Los misterios de los manuscritos del Mar Muerto


Dominique Lormier


Prólogo
    Nos hallamos ante una obra sorprendentemente seria y completa sobre uno de los temas más apasionantes de nuestro tiempo. El libro del profesor Dominique Lormier incide en un misterio científico que ha tenido la extraña cualidad de interesar a lo largo del siglo  XX por igual a creyentes y no creyentes, a judíos y cristianos, y este interés no ha disminuido ni un ápice en el siglo  XXI . Un misterio que va mucho más allá de una simple confirmación, por vía directa, de verdades conocidas o del descubrimiento de otras nuevas. Se ha dicho muchas veces que la ciencia no es tan importante por las preguntas que responde como por las que plantea, y esto se da con los famosos manuscritos de Qumrán.
    La historia se rige por una cadena inextricable de casualidades. Hizo falta que se perdiera una cabra en un rincón de Palestina, que su pastor Mohammed edh-Dhib (que ya tiene un átomo de historia asegurado), buscándola, encontrara la entrada de una cueva oculta durante dos milenios, y que, al arrojar una piedra al interior para tantear su profundidad, diera en una de las tinajas que guardaban el tesoro arqueológico más sorprendente de los que se encontraron en el siglo  XX . Los manuscritos de Qumrán acababan de ser descubiertos.
    A partir de aquí, los descubrimientos y su puesta en contacto con el mundo culto se sucedieron vertiginosamente. Nuevas cuevas, nuevas tinajas repletas de rollos, viajes de ida y vuelta de estos a través del Atlántico, compras, cesiones y especulación no siempre afortunada. Pero, a través de todas estas incidencias, un trozo de pasado de excepcional importancia se proyectaba sobre nosotros. Los esenios dejaban de ser una secta casi desconocida, nombrada vagamente por Plinio el Viejo , para cobrar un innegable realismo y un sorprendente protagonismo a través de su obra, que llegaba a hermanarlos con la aparición del cristianismo.
    Pero a esta fase relampagueante le sucedió otra mucho más lenta y reposada, que dura hasta la actualidad. Los manuscritos, en un estado de conservación muy deficiente, tienen que ser ensamblados como un gigantesco rompecabezas, y se han de suplir con imaginación los fragmentos que faltan, que son la mayoría del legado.
    No hay duda de su autenticidad: las pruebas del carbono 14 testifican que son de una época entre el siglo  I a. C. y el  II d. C. Pero, con todo, incluso este revolucionario y exacto método de fechado presenta un cierto grado de indeterminación, que ha hecho suponer que algunos de los escritos podrían remontarse incluso a la revuelta judía de Simón Bar Kokhba contra los romanos, en el año 135, de la que resultó el exilio definitivo del pueblo hebreo. ¿Estamos ante unas muestras de la evolución del judaísmo a lo largo de unos siglos críticos de su historia?
    En la interpretación de los manuscritos se ha desplegado todo el arsenal de medios técnicos y de ingenio imaginables. El fechado mediante la prueba del carbono 14 es sólo el punto de partida: se ha llegado a grados de sofisticación tan sutiles como casar los distintos fragmentos del manuscrito mediante las huellas repetidas que sobre el rollo original había dejado un insecto que lo perforó. ¡Incluso, para eliminar todo riesgo de error, se ha garantizado la unicidad de este mediante la prueba del ADN ! En fin, que toda la panoplia de modernas técnicas ha sido puesta al servicio de lo que sin duda es la investigación más importante de los siglos  XX −  XXI sobre los orígenes de nuestra actual cultura.
    La tarea, por tanto, continúa y continuará durante muchos años. Ha llegado a decirse que esta lentitud obedecía a inconfesables propósitos, pero hay que desechar este pensamiento más propio de prensa amarilla: la increíble complejidad del rompecabezas es la única causa del régimen de cuentagotas con que se dan a conocer los resultados.
    ¿Y cuáles van siendo estos resultados hasta ahora? En realidad, la mayoría de los textos no son bíblicos, sino relativos a la organización de la secta, pero todos tienen para nosotros un interés inestimable. En particular, los religiosos deben ser cotejados con los más antiguos existentes… y con los no existentes, pues en los manuscritos aparecen novedades desconocidas. Algunas de las particularidades más sorprendentes vienen dadas por el hecho de que no figuran en las biblias actuales. Los textos contienen profecías desconocidas de Daniel, Jeremías y Ezequiel. También nuevos escritos de José, Judas y otros desconocidos en la Biblia actual, así como salmos ignorados del rey David. El Rollo de Isaías es casi idéntico al Libro de Isaías de la Biblia moderna, pero otros textos desvelan ligeras diferencias, como una versión del libro de Jeremías que se distingue por la extensión y el orden del relato. Numerosos salmos presentes en la Biblia son también diferentes, especialmente los 90 y 150, dispuestos en otro orden. Incluso algunos textos completamente nuevos han requerido nuevos autores, y son atribuidos a célebres personajes bíblicos, como Moisés y José.
    Todo esto obliga a plantearse una pregunta: ¿es la Biblia canónica actual simplemente una entre mil posibles recopilaciones de textos, la mayoría ya perdidos, que un recopilador seleccionó un día y que por puro azar ha llegado hasta nosotros? ¿Descansa todo el judaísmo en uno de los mil posibles caminos, como la piedra que dio en la tinaja?
    Más aún: los manuscritos contienen una serie de nuevos textos veterotestamentarios, cuyo destino se nos ofrece problemático. ¿En qué medida deben ser desechados como ausentes del canon oficial? Tradicionalmente, la exégesis bíblica ha optado por el camino más fácil: desechar los nuevos descubrimientos, considerándolos variantes «apócrifas». Pero la enormidad y la fuerte trabazón de los manuscritos entre sí y con los conservados hasta hoy plantean una severa inquietud ante este cómodo recurso, pues los fragmentos encontrados corrigen posibles errores de copistas en la Biblia tradicional (por ejemplo, cuando se fija la altura de Goliat en dos metros y no en los tres —¡o los seis!— registrados en los libros bíblicos). Y en otras ocasiones, completa y da sentido a fragmentos incompletos de determinados episodios, consiguiendo que se puedan entender.
    El lector atento no dejará de maravillarse y hacerse preguntas, objetivo sin duda perseguido por el profesor Lormier. Pero este va todavía mucho más allá. A partir de los textos investiga las convergencias entre la mística cristiana y la judía, ¡incluso algunos aspectos discutidos del cristianismo cobran nueva luz! Uno de ellos, por ejemplo, de enorme trascendencia: por primera vez se halla una prueba arqueológica de la existencia real de Jesucristo. Un famoso pasaje de Flavio Josefo, en el que se hablaba del Mesías, había sido siempre objeto de una fuerte crítica, atribuyéndolo a una interpolación de los copistas cristianos posteriores. Sin embargo, un fragmento hallado en Qumrán reproduce el texto completo: a partir de ahora no hay duda sobre la existencia real del fundador del cristianismo, e incluso esta religión cobra un alcance histórico del que hasta ahora carecía.
    He aquí una obra que ningún interesado en nuestras propias raíces debería desconocer. Su lectura debe ser recomendada a todo el mundo. Quizás a través de las preguntas que plantea surgirán nuevos puntos de vista sobre nosotros mismos.

    Josep M. Albaigès i Olivart
    Autor de Los misterios del Templo de Salomón





Introducción
    El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto es considerado uno de los acontecimientos arqueológicos más importantes del siglo  XX . Se trata de unos documentos que pueden aportar nuevos datos sobre el judaísmo y los primeros tiempos del cristianismo. Desde que fueron descubiertos en 1947 todos los especialistas más prestigiosos han querido estudiarlos a fondo, y no han dejado de suscitar numerosos debates e investigaciones. Estos misteriosos textos continúan siendo hoy día objeto de controversias porque todavía quedan en el aire numerosas preguntas.
    Contrariamente a lo que a veces se ha afirmado, los manuscritos del Mar Muerto no son en absoluto los textos religiosos más antiguos que se conservan. Los expertos están de acuerdo en que fueron redactados entre los años 250 a. C. y 70 d . C., mientras que los de las pirámides de Egipto se remontan a unos 2650 años antes de Cristo. Sin embargo, los del Mar Muerto son los más importantes descubiertos hasta ahora, porque ese periodo coincide con el tiempo en que vivió Jesucristo (4 a. C. - 33 d . C.). Se trata, por tanto, de textos que tienen un inmenso valor tanto para el cristianismo como para el judaísmo.
    Estos documentos fueron los más protegidos del mundo desde su descubrimiento hasta que, en 1991, fueron puestos en su totalidad a disposición de los investigadores y del gran público. Desde entonces han sido expuestos en muchas grandes ciudades de diferentes países y siempre han suscitado un interés creciente en todo el mundo. A ellos se han dedicado numerosos libros, artículos y reportajes de televisión.
    Una de las cuestiones más importantes para los arqueólogos bíblicos, así como para todos los amantes de la historia religiosa, es saber hasta qué punto estos documentos pueden confirmar o modificar todo lo que hasta hoy día sabemos de la Biblia. De hecho, cuando la noticia de su descubrimiento se hizo pública, se produjo una notable preocupación por lo que su contenido podía revelar. ¿Iban a quedar cuestionadas las afirmaciones de la Biblia y del judaísmo, así como algunos dogmas del cristianismo, o por el contrario confirmarían lo que ya sabemos del judeocristianismo? El proceso de recomposición y traducción de los textos descubiertos, ya próximo a su finalización, permite hacerse una idea exacta de su contenido.
    «Uno de los descubrimientos más sorprendentes con relación a los manuscritos del Mar Muerto —escribe John DeSalvo— fue la constatación de que incluían textos hasta ahora inéditos sobre personajes bíblicos conocidos, como Noé, Abraham y Henoch. Esto nos ha permitido descubrir relatos que no figuran en nuestra Biblia, cuyo autor sería Moisés, e incluso profecías de las que jamás habíamos oído hablar. Uno de los apartados más fascinantes de los manuscritos del Mar Muerto trata de asuntos como el fin de los tiempos o el anticristo. Resulta verdaderamente interesante comparar esta narración con la procedente del Libro de la Revelación [1] ».
    Apartados completos de estos manuscritos tratan acerca de la adivinación, la astrología y los ángeles. Según los especialistas, los manuscritos del Mar Muerto incluían originalmente, antes de que se deterioraran, destruyeran o perdieran, más de ochocientos textos completos. Los investigadores no han podido recuperar más que una pequeña parte de los rollos completos de los manuscritos; en general, sólo fragmentos parciales. A pesar de ello, decenas de miles de ellos se han podido recuperar y recomponer gracias a un considerable trabajo de restauración.
    Uno de los descubrimientos más apasionantes ha sido constatar la existencia de convergencias y similitudes entre las creencias de los autores de estos textos y el cristianismo naciente, y especialmente la idea de la llegada de un mesías, el rito del bautismo y la visión apocalíptica del fin del mundo. Hoy día, siguen manteniéndose diferentes polémicas a propósito de esta cuestión.
    Algunos autores cristianos rechazan cualquier conclusión apresurada y demuestran las notables diferencias que existen entre algunos de estos textos y la doctrina oficial de la Iglesia.
    No debe olvidarse que cualquier texto puede haber sido redactado más tarde de la fecha en que comenzó a transmitirse oralmente de generación en generación. La mayor parte de los especialistas en la Biblia estiman que la tradición oral de los Evangelios (relatos dedicados a la vida de Jesús) comenzó después de la muerte de Cristo (en torno al año 30 d.C.) y sólo fue objeto de una primera redacción entre los años 70 y 90 d.C. El fragmento más antiguo descubierto del Nuevo Testamento data del año 125 d.C. Los manuscritos del Mar Muerto fueron redactados, al menos una pequeña parte, en vida de Jesús.
    Los arqueólogos y los historiadores están en condiciones de determinar la fecha en que fueron redactados algunos textos, gracias a las nuevas técnicas científicas de datación, como por ejemplo el carbono 14. Como ya hemos dicho anteriormente, los textos de las pirámides de Egipto son los escritos religiosos o sagrados más antiguos conocidos hoy día. Se trata de textos que fueron grabados en la piedra de las paredes interiores de las cámaras de diferentes pirámides, así como en las sepulturas y los sarcófagos de Saqarah (la primera pirámide). Los egiptólogos consideran que fueron escritos en tiempos del Imperio antiguo, entre los años 2650 y 2175 a.C. aproximadamente. Son textos con fórmulas e instrucciones orientadas a conducir al difunto en su viaje hacia el más allá. También contienen fórmulas mágicas.
    Los Vedas, textos redactados en sánscrito, son los más antiguos de la religión hinduista hallados en la India. Están divididos en mantras, conjuros, rituales y otras enseñanzas espirituales. Existen cuatro Vedas, de los que el más antiguo, el Rigveda, fue compuesto en torno a los años 1500-1300 a.C.
    El Enuma Elish, relato mesopotámico acerca de la creación, escrito en acadio sobre siete tablillas de arcilla descubiertas en 1849 en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, es anterior al relato del Génesis del Antiguo Testamento. El origen de las tablillas se remonta a un periodo situado ente los años 1800 y 1100 a.C. El Enuma Elish explica que la existencia del hombre estaba dedicada al servicio de los dioses, de los que el principal era Marduk.
    El Antiguo Testamento, también conocido con el nombre de Escrituras hebreas , data de entre los siglos  XII y  II a. C. Escrito en hebreo, y algunos pasajes en arameo, fue redactado por numerosos autores. Las copias más antiguas parece que se remontarían a la Edad Media, como el manuscrito del Código de Alepo, datado en el año 950 d . C. Los manuscritos del Mar Muerto se adelantan a estas copias medievales en unos mil años.
    El origen del Bhagavad-gītā, texto sagrado de la India, se remonta al año 300 a. C. Se trata principalmente de un diálogo entre el soldado Arjuna y el dios Krishna. El texto habla también del yoga, vía espiritual que permite alcanzar el despertar, un estado de paz interior más allá del sufrimiento. Existen principalmente tres tipos de yoga: el yoga de la devoción ( bhakti yoga), el yoga de la acción adecuada ( karma yoga) y el yoga del conocimiento ( jnana yoga). Se trata de tres yogas complementarios que permiten a quien los practica liberarse del ciclo nacimiento-muerte (reencarnación) y alcanzar la consciencia divina del Nirvana.
    La redacción del Nuevo Testamento, texto sagrado de los cristianos, se remonta aproximadamente a los años 70-90 d. C. La mayor parte del texto fue redactada en griego antiguo. El fragmento más antiguo de este texto está escrito en un papiro que se ha datado entre los años 125 y 150 d . C. Fue descubierto en Egipto en torno a 1920 y hoy día está depositado en la biblioteca John Rylands de Manchester, en Gran Bretaña.
    Son muchos los que confunden los manuscritos del Mar Muerto con los textos de Nag Hamadi, descubiertos en 1945 en el desierto, cerca de la población egipcia del mismo nombre. Están formados por doce códigos redactados en copto sobre papiro, que se conservaron en un jarrón sellado durante más de mil quinientos años antes de ser descubiertos por un campesino de la zona. El conjunto reúne cincuenta y dos tratados, cuyo origen se remonta al siglo  III de nuestra era. Algunos de estos textos fueron redactados en torno a los años 100-200 d. C. El Evangelio de Tomás es el más conocido de todos. Estos manuscritos permiten arrojar luz sobre numerosos aspectos del cristianismo místico de los primeros tiempos.
    «El corpus de los Evangelios —nos dice el teólogo Jean-Yves Leloup— se enriqueció, después del descubrimiento de los manuscritos de Nag Hamadi, con numerosos textos muy interesantes atribuidos a Tomás, Felipe e incluso Pedro. Entre ellos, el Evangelio de María es el único atribuido a una mujer; escrito hacia el año 150, es un testimonio precioso de aquel cristianismo primitivo. Míriam de Magdala, aquella María Magdalena que fue el primer testigo de la Resurrección, transmitió en él las enseñanzas secretas que había recibido en una visión. La canonizada pecadora de los Evangelios se muestra entonces como la amiga íntima de Jesús, la detentadora de una palabra ocultada incluso a los apóstoles…
    »El Evangelio de Felipe es un texto gnóstico del siglo  II d. C. que debió servir de catecismo para los iniciados. Se considera un testimonio original sobre la vida y la enseñanza de Cristo. Atribuido a uno de los discípulos más próximos a Jesús, permite descubrir una figura quizá más humana, muy libre en sus propósitos y en sus actitudes frente a los hombres y las mujeres de su entorno. El personaje de María Magdalena, “compañera” del Maestro, toma una importancia especial y pone el acento en el matrimonio iniciático entre lo masculino y lo femenino, imagen del retorno a la Unidad original.
    »El Evangelio de Tomás, igualmente descubierto en 1945 en Nag Hamadi, es sin duda el más célebre de los evangelios apócrifos, y también el más singular, dado que nos explica la vida y los milagros de Jesús, nos acerca el mensaje de su enseñanza en ciento catorce logia o aforismos. Algunos son comunes con los Evangelios canónicos, pero la mayor parte arrojan nueva luz sobre la figura de Cristo, que aparece como un maestro espiritual con acento gnóstico, cuya voz llama a la meditación tanto como a la acción [2] ».
    La gnosis, procedente de la misma palabra griega que significa «conocimiento» o «sabiduría», descansa en un conocimiento de tipo intuitivo más allá de los conceptos y de los análisis externos. Se trata de una experiencia interior profunda, un proceso continuo de revelación del espíritu que busca unirse a Dios o al Infinito, más allá de la realidad relativa de los conceptos y los análisis. Durante los primeros siglos del cristianismo, un gran número de grupos diferentes se presentaban como gnósticos que consideraban esenciales la revelación y la experiencia individual. Dado que daban un papel importante a lo femenino, el conflicto con el pensamiento machista de la época resultaba inevitable. La práctica de la oración de quietud o del silencio propia de la tradición mística cristiana, reconocida por la Iglesia, se emparentó con esta vía espiritual mística y se aproximó a la meditación budista, a algunas formas espirituales contemplativas del yoga de la India, al judaísmo y al sufismo.
    Con frecuencia se produce una confusión entre gnosis y gnosticismo, movimiento sectario de comienzos de la era cristiana. Esta confusión procede de los delirantes escritos de diferentes sectas integristas católicas. La gnosis ortodoxa supone un camino espiritual de purificación, una consagración a la búsqueda de la Verdad interior. Es la sabiduría perenne de los místicos de todas las grandes tradiciones espirituales, como el intendente San Clemente de Alejandría o Juan Casiano. Esta gnosis es vista como la continuación de las enseñanzas de los apóstoles; algunas cuestiones se remontan al judaísmo y a otras tradiciones. La humildad y la paz interior son la base para progresar. El amor, la compasión, la alegría altruista, la sabiduría y la serenidad son sus frutos. El gnosticismo es en sí mismo un «conocimiento» intelectual esotérico, reservado a los iniciados que se sitúan a sí mismos por encima del vulgo y viven en clanes cerrados. El conocimiento de estos «secretos» basta para salvarse, al margen de toda exigencia moral. Ello provoca en los sectarios un orgullo desmesurado, y una aproximación a menudo dualista y maniquea al mundo, una confusión que, en definitiva, arroja descrédito sobre la gnosis ortodoxa, que es una auténtica mística espiritual.
    El Corán, principal texto religioso de los musulmanes, fue escrito en árabe en el siglo  VII d. C. Es considerado la palabra de Alá (Dios) revelada al profeta Mahoma por el arcángel Gabriel. El Corán se articula en ciento catorce capítulos.
    Fue varios siglos después de la muerte de Mahoma cuando un califa decidió reunir todos los fragmentos del texto, a fin de disponer de ellos en un único libro.
    Los siete manuscritos de seda de Mawangdui, descubiertos en los años setenta del siglo pasado en tres tumbas que datan del siglo  II a. C., cerca de la ciudad de Changsha, en la provincia china de Hunan, son los textos médicos más antiguos encontrados hasta la actualidad en ese país.
    En 1992, en la gruta de Dunhuang, en la China central, al oeste de Xian, se descubrieron cuatrocientas noventa y dos cavidades que contenían más de cincuenta mil manuscritos budistas que databan de los siglos  IV al  XII .
    Si volvemos a los manuscritos del Mar Muerto, vemos que se daban todos los elementos para hacer de Qumrán un fenómeno arqueológico excepcional: «Un descubrimiento rocambolesco en la Palestina atormentada de la posguerra —escriben Jean-Baptiste Humbert y Estelle Villeneuve—, un tesoro de textos referidos a las fuentes del judaísmo y del cristianismo, de repercusión científica, política y mediática, y también la sombra de aquellos piadosos esenios a menudo resurgidos de los textos antiguos en el sorprendente entorno del Mar Muerto [3] ».
El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto
    La historia de los manuscritos comenzó entre noviembre de 1946 y febrero de 1947 cerca de la orilla noroeste del Mar Muerto, en Tierra Santa, aproximadamente a catorce kilómetros al sur de Jericó, en una región árida, junto al yacimiento arqueológico de Qumrán. El Mar Muerto, situado entre Israel y Jordania, es la cuenca marina que se encuentra a menor altura del mundo. Este lago salado, a casi cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar, tiene aproximadamente ochenta kilómetros de longitud por dieciséis de anchura.
    El valle era hace miles de años un inmenso lago; sin embargo, durante milenios el nivel del agua no ha dejado de descender a la vez que ha ido cavando profundos canales en la roca. Al quedar expuestos al aire libre, estos últimos se secaron y formaron profundas cavidades y grutas. Este complejo conjunto de cuevas, en el que la aridez de la región ayuda a la preservación de objetos, y en el caso que analizamos, de manuscritos antiguos, constituyó el enclave ideal para esconderse u ocultar tesoros.
    Todo parece que dio comienzo, como si de un cuento oriental se tratara, cuando un joven pastor llamado Mohammed edh-Dhib buscaba una cabra que se le había extraviado, durante el invierno de 1946-1947 . Mientras caminaba sobre una de las inmensas rocas, le llamó la atención una gruta abierta, en la que dejó caer una piedra y la cual le devolvió un eco semejante al de una vasija rota. El joven pastor se adentró en la caverna y distinguió en medio de la penumbra un montón de jarras. Al día siguiente, Mohammed edh-Dhib volvió acompañado por sus primos Khalil Musa y Juma Mohammed Khalil para inspeccionar el lugar. Los tres descubrieron unas cuarenta jarras que medían aproximadamente sesenta centímetros de altura y que en su mayor parte estaban vacías. No obstante, Mohammed edh-Dhib encontró en una de ellas tres manuscritos que parecían muy antiguos. Dos de los tres manuscritos estaban envueltos en una tela de lino. Todos estaban deteriorados y alguno  tenía ya un color verdoso propio de la descomposición.
    Estaban también recubiertos por una sustancia parecida a la pez o al alquitrán, a fin de protegerlos. Los textos hallados eran un comentario de Habacuc, la Regla de la comunidad (también llamada Manual de disciplina ) y el gran rollo de Isaías.
    En Belén, a las puertas del desierto, los tres beduinos pensaron en cómo obtener beneficio de su descubrimiento entre los anticuarios que había en la ciudad. Se presentaron en la tienda de Khalil Iskandar Sahin, zapatero aficionado a las antigüedades, que les compró los rollos por cinco dólares. Durante el verano de 1947, Khalil Musa y un amigo de Sahin volvieron a la gruta para intentar descubrir otros rollos. Entonces hallaron otros cuatro. Creyeron que estos materiales antiguos podían tener algún valor histórico y Sahin buscó cómo descubrir el misterio. Cristiano de la Iglesia siria, se dirigió al metropolitano (obispo) Mar Athanasius Yeshua Samuel de la iglesia ortodoxa siria de San Marcos de Jerusalén. El metropolitano le compró cuatro de los siete rollos que le llevaron por una suma apenas superior a los treinta dólares. Esos cuatro rollos correspondían a una copia casi completa del manuscrito de Isaías, del comentario de Habacuc, de una paráfrasis de algunos pasajes del Génesis y de la Regla de la comunidad.
    Con la esperanza de vender los otros tres rollos, Sahin entró en contacto con miembros del Instituto Americano de Investigación Oriental de Jerusalén. John Trever, miembro del instituto, tomó fotos de algunos de esos rollos, a fin de publicarlas posteriormente. Durante el mismo periodo, Eleazar L. Sukenik, profesor de arqueología en la Universidad Judía de Jerusalén, oyó hablar de estos rollos y decidió comprarle a Sahin los tres restantes. El resultado fue que acababa de adquirir el Rollo de la guerra, el Rollo de los himnos y una copia completa de Isaías. Fue necesario esperar hasta abril de 1948 para que el público conociera la existencia de los manuscritos del Mar Muerto, cuando Sukenik y los científicos norteamericanos hicieron algunos comunicados a la prensa.
    El 29 de noviembre de 1947, mientras Sukenik continuaba con la cuestión en Belén, el Consejo Superior de las Naciones Unidas, reunido en Nueva York, adoptaba la resolución 181, que preveía la partición de Palestina y la creación de dos Estados independientes, uno judío y otro árabe. El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurion proclamó la creación del Estado de Israel. Al día siguiente, los ejércitos de Egipto, Siria y Jordania, ayudados por contingentes libaneses e iraquíes, comenzaron el ataque contra Israel. Entre el nuevo Estado y las orillas del Mar Muerto se levanta desde entonces una frontera que la guerra árabe-israelí ha hecho infranqueable. Este conflicto alcanzó una tregua en julio de 1948, que permitió realizar una prospección de la región de Qumrán, yacimiento donde habían sido descubiertos los manuscritos. A finales de enero de 1949, la cueva donde habían sido encontrados los rollos fue identificada por el capitán de la ONU Philippe Lippens. Poco después pasó a ser conocida como la cueva 1 de Qumrán .
    El metropolitano Samuel, apurado por la necesidades económicas de su Iglesia, decidió vender los cuatro rollos que había adquirido. En 1949 viajó a Estados Unidos con el objetivo de asentar su Iglesia ortodoxa siria en América y sacar provecho de los manuscritos. Sin embargo, durante varios años, no logró encontrar posibles compradores. El precio que pedía, varios millones de dólares, era considerado siempre demasiado elevado. Al no lograr venderlos a ningún coleccionista particular, decidió, en 1954, publicar en el Wall Street Journal un anuncio de venta de los manuscritos en estos términos:
    «Los cuatro manuscritos del Mar Muerto: vendo manuscritos bíblicos que datan de al menos doscientos años antes de Cristo. Regalo ideal para ofrecer a una institución educativa o religiosa, por parte de una persona o grupo. Apartado de correos F206, Wall Street Journal [4] ».
    Por los malabares del azar, el hijo del profesor Sukenik se encontraba en Estados Unidos cuando apareció el anuncio en la prensa. Aunque su padre acababa de morir hacía un año, decidió comprar los rollos al precio de 250.000 dólares. En seguida consideró la posibilidad de enviarlos a Israel para que formaran parte de la colección permanente del país. Así, los siete manuscritos quedaron en adelante expuestos en el Santuario del Libro del Museo de Israel en Jerusalén.
    El Departamento de Antigüedades de Jordania, la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén, fundada en 1890 por el padre dominico Marie-Joseph Lagrange, y el Museo Rockefeller, creado en 1927, organizaron una completa excavación de la gruta entre el 15 de febrero y el 5 de marzo de 1949. El director del Departamento de Antigüedades de Jordania, Gerald Lankester Harding, así como el director de la Escuela Bíblica, el dominico Roland de Vaux (1903-1971) , dirigieron los trabajos. Los nuevos descubrimientos realizados durante la excavación fueron confiados para su estudio al dominico Dominique Barthélemy. El padre de Vaux invitó después a un experto polaco que se encontraba en Roma, Jozef Tadeusz Milik, a colaborar con Dominique Barthélemy.
    Mientras a finales del año 1951 se realizaba una nueva campaña de excavaciones en el yacimiento de Qumrán, el verano de ese mismo año los beduinos de la región llevaron de nuevo al mercado de antigüedades de Jerusalén unos manuscritos descubiertos en las cuevas del sur de Qumrán, a veinticinco kilómetros de la Ciudad Santa, cerca del Mar Muerto. A principios del año siguiente, los arqueólogos de la Escuela Bíblica y sus colegas de otros institutos y museos se desplazaron con prisas hacia aquel enclave a fin de salvar todo lo que pudieran y evitar la disgregación y el pillaje de los beduinos y de los comerciantes de antigüedades. Esa acción permitió encontrar otros textos.
    En febrero de 1952, los beduinos volvieron a Qumrán y encontraron, más al sur de la primera gruta, una segunda cueva con más manuscritos. Los arqueólogos acudieron rápidamente y, del 10 al 29 de marzo, inspeccionaron hasta ocho kilómetros del acantilado de Qumrán. Fueron estudiadas más de cuarenta grutas, que sólo ofrecieron vasijas de barro. Finalmente fue descubierta una tercera cueva con manuscritos, en la que también había pergaminos y dos láminas de cobre enrolladas y grabadas con caracteres hebreos cuadrados. En julio, los beduinos volvieron a «inundar» el mercado de Jerusalén con diversos documentos, como papiros nabateos, fragmentos de textos de doce profetas menores en griego, textos arameos y fragmentos bíblicos. Procedían de grutas de incierta localización. Las instituciones científicas de Jerusalén compraron los documentos, a fin de evitar que se dispersaran.
    En julio de 1952, los beduinos descubrieron, a unos quince kilómetros al sureste de Jerusalén, restos de una biblioteca monacal situada en el sótano de una fortaleza, marda en arameo, que contenía manuscritos redactados en griego, en arameo de la época bizantina y en árabe, todos agrupados en una cámara subterránea. El profesor Robert de Langhe fue enviado al lugar por la universidad belga de Lovaina y trabajó en el yacimiento en abril de 1953.
    A comienzos de septiembre de 1952, los beduinos saquearon una cuarta gruta en Qumrán. Algunos días más tarde, estos mismos beduinos se dirigieron a las instituciones científicas para venderles su botín. Los arqueólogos intentaron localizar esta nueva gruta, pero los beduinos, conscientes de su importancia, no hicieron sino facilitarles pistas falsas. Sin embargo, algunos de ellos acabaron por confesar al padre dominico de Vaux el lugar exacto en el que se encontraba. La Escuela Bíblica alertó entonces a la policía de Jericó, que apareció en el momento oportuno y puso en fuga a los ladrones. Roland de Vaux y Jozef Milik llegaron al yacimiento el 22 de septiembre.
    «La gruta —escribieron Farah Mébarki y Émile Puech—, accesible por un estrecho paso, está llena de polvo y lodo seco que cubre… los rollos. De un montículo de tierra, Jozef Milik extrajo fragmentos de un manuscrito que reconoció inmediatamente: ¡era el Libro de Henoch! Los miembros de la escuela, del museo y del Departamento de Antigüedades de Jordania recogieron en una semana cientos de fragmentos. Por otra parte, los manuscritos robados por los beduinos fueron comprados, de forma dispersa y después de negociaciones que duraron hasta 1956, por el Gobierno jordano, las universidades McGill de Montreal (Canadá), de Mánchester (Gran Bretaña) y de Heidelberg (Alemania), el Seminario Teológico de McCormick de Chicago (Estados Unidos), la Biblioteca Vaticana y la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa (Jerusalén), y después entregados al Museo Arqueológico de Palestina en Jerusalén. Algunos fragmentos adquiridos por particulares quedaron fuera de la colección reunida en esta ciudad [5] ».
    En diciembre de 1952, los arqueólogos descubrieron una quinta cueva con manuscritos cerca de las ruinas de Qumrán. Los fragmentos de piel se deterioraban al entrar en contacto con el aire. Milik intentó protegerlos enrollándolos, cubriéndolos con papel y colocándolos en los tubos destinados a conservar las películas de fotografía. Hasta la primavera de 1955, los arqueólogos identificaron cuatro nuevas cuevas que guardaban unos pocos manuscritos. A principios de 1956, los beduinos, en cambio, descubrieron en la undécima cueva un número importante de fragmentos de rollos.
    Tras el descubrimiento de la cuarta gruta, un equipo internacional de expertos se reunió a fin de estudiar los textos descubiertos en las cuevas de Qumrán. El equipo estaba compuesto, entre otros, por Jean Starcky y Jozef Tadeusz Milik (del Centro Nacional de Investigación Científica de París), Frank M. Cross (del Seminario Teológico de McCormick de Chicago), Patrick W. Skehan (de la Universidad Católica de Washington), John M. Allegro (de la Universidad de Mánchester), John Strugnell (del Instituto Jesús de Oxford), Claus H. Hunzinger (de la Universidad de Göttingen)…
    En 1960, Yigael Yadin, el arqueólogo israelí de renombre mundial que recibió el premio Israel por su tesis sobre la traducción de los manuscritos del Mar Muerto, compró a un norteamericano que deseaba conservar el anonimato un fragmento de manuscrito de Qumrán tras comprobar que pertenecía al rollo bíblico de los Salmos. En junio de 1967 descubrió en casa de un coleccionista árabe nuevos textos procedentes del Rollo del Templo. En esta época el ejército israelí ocupó Cisjordania hasta el este del río Jordán.
    Entre 1950 y 1951, las primeras publicaciones científicas dedicadas a las cuevas de Qumrán obtuvieron una enorme resonancia. Los lectores descubrieron una documentación inédita y excepcional sobre la historia de la Biblia y del judaísmo. De los siete primeros manuscritos encontrados, cuatro podían ser obra de los esenios, una secta judía muy importante en la Antigüedad por su piedad y su rigor moral, que desapareció sin dejar rastro. Los manuscritos serían la herencia perdida de esta misteriosa comunidad religiosa, que quizá tuvo su residencia en las ruinas cercanas a las cuevas. El historiador André Dupont-Sommer, profesor en la Sorbona, creó expectación al subrayar las sorprendentes afinidades entre los esenios y los primeros cristianos; los esenios habrían sido la vanguardia de los cristianos.
    «Para los cristianos que concebían un Jesús de Nazaret sin conexión histórica, la hipótesis provocaba escalofríos —escribieron Jean-Baptiste Humbert y Estelle Villeneuve—. Occidente, mantenido en vilo por los medios de comunicación, descubrió que el informe de los manuscritos de Qumrán no hacía sólo referencia a la historia antigua del judaísmo, sino también a la primera generación cristiana [6] ».
    En 1955, las autoridades israelíes responsables del patrimonio arqueológico decidieron emprender la exploración a gran escala de los centenares de cuevas de la región, utilizando para ello la tecnología más moderna. Se descubrieron algunos objetos, pero ningún manuscrito.
    A veces se plantea por qué razón ha sido necesario esperar tantos años la traducción y la publicación de los manuscritos del Mar Muerto. Después del descubrimiento de los siete rollos de la primera gruta en 1947, fueron halladas otras nueve grutas entre 1947 y 1955. La última y undécima gruta fue descubierta en 1956. Fue en 1991 cuando el contenido de los textos quedó desvelado al público en su totalidad. Todos los rollos de la primera gruta fueron publicados durante los años cincuenta. Un equipo de ocho personas editó el primer volumen en 1955, al que siguió un segundo volumen en 1961 y un tercero, que contenía los textos de las grutas dos, tres, cinco y diez. Un cuarto volumen fue publicado en 1965, seguido en 1968 y en 1977 por el quinto y sexto volúmenes respectivamente. Algunos documentos importantes de la gruta cuatro debieron esperar hasta 1982 para ver la luz.
    «El retraso relativo al contenido de la gruta cuatro constituyó un problema importante para muchos científicos —escribió John DeSalvo—. Algunos llegaron incluso a sospechar una conspiración puesta en marcha para ocultar el peligro que podían representar algunos de esos manuscritos para el cristianismo, e incluso para el judaísmo. El equipo de científicos estaba formado, en efecto, en su mayoría por católicos; incluso fueron muchos los que pensaban que había una implicación del Vaticano. Hoy sabemos que no había nada de todo eso. La sencilla explicación de ese retraso es que el equipo de traductores era muy reducido y no se dedicaba a esta tarea a tiempo completo, debido a las obligaciones académicas que los científicos del equipo habían de atender. También parece que, después de una fase inicial de entusiasmo en torno a este proyecto, muchos acabaron por desinteresarse [7] ».
    En total se descubrieron sesenta mil fragmentos procedentes de novecientos documentos diferentes. Los manuscritos del Mar Muerto representan un inmenso puzle que los expertos están todavía analizando y catalogando.

El contenido y la clasificación de los textos



    Los textos descubiertos en las grutas de Qumrán representan la fuente más antigua y la más abundante de manuscritos religiosos judíos. Aunque la mayor parte están redactados en hebreo, algunos lo están en griego, la lengua culta del Oriente helenizado, y en arameo. La mayoría están escritos sobre pergamino de piel de animal, pero también los hay redactados sobre papiro, el papel obtenido a partir de la planta del mismo nombre, y un ejemplar lo está sobre cobre. La tinta fue fabricada a base de carbón. Si bien algunos manuscritos fueron descubiertos prácticamente intactos, de la mayor parte sólo quedaban fragmentos sueltos. En total se hallaron hasta sesenta mil, la mayor parte deteriorados. Expertos en lenguas antiguas llegaron a la zona para identificar los novecientos textos de extensión variable, de los que en ocasiones sólo quedaba algún fragmento. Estos fueron escritos de derecha a izquierda y sin puntuación, como en el hebreo antiguo. En la gruta uno se descubrieron siete manuscritos intactos, y otros en la gruta once. El resto, prácticamente sólo fragmentos, procede en su mayor parte de la gruta cuatro.
    A los doscientos veintitrés textos bíblicos y apócrifos ya conocidos se sumaron nada menos que quinientos treinta y siete documentos nuevos, que ofrecieron un panorama excepcional sobre el pluralismo del judaísmo antiguo. Copiados entre los años 250 a. C. y el siglo  I d. C., algunos de esos doscientos veintitrés documentos bíblicos revelaron una variedad hasta entonces insospechada de libros sagrados judíos anteriores a la constitución del canon de la Biblia hebrea. Y eso porque sólo teníamos constancia de la existencia de una colección de veinticuatro libros de finales del siglo  I y principios del siglo  II de nuestra era, de gran importancia para las comunidades judías. Los manuscritos y los fragmentos bíblicos descubiertos en las grutas contienen al menos algunos pasajes del Antiguo Testamento, a excepción del Libro de Esther, que precede en varios miles de años a los que integran la Biblia actual: el fragmento más antiguo conocido hasta entonces databa del siglo  X d. C. Los manuscritos del Mar Muerto, algunos con una antigüedad de dos mil años, nos permiten comprender hasta qué punto la Biblia ha ido cambiando a lo largo de tantos siglos de copia y transmisión. Han sido identificadas una veintena de copias del Libro de Isaías. El Libro de los Salmos, del que se han encontrado treinta y nueve copias, conforma uno de los textos más representativos de todos los manuscritos. Se han enumerado hasta veinte copias del Deuteronomio, el más antiguo de los textos del Antiguo Testamento jamás descubiertos, que preceden en mil años a todos cuantos se tenían disponibles hasta ese momento.
    Una de las particularidades más sorprendentes de algunos de los manuscritos viene dada por el hecho de que no figuran en las Biblias actuales. No obstante, muchos son atribuidos a célebres personajes bíblicos, como Moisés y José. Los textos contienen profecías desconocidas de Daniel, Jeremías y Ezequiel; también escritos de José y Judas, así como de otros desconocidos en nuestra Biblia actual, además de salmos ignorados del rey David. El Rollo de Isaías es casi idéntico al Libro de Isaías de la Biblia moderna. Otros textos muestran ligeras diferencias, como una versión del Libro de Jeremías que se distingue por la extensión y el orden del relato. Numerosos salmos presentes en la Biblia son también diferentes, especialmente el noventa y el ciento cincuenta, que siguen otro orden.
    El Rollo del Templo parece ser un suplemento del Pentateuco, que reagrupa los cinco primeros libros de la Biblia actual. El texto se centra en la construcción de un edificio religioso y en los sacrificios rituales. Otros textos tratan del calendario que se utilizaba con fines litúrgicos; los dos principales se basan en el calendario solar y en el lunar, empleado por los sacerdotes judíos de la Antigüedad.
    Ahora bien, entre los manuscritos descubiertos se encuentra el calendario solar, considerado por los redactores de la época como más beneficioso en el plano espiritual. El número de días del ciclo era diferente y los datos obtenidos sobre las fiestas religiosas varían mucho. El calendario lunar es aproximadamente diez días más breve que el solar.
    También se encuentran numerosos textos dedicados a los ángeles, que hacen referencia a un conjunto de himnos y oraciones que aquellos ofrecen a Dios, unas plegarias que también han servido a los hombres para dirigirse a los propios ángeles. Uno de los temas más importantes de estas oraciones hace referencia al templo de los cielos, del que la tierra no es más que un reflejo.
    Los manuscritos abordan las prácticas y los rituales de la comunidad de Qumrán, como las leyes, las normas y los reglamentos. La cuestión era enseñar a sus miembros el camino para llevar una vida conforme a la voluntad de Dios y asegurarse también la salvación cuando llegara el fin del mundo.
    Un texto detalla cómo era la aceptación de los nuevos miembros, los votos y los días de fiesta, e indica también cómo pedir a Dios que bendijera a los miembros de la comunidad, conocidos con el nombre de hijos de la luz , y cómo recitar las maldiciones prometidas a los pecadores, llamados hijos de las tinieblas .
    La doctrina de los dos espíritus hacía una amplia descripción de un hombre poseído a la vez por las fuerzas del bien y las del mal. Los individuos de la comunidad de Qumrán no eran libres de escoger, porque la parte de bien o de mal era establecida por Dios antes de que nacieran y no podía ser modificada. Un individuo podía recibir en el momento de su nacimiento hasta ocho partes de bien y una de mal. Pero también era posible que fuera al revés. Entre estos dos extremos podían darse todas las combinaciones. Para la comunidad era importante poder reconocer estas características en cada uno de sus miembros a fin de separar a aquellos mayoritariamente habitados por el mal. Para ello se recurría a la astrología y a algunas técnicas de adivinación, pero también a la fisiognomonía, que permitía determinar las características del alma a partir de la apariencia física. Estos atributos físicos incluían las protuberancias de la cabeza, el color de los ojos, de los cabellos y de la piel, el timbre de la voz e incluso la forma del cuerpo. La fisiognomonía llegó incluso a ser utilizada para predecir el destino de una persona. En la Antigüedad, la astrología y la fisiognomonía eran vistas como ciencias establecidas.
    El Manual de disciplina trata de los procedimientos disciplinarios que se aplicaban a los miembros de la comunidad de Qumrán, dirigida por un maestro ayudado por sacerdotes, llamados Hijos de Sadoq . El texto aborda las razones de la formación de la comunidad, la manera de reunirla, las reglas y los reglamentos que la regían, y los castigos específicos que debían aplicarse en caso de violación de esas reglas, que iban desde la disminución de la ración alimentaria hasta la expulsión definitiva.
    La Regla de la congregación , anexa a la Regla de la comunidad , describe las disposiciones que debían seguirse durante la aparición del Mesías, entre ellas la preparación militar de la comunidad para el fin del mundo, seguidas de diferentes bendiciones que se glosaban durante los rituales y las reuniones.
    El Documento de Damasco habla de Israel, presenta una breve historia y exhorta a los miembros de la comunidad a la fidelidad religiosa, a fin de ser recompensados cuando llegue el fin del mundo. Expone las reglas con todo detalle y también lo relativo al sabbat , los votos y las consideraciones jurídicas.
    Uno de los pasajes trata de las reglas aplicables a las mujeres y a los niños, y muestra así las diferencias con la parte de la comunidad compuesta por hombres a la hora de adecuarse a la disciplina de la ascesis y el celibato.
    El Rollo de la guerra , descubierto en la gruta uno, evoca el combate entre el bien y el mal que tendrá lugar al final de los tiempos. La cuestión es saber si se trata de un manual práctico destinado a la guerra o de un texto puramente simbólico. La batalla final deberá producirse seis años antes del fin del mundo y el bien acabará triunfando sobre el mal. La Ciudad Santa de Jerusalén será liberada del demonio, y el culto verdadero, restaurado. Esta batalla irá seguida de una guerra de treinta y tres años, al final de los cuales todas las naciones rebeldes serán destruidas.
    Los especialistas han establecido la siguiente clasificación de los textos: manuscritos bíblicos, textos apócrifos y literatura esenia.
    Todos los libros de la Biblia judía canónica, a excepción del Libro de Esther, aparecen representados en la documentación de Qumrán. Se encuentra el Génesis, el Levítico, el Deuteronomio, Isaías, los profetas menores y los Salmos. El Génesis, que explica el origen del mundo, de la humanidad y de los antepasados del pueblo de Israel (Abraham, Isaac, Jacob y José), aparece en Qumrán en diecinueve manuscritos. El Éxodo, que ilustra la salida de Egipto de los israelíes dirigidos por Moisés, está en diecisiete manuscritos. El Levítico, que relaciona las leyes sociales y religiosas confiadas a la custodia de los sacerdotes descendientes de Leví, cuenta con trece copias. Ocho manuscritos presentan el Libro de los Números, en referencia a los censos de las doce tribus de Israel en el Sinaí. También fueron hallados treinta y tres manuscritos del Deuteronomio, segunda ley que recuerda al pueblo de Israel el sentido de sus experiencias en el desierto y la ley divina que debía ser respetada. Los libros de los cuatro profetas posteriores contienen las palabras de los mensajeros de Dios, a saber: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel. Se tienen a este respecto veintiún manuscritos de Isaías, seis de Jeremías, seis de Ezequiel y ocho de Daniel. Los doce profetas menores (Amós, Oseas, Joel, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías) están representados por ocho manuscritos. Los Salmos, poemas cantados para el culto, han sido identificados en pequeños fragmentos de treinta y cuatro copias. Los Proverbios, consejos de sabiduría, aparecen en los fragmentos de tres manuscritos. Las Lamentaciones, que deploran la destrucción de Jerusalén, se presentan entre los restos de cuatro manuscritos. Las Crónicas, frescos históricos, están en un único texto. Los textos deuteronómicos, escritos que no fueron mantenidos por los doctores de la Ley judía a finales del siglo  I de nuestra era en la composición de la lista oficial de los libros santos del judaísmo, están representados por los Libros de Tobías, del Eclesiástico y de la Epístola de Jeremías.
    «Por otra parte —explican Farah Mébarki y Émile Puech—, han sido encontrados en Qumrán apócrifos veterotestamentarios. Estos libros testimonian la rica literatura religiosa de que disponían los judíos en los últimos siglos del milenio anterior a nuestra era. La existencia de algunos era conocida por copias o versiones arameas, griegas, etíopes, latinas u otras todavía existentes que habían sido descubiertas antes de Qumrán. De otros libros, desconocidos antes de los hallazgos en las grutas de Qumrán, la información transmitida era completamente nueva [8] ».
    Estos apócrifos del judaísmo perdidos y descubiertos en Qumrán tienen por nombre: el Libro de los Jubileos, el Libro de Henoch, los Testamentos de los doce patriarcas (entre los que aparecen testimonios de los Testamentos de Leví, de Neftalí, de Judá y de José), el Testamento de Jacob, el Testamento de Qahat, un Apócrifo del Génesis, un Pseudo-Jeremías, los Salmos de Josué, las Visiones de Amram, la Oración de Nabónidas, las Palabras de Miguel, el Libro de los Gigantes, el Nacimiento de Noé, el Pseudo-Ezequiel, el Pseudo-Daniel, el Pseudo-Moisés, la Profecía de Josué, un Apócrifo de Daniel, Jerusalén nueva, los Cuatro Reinos…
    El Libro de los Jubileos aparece en diecisiete manuscritos, compuestos hacia mediados del siglo  II a. C. por sacerdotes, que nos explican la historia sagrada, desde la creación hasta la teofanía del Sinaí. El Libro de Henoch está representado en doce manuscritos. Se trata de un Apocalipsis judío, que se remonta probablemente al siglo  II a. C. El Testamento de los doce patriarcas, obra del siglo  II a. C., recoge las últimas palabras de los doce hijos de Jacob. El Testamento apócrifo de Leví queda recogido en dos fragmentos procedentes de las grutas uno y cuatro. La versión de Qumrán es más larga que la conocida hasta entonces. El Testamento de Neftalí fue encontrado en la gruta cuatro. Este relaciona las palabras de Neftalí, hijo de Jacob, jefe de una de las tribus de Israel. El Testamento de Judá no reunió en Qumrán más que cuatro fragmentos arameos datados en el siglo  I a. C. El autor es uno de los once hermanos de José. Se encontraron en Qumrán cinco pequeños fragmentos en arameo del Testamento de José, que se remontan al siglo  I a. C. El Testamento de Jacob se limita a una única copia de la que sólo han subsistido veinticinco breves fragmentos en arameo. El texto es tanto de naturaleza apocalíptica como testamentaria. El Testamento de Qahat, datado en el siglo  II a. C., se basa en algunos fragmentos recogidos en las gruta cuatro, en los que se reflejan las palabras de adiós de Qahat, hijo de Leví, a su hijo Amram y a su descendencia. Las visiones de Amram es el título de una obra de naturaleza testamentaria en la línea de los Testamentos de Leví o de Qahat. El ejemplar que mejor se ha conservado tiene cuarenta y cinco fragmentos, un Apócrifo del Génesis del año 100 a. C. procedente de la gruta uno. Se trata de una versión novelada del Génesis, en la que se han hecho ampliaciones tales como el relato del nacimiento de Noé. Uno de los pasajes explica el viaje de Abraham y Sara a Egipto. Los Salmos de Josué de la gruta cuatro reúnen himnos desconocidos antes de los descubrimientos de los rollos del Mar Muerto. La oración de Nabónidas, que llegó por primera vez a conocimiento de los expertos, nos habla del rey histórico Nabónidas de Asiria y de Babilonia hacia 555-539 a. C. Las palabras de Miguel son el relato de una visión angelical en la que se menciona al arcángel Gabriel. El Libro de los Gigantes es una obra de la que en las grutas uno, cuatro y seis se han descubierto numerosos fragmentos. El Nacimiento de Noé es un texto arameo del que en la gruta cuatro se han hallado tres copias, y que explica la llegada de un niño que será reconocido como «elegido por Dios» por las señales diferentes en su cuerpo, como una mancha roja en su cabellera. También otros textos apocalípticos han sido reconocidos entre los fragmentos de las grutas, como el Apócrifo de David, el Apócrifo de Moisés, el Apócrifo de Jeremías, el Apócrifo de Daniel, el Apócrifo de Eliseo, las Profecías apócrifas, la Profecía de Josué, las Visiones de Samuel, la Paráfrasis de los reyes, Salmos y oraciones, Cronologías bíblicas, Lamentaciones, Bienaventuranzas, los Cuatro reinos, Las fases de la luna, Horóscopos, Proverbios…
    Entre los textos bíblicos de Qumrán, más de la mitad no han recibido el aval rabínico y, por ello, no figuran en la Biblia hebrea. Son conocidos como apócrifos , ya que no se ha determinado su autenticidad.
    En cambio, algunos de estos textos se encuentran en el canon de la Biblia cristiana del siglo  II de nuestra era. Los católicos los llaman deuterocanónicos , pertenecientes al segundo canon, mientras que los protestantes, retomando la tradición judía, los han rechazado.
    La literatura esenia, que representa un tercio de los textos descubiertos, reúne escritos diversos, comentarios o florilegios, compilaciones o paráfrasis de pasajes bíblicos, oraciones, códigos de disciplina, reglas… Ya hemos mencionado el Documento de Damasco, la Regla de la comunidad, la Regla de la congregación, la Recopilación de los benedictinos, la Regla de la guerra y el Rollo del templo. Igualmente se ha encontrado el Rollo de los himnos, la Palabra de las luminarias, Oraciones litúrgicas, Oraciones para las fiestas, Oraciones para la mañana y la tarde, Acciones de gracias para después de la comida, y Encantamientos y Cánticos del sacrifico del sabbat . Los textos de sabiduría y las Reglas forman otro conjunto de textos esenios, como Instrucción, Vía de justicia, Trampas de la mujer y Ordenanzas. Los Cánticos del sabio son un texto de exorcismo. El único manuscrito de Melquisedec, hallado en la gruta once, sacó a la luz un personaje celeste que realizará la expiación y juzgará en nombre de Dios al final del último jubileo.
    Estos manuscritos son vinculados a la vena literaria de una corriente religiosa radical, separada de la sociedad judía, a la que aquella juzgaba pervertida. Eleazar Sukenik, desde 1949, y sobre todo André Dupont-Sommer, en 1950, relacionaron este modo de vida austera con el de los esenios, descritos por autores judíos como Filón de Alejandría y Flavio Josefo. Posteriormente, esta literatura fue generalmente aceptada como esenia.
    El Rollo de cobre, encontrado en la gruta tres, fue completamente restaurado en Francia en 1993 por los técnicos del laboratorio Valectra de electricidad de E DF (Electricidad de Francia), bajo la dirección del ingeniero Lacoudre. El conjunto, redactado en una lengua hebraica que se parece mucho a un dialecto local, se compone de tres mil caracteres. El contenido señala sesenta y cuatro emplazamientos de Jerusalén y sus alrededores, en los que fueron enterrados numerosos tesoros entre los años 66 y 70 d . C. En el capítulo «El yacimiento arqueológico de Qumrán…» trataremos más ampliamente sobre esta cuestión.
    La pluralidad de las tendencias judías manifestadas en los textos y la diversidad de las escrituras analizadas por los paleógrafos parecen superar la capacidad de un único grupo de copistas. «La idea que se ha abierto paso plantea que todos los rollos de Qumrán y el corpus general sean probablemente el resultado de una aportación de diferentes comunidades de Judea y de Jerusalén —escriben Jean-Baptiste Humbert y Estelle Villeneuve—. Nada impide, en cambio, que fueran esenios. La variedad de los textos sería el testimonio de las diversas tendencias de la secta e incluso de una evolución interna… La cantidad de manuscritos, su dispersión y el cuidado puesto al depositarlos nos hablan en favor de una operación planificada de salvamento, ante el peligro de una amenaza latente o un peligro generalizado. La fórmula responde mejor al clima de crisis y represión que reinaría bajo la ocupación romana antes de la destrucción del templo en el año 70 d . C., si bien algunos intentan asociarla a la segunda revuelta, la de Bar Kokhba, que se produjo en 135. La paleografía y los análisis del carbono 14 no nos ofrecen la precisión suficiente que permitiría resolver el problema [9] ».
    El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto colmó las lagunas dejadas por numerosos relatos bíblicos incompletos y logró que estos tuvieran sentido. Así pasó con el relato del primer Libro de Samuel referido a Nahash, rey de los Amonitas. La historia no adquiere todo su sentido más que después de la lectura del texto de los manuscritos del Mar Muerto, donde se halla la respuesta de Saúl a una llamada de las tribus de Gad y de Rubén, que piden protección frente a los asaltos de Nahash. Tampoco el capítulo 12 del Génesis proporciona ninguna explicación sobre la decisión de Abraham de marchar hacia Egipto desde Canaán; sin embargo, los manuscritos del Mar Muerto relatan que aquel tiene un sueño profético que le anima a realizar su viaje.
    La historia de David y Goliat, que figura en el primer Libro de Samuel, relata en el capítulo 17 el enfrentamiento entre David, un hombre joven, y el gigante Goliat, que medía seis codos y un palmo, es decir, casi tres metros. Ahora bien, en la versión del Libro de Samuel hallada en los manuscritos del Mar Muerto, la altura de Goliat era de cuatro codos (en lugar de seis) y un palmo, es decir, 1,98 metros, una altura más verosímil para un hombre.
    Los manuscritos del Mar Muerto contienen también textos sobre el culto a los ángeles, un tema importante en la mística judía, con su visión del trono divino. La antigua tradición hebraica estipulaba que estos textos debían estar reservados únicamente a las personas mayores de treinta años, porque su lectura podía provocar visiones espontáneas y experiencias místicas. El Libro de Ezequiel explica que este fue transportado hacia los cielos, mientras se encontraba en el exilio en Babilonia junto a otros cautivos. Tuvo una visión del trono divino, que describía en el primer capítulo.



Lectura y datación de los textos



    Alrededor del 20% de los textos del Mar Muerto son de naturaleza bíblica. Otra proporción idéntica está formada por textos no bíblicos cuya existencia ya era conocida antes de ser descubiertos. El resto, un 60%, son textos desconocidos de los que es imposible adivinar el contenido antes de haber reunido todos los fragmentos de un conjunto que en total lo constituyen ochocientos manuscritos. Es como completar un  puzle a partir de un friso desordenado al que le faltan piezas, y otras están repetidas o deterioradas.
    En lo relativo a la descodificación de las informaciones, la primera etapa consiste en disponer los fragmentos bajo el cristal de una mesa de trabajo para examinarlos. A continuación hay que buscar indicios que permitan establecer una relación entre los fragmentos. La mayor parte son pergaminos y papiros. Cada uno de estos papiros, obtenido a partir de la piel de un animal, como la cabra, el buey, el carnero u otros, presenta sus propias características. También se dan variaciones entre las diferentes pieles por su color, su espesor y su textura. Otro dato interesante que debe tenerse en cuenta es el tipo de escritura. La mayor parte de los textos fueron redactados por diferentes escribas y es posible distinguir la letra de cada uno, por ello se asocian los fragmentos en función del tipo de escritura. No es una tarea fácil porque numerosos fragmentos están seriamente deteriorados y muchos, además, son tan pequeños que a veces sólo tienen el tamaño de una uña.
    Las líneas trazadas por los escribas sobre los pergaminos también son un indicio. Los escribas las realizaban sobre los pergaminos de la misma manera que los escolares las hacen sobre sus cuadernos. El espaciado y el número de líneas por página variaba en función del escriba y del texto, y eso nos proporciona un elemento de identificación de los fragmentos. También es posible examinar el trazo y la colocación de las letras para distinguir a los escribas: sobre las líneas, por encima, por debajo o en medio.
    «Una de las ideas más ingeniosas de los investigadores fue sacar partido de los daños sufridos por los rollos, debidos en su mayoría al clima y a los insectos —escribió John DeSalvo—. Los manuscritos no estaban dispuestos planos como en una resma de papel, sino enrollados; en consecuencia, un insecto que haya picado el manuscrito y atravesado el rollo ha dejado tras él una pista en forma de agujeros que ayudan a identificar los diferentes fragmentos. Igualmente, si un rollo colocado en posición vertical resultó dañado por la humedad, es posible seguir las trazas de estos daños para identificar las piezas que formaban los extremos [10] ».
    También es posible identificar los fragmentos procedentes del mismo animal recomponiendo el pergamino con ayuda de los test de ADN . Por otra parte, las fotografías realizadas con infrarrojos permiten destacar las zonas desdibujadas a fin de leer las letras difíciles de distinguir.
    Los métodos informáticos basados en imágenes numéricas, de corrección o de aumento facilitan bastante el trabajo de lectura e identificación.
    Una vez que diferentes fragmentos han sido ensamblados, la siguiente etapa consiste en transcribir el texto correspondiente. El investigador lee entonces el manuscrito y anota en caracteres hebreos estándares las letras que consigue identificar. Los pasajes que faltan o los que resultan imposibles de descifrar se indican mediante corchetes. Este método de transcripción permite comprender claramente y reconocer los escritos. El paso siguiente consiste en traducir el texto a otras lenguas actuales.
    El sistema de etiquetaje de cada fragmento identifica el lugar del que procede. Los fragmentos son clasificados en función de su gruta de origen y numerados siguiendo el mismo procedimiento. Así, 1 Q18 significa que ese fragmento procede de la gruta uno de Qumrán (Q = Qumrán), el número 18 indica que se trata del decimoctavo manuscrito de la gruta uno. Las líneas son numeradas desde la parte superior de la columna hacia abajo.
    Tal como ya hemos indicado, los pasajes que faltan o los dañados son señalados mediante corchetes. Las palabras recuperadas quedan incluidas en esos corchetes, de manera que, incluso si falta texto, el investigador puede deducir qué decía.
    En relación con la conservación de los manuscritos, parece que el primer equipo que se encargó del asunto no tomó las medidas adecuadas en aras a la buena protección de los mismos. Algunos investigadores utilizaron adhesivo para enganchar los fragmentos; otros los dejaron mucho tiempo encima de las mesas a pleno sol; un investigador aplicó esencia de clavo a algunos fragmentos para destacar los caracteres; parece también que algunos fumaban y en alguna ocasión la ceniza cayó sobre los fragmentos en estudio.
    Con la puesta en marcha, en 1991, de un laboratorio de conservación de manuscritos comenzó un lento trabajo de restauración, que incluyó quitar el adhesivo con un escalpelo, eliminar las manchas ocasionadas por la cola o el tabaco y tratar el cuero. Los residuos de adhesivos han desaparecido con la ayuda de métodos experimentales, como disolventes especiales, y la colocación de los fragmentos entre cartones no ácidos. Los papiros, más delicados que la piel, se han beneficiado de un tratamiento muy especial, como es el montaje de los fragmentos sobre papel japonés recortado con la misma forma que aquellos y pegado sobre un cartón no ácido, todo ello colocado entre dos hojas de propileno.
    «Hoy día, el epigrafista ha ganado confort para la lectura en un sentido —escriben Farah Mébarki y Émile Puech—, pero en cambio ha perdido la calidad de lectura que el cristal y los cartones móviles ofrecían.
    »Por ejemplo, con el cristal era posible controlar el reverso de una pieza de cuero para determinar el color, y detectar, si las había, posibles trazas de la tira de cuero que mantenía al principio el rollo cerrado, así como restos de tinta, un complemento textual, etc.; sin embargo, hoy día ya no pasa esto dado que los fragmentos se pegan ahora sobre papel [11] ».
    Tras el recuento de los documentos descubiertos en las grutas, realizado por Jozef Milik y el equipo internacional de expertos durante los años sesenta del siglo pasado, el número ha aumentado en la medida en que se han estudiado, después de revisar el trabajo, fragmentos de partes que por error habían sido atribuidas a un mismo rollo.
    La tinta utilizada en los textos está compuesta por hollín (carbón), aceite y elementos vegetales (agalla de roble, especialmente), a semejanza de las tintas empleadas por los escribas judíos de la Antigüedad. Con muy poca frecuencia se constata la utilización de tinta roja a base de cinabrio (sulfuro de mercurio), que era utilizada para escribir los encabezamientos o para comenzar los párrafos, como lo demuestra una copia del Deuteronomio y un ejemplar del Libro de los Números de la gruta cuatro. Sin embargo, no era esa la regla general.
    Los manuscritos fueron redactados en lenguas y épocas diferentes y su lectura requiere tener formación como paleógrafo. La escritura llamada paleohebrea , propia del hebreo antiguo, destaca en algunos libros del Pentateuco, en el Libro de Job y en manuscritos no identificados, así como en monedas. La escritura judía formal a base de caracteres cuadrados fue utilizada por el hebreo (la lengua en la que fueron redactados los textos bíblicos, los textos apócrifos y las obras esenias), así como por el arameo, lengua semítica emparentada con el hebreo que llegó a ser más popular y de uso más corriente que este desde el periodo persa. Fueron escritos en arameo el Libro de Daniel, textos bíblicos traducidos del hebreo y numerosos textos apócrifos. Algunos manuscritos bíblicos fueron redactados en griego. Además de estas tres lenguas mayoritariamente utilizadas en los manuscritos hay que añadir el latín empleado en las monedas y un sello. Algunos fragmentos nabateos han sido descubiertos en las grutas de Masada y Ein Gedi.
    Antes de que comenzase la datación mediante el radiocarbono, los manuscritos eran datados en función de la tipografía, que había ido evolucionando con las lenguas y los textos escritos. Es posible identificar la época de un documento a partir de la forma gráfica de su escritura. Gracias a una observación atenta de cada tipo de escritura —paleohebraica, armenia o griega—, el experto paleógrafo es capaz de situar el documento manuscrito en un periodo determinado. La grafía evoluciona con el tiempo, por eso durante la lectura de un manuscrito, el paleógrafo presta mucha atención a la ortografía de las palabras y a las características de estas. También pueden revelar errores del escriba. Un tipo de escritura puede ser datada por la presencia de keraias , tipos de ornamentos que pueden encontrarse frecuentemente en el siglo  I d. C.
    La calidad de la lectura de un texto depende del estado de conservación del manuscrito. Hay rollos que han sido descubiertos en un estado relativamente poco deteriorado, como el manuscrito de Isaías de la gruta uno o el Rollo del templo de la gruta once. También hay textos muy fragmentados, con frecuencia hechos añicos, como los de la gruta cuatro. El trabajo consiste entonces en encontrar los fragmentos complementarios entre los trozos desordenados, tal como se hace en un puzle. Las lagunas también pueden ser completadas por acoplamiento con otro ejemplar, por comparación con textos ya conocidos, por deducción a partir de la parte conservada de una palabra antes o después de una laguna, por el significado de una frase antes y después de la rotura, e incluso por el espacio que falta entre dos partes de una misma frase.
    Uno de los métodos más seguros para datar los textos antiguos es el basado en el radiocarbono, llamado datación por el carbono 14 (C14). Esta técnica permite fechar elementos de hasta sesenta mil años, a condición de que contengan átomos de carbono. Este sistema sigue la técnica estándar utilizada para datar los organismos, dado que el átomo de carbono forma parte de la base de la vida. La técnica se basa en la teoría según la cual todos los organismos vivos respiran aire que contiene a la vez átomos de C12, elementos estables y una pequeña cantidad de C14 radioactivo, inestable y cuya radiación decrece de forma regular. Estos organismos absorben regularmente C12 y C14. Este último está presente mientras el organismo se mantiene con vida. Cuando un ser vivo muere, tanto si se trata de una planta como de un animal, deja de absorber C12 y C14, por lo que el isótopo inestable comienza a desintegrarse poco a poco. Su tasa de desintegración viene indicada por su periodo radioactivo (vida media), periodo necesario para que la mitad de los átomos se desagregue normalmente. La vida media del C14 es de 5730 años. Eso significa que, si un organismo contiene cien moléculas de C14 a su muerte, sólo tendrá cincuenta al cabo de 5730 años. Es posible, por tanto, medir esta relación en un organismo y determinar, mediante una extrapolación, la fecha de su muerte; se puede saber, por tanto, cuándo vivió. Así es como los manuscritos del Mar Muerto han podido ser datados. Al estar escritos sobre pergaminos hechos con piel de animales o con papiro, el método de datación con C14 puede ser aplicado fácilmente.
    En 1951, una parte del tejido de lino con el que fueron envueltos los rollos de la gruta sirvió para realizar la datación mediante el carbono 14, de forma que pudieron establecerse fechas que iban desde el año 167 a. C. al 233 d . C. En los años noventa del siglo  XX fue utilizada una técnica, aún más eficaz, llamada de espectrometría de masas por acelerador (S MA ), que permitió realizar una datación con carbono a partir de una pequeña cantidad de material y conseguir mayor precisión y seguridad en el resultado. En esa ocasión, ocho fragmentos de manuscritos permitieron obtener una franja muy aproximada a las fechas esperadas (200 a. C. - 100 d . C.). Los aparatos más modernos destinados a estudiar los manuscritos se basan en las técnicas avanzadas de espectrometría de fluorescencia  X .

El yacimiento arqueológico de Qumrán
    Situado al pie de una abrupta ladera salpicada de grutas, el yacimiento de Qumrán domina la orilla noroeste del Mar Muerto. A cuatrocientos metros bajo el nivel del mar, con un clima cálido y árido, la cuenca del Mar Muerto recorre una región bastante inhóspita, en la que las lluvias son escasas pero numerosos riachuelos, fuentes y torrentes jalonan las dos orillas. De hecho, dada la posibilidad de disponer de riego para el suelo, los hombres se instalaron en el litoral desde el  IV milenio a. C., como testimonian las ruinas de Teleilat el Ghassul en la costa noroeste.
    Formado en el fondo de una fosa tectónica que prolonga el valle del Rift africano, el Mar Muerto debe su nombre al hecho de que ningún organismo vivo resiste su fuerte concentración de sal. Denominado mar de Sal en la Biblia, los griegos y los romanos de la Antigüedad vieron en él el lago Asfaltites por el asfalto natural (betún de Judea) que hay flotando libremente en su superficie. El río Jordán, los grandes wadis y todas las aguas que desembocan en él se evaporan por efecto del calor, mientras que en las orillas se forman concreciones salinas.
    Las investigaciones arqueológicas han demostrado que durante la Antigüedad se establecieron en las orillas oeste y este pequeños establecimientos residenciales y rurales (Ein Gedi, Callirhoe, Ez Zara, Zoara Safi, Ein Feshkha), así como las localidades (Ein el Ghuweir, Ein el Turabeh, Ein Umm Ahmed), más numerosas en el oeste, donde la llanura es más ancha. Los habitantes vivían de la agricultura practicada en los campos irrigados y en los apacibles palmerales. La palmera datilera, perfectamente adaptada a la alta salinidad del agua, crece con facilidad. La arqueología ha confirmado que fue cultivada desde la Antigüedad, hasta el punto de que durante las excavaciones de Qumrán y Masada se han descubierto miles de palmeras cuyos troncos eran utilizados para hacer el armazón de las construcciones, y las hojas, para la techumbre.
    «La naturaleza ofrecía además otros recursos que también aparecen mencionados en los textos: el asfalto, devuelto por el fondo marino, era un monopolio nabateo —escriben Jean-Baptiste Humbert y Estelle Villeneuve—. Una vez obtenido era vendido a los armadores para el calafateo de los barcos y a los embalsamadores egipcios para realizar las momificaciones. La sal y los sulfuros, muy abundantes en las aguas del Mar Muerto, eran enviados a Roma. El bálsamo explotado en las costas proporcionaba esencias a los perfumistas más prestigiosos de Jericó. Los cañaverales, que proliferaban alrededor de los puntos de agua, servían a los artesanos para fabricar cestas y esteras. De todo eso se han encontrado restos en Qumrán, tanto en el yacimiento como en las grutas. Finalmente, las plantas autóctonas de índigo permitían obtener unos tintes de excelente calidad, que fueron utilizados para las cubiertas con que fueron envueltos los manuscritos guardados en las grutas [12] ».
    Los habitantes de Qumrán sabían que instalándose en la región podrían beneficiarse de todos los recursos disponibles. Eso hizo que en las orillas del Mar Muerto se desarrollaran numerosas actividades económicas.
    En la Antigüedad, las orillas del Mar Muerto, recorridas por promontorios rocosos y bordeadas por abruptos acantilados, eran difíciles de recorrer. Desde Jericó, Qumrán era accesible por un sendero que seguía el acantilado y serpenteaba cerca del mar a través del oasis hasta llegar a la fuente de Ein Feshkha. Una vez allí, se llegaba a un cabo imposible de franquear sin tener que escalar. Para llegar hasta Jerusalén después de Qumrán, era necesario ascender el acantilado acudiendo a la utilización de medios que han dejado sus huellas en la escarpada garganta. Durante el recorrido había que hacer una parada en la fortaleza asmonea de Hyrcanión. Para llegar a otros destinos más alejados, el Mar Muerto ofrecía todos los itinerarios posibles.
    Desde Qumrán la orilla estaba a tiro de piedra. A lo largo de la costa había embarcaderos dispuestos en las playas. Anclas descubiertas por el descenso constante de las aguas son el testimonio evidente de que por allí habían circulado navíos. En Khirbet Mazen, a unos cinco kilómetros al sur de Qumrán, se levantaba una elegante edificación que servía para el descanso de los notables y los comerciantes acomodados de la región. Disponía de un dique seco con su rampa de acceso para subir las barcas. Desde allí, el rey Herodes podía ir, en tiempos de Jesús, al oasis enclavado en Callirhoe y a las fuentes de aguas termales para tratarse sus dolores articulares.
    La existencia de navegación a través del Mar Muerto también ha quedado demostrada por los textos de la época. Nabateos y griegos se desplazaban por este mar en barco para recoger las cargas de asfalto natural. Para los romanos también fue una vía que les permitió perseguir a los judíos insurgentes.
    Por tierra o por mar, Qumrán estaba bien conectada con el resto del mundo, pero al estar poco frecuentada podía satisfacer los deseos de las almas solitarias.
    El padre Roland Guérin de Vaux, que realizó excavaciones en la región con algunos prestigiosos arqueólogos, estableció para Qumrán tres grandes fases arquitectónicas, que llamó periodos . El primer periodo, hacia el año 150 a. C., estuvo marcado por la llegada de una primera comunidad, que restauró las ruinas del fortín de la Edad de Hierro (siglos  VIII y  VII a. C.). Poco después, en tiempos de Juan Hircano —Hircano I—, que reinó entre los años 134 y 104 a. C., la comunidad esenia, en pleno desarrollo, consolidó el asentamiento. Las construcciones, al borde de un barranco, consistían en un conjunto de edificios levantados en la parte norte y en una explanada que se prolongaba hasta la terraza situada al sur. En el este, un largo muro separaba esa planicie del centro comunitario. Un edificio cuadrado, flanqueado por una torre en el ángulo noroeste, parece que era la principal construcción de la comunidad, alrededor de la cual había talleres, patios, recintos y aljibes que permitían una organización autárquica. El lugar disponía también de una granja comunal en la fuente de Ein Feshkha. El padre De Vaux estima que debían vivir allí unas doscientas personas de manera permanente, de las que sólo algunas residían en el propio edificio, mientras las demás, a falta de espacio, vivían en cuevas o en tiendas. Sólo se reunían para la celebración de los ritos comunitarios.
    La exigencia de mantener la pureza ritual explica el gran número de pilas para abluciones que había. Se considera que el primer periodo terminó por los efectos de un terremoto acompañado de un incendio en el año 31 a. C.
    También según el padre De Vaux, la secta esenia se retiró a Damasco y no volvió a Qumrán hasta treinta años después. Esta vuelta marcó el inicio del segundo periodo. Los esenios restauraron los edificios e hicieron modificaciones. Cuando los romanos saquearon la región de Jericó en represalia por la revuelta judía del año 68 d . C., el asentamiento fue destruido y las paredes se derrumbaron sobre los muebles. Los esenios, que habían previsto ese peligro, tuvieron tiempo de esconder sus manuscritos en las cuevas más cercanas y en las grutas naturales del acantilado. La comunidad, una vez dispersada, no volvería nunca más a Qumrán.
    Durante el tercer periodo, según el padre De Vaux, una guarnición romana acampó cerca de las ruinas para controlar la región hasta la caída de la fortaleza judía de Masada en el año 73. El enclave sirvió de refugio a los insurgentes de la segunda revuelta judía entre 132 y 135, y ya no fue ocupado posteriormente.
    Los hallazgos descubiertos entre 1951 y 1956 permitieron analizar la vida cotidiana y las actividades públicas de los esenios, tal como las describieron los escritores de la Antigüedad. El padre De Vaux las convirtió en el epicentro de sus investigaciones arqueológicas. En la parte suroeste del edificio principal, aquel situó una sala para la celebración de los consejos de la comunidad. Después, descubrió las instalaciones de carácter doméstico: la cocina, la tintorería, el lavadero. Al sur de la construcción situó el refectorio y una despensa anexa. A una parte y otra del conjunto se encontraban diferentes talleres, como, por ejemplo, los de alfarería, el molino y sus anexos, los hornos y, finalmente, el estanque ritual y las cisternas. Según el padre De Vaux, el piso superior se habría derrumbado durante el incendio de los años 68-69 de nuestra era. Los arqueólogos encontraron entre las ruinas dos tinteros, fragmentos de mesas y una banqueta de albañilería hecha de yeso. El padre De Vaux creyó ver en este piso un taller de escribas, con el mobiliario propio de los copistas que redactaron la mayor parte de los manuscritos hallados en las grutas. Al sur de la construcción principal, otra sala de gran tamaño que tenía el suelo enlucido mostraba unas dimensiones que podían ser muy adecuadas para realizar las actividades comunitarias. Más de un millar de vasijas bien ordenadas fueron reunidas en una sala adjunta: debía de tratarse de un recinto sagrado.
    En el patio norte del recinto, varios cientos de depósitos con huesos de animales aparecieron enterrados a poca profundidad bajo el suelo en recipientes o jarras. El número y la dimensión de los depósitos de agua han contribuido a que creamos que se trataba de una comunidad religiosa muy celosa de la pureza ritual. Un canal recorre todo el enclave para alimentar los estanques. Tardíamente, una presa en la garganta del Wadi permitió aumentar la recogida de aguas, que eran llevadas hasta el enclave mediante un acueducto de cuatrocientos metros de longitud. Para realizar los baños rituales disponían de unos estanques con sus peldaños para llegar hasta el agua. La existencia de numerosos talleres confirma la voluntad de mantener una organización autárquica muy encerrada en sí misma. Un molino preparaba la harina que después una panadería transformaba en pan. Un taller de alfarería proporcionaba los recipientes para lograr una perfecta pureza ritual. La cocina aseguraba allí mismo las comidas en colectividad. Un tinte ofrecía el color deseado para las túnicas rituales y los demás ropajes. Un lavadero servía para lavar las ropas de lino blanco de las que nos hablan los historiadores de la Antigüedad al referirse a los esenios.
    Desde los descubrimientos del padre De Vaux, los restos encontrados aportan las pruebas de que el enclave arqueológico de Qumrán debió de pertenecer a una comunidad esenia. Recordemos que este monje miembro de la orden dominica de los hermanos predicadores, arqueólogo, historiador y exegeta del Antiguo Testamento, dirigía la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén en la época en que fueron descubiertos los manuscritos. Fue el director de la expedición arqueológica de la Escuela que descubrió en Qumrán las grutas y el yacimiento arqueológico, con los equipos de G. Lankester Harding (Jordania), y del Museo Arqueológico de Palestina de la fundación Rockefeller de Jerusalén. Dirigió también la expedición conjunta (la misión francesa de la Escuela que fue financiada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Departamento de Antigüedades de Jordania y la fundación Rockefeller de Jerusalén) a Qumrán para el estudio de las ruinas del yacimiento de las cercanías del Mar Muerto. Encabezó asimismo el equipo internacional formado por siete grandes expertos (Jozef Milik, Patrick W. Skehan, Frank M. Cross, John Allegro, John Strugnell, Jean Starcky y Claus H. Hunzinger, a los que se incorporó también Maurice Baillet) organizado en el año 1953 para preparar la publicación de los manuscritos.
    La excavación de los grandes yacimientos de Judea (Jerusalén, Jericó y las fortalezas de Masada y de Herodión), sin olvidar las orillas transjordanas del Mar Muerto (Callirhoe y Maqueronte), ha permitido descubrir una nueva y considerable documentación que rebate en parte la tesis esenia del padre De Vaux relativa al enclave arqueológico de Qumrán. Así, Norman Golb, profesor de la Universidad de Chicago y autor mundialmente reconocido especializado en el pasado judío, publicó en 1995 una importante obra poniendo en tela de juicio que Qumrán fuese un santuario esenio. Norman Golb creía que más bien se trataría de un fortín con su torre de vigilancia, su muralla y su cementerio. Según él, Qumrán era el centro militar de la resistencia zelote (guerreros judíos) frente a la ocupación romana.

    Los descubrimientos de Norman Golb han servido de inspiración para varios libros y numerosos artículos sobre los rollos del Mar Muerto, los jazares, los prosélitos medievales y la historia de los judíos de Egipto, de Sicilia y de la Francia medieval. Norman Golb recibió, en 1984, la Gran Medalla de la ciudad de Ruán.
    «En 1994 —explica Norman Golb—, un equipo dirigido por el doctor Yizhar Hirschfeld, de la Universidad Hebrea, descubrió un yacimiento poco conocido situado a 3,2 kilómetros al norte de la ciudad de Cesárea, cerca de la costa mediterránea. Este enclave, conocido con el nombre de Horvat Eleq (“ruina de las sanguijuelas”), es uno de los grupos de construcciones antiguas que ocupaban las alturas imponentes de Ramat Hanadiv, desde donde se puede disfrutar de una vista panorámica que va desde la llanura de Sharon hasta las colinas de Samaria. Las cuatro campañas de yacimientos llevadas a cabo permitieron descubrir pruebas suplementarias sobre la naturaleza secular y no religiosa de Qumrán.
    »El equipo descubrió una plaza fortificada típica, semejante a las mencionadas por Josefo en el Libro de los Macabeos . Durante la conquista de Judea, los asmoneos construyeron unas cuantas decenas de fortalezas por todo el país, cuya función era, en primer lugar, defender los poblados frente a posibles invasiones enemigas, pero también mantener el control en toda la región, la seguridad de las rutas y los transportes, así como el orden público.
    »Los principales elementos descubiertos en las excavaciones realizadas en el yacimiento fueron los restos de una enorme torre fortificada, cuyos muros exteriores tenían más de un metro de grosor, y un conjunto de estancias situadas hacia el este de aquella. El parecido arqueológico entre los dos enclaves, Qumrán y Horvat Eleq, es innegable. Los dos disponen de una torre fortificada provista de salas en el subsuelo y de un muro de piedra, así como de estancias en las cercanías. En Qumrán también se descubrieron diferentes conjuntos de estancias a ambos lados de la torre. El estudio comparativo de los hallazgos arqueológicos demuestra que Horvat Eleq y Qumrán no eran las únicas fortalezas de Palestina, sino que habría que añadirlas a un conjunto de fortalezas similares [13] ».
    Arqueólogos belgas, como Pauline y Robert Donceel, afirman que el yacimiento de Qumrán debió de ser un antiguo enclave de elaboración de objetos, según el modelo de la villa rústica descrito por el arquitecto romano Vitrubio.
    A partir de los restos de un horno del tipo al baño María descubierto en el barrio artesanal y la existencia de frascos de vidrio, afirman que el enclave estaba destinado al cultivo del balsamero (árbol que da el opobálsamo o bálsamo de la Meca) y la preparación de perfumes. El scriptorium no sería, según ellos, más que un comedor. Continuando con la idea de una villa rústica, Yizhar Hirschfeld, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, situó allí la segunda residencia de un noble judío, sin duda de Jerusalén, por el hecho de que el material arqueológico hallado sería demasiado lujoso para ser de carácter religioso.
    Dos australianos, Alan Crow y Lean Cansadle, han hablado, por su parte, de las instalaciones de Ein Feshkha como de un establecimiento de exportación de cristal a Arabia, con sus almacenes, su paseo y su posada, que se hallaba más elevado en la llanura en Qumrán. Más recientemente, dos investigadores israelíes, Yitzhak Magen y Yuval Peleg, insistieron en la gran cantidad de vasos hallados en el yacimiento y redujeron el enclave a una factoría de alfarería con sus hornos, sus estanques de decantación y su almacén. Alegando el origen no qumránico de los manuscritos, estas interpretaciones rechazan los vínculos entre las grutas y el yacimiento, y niegan la identificación de los habitantes de Qumrán con los esenios.
    «Resulta que Qumrán —escriben Jean-Baptiste Humbert y Estelle Villeneuve— no tiene nada de fortaleza inexpugnable, que el vidrio no es más abundante aquí que en cualquier otro enclave, que los descubrimientos, muy modestos, no pueden ser presentados como aristocráticos, al igual que tampoco la ruta de Arabia pasa por el Mar Muerto; finalmente, tampoco la disposición espacial de las estancias es la de un taller de alfarería [14] ».
    Jean-Baptiste Humbert es responsable del Departamento de Arqueología en la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén, donde reside desde 1969. Participó en las excavaciones de Susa, en Irán, y dirigió los descubrimientos de Tell Keisan, en Galilea, de Khirbet Samra, de la ciudadela de Ammán y del palacio de Mafraq, en Jordania. Además de la publicación de las excavaciones del padre De Vaux en Qumrán, dirigió las de Gaza, en cooperación con las autoridades arqueológicas palestinas.
    Estelle Villeneuve es arqueóloga, diplomada en las universidades de Lovaina y de Paris-1-Sorbonne. Ha sido becaria de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras de la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén y ha participado en numerosos talleres arqueológicos en Jordania, Siria y Líbano. Investigadora asociada a la unidad mixta de investigación de Arqueologías y Ciencias de la Antigüedad de la Casa de Arqueología René-Ginouvès de Nanterre (Francia), colabora regularmente en la revista Le Monde de la Bible .
    Gracias a estos dos reconocidos autores y a otros investigadores se asiste a una nueva interpretación del enclave de Qumrán. Tras recuperar los datos procedentes de las excavaciones a la luz de los progresos de la arqueología desde 1960, los especialistas de la Escuela Bíblica han revisado la interpretación del padre De Vaux. Si bien su examen confirma la dimensión religiosa y verdaderamente esenia del enclave, la ocupación no es tan antigua como pensaban los primeros investigadores. Lo que hoy día conocemos de la arquitectura aristocrática del Oriente helenístico nos permite distinguir en la estructura cuadrada del patio central de la principal construcción una estancia patricia con restos esparcidos de una decoración monumental y numerosas monedas de Alejandro Janneo (104-75 a. C.). La ocupación habría sido por tanto laica, asmonea y quizá principesca si esta casa con su oasis formaba parte de la fortaleza de Hyrcanión, situada a una hora de marcha.
    Se sabe que una casa helenística ocupaba el espolón margoso de Khirbet Qumrán durante el periodo de los reyes asmoneos, sin duda la residencia del dueño de la propiedad agrícola que se extendía más abajo, hasta la orilla del Mar Muerto. Con una anchura de treinta y siete metros, disponía de un patio anexo y una cisterna. Su fachada principal, abierta al norte del barranco que desciende hacia el oasis, estaba flanqueada por una torre destinada a la vigilancia. Los esenios remodelaron este conjunto, especialmente en su parte sur, para instalar cisternas y baños rituales, y añadir algunos anexos acordes con las necesidades de sus piadosas actividades. Destruida hacia mediados del siglo  I a. C., la casa restaurada habría acogido a los primeros esenios, pero no antes de Herodes (37 a. C.).
    Se conoce, sin embargo, que los manuscritos descubiertos en las grutas de los alrededores no proceden de un solo grupo judío religioso sino de varios.
    No obstante, la función religiosa del enclave ha quedado demostrada, gracias al reciente examen de los vestigios y de las excavaciones arqueológicas que han aportado las pruebas definitivas.
    La orientación del recinto norte corresponde a la de Jerusalén: debía de ser el espacio al aire libre en el que los fieles se reunían para rezar, vueltos hacia el templo. La muralla, de varios kilómetros, que salía de Qumrán y unía el oasis hasta Ein Feshkha, sería la tapia simbólica de un espacio reglamentado, en cuyo interior estaba permitido circular el sábado (el sabbat ), a fin de que los miembros de la comunidad religiosa no quedaran aislados del campo y de la fuente. La sala donde el padre De Vaux veía un refectorio para la comida sagrada habría correspondido al rito judío anual de la ofrenda de las primicias. La sala vecina donde se encontraba apilada con cuidado la vajilla estaba amurallada, fuera para interrumpir el rito en beneficio de un culto más espiritual, fuera para evitar una profanación. Los depósitos de osamenta de animales enterrados serían los restos de las comidas sagradas, quizá correspondientes a la pascua judía.
    La arqueología moderna sugiere la existencia de un centro de culto judío, abierto y múltiple, no encerrado en sí mismo. La comunidad esenia era, sin embargo, la más importante, dado que los autores antiguos Plinio el Viejo y Dion Crisóstomo situaron los grupos esenios en la orilla oeste del Mar Muerto. El lugar ofrece, según Flavio Josefo y Filón, el marco adecuado para todo aquello que sabemos de la vida esenia.
    A propósito de los depósitos de huesos descubiertos en el patio norte del enclave, Filón y Plinio afirman que los esenios estaban «dedicados al servicio de Dios sin sacrificar animales». Sin embargo, Josefo hablaba de lo contrario. Es posible, pues, que estas menciones contradictorias señalen una evolución de la comunidad esenia, orientada hacia una forma religiosa menos sangrante y más serena, lo que la presencia del depósito de vajilla litúrgica ilustraría especialmente.
    A unos cuarenta metros al este de las ruinas se encuentra, en la llanura, un importante cementerio que llega hasta la pendiente y que sorprendió a los arqueólogos por su sobriedad y su estricta organización. Esta sobria religiosidad del lugar parece tener relación con la presencia de esenios. Norman Golb ve allí, por el contrario, un cementerio militar de los zelotes caídos en la región de Qumrán durante la primera revuelta judía contra el ocupante romano. Posteriormente han sido descubiertos dos cementerios del mismo tipo, que ofrecen objetos similares. El primero se encuentra en la periferia de Jerusalén, en Beit Safafa, cerca del barrio donde habrían vivido los esenios. El segundo, en Khirbet Qazone, en la orilla oriental del Mar Muerto, se sitúa en territorio nabateo. El tipo de enterramiento de Qumrán no sería por tanto únicamente propio de los esenios, sino que habría acogido a judíos de diferentes comunidades religiosas. La existencia de algunas sepulturas femeninas también demuestra que los esenios no eran contrarios a la presencia de las mujeres. En el año 1990, la filósofa norteamericana Linda Bennett denunció una visión demasiado machista del esenismo y rehabilitó el papel de las mujeres en Qumrán, a partir del hecho de su presencia en el cementerio. El antropólogo israelí Joe Zias defiende, en cambio, el celibato esenio de Qumrán al demostrar que los esqueletos femeninos pertenecen a intrusiones beduinas tardías.
    Dos kilómetros al sur de Khirbet Qumrán, cerca de la fuente de Ein Feshkha, en el límite de las aguas saladas del Mar Muerto, se levantan los restos de un conjunto de construcciones cuyo origen todavía se está discutiendo. La alfarería es idéntica a la de los esenios del enclave. Una muralla de piedra en seco que se prolonga hacia el noreste en dirección a Qumrán parece reunir los dos establecimientos en un único territorio agrícola que ocuparía una tierra bien irrigada y con un amplio palmeral. El edificio principal, de forma rectangular, era una casa helenística con estancias dispuestas alrededor de un patio central, en la que un tramo de escalones conducía a las terrazas. En el amplio recinto que se extendía hacia el suroeste de la casa había un cobertizo de treinta metros de longitud y abierto por el sur, donde los pilares soportaban un alero. La instalación parecía aprovechar el sol para crear una sombra, lo que parece sugerirle al padre De Vaux que podía tratarse de un secadero de dátiles, instalación muy habitual en los palmerales. En el recinto norte de la construcción central, un conjunto de estanques y cubas era surtido por una fuente ya seca en nuestros días. El conjunto disponía de una alimentación de agua y de un pozo para recoger alguna materia no identificada. El padre De Vaux pensaba en la existencia de una tenería o una curtiduría para la preparación de pergaminos. Dos importantes tambores monolitos cercanos a los estanques habrían servido para tratar las pieles. Se ha sabido después que esta instalación era una industria textil que habría contribuido a la salvaguarda de los manuscritos.
    Además de las once grutas con manuscritos descubiertas en Qumrán, otras veintiséis cobijaban diversos objetos, algunos de cerámica. Las jarras que contenían manuscritos y las tapaderas eran con gran diferencia las más numerosas y las que con más frecuencia aparecían rotas. También aparecieron otros objetos útiles, como vajillas domésticas, lámparas, huesos de dátiles, fragmentos de telas y de cuerdas, esteras y fundas de filacterias (pequeñas cajas de cuero que llevaban sobre la cabeza con los brazos y que guardaban pequeños rollos en los que habían escrito breves pasajes religiosos). Las estrechas cavidades abiertas en los acantilados eran manifiestamente impropias para ser habitadas y contenían pocos objetos. Las cuevas naturales de los acantilados sí que sirvieron, en cambio, como almacén. Las pértigas de madera descubiertas en una de las grutas serían los montantes de un telar vertical. Nuevas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo durante los años noventa del siglo  XX por investigadores israelíes no aportaron nuevos datos que avalasen la existencia de hábitats en las grutas ni tampoco de campamentos cercanos al lugar. Desde entonces se cree que estas no sirvieron más que de refugio ocasional para los combatientes de Bar Kokhba durante la segunda revuelta judía contra el ocupante romano.
    Preparados con vistas a una prolongada permanencia en las cuevas, los manuscritos fueron protegidos contra la humedad, los roedores y los insectos, por lo que fueron enrollados y envueltos en una funda protectora y colocados en jarras. También fue necesario darles una forma de identificación.
    Ciento cincuenta trozos de tela y más de un centenar de jarras han sido descubiertos en casi todas las grutas, incluidas aquellas en las que no se han descubierto manuscritos.
    Los manuscritos fueron enrollados cubiertos con una primera tela rectangular de lino de un solo color y después con otra igual colocada en diagonal. La funda exterior se encontraba decorada con motivos geométricos teñidos con índigo. Los análisis han mostrado que el tinte utilizado era de una alta concentración, tanto que al menos requería cien kilos de tinte por cada kilo de fibras. Cada tela presentaba una disposición propia hecha a base de rayas o de rectángulos azules, de manera que creaba combinaciones únicas. La variación de los motivos respondería a un código específico creado para identificar los manuscritos en su propia funda. Sin embargo, no todos los manuscritos dispusieron de una protección tan eficaz. El tinte de lino comprendía una mezcla de fibras animales y vegetales, pero el fraude más habitual consistía en teñir lana en lugar de lino.
    Una vez cerrados en su funda textil mediante cintas de cuero, los rollos eran depositados en jarras de dos tipos: unas eran altas y cilíndricas, y otras, más bajas, ligeramente ovoides y dotadas de tres o cuatro pequeñas asas. La conservación de los manuscritos en jarras de tierra cocida ya se citaba en la Biblia, y no se sabe que hubiera que seguir ninguna norma legal para su fabricación. A continuación el cuello de la vasija era obturado con una tapadera. Los textos así protegidos quedaban preparados para resistir agresiones externas de todo tipo.
    «Uno de los métodos empleados para la datación de los manuscritos del Mar Muerto consiste en analizar y fechar los objetos descubiertos en las ruinas de Khirbet Qumrán —escribe John DeSalvo— suponiendo, evidentemente, que exista una vinculación entre la comunidad de Qumrán y los manuscritos descubiertos en las grutas. Recipientes de arcilla y fragmentos de estos están entre los objetos más numerosos descubiertos en las excavaciones. Se han encontrado especialmente jarras, vasos y platos probablemente utilizados para beber, comer y cocinar [15] ».
    Algunos de los objetos hallados en el enclave también pueden ser datados mediante el carbono 14. Entre ellos se encuentran boles, peines y cajas.
    También se han encontrado numerosas piezas de lino, algunas de ellas envolviendo manuscritos, además de filacterias, cestas, elementos de piedra e incluso monedas acuñadas entre los años 130 y 125 a. C. El único estilete encontrado en Qumrán (tintero de bronce) guardaba todavía trazas de tinta seca. Se trataba de una herramienta para que escribieran los copistas. La tinta era preparada a base de polvo de carbón y de goma.
    Uno de los primeros arqueólogos que exploró el sitio de Qumrán fue el pastor inglés Henry Baker Tristram (1822-1906) . Entre 1858 y 1872 viajó varias veces a Palestina para buscar el emplazamiento de las antiguas ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra. Tristram no halló prueba alguna de una posible relación entre ambas ciudades y el enclave de Qumrán.
    Entre 1872 y 1873, Charles Clermont-Ganneau (1846-1923) , un célebre arqueólogo francés, exploró diferentes enclaves de Palestina. Exhumó diversas tumbas descubiertas en las cercanías de Jerusalén, así como una situada en el enclave de Qumrán. Sin embargo, no exploró las cuevas de los alrededores y estimó que el lugar no revestía gran importancia histórica. De hecho, el enclave no suscitó ningún interés durante el siguiente siglo y medio.
    Como resultado de las recientes exhumaciones, los investigadores estiman hoy, tras descubrir tres estratos distintos, que el lugar conoció tres ocupaciones diferentes. Gracias a la identificación de piezas de alfarería, monedas y otros objetos, los arqueólogos están hoy en condiciones de asignar fechas a los diferentes estratos descubiertos en los que han aparecido distintos objetos. Creen que el primer periodo de ocupación, llamado fase israelí , se produjo entre los siglos  VIII y  VII a. C., es decir, hacia finales del reino de Israel. El segundo periodo, conocido con el nombre de fase comunal , correspondería en opinión de muchos especialistas a la etapa de ocupación de los esenios, que terminó en el año 68 d . C., con la destrucción del enclave por los romanos. Parece que el ejercito romano instaló allí un destacamento antes de abandonar el lugar en torno al año 73 d . C. El enclave se mantuvo sin ser ocupado cerca de sesenta años.
    El tercer y último periodo, llamado fase de la segunda revuelta , duró entre los años 132 y 135 d . C. Los judíos habrían encontrado allí refugio para escapar al ejército romano durante la represión de la segunda revuelta judía. Vamos a detenernos ahora en el segundo periodo, la fase comunal, correspondiente pues, en opinión de numerosos especialistas, a la etapa de ocupación de los esenios.
    El descubrimiento de los cementerios de Qumrán representa un hecho histórico importante. Tres cementerios habrían sido utilizados por los esenios. El principal, el más grande, situado al este del enclave, tiene mil doscientas tumbas. Otros dos cementerios de dimensiones más modestas también han sido exhumados, uno al norte del enclave y el otro al sur, cada uno de ellos con no más de cincuenta tumbas. El padre De Vaux descubrió los primeros esqueletos en los cementerios de Qumrán entre 1949 y 1955. Entre 2001 y 2002 se cartografió finalmente la zona, pero no se encontró ningún objeto o bien personal cerca de los restos óseos hallados en las tumbas. Cada una de las tumbas estaba recubierta de una losa de piedra. Las autopsias han revelado que la mayoría de las personas inhumadas tenían cuando murieron una edad cercana a los cuarenta años. La mayor parte eran hombres, si bien en algunas tumbas exhumadas se encontraron cuerpos de mujeres y de niños.
    Investigaciones más recientes nos indican que en realidad existen seis cementerios y no tres, que corresponden a las secciones norte y sur del cementerio principal, a las extensiones norte, central y sur, y a otro ubicado en la colina norte.
    Examinemos más en detalle las once grutas en las que fueron encontrados los textos y fragmentos de objetos. La gruta uno contenía once manuscritos intactos, jarras de barro cocido y trozos de recipientes, así como fragmentos dispersos de manuscritos. Parece que permaneció inviolada hasta 1947. Habría sido sellada en los años sesenta después de Cristo.
    En ella se encontraron cincuenta jarras. Las reconstrucciones efectuadas a continuación permiten suponer que esa gruta llegó a albergar al principio no menos de ochenta manuscritos intactos. Nadie sabe qué ocurrió con una parte de ellos. Se cree que los beduinos pudieron utilizarlos en sus campamentos para encender fuego o quizá los vendieron en el mercado negro. También es posible que algunos quedasen desintegrados por las propias condiciones climáticas, la erosión o que fueran destruidos por la acción de algunos insectos.
    La gruta dos, descubierta en el año 1952 por los arqueólogos, contenía algunas jarras rotas hechas de barro cocido, así como fragmentos de unos cuarenta manuscritos, de los que la mayor parte eran textos bíblicos, mientras que otros eran extractos de los evangelios apócrifos.
    La gruta tres también fue descubierta por los arqueólogos en 1952. En ella se encontraron fragmentos de treinta jarras rotas y de veinticinco manuscritos. Sin embargo, dio lugar, además, a un descubrimiento excepcional que alcanzó gran resonancia mundial, ya que hablamos del único Rollo de cobre descubierto en las grutas, cuyo contenido correspondía a un verdadero mapa del tesoro, porque señalaba sesenta y cuatro lugares de Palestina donde habían sido escondidas importantes cantidades de oro y plata. El Rollo de cobre quedó partido en dos durante la excavación. Contenía un texto redactado en hebreo que había sido grabado sobre el cobre a base de martillo y buril. En total sumaba más de tres mil caracteres hebreos. Resultó muy difícil desenrollarlo sin que se rompiera o se descompusiera. Fue tan complicado que abrirlo representó varios años de trabajo. Para lograrlo y poder leer su contenido fue preciso recortarlo en partes, una tarea que fue acabada en 1956 en el Instituto de Tecnología de Mánchester, en Gran Bretaña. Los especialistas consiguieron dividirlo en veintitrés franjas estrechas y ligeramente curvas gracias a la utilización de una sierra circular. Cuando por fin pudo ser leído y traducido, se vio que señalaba sesenta y cuatro emplazamientos de Jerusalén y sus alrededores en los que habría unas veinticinco toneladas de oro y sesenta y cinco de plata. Se trata del único Rollo de cobre descubierto y no corresponde a ningún sistema de clasificación. Fue redactado en una lengua hebrea diferente a la de los otros manuscritos del Mar Muerto. Podría quizá tratarse de un dialecto local que presenta una escritura única, en la que algunas palabras están escritas de una manera inesperada.
    «Parece improbable —escribe John DeSalvo— que los esenios, secta ascética que había renunciado a las posesiones temporales, pudieran disponer de semejante tesoro. Algunos creen que podía tratarse del tesoro del templo de Jerusalén, que habría sido escondido antes de que los romanos entrasen en la ciudad y la destruyesen entre los años 66 y 70 d . C. Pero si este tesoro era el del templo, ¿por qué la secta de Qumrán recibió el mapa a fin de ocultarlo entre sus manuscritos? Diferentes preguntas quedan todavía por aclarar y numerosas hipótesis han sido ya avanzadas hoy por hoy [16] ».
    Algunos investigadores piensan que se trata de simple ficción. El mapa no sería más que un elemento de una novela sobre un tesoro enterrado. Otros creen, por el contrario, que este mapa conduce a un tesoro que espera todavía ser descubierto. Se trata de un mapa que se muestra preciso en la medida que indica emplazamientos específicos (tumbas, estanques, subsuelo, etc.), el contenido exacto del tesoro y la profundidad a la cual está enterrado. En su conjunto, el texto enumera especialmente los tres lugares principales en los que está enterrada la mayor parte del tesoro, a saber, Jerusalén, Jericó y sus alrededores, sin olvidar la zona del Mar Muerto. Además de oro y plata, el tesoro se compone de jarrones, ropajes sacerdotales y diferentes piezas de mobiliario procedentes del templo de Jerusalén. El sexagésimo cuarto y último escondite mencionado no contendría ningún tesoro, sino una copia del Rollo de cobre que daría otras informaciones y medidas relacionadas con el emplazamiento del tesoro. Algunos investigadores creen que sería necesario poseer los dos mapas para encontrar el tesoro. También puede suceder que el segundo mapa sea necesario para descifrar el primero.
    El tesoro fue muy especialmente buscado por John Allegro (1923-1988) , epigrafista inglés de la Universidad de Mánchester y miembro del equipo internacional encargado de la publicación de un conjunto de manuscritos de la gruta cuatro. También escribió numerosas obras sobre los manuscritos del Mar Muerto. En 1953 se incorporó a un equipo encargado de estudiar los manuscritos, en el que permaneció hasta 1970. Fue uno de los miembros más controvertidos del equipo y puso en duda las teorías ortodoxas y tradicionales con relación a los manuscritos. Declaró que el retraso en la publicación de los manuscritos fue debido a una conspiración del Vaticano, tesis que fue ampliamente rechazada a continuación por los más importantes especialistas y la propia Iglesia. Persuadido de la existencia de ese tesoro escondido, puso en marcha una expedición en 1962 que logró tener una amplia cobertura mediática. Investigó documentos y objetos que pudieran informar sobre el lugar en el que se encontraba el tesoro, pero la búsqueda no dio nunca resultados, si bien fueron identificados algunos emplazamientos potenciales.
    El descubrimiento del Rollo de cobre constituye sin embargo un cuestionamiento de la tesis oficial, según la cual los esenios de Qumrán habrían estado en el origen de la ocultación de los manuscritos en la gruta y de la redacción de algunos de ellos. Parece del todo improbable que fueran los propietarios del tesoro evocado en los rollos porque ha sido aceptado por todos que esta comunidad religiosa había renunciado a toda posesión material. Si esta historia del tesoro escondido es real, ¿de dónde procede y por qué fue ocultado? Es posible que un grupo que estuviera en posesión del tesoro pidiera a la comunidad de Qumrán que escondiera el mapa en una de las grutas. Las posibilidades son muchas y los hechos establecidos más bien escasos.
    Algunos investigadores creen que la ocultación descrita en el Rollo de cobre remite al templo de Jerusalén, y que el conjunto fue ocultado ante el previsible pillaje y destrucción de la Ciudad Santa por el ejército romano en el año 68 d . C. Esta hipótesis parece probable, porque el templo de Jerusalén representa el único lugar adecuado para depositar tal cantidad de oro y plata en esa época. Otro indicio es que algún mobiliario específico del templo de Jerusalén figura en la lista del tesoro.
    Algunos especialistas estiman que los sacerdotes del templo de Jerusalén ocultaron el tesoro en los sesenta y cuatro emplazamientos mencionados y elaboraron un mapa de cobre a fin de que pudiera ser recuperado posteriormente. Aquellos habrían ocultado personalmente el Rollo de cobre en la gruta tres o habrían pedido a la comunidad de Qumrán que lo hiciera por ellos. Esta interpretación contradice, sin embargo, el hecho de que la comunidad esenia habría estado en profundo desacuerdo con los sacerdotes del templo de Jerusalén. No olvidemos que el templo de Jerusalén cumplía funciones de banca y que muchas personas y mercaderes ricos tenían la costumbre de depositar allí sus bienes de valor. Estimaciones realizadas en torno al año 1960 cifraron el valor actualizado del tesoro en casi un millón de euros. No obstante, el problema más importante de esta tesis reside en que los dos grupos no se tenían demasiada simpatía: los esenios consideraban a los sacerdotes de Jerusalén funestos y apóstatas. ¿Por qué tenían que ayudarse mutuamente? Sin embargo, es posible que ambos unieran sus fuerzas para combatir al enemigo común, los romanos, más peligroso, sin duda, que sus propias discrepancias.
    Los fragmentos del Rollo de cobre se conservan y están expuestos en una vitrina de cristal tapizada de terciopelo, concebida para esta finalidad por el Museo Arqueológico de Jordania en Ammán. El Rollo de cobre continúa, sin embargo, oxidándose poco a poco, especialmente en los puntos en los que fue cortado con la sierra circular.
    «Parece poco probable —escribe John DeSalvo— que este mapa del tesoro no sea más que pura ficción. El cobre era, en efecto, un material muy caro, con mayor razón cuando para realizarlo se habría utilizado cobre muy puro. Grabarlo con martillo y buril representaba además para la época una tarea larga y costosa. Finalmente, la descripción extremadamente precisa de los emplazamientos da la impresión de que se trata, aunque parezca imposible, de un auténtico mapa del tesoro. Si esta historia no era más que una ficción, ¿por qué alguien se tomó la molestia de esconder el rollo en una gruta donde sólo sería encontrado una vez que hubieran pasado bastantes generaciones, incluso miles de años? El hecho de que este mapa fuera grabado en cobre y no dibujado en un pergamino o en un papiro indica además que el autor quería que se conservara mucho tiempo. Todos ellos son elementos que permiten suponer que este mapa es auténtico [17] ».
    El autor de estas líneas anteriores no es un don nadie. John DeSalvo es director de la Asociación de Investigación de la Gran Pirámide de Giza, que se dedica a poner a disposición del gran público los recientes descubrimientos relativos a la Gran Pirámide. Desde hace más de veinte años es vicepresidente de A SSIST , una asociación de universitarios dedicados a estudiar el sudario de Turín. Este antiguo profesor de enseñanza superior ha publicado un conjunto de obras sobre diferentes temas, entre otras el best seller Decoding The Pyramids . Ha mostrado mucho interés por los manuscritos del Mar Muerto y trabaja regularmente también como locutor radiofónico.
    Volviendo a la cuestión de las grutas, la número cuatro fue descubierta en 1952 y resultó ser la que ocultaba el mayor número de fragmentos de manuscritos. En primer lugar fue explorada por los beduinos, que deseaban vender los textos en el mercado negro. Se estima, sin embargo, en quinientos sesenta el número de manuscritos originales encontrados.
    Los arqueólogos consagraron más de seis años a retirar todos los fragmentos que todavía quedaban en esta gruta.
    Una quinta gruta fue también descubierta por los arqueólogos en el año 1954. En ella se encontraron fragmentos de unos treinta manuscritos en muy mal estado.
    La gruta seis, hallada por los beduinos, ofreció fragmentos de unos treinta y cinco manuscritos. En las grutas siete, ocho, nueve y diez sólo fueron descubiertos algunos fragmentos. El rollo más largo fue encontrado en la gruta once; se trataba del Rollo del Templo. Durante mucho tiempo escondido por Sahin, el zapatero anticuario de Belén, fue recuperado por las autoridades israelíes en 1967.

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