Letras Libres, 1 de febrero de 2025.

Por lo general creemos que el ser humano tiene una
inclinación natural hacia la verdad y el conocimiento, pero la
realidad parece mostrarnos lo contrario. En ocasiones,
abrazamos nuestra ignorancia por la única razón de que es
nuestra. Todos queremos saber, y queremos no saber.
Aristóteles enseñó que todos los seres humanos quieren saber. Nuestra propia
experiencia nos enseña que todos los seres humanos también quieren no
saber, a veces ferozmente. Siempre ha sido así, pero hay ciertos periodos
históricos en los que la negación de las verdades evidentes parece imponerse,
como si un bacilo psicológico se propagara por medios desconocidos y el
antídoto se volviera repentinamente impotente. Este es uno de esos periodos.
Cada vez son más los que rechazan el razonamiento por considerarlo una
pérdida de tiempo que se limita a encubrir las maquinaciones del poder. Otros
creen tener un acceso especial a la verdad que les exime de ser cuestionados,
como una prórroga ante el reclutamiento. Multitudes hipnotizadas siguen a
profetas ridículos, rumores irracionales desencadenan actos fanáticos y el
pensamiento mágico desplaza al sentido común y a la experiencia. Y para
colmo tenemos a los profetas de la ignorancia de élite, esos sabios desdeñosos
del saber que idealizan al “pueblo” y le animan a resistirse a la duda y a
construir murallas en torno a sus creencias fijas. Frente a todo esto, quienes se
dedican al razonamiento y a la investigación abierta pueden empezar a sentirse
como refugiados.
Siempre es posible encontrar causas históricas próximas a estos brotes de lo
irracional. Pero hacerlo puede distraernos de reconocer que la fuente última se
encuentra en lo más profundo, en nosotros mismos y en el propio mundo, que
no hace caso de nuestros deseos.
El mundo es un lugar recalcitrante, y hay cosas en él que preferiríamos no
reconocer. Algunas son verdades incómodas sobre nosotros mismos, las más
difíciles de aceptar. Otras son verdades sobre la realidad exterior que, una vez
reveladas, nos roban creencias y sentimientos que de algún modo han hecho
nuestra vida mejor, más fácil de vivir… o eso creemos. La experiencia del
desencanto es tan dolorosa como común, y no es de extrañar que un verso de
un poema inglés olvidado se convirtiera en un proverbio común: la ignorancia
es dicha.
Todos podemos encontrar razones por las que nosotros y los demás evitamos
saber determinadas cosas, y muchas de esas razones son perfectamente
racionales. Una trapecista a punto de subirse a la barra no haría bien en
consultar la tasa de mortalidad de su profesión. Incluso la pregunta “¿Me
quieres?” no debería escapársenos de la lengua, sino pasar por varios puntos
de control antes de ser pronunciada. O imaginemos un mundo en el que la
gente tuviera una pequeña pantalla led incrustada en la frente, encargada de
retransmitir cada pensamiento a cada momento. No solo nos sentiríamos
paralizados ante ellas; también tendríamos problemas para alcanzar una idea independiente de nosotros mismos, libre de las opiniones de los demás. Incluso
el autoconocimiento, el comienzo de la sabiduría, depende de que nos
resistamos al menos a este tipo de conocimiento del mundo.
Todos tenemos una disposición básica hacia el conocimiento, una forma de
desenvolvernos en el mundo a medida que nos llegan las experiencias.
Algunas personas sienten una curiosidad natural por saber cómo han llegado
las cosas a ser como son. Les gustan los rompecabezas, les gusta investigar,
les gusta saber por qué. Otras son indiferentes al aprendizaje y no ven ninguna
ventaja en hacerse preguntas que parecen innecesarias para seguir adelante.
Y luego hay personas que, por la razón que sea, han desarrollado una
particular antipatía hacia la búsqueda del conocimiento, cuyas puertas
interiores están cerradas a cal y canto frente a cualquier cosa que pueda poner
en duda lo que creen que ya saben. Todos hemos conocido a personas con
estas actitudes básicas. También hemos caído en estados de ánimo en los que
afloran en nosotros mismos, aunque sea de forma atípica.
¿Por qué ocurre? Porque buscar y tener conocimiento es una experiencia
emocional. El deseo de saber es exactamente eso, un deseo. Y siempre que
nuestros deseos se ven satisfechos o frustrados, nuestros sentimientos
participan. Incluso en asuntos triviales, sentimos algo por lo que aprendemos.
Digamos, por ejemplo, que una tostadora que tengo se rompe y hay que
arreglarla. Miro el manual, veo videos, trasteo y, si tengo suerte, consigo
arreglarla. Me siento satisfecho, y por partida doble. No solo puedo volver a
utilizar la máquina, sino que también he confirmado mi sentido de ser el tipo de
persona que puede buscar conocimientos, encontrarlos y utilizarlos. Pan
tostado y satisfacción personal: no es una mala manera de empezar el día.
Y puede que no me detenga aquí. Puede que me desvíe de mi propósito
original y pronto me encuentre felizmente perdido. Un interés por arreglar un
electrodoméstico puede transformarse en un interés por cómo la electricidad lo
hace funcionar, y luego en un interés por la física. Empiezan a llegar libros por
correo, me quedo despierto hasta tarde viendo documentales. Un tanto
obsesionado, comparto lo que he aprendido con familiares y amigos, poniendo
a prueba su paciencia. Lo que empezó como un entretenimiento se ha
convertido en un asunto importante para mí. Algo se ha movido en mi interior y
mi actitud ante la vida ha cambiado, aunque sea por poco tiempo. El mundo ya
no es simplemente un medio para mis fines. Se ha convertido en un objeto de
perplejidad y asombro. Y de extraordinario placer.
Pero también podemos desarrollar una disposición contraria, encontrarnos
poseídos por una voluntad de no saber, una voluntad de ignorancia. Friedrich
Nietzsche describió esta experiencia como “una decisión repentinamente
eruptiva a favor de la ignorancia… un cerrar las ventanas, una especie de
estado de defensa contra mucho de lo que es conocible, una satisfacción con
la oscuridad… un sí y un amén a la ignorancia”.
¿No hemos caído todos alguna vez en este estado de ánimo? Y dada la
rapidez con que todo cambia en la vida actual, ¿no queremos a menudo
dormirnos en los laureles intelectuales y morales? Del mismo modo que
podemos desarrollar un amor a la verdad que nos remueva por dentro, también
podemos desarrollar un odio a la verdad que nos llene de un apasionado
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sentido del propósito. Resistirse al conocimiento también es una experiencia
emocional.
Hay una larga tradición intelectual que mira con recelo la pasión humana por el
conocimiento y plantea dudas sobre su valor para la vida. Se pueden dar
razones para el deseo de saber; también se pueden dar razones para limitar
ese deseo. Pero, aparte de las razones, también hay un choque de emociones
irracionales, en el que el deseo de defender nuestra ignorancia aparece como
un poderoso adversario del deseo de escapar de ella.
Una fuente de ese choque es que consideramos nuestras opiniones una
prolongación de nuestro propio yo, como una prótesis. Cuando se la ataca o
descarta, sentimos que se ha tocado algo íntimo. Y cuando falla, nos sentimos
avergonzados. Sócrates sostenía que no hay vergüenza en estar equivocado,
solo en actuar de forma equivocada. Y tenía razón. Pero no es lo que sentimos
inicialmente, sobre todo cuando otra persona expone nuestros errores.
Ningún argumento es incorpóreo. Detrás de cada afirmación hay alguien que
afirma, y es él, no su afirmación, quien hiere nuestro orgullo. Por extraño que
pueda parecer, los matemáticos y científicos que debaten asuntos muy
alejados de su vida cotidiana pueden ser tan dogmáticos, partidistas y
susceptibles como cualquier xenófobo. Se ha descubierto un nuevo bosón: ¿es
un paso de gigante para la humanidad o un punto para nuestro bando? Que
exista una Olimpiada Internacional de Matemáticas para equipos nacionales de
jóvenes nos dice mucho sobre el animal humano.
En algún momento todos declinamos la oportunidad de aprender lo que
realmente es el caso. Renunciamos voluntariamente a la oportunidad de
adquirir creencias verdaderas sobre el mundo por miedo a que en el proceso
queden al descubierto verdades sobre nosotros mismos, especialmente
nuestro insuficiente valor para el autoexamen. Preferimos la ilusión de la
autosuficiencia y abrazamos nuestra ignorancia por la única razón de que es
nuestra. No importa que confiar en una opinión falsa sea la peor clase de
dependencia. No importa que por terquedad dejemos pasar la oportunidad de
ser felices. Preferimos hundirnos con el barco a que raspen nuestros nombres
de su casco. Sócrates decía que no entendía por qué alguien se enfada con
alguien que quiere ayudarle. De nuevo tiene razón, no tiene sentido. Pero todo
niño quiere subirse la cremallera de su propio abrigo.
Así que, mientras sacudimos la cabeza ante los encantados por charlatanes y
demagogos, no nos excluyamos del género humano. Todos queremos saber, y
queremos no saber.
Aceptamos la verdad, nos resistimos a ella. La mente va y
viene, jugando al bádminton consigo misma. Pero no parece un juego. Es como
si nuestras vidas estuvieran en juego. Y así es.
__________
Traducción del inglés de Daniel Gascón.
Mark Lilla (Detroit, 1956), renombrado ensayista, historiador de las ideas y profesor de
la Universidad de Columbia, es colaborador frecuente de The New York Review of
Books y The New York Times. Su libro más reciente es El regreso liberal. Más allá de
la política de la identidad (Debate, 2018)
https://www.pensamientocritico.org/wp-content/uploads/2025/02/Lilla-mar-2025.pdf