Una de dos: O revolución de las conciencias o derrota de las revoluciones populares

 Homar Garcés             abril 6, 2026


Las desventajas de los pueblos del mundo frente a la preponderancia del sistema global capitalista -comandado por Estados Unidos- no impiden que éstos puedan (y deban) elaborar y poner en marcha una propuesta contrahegemónica que frene sus propósitos geopolíticos, ideológico-culturales y económicos, expresados en contra de la autodeterminación de los pueblos, de los derechos humanos y de la democracia. Esta es una idea que ha recorrido el planeta entero desde hace algo más de dos siglos, manteniendo su plenitud y exigiendo de parte de aquellos que se oponen ideológicamente al sistema-mundo imperante una revolución de las conciencias como paso inicial e imprescindible para acometer la construcción histórica de un mundo nuevo, ya no solo posible sino necesario. Bien lo indica Fernando Buen Abad, en su artículo «Joseph Goebbels y sus retoños mass media»: «Necesitamos combatir organizadamente a las máquinas del ilusionismo manipulador, cada día más impúdicas e impunes. Necesitamos unidad y organización contra los estereotipos propagandísticos que anhelan controlarnos, como si se tratase de un logro novedoso, para dirigir a las masas, milimétricamente, en lo objetivo y en lo subjetivo. Necesitamos combatir a esa especie de talento mediático financiado para acarrear al rebaño por el camino de la subordinación placentera y rentable». ¿Pero qué supone todo eso? Supone la puesta en escena de un conjunto de tareas permanentes que hagan de la conciencia del pueblo la primera y la principal barrera contra la que choque todo lo ejecutado, o por ejecutar, por los grupos hegemónicos.

La estrategia de la derecha reaccionaria, autoritaria, extremista, fascistoide o como quiera llamársele, es muy simple (quizá demasiado simple), pero efectiva: atacar e insultar la inteligencia de quienes se oponen a sus designios o de aquellos que responsabilizan (sin base racional) de los males de la sociedad en que viven y que buscan preservar sin cambio alguno; negarse a admitir sus propias responsabilidades en los hechos que perturben la paz y la justicia social que benefician a los sectores populares excluidos y más vulnerables; y actuar con descaro en contra de las libertades ciudadanas, aprovechándose de las garantías que ellas mismas le brindan. Una estrategia nada novedosa, por cierto, ya que tiene sus precedentes en la historia europea de principios del siglo XX, pero que en la actualidad adquiere aspectos más terribles de lo que ésta fuera en su tiempo en vista que no requiere de tropas de asalto que acallen a golpes las voces disidentes ni tienen que fusilar a revolucionarios, o sospechosos de serlo, aunque muchos de sus seguidores no dejan de anunciar tan macabra aspiración a través de internet.

En este punto, la embestida de esta derecha ultrareaccionaria, autoritaria, extremista o fascistoide se presenta como un bloque homogéneo que trata de incidir y de controlar toda conducta racional de la humanidad, sin limitarse a un solo país, ocupando espacios políticos y cercenando la pluralidad y la libertad de expresión, escudándose en una presunta defensa de ésta, sesgando la realidad por medio de la desinformación y la censura selectiva operadas por sus grandes corporaciones de tecnología digital. Con esto en cuenta, la construcción de una hegemonía cultural de parte de los sectores populares organizados y revolucionarios cubre toda su agenda de actuación en abierta oposición a la ideología de las minorías conservadoras y de aquellos que, diciéndose revolucionarios y socialistas, apenas se preocupan por mantener las cuotas de poder alcanzadas, ubicándose en lo que se dió en llamar progresismo, lo que no deja de ser simplemente reformismo y, en muchas circunstancias, populismo.

En consecuencia, el discurso revolucionario tendrá que concretarse en hechos tangibles y perdurables mediante una verdadera transformación del sistema político, económico, social y cultural vigente, sin que se vea limitada a legislaciones y decretos que, si bien es cierto reflejan logros a favor de las mayorías populares, no afectan las causas que originan las desigualdades ni las marginaciones ni la explotación a que se hallan sometidos quienes las integran. Al no avanzar en esa transformación, respaldada por una conciencia revolucionaria formada y comprobada, se corre el riesgo de creer que basta únicamente con disponer de una organización política electoral verticalista y caudillista, dominada por un conjunto de burócratas eficientes, con la finalidad de mantener el control del Estado; negando, en la práctica, toda la potencialidad creadora de la democracia a través del protagonismo, de la organización y de la participación populares. Al mantenerse vigente esta tendencia se contribuye indirectamente a afianzar las agresiones y transgresiones repetidas de la derecha extremista, forzando a muchos a desertar de las filas revolucionarias o, en la circunstancia mínima, a mantener una discreta distancia respecto a sus dirigentes.

https://bloghemia.com/2026/04/desventajas-pueblos-capitalismo-contrahegemonia.html

Homar Garcés

Articulista de opinión venezolano en diversos medios impresos y digitales a nivel nacional e internacional. Militante del Movimiento Político Ruptura que dirigió el comandante guerrillero Douglas Bravo, participó en las insurrecciones cívico-militares del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, ha participado en el proceso de cambios revolucionarios gestado por el presidente Hugo Chávez Frías, siendo Coordinador general del Movimiento por la Democracia Directa (MDD). Ocupó diversos cargos de dirección gubernamental a nivel local y regional en el estado Portuguesa, donde reside actualmente. Se ha dedicado a la formación política teórica revolucionaria en diferentes movimientos sociales y comunitarios.



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