The Washington Post, post-mortem

 

Robert Kuttner 

08/02/2026 

El Washington Post, uno de los tres periódicos nacionales de los Estados Unidos, acaba de despedir a alrededor del 30 % de su plantilla, tras dos rondas anteriores de despidos y adquisiciones. El Post, ahora reducido, contará con menos de 600 empleados, frente a los 2.800 del New York Times. Los despidos se deben a una orden del propietario del Post, Jeff Bezos, uno de los hombres más ricos del mundo.

El Post perdió unos 77 millones de dólares en 2023, otros 100 millones en 2024 y aún más el año pasado. Eso, para Bezos, es calderilla. Pero después de haber comprado en 2013 una de las joyas de la corona del periodismo norteamericano por 250 millones de dólares, Bezos ha decidido destrozarla en lugar de reforzarla, acabando con su página editorial independiente y recortando la redacción.

Hay varios artículos excelentes y extensos, en The New YorkerThe Atlantic, y en el Substack de nuestro amigo Matt Stoller, que explican en detalle por qué Bezos ha hecho lo que ha hecho. No es necesario repetir aquí los detalles. En resumen: The Post resultó ser más problemático de lo que valía, dados los demás intereses comerciales de Bezos con Trump.

Es un axioma que una prensa fuerte e independiente constituye un pilar de la democracia. La libertad de prensa requiere una prensa. Entonces, ¿cuál es la solución?

A lo largo de decenios, los tres grandes periódicos nacionales norteamericanos estuvieron protegidos por familias con un sentido ético del importante papel que desempeña el periodismo en una democracia. Los Graham valoraban la misión del Post; la familia Sulzberger mantuvo su fe en el Times. Hasta en The Wall Street Journal, la familia Bancroft mantuvo la integridad del departamento de noticias.

Luego, en 2007, los Bancroft vendieron el Journal a la News Corporation, de Rupert Murdoch. Mucho antes de que Murdoch lo comprara, la página editorial del Journal era ridículamente ultraderechista. Pero su cobertura de la corrupción del capitalismo era de primera categoría. Murdoch, consciente del valor de la franquicia, dejó la redacción prácticamente intacta.

Mientras tanto, la familia Graham llevaba al Post a nuevas cotas, defendiendo la investigación del caso Watergate frente a las burdas amenazas de la administración Nixon de destruir el periódico y ante una junta directiva del Post extremadamente medrosa.

A pesar de algunos errores y tropiezos ocasionales, como pagar demasiado por The Boston Globe, la familia Sulzberger siguió defendiendo la integridad de la redacción del Times e invirtió con éxito en la conversión de un gran periódico tradicional en un producto multimedia para la era digital sin renunciar a la versión impresa. Pero el Post fracasó en esta transición. Los Graham no pudieron decidir si convertir el Post en un verdadero periódico nacional y cómo hacerlo, ni cómo maximizar su alcance tanto en su formato digital como impreso. A pesar de su virtuoso desempeño periodístico bajo la dirección del primer editor ejecutivo de Bezos, Marty Baron, el Post perdió dinero, mientras que el Times y el Journal obtuvieron beneficios.

Conclusión: no podemos confiar en las familias tradicionales y sus sucesores a la hora de mantener la independencia y la solidez financiera de los grandes periódicos. Necesitamos un modelo distinto.

Uno de ellos es el del británico The Guardian. Gracias a un accidente de la historia, The Guardian es propiedad y está controlado por un fideicomiso sin ánimo de lucro. Tras la muerte de su director, C.P. Scott, un espíritu radical, y de su hijo Ted en 1932, John, el hijo que les sobrevivió, creó el Scott Trust como propietario en 1936, exigiendo únicamente que el periódico mantuviera sus principios fundacionales.

Alan Rusbridger, director de The Guardian durante mucho tiempo, fue un modelo de valentía e integridad cuando se negó a entregar al gobierno británico los discos duros proporcionados por Edward Snowden en 2013. Si The Guardian hubiera estado controlado por magnates de la prensa con ánimo de lucro, como el resto de la prensa británica, quizás Rusbridger no hubiera sido nunca director.

Las fundaciones norteamericanas donan miles de millones de dólares cada año a diversas causas, algunas dignas y otras absurdas. No hay nada más digno que mantener una prensa independiente y sólida. Y también hay algunos multimillonarios con principios. ¿Qué tal crear un fideicomiso sin ánimo de lucro para comprar o crear un gran periódico diario en la capital del país? ¿Quizás podría ser la última acción de George Soros? Quizás la filántropa MacKenzie Scott podría eclipsar a su exmarido, el espantoso Bezos.

Cuando yo trabajaba para el Post, en la época del Watergate, la redacción contaba en su conjunto con unas 500 personas. Y eso fue suficiente para derrocar a un presidente corrupto y realizar reportajes especializados sobre Vietnam, incluidos los Papeles del Pentágono.

Baltimore nos ofrece un modelo. El Baltimore Banner lo creó en 2022 Stewart W. Bainum Jr., empresario y filántropo, después de que Alden Global Capital, que saqueó el otrora gran Baltimore Sun, rechazara una oferta de Bainum para comprar el Sun. Bainum creó entonces el Instituto Venetoulis para el Periodismo Local, una organización sin ánimo de lucro, con el fin de crear y ser propietario del Banner, que actualmente existe sólo existe en formato digital.

El Banner ganó un Pulitzer en 2025 por su cobertura de las sobredosis de drogas. Ya cuenta con unos 55.000 suscriptores de pago y una plantilla de 125 empleados, y acaba de anunciar una edición para el condado de Prince George (Maryland), mientras el Post se retira de la cobertura local.

El periodismo es demasiado vital para la democracia como para estar sujeto a los caprichos de propietarios multimillonarios y a los vaivenes de las familias tradicionales. Parafraseando al gran crítico de prensa A.J. Liebling: la libertad de prensa le pertenece a quienes poseen prensa.

 
cofundador y codirector de la revista The American Prospect, es profesor de la Heller School de la Universidad Brandeis. Columnista de The Huffington Post, The Boston Globe y la edición internacional del New York Times, su último libro es “Going Big: FDR's Legacy, Biden's New Deal, and the Struggle to Save Democracy” (New Press, 2022).
Fuente:
The American Prospect, 6 de febrero de 2026

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