“Ulises es el libro de un estudiante que se saca los granos de la cara en público, iletrado, chabacano, estéril, pretencioso, autodidacta (con) lo molestos que son…jamás me había aburrido tanto”. Virginia Woolf
Aclaro: todo lo que diga, no es que podrá ser, sino que será utilizado en mi contra por tratarse de una debilidad personal que publico para exorcizarme de lo que me acechó por bastante tiempo. Mi confesión: arrastré la oculta vergüenza de no ser capaz de pasar de las páginas 20 o 25 de Ulises, del Retrato del artista…o Finnegans, ni de nada escrito por Joyce, pese a intentarlo incalculables ocasiones. Cuando no me dormía, me distraía, cuando no me distraía me irritaba, y los ultraesfuerzos de concentración solo me traían agobio y desánimo. Me abrumaba la impotencia para lo que se supone corresponde normalmente hacer con un mediano esfuerzo a un profesor de sociología del arte que se ocupa de estudiar esos temas. Lo peor es que en las conversaciones de amigos, con excepciones, hablaban de Joyce con absoluta normalidad.
En lejana vez, un querido amigo, escritor ya fallecido, en tertulia sabatina informal del Gran Café en Sabana Grande, me preguntó “¿tu leíste el Ulises?”; y en el límite de la vergüenza, con un chorrito de voz casi inaudible, deje colar un “si” apocado, minúsculo, un falsete en sonrojo. Él lo interpreta al revés, como impostación de displicencia y ripostó: “¡mira como lo dices; como si tal cosa!”. Los otros seis cafeína-adictos, habían hecho sentir que “¡claro que lo hemos leído, no faltaría más y varias veces!”, como quien hablaba de Doña Bárbara. Caí en el circuito de fingida familiaridad con Joyce como parte de una farsa colectiva de la que era de muy mal gusto diferenciarse, como del sagrado principio de la virginidad femenina en la Inglaterra victoriana. Joyce era tan popular entre los intelectuales como hoy Ana de Armas, e igual todo el mundo la conoce, pero no la han tocado.
Era tema popular, porque se “estudiaba” la influencia de Joyce y William Faulkner en escritores hispanoamericanos del boom, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Donoso, Cabrera Infante, García Márquez, Sábato, Benedetti, Guimarães Rosa. Anoto que incluso en un par de obras, rebuscadas ellas, de Vargas Llosa (La casa verde) y Fuentes (Cambio de piel) no encontré nada tan absolutamente ilegible como Ulises y creo que Homero no merecía ese vejamen. Pero como lo de la “influencia” venía de críticos literarios autorizados, uno lo creía y se llenaba la jeta con Joyce y Faulkner. Hoy veo que tales críticos tampoco los habían leído y repetían a otros en una cadena interminable. Para ser justos, Faulkner no es tan intragable como el irlandés, aunque tiene lo suyo).
Me ocurrió parecido con el oscuro Heidegger, pero cayó en mis manos la biografía filosófica providencial de Rudiger Safransky, que me ayudó extraordinariamente. Mi soterrado bochorno joyceano continuó hasta que topé dos sacrosantos protagonistas del pensamiento del siglo XX, a los que ni el valor-audacia de Cristóbal Colón y Neil Armstrong juntos, podría calificar de reos de insuficientes para entender y hablar del libro: Jaques Lacan y Carl Jung. Ellos son aplastantes: no hay que darle vueltas: Joyce es ilegible porque es un loco “de carretera” y dicho por dos siquiatras de ese ranking, recuperé la autoestima. Dejé el íntimo rubor ante los estudiantes, la corrosiva autoacusación de “qué pena estar aquí fingiendo saber sin ser capaz de leer cincuenta páginas de uno de los más excelsos libros del mundo”.
Me sentía como un profesor de literatura en el boom actual de Nolan que no supiera de la Odisea. Los dos grandeliga usan sutilezas, vuelan como mariposa, pero pican como avispa, reparten mordiscos del cerco de los dientes. Lacan: “Tal vez sea preciso tratar de pensar que Joyce es ilegible (sin) ninguna empatía”. No tiene “explicación de por qué la gente lo lee o yo mismo escribí sobre estos textos… hechos para que nadie los lea ni los entienda…(escrito) para resolver un problema estrictamente personal: armar su nudo psíquico”. (Seminario 23: “El síntoma”, 1975-1976) Jung es médico de Lucía, la hija esquizofrénica de Joyce y tuvo una relación estrecha con la familia. Escribió sobre Ulises: “Si una persona normal lee ese libro… terminará con la idea de que su autor es esquizofrénico”.
En su ensayo Ulises: un monólogo (1932), Jung compara el libro con una lombriz intestinal, aunque con tanta elegancia para el tema que parece hablar de claveles: “Toda la obra tiene el carácter de un gusano cortado por la mitad que puede desarrollar una nueva cabeza o una nueva cola según se requiera……si los gusanos estuvieran dotados de facultades literarias, escribirían con el sistema nervioso simpático, a falta de cerebro… ¿Qué tiene de malo Ulises? ¿Es aburrido? Si lo es; produce en el lector un molesto sentimiento de inferioridad (es) un trabajo de abrumadora monotonía… este vacío completamente desesperanzador es la nota dominante de todo el libro…No solo comienza y termina en la nada, sino que consiste únicamente en la nada. Es infernalmente nulo”.
Jung se avergonzó de la dureza que había empleado contra la obra de su amigo, y le escribió una carta personal, donde autocuestionaba su agresiva reacción. Ezra Pound fue quien consiguió editor para Ulises, pero luego de intentar leerlo, escribió: “Nada…justifica esta intrincada red. Requiere un estado de ánimo que no tengo…volveré a intentarlo, pero por el momento no veo más que un desvío hacia la nada…es masticar el chicle del idioma”. Pero todos empalidecen frente a la falta de miramientos del hermano, Etanislaus Joyce: “es un síntoma de la claustrofobia artística de James…el final de la decadencia de un talento impresionante”. Lacan y Jung me curaron, aunque enfermaron a muchos. Sin complejos por la calle, pago en el mercado, voy a panaderías, sin temer alguna amenazante y burlona sonrisa o la flecha envenenada de algún estudiante que descubriera mi secreto y preguntara: “¿cómo te va con Ulises?”.
@CarlosRaulHer









