Lisandro Prieto Femenía marzo 18, 2026
En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. — Mateo 25, 40 (Biblia de Jerusalén).
El asesinato del padre Pierre Al-Rah, párroco maronita de la aldea de Klayaa, es un acontecimiento que desborda la crónica bélica o periodística para situarse en el centro de una interrogación ontológica sobre el valor de la vida y la persistencia del mal en la historia de la humanidad. Lo mataron el día 9 de marzo de 2026 bajo el fuego de la artillería israelí mientras socorría a un feligrés herido, siendo éste un acto que no representa el simple daño colateral en el tablero de las tensiones geopolíticas entre Estados e insurgencias. Por el contrario, este crimen violento y quirúrgico sobre quien portaba como únicas armas la oración y el cuidado pone de manifiesto una crisis de la alteridad que la teología y la filosofía cristiana han advertido siempre con rigor: la destrucción del cuerpo que auxilia al caído es el intento de aniquilar la última barrera ética que queda en el campo de batalla, que no es otra que la responsabilidad por el hermano.
En su obra más influyente, “Totalidad e infinito”, Emmanuel Levinas sostiene que el encuentro con el rostro del otro es el origen de toda ética, una interpelación que nos obliga a responder por su vulnerabilidad. Pues bien, el padre Al-Rah encarnó esta respuesta de manera radical al negarse a abandonar su tierra y su comunidad, desoyendo las órdenes de evacuación que pretendían reducir su existencia a una variable logística. Al decidir permanecer en Klayaa, el sacerdote no ejercía una rebeldía política superficial, sino una resistencia espiritual fundamentada en el amor a la propia raíz y en el deber de no desamparar a quienes no tienen voz. Su sacrificio nos recuerda que, frente a la lógica de la fuerza que busca homogeneizar el territorio mediante el desplazamiento forzado, la presencia física del justo se convierte en un obstáculo insoportable para el poder.
Ahora bien, resulta revelador el sentimiento de omnipotencia con el que el Estado de Israel se desenvuelve frente al credo católico en la región. No existe una disputa geopolítica real, territorial o ideológica entre el pueblo de Israel y la comunidad maronita o el Vaticano que justifique tales ataques. Sin embargo, la impunidad con la que se bombardean villas cristianas ancestrales refleja una soberbia que Michel Foucault identificaría como el ejercicio del biopoder en su estado más puro: el derecho de “hacer morir o dejar vivir”. Esta omnipotencia se manifiesta en la convicción de que cualquier vida que no se alinee con sus objetivos de seguridad inmediata es prescindible. En “Vigilar y castigar”, Foucault describe la naturaleza de este poder que no reconoce fronteras morales al indicar que “el poder se ejerce no tanto por el derecho de muerte, sino como la gestión de la vida, de los procesos biológicos, de los cuerpos. Pero en la guerra, este poder sobre la vida se invierte en la necesidad técnica de la muerte masiva” (Foucault, M., 2002, Vigilar y castigar, p. 138, Siglo XXI. Obra original publicada en 1975).
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