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“La fotografía en nuestros tiempos nos deja con una gran responsabilidad. Mientras jugamos en nuestros estudios con macetas rotas, naranjas, estudios de desnudos y naturalezas muertas, un día sabemos que se nos pedirán cuentas: la vida está pasando ante nuestros ojos sin haber visto nunca nada.”


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¿Por qué algunas personas creen en teorías conspirativas?

 ¿Por qué hay personas que creen en teorías conspirativas?

por
Bloghemia     marzo 01, 2025


"Las teorías conspirativas no son solo un síntoma de desconfianza, sino una forma de dar sentido a un mundo que parece cada vez más incomprensible."


Por: José Daniel Figuera


Las teorías conspirativas han sido un fenómeno recurrente a lo largo de la historia, pero en la era digital su alcance y popularidad han crecido exponencialmente. Desde la idea de que el alunizaje fue un montaje hasta las narrativas sobre el control global por parte de élites secretas, estas creencias han capturado la imaginación de millones. Pero, ¿qué lleva a las personas a abrazar estas ideas, a menudo en contra de la evidencia científica y racional? La respuesta, según expertos en psicología, sociología y comunicación, es multifacética y profundamente arraigada en la naturaleza humana.

La necesidad de control en un mundo incierto

Uno de los factores más importantes que explican la atracción hacia las teorías conspirativas es la necesidad humana de control. En un mundo cada vez más complejo y caótico, estas narrativas ofrecen una explicación clara y estructurada de eventos que de otra manera parecerían aleatorios o inexplicables. "Las teorías conspirativas proporcionan una sensación de orden y predictibilidad", explica el psicólogo social Jan-Willem van Prooijen. "Es más reconfortante creer que alguien está detrás de todo, incluso si es de manera malintencionada, que aceptar que algunos eventos son simplemente caóticos o impredecibles". Esta necesidad de control es especialmente fuerte en momentos de crisis, como pandemias, desastres naturales o inestabilidad política.

El sesgo cognitivo y la búsqueda de patrones

Los seres humanos estamos programados para buscar patrones y conexiones, incluso cuando no existen. Este fenómeno, conocido como "apofenia", es un sesgo cognitivo que nos lleva a ver relaciones causales donde solo hay coincidencias. "Nuestro cerebro está diseñado para detectar patrones como un mecanismo de supervivencia", señala la psicóloga Karen Douglas. "El problema es que esta tendencia puede llevarnos a conclusiones erróneas, como creer en conspiraciones". Este sesgo se ve reforzado por la desconfianza en las instituciones y autoridades, lo que lleva a las personas a buscar explicaciones alternativas a los eventos.

La desconfianza en las instituciones y el poder

La desconfianza en las instituciones es otro factor clave. En un mundo donde los escándalos políticos, la corrupción y el abuso de poder son noticias comunes, no es sorprendente que muchas personas desconfíen de las narrativas oficiales. "Cuando las personas sienten que no pueden confiar en los gobiernos, los medios de comunicación o los expertos, es más probable que recurran a teorías conspirativas", explica Douglas. Esta desconfianza se ve exacerbada por la percepción de que las élites tienen agendas ocultas, lo que alimenta la idea de que los eventos importantes son manipulados por grupos poderosos en las sombras.

Las emociones también juegan un papel crucial en la adopción de teorías conspirativas. El miedo, la ansiedad y la ira pueden hacer que las personas sean más propensas a creer en estas narrativas. "Las teorías conspirativas a menudo apelan a emociones intensas, lo que las hace más persuasivas", afirma el sociólogo Joseph Uscinski. Estas emociones pueden ser desencadenadas por eventos traumáticos, como ataques terroristas o crisis económicas, que generan una sensación de vulnerabilidad y desesperación. En este contexto, las teorías conspirativas ofrecen una forma de canalizar estas emociones negativas hacia un "enemigo" identificable.

Además, las teorías conspirativas pueden fortalecer la identidad grupal. Creer en una conspiración puede hacer que las personas se sientan parte de un grupo selecto que "conoce la verdad". "Esto crea un sentido de pertenencia y exclusividad", explica Uscinski. Este sentimiento de pertenencia es especialmente atractivo para personas que se sienten marginadas o alienadas por la sociedad mainstream. Las teorías conspirativas les ofrecen una comunidad y un propósito, lo que puede ser profundamente reconfortante en un mundo que a menudo se siente hostil o indiferente.

El papel de las redes sociales y la desinformación no puede ser subestimado. Las plataformas digitales permiten que las teorías conspirativas se propaguen rápidamente y lleguen a audiencias globales. "Los algoritmos de estas plataformas tienden a favorecer contenido sensacionalista y polarizante, lo que amplifica aún más estas narrativas", señala la investigadora Kate Starbird. Además, las redes sociales facilitan la creación de cámaras de eco, donde las personas solo están expuestas a información que confirma sus creencias preexistentes. "Una vez que alguien cae en una burbuja de desinformación, es difícil salir de ella", añade Starbird.

Otro aspecto importante es el efecto de los eventos históricos reales en los que sí hubo conspiraciones. "No todas las teorías conspirativas son falsas. Eventos como el Watergate o el escándalo de la NSA muestran que las conspiraciones pueden ocurrir", explica el historiador Richard Hofstadter. Sin embargo, esto lleva a algunas personas a generalizar y creer que todo evento importante es parte de una conspiración. Esta tendencia se ve reforzada por la falta de transparencia en muchas instituciones, lo que alimenta la sospecha y el escepticismo.

Finalmente, las teorías conspirativas también pueden ser una forma de resistencia contra el poder establecido. Para algunas personas, creer en estas narrativas es una forma de desafiar a las autoridades y afirmar su independencia intelectual. "Las teorías conspirativas pueden ser vistas como una forma de empoderamiento, especialmente para aquellos que se sienten excluidos o oprimidos por el sistema", explica van Prooijen. Sin embargo, este empoderamiento es ilusorio, ya que las teorías conspirativas rara vez ofrecen soluciones reales a los problemas que denuncian.

En resumen, las teorías conspirativas son un fenómeno complejo que se alimenta de la necesidad de control, los sesgos cognitivos, las emociones intensas y la desconfianza en las autoridades. "Comprender por qué las personas creen en estas narrativas es el primer paso para abordar el problema de la desinformación", concluye van Prooijen. A medida que el mundo se vuelve más interconectado y complejo, es probable que las teorías conspirativas sigan siendo una parte importante del panorama cultural y social.

Fuentes de la investigación

Jan-Willem van Prooijen, Karen Douglas, Joseph Uscinski, Kate Starbird y Richard Hofstadter, estudios sobre psicología y sociología de las teorías conspirativas.

El sorprendente encanto de la ignorancia Mark Lilla

 Letras Libres, 1 de febrero de 2025.

Por lo general creemos que el ser humano tiene una inclinación natural hacia la verdad y el conocimiento, pero la realidad parece mostrarnos lo contrario. En ocasiones, abrazamos nuestra ignorancia por la única razón de que es nuestra. Todos queremos saber, y queremos no saber. 


Aristóteles enseñó que todos los seres humanos quieren saber. Nuestra propia experiencia nos enseña que todos los seres humanos también quieren no saber, a veces ferozmente. Siempre ha sido así, pero hay ciertos periodos históricos en los que la negación de las verdades evidentes parece imponerse, como si un bacilo psicológico se propagara por medios desconocidos y el antídoto se volviera repentinamente impotente. Este es uno de esos periodos. Cada vez son más los que rechazan el razonamiento por considerarlo una pérdida de tiempo que se limita a encubrir las maquinaciones del poder. Otros creen tener un acceso especial a la verdad que les exime de ser cuestionados, como una prórroga ante el reclutamiento. Multitudes hipnotizadas siguen a profetas ridículos, rumores irracionales desencadenan actos fanáticos y el pensamiento mágico desplaza al sentido común y a la experiencia. Y para colmo tenemos a los profetas de la ignorancia de élite, esos sabios desdeñosos del saber que idealizan al “pueblo” y le animan a resistirse a la duda y a construir murallas en torno a sus creencias fijas. Frente a todo esto, quienes se dedican al razonamiento y a la investigación abierta pueden empezar a sentirse como refugiados. Siempre es posible encontrar causas históricas próximas a estos brotes de lo irracional. Pero hacerlo puede distraernos de reconocer que la fuente última se encuentra en lo más profundo, en nosotros mismos y en el propio mundo, que no hace caso de nuestros deseos. El mundo es un lugar recalcitrante, y hay cosas en él que preferiríamos no reconocer. Algunas son verdades incómodas sobre nosotros mismos, las más difíciles de aceptar. Otras son verdades sobre la realidad exterior que, una vez reveladas, nos roban creencias y sentimientos que de algún modo han hecho nuestra vida mejor, más fácil de vivir… o eso creemos. La experiencia del desencanto es tan dolorosa como común, y no es de extrañar que un verso de un poema inglés olvidado se convirtiera en un proverbio común: la ignorancia es dicha. Todos podemos encontrar razones por las que nosotros y los demás evitamos saber determinadas cosas, y muchas de esas razones son perfectamente racionales. Una trapecista a punto de subirse a la barra no haría bien en consultar la tasa de mortalidad de su profesión. Incluso la pregunta “¿Me quieres?” no debería escapársenos de la lengua, sino pasar por varios puntos de control antes de ser pronunciada. O imaginemos un mundo en el que la gente tuviera una pequeña pantalla led incrustada en la frente, encargada de retransmitir cada pensamiento a cada momento. No solo nos sentiríamos paralizados ante ellas; también tendríamos problemas para alcanzar una idea  independiente de nosotros mismos, libre de las opiniones de los demás. Incluso el autoconocimiento, el comienzo de la sabiduría, depende de que nos resistamos al menos a este tipo de conocimiento del mundo. Todos tenemos una disposición básica hacia el conocimiento, una forma de desenvolvernos en el mundo a medida que nos llegan las experiencias. Algunas personas sienten una curiosidad natural por saber cómo han llegado las cosas a ser como son. Les gustan los rompecabezas, les gusta investigar, les gusta saber por qué. Otras son indiferentes al aprendizaje y no ven ninguna ventaja en hacerse preguntas que parecen innecesarias para seguir adelante. Y luego hay personas que, por la razón que sea, han desarrollado una particular antipatía hacia la búsqueda del conocimiento, cuyas puertas interiores están cerradas a cal y canto frente a cualquier cosa que pueda poner en duda lo que creen que ya saben. Todos hemos conocido a personas con estas actitudes básicas. También hemos caído en estados de ánimo en los que afloran en nosotros mismos, aunque sea de forma atípica. ¿Por qué ocurre? Porque buscar y tener conocimiento es una experiencia emocional. El deseo de saber es exactamente eso, un deseo. Y siempre que nuestros deseos se ven satisfechos o frustrados, nuestros sentimientos participan. Incluso en asuntos triviales, sentimos algo por lo que aprendemos. Digamos, por ejemplo, que una tostadora que tengo se rompe y hay que arreglarla. Miro el manual, veo videos, trasteo y, si tengo suerte, consigo arreglarla. Me siento satisfecho, y por partida doble. No solo puedo volver a utilizar la máquina, sino que también he confirmado mi sentido de ser el tipo de persona que puede buscar conocimientos, encontrarlos y utilizarlos. Pan tostado y satisfacción personal: no es una mala manera de empezar el día. Y puede que no me detenga aquí. Puede que me desvíe de mi propósito original y pronto me encuentre felizmente perdido. Un interés por arreglar un electrodoméstico puede transformarse en un interés por cómo la electricidad lo hace funcionar, y luego en un interés por la física. Empiezan a llegar libros por correo, me quedo despierto hasta tarde viendo documentales. Un tanto obsesionado, comparto lo que he aprendido con familiares y amigos, poniendo a prueba su paciencia. Lo que empezó como un entretenimiento se ha convertido en un asunto importante para mí. Algo se ha movido en mi interior y mi actitud ante la vida ha cambiado, aunque sea por poco tiempo. El mundo ya no es simplemente un medio para mis fines. Se ha convertido en un objeto de perplejidad y asombro. Y de extraordinario placer. Pero también podemos desarrollar una disposición contraria, encontrarnos poseídos por una voluntad de no saber, una voluntad de ignorancia. Friedrich Nietzsche describió esta experiencia como “una decisión repentinamente eruptiva a favor de la ignorancia… un cerrar las ventanas, una especie de estado de defensa contra mucho de lo que es conocible, una satisfacción con la oscuridad… un sí y un amén a la ignorancia”. ¿No hemos caído todos alguna vez en este estado de ánimo? Y dada la rapidez con que todo cambia en la vida actual, ¿no queremos a menudo dormirnos en los laureles intelectuales y morales? Del mismo modo que podemos desarrollar un amor a la verdad que nos remueva por dentro, también podemos desarrollar un odio a la verdad que nos llene de un apasionado 3 sentido del propósito. Resistirse al conocimiento también es una experiencia emocional. Hay una larga tradición intelectual que mira con recelo la pasión humana por el conocimiento y plantea dudas sobre su valor para la vida. Se pueden dar razones para el deseo de saber; también se pueden dar razones para limitar ese deseo. Pero, aparte de las razones, también hay un choque de emociones irracionales, en el que el deseo de defender nuestra ignorancia aparece como un poderoso adversario del deseo de escapar de ella. Una fuente de ese choque es que consideramos nuestras opiniones una prolongación de nuestro propio yo, como una prótesis. Cuando se la ataca o descarta, sentimos que se ha tocado algo íntimo. Y cuando falla, nos sentimos avergonzados. Sócrates sostenía que no hay vergüenza en estar equivocado, solo en actuar de forma equivocada. Y tenía razón. Pero no es lo que sentimos inicialmente, sobre todo cuando otra persona expone nuestros errores. Ningún argumento es incorpóreo. Detrás de cada afirmación hay alguien que afirma, y es él, no su afirmación, quien hiere nuestro orgullo. Por extraño que pueda parecer, los matemáticos y científicos que debaten asuntos muy alejados de su vida cotidiana pueden ser tan dogmáticos, partidistas y susceptibles como cualquier xenófobo. Se ha descubierto un nuevo bosón: ¿es un paso de gigante para la humanidad o un punto para nuestro bando? Que exista una Olimpiada Internacional de Matemáticas para equipos nacionales de jóvenes nos dice mucho sobre el animal humano. En algún momento todos declinamos la oportunidad de aprender lo que realmente es el caso. Renunciamos voluntariamente a la oportunidad de adquirir creencias verdaderas sobre el mundo por miedo a que en el proceso queden al descubierto verdades sobre nosotros mismos, especialmente nuestro insuficiente valor para el autoexamen. Preferimos la ilusión de la autosuficiencia y abrazamos nuestra ignorancia por la única razón de que es nuestra. No importa que confiar en una opinión falsa sea la peor clase de dependencia. No importa que por terquedad dejemos pasar la oportunidad de ser felices. Preferimos hundirnos con el barco a que raspen nuestros nombres de su casco. Sócrates decía que no entendía por qué alguien se enfada con alguien que quiere ayudarle. De nuevo tiene razón, no tiene sentido. Pero todo niño quiere subirse la cremallera de su propio abrigo. Así que, mientras sacudimos la cabeza ante los encantados por charlatanes y demagogos, no nos excluyamos del género humano. Todos queremos saber, y queremos no saber. 

Aceptamos la verdad, nos resistimos a ella. La mente va y viene, jugando al bádminton consigo misma. Pero no parece un juego. Es como si nuestras vidas estuvieran en juego. Y así es. __________ 


Traducción del inglés de Daniel Gascón. Mark Lilla (Detroit, 1956), renombrado ensayista, historiador de las ideas y profesor de la Universidad de Columbia, es colaborador frecuente de The New York Review of Books y The New York Times. Su libro más reciente es El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad (Debate, 2018)


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