“La democracia es el peor régimen, si sacamos a todos los demás”. Churchill
En los 70s Hollywood ingresa en la realidad con una generación de creadores nuevos, luego de décadas de “vaqueras”, “de guerra”, o “superproducciones” con mucho cartón (Ben Hur, Los diez mandamientos, Quo vadis), y uno que otro fracaso, vg Cleopatra de Liz Taylor. Se le llamó Nuevo cine americano, cine de autor, otro pack rat que dejará obras magnas. Francis Coppola (El Padrino), George Lucas (La guerra de las galaxias), Spielberg (Tiburón), Allen (El dormilón),de Palma (Carrie), Nichols (El graduado),Hooper (Easy rider), Polansky (La semilla del diablo), Schlesinger (Vaquero de medianoche), Cimino (El francotirador), Friedkin (El exorcista), Scorsese (Taxi driver). Pero “la máxima creación en la historia del cine es El Padrino”, afirmó Stanley Kubrick, de al menos cinco candidatas a ese honor.
El “nuevo cine” viene influida por la nouvelle vague francesa intelectualosa, a veces brillante, a veces aburrida, en Europa de Bergman, Visconti, Truffaut, Chabrol, Godard, Fellini, pero los gringos no pierden de vista la taquilla. Paramount acertó audazmente con la genialidad de Coppola, muy lejos entonces de ser ostensible. Aunque ni siquiera figura en los créditos, había codirigido con Roger Corman, autor de montones de películas-disparates sobre luchas de vampiros vs. extraterrestres. Su primera cinta firmada, Demencia 13, copia Psicosis de Hitchcock, novatada que, junto a las dos siguientes, lo llevaron al desempleo y la estrechez. Algo vieron pese al curriculum y le dan a dirigir una cinta basada en el oculto libro de otro arruinado, El Padrino de Mario Puzo.
Luego del silencio, El Padrino estuvo setenta semanas entre los más leídos en la lista de NYT y equivale en el siglo XX a El Príncipe de Maquiavelo. Libro y película relatan la historia de un joven héroe de guerra, Michael Corleone (Pacino), su Odisea personal a través del poder, que aprendió como nadie, y lo que hay que tener para sobrevivir en su ejercicio, desde Francisco de Vitoria hasta Puzo. El Padrino es su primera película en serio, hasta ahora insuperada. La “izquierda” (marcusianos, sartreanos) ven en la obra la denuncia de eso que llaman “capitalismo; y “la derecha”, que en aquellos días reivindicaba a Karl Schmitt (hoy también lo hace la “izquierda”), por desvelar que la democracia es una careta disfuncional del poder real hobbesiano. Schmitt argumenta sólido, profundo, erudito (mejor que Heidegger) y golpea los tendones de la conciencia y la razón.
Tanto que nos hace olvidar a seis millones de judíos, igual que los palimpsestos marxianos justifican a Castro y Pol Pot. Asocio la destreza de Schmitt con aquél mago que en un café parisino, avisó a los clientes que quitaría a algunos el reloj sin que nos diéramos cuenta y lo hizo (los devolvió, claro, y se ganó un montón de euros). Me refuté Schmitt a mí mismo; cierto: el poder fáctico está “dentro” de la democracia, en la misma medida que el león está dentro de la jaula y debe mantenerse ahí. El pacto constitucional es superior al poder fáctico que nos regresa a la barbarie. La magistrada Cantinflas, destructora de este país, argumentó “voz de pueblo voz de Dios” para justificar que unos electores anularan la constitución con “una constituyente”. A diferencia de la tesis de Schmitt, la democracia es lo único que frena la fuerza, el violento monstruo hobbesiano.
Coppola-Puzo demuestran que la democracia es la lucha permanente por frenar la bestia humana pero las idioteces de la Escuela de Frankfurt no se enteraron de que Hollywood es principal difusor de las aberraciones que medran en ella. Los utopistas dicen que las perversiones son obra de la sociedad abierta y recomiendan cerrarla con un caudillo y su dictadura revolucionaria. Pero en 110 años sabemos hasta la náusea que tal desgracia crea el infierno stalinista- maoísta-hitleriana- fidelista-videlista-suhartista-mobutista. El sanedrín de las “cinco familias” dueñas del delito en Nueva York, reclama al Padrino, don Vito Corleone, il capo de tutti capi (Brando) “no compartir” sus cuotas de poder, jueces, senadores, diputados y policías para proteger el tráfico de drogas. Don Corleone no cede y atentan contra su vida.
Santino (James Caan) el primogénito, carece de condiciones para el poder, y Corleone lo sabe bien. Demuestra su incapacidad, hasta el extremo de descuidar la protección de su padre y jefe de la mafia agónico en el hospital luego del atentado. Es emocional, charlatán, lujurioso, incontinente, arrogante, radical y muere asesinado en una trampa elemental, que recuerda por su violencia extrema el cine de San Peckinpah (La Pandilla Salvaje) Carlo, su cuñado es cómplice del atentado a Don Vito, da una paliza a su mujer, Connie, para provocar una reacción irracional de Santino. Se lanza como una fiera a buscarlo, solo en su auto, sin escolta, ni precaución y lo ametrallan en un peaje donde lo esperaban. Convaleciente el padre, muerto Santino, “la familia” queda descabezada.
El capitán McCluskey (Sterling Hayden), un policía corrupto y cómplice del atentado, le fractura la mandíbula a Michael. Ahí tiene la epifanía: para que sobreviva “la familia”; él debe ser il capo, asumir la jefatura y eliminar espectacular, ejemplarmente a los que atentaron contra su padre, en una de las escenas más poderosas de la cinematografía. Se reúne en un restaurante italiano del Bronx y liquida con un 38 a McCluskey y Sollozzo y huye a Sicilia. Michael se hace una temible y fría máquina de poder, sin la calidez de su padre. Los capos de las familias invitan a Michael a una “conciliación” para asesinarlo, pero él se les adelanta y los liquida uno por uno mientras bautiza al hijo de Connie, cuyo esposo traidor también cae. Vito y Michael Corleone son constructos de Puzo con rasgos de varios capos.
En cambio, Johnny Fontana calza con Frank Sinatra, aunque cargado contra él. En 1949 había sufrido hemorragia en las cuerdas vocales y lo despiden las disqueras. La Iglesia lo ataca porque, casado, era amante de Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”, en la gloria de Hollywood y entre escándalos, disparos en hoteles, gestos de suicido. El tirano presidente de Universal, Harry Cohn, no lo aceptaba en De aquí a la eternidad y por fortuna, al director Fred Zinnemann, le cuadró su depresión con el personaje que le dará en la cinta. Cuenta Severo Sarduy que (en crisis con Sinatra), ella, y Luis Miguel Dominguín se conocen y tienen un intenso affaire trasatlántico. El matador desembarca en Barcelona, y en la dura despedida, ella le pide, entre lágrimas, “discreción”. Con cara de asombro, le responde: “amor, cómo duda de mí. Solo lo van a saber mis amigos más íntimos …y el mundo entero”.
@CarlosRaúlHer
El “nuevo cine” viene influida por la nouvelle vague francesa intelectualosa, a veces brillante, a veces aburrida, en Europa de Bergman, Visconti, Truffaut, Chabrol, Godard, Fellini, pero los gringos no pierden de vista la taquilla. Paramount acertó audazmente con la genialidad de Coppola, muy lejos entonces de ser ostensible. Aunque ni siquiera figura en los créditos, había codirigido con Roger Corman, autor de montones de películas-disparates sobre luchas de vampiros vs. extraterrestres. Su primera cinta firmada, Demencia 13, copia Psicosis de Hitchcock, novatada que, junto a las dos siguientes, lo llevaron al desempleo y la estrechez. Algo vieron pese al curriculum y le dan a dirigir una cinta basada en el oculto libro de otro arruinado, El Padrino de Mario Puzo.
Luego del silencio, El Padrino estuvo setenta semanas entre los más leídos en la lista de NYT y equivale en el siglo XX a El Príncipe de Maquiavelo. Libro y película relatan la historia de un joven héroe de guerra, Michael Corleone (Pacino), su Odisea personal a través del poder, que aprendió como nadie, y lo que hay que tener para sobrevivir en su ejercicio, desde Francisco de Vitoria hasta Puzo. El Padrino es su primera película en serio, hasta ahora insuperada. La “izquierda” (marcusianos, sartreanos) ven en la obra la denuncia de eso que llaman “capitalismo; y “la derecha”, que en aquellos días reivindicaba a Karl Schmitt (hoy también lo hace la “izquierda”), por desvelar que la democracia es una careta disfuncional del poder real hobbesiano. Schmitt argumenta sólido, profundo, erudito (mejor que Heidegger) y golpea los tendones de la conciencia y la razón.
Tanto que nos hace olvidar a seis millones de judíos, igual que los palimpsestos marxianos justifican a Castro y Pol Pot. Asocio la destreza de Schmitt con aquél mago que en un café parisino, avisó a los clientes que quitaría a algunos el reloj sin que nos diéramos cuenta y lo hizo (los devolvió, claro, y se ganó un montón de euros). Me refuté Schmitt a mí mismo; cierto: el poder fáctico está “dentro” de la democracia, en la misma medida que el león está dentro de la jaula y debe mantenerse ahí. El pacto constitucional es superior al poder fáctico que nos regresa a la barbarie. La magistrada Cantinflas, destructora de este país, argumentó “voz de pueblo voz de Dios” para justificar que unos electores anularan la constitución con “una constituyente”. A diferencia de la tesis de Schmitt, la democracia es lo único que frena la fuerza, el violento monstruo hobbesiano.
Coppola-Puzo demuestran que la democracia es la lucha permanente por frenar la bestia humana pero las idioteces de la Escuela de Frankfurt no se enteraron de que Hollywood es principal difusor de las aberraciones que medran en ella. Los utopistas dicen que las perversiones son obra de la sociedad abierta y recomiendan cerrarla con un caudillo y su dictadura revolucionaria. Pero en 110 años sabemos hasta la náusea que tal desgracia crea el infierno stalinista- maoísta-hitleriana- fidelista-videlista-suhartista-mobutista. El sanedrín de las “cinco familias” dueñas del delito en Nueva York, reclama al Padrino, don Vito Corleone, il capo de tutti capi (Brando) “no compartir” sus cuotas de poder, jueces, senadores, diputados y policías para proteger el tráfico de drogas. Don Corleone no cede y atentan contra su vida.
Santino (James Caan) el primogénito, carece de condiciones para el poder, y Corleone lo sabe bien. Demuestra su incapacidad, hasta el extremo de descuidar la protección de su padre y jefe de la mafia agónico en el hospital luego del atentado. Es emocional, charlatán, lujurioso, incontinente, arrogante, radical y muere asesinado en una trampa elemental, que recuerda por su violencia extrema el cine de San Peckinpah (La Pandilla Salvaje) Carlo, su cuñado es cómplice del atentado a Don Vito, da una paliza a su mujer, Connie, para provocar una reacción irracional de Santino. Se lanza como una fiera a buscarlo, solo en su auto, sin escolta, ni precaución y lo ametrallan en un peaje donde lo esperaban. Convaleciente el padre, muerto Santino, “la familia” queda descabezada.
El capitán McCluskey (Sterling Hayden), un policía corrupto y cómplice del atentado, le fractura la mandíbula a Michael. Ahí tiene la epifanía: para que sobreviva “la familia”; él debe ser il capo, asumir la jefatura y eliminar espectacular, ejemplarmente a los que atentaron contra su padre, en una de las escenas más poderosas de la cinematografía. Se reúne en un restaurante italiano del Bronx y liquida con un 38 a McCluskey y Sollozzo y huye a Sicilia. Michael se hace una temible y fría máquina de poder, sin la calidez de su padre. Los capos de las familias invitan a Michael a una “conciliación” para asesinarlo, pero él se les adelanta y los liquida uno por uno mientras bautiza al hijo de Connie, cuyo esposo traidor también cae. Vito y Michael Corleone son constructos de Puzo con rasgos de varios capos.
En cambio, Johnny Fontana calza con Frank Sinatra, aunque cargado contra él. En 1949 había sufrido hemorragia en las cuerdas vocales y lo despiden las disqueras. La Iglesia lo ataca porque, casado, era amante de Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”, en la gloria de Hollywood y entre escándalos, disparos en hoteles, gestos de suicido. El tirano presidente de Universal, Harry Cohn, no lo aceptaba en De aquí a la eternidad y por fortuna, al director Fred Zinnemann, le cuadró su depresión con el personaje que le dará en la cinta. Cuenta Severo Sarduy que (en crisis con Sinatra), ella, y Luis Miguel Dominguín se conocen y tienen un intenso affaire trasatlántico. El matador desembarca en Barcelona, y en la dura despedida, ella le pide, entre lágrimas, “discreción”. Con cara de asombro, le responde: “amor, cómo duda de mí. Solo lo van a saber mis amigos más íntimos …y el mundo entero”.
@CarlosRaúlHer
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