Las manos operan como umbral y como puente, constituyen nuestra principal vía de inserción en el mundo. Contactamos con lo real, lo palpamos y lo sopesamos mediante los dedos, que encarnan de manera inequívoca nuestra finitud.
Carlos Javier González Serrano @aspirar_al_uno
Aristóteles escribió en De anima (Libro III, Cap. 8) que, en cierto modo, «el alma es todas las cosas», en tanto que puede concebir cualquier realidad: el alma se convierte en aquello que comprende o intenta comprender. Esta afirmación cobra pleno sentido cuando, análogamente, reparamos en nuestras manos: igual que el alma (ψυχή), la mano es una materialidad capaz de amoldarse a todas las materialidades, un órgano plásticamente abierto a la totalidad del ser. Podría decirse que las manos son la encarnación de nuestras almas.
En este sentido, deberíamos preguntarnos con urgencia de qué estamos llenando nuestras manos y, en paralelo, de qué estamos atiborrando nuestras almas. Las manos operan como umbral y como puente, constituyen nuestra principal vía de inserción en el mundo. Con-tactamos con lo real, lo palpamos y lo sopesamos mediante los dedos, que encarnan de manera inequívoca nuestra finitud y la inconmensurable belleza de lo caduco: entrelazamos nuestras manos con la persona amada, compartimos el alimento en la mesa, abrazamos al amigo y lo apretamos con nuestro pecho mediante las manos o saludamos con unas manos que envejecen, se deterioran y quedan marcadas por los surcos que se van horadando con el paso del tiempo.
Amordazados por la hegemonía de lo liso y lo pulido y de superficies que eluden el desgaste, y atenazados por el comercial instinto de poseerlo todo, nuestras manos persisten en recordarnos el incuestionable encanto de lo perecedero: la mano es alegoría del amparo recíproco, de la responsabilidad en el mutuo cuidado y, en la despedida, de la sabiduría del saber desprenderse, de la desposesión –que renuncia a la frenética apropiación–. La única inmortalidad que nos es dada es la del gesto que no olvida al otro: la mirada, un rostro que nos atiende. Las manos guardan el recuerdo (re-cordis, hacer pasar de nuevo por el corazón) de la atención por el otro.
Acudamos por un momento al ejemplo de la escritura, otra de las acciones que llevamos a cabo «a mano». A juicio de Jean-Luc Nancy en La frágil piel del mundo (2020) o en Corpus (1992), el trazado de lo manuscrito excede con mucho la mera ejecución biomecánica; a través de la caligrafía establecemos un anclaje táctil con el acto mismo de concebir ideas, con el pensar, de manera que, podríamos decir, también pensamos con las manos. La acción de escribir manualmente no se agota en la transcripción simbólica del pensamiento mediante grafías sobre una superficie. Para el filósofo francés, escribir a mano significa, a la vez, excribirse: atestiguar de forma visceral e intrahistórica nuestro asentamiento material en la realidad, al hacer patente la corporeidad insoslayable que somos. Al deslizar el bolígrafo o la pluma por el papel, sellamos sobre la hoja la irrepetible impronta de nuestra subjetividad, la marca de nuestro singular modo de habitar la existencia. Que, además, no puede ser borrada (no como en lo liso, en lo pulido, que invita a deshacerse de lo escrito, a olvidar nuestra huella: nuestra responsabilidad).
Nuestras manos persisten en recordarnos el incuestionable encanto de lo perecedero
El ritmo pausado y la cadencia propia de la escritura a mano nos instalan en una temporalidad más consciente, dotada de una honda significación en comparación con la maníaca inercia que rige nuestro devenir cotidiano, entregado a una creciente aceleración. Blandir, asir, apretar, aferrar, sostener o empuñar el útil de escritura, sea el que sea, esconde un ejercicio genuinamente filosófico que nos sitúa ante el desafío de conquistar el coraje de decirnos con verdad, de sembrar nuestro rastro en libertad y, por tanto, con la debida responsabilidad. Somos un rastro.
Cada vez más asediados por artefactos tecnológicos digitales que automatizan cada parcela de nuestra vida y sometidos a un ininterrumpido bombardeo de estímulos externos, tendemos a adormecer y relegar el fundamento carnal de nuestra vida. Obviamos el emplazamiento corporal de nuestra existencia –hasta el punto de convertirlo en un instrumento de eficacia financiera: lo ponemos fit y modelamos violentamente para que sirva a todo tipo de intereses que mercadean con la noción de un cuerpo-descorporeizado, entrenado para lucirse, para a-parecer, y no para vivirse–.
No en vano catalogamos de «tierno» a quienes nos suscitan cariño o amor; la ternura, en efecto, hace alusión a nuestra necesidad de amar con el cuerpo, a nuestro ser-mamíferos, a la imposibilidad de constituirnos como ángeles alados –incluso en la mística más ascética el cuerpo no es nunca el enemigo, sino el vehículo divino a través del cual puede darse el éxtasis (recomiendo leer, a este respecto, los bellísimos y sugerentes versos de la beguina Hadewijch de Amberes en El lenguaje del deseo)–. Existimos siempre desde un cuerpo situado, desde una singularidad radicalmente encarnada. En un entorno enfangado por pantallas deslumbrantes e invasivas notificaciones, la exuberante riqueza de nuestra anatomía se va desvaneciendo; solo sirve para ser puesta a prueba, para domesticarla y más tarde mostrarla –a otros sujetos igualmente domesticados–. Quién diría que el capitalismo más salvaje llegaría mucho más lejos en la doma de nuestros cuerpos que cualquier cilicio.
Por eso decía más arriba que la escritura a mano es un comienzo para reintroducirse en un mundo del que nos sentimos cada vez más alejados y expulsados. El contacto entre el dedo, la tinta y el papel, y la fricción entre estos elementos, nos restituye (a) la presencia de nuestro organismo; al ensayar el trazo, sentimos el roce de la materia, nuestra tangencialidad con lo que nos circunda. Esa vivencia (táctil) impide que desatendamos la importancia de nuestras acciones: somos cuerpos viviendo entre y con otros cuerpos. En lugar de ser arrastrados por el flujo sedado de la cultura digital contemporánea, el gesto de la escritura a mano nos permite reencontrarnos con la piel como el gozne desde el cual ejercer una presencialidad comprometida y responsable con el resto de presencias. El tacto nos da una medida del mundo, pero también del sufrimiento del otro, de los dolores desde la piel del otro, de la fuerza o la debilidad en la mano del otro: el tacto nos devuelve a no desviar la mirada del sufrir del otro.
La escritura a mano es un comienzo para reintroducirse en un mundo del que nos sentimos cada vez más alejados y expulsados
Aquí me mostraré contundente: esta relación directa, corpórea, con la realidad se encuentra grave y progresivamente amenazada. La proliferación del pantallismo hiperactivo, del contacto permanente con la inteligencia artificial («la persona con la que más hablo es ChatGPT», me comentó alguien hace unos días) y la expansión ininterrumpida de la cultura digital han impuesto la desmaterialización de nuestras experiencias. El actual rumbo digital (¡el progreso!) pretende poner la totalidad de lo existente «a-la-mano», disponible de forma inmediata para nosotros, como si todo estuviera (y tuviera que estar) a nuestra entera disposición: sin fricción. Esta ilimitada y continua proximidad, que podría resultarnos muy atractiva en un primer momento, alimenta una paulatina pérdida de riqueza de nuestro mundo y provoca una progresiva atrofia de los sentidos que empobrece nuestro horizonte sensorial. En una conversación reciente con algunas compañeras, maestras de Educación Infantil, me transmitían su inquietud por la creciente pérdida de la motricidad fina en niñas y niños pequeños (movimientos ágiles y seguros con las manos), pero también en la gruesa (movimientos de grupos musculares y corporales más grandes, relacionados con el mantenimiento del equilibrio, saltar o correr).
Vivir bajo la tiranía del Objeto-Único, de una interfaz homogénea y fría (disfrazada, eso sí, de calidez: prueben a apagar el móvil sin que emita ninguna luz y comprobarán su brutal carácter inerte); una atractiva interfaz, decía, que sustituye la pluralidad de formas, texturas, densidades y pesos de la materia del mundo por un cristal inanimado donde todo se reduce al mismo gesto automatizado (no solo la mano, también nuestros ojos se han acostumbrado al scrolling y al doomscrolling, al siempre más, al nunca-suficiente). Y los olores: las pantallas no huelen, no sudan, no tienen poros; quizás a ello se deba también el auge en el uso de perfumes de cuestionable fragancia que dejan un intenso rastro: al menos, aunque no nos gusten ciertos aromas, este empleo de fragancias no deja de responder a una rebelión, a la necesidad de persistir en el mundo, de ocuparlo con el cuerpo, con el olor).
No solo estamos perdiendo habilidades al permitir que secuestren nuestras manos: estamos perdiendo el mundo. ¿De qué sirve tenerlo «al alcance de la mano», como promete la tecnología digital, si dejamos de estar en él? ¿Qué mundo nos quedará cuando ya no queramos tocarlo? Acaso, como sostuvo Aristóteles, el alma necesite de las manos para no olvidar el mundo.
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