“Muy peligrosa es una idea cuando es la única que se tiene”. Alain
El megaacuerdo petrolero es otro terremoto político cultural en el país, que trastoca el paradigma intelectual centenario, fractura la tradición. El sismo sacude a quienes piensan únicamente a partir de dogmas, ambiciones sin realidad y de la ingenuidad pretencioso-prejuicioso-moralina de las clases medias. En la ideología política, desde comienzos del siglo XX, el petróleo no es una mercancía que se intercambia como cualquier otra, sino una deidad tribal, la más íntima representación de la nacionalidad, el pañuelo de Dulcinea, nuestras Termópilas. Eso lo crearon las generaciones del 28, el 36 y el 45, que fundieron varios objetivos en la lucha contra el gomecismo: conquistar la democracia y “rescatar” el petróleo de manos aceiteras, como si fueran una sola, síntesis de la lucha anti dictatorial.
Gallegos representa las petroleras en el Míster Danger de Doña Bárbara; Miguel Ángel Asturias con la United Fruit que hollaba las “repúblicas bananeras” de Centroamérica. En su novela El tungsteno, César Vallejo pinta en la Mining society las mineras de Perú; Augusto Céspedes en El metal del Diablo, las que operan en Bolivia, y Neruda glorifica y demoniza al cobre y “las compañías” en Canto general. La sublimación recorre uno de los más importantes tratados del siglo XX, Venezuela política y petróleo de Rómulo Betancourt. A comienzos de siglo se denuncian “precios viles”, bajos salarios, malas condiciones de trabajo de las empresas americanas, y el “rescate” pasa a ser un valor, decíamos, no sólo político sino metafísico. Los países del Medio Oriente siguen el modelo fifty-fifty betancourista de 1948 y lo toma el panarabismo al redefinir su relación con las petroleras.
Mossadeg en 1951 las nacionaliza y en 1956, Gamal Abdel Nasser el ídolo del momento, lo hace con el canal de Suez, la garganta petrolera. Luego la necesidad hace que regresen las empresas y en 1960 Pérez Alfonso funda la OPEP. En nuestro país no hubo traumas: Carlos Andrés Pérez en 1976 pactó la nacionalización, nace PDVSA y se mantuvo como la tercera empresa del mundo. A partir de 1989 ese paradigma,“chauvinismo petrolero” estaba agotado y gracias al artículo 5 de la Ley de Nacionalización, quedó la puerta para superar su disfuncionalidad. Luis Giusti, presidente de PDVSA inició los pasos para llevar la producción a 9 millones de b/d y para eso había que recurrir a capitales y tecnologías globales. En 1993, comenzó el eructo del hipopótamo, el brote reaccionario que arrastró a la industria y el país, creció y hoy reventó en la etapa del megaacuerdo.
Nos permite entender por qué solos no podemos, ojalá no, acompañados tampoco y Delcy Rodríguez se roba la base. Esta prueba de Ineptitud Académico-política tiene una sola pregunta: ¿está de acuerdo con recibir Inversión privada norteamericana de $100 mil mill. que prevé ganancias de $200 mil mill. para Venezuela (que no pone un bolívar) y $300 mil mill. para los inversionistas? Más allá de vericuetos tontos e inconsistentes… ¿cómo puede un cristiano afirmar que es “mal negocio”? Me recuerda una anécdota: hace algún tiempo invitamos amablemente a un descolgado para constituir un grupo de debate con miras a think- tank. Y nos dijo que aceptaba sólo sí arrancábamos con un millón de dólares. Objetan con sofismas supuestas desventajas curiosamente para quien no arriesga capital. Gracias al mega, se construirá la industria desde cero, antes de que el petróleo se pudra.
Nuestros radicales kamikazes son insensatos en el sentido de San Anselmo “incapaces de prever las consecuencias de lo que dicen (y hacen)”. La secuela de sus actos serviría para “aunque Ud. no lo crea”. Fueron agentes promotores de invasión extranjera durante veinte años y el asombro recorrió el mundo cuando la noche aquella la nueva presidente no fue la que esperaban. Esa es la primera pregunta inevitable: ¿por qué el superpoderoso apoyo desconfió el día D? Marco Rubio expone su esquema triple apto para la comprensión de estudiantes de educación especial. Reaccionan con tal desatino que parece de mano del Diablo, quieren darle celos a Trump con los demócratas, de paso hoy más parecidos a la Liga Socialista de los años 70 que a Clinton. Apuestan sin timidez a la derrota de los republicanos en noviembre.
Contratan cabecillas políticos, periodistas y profesores para una campaña de descrédito de la transición. Otra brillante idea, digna del talento estratégico de Hammurabi; movilizar 15 freelancer para molestar al encargado de negocios frente a su hotel, darle unas trompas a la policía de Chacao y acusarla de “atropellar al pueblo”. La campaña contra las tres fases no se detiene y moviliza, aquí y allá, a la tropa de periodistas militantes y una señora muy mayor para semejantes andanzas, dice destemplada que Chevron es una organización criminal. Para seguir el caos, la oposición radical se alía y levanta el heroísmo de un grupo de chavistas del siglo XIX, que insultan a EE. UU, no deben haber leído en su vida ni una valla publicitaria, y aplaudían cuanta bestialidad anacrónica se cometía. La oposición dura se declara enemiga de Trump, su aliado tradicional y aliada estratégica del chavismo del siglo XIX.
Los chavistas del siglo XIX repudian la alianza Trump y acusan de traidor al gobierno, con lo que impugnan al presidente. Ocurre el desastre insólito de la reunión-declaración de Panamá”, obra de algún agente infiltrado del gobierno y la ruda respuesta de EE. UU: Rubio corona a Dinorah Figuera y a la “asamblea de 2015”. Hasta la joya máxima, la daga del sultán Mahmud I atesorada en el palacio de Topkapi: amenazan desconocer el megaacuerdo con apoyo de Kamala y el alcalde de N. Y, Zoran Mamdani, amigos fraternos de Mar-a-lago. Solo imaginemos qué efecto tendría esta genialidad. Trump apuesta mucho en Venezuela, el mega acuerdo es su buque insignia y la oposición acaba de anunciarle que trabaja con los demócratas para hundirlo, radicales de izquierda y derecha tomados de la mano. Sin duda somos políticamente menesterosos, impotentes.
@CarlosRaulHerhttp://
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