“¡Señor Gorbachov venga a esta puerta¡!Señor. Gorbachov abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, derribe este muro!”. (Reagan en la Puerta de Brandemburgo, Berlín 1987)
Noticias estimulantes y revolucionarias en zoosemiótica, primatología, y biolingüística, aunque lamentablemente los institutos de investigación más cercanos no están donde los necesitamos urgentemente. Operan en California, Georgia, Iowa, Kioto. Uno muy sugerente es el Chimpanzze and Human Communication Institute en Washington, capital. Asombrosas capacidades demuestran los primates, que a veces podrían avergonzarnos. Entienden lexigramas, (fotografía o dibujos de objetos) y reconocen 3000 palabras, son capaces de contar, hasta 9, la cantidad de objetos que tienen adelante. Si se les presenta una superficie con números desordenados, pueden tocarlos en la secuencia correcta. Ante objetos nuevos, unos lentes o un pato, en una pizarra con dibujos de cosas, por ejemplo, marcaban galleta y ojo para lentes (galleta de ojo) o pájaro y agua, pato (pájaro de agua)
Tienen capacidad para la talla de piedra, golpearlas hasta hacerlas afiladas como en nuestro paleolítico. Sí fundaran una institución parecida por aquí, con esa capacidad para aprender, corremos riesgos de que nos liquiden y lancen un candidato contra el gobierno. Que nadie les cuente esta historia, porque nos arrasan: la transición rusa del comunismo a la democracia es producto de dos estrategias: la Perestroika (reorganización económico-institucional) y la Glasnost (libre expresión). Las encabeza Mijaíl Gorbachov entre 1985 y 1991, con el apoyo crítico de otro titán, también proveniente del Partido Comunista, Boris Yeltsin. El cuestionaba a Gorbachov por calificarlo de lento, pero jamás hizo ver que negaba el cambio en marcha. Dos grandes jefes políticos sólidos, recios e inteligentes, no disfraces de feria, rivalizaban sin poner jamás en peligro las transformaciones.
Ambos disparan al enemigo, la reacktion sorda, peligrosa, de los viejos comunistas, jubilados y grupos militares, latente y que podían hacerse patógenos. Jamás tuvieron la avilantez de elogiar dinosaurios, comunistas insepultos, los conocidos Yegor Legachov y Nina Andryeva, que veían “traición” en las reformas. Yeltsin era la némesis natural dentro del proceso, muy lejos de hacer algo que vitalizara a la vieja guardia y sabía que su deber era emascularlos. A nadie con la cabeza en su sitio se le ocurría la sandez de cuestionar a Gorbachov y Yeltsin por su origen comunista, ni menos Ronald Reagan o Juan Pablo II, factores esenciales de lo que ocurría. y éste, protector del sindicato Solidaridad de Lech Walesa en Polonia. La transición tenía el apoyo atronador del liderazgo mundial, líderes de verdad, no marimondas enzapatadas.
Juan Pablo II, Reagan, Bush, Thatcher, Kohl, Mitterrand, Deng Xiaoping, Felipe González. Ninguno escupía en el piso cuando recordaban que pudieran haber bailado para Stalin o reído chistes de Jruschov. Los apremios de Yeltsin lo llevan romper con el Partido Comunista apenas en 1990 y se vincula con agrupaciones independientes, como Unidad, para desarrollar sus planes electorales, una vez concluido el período de gobierno, no antes. El detonante del golpe de Estado de 1991 se dispara porque ese mismo año Gorbachov declararía la disolución de la URSS. Los golpistas allanan su cabaña en Crimea, lo presionan a renunciar o declarar Estado de Emergencia y al negarse, lo secuestran. El viceprimer ministro Yanayev y el jefe de la KGV, Kriuchov, asumen el “nuevo poder”, el Comité para el Estado de Emergencia.
El golpe de Estado del sector comunista del PCUS, altos oficiales, la KGV, derroca la transición momentáneamente. Vladimir Putin, para entonces asesor del alcalde aperturista de Leningrado, Anatoli Sobchak, usa su influencia en la KGV para neutralizar los golpistas en Leningrado, impedir el despliegue de armamento pesado en la ciudad y evitar la agresión contra miles de manifestantes. Según su libro En primera persona (Plaza & Janés: 2000) Putin dice: “tuve que optar, entre la KGV institución que me formó, y la democracia que representaba Sobchak. No tuve dudas”. Su testimonio lo confirma el apoyo recibido de Sobchak y Yeltsin para ser sucesor en 2000 de la presidencia de Rusia. Con los episodios golpistas de 1991, llega la consagración de Yeltsin. Esa noche al enterarse de las operaciones putchistas, ordena obediencia a su equipo de seguridad que se oponía por temor.
Enfila hacia la sede del Soviet Supremo (parlamento) conocido como la Casa Blanca, desafiando a la KGV y los militares. Una vez allí con parlamentarios cercanos, (para no entrar en detalle, era como “gobernador”) asume la función provisional de jefe del Estado de la URSS y “ministro de defensa”. Decreta inconstitucional, y acto de traición, al Comité del Estado de Emergencia; convoca a una huelga general y a desobedecer a los usurpadores. Cuando los militares, en respuesta, ordenan rodear el edificio, sale del recinto, camina de frente al despliegue castrense y se sube al tanque desde donde se dirige, hoy sabemos, a la historia. Como efecto, el contingente militar que rodeaba la Casa Blanca rompe con los insurrectos y pasa a ser protector de la ahora sede del comando general anti golpista, al que acudieron miles de personas a respaldar la perestroika.
Se comunica con líderes de occidente en apoyo al proceso democrático, que obtuvo prácticamente sin excepciones. Esa noche cuerpos de operaciones especiales golpistas planeaban asaltar la Casa Blanca, pero desistieron por el cálculo de bajas y los resultados políticos. Yeltsin se negó a salir y permaneció en el edificio, al día siguiente enfrentó a los Mefistófeles de botiquín que sugerían quedarse en el poder, envía una delegación en pos de Gorbachov a Crimea, encabezada por los más altos funcionarios bajo su mando y devolverlo a su cargo con honores. Con decisión y coraje detuvo a los militares (su tarima), movilizó a la opinión pública mundial por el cambio y sacó de juego a la reacktion, desmoralizada, aplastada. Jugar limpio lo hizo relevo incontestable de Gorbachov y arrebata el caramelo al viceprimer ministro traidor, Yanayev, quien entra al basurero de la historia en vez de Martov.
@CarlosRaulHer
Tienen capacidad para la talla de piedra, golpearlas hasta hacerlas afiladas como en nuestro paleolítico. Sí fundaran una institución parecida por aquí, con esa capacidad para aprender, corremos riesgos de que nos liquiden y lancen un candidato contra el gobierno. Que nadie les cuente esta historia, porque nos arrasan: la transición rusa del comunismo a la democracia es producto de dos estrategias: la Perestroika (reorganización económico-institucional) y la Glasnost (libre expresión). Las encabeza Mijaíl Gorbachov entre 1985 y 1991, con el apoyo crítico de otro titán, también proveniente del Partido Comunista, Boris Yeltsin. El cuestionaba a Gorbachov por calificarlo de lento, pero jamás hizo ver que negaba el cambio en marcha. Dos grandes jefes políticos sólidos, recios e inteligentes, no disfraces de feria, rivalizaban sin poner jamás en peligro las transformaciones.
Ambos disparan al enemigo, la reacktion sorda, peligrosa, de los viejos comunistas, jubilados y grupos militares, latente y que podían hacerse patógenos. Jamás tuvieron la avilantez de elogiar dinosaurios, comunistas insepultos, los conocidos Yegor Legachov y Nina Andryeva, que veían “traición” en las reformas. Yeltsin era la némesis natural dentro del proceso, muy lejos de hacer algo que vitalizara a la vieja guardia y sabía que su deber era emascularlos. A nadie con la cabeza en su sitio se le ocurría la sandez de cuestionar a Gorbachov y Yeltsin por su origen comunista, ni menos Ronald Reagan o Juan Pablo II, factores esenciales de lo que ocurría. y éste, protector del sindicato Solidaridad de Lech Walesa en Polonia. La transición tenía el apoyo atronador del liderazgo mundial, líderes de verdad, no marimondas enzapatadas.
Juan Pablo II, Reagan, Bush, Thatcher, Kohl, Mitterrand, Deng Xiaoping, Felipe González. Ninguno escupía en el piso cuando recordaban que pudieran haber bailado para Stalin o reído chistes de Jruschov. Los apremios de Yeltsin lo llevan romper con el Partido Comunista apenas en 1990 y se vincula con agrupaciones independientes, como Unidad, para desarrollar sus planes electorales, una vez concluido el período de gobierno, no antes. El detonante del golpe de Estado de 1991 se dispara porque ese mismo año Gorbachov declararía la disolución de la URSS. Los golpistas allanan su cabaña en Crimea, lo presionan a renunciar o declarar Estado de Emergencia y al negarse, lo secuestran. El viceprimer ministro Yanayev y el jefe de la KGV, Kriuchov, asumen el “nuevo poder”, el Comité para el Estado de Emergencia.
El golpe de Estado del sector comunista del PCUS, altos oficiales, la KGV, derroca la transición momentáneamente. Vladimir Putin, para entonces asesor del alcalde aperturista de Leningrado, Anatoli Sobchak, usa su influencia en la KGV para neutralizar los golpistas en Leningrado, impedir el despliegue de armamento pesado en la ciudad y evitar la agresión contra miles de manifestantes. Según su libro En primera persona (Plaza & Janés: 2000) Putin dice: “tuve que optar, entre la KGV institución que me formó, y la democracia que representaba Sobchak. No tuve dudas”. Su testimonio lo confirma el apoyo recibido de Sobchak y Yeltsin para ser sucesor en 2000 de la presidencia de Rusia. Con los episodios golpistas de 1991, llega la consagración de Yeltsin. Esa noche al enterarse de las operaciones putchistas, ordena obediencia a su equipo de seguridad que se oponía por temor.
Enfila hacia la sede del Soviet Supremo (parlamento) conocido como la Casa Blanca, desafiando a la KGV y los militares. Una vez allí con parlamentarios cercanos, (para no entrar en detalle, era como “gobernador”) asume la función provisional de jefe del Estado de la URSS y “ministro de defensa”. Decreta inconstitucional, y acto de traición, al Comité del Estado de Emergencia; convoca a una huelga general y a desobedecer a los usurpadores. Cuando los militares, en respuesta, ordenan rodear el edificio, sale del recinto, camina de frente al despliegue castrense y se sube al tanque desde donde se dirige, hoy sabemos, a la historia. Como efecto, el contingente militar que rodeaba la Casa Blanca rompe con los insurrectos y pasa a ser protector de la ahora sede del comando general anti golpista, al que acudieron miles de personas a respaldar la perestroika.
Se comunica con líderes de occidente en apoyo al proceso democrático, que obtuvo prácticamente sin excepciones. Esa noche cuerpos de operaciones especiales golpistas planeaban asaltar la Casa Blanca, pero desistieron por el cálculo de bajas y los resultados políticos. Yeltsin se negó a salir y permaneció en el edificio, al día siguiente enfrentó a los Mefistófeles de botiquín que sugerían quedarse en el poder, envía una delegación en pos de Gorbachov a Crimea, encabezada por los más altos funcionarios bajo su mando y devolverlo a su cargo con honores. Con decisión y coraje detuvo a los militares (su tarima), movilizó a la opinión pública mundial por el cambio y sacó de juego a la reacktion, desmoralizada, aplastada. Jugar limpio lo hizo relevo incontestable de Gorbachov y arrebata el caramelo al viceprimer ministro traidor, Yanayev, quien entra al basurero de la historia en vez de Martov.
@CarlosRaulHer
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