Julio Rozas
20/10/2026Julio Rozas es catedrático de Genética en la Universidad de Barcelona e investigador principal del grupo de investigación Genómica Evolutiva y Bioinformática. En 2023 recibió el Premio Nacional de Genética, en la modalidad de investigación básica, por sus contribuciones a la genética evolutiva, la evolución molecular y el desarrollo de herramientas bioinformáticas. Su investigación combina genómica y bioinformática para comprender los procesos evolutivos y la diversidad genética. Ha contribuido a la secuenciación y al análisis de los genomas de numerosas especies animales y vegetales. Es, asimismo, desarrollador de herramientas bioinformáticas de referencia internacional para el estudio de la variabilidad genética y la evolución de los genomas. Desde hace algunos años, Julio Rozas ha escrito artículos como autor o coautor para Sin Permiso. El último fue en septiembre sobre el poder de las grandes editoriales científicas. Sin Permiso le hizo esta entrevista a principios de octubre que ahora publicamos.
Sin Permiso. ¿A qué crees que se debe la enemistad tradicional entre las ciencias biológicas y las sociales? ¿Crees que esa enemistad o distanciamiento cuando no clara beligerancia está aflojando en los últimos años?
Julio Rozas. Creo que la enemistad procede, en buena medida, de una disputa sobre qué nivel de explicación consideramos más importante. Durante mucho tiempo, las ciencias biológicas y las sociales no solo utilizaron métodos diferentes, sino que también se disputaron la explicación de la naturaleza humana: unas poniendo el énfasis en los genes y la evolución, y las otras en la historia, la cultura y las estructuras sociales. El problema aparece cuando se pretende explicar fenómenos muy complejos desde un solo nivel. La biología es fundamental, pero no puede explicar por sí sola la pobreza o la desigualdad; del mismo modo, no podemos comprender al ser humano ignorando su naturaleza biológica. Gran parte del conflicto nace precisamente de ese reduccionismo, de querer explicar el todo desde la perspectiva de una sola disciplina.
Hoy existe bastante más diálogo entre ambas áreas y ese distanciamiento se está reduciendo, aunque no ha desaparecido. Un ejemplo es el creciente interés de la genética por las interacciones entre genes y ambiente. Desde hace tiempo, en biología y genética, se reconoce cada vez más que el fenotipo, esto es, el conjunto de características observables de un individuo, depende tanto de la interacción entre sus variantes genéticas (de su genoma) y el contexto ambiental en el que se desarrolla, y que incluye factores sociales, económicos y culturales. Un ejemplo claro lo encontramos en la epidemiología, donde cada vez se estudia más conjuntamente la predisposición biológica y las condiciones sociales que influyen en la salud.
En las ciencias sociales, en cambio, la incorporación de la genética es bastante más reciente. En algunos casos, ya se empiezan a utilizar información biológica junto con variables sociales para estudiar fenómenos complejos. Y esto representa un acercamiento importante entre las dos disciplinas. Cuanto más sabemos sobre genética, más evidente resulta la necesidad de estudiar cómo interactúan los genes con los ambientes y las condiciones sociales. Podríamos decir que ni lo social puede reducirse a la biología, ni la biología puede entenderse al margen del ambiente social.
SP. Además, parece como si se tratase la cuestión únicamente en esta dirección: biología-sociedad. También está la contraria: sociedad-biología, como multitud de estudios muestran. ¿Qué opinas?
JR. Creo que es una cuestión fundamental, porque durante mucho tiempo el debate se ha centrado en cómo los factores biológicos influyen en el comportamiento humano y en las condiciones sociales, pero la relación funciona también en sentido inverso. Las condiciones sociales y económicas pueden influir en nuestra biología, por ejemplo, a través de la alimentación, el estrés, las condiciones de vida o la exposición a contaminantes. Estos factores pueden afectar al desarrollo, a la salud e incluso a determinados mecanismos epigenéticos que regulan la expresión de los genes sin que ello implique necesariamente modificar nuestro genoma, es decir, la secuencia de nuestro ADN. Por eso, la relación entre biología y sociedad en una sola dirección, sino como una interacción continua y recíproca.
SP. Tu tuviste relación con Richard C. Lewontin en los años (1991-1992); él era muy contrario a las tesis de la sociobiología y en concreto de EO Wilson. Han pasado unos años, ¿cómo lo analizas ahora?
JR. Si yo estuve en los laboratorios de R. C. Lewontin en 1991-1992, en el Museum of Comparative Zoology (MCZ) de la Universidad de Harvard. De hecho, fue una etapa científicamente muy estimulante. Era especialmente interesante que en el mismo edificio trabajaran los doctores E. O. Wilson y S. G. Gould. Todo un privilegio para alguien interesado en la evolución y la genética.
En aquella época aún se respiraba en el ambiente la disputa dialéctica entre Lewontin y Wilson. Lewontin fue muy crítico con Wilson porque consideraba que la sociobiología daba demasiado peso a las explicaciones evolutivas y genéticas de la conducta humana, y que en muchos casos se pasaba de plantear una hipótesis evolutiva a dar por explicada la conducta actual sin suficiente evidencia.
Con el tiempo, algunas de las ideas de Wilson han pasado a formar parte, de manera bastante natural, del estudio del comportamiento: es evidente que la evolución y la selección natural tienen algo que decir sobre la conducta social. Pero eso no significa que las críticas de Lewontin hayan perdido vigencia. Al contrario, hoy sabemos mucho más sobre la enorme complejidad de las interacciones entre genes, desarrollo y ambiente.
Por eso considero que el debate ya no debería plantearse como una oposición entre biología y ambiente, o entre naturaleza y cultura. Lo cuestión central es cómo se articular esos niveles y de qué manera se influyen mutuamente. Y, en ese sentido, la crítica de Lewontin al determinismo biológico sigue siendo plenamente válida y cobra aún más sentido a la luz de lo que hoy sabemos sobre la complejidad de las relaciones entre genes, desarrollo y ambiente. Cada vez tenemos más claro que los fenómenos complejos, como la conducta humana, no pueden explicarse atendiendo únicamente a los mecanismos biológicos, sino que exigen considerar también los procesos de desarrollo y el contexto en el que se producen.
SP. El debate sobre el llamado “determinismo genético” dura mucho. Primero, ¿hay alguien que actualmente defienda de forma tajante esta posición ¿Segundo, ¿cuál es tu posición al respecto? Tercero, ¿no crees que incorporar la biología no debilita a quien defiende tesis igualitaristas, sino que aporta otra vía de evidencia, independiente de la economía y la sociología, para sostenerlo, y permite además distinguir con precisión entre lo que la ciencia realmente muestra y las lecturas deterministas —tan atractivas mediáticamente como infundadas— que históricamente se han hecho de ella?
JR. Hoy resulta difícil encontrar científicos que defiendan de forma explícita y tajante un determinismo genético, entendido como la idea de que nuestros genes determinan de manera directa e inevitable nuestras características o nuestra conducta. Creo que incorporar la biología no debilita necesariamente las posiciones igualitaristas; al contrario, puede aportar una evidencia complementaria e independiente de la que proporcionan la economía o la sociología. Una cosa es encontrar diferencias biológicas entre individuos y otra muy distinta concluir que esas diferencias determinan sus capacidades, su comportamiento o su posición social. De hecho, está claramente establecido en biología que el fenotipo, es decir, el conjunto de características que observamos de un organismo y que incluyen su comportamiento, es el resultado de la interacción entre su genotipo con el ambiente. Y las diferencias ambientales pueden ser enormes: las condiciones sociales y económicas, la renta, el entorno familiar, la educación o el lugar donde una persona vive pueden influir de manera muy importante aspectos tan relevantes como su salud, su desarrollo y sus posibilidades de prosperar socialmente. Por eso, cuando hablamos de oportunidades sociales, desigualdades económicas o diferencias en salud, en muchos casos importa más el código postal que el código genético.
SP. Una causa genética no es más inevitable ni menos ajena a nuestro control que haber tenido una infancia traumática, porque no pudimos elegir ninguna de las dos. Tan determinista puede ser la explicación únicamente genética o biológica como la ambiental, ¿cierto?
JR. Ni una causa genética implica necesariamente que una característica o una conducta sea inevitable, ni una causa ambiental significa que sus efectos sean fáciles de modificar. Es cierto que existen enfermedades genéticas, como algunas enfermedades monogénicas, en las que una variante concreta puede tener un efecto muy directo y prácticamente determinante. De manera análoga, determinadas exposiciones ambientales, como una intoxicación grave o una infancia traumática, pueden tener consecuencias profundas y duraderas. En ambos casos, hablamos de factores que pueden escapar a nuestro control y condicionar nuestras vidas, aunque sus efectos no sean siempre iguales ni completamente predecibles. La cuestión, por tanto, no es determinar si los genes o el ambiente ejercen una influencia más decisiva en términos generales, sino examinar qué papel desempeña cada factor en cada caso y cómo se combinan sus efectos. Que no hayamos elegido nuestros genes ni nuestras circunstancias iniciales no significa que nuestro desarrollo esté completamente predeterminado.
SP. ¿Qué opinión te merecen los muy conocidos estudios de Richard Wilkinson y Kate Pickett según los cuales las sociedades con más desigualdad —medida con el coeficiente de Gini— tienen peores indicadores de salud media para toda la población, incluidos los ricos?
JR. Van un poco en la línea del planteamiento anterior. Que existan diferencias biológicas entre individuos no significa que podamos explicar las diferencias en salud entre poblaciones únicamente a partir de esas diferencias. No podemos entender la salud de una población mirando solo a sus genes o a sus características individuales. El contexto social y económico en el que vive una persona puede tener una influencia enorme sobre su salud y sobre sus oportunidades vitales. Desde este enfoque, los trabajos de Wilkinson y Pickett son interesantes porque ponen el foco en un nivel de explicación diferente: el entorno social en el que viven los individuos, donde la desigualdad puede tener efectos sobre la salud que no se reducen simplemente a las diferencias en los ingresos individuales. Su argumento no tiene que ver con negar la importancia de la biología, sino con mostrar que, para explicar las diferencias en salud, necesitamos considerar también las condiciones sociales y económicas.
SP. La epigenética estudia, entre otras cosas, las modificaciones químicas —sobre todo la metilación del ADN— que regulan si un gen se activa o permanece silenciado, sin alterar la secuencia genética subyacente. ¿Podrías explicar si crees que esta tesis es correcta para entender un poco algunos aspectos de la desigualdad?
JR. Sí, creo que la epigenética es interesante precisamente porque nos ayuda a comprender mejor cómo el ambiente puede influir en la expresión (el funcionamiento) de nuestros genes. Pero su interés reside en que permite investigar los mecanismos biológicos a través de los cuales determinadas condiciones de vida se relacionan con cambios epigenéticos que influyen en la expresión génica y, de este modo, pueden contribuir a configurar el fenotipo. De hecho, puede ofrecer una vía para estudiar posibles conexiones entre condiciones sociales, procesos biológicos y diferencias en salud. Obviamente, la epigenética, por sí sola, no explica las desigualdades sociales.
SP. ¿Crees que propuestas como la renta básica y la renta y riqueza máximas aportan soluciones bien enfocadas a la realidad social actual?
JR. Es una pregunta relevante en el contexto actual de la IA. De hecho, varios autores han relacionado el concepto de RBU con el desarrollo de la IA, en el sentido de que esta podría reducir la demanda de trabajo y, por ende, contribuir a generar una sociedad más desigual. En este contexto la RBU podría representar una forma de distribuir parte de las ganancias derivadas del aumento de productividad asociado a la IA. Pero posiblemente no sea la única solución.
SP. Pero ambas propuestas van mucho más allá de las posibles consecuencias para el mercado laboral de la IA. La renta básica ataca la falta de control desde abajo; la renta y la riqueza máximas atacan el exceso de poder desde arriba debido a la acumulación de riqueza. Lo cual enlaza con algunas investigaciones relacionadas con la biología. Por ejemplo, los mencionados Richard Wilkinson y Kate Pickett sostienen que lo que enferma a una sociedad es la desigualdad, y no solo la existencia de un mínimo garantizado, entonces una renta básica sin techo en la parte alta de la distribución dejaría ese gradiente casi intacto. La renta y la riqueza máximas vendrían a cubrir este flanco. ¿Lo ves así?
JR. Estoy esencialmente de acuerdo. La idea de establecer unos umbrales inferior y superior de renta y riqueza es sumamente atractiva, ya que podrían contribuir a reducir la desigualdad y a evitar que las diferencias económicas se traduzcan en diferencias excesivas de oportunidades, salud e influencia social. De forma metafórica, podríamos establecer un paralelismo con el concepto de selección estabilizadora en biología evolutiva, que tiende a favorecer los fenotipos intermedios frente a los extremos cuando estos últimos presentan una menor ventaja adaptativa. En el ámbito social, se trataría de garantizar unas condiciones de vida dignas para todos y, al mismo tiempo, evitar una concentración excesiva de riqueza y poder. En cualquier caso, considero que no basta con diseñar bien estas propuestas: también es fundamental prestar atención a cómo se llevan a la práctica y a que se acompañen de otras políticas sociales y fiscales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario