El cuarteto de Alejandría - Lawrence Durrell
«Monedas que caen en las escudillas de latón de los mendigos. Jirones de todas las lenguas: armenio, griego, etíope, marroquí; judíos de Asia Menor, de Turquía, de Grecia, de Georgia; madres nacidas en colonias griegas del Mar Negro; comunidades tronchadas como ramas de árboles privadas de un tronco central, soñando con el Edén. Así son los barrios pobres de la ciudad blanca; nada tienen en común con las hermosas calles trazadas y decoradas por los extranjeros, donde los corredores de cambios se instalan a saborear el diario de la mañana. Ni siquiera el puerto existe para nosotros. Una que otra vez, en invierno, oímos el mugido de una sirena, pero es algo que viene de otro mundo. ¡Ah, la miseria de los puertos y los nombres que evocan cuando no se tiene parte alguna adonde ir! Es como una muerte, la muerte del propio ser cada vez que se repite la palabra Alejandría, Alejandría».
«Somos hijos de nuestro paisaje; nos dicta nuestra conducta e incluso nuestros pensamientos en la medida en que armonizamos con él. No concibo una identificación mejor», leo en Justine. Así, Justine es Alejandría. Lo es la mujer que responde a ese nombre («una hija auténtica de Alejandría, es decir, ni griega, ni siria, ni egipcia, sino un híbrido, una ensambladura»). Lo es la novela así titulada, primera de las cuatro del cuarteto que os traigo hoy. Lo son las otras tres que junto con ella orquestan las cuatro dimensiones de la indefinible obra que es ese cuarteto. Lo es, pues, Balthazar. Lo es Mountolive. Lo es Clea. Lo son con la salvedad de que Mountolive es un poco menos Alejandría porque se abre un poco más espacialmente para ser un poco más Egipto, así como también abarca una horquilla temporal más amplia por además de contemplar el mismo (y veremos que diferente) presente que las dos novelas que la preceden retrotraerse hacia el pasado.
Espacio y tiempo. Cuatro vértices. Cuatro dimensiones. Así explicaba el propio Lawrence Durrell, compositor y director de este cuarteto, lo que pretendió con el mismo:
«Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la relatividad. Tres lados de espacio y uno de tiempo constituyen la receta para cocinar un continuo. Las cuatro novelas siguen este esquema. Sin embargo, las tres primeras partes se despliegan en el espacio (de ahí que las considere hermanas, no sucesoras una de otra) y no constituyen una serie. Se interponen, se entretejen en una relación puramente espacial. El tiempo está en suspenso. Sólo la última parte representa el tiempo y es una verdadera sucesora».
«Nuestro tema, Hermano Asno, es el mismo, siempre e irremediablemente el mismo; te deletreo la palabra: a-m-o-r. Cuatro letras, cada letra un volumen». Esto, entre otras muchas y grandiosas cosas, leemos el Hermano Asno y yo en el cuaderno de notas de Pursewarden, uno de los personajes de estas cuatro novelas. Esto es otro intento de explicar las mismas.
El Hermano Asno es Darley. Olvidémonos, pues, del, aunque parezca lo contrario, cariñoso epíteto con el que lo designa Pursewarden en su fuero íntimo, es decir, en la parte de ese cuaderno que además no leeremos hasta llegar a la última de estas cuatro novelas. Quedémonos de momento con Darley. Al principio, ni siquiera sé su nombre. Para mí tan solo es una voz, una memoria, unos recuerdos. Es un extranjero adoptado por Alejandría. Es un hombre aceptado, devorado, regurgitado y rechazado por ella. Por Alejandría. Por Justine.
El pasado reciente de Darley se me hace así presente. Allí está él, profesor británico que aspira a ser escritor, a, tal vez, emular a su admirado compatriota y autor consagrado Pursewarden. Allí está, el tímido y sensible novio de la comprensiva Melissa. Allí también está el hombre que se deja arrastrar por esa pasión que lleva por nombre Justine. Y allí también el hombre que se hace amigo de Nessim, el copto y acaudalado esposo de esta. Y es allí también donde asisto a lo que podría parecer una historia de amor, infidelidades y traición, pero que es mucho más que una historia de amor, infidelidades y traición. Y es allí, en donde las descripciones, las situaciones y la siempre presente ciudad de Alejandría me embotan los sentidos y la lectura hasta el punto de hacerme pensar que a la trama le falta algo para que acabe de arrancar, que de repente ese algo emerge, me rapta y me pega a la trama con profundo y sincero interés y curiosidad hasta el final. Hasta el final de la primera de las novelas de este cuarteto, quiero decir. Mi interés y curiosidad, mi creciente admiración, habría de renovarse una y otra vez a lo largo de esta sinfonía literaria.
Darley escribe un libro que probablemente jamás vea la luz a través de la publicación, pero que sí la ve a través de los ojos de su amigo Balthazar, a quien se lo envía. No son los ojos de este último, pero sí su entendimiento, su diferente conocimiento y las diferentes experiencias y situaciones vividas respecto a los hechos narrados por su amigo Darley los que alumbran una nueva novela. Lo que la primera versión de esta ha alumbrado en el médico judío ha sido, en cambio, incredulidad y extrañeza. Le responde a Darley y le envía de vuelta su libro, pero matizado con sus correcciones y anotaciones. Se disculpa. Le escribe explicándole que, aun a riesgo de perder su amistad, ha decidido abrirle los ojos a una nueva realidad de los acontecimientos y de su historia con Justine. Pero la realidad contada por Balthazar, al igual que la de Darley, no es sino otra ficción más. La verdad es difícil de alcanzar porque «no hay nada que, con el tiempo, se contradiga más». «Vivimos vidas que se basan en una selección de hechos imaginarios».
Balthazar narra, pues, la misma historia que Justine y, sin embargo, es una novela distinta que alberga una historia diferente. Darley vuelve a oficiar de narrador, aunque en ocasiones cede el papel a Balthazar a través de las matizaciones de este sobre el libro que el primero ha escrito. Igualmente, tampoco había sido Darley el único narrador de la novela inaugural de este cuarteto, pues a veces tomaba en ella el relevo la propia Justine, a través de fragmentos de su diario íntimo o Arnauti, primer marido de la alejandrina, además de también escritor, a través de algunos pasajes de su novela Moeurs, de la cual se rumorea por toda Alejandría que la protagonista no es otra sino Justine.
Volvemos a encontrarnos en esta segunda novela con los personajes principales de la primera. Se incorporan otros nuevos como Leila y Naruz, madre y hermano de Nessim. Asimismo, los sempiternos secundarios, como el diplomático francés de vida disoluta Pombal, compañero de apartamento de Darley, o el cómico, absurdo y entrañable policía Scobie, vuelven a sazonar y seguirán sazonando en las posteriores novelas tanto la trama como el escenario.
Los personajes cobran mayor o menor protagonismo a lo largo de las cuatro novelas y no todos aparecen en todas ellas. Lo mismo ocurre con algunos acontecimientos. Así, y por ejemplo, esa cacería de patos que en Justine casi podría decirse es el clímax de la trama, en Balthazar apenas es mencionada. Por el contrario, la noche y la fiesta de Carnaval, que en Justine más parece una anécdota que algo relevante, en Balthazar ocupa, para deleite de los lectores, un buen número de páginas.
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| Lago Mariout, Alejandría. Fotografía de عباد ديرانية bajo licencia CC BY-SA 3.0 DEED. |
Otro tanto podemos decir de algunas escenas. No es que se repitan, aunque sea bajo distinto punto de vista, sino que en ocasiones hay escenas que recuerdan a otras vividas en otra novela por otro personaje. En casi todas las novelas hay un momento en el que alguno de los protagonistas deja perder sus pasos en lo que podríamos llamar la Alejandría profunda. La prosa de Lawrence Durrell brilla en estas escenas en todo su esplendor y la idiosincrasia del lugar y de sus habitantes anónimos se alía de tal manera con las sensaciones más íntimas del personaje en cuestión que la amalgama resultante es sumamente embriagadora.
Sí que recuerdo una escena de Justine que tiene su réplica, su hermana o su imagen especular en Balthazar. En ella Darley deja perder sus pasos por el barrio indígena de Alejandria hasta penetrar en una barraca. Allí sorprende a un hombre y una prostituta realizando el acto sexual. Ese hombre, que es completamente anónimo y desconocido en Justine, adquiere nombre propio en Balthazar, pudiendo entonces los lectores asistir desde dentro a la misma escena que en la primera de las novelas habíamos vivido desde afuera. Os presto por un momento los ojos y pensamientos de Darley para que podáis echar un vistazo al interior de esa barraca:
«Yacían allí, como las víctimas de un terrible accidente, torpemente ensamblados, como si de una manera incoherente, experimental, fueran la primera pareja de la historia humana que ensayara ese medio especial de comunicación. Su postura, tan ridícula y grotesca, parecía el resultado de una primera tentativa que quizá, después de siglos de experiencias y ensayos, evolucionaría hacia una actitud de los cuerpos tan maravillosa y armónica como un paso de ballet. Y sin embargo yo sabía que esa postura, la trágica y ridícula postura de la penetración, había sido fijada para siempre, inmutablemente. De ella surgían todos los aspectos del amor que el ingenio de los poetas y los locos había utilizado para destilar las sutiles distinciones de sus filosofías. De ella surgían los enfermos y los maniáticos, de ella también el asco y el desaliento de los viejos cónyuges, atados espalda contra espalda, por así decirlo, como perros que no consiguen separarse después de la cópula».
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| Rue Fuad, Alejandría. Fotografía de Hoba offendum bajo licencia CC BY-SA 4.0 DEED. |
Mountolive es un joven diplomático británico la primera vez que se establece en Egipto. Allí crea fuertes vínculos con algunos de los personajes más relevantes de este cuarteto. Tras años de ausencia, regresa a la que fuera colonia británica y tierra de sus afectos. Nos situamos entonces en el tiempo presente en el que se desarrollan las novelas Justine y Balthazar, en las que ya se podía oler la proximidad de la Segunda Guerra Mundial.
En Mountolive conocemos también a Liza, la hermana de Pursewarden, personaje que, aunque no aparece hasta esta tercera novela, tiene un papel clave en el conjunto del cuarteto. Asimismo, la novela que comparte nombre con el diplomático me permite desentrañar la verdadera naturaleza de la relación que mantienen Nessim y Justine. El suyo era un matrimonio cuyo código había resultado hasta entonces para mí un tanto indescifrable.
Si Justine y Balthazar me dejaron muy buen sabor de boca, Mountolive es toda una confirmación de que la experiencia literaria acumulativa que tengo entre manos es algo muy grande. Si las dos primeras novelas obran en mí una lenta fascinación, esta tercera me rinde presa de admiración. La fama y los elogios de esta obra cuatridimensional son bien merecidos. No obstante, pendiente estaba aún para mí entonces su culminación y, por tanto, mi veredicto final.
Clea es pintora e integrante del grupo de amigos alejandrinos. Es un personaje que aparece en las cuatro novelas, por lo que puede parecer curioso que no lo haya mencionado hasta ahora. Clea es también el título de la novela que pone el broche final a El cuarteto de Alejandría. En ella comienzo a vislumbrar a este personaje, a conocer a esta artista que, hasta entonces, más que mujer con identidad propia se me antojaba figurante y opinadora.
En Clea Darley recobra el rol de narrador, así como la narración la subjetividad. En Clea Darley regresa a una Alejandría con un tentáculo de la Segunda Guerra Mundial instalado en el puerto de la ciudad. «El hombre es tan sólo una extensión del espíritu del lugar», pero ni el hombre que vuelve a Alejandría es el mismo que se fue años atrás ni la ciudad que abandonó es la misma que encuentra a su regreso. «En cuanto a mí», se expresa Darley respecto a Alejandría, «había llegado a verla como sin duda había sido siempre: un sórdido puerto de mar edificado sobre un arrecife de arena, un remanso moribundo, sin espíritu. No cabía duda de que aquel elemento desconocido, la «guerra», la había envuelto en algo así como un hálito de modernismo, pero aquello pertenecía al invisible mundo de la estrategia y de los ejércitos, no a nosotros, los habitantes».
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| Mujeres en Carnaval ataviadas con el dominó. Trabajo en dominio público. title=Carnaval|url=https://www.clevelandart.org/art/1925.1097 |author=Paul Gavarni|year=null|access-date=16 February 2024 |publisher=Cleveland Museum of Art |
Pero ese amor que —recordemos— es tema de estas cuatro novelas, es el amor épico, el amor considerado con mayúsculas, la pasión que mueve voluntades. Es un océano inmenso y bravo, y cuando una ola abandona a su víctima tras arrollarla, bien puede otra alcanzar la orilla de ese incauto. Paisajes que se creían muertos recobran entonces vida y muestran esplendorosos su nueva topografía. La extensión del espíritu de ese lugar inerme invade nuevamente al hombre y es así como «una ciudad se convierte en un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes». Es así como para Darley «toda una nueva geografía de Alejandría» nace «a través de Clea, recreando sus antiguos significados, renovando atmósferas semiolvidadas, arrastrando el aluvión multicolor de una nueva historia, una nueva biografía».
En Alejandría Darley se reencuentra con sus viejos amigos. Sabrá qué fue de ellos durante sus años de ausencia. Asistirá a nuevas relaciones entre ellos, pues Darley no es el único al que el tsunami amoroso le da la vuelta en estas novelas, y, en Clea, hasta el bueno y mujeriego de Pombal se enamora. Conocerá —y los lectores con él—lo que será de ellos al término de su definitiva estancia en Alejandría. Terminaremos también los lectores de atar algún cabo acerca del pasado.
El cuarteto de Alejandria es una obra muy rica, lo cual convierte esta entrada en una reseña bastante pobre. Circunscribir este cuarteto a un libro (o cuatro) sobre el amor, por inabarcable y eterno que sea el tema, es minusvalorarlo. Entre la narración, las profusas descripciones y la trama que aquí apenas he esbozado, Lawrence Durrell nos regala reflexiones maravillosas y frases que son para enmarcar y no solo sobre el amor, aunque las que a este tema se refieren bien podrían formar parte de un tratado filosófico-amoroso que entendiera el amor como ilusión y conocimiento de uno mismo.
««¿Y si la criatura humana fuese una ilusión? ¿Si, como dice la biología, cada célula de nuestro cuerpo es reemplazada por otra cada siete años? En el mejor de los casos, tengo entre mis brazos una fuente de carne, un juego incesante; y mi mente es un arco iris de polvo». Entonces, desde otro punto del compás, oía la voz agria de Pursewarden que decía: «No existe el Otro; sólo existe uno afrontando eternamente el problema del descubrimiento de sí mismo»».
«Al principio [...], tratamos de complementar el vacío de nuestra individualidad por medio del amor, y por un breve instante tenemos la ilusión de la plenitud. Pero es sólo una ilusión. Pues esa criatura extraña que creímos nos uniría al cuerpo del universo, consigue al final separarnos aun más de él. El amor une, luego separa. ¿Cómo, si no, podríamos desarrollarnos?»
Descubrimiento, desarrollo. En eso consisten los periplos a lo largo de estas cuatro novelas de todos los personajes que he ido nombrando en esta reseña. En eso consisten nuestras cuitas a lo largo de nuestras vidas. Como llega a exclamar Scobie ya no recuerdo en cuál de los cuatro libros, quien, entre patadas al diccionario y anécdotas surrealistas suelta alguna que otra perla de sabiduría: «Ánimo, chico, crecer lleva toda una vida».
A Lawrence Durrell se le suele considerar escritor británico. Sin embargo, como hijo de colonos británicos, nació en la India en 1912. A los once años se trasladó a Inglaterra, pero nunca terminó de sentirso a gusto en ese país y eso derivó en su fracaso universitario. Tras obtener cierta aceptación como escritor, se trasladó a Corfú con su madre, hermanos y la primera de las cuatro esposas que tuvo. Sobre su estancia en la isla griega y posteriormente en Alejandría, ciudad a la que huye tras la caída de Grecia durante la Segunda Guerra Mundial, me contó María Belmonte en su sugerente y hermoso libro Peregrinos de la belleza. Vivió casi toda su vida en enclaves mediterráneos y murió en Sommières, Francia, en 1990.
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| Faruk I, rey de Egipto en la época en la que trascurren las novelas de El cuarteto de Alejandría. Fotografía en dominio público de autor desconocido. |
«Lo habían educado seriamente en Inglaterra, educado para que no deseara sentir. Todas las otras lecciones valiosas ya las había dominado a pesar de su juventud: afrontar con sangre fría los problemas de la sala y de la calle; pero a las emociones personales sólo podía oponerles el silencio nervioso de una sensibilidad nacional anestesiada hasta convertirse casi en una torpe taciturnidad: una educación en reticencias y vergüenzas seleccionadas. Rara vez marchan juntas la crianza y la sensibilidad, aunque la brecha puede disfrazarse fácilmente en códigos de maneras, formas de dirigirse al mundo. Había oído y leído de la pasión, pero mirándola como algo que nunca lo iba a asaltar; y allí estaba esa pasión, irrumpiendo en la vida secreta que él, como todo colegial excesivamente crecido seguía viviendo autónomamente detrás de la pantalla indulgente de las maneras y transacciones cotidianas, de la charla y afectos de todos los días. El hombre social dentro de él estaba sobremaduro antes de que el hombre interior hubiese llegado a ser adulto. Leila lo había dado vuelta como uno puede dar vuelta a un baúl viejo, revolviéndolo todo. Ahora sospechaba no ser más que un adolescente, fastidiosamente sentimental e implume, con las reservas agotadas. Casi indignado, advertía que allí por fin había algo por lo cual estaba dispuesto hasta a morir, algo cuya misma crudeza llevaba consigo un alado mensaje que penetraba hasta lo vivo de su mente. Aun en la oscuridad se sentía queriendo enrojecer. Algo absurdo. Amar era absurdo, cómo lo es un objeto arrancado de su sitio en la repisa del hogar».
No quiero decir con lo anterior que El cuarteto de Alejandría sea una obra con siquiera cierto contenido autobiográfico, pues se trata sin duda alguna de una obra de ficción, pero sí que pienso que son varios los pensamientos y sentimientos del autor los que en ella están presentes y que este da voz a los mismos a través de la figura del alter ego.
En cuanto comencé Justine, ese hombre del que aún tardaría novelas en saber que respondería al nombre de Darley se materializó para mí en el alter ego de Lawrence Durrell. Cierto es que sabía por María Belmonte que el personaje de Justine está inspirado en la que se convertiría en segunda mujer del escritor. Cierto también que supe de la hijita de este con su primera esposa y con la que convivió siendo esta muy pequeña en Corfú en Peregrinos de la belleza y que, por tanto, era fácil que la niñita que Darley cuida en la isla griega desde la que escribe me la recordara. Pero, independientemente de lo poco conocido acerca de Lawrence Durrell con lo que llegué a la lectura de Justine, todo lo que iba sabiendo sobre Darley me lo hacía sentir así, como el alter ego de su creador. No en vano, Darley es un escritor en búsqueda de su identidad y Durrell, aunque ya había publicado algo, aún tenía entonces por escribir lo mejor de su producción literaria.
Pero Darley no es el único escritor que aparece en estas novelas, que no solo hablan de amor sino también —y mucho— del concepto de arte y literatura. Recordemos a Arnauti, el escritor francés que fuera marido de Justine antes de Nessim y que escribiera esa novela titulada Moeurs con la que puso a Justine en boca de toda Alejandría. Recordemos, especialmente, a Pursewarden.
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| Alejandría, tal y como era al final del reinado de Cleopatra, recreación de Igor Merit Santos bajo licencia CC BY-SA 4.0 DEED. La zona en la que se encontraba Antirrhodos, isla en el puerto oriental sobre la que se erigía el palacio de Cleopatra, y el Timonium, lugar en el que Marco Antonio encargó construir el inacabado refugioen el que pretendía refugiarse tras su derrota en la batalla de Accio, se encuentra actualmente sumergida. En su novela homónima Clea fantasea con la idea de que la isla que ella y Darley descubren sea Timonius, la isla a la que «dieron el nombre de un famoso recluso y misántropo ¿tal vez filósofo? llamado Timón. Aquí ha de haber pasado [Marco Antonio] sus días de ocio, aquí, Darley, rememorando su vida una y otra vez. ¡Aquella mujer y los extraños sortilegios que podía provocar! ¡Y luego el advenimiento del Dios, y todo aquello instándolo a decir adiós a Alejandría, a todo un mundo!» |
Uno de esos capítulos de inicio tortuoso es aquel de Clea en el que Darley lee el pasaje titulado Mis conversaciones con el Hermano Asno del cuaderno de notas de Pursewarden. No obstante, pronto ese capítulo se convierte en oro puro, constituyendo —a mi entender— el núcleo duro de las cuatro novelas. Pursewarden ya se me venía presentando como el auténtico alter ego de Durrell, pero en esas revelaciones que como escritor quisiera hacerle a Darley pero que solo se hace así mismo termina de confirmarse mi intuición. De hecho, es de Pursewarden de quien surge una idea sospechosamente parecida a este cuarteto al querer decirle a Darley: «pero en serio, si quisieras ser, no digo original sino tan sólo contemporáneo, podrías ensayar un juego con cuatro cartas en forma de novela; atravesando cuatro historias con un eje común, por así decir, y dedicando cada una de ellas a los cuatro vientos. Un continuum, por cierto, que comprendiera no sólo un temps retrouvé sino también un temps délivré. La misma curvatura espacial te proporcionaría el relato estereoscópico, mientras que la personalidad humana vista a través de un continuum ¿podría tal vez tornarse más prismática? Quién puede saberlo. Yo te regalo la idea».
Si bien pienso que, en realidad, Darley y Pursewarden comparten figura como alter ego de Durrell, cierto es que es Pursewarden quien, a lo largo de las cuatro novelas, pero especialmente en este capítulo, nos regala la concepción que de la literatura tenía Lawrence Durrell como escritor. El contraste entre occidente y la cultura bañada por el Mediterráneo más oriental surge como conflicto y como escollo insalvable para los escritores. Pursewarden siente el puritanismo inglés y las cadenas que son las religiones y culturas occidentales como grilletes para la literatura. La libertad que, en cambio, otorga la laxa moralidad sexual de lugares como Alejandría, será lo que lleve a esta a su máxima expresión y esplendor. (Nótese, por cierto, que el título de la ficitica novela Moeurs significa en español moralidad; téngase en cuenta, también, que la moral es un concepto cultural que varía de un lugar a otro, así como de una época a otra). No voy a recurrir a citas al respecto de ese capítulo para ilustrar esta idea de Pursewarden. Prefiero, en su lugar, mostraros un nuevo juego de escenas.
En un punto de su novela homónima Mountolive se halla una noche «frente a frente con el significado del amor y del tiempo». Decide recuperar el Egipto que ha perdido junto con el desvanecimiento de ese amor desterrando su flema inglesa y cambiando la reconocible indumentaria que lo señala como diplomático por el anónimato. Es así como, ebrio de un entusiasta redescubrimiento de Alejandría, se deja guiar por un anciano desconocido hasta una inmunda barraca. Sube tras él sorteando las ratas que le salen al paso hasta llegar a una habitación en la que es encerrado en la más absoluta obscuridad. Poco a poco, ve por aquí y por allá encenderse pequeñas luces portadas por pequeñas figuras humanas. Es entonces atacado por un ejército de prostitutas-niñas que le imploran con palabras como «Oh, effendi, protector de los pobres, remedio para nuestra aflicción…» Las pequeñas prostitulas lo enganchan, se agarran a él, se afanan en someterlo mientras que él se esfuerza sin éxito en soltarse. Os juro que mientras asisto a esta escena no puedo evitar pensar en Mountolive como Gulliver y en las pequeñas prostitutas como un ejército de liliputienses. Y es justo venírseme esa idea a la cabeza cuando Mountolive siente que se va a desvanecer hasta que «de repente, todo se despejó —como si se hubiera corrido una cortina— y se vio sentado al lado de su madre, frente a un fuego rugiente, con un libro de figuras abierto sobre las rodillas. Ella leía en alta voz y él trataba de seguir las palabras, pero su atención siempre se desviaba hacia la gran lámina en colores que mostraba a Gulliver caído en manos de los liliputienses. El héroe de pesadas piernas yacía donde había caído, sujeto por una verdadera telaraña de cuerdas, clavado al suelo, mientras el pueblo-hormiga pululaba sobre su cuerpo enorme, atando y asegurando más sogas, de modo que todo forcejeo del coloso hubiera sido en vano. Había allí una maligna precisión científica: tobillos, muñecas y cuello inmovilizados; estacas entre los dedos de la enorme mano para retener individualmente cada dedo. Las coletas habían sido cuidadosamente arrolladas en torno a pequeñas espigas, clavadas en el suelo. Hasta los faldones del sobretodo, hábilmente prendidos al suelo, por los pliegues. Yacía allí, mirando al cielo con un asombro inexpresivo, los azules ojos muy abiertos, los labios fruncidos. El ejército de liliputienses avanzaba, caminaba por encima de él, con carretillas y ganchos, y más cordeles; sus actitudes sugerían un frenesí de hormigas febriles. Y todo ese tiempo Gulliver yacía allí, sobre la hierba verde de Liliput, en un valle de flores microscópicas, como un globo cautivo…»
| Alejandría vista desde el mar. Fotografía de Ahmed Photographer bajo licencia CC BY-SA 4.0 DEED. |
Si Justine le proporciona a Pursewarden con ese relato uno de los momentos más significativos y memorables en su vida de escritor, este hace lo propio con Darley a través de sus cartas más íntimas a las que este último tiene acceso por mediación de la hermana del primero. Es tras leer esas cartas que Darley comprende «que nosotros, los artistas, formamos una de esas patéticas cadenas humanas que los hombres organizan para pasarse baldes de agua durante un incendio, o para llevar hasta la playa un bote salvavidas. Una ininterrumpida cadena de humanidades para explorar los tesoros ocultos de la vida solitaria, y ofrecerlos a una comunidad indiferente, incapaz de perdonar; unidos todos, maniatados por la gracia». Es tras leer El cuarteto de Alejandría que yo comprendo que acabo de asistir a una obra orquestada por un Lawrence Durrell en estado de gracia merecedor de ser un ilustre eslabón de esa cadena de extraordinarios escritores que exploran los tesoros ocultos de la vida solitaria para ofrecerlos a esa comunidad en la que, de tanto en tano, alguien deja de ser indiferente y se deja, agradecido, bañar por su gracia.
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| Lawrence Durrell durante su visita a Israel en 1962. Fotografía de Boris Carmi en dominio público. Fuente: Meitar Collection, The Pritzker Family National Photography Collection, The National Library of Israel. Digital ID: 997009326813605171. |

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