Cómo me recuperé de una depresión Carlos Raúl Hernández

 “Ulises es el libro de un estudiante que se saca los granos de la cara en público, iletrado, chabacano, estéril, pretencioso, autodidacta (con) lo molestos que son…jamás me había aburrido tanto”. Virginia Woolf


Pese a mi reticencia absoluta a escribir sobre asuntos personales, hoy me excuso porque haré una dolorosa confesión. Algunos se alegrarán porque pasé por este calvario y otros no tanto, sobre todo mis amigos, que también estarán sorprendidos y desagradados por mi silencio hasta hoy. Empezaré con un nombre legendario: Ulises de James Joyce, según dicen, metáfora urbana del atormentado, maravilloso, violento, aterrador viaje de regreso de Odiseo, Ulises su nombre en latín, en Joyce las turbulencias infernales de un mar interior: la mente de Leopoldo Bloom, atormentado por la infidelidad de su mujer, Molly Bloom. El viaje interno transcurre en una caminata por Dublín, junio 16 de 1904. No hablamos de la nolanmanìa cinematográfica.

Aclaro: todo lo que diga, no es que podrá ser, sino que será utilizado en mi contra por tratarse de una debilidad personal que publico para exorcizarme de lo que me acechó por bastante tiempo. Mi confesión: arrastré la oculta vergüenza de no ser capaz de pasar de las páginas 20 o 25 de Ulises, del Retrato del artista…o Finnegans, ni de nada escrito por Joyce, pese a intentarlo incalculables ocasiones. Cuando no me dormía, me distraía, cuando no me distraía me irritaba, y los ultraesfuerzos de concentración solo me traían agobio y desánimo. Me abrumaba la impotencia para lo que se supone corresponde normalmente hacer con un mediano esfuerzo a un profesor de sociología del arte que se ocupa de estudiar esos temas. Lo peor es que en las conversaciones de amigos, con excepciones, hablaban de Joyce con absoluta normalidad.

En lejana vez, un querido amigo, escritor ya fallecido, en tertulia sabatina informal del Gran Café en Sabana Grande, me preguntó “¿tu leíste el Ulises?”; y en el límite de la vergüenza, con un chorrito de voz casi inaudible, deje colar un “si” apocado, minúsculo, un falsete en sonrojo. Él lo interpreta al revés, como impostación de displicencia y ripostó: “¡mira como lo dices; como si tal cosa!”. Los otros seis cafeína-adictos, habían hecho sentir que “¡claro que lo hemos leído, no faltaría más y varias veces!”, como quien hablaba de Doña Bárbara. Caí en el circuito de fingida familiaridad con Joyce como parte de una farsa colectiva de la que era de muy mal gusto diferenciarse, como del sagrado principio de la virginidad femenina en la Inglaterra victoriana. Joyce era tan popular entre los intelectuales como hoy Ana de Armas, e igual todo el mundo la conoce, pero no la han tocado.

Era tema popular, porque se “estudiaba” la influencia de Joyce y William Faulkner en escritores hispanoamericanos del boom, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Donoso, Cabrera Infante, García Márquez, Sábato, Benedetti, Guimarães Rosa. Anoto que incluso en un par de obras, rebuscadas ellas, de Vargas Llosa (La casa verde) y Fuentes (Cambio de piel) no encontré nada tan absolutamente ilegible como Ulises y creo que Homero no merecía ese vejamen. Pero como lo de la “influencia” venía de críticos literarios autorizados, uno lo creía y se llenaba la jeta con Joyce y Faulkner. Hoy veo que tales críticos tampoco los habían leído y repetían a otros en una cadena interminable. Para ser justos, Faulkner no es tan intragable como el irlandés, aunque tiene lo suyo).

Me ocurrió parecido con el oscuro Heidegger, pero cayó en mis manos la biografía filosófica providencial de Rudiger Safransky, que me ayudó extraordinariamente. Mi soterrado bochorno joyceano continuó hasta que topé dos sacrosantos protagonistas del pensamiento del siglo XX, a los que ni el valor-audacia de Cristóbal Colón y Neil Armstrong juntos, podría calificar de reos de insuficientes para entender y hablar del libro: Jaques Lacan y Carl Jung. Ellos son aplastantes: no hay que darle vueltas: Joyce es ilegible porque es un loco “de carretera” y dicho por dos siquiatras de ese ranking, recuperé la autoestima. Dejé el íntimo rubor ante los estudiantes, la corrosiva autoacusación de “qué pena estar aquí fingiendo saber sin ser capaz de leer cincuenta páginas de uno de los más excelsos libros del mundo”.

Me sentía como un profesor de literatura en el boom actual de Nolan que no supiera de la Odisea. Los dos grandeliga usan sutilezas, vuelan como mariposa, pero pican como avispa, reparten mordiscos del cerco de los dientes. Lacan: “Tal vez sea preciso tratar de pensar que Joyce es ilegible (sin) ninguna empatía”. No tiene “explicación de por qué la gente lo lee o yo mismo escribí sobre estos textos… hechos para que nadie los lea ni los entienda…(escrito) para resolver un problema estrictamente personal: armar su nudo psíquico”. (Seminario 23: “El síntoma”, 1975-1976) Jung es médico de Lucía, la hija esquizofrénica de Joyce y tuvo una relación estrecha con la familia. Escribió sobre Ulises: “Si una persona normal lee ese libro… terminará con la idea de que su autor es esquizofrénico”.

En su ensayo Ulises: un monólogo (1932), Jung compara el libro con una lombriz intestinal, aunque con tanta elegancia para el tema que parece hablar de claveles: “Toda la obra tiene el carácter de un gusano cortado por la mitad que puede desarrollar una nueva cabeza o una nueva cola según se requiera……si los gusanos estuvieran dotados de facultades literarias, escribirían con el sistema nervioso simpático, a falta de cerebro… ¿Qué tiene de malo Ulises? ¿Es aburrido? Si lo es; produce en el lector un molesto sentimiento de inferioridad (es) un trabajo de abrumadora monotonía… este vacío completamente desesperanzador es la nota dominante de todo el libro…No solo comienza y termina en la nada, sino que consiste únicamente en la nada. Es infernalmente nulo”.

Jung se avergonzó de la dureza que había empleado contra la obra de su amigo, y le escribió una carta personal, donde autocuestionaba su agresiva reacción. Ezra Pound fue quien consiguió editor para Ulises, pero luego de intentar leerlo, escribió: “Nada…justifica esta intrincada red. Requiere un estado de ánimo que no tengo…volveré a intentarlo, pero por el momento no veo más que un desvío hacia la nada…es masticar el chicle del idioma”. Pero todos empalidecen frente a la falta de miramientos del hermano, Etanislaus Joyce: “es un síntoma de la claustrofobia artística de James…el final de la decadencia de un talento impresionante”. Lacan y Jung me curaron, aunque enfermaron a muchos. Sin complejos por la calle, pago en el mercado, voy a panaderías, sin temer alguna amenazante y burlona sonrisa o la flecha envenenada de algún estudiante que descubriera mi secreto y preguntara: “¿cómo te va con Ulises?”.

@CarlosRaulHer

Carisma, luces y sombras Mibelis Acedo Donis

 Revisar teorías más recientes -las que, en lugar de desalojar a priori el papel de los afectos, incorporan su aporte, textura y vitalidad a la dinámica política- permite sin embargo aproximarnos con un poco menos de recelo al fenómeno del carisma.


En Personalidad y poder, Forjadores y destructores de la Europa moderna (2022), el británico Ian Kershaw ofrece un interesante ensayo en el que, a partir de doce biografías de gobernantes del siglo XX europeo, examina el impacto positivo y negativo del liderazgo carismático. La historia aporta, en efecto, numerosos ejemplos de seres humanos que, dotados de esa cualidad extraordinaria (Weber), esa chispa trascendental, -despertada o probada, nunca inoculada- han dejado huella en sus sociedades, para bien y para mal. Ora fungiendo como “héroes” democráticos -Churchill, de Gaulle, Konrad Adenauer, Thatcher, Gorbachov o Helmut Kohl-; ora como monstruos autoritarios -Lenin, Stalin, Hitler o Mussolini-, el análisis de sus actitudes constituye para Kershaw un ineludible punto de partida a la hora de entender si las circunstancias influyeron en su ascenso o si, más bien, fueron sus particulares personalidades, su magnetismo nato, lo que reordenó el curso de los acontecimientos… ¿o ambas cosas?

Tratando a duras penas de esquivar las valoraciones morales sobre sus desempeños, sine ira et studio, habrá que admitir que nos enfrentamos acá no a sujetos-objetos vapuleados por la casualidad, esa fuerza del azar que para Maquiavelo jugaba papel medular en la forja del Príncipe, el político que logra lo que se propone. Se trata de personas que, apalancadas en esa misma contingencia, asumieron control directo sobre la ocasión a punta de astucia, olfato, lectura de la realidad, adecuación de medios y fines, determinación para triunfar políticamente, para conquistar y mantener el poder. Unas veces por vía de la razón democrática, otras por la brutalidad desplegada sin clemencia ni escrúpulos, el carisma ha operado también allí como potenciador del momento y aliño decisivo a la hora de movilizar a las masas en favor de la legitimación de las decisiones del liderazgo.

Entonces, ¿es la personalidad carismática buena o mala per se? ¿Es acaso una simiente de la degeneración inevitable? No necesariamente. Lo que hace potencialmente destructivo o constructivo al carisma quizás tenga que ver con el marco ético que emplaza a su dueño y la facultad que le da para refrenar (o no) la seducción de la vanidad: esa infatuación patológica que lleva al líder a creer que su ascendencia sobre otros es tan imprescindible como incuestionable. Figuras como Mandela, Gandhi o Luther King, tan carismáticos como conscientes de que su legitimidad derivaba de su responsabilidad política, dan fe de esa capacidad para no ceder ante el manoseo de aduladores o la coacción de los censores, para modular la comprensible ambición personal y ponerla a trabajar en función del bien común. La autocontención resulta allí clave para “domar el alma”, a decir de Weber, y no permitir que la dinámica de intensa transferencia afectiva nuble el juicio del conductor de masas.

En sus antípodas, contrapuntean aquellos populistas autoritarios, figuras de perfil mesiánico que, dotados de innegable atractivo personal y ganados por el goce libidinoso del mando, se permiten abusar de su credibilidad, adulterar las reglas de juego y promover la concentración de poder, abonando a la debilidad institucional y la polarización. A expensas de la suspensión del pensamiento crítico, incluso la idea de la “inutilidad” de la rendición de cuentas luce entonces tolerable. El impacto emocional sobre los seguidores se agudiza al punto de entorpecer cualquier análisis racional. La dependencia del líder llena vacíos psíquicos entre individuos inhabilitados por la incertidumbre y la regresión, entre sociedades a menudo infantilizadas, en las que la necesidad de construir estructuras sólidas que garanticen sostenibilidad política a largo plazo tiende a ser subestimada.

Junto con la sensación de baja autoeficacia e impotencia, el locus de control externo opera como mecanismo que refuerza esa sujeción. La creencia de que la fuerza personal y la capacidad de inspirar a mayorías importan más que la adhesión a una propuesta programática, va dejando a los individuos a merced de los vaivenes y la imprevisibilidad personalista, a merced de la espera y la fe en que otro actuará por ellos. Un ciclo vicioso que, alentado por crisis sociales, económicas o políticas, empuja a los desesperados a recobrar la sensación de control identificándose con una figura dominante (un pseudo-padre), en apariencia efectiva, capaz de mitigar el caos y brindar un sentido (Durkheim). He allí una situación de alivio psíquico intenso en medio de la anomia, sí, pero que al disolver la corresponsabilidad ciudadana y la necesidad de participación y accountability, eclipsaría la posibilidad de gobernanza colaborativa, comprometería la capacidad de agencia y autonomía necesarias para operar en democracia.

Para Gustave Le Bon, pionero en ese estudio de la dominación carismática que luego profundizará Weber, el análisis de los seguidores (concebidos en términos de “masa”, “multitud” o “muchedumbre”, e identificados con fenómenos propios de principios del siglo XX como los linchamientos y revueltas) resulta fundamental a la hora de descifrar esta relación. El individuo se transforma al sumergirse en esa masa, afirma, volviéndose menos racional y, por ende, menos interpelado por las consecuencias de sus acciones. (“Ningún copo de nieve se siente responsable de la avalancha”, reza la frase que unos atribuyen a Voltaire, otros al polaco Stanisław Jerzy Lec). Esa avalancha desinvidualizada y anónima opera en atención a sus pulsiones, haciéndose más vulnerable a los efectos de una sugestión que la puede hacer “mejor o peor”, según se oriente. La gratificante conexión con un caudillo capaz de encauzar sus energías mediante un discurso simple e impactante, cargado de imágenes emocionales y golpes de efecto, muta así en adicción.

Augurando que el siglo XX, a diferencia de los anteriores, sería el de la irrupción (legal) de las masas en la vida política, Le Bon concluye que todo líder interesado en ser eficaz tendrá que exacerbar ese “prestigio”, ese magnetismo personal, impresionar la imaginación de los más, penetrar la lógica del gran público y aprovecharla para sus fines. Esta situación que evoca una suerte de hipnosis colectiva, dice, requiere además del “contagio” social de ideas, de la “imitación”. No en balde su popular trabajo, Psicología de las Masas (1895), además de interesar a Freud para el desarrollo de sus tesis sobre la identificación y el “ideal del yo”, ofreció inspiración para la propaganda nazi.

Pérdida temporal de la personalidad individual consciente. Sustitución por la sensación de “unidad mental”. Reacciones supeditadas a la unanimidad, la emoción, la irracionalidad. En ese trato desdeñoso que un liberal conservador como Le Bon dispensa a las masas electorales, seguramente podemos rastrear cierta ojeriza contra la democracia (en masa, “los hombres se igualan siempre… el sufragio de cuarenta académicos no es mejor que el de cuarenta aguadores”, afirma sin pudor). Pero observaciones sobre el despotismo de “ideas transformadas en dogmas” y que, contagiadas sin discriminación, pudiesen sustraer racionalidad a la política, no deja de resonar con nuestro presente. La dinámica de las redes sociales, vehículos prestos a esa proyección a gran escala del carisma, a la propagación de opiniones y su consecuente adopción acrítica (opiniones que dimanan de una gramática moral única, la del líder, el irrebatible “influencer”) hoy parecen darle razón.

Revisar teorías más recientes -las que, en lugar de desalojar a priori el papel de los afectos, incorporan su aporte, textura y vitalidad a la dinámica política- permite sin embargo aproximarnos con un poco menos de recelo al fenómeno del carisma. A partir de la impresión que tiene a veces de que está dominado por una potencia moral que le supera, y “cuyo intérprete es” (Durkheim), el líder carismático puede volverse motor de sacudidas propicias y trascendentales, sin duda. Pero eso siempre deberá pasar por el cedazo del sentido de responsabilidad, ese cable a tierra y dique del ego; esa consciencia de finitud que afecta el vínculo emocional compulsivo y lo transforma en humanidad que se repara y coopera para no hacer daño.

@Mibelis


“En las ciencias sociales la incorporación de la genética es bastante reciente”. Entrevista a Julio Rozas

Julio Rozas      

20/10/2026
 

Julio Rozas es catedrático de Genética en la Universidad de Barcelona e investigador principal del grupo de investigación Genómica Evolutiva y Bioinformática. En 2023 recibió el Premio Nacional de Genética, en la modalidad de investigación básica, por sus contribuciones a la genética evolutiva, la evolución molecular y el desarrollo de herramientas bioinformáticas. Su investigación combina genómica y bioinformática para comprender los procesos evolutivos y la diversidad genética. Ha contribuido a la secuenciación y al análisis de los genomas de numerosas especies animales y vegetales. Es, asimismo, desarrollador de herramientas bioinformáticas de referencia internacional para el estudio de la variabilidad genética y la evolución de los genomas. Desde hace algunos años, Julio Rozas ha escrito artículos como autor o coautor para Sin Permiso. El último fue en septiembre sobre el poder de las grandes editoriales científicas. Sin Permiso le hizo esta entrevista a principios de octubre que ahora publicamos.

La victoria de Lula no fue solo obra de Janones

 

Lula con Janones AFP -

Las claves de la campaña digital de Lula contadas por sus propios estrategas

 

Lula junto a Raúl Rabelo y Chico Kertesz, dos de los estrategas de NORDX Cortesía

Herramientas virtuales y movilización territorial

Las claves de la campaña digital de Lula contadas por sus propios estrategas

La prioridad de cara al balotaje fue acercar la figura del líder brasileño a los jóvenes y votantes indecisos. El rol del “Ejército de Lula” en WhatsApp. “Lo digital solo gana cuando pisa la calle”, definieron desde el equipo de campaña NORDX.

Por Axel Schwarzfeld       30 de octubre de 2026

El equipo de campaña NORDX, que colaboró con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva para lograr la remontada que le permitió conseguir el domingo su reelección, brindó una conferencia de prensa virtual para los medios argentinos en la que explicó las claves de su estrategia electoral. Los asesores destacaron la combinación de herramientas digitales y movilización territorial como clave para convertir la interacción en las redes sociales en apoyo concreto en las urnas, y detallaron que buscaron presentar ante los votantes indecisos la trayectoria y las controversias del adversario en el balotaje, Flávio Bolsonaro.

“Meta no se meta”

Los consultores que participaron de la conferencia fueron Rafael Marroquim, Chico Kertesz, Marcelo Kertesz y Anton Pombo, representante de la agencia en Argentina. Al ser preguntados por Página/12 sobre las razones para utilizar WhatsApp en la campaña de Lula, pese a denunciar que Meta favorecía al bolsonarismo, Marroquim explicó que la estrategia digital se apoyó en la creación del canal “Ejército de Lula” en ese servicio de mensajería, que llegó a reunir a unos 10 millones de personas. Según dijo, cuando el espacio alcanzó los tres millones de personas, sectores de la oposición acudieron al Tribunal Superior Electoral (TSE) para pedir su cierre. La medida judicial que lo mantuvo fuera de línea durante unas 48 horas y la repercusión que tuvo el caso en los medios terminaron por darle mayor visibilidad al canal, señaló.

Marroquim destacó la decisión de impulsar el uso de la camiseta de la selección brasileña de fútbol, una iniciativa que atribuyó al diputado federal André Janones y que, según consideró, permitió disputar simbólicamente un emblema nacional asociado al bolsonarismo. La estrategia combinó transmisiones en YouTube con acciones en WhatsApp e Instagram, a partir de una lectura de los algoritmos y de la capacidad de los propios usuarios para amplificar los contenidos. “Decíamos acá en Brasil: ‘Meta no se meta’ y ‘vos sos tu propio algoritmo, vos tenés la capacidad de cambiar las cosas’”, señaló. “Con una lectura muy sencilla de lo que pasaba con los algoritmos, teníamos la capacidad de cambiar el juego desde afuera”, agregó.

En ese sentido, sostuvo que, aunque cuestionaban el funcionamiento de Meta, buscaron aprovechar sus plataformas para llegar a más personas y disputar la conversación pública. Sin embargo, aclaró que el canal de WhatsApp fue una herramienta importante dentro de una estrategia más amplia, basada también en la movilización política. “Lo digital solo gana cuando pisa la calle”, afirmó.

Como ejemplo, relató que el último día antes de la elección había personas en las calles que, al mismo tiempo, seguían la transmisión en vivo que Janones realizaba desde un estudio en Río de Janeiro. Para Marroquim, esa articulación permitió que la actividad digital acompañara la participación política fuera de las pantallas. Según explicó, los datos de monitoreo de internet y de las plataformas permitían identificar qué contenidos generaban mayor repercusión y trasladar esa dinámica a otros ámbitos de la campaña. En ese sentido, insistió que la interacción digital no era suficiente por sí sola para garantizar un resultado en las urnas: “Engagement que no se vuelve voto es ruido”.

Conocer a Lula

En este marco, el conjunto de consultores sostuvo que uno de los ejes de la campaña fue volver a presentar a Lula ante los votantes que no conocían su trayectoria política, especialmente los jóvenes. Según explicó, entre el 15 y el 20 por ciento del electorado tenía una idea general del presidente, pero desconocía su historia como trabajador y dirigente sindical, su origen en el nordeste brasileño y su lucha por la democracia.

Para acercarlo a esas nuevas generaciones, el equipo recurrió a una canción popular en Brasil y a piezas audiovisuales que mostraban el recorrido del dirigente desde sus primeros años en la política hasta su llegada a la Presidencia. También destacó una iniciativa que imaginaba un diálogo entre el Lula actual y el de sus comienzos como sindicalista, una propuesta que ayudó a renovar la imagen del mandatario y tuvo su correlato en las calles, donde jóvenes expresaban su apoyo con camisetas y otros elementos visuales vinculados con la campaña.

“Este es un gobierno que tiene su legado de cuatro años de trabajo. Había la necesidad de decir lo que habíamos hecho, lo que estamos haciendo y lo que vamos a hacer. Esto es algo natural, fundamental en una campaña. Pero por primera vez, no fue algo central en la narrativa”, argumentó Marroquim, de modo que la campaña buscó ir más allá de la defensa de la gestión y construir una identidad capaz de despertar el interés de nuevos votantes.

La campaña de Lula explicó que también se buscó presentar al mandatario como un dirigente capaz de enfrentarse al sistema político y económico mediante medidas que beneficiaban a la mayoría de la población. Bajo el concepto del “traje antisistema”, el equipo destacó iniciativas como la exención del impuesto a las ganancias para quienes cobran hasta 5.000 reales mensuales y el fin de las apuestas deportivas, que describió como medidas favorables al 99 por ciento de la población frente a los intereses de los sectores más privilegiados.

También mencionó la reforma laboral que terminó con la escala de trabajo conocida como 6x1, que establecía seis días de actividad por uno de descanso, que fue aprobada por amplia mayoría en el Congreso. Según su lectura, la iniciativa buscaba mejorar las condiciones de los trabajadores y contraponer sus intereses a los de quienes se benefician de una jornada laboral más extensa.

“El verdadero Flávio”

Por otro lado, la campaña afirmó que también aplicaron una estrategia basada en dar a conocer al “verdadero Flávio” mediante hechos concretos y un tono contundente pero sobrio, tanto en propaganda como en debates. El objetivo central expresado no era convencer a los militantes afines, sino ofrecer al votante indeciso un motivo tangible para no respaldarlo.

Para ello, el esquema articuló la trayectoria del candidato a partir de sus roles como heredero político en la función pública desde joven y senador desde 2019, sumado a sus controversias legales y financieras recientes como su admisión de haber solicitado dinero para financiar una película sobre su padre al empresario Daniel Vorcaro, implicado en uno de los mayores escándalos de fraude financiero y corrupción de la historia de Brasil.


https://www.pagina12.com.ar/2026/10/30/las-claves-de-la-campana-digital-de-lula-contadas-por-sus-propios-estrategas/

Delcy Rodríguez promete elecciones en Venezuela con una autoridad "renovada"

 




La presidenta encargada del país aseguró que en su país se celebrarán todas las elecciones que establece la Constitución, aunque sin precisar de inmediato una fecha.

EFE  Caracas-

Manuel Felipe Sierra: «La transición en la Venezuela actual no es parte de un guion previamente formulado»

 Yahvé Álvarez / @yahveal            28 octubre, 2026


«La posible transición política que atraviesa Venezuela no es un libreto preestablecido ni una etiqueta que pueda aplicarse a la ligera. Es un cambio de épocas, de realidades y de circunstancias».

La frase pertenece a Manuel Felipe Sierra periodista, analista político y escritor venezolano con más de seis décadas de trayectoria en los principales medios de comunicación de Venezuela. Nacido en Coro, estado Falcón, en 1943, es ampliamente reconocido por su enfoque analítico y su defensa permanente de la democracia y la vía electoral en el país.

«El grave error de mucha gente es hablar de transición como si fuera una etiqueta. Es un proceso complejo, difícil y con particularidades propias de cada caso», subrayó.

Es una tarde de sábado caluroso en el este de Caracas y en este escenario consultamos sus opiniones sobre la realidad venezolana. Son las dos de la tarde y el municipio Chacao está colapsado por una tranca inusitada. La bulla de los carros tiene un protagonismo vital en el desarrollo del mediodía y se destaca que en medio del clima humano es complejo precisar algunas ideas. El periodista sostiene que «la transición en la Venezuela actual no es parte de un guión previamente formulado».

Al abordar el contexto marcado por la reciente intervención militar de los EEUU y la salida del presidente Nicolás Maduro, Sierra sostiene que estamos ante una «realidad mutante». Si bien la intervención fue un protagonista en el inicio, no es el todo. «Hoy contamos con una nueva realidad política, marcada por el asentamiento de mesas de diálogo y la demanda del pueblo venezolano de una nueva forma de gobernar», señaló.

En este escenario, el analista observa un giro hacia una economía social de libre mercado, alejándose de los planteamientos de corte socialista anteriores. «Estamos hablando de aperturas económicas amplias y democráticas», puntualizó, advirtiendo que este proceso no debe interpretarse de forma dogmática, pues incluso las transiciones pueden ser regresivas si no se gestionan con claridad.

Trump: los rasgos del neofascismo en el siglo XXI

Eric Toussaint           

17/10/2026 

El término «neofascismo» para caracterizar la orientación política de Donald Trump significa que el trumpismo no reproduce al pie de la letra el fascismo italiano ni el nazismo alemán de los años veinte y treinta. Se refiere a una orientación que presenta con ellos fuertes convergencias: nacionalismo exacerbado, racismo, visión supremacista y jerárquica de los pueblos, ultraconservadurismo religioso, militarismo, machismo, defensa del orden patriarcal, hostilidad hacia la diversidad, homofobia y transfobia, un anticomunismo y un antimarxismo renovados en una hostilidad radical hacia toda la izquierda, así como un imperialismo sin complejos. Señala enemigos internos y externos, exalta la fuerza, valora la autoridad y la sumisión, y presenta las relaciones sociales e internacionales, ante todo, como relaciones de dominación y poder.

El neofascismo del siglo XXI tiene características propias

Trump no busca, al menos en esta etapa, convocar grandes concentraciones de masas fanatizadas ni organizar las tropas paramilitares de choque que desempeñaron un papel central en los fascismos históricos, tanto en Italia como en Alemania. Sin embargo, el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 demostró que era capaz de movilizar a una multitud fanatizada y recurrir a la violencia política. En enero de 2025, indultó a unas 1 500 personas procesadas o condenadas por su participación en el asalto, y conmutó las penas de catorce de los principales responsables, entre ellos los líderes de los Proud Boys y los Oath Keepers, algunos de los cuales habían sido condenados a dieciocho o veintidós años de prisión por su participación en la preparación y ejecución del asalto paramilitar al Capitolio.

Hasta ahora, Trump privilegia el recurso directo al aparato del Estado, en particular a las fuerzas encargadas de la inmigración y del control de las fronteras, a las fuerzas de seguridad y, en determinadas circunstancias, a la Guardia Nacional. Así, la desplegó en Los Ángeles en contra de la opinión del gobernador y de la alcaldesa, e intentó imponerla en Chicago y Portland a pesar de la oposición de las autoridades locales y estatales. En Washington D. C., llegó incluso a tomar el control de la policía metropolitana y a desplegar a la Guardia Nacional, reforzando directamente la tutela del poder federal sobre la capital.

El susto que despertó a Brasil: así convirtió Lula una derrota en una victoria histórica

La generación que se rebela contra el fin del bienestar europeo: radiografía de las protestas que sacuden el continente

 

Manifestación de jóvenes franceses en las inmediaciones de la Place de la République, en París.Mattia David Rinaldi / Zuma Press / Europa Press

  • Las razones que han llevado a los jóvenes a movilizarse varían en cada país, pero comparten la misma chispa: la ruptura del 'contrato social' europeo y unas desigualdades que se resisten a tocar techo. 

  • "El contexto actual se caracteriza por un profundo desajuste entre las expectativas personales de los jóvenes y las barreras que encuentran para desarrollar sus trayectorias vitales. Esto explica que afloren sentimientos de descontento y enfado generalizados", sostiene el sociólogo Albert Julià.

  • Ilaria Pitti, socióloga en la Universidad de Bolonia, cree que una de las señas de identidad de esta ola de protestas es "la fuerte desconfianza hacia las respuestas ofrecidas por las instituciones estatales y europeas y las promesas del sistema económico neoliberal".

Víctor López      Madrid-24/10/2026