Pedro García Cuartango «La razón juega un papel muy pequeño en nuestras elecciones»

 


Pablo Blázquez    Carmen Gómez-Cotta

Pedro García Cuartango (Miranda de Ebro, Burgos) lo ha hecho todo en el periodismo. A sus 71 años, se ha convertido en un analista imprescindible para entender el mundo y la España de hoy. Atesora una cultura incalculable y unos conocimientos enciclopédicos, que comparte con sus lectores a través de sus artículos en el diario ABC. En el ruido de las tertulias televisivas y radiofónicas, Cuartango aporta la sensatez y la reflexión sosegada que tanto añoramos algunos. En su último ensayo  –El enigma de Dios  (Ediciones B, 2025)– se adentra en uno de las temas que más le han desvelado: la existencia de Dios. De su lectura, puede deducirse que es un agnóstico que anhela caerse del caballo. Pero sigue al galope, como si Damasco cada vez estuviese más lejos. 


¿Qué opinas sobre la nueva ola de espiritualidad?

Esa ola viene a raíz de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa; también del libro Sobre Dios. Pensar con Simón Weil, de Byung Chul Han. Sobre todo la película, ha propiciado un debate sobre la fe y la existencia de Dios que estaba latente en la sociedad española. Yo siempre he dicho que Dios no ha muerto, en el sentido de que la pregunta sobre su existencia –sobre el sentido de la vida– es algo que se formulan todos los hombres y todas las generaciones. La existencia de Dios es un enigma y, en cierta medida, de su respuesta depende el sentido de nuestra existencia. Creo que hay gran una sed de espiritualidad. En esta sociedad del espectáculo, como decía Debord, las imágenes, las representaciones, los relatos han desplazado a las mercancías. Vivimos el capitalismo de la información y, en ese mundo, la gente siente cada vez una mayor soledad y profunda frustración. Hay una mayor necesidad de espiritualidad. Creo que ahora, las nuevas generaciones están redescubriendo la religión, el cristianismo, los valores espirituales.

En el libro señalas que mientras la religión pierde peso e influencia, aumenta en nuestra sociedad la sensación de malestar e infelicidad.

Es cierto que el avance de la ciencia y las aportaciones de pensadores como Freud, Darwin o Marx en un determinado momento parecía que iban a hacer innecesaria la religión. Marx llegó a decir: «La religión es el opio del pueblo». Pero creo que tenían una visión un tanto unidimensional de la religión muy vinculada a la Iglesia, al aparato oficial. La religión va mucho más allá. Religión, [del latín] religare, es un vínculo con el más allá. Las preguntas sobre el sentido de la vida y sobre la existencia de Dios siguen teniendo una plena vigencia. Son inherentes a la naturaleza humana.

«La idea de Dios te facilita la vida»



Nos decía Victoria Camps que tras la secularización, «nada ha sustituido lo que hacía la religión para vincular a las personas con el sentido moral».

Es una frase de extremada lucidez. Yo estoy educado en el nacionalcatolicismo y fui a una escuela parroquial. Ese tipo de educación inculcaba una serie de valores basados en el humanismo cristiano, que siguen siendo necesarios. Creo que, sea uno creyente o no, proporcionan un sustento moral. La moralidad no está ligada a la religión, va mucho más allá. Kant definió muy bien con su imperativo categórico lo que debería ser la ética y creo que, en estos momentos, estamos otra vez volviendo a hacernos una serie de preguntas y yendo a las raíces de aquella educación religiosa que fue prematuramente abandonada.

Dices en el libro que «la razón está sobrevalorada».

Leonard Mlodinow [físico y matemático] describe muy bien el mecanismo con el que tomamos las decisiones: el 99% de nuestras decisiones están regidas por el inconsciente, dice. Y pone un ejemplo: cuando miramos el escaparate de una pastelería y entramos, nuestra conciencia no sabe qué pastel va a elegir pero nuestro inconsciente ya lo sabe. Hay muchas decisiones –comprar tu coche, elegir una pareja, hacer un viaje– que racionalizamos: tengo que comprar un coche, porque lo necesito para ir a trabajar; pero no es verdad. Lo que está detrás de eso es el deseo, el inconsciente. Las emociones nos guían y la razón juega un papel muy pequeño en nuestras elecciones.

Esa supremacía de las emociones se proyecta también en la política. 

Es un perfecto ejemplo. Parece que la política son elecciones racionales y muy sopesadas. Uno tiende a pensar en el peso de la ideología. Pero hay factores emocionales, de simpatía a los líderes, de tipo cultural o de herencia familiar que pesan mucho, especialmente en un país como España, tan polarizado. Hay gente que vota al PSOE porque su padre lo votaba o porque su abuelo luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil. También en la política pesan mucho los elementos emocionales y eso lo vemos en los discursos de los partidos, que lo han entendido perfectamente. Los relatos de los partidos ya no van a la razón, se dirigen a las emociones, algo que vemos claramente en todas las campañas electorales.

«El mal plantea profundos interrogantes, sobre todo el problema de la libertad»



En el libro te detienes en el momento en el que Ratzinger visita Auschwitz y, desolado, pregunta: «¿Por qué, Señor, has tolerado esto?». Como sabemos, el propio Jesucristo, antes de morir, clama en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado».

Hay un enigma que es el del mal en el mundo, bastante difícil de entender. Esto ya se lo planteó Voltaire en el terremoto de Lisboa de 1755, donde murieron 30.000 personas en menos de 20 minutos y la ciudad quedó devastada. Voltaire dijo que no era la voluntad de Dios, sino una catástrofe puramente natural. Hubo un debate de Europa –en el que participaron Leibniz y otros intelectuales– sobre la causa de la catástrofe: si era la voluntad de Dios o se trataba de la naturaleza. Esa pregunta subyace en el mal: ¿qué es el mal? ¿Está producido por la acción de los hombres? ¿En qué medida el mal está inscrito en nuestros genes? El mal plantea profundos interrogantes, sobre todo el problema de la libertad: si somos libres o no y cuáles son las consecuencias de nuestra libertad.

Leibniz y «el mejor de los mundos posibles».

Eso es. Leibniz en contraposición a Spinoza. Spinoza sostenía que hay una sola naturaleza –divina– y que todos formamos parte de esa sustancia, por lo que la libertad estaba en los dictados de Dios. Pero Leibniz introdujo otro elemento: reconocía que existía el mal, que existían los desastres naturales. Como eso era muy difícil de compatibilizar con un Dios omnipotente, eterno y provisor, sostuvo que Dios había creado unas leyes que hacían que este mundo era el mejor de los posibles. Un racionamiento que, visto el paso del tiempo, es bastante poco convincente.

Leyendo el libro da la sensación de que eres un agnóstico que anhela caerse del caballo.

En cierta manera, sí. Creo que la idea de Dios te facilita la vida. Sería estupendo que hubiera un más allá, la materialización de la idea de la resurrección, que es el pilar del cristianismo. La fe en que después de este mundo terrenal nos reuniremos con nuestros seres queridos en el Paraíso es muy consoladora. Me gustaría creer en ella, pero, desgraciadamente, no creo.

Como decía, me educaron en el nacionalcatolicismo. Mi familia era muy católica y asistí a una escuela parroquial. Pero, en un determinado momento de mi vida, me entró una crisis de fe, dejé de creer y me hice agnóstico. La inquietud sobre esa pregunta de si Dios existe me ha acompañado toda la vida. He leído, he pensado, he vivido con esa incertidumbre. Me situaría en el campo del agnosticismo, opuesto al de los que creen y al de los ateos: el ateo tiene seguridad en que Dios no existe, el creyente en que sí existe. Yo estoy enfrente: no sé si Dios existe o no.

En tu ensayo abordas también el paso de los años y el peso de la vejez.

Soy sincero: la vejez tiene pocas cosas buenas, porque te vas acercando a la muerte, vas perdiendo memoria, facultades físicas.  Sobre todo vas perdiendo a tu entorno familiar: se mueren tus padres, tus hermanos, tus tíos. Yo veo el transcurso del tiempo como un factor negativo, como algo que nos va corroyendo poco a poco. En la medida en que envejezco, mi angustia se ha seguido acrecentando.

Entonces, sin la religión, sin la fe, ¿podemos encontrarle sentido a la vida?

Decía Albert Camus en El hombre rebelde que la vida no tiene sentido, es absurda, pero encontramos el sentido en la lucha por las causas que nos parecen justas, por nuestros propios compromisos; con el entorno, con nuestra familia, el amor a los seres queridos; los libros, el cine, el fútbol. Las cosas que te gustan. Eso da un cierto sentido a la vida, aunque sea temporal y circunstancial. La vida tiene muchas cosas que merecen la pena. Yo disfruto mucho de determinados momentos, pero, en el fondo, siento que el paso del tiempo es como una espada de Damocles que te puede caer en cualquier momento sobre la cabeza.

 ¿Crees que la situación política acrecienta el malestar?

Creo que sí, sobre todo en las personas de mi generación. Yo soy de la generación que hizo la Transición, luché contra el franquismo como estudiante y creí que la democracia traería a España progreso, libertad y prosperidad, como así fue. Pero las instituciones se han ido deteriorando, tenemos unos líderes políticos que nos inspiran muy poco y los partidos se han convertido en maquinarias de poder. En mi caso, existe una gran decepción. He dejado de creer en la política como un mecanismo de cambio, porque me parece que se ha convertido en una utilización del poder para que determinadas élites se perpetúen.

«La Europa que nace en 1945 se construyó con los principios del humanismo cristiano»




¿Hacia dónde deben apuntar las soluciones?

Hacia una regeneración ética de la política. Y que la política vuelva a seleccionar a los mejores; que al frente del sector público haya personas cualificadas. Pero me temo que si el PP gana las elecciones, va a repetir los mismos errores que Pedro Sánchez.

Más allá de ese sentimiento noventayochista, del «me duele España», el populismo es un fenómeno global.

Lo que estoy diciendo podría ser aplicable a todo nuestro entorno. En Francia, Italia, Alemania donde han emergido partidos de extrema derecha que tienen aspiraciones de llegar al poder y gobernar. Aquí en España, en los últimos doce meses, Vox ha tenido un fuerte incremento de sus expectativas de voto. Ese malestar social, ese desencanto está favoreciendo la emergencia de esos partidos populistas y captando una parte importante del voto. Eso es porque los partidos convencionales no han sido capaces de afrontar los grandes problemas, de mejorar la vida de los ciudadanos y de ser referencias morales.

En Alemania pactan democristianos y socialdemócratas. Pero en España es impensable una coalición de grandes partidos.

Siempre he defendido eso. Creo que es la única solución. Desde luego, supondría una alternativa para poder resolver los grandes problemas que tenemos. Creo que en muchas cuestiones se requeriría un pacto de Estado entre los dos grandes partidos. Eso sería un salto cualitativo que devolvería, tal vez, a muchos ciudadanos la confianza en la política y acabaría con este espectáculo lamentable de la polarización.

«Siempre he defendido un gran pacto entre PP y PSOE»



Volvamos a tu libro. Te reivindicas como alguien culturalmente católico. «En el fondo, sigo siendo un católico escéptico», dices.

El hecho de que sea agnóstico no significa que haya renunciado a los principios del humanismo cristiano, con los que hemos construido la Europa que nace en 1945 y los valores que atraviesan la cultura occidental desde el Renacimiento a la Ilustración. Esos los valores no los podemos tirar a la basura, entre otras razones, porque no tenemos otros. Creo que hay que defender la libertad, la igualdad, la solidaridad y todo eso, en cierta forma, está en el humanismo cristiano. Desde el agnosticismo reivindico que el humanismo cristiano sigue dando solución a muchas de los problemas y desafíos de nuestro tiempo. Sobre todo, debe ser también una guía para afrontar problemas como la inmigración.

¿En qué sentido?

Estamos viendo discursos xenófobos, muy racistas y muy insolidarios. Creo que el problema es muy complejo, no podemos hacer demagogia. Hay que integrar a los que están aquí y dar soluciones. En ese aspecto, estoy de acuerdo con la regularización, por lo menos de las personas que trabajan, a las que hay que garantizar un permiso de residencia para que trabajen dentro de la legalidad y puedan establecerse con dignidad. Ese es un punto de vista esencial para afrontar el problema.

«En Estados Unidos existe un peligro serio de que la democracia de Tocqueville se convierta en un régimen autoritario»




Hablamos de inmigración y es imposible no pensar en Mineápolis y las actuaciones de la Administración Trump.

Una actuación totalmente racista, repugnante desde el punto de vista moral, instigada por una persona sin principios, caótica; un mentiroso contumaz. Creo que en Estados Unidos existe un peligro serio de que la democracia, la de Tocqueville, que era ejemplar, se convierta en un régimen autoritario. No hay ninguna persona con un mínimo de sentimientos humanos que pueda aceptar que se detenga un niño de 5 años y se le lleve a un campo de concentración en Texas. El paradigma de la democracia y la libertad se ha convertido en un sistema totalitario, donde hay un líder mesiánico que quiere acabar con la libertad e imponer un modo de vida ajeno a los valores de los padres fundadores de Estados Unidos.


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