Javier Gomá «La dignidad es aquello que compensa el peso de vivir»



Con el suculento título ‘Fuera de carta. Degustaciones filosóficas’ (Galaxia Gutenberg), el filósofo Javier Gomá (Bilbao, 1965) propone treinta y tres reflexiones vivificantes, nutritivas, capaces de abrir el apetito intelectual y sentimental al comensal más abúlico. Con su estilo característico (pulcro, ágil, con su pizca de humor) estas lecturas invitan a madurar ciertas cuestiones cotidianas de enorme trascendencia, cuya adecuada digestión mejorará nuestra lucidez

Esther Peñas

 El asunto que le traigo para abrir la conversación aparece hacia el final del libro. Usted asegura que el mundo se divide entre quienes tienen humor y los que no. Y dentro del humor, especifica, el humor absurdo. ¿Está por encima de otros, como el surrealista, el irónico, el negro, el sarcástico, el naíf…?

Todas las formas del humor me gustan. Por eso que digo que el humor es una forma de tomarse vacaciones de la realidad. La realidad es demasiado seria, puesto que aspira a un destino fúnebre y, si uno se lo tomara demasiado en serio, nuestra existencia estaría probablemente abrumada por esa seriedad. Por eso necesitamos tomarnos vacaciones. El humor en general sirve para tomarse vacaciones de la realidad, incluyendo las vacaciones de uno mismo, porque uno tiende a ser enfático, a ser solemne con su propia vida, como es natural, es la única que tiene, pero eso mismo a veces la hace difícil de sobrellevar, es un peso demasiado duro.

Lo que ocurre respecto de los distintos tipos de sentido del humor que mencionas, es que veo que hay uno que divide a la gente y es el humor del absurdo. Veo mucha gente, incluso gente muy inteligente, muy culta, incluso, a la que no le produce risa este tipo de humor, a la que no le produce esa especie de relajación de la tensión que causa decir o escuchar algo absurdo. Por eso me produce complicidad una conversación con alguien que sí que participa de ese humor del absurdo.

«El humor en general sirve para tomarse vacaciones de la realidad»

Habla, en una de estas recomendaciones fuera de carta, de la importancia de alimentarse bien, de leer libros que perfeccionen la interpretación del mundo. Al mismo tiempo, hay partes del mundo cuyo dolor invitan a uno a tomarse unas «vacaciones de la realidad», como acaba de apuntar. ¿Cuándo conviene tomárselas?

Hay que observar dos cuestiones, la realidad y la actualidad. Actualidad es aquello que nos tiene más o menos entretenidos durante un rato, y realidad, aquello que nos concierne siempre. En uno de los ensayos de este libro, cuento la historia de un letrado que conocí cuando yo trabajaba en el Consejo de Estado, que me contó su costumbre de leer los periódicos al día siguiente. Es decir, el martes, por ejemplo, leía el del lunes. Me decía que, con el mero transcurso de 24 horas, el 50, el 60 o el 70 por ciento de las noticias habían perdido su relevancia. En consecuencia, uno había dedicado ese tiempo en leer algo que no mantiene su vigencia ni siquiera 24 horas. Soy amigo de prescindir de la espuma de la actualidad para ir al meollo de la realidad.

Entiendo por realidad, como te decía antes, lo que nos incumbe a largo o incluso larguísimo plazo. Y en esa realidad está también, está sobre todo, que es la que a mí más me llama, lo que podríamos llamar «la realidad ontológica» de lo que somos como seres humanos. Esa paradoja en la que insisto tanto de que somos individuos dotados de una dignidad que nos hace semejante a dioses y que, al tiempo, nos destina a una indignidad que es la indignidad del cadáver. Esa especie de aporía por la que estamos atravesados hace de nosotros esencialmente seres insuficientes. Y esto me refiero con realidad. Trump es el mismo que habla todo el rato de Trump y que nos tiene a todos en una situación de angustia, de incertidumbre, también de ira respecto a muchos de sus comportamientos, de sufrimiento, nos causa mucha preocupación, mucha angustia, pero que es probable que dentro de tres años Trump deje de gobernar. La realidad nos exige un cierto compromiso con la política, otro compromiso con pensar esa realidad, con la necesidad de educarnos y de contribuir a la causa de la civilización. Pero incluso de esa realidad a veces también tenemos que tomarnos vacaciones. Igual que el cuerpo necesita vacaciones diariamente, el sueño, la vigilia necesita también vacaciones: el humor, pero también la filosofía, la meditación, el ensimismamiento.

¿Usted tiene la sensación, algunos días, después de leer el periódico o escuchar las noticias, de que el mundo se ha vuelto loco, como proclamaba la película de Stanley Kramer (1963)?

No, no, no. Aludo, para responder a tu pregunta, a otro de mis ensayos fuera de este libro que nos ocupa, el de la inteligencia colectiva. Muchas veces se coloca el acento en lo individual, y es verdad que la individualidad tiene mucha importancia, entre otras cosas porque de ella surge tantas veces la creatividad, como la Novena de Beethoven. Pero es todavía más sorprendente, más admirable, produce más pasmo, a mi juicio, la creatividad colectiva. Por ejemplo, el lenguaje. ¿Quién ha creado el lenguaje? ¿Cuál es el nombre y el apellido de la persona que ha creado el lenguaje? No lo hay, es una especie de interacción colectiva, y sin embargo eso que es el lenguaje es mucho más rico que la Capilla Sixtina o que la Novena de Beethoven, porque el lenguaje permite pensar, comunicarte, crear poesía, literatura, filosofía, y es una creación colectiva. Otra creación colectiva es la democracia liberal, capaz de ese equilibrio delicadísimo entre la mayoría y la minoría.

Entonces, es indudable que hoy día, sobre todo a través de las armas de destrucción y de las potencias nucleares, puede ocurrir que un individuo lo destruya todo. Estamos en una época que antes no existía, y es que un individuo puede producir una destrucción casi masiva. Pero, en general, y así respondo a tu pregunta, lo sustancial sigue estando en la inteligencia colectiva, en la creatividad colectiva. Hoy hay individualidades excéntricas que tienen cierta propensión a la barbarie, de acuerdo, pero tenemos que atender a algo más importante: el malestar colectivo, del que hablo en mi libro Universal concreto. Porque ese malestar colectivo puede ser explotado por oportunistas. En ese libro, se explica que somos los mejores, y por eso estamos tan descontentos. Pero, aun cuando no ignoro los riesgos individuales y colectivos que hay, creo que hay una pulsión en la especie humana que es una pulsión de vida, y es una pulsión de mejora. Nadie nos asegura el progreso, pero creo que, a pesar de todo, la especie humana tiende a una cierta inteligencia colectiva. Y confío en que, aun cuando hay individualidades y un ambiente malo, la inteligencia colectiva va a prevalecer.

«El arte de vivir consiste en decidir cómo y con quién te quieres cansar»

¿Cómo saber, si es que hay modo o manera, que merece la pena aquello en lo que depositamos nuestro cansancio?

Al final del día estamos cansados, al final de la vida estamos cansados: el arte de vivir consiste en decidir cómo y con quién te quieres cansar. La vida, estar vivos es soportar un peso, por tanto, la vida tiene algo de pesadumbre, pero al mismo tiempo, hay motivos de enamoramiento. Por ejemplo, la dignidad humana. Se producen destellos de dignidad en individualidades, en obras artísticas.

Somos capaces de belleza, de honestidad, de ejemplaridad. Entonces, el mayor acicate que uno tiene contra la pesadumbre es justamente la capacidad de enamoramiento, una cierta ebriedad, un cierto éxtasis. El arte puede tener mil formas, mil géneros, pero el tema del arte es siempre uno: la dignidad y su tragicómica historia, que puede ser cómica o trágica. Y la dignidad es aquello que compensa el peso de vivir. Uno a veces lo pone en una pareja, en una acción, en una obra, en un trabajo, en una misión… la dignidad es como la fuente de todo aquello que hace la vida digna de ser vivida.

¿Cuándo conviene alejarse de esos que usted llama «marquesitos de este mundo» (positivistas, científicos y modernos), esos que creen que la belleza es «martingala de las neuronas»?

Esa cita, pertenece al ensayo sobre «Chuparse el dedo». Hay personas a las que la experiencia del mundo, con sus sucesos miserables y sólidos, acaba produciendo un cinismo. Y este cinismo los lleva a prescindir de cualquier idealismo. «Yo puedo ser un esclavo, un miserable, pero desde luego lo que no soy es un iluso». ¿Cuántas veces se ha dicho aquello de que el idioma español asocia el concepto de tener ilusiones con ser un iluso? A mí me ocurre lo contrario, que pienso que al que le falta sabiduría e inteligencia de la vida es al cínico. Es decir, prefiero mantener un cierto idealismo. En otro de mis libros hablo de la ingenuidad aprendida, que se diferencia de la ingenuidad de primer grado, de una ingenuidad infantil, cándida, de quien todavía no ha experimentado, no ha vivido, y por tanto no conoce cómo funciona el mundo. Pero quien conoce sus miserias, sus pesadumbres y pese a eso tiene la sabiduría suficiente para pensar que todavía hay cosas que tienen valor, mantiene ese idealismo y elige y aprende a tener esa ingenuidad para mantener vivas las fuentes del entusiasmo, pese a los conocidos sinsabores. Creo que, al final, es justamente el que se chupa el dedo es el necio.

«Al que le falta sabiduría e inteligencia de la vida es al cínico, no al idealista»

Pienso en la reacción de Anaxágoras cuando le comunicaron la muerte de su hijo, que quedó impasible pues «era sabido que él, como todos, moriría en algún momento». Pero lo cierto es que la razón, en la mayoría de los casos, no sostiene ante el dolor. Pienso en C.S. Lewis, que se pasó unos cuantos años arengando a los católicos practicantes a tomar la muerte de un modo parecido a Anaxágoras, hasta que le tocó padecer la de su esposa. Cuando la razón no nos asiste ante el dolor, ¿qué podemos hacer?

Soy de los que opinan, con Max Scheler, que el amante está antes que el pensador. Es decir, conceptualizamos aquello que antes hemos amado. Contrariamente a lo que estamos acostumbrados a pensar, y esto es un legado de Kant al que se opone Max Scheler, que el sentimiento es irracional. En consecuencia, todo el proyecto kantiano de razón, de razón universal, es un proyecto que se emancipa del sentimiento. Y Max Scheler, en su libro sobre la ética, defiende que el sentimiento puede ser perfectamente racional si está bien educado. No hay razón para pensar que el sentimiento tenga que ser necesariamente irracional. Entonces, para mí, el secreto respecto a las aflicciones de la vida no está en la razón, sino en la educación del corazón. Menciono muchas veces una cita de Aristóteles de la Política, que dice: la virtud es amar, gozar y odiar de la manera correcta. Y es que creo que el fundamento de la moral no es tanto la razón como una educación del corazón. Una educación sentimental. Lo verdaderamente decisivo es aprender a sentir bien. Y una vez que uno aprende a sentir bien, entonces razona bien. ¿Quién ha demostrado que las mujeres y los hombres tienen la misma dignidad? ¿Quién ha demostrado que el rico y el pobre tienen la misma dignidad? ¿Quién ha demostrado que el negro y el blanco tienen la misma dignidad? Quien no lo piense es un imbécil y, sin embargo, a lo largo de la historia, las inteligencias más profundas lo han negado. ¿Qué ha cambiado entre Platón, Aristóteles, Ortega y nosotros? Una educación sentimental. La evidencia se nos ha hecho evidente. En consecuencia, todo lo verdaderamente decisivo depende de la educación sentimental del corazón.

Al hilo de esto, afirma «nadie debería de estar a salvo de los sentimientos de justicia y vergüenza». ¿Nos hemos vuelto más desvergonzados en las últimas décadas?

Eso es una cuestión importante. Suelo distinguir a grandes rasgos la historia del mundo entre un periodo larguísimo de tiempo dominado por la llamada minoría selecta, otro en el que estamos ahora, que es el de mayoría vulgar, y otro que es un ideal histórico, que tiene de la primera etapa lo selecto y de la segunda, la mayoría. Ese ideal que enuncio hacia el que la cultura debe dirigirse, la mayoría selecta. La mayoría vulgar tiene una gran ventaja moral respecto a la etapa anterior, y es que no son solo unos pocos selectos los que rigen el mundo, sino que la dignidad adorna a todo hombre y mujer por el hecho de serlo. En la época de la minoría selecta, la minoría gobernaba el mundo, sobre todo a través de la coacción. Lo importante es que obedeciese. En esta época nuestra de la mayoría vulgar, en la que hemos pasado de sistemas aristocráticos a sistemas democráticos, los hombres y las mujeres nos obedecemos a nosotros mismos.

Entonces, todo, como decía antes, depende de la educación del corazón, si nos obedecemos a nosotros mismos. Y lo importante es que, para lo que nosotros decidamos, debemos sentir y querer bien. Al pasar de la coacción a la actual libertad, se ha producido una combinación antes no dada de dos principios, la libertad y la igualdad. Ese cruce ha originado la vulgaridad. Una espontaneidad no educada. La espontaneidad bien educada sería la de la mayoría selecta, una en la que uno sustituyera el mal gusto de la vulgaridad por el buen gusto, en la que uno aprendiera a avergonzarse bien. La vergüenza ante la propia conciencia. Actuar no por el castigo, del tipo que sea, sino por mi concepto de dignidad.

«Al pasar de la coacción a la actual libertad, se ha producido una combinación antes no dada de dos principios, la libertad y la igualdad»

Algo que me da la sensación de que sí hemos perdido, no del todo acaso, es el pudor. Preservar el pudor se confunde con cierta mojigatería. ¿Somos una sociedad más pacata? Lo pregunto porque, por ejemplo desde la óptica literaria, me costaría pensar que hoy en día alguien, tal y como está el patio, publicase Las once mil vergas, de Apollinaire, el Amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence o El jardín de los suplicios, de Maribeau.

Es que hubo un tiempo, finales del XIX, principios del XX, en que la transgresión tenía una enorme finalidad moral, la de liberarnos de una cultura, la cultura de minoría selecta, regida por blancos occidentales, varones, educados, normalmente con ideas tradicionales. Toda la transgresión servía para relativizar una cultura que en ocasiones era milenaria. Si uno se asoma a la historia, nunca había existido una sociedad que no estuviera regida por el principio de minoría selecta. Toda la gran cultura, desde luego occidental, pero mundial, estaba regida por el principio de que unos pocos crean y mandan, y la inmensa mayoría obedecía. De igual manera, las vanguardias artísticas, los pintores, por ejemplo, ensayaban una relación con el lienzo que cuestionaba los principios que habían estado vigentes en la pintura o en la escultura durante 2.000 o 3.000 años, y nunca antes había ocurrido que alguien hiciera un cuadro abstracto, por ejemplo, o un cuadro que fuera solamente un lienzo en blanco, demostrando que era posible continuar haciendo arte cuestionando los principios que habían estado vigentes durante milenios.

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La imagen de tu vida

La imagen de tu vida
 
   
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¿Qué permanece en este mundo donde todo pasa?
¿Qué consigue salvarse de la inflexible ley de caducidad que condena a todo lo viviente, incluido el ser humano, a la extinción y al olvido? Si existiera un arca de Noé que rescatara algunos bienes del inminente diluvio universal, ¿qué carga nos estaría permitido subir a bordo para asegurar a lo embarcado algún modo de perduración no sujeta a plazo?

Dos son las modalidades de perduración humana a nuestro alcance: la obra artística y la imagen de la vida, cuando una y otra alcanzan la forma de perfección, estética y ética, que les es peculiar. La primera se halla reservada a unos pocos, los artistas, en tanto que la segunda concierne a todos, universalmente.

Tras una presentación general del tema, el libro avanza centrando su atención en la segunda de esas modalidades, la imagen de la vida, entendida como el ejemplo dejado por alguien al morir en la memoria de quienes lo sobreviven. Aunque no lleguemos nunca a ser felices, nadie podrá nunca expropiarnos el derecho a vivir nuestra vida con ejemplaridad y, tras nuestra muerte, legar una imagen luminosa digna de perdurar en el recuerdo colectivo.

La teoría sobre la imagen de la vida se concreta a continuación mediante dos estudios de caso que la ilustran.

Primero, un ensayo sobre la imagen de la vida de Cervantes, compuesta de tres elementos esenciales —idealismo, cortesía y humor— que al combinarse dan la fórmula secreta del cervantismo.

Y, finalmente, cierra el volumen Inconsolable, monólogo dramático donde el autor salta por primera vez del ensayo filosófico a la escena teatral y dibuja, sumido en duelo, la imagen de la vida de una persona muy amada perteneciente a su experiencia directa y cotidiana, su padre, en la proximidad de su fallecimiento.

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