El desamor no es solo una metáfora, sino que duele en el cerebro. Y duele porque no implica únicamente una pérdida afectiva, sino un quiebre narrativo. Se trata de una ruptura biográfica que afecta a la identidad y al relato que se sostenía sobre el futuro.
Patricia Fernández Martín
@patriileo
El amor constituye una fuente fundamental de seguridad, identidad y autoestima. Por eso, cuando se rompe o no es correspondido, como decía Lorca, duele. Algunos desamores dejan una huella persistente de la que resulta difícil salir. Desde la neurobiología y la psicología se ha demostrado que el rechazo activa los mismos circuitos cerebrales implicados en el dolor físico. Se producen alteraciones en la dopamina y la oxitocina, aumenta el estrés y aparece la rumiación afectiva. El desamor no es solo una metáfora, sino que duele en el cerebro. Y duele porque no implica únicamente una pérdida afectiva, sino un quiebre narrativo. Se trata de una ruptura biográfica que afecta a la identidad y al relato que se sostenía sobre el futuro, especialmente cuando supone la pérdida de proyectos vitales. José Carlos Ruiz sostiene que el desamor obliga a una reconfiguración del mapa sentimental.
No existe un tiempo «normal» para superar un desamor. Algunas personas quedan emocionalmente fijadas y, tras una ruptura, les cuesta volver a enamorarse. El tiempo parece detenerse. Se refugian en mundos solitarios y el desamor puede derivar en conductas autodestructivas. Aparecen la desconfianza, el apego evitativo y un sentimiento profundo de fracaso. Hay un impacto en la autoimagen y en el sentimiento de valía personal. Estas rupturas complejas erosionan la seguridad emocional y sus efectos pueden prolongarse durante años. Porque cuando una relación termina, también se derrumba una identidad compartida. Deja de existir el «nosotros», se pierde la proyección en el otro y se modifica la pertenencia a determinados grupos sociales. Estas dificultades para elaborar la pérdida, suelen relacionarse con un duelo no elaborado. En un duelo, aparecen fases de negación, rabia, negociación, tristeza y aceptación. Cuando no se alcanza esta última, la vida puede quedar bloqueada.
La elaboración del duelo depende de la regulación emocional, de cómo se ha construido la identidad y de los estilos de apego, especialmente en relación con la herida de «no ser elegido». Según Ruiz, cuando durante la relación se han preservado espacios de autonomía personal, el desamor resulta menos paralizante. María Peñalver Alonso propone entender el desamor como una herida narcisista. Cuando la pareja pasa a formar parte de la identidad, completando el yo, su pérdida hace que esta se tambalee. Las personalidades más inseguras, con un narcisismo frágil, presentan mayores dificultades para elaborar la ruptura.
Cuando una relación termina, también se derrumba una identidad compartida: deja de existir el «nosotros»
Además, vivimos tiempos difíciles para amar y elaborar el desamor. La cultura de la inmediatez, el individualismo, las redes sociales y la lógica del reemplazo dificultan la gestión de la pérdida. El duelo amoroso continúa siendo invisibilizado y trivializado con frases como «ya lo superarás» o «hay más peces en el mar», ignorando que se trata de un proceso. Muchas personas se sienten empujadas a pasar página demasiado rápido, sin permitirse estar mal. En términos de género, la vulnerabilidad emocional continúa penalizándose, especialmente en los hombres; mientras persiste la negación del deseo femenino. Como si a las mujeres no se les concediera una segunda oportunidad.
Otro factor de dificultad es que se ha sobrevalorado un empoderamiento entendido como autosuficiencia absoluta y la percepción de que el amor deja de ser relevante. Pero lo cierto es que no estamos preparados para quedar desvinculados. Además, el desamor vivido durante la pandemia intensificó este fenómeno, dejando a muchas personas emocionalmente detenidas.
El desamor contemporáneo incorpora además una dimensión digital. La exposición constante a la vida del ex en redes sociales, la comparación permanente y la doble pérdida, de la persona y de la identidad pública de la relación, amplifican el dolor y dificultan el olvido. Además, en la lógica del deslizamiento infinito de las aplicaciones de citas, el desamor se presenta como algo reemplazable, rápido y supuestamente gestionable.
Amar implica exponerse a la incertidumbre. El desamor confronta con la fragilidad inherente a todo vínculo humano, pero también abre la posibilidad de reconstruir el yo, revisar expectativas y redefinir la vida afectiva. Cuando la identidad es suficientemente sólida, puede convertirse en un proceso de autoconocimiento sobre qué se quiere, qué se necesita y qué se está buscando realmente, como señala Antoni Bolinches. Para pasar página, antes hay que leerla y comprenderla.
Lo que ocurre entre dos personas nunca es responsabilidad exclusiva de una sola. La crítica constante al otro no facilita la elaboración del duelo. Preguntarse por qué terminó la relación, e incluso escuchar la versión del otro, permite avanzar. Se recomienda un periodo de introspección para asimilar la pérdida y recuperar la seguridad emocional.
Igualmente es importante la necesidad de un cierre. Gran parte del sufrimiento emocional por el que se consulta a los profesionales de la salud mental tiene que ver con esto, según la psiquiatra Laura Moreno. El desamor sin cierre puede generar la sensación de no merecer nada bueno y reactivar traumas vinculares previos, incluso de la infancia temprana.
Y otro aspecto relevante es la patologización del desamor. Peñalver Alonso señala cómo se atiende más en consulta problemas derivados de experiencias vitales normales. El sufrimiento emocional se vuelve intolerable y se buscan soluciones rápidas, fármacos o pautas para evitar atravesar el duelo. Sin embargo, el dolor forma parte del proceso de pérdida y no siempre constituye una patología.
En definitiva, el desamor no debería vivirse como un defecto personal, sino como una dimensión estructural de la experiencia humana de vincularse. Elaborar la pérdida, reconstruir la identidad y recuperar el deseo es una tarea necesaria para seguir viviendo. Como escribió Faulkner: «Entre el dolor y la nada, elijo el dolor».
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