mi prisionero. Se llama Dexter. Lo buscan por asesinato. —¡No! —sollozó una mujer—. ¡Es mi marido! ¡Creo que puedo reconocer a mi marido! Otras voces se opusieron. El grupo se acercó. La señora La Farge se puso delante de Tom. —Es mi hijo. Nadie puede acusarlo. ¡Ya nos íbamos a casa! Tom, mientras tanto, temblaba y se sacudía con violencia. Parecía enfermo. El grupo se cerró, exigiendo, alargando las manos, aferrándose a Tom. Tom gritó. Y ante los ojos de todos, comenzó a transformarse. Fue Tom, y James, y un tal Switchman, y un tal Butterfield; fue el alcalde del pueblo, y una muchacha, Judith; y un marido, William; y una esposa, Clarisse. Como cera fundida, tomaba la forma de todos los pensamientos. La gente gritó y se acercó a él, suplicando. Tom chilló, estirando las manos, y el rostro se le deshizo muchas veces. —¡Tom! —gritó La Farge. —¡Alicia! —llamó alguien. —¡William! Le retorcieron las manos y lo arrastraron de un lado a otro, hasta que al fin, con un último grito de terror, Tom cayó al suelo. Quedó tendido sobre las piedras, como una cera fundida que se enfría lentamente, un rostro que era todos los rostros, un ojo azul, el otro amarillo; el pelo castaño, rojo, rubio, negro, una ceja espesa, la otra fina, una mano muy grande, la otra pequeña. Nadie se movió. Se llevaron las manos a la boca. Se agacharon junto a él. —Está muerto —dijo al fin una voz. Empezó a llover. La lluvia cayó sobre la gente, y todos alzaron los ojos. Lentamente, y después más de prisa, se volvieron, dieron unos pasos, y echaron a correr, dispersándose. Un minuto después, la plaza estaba desierta. Sólo quedaron el señor La Farge y su mujer, horrorizados, cabizbajos, tomados de la mano. La lluvia cayó sobre el rostro irreconocible. Anna no dijo nada, pero empezó a llorar. —Vamos a casa, Anna. No hay nada que podamos hacer —dijo el viejo. Subieron a la lancha y se alejaron por el canal, en la oscuridad. Entraron en la casa, encendieron la chimenea y se calentaron las manos. Se acostaron, y juntos, helados y encogidos, escucharon la lluvia que caía otra vez sobre el techo. —¡Escucha! —dijo La Farge a medianoche—. ¿Has oído algo? —Nada, nada. —Voy a mirar, de todos modos. Atravesó a tientas el cuarto oscuro, y esperó algún tiempo al lado de la puerta de la calle. Al fin abrió y miró afuera. La lluvia caía desde el cielo negro, sobre el patio desierto, sobre el canal y entre las montañas azules. La Farge esperó cinco minutos y después, suavemente, con las manos húmedas, entró en la casa, cerró la puerta y echó el cerrojo.



Leonardo Padura vuelve al policial negro con "Personas decentes"

 13 de noviembre de 2022

En Personas decentes Leonardo Padura vuelve a su personaje del detective Mario Conde para retratar el presente de la ciudad de La Habana y también viajar a puntos cruciales del pasado.


El género policial es el género de la ciudad y la corrupción. En el policial clásico, emerge la ciudad como tema: Edgar Allan Poe, su creador, sitúa su relato en las calles de París y pone a Dupin a desandar un crimen de difícil resolución en la calle Morgue con el uso contundente de su capacidad analítica. Cualquiera que vuelva al relato va a encontrar, inserto en la resolución del misterio, un tratado acerca de esta nueva facultad que implicaba poder desanudar un enigma sólo a partir del concurso de la reflexión, con un narrador y un protagonista, el propio Dupin, mucho más preocupados por la sensación de vacío propia de la modernidad y la vida nocturna que abría la experiencia de la metrópolis. De ahí que sea fácil conectar esos primeros cuentos del género con otro relato de Poe, “El hombre de la multitud”: aparecía un nuevo modo de sociabilidad que tenía que ver con el anonimato de las masas, la posibilidad de que se perdiera referencia acerca de quién era quién en la ciudad. 

Como contrapeso de esa génesis, hubo una segunda, una que implicó el nacimiento de un género que se parece un poco al del siglo XIX, pero que ofrece tantas diferencias que siempre resulta difícil la vinculación. El nacimiento del policial negro marcó el comienzo de un nuevo personaje, el detective melancólico y fracasado que es como un fragmento de un mundo perdido. Alguien con valores que ya no corren en el mundo en el que habita. 

Ese detective tiene siempre una misión que resulta extraña, muchas veces alcanzada por una femme fatale que nunca dice todo lo que sabe. La resolución del enigma implica más el uso de los puños y el encuentro con la violencia física antes que la desnuda actividad mental, que la tiene este personaje, claro, pero que no puede desplegar sin sentir un puñetazo directo a la cara. Y, para no abundar, el encuentro del culpable resulta siempre un falso encuentro: en verdad, el nombre del responsable del crimen será conocido solamente por los lectores y el protagonista, porque el delincuente en cuestión, el asesino, es un encumbrado hombre de la política o los negocios que nunca podrá ser alcanzado por la justicia terrena. 

No solamente es la ciudad la que se impone en esta narrativa, sino también la corrupción de la ciudad, su nueva moral, la cual repele al detective, aunque, en algún sentido, también termina atrayéndolo como algo inevitable. El policial clásico nos da la ciudad. El policial negro, la corrupción. 

Y en esa serie, bien podemos decir que Mario Conde, el detective creado a principios de los 90 por Leonardo Padura, suma a la ecuación una mirada crítica latinoamericana, caribeña, para ser más precisos, que reformula qué se entiende por ciudad y corrupción desde una óptica, con sus idas y vueltas, mucho más nuestra (y, de ahí, universal). Personas decentes, la última novela de la serie de este detective tan particular, es, sin dudas, un texto que recupera estos tópicos para hablar de La Habana en dos momentos diferentes de su historia y señalar un tercer momento, los 70 en la isla, para armar tres hitos en un relato de corrupción que hace al corazón mismo de la geografía habanera. Al menos, eso piensa y no se cansa de decir el propio Conde, o Padura, por “interpósito” personaje.

La novela nos presenta otra vez un relato a dos tiempos. Tal como pasó en otros trabajos, como La transparencia del tiempo (2018) o Herejes (2013), tenemos en Personas decentes el presente cubano con un Mario Conde tratando de resistir el cinismo y descreimiento propio de la edad (ya pasó los 60 años) con las cuotas esperables de nostalgia que le devuelven cierto dulzor a la ya cansada vida de un ex policía, devenido en vendedor de libros usados (como leímos en su reaparición luego de dejar la fuerza en Adiós, Hemingway, de 2001). 

Manuel Palacios, Manolo, antiguo compañero aún activo, lo contacta para que siga el camino usual de todo detective que se presume retirado: hubo un asesinato, no sabemos quién fue el responsable, te necesitamos. Así, Conde vuelve al ruedo, interesado, y mucho, por la naturaleza de la víctima: Reynaldo Quevedo. ¿Quién era Quevedo? Un poeta mediocre, un oportunista, un “estalinista confeso” (subraya la novela) que se transformó en los 70 en el censor por antonomasia. Alguien que persiguió artistas de todo tipo con el fin de limitar su libertad creativa, de ajustar los tornillos de lo que producían para que respondan a una perspectiva única acerca del arte y la cultura. 

Leemos en Personas decentes: “Quevedo había sido escogido por su vocación de inquisidor y tal vez por su maldad genéticamente codificada como la cabeza rectora del proceso de persecución, hostigamiento y marginación que sufrieron demasiados escritores y artistas cubanos durante los años en que ejerció su compacto reinado. Entre sus víctimas los hubo de todos los colores y tamaños, incluidas gentes como los luego otra vez celebrados José Lezama Lima y Virgilio Piñera, y también algunos irreductibles, como el teatrista Alberto Marqués”. El censor Quevedo, la bestia Quevedo, ahora aparecía muerto, sin tres dedos y con el pene cortado. ¿Cómo no llamar la atención del espíritu analítico que en el fondo siempre fue Conde con estos datos, por más venido a menos que se sienta?

El contexto de esta primera trama no puede ser más significativo, y es la ventana por donde entra la realidad de la ciudad que Padura parece amar (siempre, críticamente): en pleno 2016, La Habana vivió una primavera inusitada, aunque breve. “Un milagro”, señaló el autor, adjudicando importancia casi metafísica a que el día en que Cuba y Estados Unidos volvieron a acercarse luego de tantas diferencias fue un 17 de diciembre de 2014, día de San Lázaro, un santo al que, como a casi todos, se le pide lo imposible. 

En ese 2016, entonces, tres hechos confluyen en un lugar que se creía afuera de toda coyuntura del Occidente capitalista: un recital de los Rolling Stones, un desfile de Chanel y la visita de Barack Obama. Estas tres instancias llevan a un resurgir de la ciudad que se siente en cada esquina, con negocios que aparecen de la nada, con autos que se modifican para recibir a los turistas, y con todas las fuerzas de seguridad distraídas entre tanto ajetreo. Qué mejor momento para cometer un asesinato, el de Quevedo. Y luego otro que, claro está, señala que el primero no fue un hecho casual. Que hay, como diría cualquier psicoanalista con berretines de detective, un sentido posible en este encadenamiento.

NEGOCIOS SON NEGOCIOS

Más temprano que tarde, Personas decentes empieza a funcionar como un texto que levanta preguntas en torno a qué significa la decencia, qué implica seguir un camino moral asumido y tratar de ajustarse a esos principios. Pero, por sobre todo, qué conexión hay entre lo que hacemos, nuestros trabajos, y esa idea de decencia que parece propia de un mundo en retirada. Por eso, Conde actúa también allí como fragmento de un mundo en desaparición. De un mundo que se creía en desaparición, al menos, porque Conde ve que la llegada de los Stones o de Obama poco van a cambiar a la isla. Ese hálito de renovación va a durar lo que duró la triple visita. Padura dice que Conde ve el 2016 con los ojos de 2017, algo que el Conde de la historia no sabe, pero el escritor de la vida real sí: que luego de Obama vendría Trump, y que los intentos de volver a establecer relaciones entre dos países tan profundamente separados resultarían ser solamente eso, intentos, y ningún principio venturoso para que las cosas cambien de verdad.

Dos historias, dijimos. Esa Habana bulliciosa por un volver a ponerse en el centro del escenario mundial conecta rápidamente con la segunda trama, la cual ofrece un narrador en primera persona, Arturo Saborit Amargó, un policía que se encontrará, a comienzos del nuevo siglo, metido en el medio de un conflicto entre proxenetas. Entre dos figuras de importancia para la “Niza de América”, tal como presentaban a La Habana en ese momento o, también, en 2016. ¿Quiénes son los enfrentados? Alberto Yarini, personaje extraído de la vida real, quien en las primeras décadas del 1900 era conocido como el “chulo” más importante con el que uno se podía cruzar, alguien cuya leyenda llega hasta el día de hoy. Un hombre cosmopolita, de ropa refinada y con gestos de conocer más del mundo de lo que el mismo mundo cree. Su contrincante en el negocio es un recién llegado, para peor, un extranjero, un francés. Louis Lotot es el ingresante en la escena del (no tan) bajo mundo, quien parece disputarle territorio a Yarini. El asesinato de Margarita Alcántara, o Margó “la Tetona”, será el crimen disparador con el que el cándido policía perderá la inocencia y terminará, como él mismo afirma en su primera entrada, en la fatídica noche del 21 de noviembre de 1910. Donde nos advierte que, muy a su pesar, terminará matando a un hombre, apenas meses después de la visita del cometa Halley, acontecimiento que tiene a todo el mundo, a gobernantes y hombres de a pie, a sacerdotes y prostitutas, exaltados. Y, como habrían de producir los Stones y Obama más luego, expectantes a ver qué tipo de provecho se puede sacar de la situación.

Esta estructura en montaje paralelo, para utilizar un término propio de lo cinematográfico, es algo muy utilizado por Padura desde el regreso de Conde en Adiós, Hemingway: el detective (que, como todo buen profesional, ya dejó de serlo, al menos, oficialmente) se interesa por un hecho de su actualidad que siempre conecta con situaciones que tienen que ver con la constitución de La Habana contemporánea. Como si Conde fuese un arqueólogo que tiene dos investigaciones por delante: primero, la del crimen que se presenta como disparador, el famoso “McGuffin” de Alfred Hitchcock que promueve el interés de cualquier lector. Pero, luego, mucho más temprano que tarde, empieza el remontarse hacia atrás que está contado en capítulos que se alternan con las averiguaciones del melancólico investigador, siempre vinculados a un hecho u objeto disparador. En Herejes, por ejemplo, un lienzo de Rembrandt funciona como una pieza que conjura una memoria imposible, la de un barco lleno de emigrantes judíos que no pueden descender en la ciudad y tienen que volver en el mismo medio que los trajo a Alemania. No pudieron escapar, a fin de cuentas, del horror. La misma estructura puede encontrarse en La transparencia del tiempo, en donde es una estatua de una Virgen negra la que dispara el movimiento hacia atrás del libro en pos de recuperar, en este caso, una memoria que atraviesa nuevamente diversos periplos para hablar de la Guerra Civil Española e, incluso, de los tiempos propios del cierre de la Edad Media. La Habana resulta, así, centro del mundo, punto desde el cual puede leerse toda la historia occidental o, al menos, algunos momentos significativos. Esa estrategia es la que le permite a Padura construir su lugar como escritor, su entre-lugar: un escritor crítico del gobierno que no dejó la Habana, casi podría decirse que se queda allí porque su literatura necesita ese punto de vista. Adentro y afuera, localizado, pero universal, Padura mira el mundo como Conde, casi un hermano, alguien casi de su misma edad y que, también, en esta novela, se inicia oficialmente como escritor.

Personas decentes es una novela digna continuadora de la Serie Mario Conde, pero tiene el plus de retratar, sin tanta melancolía, una Habana que realmente está cambiando. De ahí el contrapunto con la historia de comienzos del siglo XX que funciona como un espacio donde parece pensarse, en espejo, el crimen de un censor de la década del 70. La Habana cosmopolita, centro del mundo, está matizada por la decepción de una ciudad que pudo haber sido y no fue en ambas líneas narrativas. Pero, pese a todo, alimentada de esta fantasmagoría. El crimen que investiga Conde, en definitiva, atraviesa toda la historia cubana en el siglo XX, con su salvajismo y su dulzura, con sus sueños y sus posibilidades. Digamos, con Padura, por sobre todo: con su literatura.


https://www.pagina12.com.ar/496590-leonardo-padura-vuelve-al-policial-negro-con-personas-decent

¿Cuál era la música de los 60 en inglés?

 


Aunque en realidad lo correcto sería decir música anglosajona de los años 60. Pero bueno, no seremos nosotros los que nos pongamos tiquismiquis con estos temas. Naturalmente, esto quiere decir que, como verás, esta lista musical tiene 200 canciones de los años 60 en inglés, pero incluye todavía más número de canciones con la música de los 60 en español (en este caso incluyendo 230 canciones), en realidad porque las letras están en muchos otros idiomas exitosos en este periodo, como el francés o el italiano. Además, para entonces también leerás cómo nos corregimos tanto como ahora pidiendo perdón. Porque, efectivamente, no todas serán en español (aunque sí una gran mayoría): serán en lenguas romances.

El tiempo pasa sin parar, pero es que en este caso vaya sí pasó. El cambio de década (de los 50 a la de los 60) se intuía especial para todos los amantes de la música. La llegada de un nuevo sentimiento rock, evolución del nacido años antes (al igual que con el soul), ya estaba a las puertas; pero, aun así, resulta muy llamativo para nosotros, visto hoy. Fue como pasar de 10 km/h a 200 en un segundo. Sería por el uso masivo de las drogas, por el sentido de libertad hippie y por el propio mundo en que vivía todo el mundo. Vaya usted a saber el motivo, pero ahí estaba: la revolución musical.



https://murosdeabsenta.com/430-canciones-anos-60-ano-1960/

El espejismo de la libertad en las redes: una historia de cómo los imperios de odio de Twitter y Facebook se desmoronan

 Las dos plataformas han construido su fortuna mediante algoritmos que han priorizado los mensajes de odio y la polarización. Ahora, ambas compañías afrontan problemas económicos, agitados por la aparición de nuevos competidores.


CHEMA MOLINA                                      Madrid 12/11/2022

Redes sociales, polarización y democracia son las piezas de un puzle que encajan atendiendo a un elemento clave: la voluntad de los actores que las mueven. Pero, cuando alguien dice que las redes "polarizan", ¿a qué se está refiriendo? El sociólogo Damon Centola, profesor de la Universidad de Pensilvania, elaboró junto a un equipo de investigadores un experimento social donde dividió en dos grupos a demócratas y republicanos. La intención era descubrir si agrupar a estas personas en cámaras de eco –espacios donde solo se comparten opiniones para reafirmar el sesgo del grupo– provocaría que estos individuos aumentaran su animadversión hacia el grupo contrario. Es decir, aumentara la polarización. Sin embargo, y para sorpresa de los investigadores, el resultado fue el opuesto. Los internautas adquirieron posiciones más moderadas y recíprocas con el otro grupo.

Twitter y Facebook son las grandes compañías por excelencia a las que les rodean escándalos relacionados con la falta de control de campañas de odio y de publicaciones masivas acompañadas de noticias falsas. La extrema derecha internacional ha podido encontrar en estas plataformas un altavoz directo para promover bulos y propiciar ataques coordinados contra las democracias

 El caso más ejemplificador fue cuando Donald Trump no reconoció los resultados electorales de noviembre de 2020 e insinuó que se había producido un "fraude" en los comicios. Apenas dos meses después, seguidores del expresidente irrumpieron en el Capitolio de forma violenta. 

La polarización de las redes es "una polarización de élites", explica la investigadora Sandra González-Bailón

Por tanto, cuando uno se pregunta si las redes sociales son herramientas democratizadoras, quizá esté frente a un espejismo. "Me asombra que alguien piense que internet es una democracia; internet nunca ha sido una democracia, y ahora menos. Es una dictadura muy clara, empezando por la puerta de acceso, como son los buscadores (Google, Yahoo, Bing...), porque no ofrecen ni los mejores resultados ni los más veraces, simplemente los que nos agradan", señala a Público el tecnólogo Marcelino Madrigal. Las redes sociales están lejos de ser "la plaza del pueblo" –recuerda Pablo Moral, investigador predoctoral en la UNED–, sino que son un negocio, cuyo modelo económico es la venta de datos personales gracias a que los usuarios "entregan su privacidad", y a la "economía de la atención: a mayor participación en la red, mayor rentabilidad para la empresa". 

Las redes son un negocio, pero ¿por qué polarizan? ¿Es algo natural? ¿O realmente hay un modelo basado en conformar animadversión entre unos grupos y otros? Como Centola demostró, los usuarios por sí solos no se polarizan por interactuar en una red aunque lo haga con individuos con opiniones similares. La polarización que realmente se percibe en las redes sociales es una "polarización de élites". Así lo explica Sandra González-Bailón, profesora asociada de la Escuela de Comunicación Annenberg de la Universidad de Pensilvania. "Las redes sociales han facilitado la polarización de élites y han dado mucha voz a una minoría que está muy involucrada políticamente", explica la investigadora. La razón que se esconde tras esta polarización no es inocente. González-Bailón habla de dos fenómenos: "El primero es lo que conocemos como ignorancia pluralista, donde considerar que lo que dice una minoría es representativo de la opinión pública y esto no es cierto, es un espejismo. El segundo fenómeno está relacionado con el proceso de amplificación​ algorítmica. Twitter y Facebook emplean algoritmos de curación de información, que son los que determinan qué mensajes vas a encontrar de mayor interés". 

El algoritmo y el negocio

Con todo, ¿por qué el algoritmo es capaz de priorizar el contenido que puede publicar, por ejemplo, la ultraderecha? Los tres expertos lo tienen claro. Los algoritmos tienen debilidad por el contenido controvertido, porque genera retención; esto es, que el usuario pase tiempo consumiendo la red social. Y también generan "movimiento": likes, retuits, comentarios... Madrigal es contundente en este aspecto: "A estas empresas les interesa que pasemos tiempo para colocarnos publicidad. Bien, de pronto, estos señores se dieron cuenta de que el sentimiento de odio provoca que los usuarios se mantengan pegados a la pantalla". A esto hay que añadir un nuevo elemento: el anonimato. "La posibilidad de tener cuentas anónimas y el hecho de poder sumergirse en cámaras de eco conforman una experiencia al usuario que fomenta la polarización", agrega Moral.

En este clima, los imperios de Facebook y Twitter no pasan por su mejor momento. El magnate Elon Musk ha reconocido que la plataforma sufre complicaciones económicas con pérdidas millonarias. Mark Zuckerberg, por su parte, tuvo que acometer un cambio de imagen por la mala reputación de la compañía y su papel en el escándalo de Cambridge Analytica. Además, la empresa despedirá al 13% de su plantilla. En un comunicado, el director ejecutivo señaló que la firma no puede mantener los resultados financieros que generó durante la pandemia. Las dos están realizando movimientos para mantener a los usuarios, que, sin embargo, cada vez más apuestan por otras plataformas. La más clara: TikTok.

TikTok crece, pero no se libra de generar riesgos

La red social china ha sido la marca que ha experimentado "el incremento más rápido del mundo", según la consultora británica Brand Finance, que señala que el aumento ha sido de un 215% en 2022 y pasa de tener un valor de 8.700 millones a 59.000 millones de dólares. Una cifra que se puede comparar respecto a otras firmas en el siguiente gráfico. 

A simple vista, TikTok es una red social destinada sobre todo al entretenimiento. Pero tanto González-Bailón como Madrigal remarcan que esta red no es ajena a los mismos riesgos que generan tanto Twitter como Facebook. El tecnólogo apunta que en esta red también hay un "fuerte contenido ideológico", que puede ser más peligroso porque se vende de manera más sutil. Y afirma que "no hay que olvidar que su crecimiento no es espontáneo, que detrás está el Gobierno chino y hay una inversión ingente en publicidad en esta aplicación". La profesora del Annenberg School for Communication indica que en este caso también predomina el contenido centralizado, pues sigue siendo una minoría la que genera las publicaciones con más repercusión, más allá de que el algoritmo permita a usuarios con pocos seguidores viralizar una publicación concreta. Moral añade que esta aplicación atrae a un sector de la población que se está incorporando a la edad de voto, por lo que políticos y empresas están introduciéndose ahí para "colar contenido de una manera mucho más fina e indirecta". 

Miles de usuarios migran de Twitter a Mastodon, la nueva red que le hace la competencia a Musk

Entretanto, a Twitter le ha surgido un posible competidor tras la compra de Musk: Mastodon. Miles de usuarios han migrado de la aplicación del pájaro azul a esta nueva red que busca evitar el ambiente de toxicidad propio de Twitter. Mastodon no es una red centralizada, sino que es una federación de servidores que están interconectados y operan de manera independiente. ¿Esto que quiere decir? Los internautas pueden formar parte de comunidades concretas y limitadas en las que pueden interactuar. La gran diferencia es que las reglas de esos espacios las deciden los propios usuarios. 

Soluciones a la incertidumbre y una propuesta "utópica"

No obstante, el ecosistema de las redes sigue dominado por algoritmos que son poco democráticos, como explica Madrigal. Los tres investigadores proponen ideas diferentes y concluyen que no hay soluciones mágicas. Madrigal defiende la autorregulación, eso sí, en un entorno donde "las normas estén claras y haya mayor transparencia". En este punto sostiene que las grandes compañías dueñas de las redes sociales configuran el espacio acorde a la concepción de libertad de expresión de Estados Unidos, consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución. "Aquí el único límite es la violencia física, pero hay libertad para todo lo demás", argumenta. Pero no se adaptan a la concepción de libertad europea, donde "hay determinados mensajes que fomentan el odio que no se pueden divulgar", y las empresas "deben establecer normas internas para evitarlo".

"No me fío de nuestra habilidad para autorregularnos", dice González-Bailón

Por su parte, González-Bailón confía menos en la autorregulación. "No me fío de nuestra habilidad para autorregularnos", bromea. Y pone sobre la mesa dos planteamientos. El primero es atajar estos riesgos mediante "evidencia empírica" para contribuir a diseñar "intervenciones que sean efectivas". "Las plataformas deben proporcionar datos a los investigadores para que saquen conclusiones independientes", propone. El segundo punto es repensar cómo los diseños de estas plataformas afectan al comportamiento humano. La investigadora señala cómo los avisos que hacen que los usuarios se lo piensen dos veces antes de compartir un contenido de manera "visceral" pueden ser eficaces para que estos actúen de forma más "deliberada". Aun así, reconoce que la tensión está "entre lo que es bueno para la sociedad y lo que es bueno para el negocio".

La propuesta, según Moral, "más utópica" pero por la que apuesta constantemente es "la alfabetización digital y crear conciencia con el uso de las redes". El investigador defiende que educar en el uso de las redes sociales y en cómo manejarse en internet es el paso fundamental que deben tener en cuenta las autoridades públicas para que los ciudadanos tengan las herramientas necesarias para evitar los riesgos que, a día de hoy, aún suponen estas plataformas.


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