KARL KRAUS, LAS GUERRAS, LA GUERRA

KARL KRAUS, LAS GUERRAS, LA GUERRA Marcelo G. BURELLO

Como observador rigurosísimo de los signos de la época y como escritor sin compromisos ni remilgos, es característico de Kraus el haber formulado profecías que, tarde o temprano, se hacían realidad, incluso muy a pesar suyo. Una de las más conocidas, y que por obvios motivos ha sido comparada con la de Heine sobre la quema de libros [«Donde se queman libros al final también se queman seres humanos». H. Heine, Almansor (1821)], es aquella de 1909: «el progreso hace monederos de piel humana» (1). Y es que, en términos generales, el crítico teatral —en tono serio— y el satírico —en tono burlón— son detectives del presente y vaticinadores del futuro que reconocen en los síntomas del hoy los males del mañana; y entre los muchos clarividentes y paranoides de la Viena finisecular, Kraus irrumpió como un verdadero «maestro de la sospecha» (Ricoeur): «Veo visiones de lo que está por venir. De una pulga hago un camello. ¿No es un arte? Magos son los otros, los que han transformado la vida en una plaga de insectos. Y cada vez hay más pulgas…» (2), supo decir con su humor ácido. De ahí que haya empezado a olfatear tempranamente —por así decirlo— la escalada bélica ya con el conflicto que tuvo lugar en la península balcánica hacia 1912, y que luego juzgaría, en retrospectiva, como un digno laboratorio de pruebas de lo que sucedería inmediatamente después. En efecto: en más de un aspecto, la Guerra de los Balcanes (1912-1913), que en realidad consistió en dos guerras distintas (primero, la de la Liga de los Balcanes contra el Imperio Otomano, y luego, la de los miembros de la Liga entre sí), fue la verdadera antesala y el digno preámbulo de la Primera Guerra Mundial. En la persona del periodista Siegfried Münz, enviado especial del diario pseudoliberal ‘Neue Freie Presse’ al Mediterráneo oriental, Kraus encuentra por entonces la encarnación del «Schmock» al nivel de la política internacional: las sombras grises del chapucerismo periodístico empiezan a ganar una influencia inusitada eb los recintos del poder europeo… En sucesivos artículos publicados a lo largo de 1910, Kraus sigue los pasos de este necio cronista por el sudeste del continente y va descubriendo cómo los poderosos le hacen el juego a la prensa, mientras que ésta presenta las cosas sin otra racionalidad que la de una aventura ligera y el reporte frívolo. El fenómeno que hoy calificamos como estetización de la guerra y la política, ya le resulta chocante e inaceptable aun en su versión preliminar y en miniatura, al punto que no vacila en comparar a esa guerra con el mismísimo Moloch y condenar la «masacre léxica» (Wortmassaker) que se está cometiendo en los diarios mediante los corresponsales de guerra que embellecen los hechos atroces y les confieren dimensiones épicas («en los Balcanes, Austria está representada por impresionistas», observa) (3). Pero sin vueltas, el mejor documento de esta temprana revelación krausiana es su notable artículo «Hundimiento del mundo por la magia negra», de fines de 1912. Demasiado rico en alusiones (incluso para un austriaco de pura cepa), puede considerarse con justicia el mayor manifiesto antiperiodístico de toda su generación. Entre las muchas acusaciones a la prensa, incluyendo la comprobada sospecha de que engendra guerras para lucrar con su cobertura y confunde intencionadamente a la gente para sacar réditos, aquí la fundamental es la de que los diarios asesinan la imaginación. En el consumo compulsivo de periódicos —un mal típicamente austriaco, a juzgar por las recurrentes declaraciones de Thomas Bernhard— Kraus vio lo que la sociología de la época ya veía en el paso de la comunidad tradicional a la sociedad moderna (Tönnies) o en el surgimiento del tipo humano «urbanita» (Simmel): las pérdidas cualitativas de la vida humana. Pero en vista de la escalada que desembocó en la «guerra total», la queja no es la de un reaccionario ni la de un pesimista, sino la de un cabal «Kulturkritiker» (categoría que ciertamente Kraus no inventó pero cuyo perfil contemporáneo contribuyó a definir agudamente. Tras los sucesos de Sarajevo y el estallido de la Primera Guerra, Kraus que se había informado muy bien acerca de cómo sortear la censura oficial para poder ofrecer las denuncias más descarnadas sin temor al cierre de su editorial o al decomiso de los ejemplares, apeló al arma más elocuente de todo su arsenal: el silencio absoluto. «La Antorcha» dejó de brillar durante varios meses, y su editor/ autor/ redactor/ propietario se sustrajo a la vida pública, hasta que volvió a tomar la palabra en el «Konzerhaus» de Viena el 19 de noviembre de 1914, leyendo lo que a la sazón se transformaría en su artículo más citado y reconocido, «En esta gran época»: «una denuncia feroz de la alianza entre escritura y guerra». La carnicería había comenzado; Kraus, como siempre y lamentablemente, tenía razón. Y aunque la prolongación —y de hecho la intensificación— del conflicto le hizo modificar muchas de sus posturas políticas, en la identificación de la prensa como enemigo público número uno se mantuvo firme, sin nunca cansarse de repetir los mismos ataques. La cobertura periodística de la guerra, además le dio ocasión de practicar a ultranza su forma predilecta de canibalismo cultural: la «glosa», como la llamaba. Infalible e infatigable fiscal (no en vano había estudiado abogacía), pronto advirtió que a menudo la mejor manera de poner en evidencia sus adversarios periodísticos no era denunciarlos o difamarlos, sino reproducirlos «ad peden litteram», pero fuera de contexto. Así un titular en letra catástrofe, una crónica cotidiana o un artículo de fondo yuxtapuestos y reordenados en alguna página de «La Antorcha» aparecían exhibidos en toda su monstruosidad y su ridiculez, a veces acompañados de algún comentario sarcástico, y en otras ocasiones sin que hubiera que agregar absolutamente nada; el montaje y el collage, novedosas técnicas artísticas que despuntaban en la moda de aquellos tiempos, se sumaron rápidamente al instrumental krausiano para condenar las nuevas técnicas —¡vaya paradoja!— por confusión y crímen. A diferencia de lo que creían muchos entusiastas «modernistas de la guerra» — como Ernst Jünger y Filippo Marinetti—, Kraus percibió con temprana agudeza que la guerra moderna es ciertamente hija de la modernización técnica, pero más de la modernización comunicativa y cultural que de la modernización armamentística y militar propiamente dicha. A sus ojos, fríamente escrutadores, no eran los nuevos tanques y aviones lo que revolucionaba el viejo «ars bellum», sino las imprentas. El pensamiento de izquierdas —de Lenin a Brecht— supo denunciar por aquel tiempo que la guerra en el mundo burgués era una necesidad capitalista, e incluso un muy buen negocio, pero sólo Kraus advirtió tempranamente lo rentable que resultaba el «merchandising» bélico. Uno de los mejores ejemplos de esta mortífera sociedad entre guerra y cultura nos es presentado en el artículo «El teatro lleno a rebosar aclamó entusiasmado a los héroes, los cuales dieron las gracias cuadrándose» (4), donde un espantado Kraus rememora la ocasión en la que se presentaron héroes de regimiento de Dragones del Emperador en el Burgtheater (el más importante teatro vienés), se les leyeron homenajes, se les cantó, cantaron ellos, y luego se representó una opereta del popular Eysler. Al subir al escenario, la guerra no hacía sino evidenciar que se había vuelto un espectáculo, y que al fin y al cabo, para el público local, esteticista e inmoral, todo era un show. A fin de cuentas, el pomposo ejército austro-húngaro, lento y aparatoso, estaba más hecho para el retablo teatral que para el campo de batalla. Aquella patética función sólo lo había puesto en evidencia. De cara a la catastrófica derrota, Max Weber ofrecerá curiosamente en su célebre conferencia «La política como vocación» (1918), una tenue apología de la profesión periodística, sin dejar de reconocer los compromisos que supuso la guerra y la política alemana. No deja de llamar la atención el contraste entre el saldo relativamente positivo que hiciera quien por entonces era el máximo referente intelectual alemán (recuérdese que hasta fue consultado para la Constitución de la República de Weimar) y el que hará Kraus (5). Es dable pensar que semejante matanza no haya tenido ni un máximo responsable ni —mucho menos— un único culpable, pero el encarnizamiento de nuestro autor con la prensa de su país se concentra hasta tal punto en el acusado que casi nos persuade con su lógica fatídica. Si se pretende personalizar la culpa múltiple de una guerra puede evocarse un político, un militar, un economista, e incluso una bella mujer, como Helena; sólo Kraus reconoció la posibilidad de que la culpa pudieran tenerla los periodistas. 

NOTAS: (1) El descubrimiento del Polo Norte – Die Fackel, 19.09. 1909.
(2) El ocaso del mundo por la magia negra – Die Fackel, 12.12.1912.
(3) ¡Es la guerra – c’est la guerre – es Moloch! – Die Fackel, 7.11.1912.
(4) El teatro lleno a rebosar aclamó entusiasmado a los héroes, los cuales dieron las gracias cuadrándose – Die Fackel, 15.06.1916.
(5) Juicio Universal – Die Fackel, 20.11.1918. Extracto del ‘Estudio Preliminar’ de Marcelo G. BURELLO a la Antología de textos de Karl KRAUS: «En esta gran época. De cómo la prensa liberal engendra una guerra mundial». Buenos Aires: Los Libros del Zorzal, 2009. © del autor y los editores.
REPRODUCCIÓN EXCLUSIVA PARA USO ESCOLAR.

http://www.alcoberro.info/pdf/kraus04.pdf

Karl Kraus Destacado Escritor,Periodista,Ensayista y Dramaturgo Checo.

Inicios

Fue el noveno hijo de Jakob Kraus, fabricante de papel y Ernestine Kantor. En 1877 el traslado del negocio familiar hace que los Kraus se instalen en la macrocefálica capital austríaca. Ya adolescente, Kraus ingresa al Gymnasium Franz-Joseph, donde un cruce de palabras con un profesor de religión afecta un rendimiento destacado, especialmente en latín.La Viena finisecular y de principios de siglo era, en ese momento, un potente polo de atracción para los intelectuales de las márgenes del debilitadoImperio, en especial para losjudíos. Las letras, el arte y el saber se vieron especialmente favorecidos, exhibiendo un esplendor sólo comparable al de los mejores tiempos de la historia de Occidente. Es la Viena de Robert Musil y de los pintores Oskar Kokoschka yGustav Klimt del filósofo Ludwig Wittgenstein y del dramaturgo Frank Wedekind, del arquitectoAdolf Loos, del músicoGustav Mahler y del padre del psicoanálisis, Sigmund Freíd. Sin embargo, esta Atenas del siglo XX llevaba en sus entrañas la fórmula de su propia destrucción. Y si ésta para muchos representó, en palabras de Hermann Broch, un Apocalipsis para Kraus fue sólo la antesala del Apocalipsis, la felicidad debería estar en otra parte. Es en ese sentido que Kraus no comparte la candidez con la que algunos intelectuales, como Stefan Zweig, la mitificaron.
Kraus hizo lo propio con el lenguaje, procuró su pureza más absoluta, y advirtió la íntima y riesgosa relación entre palabra y acto:[la frase y la cosa son una y la misma. Con este lacónico aporte a la lingüística de su tiempo, Kraus coloca a la lengua en el centro de sus preocupaciones. Para él la lengua es la madre, y no el aya del pensamiento, y sólo así se puede entender la dimensión moral de su causa, porque jamás una frase entera pudo salir de medio hombre. No es raro entonces que la prensa se transformara en el blanco de su crítica. Vio en ella a la gran moldeadora de conciencias que a través de subterfugios prosísticos legitimó una guerra. No es que la prensa pusiera en marcha la maquinaria de la muerte pero nos socavó el corazón de tal modo que no pudimos ni imaginar lo que nos aguardaba: por eso es culpable de esta guerra.
Sin embargo, es claro que hizo de su enemiga la herramienta de su propio combate. Y si por definición periodista es la persona que periódicamente informa sobre eso que otros no ven, Kraus fue un periodista en el sentido más puro del término. Eso sí, supo intuir de manera sorprendente la barbarie de los totalitarismos, donde los medios de comunicación masiva jugaron un papel decisivo.

Inicios en el Periodismo

Sus coqueteos con el periodismo comienzan en 1892 con la publicación de reseñas literarias. El mundo académico no cuaja con él, y pronto abandona sus estudios en la Facultad de Derecho, y más tarde en la de Filosofía para dedicarse por entero a la actividad periodística. Ya en 1898 Kraus trabaja en la revista vienesa Die Waage y, en 1899, se da el lujo de rechazar un puesto en el periódico más representativo de la monarquía, la Neue Freie Press. Entre 1892 y 1897 se integra al grupo de la llamadaJoven Viena o Jeun Wien, cuyo punto de reunión era el Café Griensteidl. Allí tuvo contacto con un grupo de jóvenes talentos literarios, tales como Hugo von Hofmannsthal y Arthur Schnitzler. Todo funciona de maravillas hasta que en enero de 1897 el palacio Herberstein donde se ubicaba el Café, es transformado en un edificio de apartamentos. Ante el cierre, Kraus detona un pequeño escándalo local cuando da a conocer .La literatura demolida Die demolierte Literatur, un artículo cuya primera frase ironiza Viena está siendo demolida para ser gran ciudad una en el texto, Kraus satiriza al grupo de escritores marginados, en especial a Bahr, su figura central, contra quien perderá un juicio por corrupción en 1901, cuando acusa a Bahr de crítico teatral a sueldo. El panfleto le supondrá un éxito rotundo y también los puñetazos de Felix Salten, el futuro autor de Bambi, una vida en el bosque.
Dos años más tarde, Kraus vuelve a instalar la polémica con otro artículo controvertido, Una corona para Sión Eine Krone fur Zion, donde comienza a esbozar su alejamiento del judaísmo,que se vuelve definitivo en 1899, cuando rompe con la comunidad israelita. Cree encontrar entonces respuestas en el catolicismo, y es así como en 1911, oficiando de padrino Adolf Loos, recibe el bautismo católico.
En estos hechos, y en el ataque a propagandistas y escritores judíos, una lectura muy superficial supo diagnosticar el supuesto auto-odio judío de Kraus. Este juicio no toma en cuenta sus discrepancias con la Iglesia Católica, las mismas que en 1923 lo alejaron definitivamente de ella.
Tampoco toma en cuenta su arremetida contra poetas y sacerdotes que glorificaron la muerte en combate y, en definitiva, contra todo lo infundadamente consagrado. Una arremetida justa, según palabras de Canetti, Kraus era tan justo que no acusaba inmerecidamente a nadie. Jamás se equivocaba no podía equivocarse. Todo lo que alegaba era rigurosamente exacto, hasta entonces no había existido escrupulosidad semejante en la literatura.
Pero para que este sumo pontífice de la verdad, como lo llamó el poeta Georg Trackl, impartiera justicia, necesitó de un medio propio donde expresarse libremente.
Fallecida su madre en 1891 y su padre en 1899 y, como si la independencia económica lo hubiese alentado a emprender una empresa arriesgada, el 1º de abril de 1899 Kraus pone en circulación el primer número de Die Fackel o La antorcha] que hasta su clausura en 1936, dos años antes de la anexión de Austria a Alemania, fue lo que se propuso desde el título una luz en medio de un entorno sombrío.
Ojalá La Antorcha ilumine una tierra en la que, a diferencia del imperio de Carlos V, nunca se alza el sol, anunciaron sus primeras líneas. Y bajo la mirada burlona del sátiro y de la comedia de su portada, la sátira fue la mejor aliada en esa cruzada contra la hipocresía. Con una característica tonalidad roja y una frecuencia mensual, la revista también tuvo su redacción en Berlín hacia el año 1909, y al año de su cierre, habían circulado 912 números. El saldo final es de 30 mil páginas, por las que desfilan ensayos, poemas, estudios, aforismos y fragmentos teatrales.
Los nombres más reputados del arte, el psicoanálisis, el periodismo, la justicia y la política fueron puestos en el banquillo. Todo indicio de corrupción fue denunciado con nombre y apellido, rematando cada nota editorial con una ácida gentileza: Con la alta consideración más. Es posible que Kraus haya encontrado inspiración para su Die Fackel en La Lanterne, publicación francesa de Rochefort-Lucay, que criticó duramente y por años, el gobierno de Napoleón III.
Los enemigos no tardaron en sumarse y tampoco se callaron, pero a Kraus no le importó a Moriz Benedikt,jerarca del Neue Freie Presse, Kraus lo llamó el Señor de las hienas , o el gran judío sentado a la caja registradora de la historia universal, anotando su balance diario en sangre, en alusión a su propaganda belicista. En 1927 una salvaje e histórica represión de la policía vienesa, contra una manifestación obrera, hizo que Kraus empapelara la ciudad con la consigna. Al presidente de la policía de Viena, Johann Schober, le exijo que dimita.
Karl Kraus, editor de Die Fackel. Nunca fue tan oportuna la ayuda de su abogado y amigo Oskar Samek, con quien superó los cientos de querellas en las que se vio envuelto. Querellas que, muchas veces, el propio Kraus emprendía contra algún medio por la errónea publicación de alguno de sus textos. Es que para Kraus, un error gramatical no era sólo eso, una equivocación, sino un documento fehaciente contra la moral dudosa de su autor.

La Perdida de su Amante

Dos años después de la creación de Die Fackel, Kraus funda la editorial Verlag der Fackel y comienza a trabajar con la imprentaJahoda y Siegel. Son, sin embargo, tiempos duros, porque ese mismo año fallece de tuberculosis]su amante, una joven llamada Anna Kaldwasser, más conocida como Annie Kalmar 1877-1901.
Actriz de escaso reconocimiento, blanco de las críticas de la prensa local, Kalmar fue una mujer crucial en la vida de Kraus. Rechazada ella, temido él, es conmovedor el cuidado que Kraus le prodigará aún después de muerta. En su tumba mandó colocar una lápida con la inscripción: Dedicada a su memoria por Karl Kraus, y se encargó de la manutención del predio por medio de su testamento. En 1923, Kraus le dedicará a su amada, su Teatro onírico Traumtheater, llevada a escena en 1924 en Viena y Berlín, y en 1928 en Munich.
Durante sus primeros años, desde 1899 hasta 1905, Die Fackel encuentra su blanco en todos aquellos casos que conciernen a la moral pública que, más tarde, en 1908, Kraus recogerá bajo el nombre de Moralidad y Criminalidad.
Si la moral no empujase, no se lesionaría, advierte Kraus para criticar a una sociedad incapaz de disociar la vida pública de la privada; una sociedad represiva que impone especial atención a la moral sexual de sus ciudadanos.
Es que la defensa de prostitutas, adúlteras, homosexuales, y todo lo que la prestigiosa psiquiatría vienesa calificó de degenerado, fue parte de una campaña solitaria.

Su forma de Ser

En palabras de Krieghofer, Kraus: Fue un protector de mariposas y poetas, defendía a putas y princesas cuya vida privada ridiculizaba la prensa, abogó a favor de los perros maltratados y de un sucesor al trono cuya memoria no se respetaba como correspondía, luchó contra la moral sexual opresora de las iglesias cristianas , en Austria fue una de las primeras voces que se pronunciaron a favor de la despenalización de la homosexualidad entre adultos y de exigir penas más duras para los padres que maltrataran a sus hijos.
Luchó en contra de que se persiguiese penalmente a las mujeres que habían abortado y a favor de una ley de prensa más severa que protegiera la intimidad.

Como Psicoanalista

Acerca de la incipiente psicología, Kraus mostró escepticismo.Un cierto psicoanálisis consiste en el celo profesional de racionalistas lascivos que a todo en el mundo lo retrotraen a causas sexuales, menos a su profesión. Tampoco se salvaron los historiadores: El periodismo ha apestado al mundo con cierto talento; el historicismo con ninguno.Lo que subyace a tanto inconformismo es una crítica feroz a la modernidad, y a una civilización consagrada en el paradigma de la Ciencia, la Bolsa, la Prensa, y el Progreso que, en lugar de emancipar, conduce a la destrucción. Técnica y progreso fueron malas palabras en su diccionario.
No hay nada que agradecer a la técnica. Habrá que inventarlo.Kraus encontró en la prensa el ejemplo arquetípico de la sumisión de la palabra a la técnica capaz de engendrar el tópico periodístico, signo inequívoco de la nefasta triple alianza de tinta, técnica y muerte. Porque para Kraus, lo que vive del tema, muere con él. Lo que vive en el lenguaje, vive con él.
Este rechazo al arquetipo y su apetencia por los clásicos, cuestionaron la modernidad de la obra de Kraus. Pero en su condición de maestro de la repetición, tal como lo llamó Sousa Ribeiro, y en el inventor de la cita, como él mismo se definió, queda implícita su capacidad innovadora, refrescante.
Prueba de ello es que ante la censura de prensa impuesta durante la Primera Guerra Mundial, y casi al mismo tiempo que Marcel Duchamp exponía en París sus readymades, Kraus empezó a poblar las páginas de Die Fackel con fragmentos de artículos periodísticos de sus colegas; sólo cambiarles el título alcanzaba para lograr un efecto satírico.
El collage, técnica propia de las vanguardias, se transformó así en el ardid predilecto para satirizar los discursos de su tiempo y despistar a los censores.
Es así que, ante la inminencia de la guerra, Kraus no se mantuvo al margen y Die Fackel, nacida como revista política primero y, luego, definitivamente abocada a la crítica literaria, comienza a partir de 1908 a publicar titulares como El terremoto o Apocalipsis, que preludiaban la destrucción. Cuando la guerra es un hecho, Kraus se pronuncia por primera vez contra la monarquía, y se ubica en las filas pacifistas de Shnitzler y Rilke al publicar un texto antibelicista pero controvertido titulado.
En estos grandes tiempos en esta época estridente que retumba por la horripilante sinfonía de hechos que producen informaciones y de informaciones que originan hechos: en esta época no esperen ustedes de mí ninguna palabra propia.
Demasiado profundo cala en mí el respeto por la inamovilidad y subordinación del lenguaje ante la desgracia. Ante la sinrazón, Kraus, el vengador de la palabra, opone el silencio. El primero de sus tan significativos silencios.

Su Aforismo

En 1905 Kraus ya había encontrado una fórmula de lujo para combinar su talento literario con su capacidad satírica el aforismo. Desde ese año, los aforismos invaden las páginas de Die Fackel poblando, a veces, números completos. En 1909 recoge una selección de éstos en Dichos y contradichos [[Spruche und Widerspruche) y, en 1910, aparece La Muralla China, otra recopilación de artículos. Más tarde aparecerá. Contra los periodistas y otros contras Pro domo et mundo, donde no deja títere con cabeza a la hora de hablar de la sociedad, los artistas, los psicólogos, la mujer, y por supuesto, los periodistas. En 1911 y hasta el final de su vida, decide trabajar en la más completa soledad. Se convierte así en el director, corrector y único redactor de Die Fackel. Buscar erratas, clisés y todo tipo de ornamento prosístico que denotara la amoralidad de sus colegas, fue rutina diaria en la solitaria redacción. Y así, recorre de noche las construcciones lingüísticas de los diarios y, tras la rígida fachada de las frases hechas, espía en los interiores, descubre en las orgías de la magia negra el estupro, el martirio de las palabras, recordaría después su buen amigo, Walter Benjamín.
También en su vida personal la soledad fue ganando terreno; una soledad que crecía conforme aumentaba su popularidad. No obstante sus detractores, Kraus supo tener buenos amigos con quienes reunirse en algún café hasta altas horas de la madrugada, y también un público fiel que le prodigó su admiración en miles de cartas que él, por supuesto, desdeñaba. Y es que Kraus fue un outsider muy particular, dueño de un prestigio que en 1926 hizo que un grupo de profesores parisinos lo propusiera para un Premio Nobel de Literatura que nunca obtuvo.

En lo Político

En el terreno político, Kraus fue un personaje casi inclasificable. Su procedencia burguesa y cierta tendencia conservadora no lo hicieron dudar, sin embargo, a la hora de apoyar a los socialdemócratas a partir de 1916. Incluso en 1919 Karl Seitz, presidente de la República, de orientación socialdemócrata, felicita a Kraus por los veinte años de Die Fackel. Pero en 1933 los socialdemócratas no parecían frenar una posible alianza con el nacionalsocialismo alemán, y es entonces cuando se alía con los socialcristianos, apoyando en 1934 al canciller Dollfuss.
Esto tiene consecuencias negativas para Die Fackel, ya que en 1936, luego de una fuerte crítica al gobierno socialdemócrata, pierde el grueso de sus lectores. Así se fue apagando esta Antorcha que en su apogeo contó con la galería de lectores muchos de ellos también colaboradores más envidiable de su tiempo: Adolf Loos, Arnold Schonberg,Ludwig Wittgenstein, Peter Altenberg, Alban Berg, Georg Trakl,Sigmund Freíd,Bertolt Brecha,Elias Canetti,Else Laske-Schuler, Max Horkheimer,Theodor W. Adorno y Walter Benjamín, estos tres últimos, fundadores de la decisiva Escuela de Frankfurt.

Muerte Repentina

Aquel día de 1936, la bicicleta que salió de la oscuridad le significó a Kraus un ataque cerebral, la supresión del habla y las complicaciones cardíacas que derivaron en su muerte, el 12 de junio de 1936, a los 62 años de edad. Antes de salir a la calle, había dejado sobre su escritorio un libro que jamás publicaría, La tercera noche de Walpurgis. Escrito durante el verano de 1933, las trescientas páginas de La tercera noche son un recuento de la barbarie nazi por adelantado, una fotografía de sus campos de concentración y de la negación cínica de sus responsables. Su primera frase vuelve a reafirmar el silencio sobre Hitler no se me ocurre nada.No había más que decir para Kraus; el crimen que presintió no era expresable en palabras de este mundo. Fue afortunado, quizás, en no comprobar lo acertadas que habían sido sus predicciones.
La vigencia de Kraus está intacta. Su cruzada contra la estupidez humana y eso que no conoció los contenidos de la televisión vuelven su obra una lectura obligatoria habida cuenta de la insistencia humana en su autodestrucción. Quizás el mayor legado de Kraus se resuma en eso que él definió como la aventura tecnorromántica, advirtiendo que la guerra nace de las palabras, y que la falta de imaginación opera como su mejor aliada. Al igual que en Baudelaire, la literatura de Kraus interpela a su tiempo y se impregna de él, pero sus silencios vienen a formular esa pregunta que una y otra vez se ha resistido a toda respuesta,es posible la literatura después de la guerra, el hambre, los campos de concentración, Hiroshima o los niños iraquíes mutilados.

Fuentes

  • http://www.biografiasyvidas.com/biografia/k/kraus_karl.htm
  • http://www.lainsignia.org/2004/enero/cul_005.htm

Véase También

  • http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1898

Enlaces Externos


  • https://escritoresquenadielee.com/2015/06/03/karl-kraus-el-tema-y-el-lengu

Die Nachtlager Refugio nocturno Bertolt Brecht




Me han contado que en Nueva York
en la esquina de la calle 26 con Broadway
se pone cada atardecer un hombre
durante los meses de invierno
y, pidiendo a los que pasan,
consigue un techo para que pase la noche
la gente desamparada que allí se reúne.

Con eso no cambia el mundo
no mejoran con eso las relaciones entre los seres humanos
no es ésa la forma de acortar la era de la explotación.
Pero algunos hombres tienen cama por una noche
se les abriga del viento durante toda una noche
y la nieve a ellos destinada cae en la calle.

No abandones el libro, tú que lo estás leyendo.
Algunos hombres tienen cama por una noche
se les abriga del viento durante toda una noche
y la nieve a ellos destinada cae en la calle.
Pero con eso no cambia el mundo
no mejoran con eso las relaciones entre los seres humanos
no es ésa la forma de acortar la era de la explotación.


Die Nachtlager
Ich höre, daß in New York
An der Ecke der 26.Straße und des Broadway
Während der Wintermonate jeden Abend ein Mann steht
Und den Obdachlosen, die sich ansammeln
Durch Bitten an Vorübergehende ein Nachtlager verschafft.
Die Welt wird dadurch nicht anders
Die Beziehungen zwischen den Menschen bessern sich nicht
Das Zeitalter der Ausbeutung wird dadurch nicht verkürzt
Aber einige Männer haben ein Nachtlager
Der Wind wird von ihnen eine Nacht lang abgehalten
Der ihnen zugedachte Schnee fällt auf die Straße.
Leg das Buch nicht nieder, der du das liesest, Mensch.
Einige Menschen haben ein Nachtlager
Der Wind wird von ihnen eine Nacht lang abgehalten
Der ihnen zugedachte Schnee fällt auf die Straße
Aber die Welt wird dadurch nicht anders
Die Beziehungen zwischen den Menschen bessern sich dadurch nicht
Das Zeitalter der Ausbeutung wird dadurch nicht verkürzt.

La muerte heroica Karl Kraus


La muerte heroica
Karl Kraus (1874-1936)
De «Los últimos días de la humanidad»*
(Die letzten Tage der Menschheit. Austria, 1922).

Transcripción para La Insignia: J.G.


Escena vigesimonovena
Karl Kraus

El optimista.- Ajá, ¿y qué sería para usted la muerte heroica?
El criticón.- Un azar lamentable.
El optimista.- Si la patria opinara como usted, ¡mal le irían las cosas!
El criticón.- Pues la patria opina como yo.
El optimista.- ¿Qué? ¿Califica acaso de azar lamentable, de fatalidad, la muerte heroica?
El criticón.- Poco más o menos; la llama un cruel golpe del destino.
El optimista.- ¿Quién? ¿Dónde? No existe necrológica militar donde no figure que el soldado en cuestión ha tenido el honor de morir por la patria y no se publica una sola esquela donde el ciudadano más humilde, que en otras circunstancias sin duda habría hablado de un duro golpe del destino, no anunciara la heroica muerte de su hijo con palabras sencillas y, casi diría, con orgullo. Mire usted aquí, por ejemplo, en la Neur Freie Presse de hoy.
El criticón.- Ya veo. Pero retroceda usted unas cuantas páginas. Eso. ¿Ve? El jefe de Estado Mayor, Conrad von Hötzendorf, agradece aquó al alcalde su pésame "con ocasión del cruel golpe del destino", sufrido al morir su hijo en acción de guerra. Y emplea las mismas palabras en el recordatorio. Tiene usted toda la razón, cualquier comerciante cuyo hijo haya caído adopta la postura de padre de un héroe prescrita por el Estado. El jefe de Estado Mayor renuncia a tal máscara y vuelve al viejo y humilde sentimiento, más justificado en esta muerte que en cualquier otra y aún vivo en las fórmulas convencionales. Una princesa bávara felicitó a un pariente suyo por la muerte heroica de su hijo. En las altas esferas de la sociedad todavía existe cierta obligación a comportarse como arpías. El jefe de nuestro Estado Mayor, en cambio, no sólo acepta el pésame, sino que no cesa de lamentarse del cruel destino. El hombre que precisamente está más cerca de dicho destino que todo el reparto de este drama, es decir, que todos los soldados a los que el destino podría golpear y los padres que podrían lamentarlo; el hombre que si no es precisamente su autor, sí es su escenógrafo o su director artístico responsable, digamos, o como mínimo su traspunte... precisamente ese hombre habla del cruel golpe del destino. Y dice la verdad, mientras todos los demás se ven obligados a mentir. Con su dolor personal se ha liberado felizmente de la obligación del heroísmo. Los demás, en cambio, se han quedado atrapados. Tienen que mentir.
El optimista.- No, no mienten. El pueblo adopta una postura totalmente patética ante la muerte heroica, y la perspectiva de morir en el campo del honor suele tener para los hijos del pueblo algo embriagador.
El criticón.- Y por desgracia también para las madres, que han renunciado a su poder de salvar esta época del oprobio.
El optimista.- Pues aún no estaban maduras para digerir el pensamiento corrosivo que usted profesa. Y todavía menos lo está la patria en cuanto tal. Que los superiores tengan que pensar así es algo evidente. El caso que acaba usted de mencionar es mera casualidad. El barón Conrad ha usado simplemente una fórmula convencional. Se le ha escapado...
El criticón.- Sí, un sentimiento.
El optimista.- Como sea, pero el caso no demuestra nada. Hay otra cosa que quiero enseñarle a usted y que corrobora al cien por cien mi opinión. Hasta usted tendrá que rendirse a la evidencia.
El criticón.- ¿De qué?
El optimista.- De la concordia francamente prodigiosa que reina, de esa solidaridad en el sufrimiento compartido, donde todos los estamentos compiten...
El criticón.- ¡Venga, al grano!
El optimista.- Ya, ya... espere, que tengo que leerle esto en voz alta para asegurarme de que no se le escapará ni una palabra: "Un comunicado del Ministerio de la Guerra. La Oficina de Correos y Telégrafos comunica lo siguiente: el Imperial y Real Ministerio de la Guerra autoriza que a todo el personal contratado en las empresas de producción y elaboración de municiones, así como de material de transporte bélico, el día 18 de agosto del presente año le sea concedido, excepcionalmente, como día festivo a todos los efectos. El Ministerio de la Guerra desea aprovechar esta ocasión para destacar el especial sentido del deber y el infatigable celo de todos aquellos trabajadores que con el esfuerzo de sus manos han contribuido a que nuestras tropas consigan, con incomparable arrojo y desdeñando la muerte, los augustos laureles de la victoria." ¿Qué le parece?
(El criticón calla).
Parece haberse quedado sin habla, ¿eh? La prensa socialdemócrata lo publica bajo el altivo titular: "Reconocida la aportación de los trabajadores". Y cuántos de estos trabajadores estarán descontentos porque sólo les dan un día libre, aunque sea el cumpleaños del emperador...
El criticón.- Ciertamente.
El optimista.- ... en vez de premiarlos sacándolos definitivamente de la fábrica...
El criticón.- Por descontado.
El optimista.- ...¡Y dándoles, por fin, la oportunidad de probar en el mismísimo frente las municiones que en la empresa deben limitarse a fabricar! Los más valientes estarán sin duda desolados porque sólo pueden apoyar a sus compatriotas y compañeros de clase con el esfuerzo de sus manos y no uniéndose a ellos y compartiendo su valeroso desdén por la muerte. La posibilidad de ir al frente es la máxima distinción a la que un mortal...
El criticón.- Ser mortal es, por lo visto, el primer requisito en el certificado de calidad. Vamos a ver, usted afirma que ser destinado al frente es la máxima recompensa a los ojos de... ¿quienes la reciben?
El optimista.- Exactamente.
El criticón.- Puede que así sea. Pero, ¿cree usted también que ese destino se les otorga como la máxima recompensa?
El optimista.- ¡Por descontado! Parece que se ha quedado usted sin habla, ¿eh?
El criticón.- Efectivamente, y por eso, en vez de usar mis propias palabras, sólo puedo desquitarme recurriendo al texto de un comunicado. Se lo leeré en voz alta para asegurarme de que no se le escapará ni una palabra.
El optimista.- ¿Es de algún periódico?
El criticón.- No, sería prácticamente imposible publicarlo. Sería demasiado chocante. Sin embargo, lo han pegado en todas aquellas fábricas que, gracias al beneficio de la protección estatal, han sabido quitarse de encima el descontento de los trabajadores.
El optimista.- Pero usted ha oído que los trabajadores apoyan la causa con entusiasmo y que su único motivo de descontento es no poder participar de otra manera. Si hasta el propio Ministerio de la Guerra reconoce la entrega...
El criticón.- Usted parece querer compensar el habla que yo he perdido. ¡Cédale la palabra al Ministerio de la Guerra! " 14 de junio de 1915. Se ha puesto en conocimiento del Ministerio de la Guerra que el comportamiento de los obreros en numerosas plantas industriales requeridas de conformidad con la Ley de Producción de Guerra deja mucho que desear desde un punto de vista disciplinario y moral. Los actos de desobediencia, impertinencia y rebeldía contra oficiales y capataces, la resistencia pasiva, el daño intencional causado a las máquinas, el abandono arbitrario de los lugares de trabajo, etc., son delitos contra los cuales hasta la aplicación de procedimientos penales ha resultado ineficaz en muchos casos... "
El optimista.- Al parecer, la gente ya no ve la hora de marchar al frente. Y se les niega esa distinción...
El criticón.- No, se la ofrecen. "Por ello, el Ministerio de la Guerra se ve obligado a decretar que en tales casos las sanciones judiciales se apliquen sin excepción. Las condenas previstas para estos casos son severas y podrán serlo aún más si se aplican los agravamientos correspondientes, además, el condenado no percibirá sueldo alguno durante el arresto, de modo y manera que la condena judicial podría ser, precisamente en estos casos, un medio altamente eficaz de intimidación y enmienda..."
El optimista.- Pues bien, son penas duras, y estos elementos perderían, además, la oportunidad de ser enviados algún día al frente.
El criticón.- No del todo. "Los trabajadores sujetos al servicio militar que hayan sido identificados como cabecillas de cualquier disturbio sancionable por la ley, no serán devueltos a la planta tras la conclusión del procedimiento judicial y una vez cumplida la pena, sino entregados por la dirección militar de las plantas respectivas a la comandancia de reclutamiento más próxima para ser incorporados a la unidad del ejército que les corresponda. Ahí, dichas personas serán sometidas de inmediato a instrucción militar y asignadas al batallón de combate más cercano. Si el obrero movilizado por esta medida sólo está calificado como apto para el servicio de guardia, se procurará que el mismo, después de recibir la instrucción, sea asignado a un cuerpo de guardia activo en el ámbito del ejército o cercano a él. Por el ministro: Schleyer, firmado de su puño y letra."
(El optimista se queda sin habla.)
El criticón.- Al parecer, se ha quedado usted sin habla, ¿eh? Pues ya lo ve: los hombres que arden en deseos de ir al frente y lo consideran una bendición, son enviados allí en castigo.
El optimista.- Sí... ¡E incluso como agravamiento de la pena!
El criticón.- Exactamente. La patria interpreta la oportunidad de morir por ella como un castigo y, para colmo, como el más severo. El ciudadano, sin embargo, lo interpreta como el máximo honor. Quiere morir como un héroe. Y en lugar de ello le imparten instrucción y lo asignan al batallón de combate más próximo. Aspira a incorporarse a filas, y en lugar de ello acaba movilizado.
El optimista.- No me lo puedo creer... ¡Un castigo!
El criticón.- Hay matices. Primero, castigo disciplinario; segundo, condena judicial; tercero, agravamiento de la pena de arresto y cuarto, como máximo agravamiento de la pena de arresto, ¡al frente! Envían a los incorregibles al campo de honor. ¡A los cabecillas! Si tienen más de un antecedente penal, los condenan a morir como héroes. La muerte heroica es para el jefe de Estado mayor un duro golpe del destino, si la víctima es su hijo; el ministro de la Guerra, en cambio, la llama castigo. Los dos tienen razón... En ambos casos son las primeras palabras verdaderas pronunciadas en esta guerra.
El optimista.- Pues sí, con usted es difícil ser optimista.
El criticón.- ¡Qué va! Si estoy admitiendo que también se dicen palabras verdaderas en la guerra. Sobre todo en relación con lo principal. Y eso que se me olvidaba la más verdadera.
El optimista.- ¿Qué sería?
El criticón.- Una que casi podría reconciliarnos con el hecho de ser movilizados, el desquite por la degradación de la humanidad al nivel de material humano: ¡el enrolamiento mientras dure la movilización o enrolamiento MOB! ¡Después de FLAK y KAG y RAG y demás siglas atroces, estos abreviadores de la lengua y de la vida te dan por fin una alegría! Ya que MOB significa "populacho" en inglés, ¡pues estamos todos, indefinidamente, MOB-enrolados!
El optimista.- Su procedimiento decolora todas las banderas de la patria. ¿Todo mentira, todo prostitución? ¿Quién tiene la verdad?
El criticón.- ¡Las prostitutas!
¡Ay de aquel que se atreva a despreciar
hoy la memoria de las que cayeron
a un enemigo mayor enfrentadas!
¡Mujer contra hombre! No las abatió
la máquina a la que uno sólo puede
escapar por designio del azar.
No, cayeron por propia voluntad,
dando la cara, en lucha desigual,
en el alud de una moral granítica.
¡Honor a aquellas que por el honor
murieron! ¡Fueron víctimas heroicas,
consagradas a la naturaleza,
madre patria, entre todas la mayor!

(Cambia la escena.)

(*) Tusquets Editores. España, 1991. Traducción de Adan Kovacsics, con la colaboración de Juan José del Solar y el asesoramiento de Feliu Formosa.

Aforismos, reflexiones, dichos y contradichos Karl Kraus (1874-1936)




Sobre lenguaje y pensamientoEl lenguaje no es el aya, sino la madre del pensamiento
¿Que el lenguaje es la madre del pensamiento? ¿Que éste no es un mérito del pensador? Oh, sí, ya que tiene que gestarlo.
El lenguaje es la varita de las virtudes que encuentra las fuentes del pensamiento.
El pensamiento provoca el lenguaje. Una palabra da otra palabra.
Sólo en el gozo de la creación lingüística se hace del caos un mundo.
Confucio en Die Fackel: "Si los conceptos no son correctos, las palabras no son correctas; si las palabras no son correctas, los asuntos no se realizan; si los asuntos no se realizan, no prosperan ni la moral ni el arte, la justicia no acierta; si la justicia no acierta, la nación no sabe cómo obrar. En consecuencia, en las palabras no debe haber nada incorrecto. Esto es lo que importa".
Las instrucciones lingüísticas deberían escribirse de manera ilegible para infundir al locutor un respeto parecido al que el paciente siente por la receta médica. Nos bastaría si solamente se sacara esto: antes del uso de la lengua agítese la cabeza, porque con la duda, que es el mejor maestro, ya hubiéramos ganado bastante: mucho quedaría sin decir.
He extraído del lenguaje no pocas ideas que no tenía y que no sería capaz de apresar en palabras.
Mi lenguaje es la prostituta universal a la que convierto en virgen.
La idea viene porque la tomo por la palabra.
Quien no tiene ideas piensa que sólo se tiene una cuando se tiene y se la viste de palabras. No entiende que en realidad sólo la tiene quien tiene la palabra en la que la idea va creciendo.
Aparentar tiene más letras que ser. Hay imitadores antecedentes a los originales. Cuando dos tienen una idea, no pertenece ésta al primero que la tuvo, sino al que la tiene mejor.
Hay dos tipos de escritores: los que lo son y los que no lo son. En los primeros el fondo y la forma van juntos como el alma y el cuerpo; en los segundos el fondo y la forma van juntos como el cuerpo y el hábito.
Los verdaderos agitadores de una causa son aquellos para quienes la forma es lo más importante. El arte obstaculiza el efecto inmediato en favor de un efecto superior. Por eso sus productos no son vendibles.
Quien vive del tema, muere antes que el tema. Lo que vive en el lenguaje, vive con el lenguaje.
El que expresa opiniones no debe dejarse sorprender en flagrante delito de contradicción. El que tiene pensamientos piensa también entre contradiciones.

Sobre la moral
Moral es la tendencia a vaciar la bañera con el niño dentro.
"Moral" es lo que ofende gravemente el sentido del pudor del hombre civil.
Los señores, que edifican la moral de todos los pueblos, podían ir a pedirle en préstamo a Shakespeare la argamasa y la herramienta, pues desde su altura cualquier visión del mundo, conservadora o progresista, ofrece una imagen grata al Creador; existe cultura allí en donde las leyes del Estado son paráfrasis de pensamientos de Shakespeare, o en donde al menos sus dirigentes defienden su actividad con el pensamiento puesto en Shakespeare.
De la misión de proporcionar medios legales de castigo al escándalo que la inmoralidad provoca en público, el legislador se vio llevado arteramente al sofisma de que la inmoralidad provoca escándalo público.
Y cuando verdaderamente se dió escándalo público a causa de la persecusión de la inmoralidad privada, ese criterio basado en hechos que se buscaba había perdido ya su capacidad de distinguir entre causa y efecto.
Con la "moral" nada tiene que ver la jurisdicción criminal, sino la de las cotorras de barrio. Todo lo que la justicia puede lograr en este asunto es la protección de los indefensos, de los menores de edad y de la salud.
El guardian de la moral se afana en tapar con pomadas y ungüentos las pústulas morales y el cuerpo social empieza a supurar dentro. La persecución de las desviaciones sexuales favorece el chantaje, y cada nuevo intento de cercar la vida privada con una empalizada de artículos provoca nuevas inmoralidades, nuevos delitos.
El legislador podría ser útil si redujese la intervención legislativa, en orden a la moral sexual, a la protección de tres bienes: la salud, la libertad del querer y la minoría de edad. Lo que se tiene que perseguir es la conducta del individuo que continúa su actividad sexual (y daña a otros) a sabiendas de que tiene una enfermedad venerea, el uso de la violencia y el abuso de los niños. Pero el legislador no debe tocar lo que hacen entre ellas, con consentimiento mutuo y libertad, personas adultas. La moral individual no puede ser nunca un bien jurídico; a lo sumo podrá serlo la decencia pública. Lo que ocurre entre cuatro paredes no puede suscitar escándalo y el poder del Estado no está llamado a meterse por el agujero de la llave. La indiscreción de una justicia que querría reglamentar el comercio entre los sexos siempre ha producido la peor de las inmoralidades: la criminalización del instinto sexual es un impulso estatal al delito.
Si la moral no empujase, no se lesionaría.
Un proceso por atentar contra la moral es el desarrollo consecuente desde una inmoralidad individual hacia otra general, ante cuyo tenebroso fondo destaca resplandeciente la culpa probada del acusado.
Cuando Dios vio que todo estaba bien hecho, la fe humana le atribuyó la vanidad del creador, pero no su inseguridad.
La vida es un esfuerzo digno de mejor causa.
El débil duda antes de decidirse. El fuerte, después.
Hacer enfadar a los bribones que no se pueden corregir también tiene una finalidad ética.
Que uno sea un asesino no prueba nada contra su estilo. Pero el estilo puede probar que es un asesino.
Tiene que haber injusticia: de lo contrario no acabaríamos nunca.
No me meto en mis asuntos privados.
El humanitarismo es la lavandera de la sociedad: retuerce en lágrimas sus trapos sucios.
El mercantilismo ha osado usar como tablones de anuncio hasa los umbrales de nuestra conciencia.
Hay personas que toda su vida guardan rencor a un mendigo por no haberle dado nada.

Sobre la prensa y los periodistas
En tiempos que tenían tiempo, se podía resolver algo con el arte. En un tiempo que tiene periódicos, la materia y la forma se han escindido en favor de una comprensión más rápida. Como no tenemos tiempo, no les queda a los autores otro remedio que decirnos con todo género de detalles lo que se hubiese podido expresar brevemente.
¿Es la prensa un mensajero? No: es el acontecimiento. ¿Un discurso? No: es la vida. No sólo plantea la exigencia de que el verdadero acontecimiento lo constituyan sus noticias sobre los acontecimientos, sino que provoca también esa siniestra identidad por la cual, en apariencia, se informa de los hechos antes de que se hagan realidad. [...] La prensa no es un mozo de equipajes. Es el acontecimiento. De nuevo el instrumento nos ha superado. Hemos colocado al hombre, que debe comunicar la existencia de un incendio y que debería jugar el papel más subalterno dentro del Estado, por encima del mundo, del incendio, de la casa, de los hechos y de nuestra imaginación.
El periodista está estimulado por el plazo. Cuando tiene tiempo, escribe peor.
¡Tienen la prensa, tienen la bolsa, y ahora tienen también el subconsciente!
Se prohibe, con razón, toda sátira que entienda el censor.
La distorsión de la realidad en el informe es el informe verídico sobre la realidad.
¡Ay, ay de la prensa! Si Cristo viniese ahora al mundo, tan cierto como que vivo que no les señalaría la paja en el ojo a los fariseos, sino a los periodistas.

Sobre la época, el progreso, la técnica
En esta época gorda y pesada, en la que ocurre lo que uno no podía imaginar, en la que debe ocurrir lo que uno ya no puede imaginar, pues si se pudiera no ocurriría; en esta grave época, que se ha muerto de risa ante la posiblidad de volverse grave, que sorprendida por su tragedia procura distraerse, que cogida in fraganti busca palabras; en esta época estridente que retumba por la horripilante sinfonía de hechos que producen informaciones y de informaciones que originan hechos: en esta época no esperen ustedes de mí ninguna palabra propia. Ninguna salvo esta que resguarda el silencio de los malentendidos. [...] en el reino de la falta de imaginación , donde las personas mueren de hambre del alma sin ni siquiera sentirla, donde las plumas se mojan en sangre y las espadas en tinta, debe hacerse lo que no se piensa, pues lo que sólo se piensa en inefable. No esperen de mí ninguna palabra propia. [...] Los que ahora no tienen nada que decir, porque la acción tiene la palabra, siguen hablando. ¡Quien tenga algo que decir, que dé un paso al frente y se calle!.
El progreso celebra una victoria pírrica sobre la naturaleza.
El progreso hace portamonedas con piel humana.
La evolución de la industria militar ha conseguido...que sea preciso expulsar al Ejército de las Fuerzas Armadas por cobardía ante el enemigo. Si partiéramos del concepto de honor militar, hace ya tiempo que el mundo hubiera alcanzado la paz perpetua. Pues lo único que aún queda por ver es qué relación puede tener el valor con el numen de un químico que es en sí una deshonra a la ciencia, y cómo la gloria militar, debida a una ofensiva más "cloriosa", aún no ha muerto asfixiada por los gases de la propia infamia [...] A una humanidad que considera indispensable matarse unos a otros para vivir le es, desde luego, igual cómo lo hace, y la aniquilación masiva le resulta más práctica. Pero la evolución tecnológica ha dado al traste con sus aspiraciones románticas, que sólo hallan satisfacción en la lucha de hombre a hombre. [...] Los designios del diablo, que tan inescrutables no son, puesto que se escrutan en los laboratorios, van aún más lejos. En cuanto los adversarios se hayan superado mutuamente sin tregua, los carros de combate y los gases dejarán su puesto a las bacterias y nadie se resistirá ya a la genial idea de utilizar las plagas como instrumentos bélicos, en vez de considerarlas como secuelas de la guerra. Pero como ni así podrán los hombres prescindir de ciertos pretextos románticos para justificar su maldad, el general en jefe, cuyos planes serán puestos en práctica por el bacteriólogo, como hoy en día lo hace el químico, seguirá vistiendo uniforme. A los alemanes se les podría atribuir la gloria del invento, y a los demás la infamia de su perfeccionamiento, o también al revés....como le parezca más alentador.
Lo que caracteriza a la técnica es que no es capaz de producir tópicos pero deja al espíritu humano en un estado en que no puede prescindir de los viejos tópicos. En esta dualidad de una vida cambiante y de una forma de vivir que viene de antiguo, vive y crece el mal del mundo.
La fealdad del presente tiene fuerza retroactiva.
La estupidez del mundo hace imposible cualquier trabajo excepto sobre Shakespeare.
Cuando una cultura siente que su final de acerca, manda llamar a los curas.
El moderno fin del mundo tendrá lugar cuando la incapacidad de manejo por parte del hombre se ponga de manifiesto ante el perfeccionamiento de las máquinas. Los automóviles no consiguen que los conductores avancen.
Sólo hay una posibilidad de salvarse la máquina. Y es ésta: utilizarla.
Una salida: si los hombres han sacrificado ideales y vida por la invención de un vehículo, toma dicho vehículo para escapar de los cadáveres y acercarte a los ideales.
La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera.
Quizá resultase mejor que los hombres tuviesen bozales y los perros leyes; que se llevase a los hombres con correa y a los perros con religión. La rabia decrecería en la misma medida que la política.
El pesimismo es el reúma del espíritu. Al menos lo nota uno cuando hace mal tiempo.

Miscelánea
La filosofía no es muchas veces sino un ánimo de adentrarse en un laberinto. El que después se olvida de la puerta de entrada podrá alcanzar fácilmente fama de pensador independiente.
Pregúntale al prójimo sólo sobre cosas que tú sabes mejor. Entonces sí que será valioso el consejo.
Para proteger la verdad se puede disimular.
Si el amor sólo sirve para procrear, aprender sólo sirve para la docencia. Ésta es la doble justificación teleológica de la existencia de los profesores.
El pensamiento en un hijo del amor. La opinión es reconocida en la sociedad burguesa. La diferencia entre la antigua y la nueva psicología consiste en que la antigua se irritaba moralmente por cada anamalía y la nueva, en cambio, ha ayudado a que la inferioridad se convierta en orgullo de clase.
El escepticismo ha evolucionado desde el que sais-je al "yo qué sé".
Educación es algo que reciben los más, que muchos transmiten y pocos tienen.
No se debe aprender nada más que lo que es imprescindible contra la vida.
En alguna parte encontré esta inscripción:"Se ruega dejar este lugar como se desearía encontrarlo". ¡Ay, si los educadores hablasen a las personas con la mitad por lo menos de contundencia que los hoteleros!
La sexualidad mal reprimida ha perturbado no pocos hogares; la bien reprimida ha perturbado el orden universal.
No estoy a favor de las mujeres, sino en contra de los hombres.
Lo que quiero decir es lo siguiente: el comunismo como realidad no es más que la otra cara de su propia ideología mutiladora de la vida y, por obra y gracia de un origen ideal más puro, un complejo antídoto precisamente para el objetivo ideal más puro. Que el diablo se lleve su práctica, pero Dios nos lo mantenga como amenaza constante sobre las cabezas de quienes poseen fincas y, para conservarlas, enviarían a todos los demás a los frentes del hambre y del honor patrio, diciéndoles, a modo de consuelo, que la vida no es el supremo de los bienes. Dios nos conserve el comunismo para que esta gentuza, tan insolente que ya no sabe qué inventar, no se nos vuelva más insolente todavía; para que la sociedad de quienes poseen el derecho de disfrutar en exclusiva y consideran la humanidad sometida a su mando suficientemente dotada de amor con la sífilis que recibe de ellos, para que esta sociedad, digo, al menos se vaya a la cama con una pesadilla.¡Para que al menos se quede sin ganas de predicar moral a sus víctimas y se quede también sin humor para hacer chistes sobre ellas! [En La antorcha, noviembre de 1920].
Hago que el guardia baile al son de la música que prohíbe.
Soy quizás el primer caso de un escritor que vive su escritura histriónicamente.
Mientras mis compañeros sacaban malas notas en conducta por dejar libros tirados debajo del pupitre, yo era un alumno modelo, porque atendía cada palabra del profesor para observar sus ridiculeces.
Muchos tendrán razón algún día. Pero será la razón de la sinrazón que tengo hoy. Su risa es un regulador de la demencia universal.

(*) Selección para La Insignia: Francisco Fernández Buey. España, enero del 2004.
Otros textos de Karl Kraus en La Insignia: La muerte heroica.

https://www.lainsignia.org/2004/enero/cul_005.htm