Birra Charles Bukowski y un poema a la cerveza



"Birra": Charles Bukowski y un poema a la cerveza.




Cerveza (Beer) es un poema del escritor norteamericano Charles Bukowski (1920-1994).

Cerveza, que desde esta región del mapa bien podríamos traducir como "Birra", es uno de los ejemplos más notables del llamado "realismo sucio", ámbito polémico en el que Charles Bukowski se destacó por su descarnada franqueza.

Este poema de Charles Bukowski, acaso un reflejo burbujeante de toda su obra, recibió despiadadas críticas, sobre todo acusándolo de insistir en sus obsesiones con un lenguaje inapropiado para la poesía. Este tipo de crítica no es original. También cayó sobre los poetas malditos, grupo que sin dudas recibiría con un grotesco y alegre brindis a un hombre como Charles Bukowski.


Cerveza.
Beer, Charles Bukowski (1920-1994)

No sé cuántas botellas de cerveza
bebí mientras esperaba que las cosas
mejoraran.
No sé cuanto vino, whisky
y cerveza,
principalmente cerveza
bebí después
de haber roto con una mujer
esperando que el teléfono sonara
esperando el sonido de los pasos,
y el teléfono no suena
sino mucho más tarde
y los pasos no llegan
sino mucho más tarde.
Cuando el estómago se me sale
por la boca,
ellas llegan frescas como flores en primavera:
-“¿Qué carajo hiciste?
Pasarán tres días antes de que puedas metérmela”
Una hembra dura más
vive siete años y medio más
que el macho, y toma muy poca cerveza
porque sabe que es mala para la
silueta.
Mientras nos volvemos locos
ellas están fuera
bailando y riendo
con muchachos divertidos.
Bueno, hay cerveza
bolsas y bolsas de botellas vacías de cerveza
y cuando levantas una
se desfonda
y las botellas caen
rodando
entrechocándose
derramando ceniza gris húmeda
y cerveza vieja
o las bolsas caen a las 4
de la mañana
produciendo el único sonido en tu vida.
Cerveza
ríos y mares de cerveza
cerveza, cerveza, cerveza.
La radio pasa canciones de amor
mientras el teléfono permanece en silencio
y las paredes se ciernen
y cerveza es todo lo que hay.

I don't know how many bottles of beer
I have consumed while waiting for things
to get better
I dont know how much wine and whisky
and beer
mostly beer
I have consumed after
splits with women-
waiting for the phone to ring
waiting for the sound of footsteps,
and the phone to ring
waiting for the sounds of footsteps,
and the phone never rings
until much later
and the footsteps never arrive
until much later
when my stomach is coming up
out of my mouth
they arrive as fresh as spring flowers:
"what the hell have you done to yourself?
it will be 3 days before you can fuck me!"
the female is durable
she lives seven and one half years longer
than the male, and she drinks very little beer
because she knows its bad for the figure.
while we are going mad
they are out
dancing and laughing
with horney cowboys.
well, there's beer
sacks and sacks of empty beer bottles
and when you pick one up
the bottle fall through the wet bottom
of the paper sack
rolling
clanking
spilling gray wet ash
and stale beer,
or the sacks fall over at 4 a.m.
in the morning
making the only sound in your life.
beer
rivers and seas of beer
the radio singing love songs
as the phone remains silent
and the walls stand
straight up and down
and beer is all there is.



Charles Bukowski (1920-1994)



"Cerveza": Charles Bukowski; lectura en español:


http://elespejogotico.blogspot.com/2015/07/birra-charles-bukowski-y-un-poema-la.html

Lenore: Edgar Allan Poe

Lenore (Lenore) es un poema maldito del escritor norteamericano Edgar Allan Poe, publicado originalmente en 1831 bajo el título A Paean. Recién en febrero de 1843 apareció la versión corregida, muy superior a la original, en el periódico Pioneer bajo el nombre Lenore.

Por esta joya E.A. Poe recibió la ridícula suma de 10 dólares.


Extrañamente, el nombre Lenore no aparece en la versión original, pero si en un viejo poema casi desconocido, llamado Al Aaraaf, sobre el cual daremos cuenta en el futuro.

Lenore retoma un tópico que obsesionaba a E.A. Poela muerte de una mujer joven, pero desde un ángulo muy distinto al que podemos apreciar en Annabel Lee (Annabel Lee)El cuervo (The Raven) e incluso en Ulalume (Ulalume), todos ellos enfocados en la tragedia que supone la muerte de una mujer joven y hermosa. Aquí, el novio de Lenore, Guy de Vere, a contramano de las emociones de E.A. Poe, encuentra indigno llorar por la muerte de su amada. Por el contrario, considera que debe celebrar el ascenso de Lenore al cielo, sitio en donde espera encontrarla al terminar sus días.


La esperanza está muy presente en Lenore, cosa que no sucede con sus otros poemas trágicos, detalle que ha envuelto de misterio sobre la verdadera identidad de Lenore, acaso una mujer real (Virginia Clemm), o bien alguna extraña combinación de todas las mujeres en la vida de E.A. Poe, las cuales compartían una inoportuna tendencia a morir jóvenes.




Lenore.
Lenore
, E.A. Poe (1809-1849)

"¡Oh! ¡La copa de oro está rota!
¡El espíritu ha huido para siempre!
¡Que suenen las campanas! Un alma
santa flota sobre el río Estigia,
y tú, Guy de Vere, ¿no tienes lágrimas?.
¡Llora ahora, o nunca más!
¡Mira! Encima de ésta rígida y lúgubre
carroza, duerme tu amor!.

¡Lenore!

¡Venid! Dejad que el oficio de difuntos
se lea, que el cántico mortuorio se cante,
un himno para tan regia muerta como
muriera tan joven ...
Un cántico fúnebre para ella, dudosamente
muerta, porque murió tan joven.


¡Miserables¡ La queríais por su riqueza y
la odiabais por su orgullo,
y cuando su salud endeble, la
bendijisteis porque moría,
¡Como, entonces, sera leído el ritual?
¡El réquiem cantado
por vosotros, por ti, mirada oscura;
por ti, lengua calumniosa,
que habéis causado la muerte de la
inocencia que muriera tan joven
Precavimos:!pero no deliréis más¡ ¡Y
Que el canto del Sabbath
Suba hasta Dios tan solemnemente que
La muerte no sienta ningún mal!
La dulce Lenore ha ido adelante
con la esperanza volando al lado,


Dejándole en el dolor a causa de esa
querida criatura que habría sido tu esposa
Ella, la bella, atractiva, que ahora yace
Tan profundamente
Con la vida en la dorada cabellera, pero
no en los ojos.
La vida todavía en la cabellera
Muerte en los ojos...


¡Atrás¡ Esta noche tengo el corazón
ligero. ¡No entonare cantos mortuorios,
pero sostendré el ángel en su vuelo, con
un pean de los días pasados!


¡Que no doblen las campanas! Por
temor de que su dulce alma, en
su alegría religiosa,
pudiera captar las notas, cuando flotan
hacia arriba, desde la tierra maldita,
hacia los amigos de arriba, desde los
amigos de abajo, escapa el espíritu indignado,
huyendo del infierno, hacia el cielo,
dejando los lamentos y los llantos, por
un trono dorado, al lado del Rey de
los cielos."

Edgar Allan Poe (1809-1849)

«El sabor de la nada»: Charles Baudelaire; poema

«El sabor de la nada»: Charles Baudelaire; poema y análisis.




El sabor de la nada (Le Goût du néant) es un poema maldito del escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867), publicado en la antología de 1857: Las flores del mal (Les Fleurs du mal).

El sabor de la nada, probablemente uno de los poemas de Charles Baudelaire más destacados de aquella colección, analiza los efectos destructivos del tiempo, la lenta pero implacable muerte de la esperanza, del placer, la sensación de que estamos en una caída irreversible hacia la nada.

Este gran poema de Charles Baudelaire nos invita a olvidar las viejas formas de salvación, es decir, de liberación y escape del mundo, como la belleza, el amor, el arte, e introducirnos inmediatamente en una dimensión donde lo cotidiano se transforma en repetición, en tedio, en insoportable hastío.





El sabor de la nada.
Le Goût du néant, Charles Baudelaire (1821-1867)

Espíritu melancólico, en otra época enamorado de la lucha,
La Esperanza, cuya espuela agitaba tu ardor,
No quiere más montarte. Acuéstate sin pudor,
Viejo caballo cuyos cascos tropiezan en cada obstáculo.

Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de ignorante.

Espíritu vencido, ¡estropeado! Para ti, viejo merodeador,
El amor ya no tiene sabor, no más que la disputa,
¡Adiós, entonces, cantos del cobre y suspiros de la flauta!
¡Placeres, no tentéis más un corazón sombrío y embustero!

¡La adorable primavera ha perdido su perfume!

Y el Tiempo me traga minuto tras minuto,
Como la nieve inmensa a un cadáver tieso;
Yo contemplo desde lo alto el globo perfecto
Y no busco más el abrigo de una choza.

Avalancha, ¿me llevarás contigo en tu caída?

Morne esprit, autrefois amoureux de la lutte,
L’Espoir, dont l’éperon attisait ton ardeur,
Ne veut plus t’enfourcher ! Couche-toi sans pudeur,
Vieux cheval dont le pied à chaque obstacle butte.

Résigne-toi, mon cœur ; dors ton sommeil de brute.

Esprit vaincu, fourbu ! Pour toi, vieux maraudeur,
L’amour n’a plus de goût, non plus que la dispute ;
Adieu donc, chants du cuivre et soupirs de la flûte!
Plaisirs, ne tentez plus un cœur sombre et boudeur!

Le Printemps adorable a perdu son odeur!

Et le Temps m’engloutit minute par minute,
Comme la neige immense un corps pris de roideur;
Je contemple d’en haut le globe en sa rondeur
Et je n’y cherche plus l’abri d’une cahute.

Avalanche, veux-tu m’emporter dans ta chute?


Charles Baudelaire (1821-1867)


«Cantos de Maldoror»: conde de Lautréamont; canto primero.




Los cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror) es un largo poema en prosa del escritor uruguayo Isidore Lucien Ducasse, más conocido por su seudónimo, conde de Lautréamont (1846-1870), publicado en 1869.

Los cantos de Maldoror son una serie de seis cantos poéticos que se inscriben entre los grandes poemas malditos de Francia. En ellos, el conde de Lautréamont asalta los sentidos del lector, lo acosa, lo hostiga, sacudiéndolo de su lugar de comodidad y obligándolo a participar del hecho poético.

Podemos pensar en Los cantos de Maldoror, sin dudas uno de los mejores poemas del conde de Lautréamont, como parte de los cimientos del surrealismo. El discurso de su protagonista pertenece al terreno de lo onírico, de lo sórdido, de lo humano.

A continuación compartimos el primero de los magníficos y oscuros Cantos de Maldoror.



Los cantos de Maldoror.
Les Chants de Maldoror, conde de Lautréamont (1846-1870)

Me propongo, sin estar emocionado, declamar con voz potente la estrofa seria y fría que vais a oír. Prestad atención a su contenido y no os dejéis llevar por la impresión penosa que al modo de una contusión ha de producir seguramente en vuestras imaginaciones alteradas. No creáis que yo esté a punto de morir, pues todavía no me he vuelto esquelético ni la vejez está marcada en mi frente. Descartemos, por lo tanto, toda idea de comparación con el cisne en el momento en que su existencia lo abandona, y no veáis ante vosotros sino un monstruo cuyo semblante me hace feliz que no podáis contemplar: si bien es menos horrible que su alma. Con todo, no soy un criminal.

Pero dejemos esto. No hace mucho tiempo que he vuelto a ver el mar y que he puesto los pies sobre los puentes de los barcos, y mis recuerdos son tan vivos como si lo hubiera dejado ayer. Tratad, con todo, de mantener la misma calma que yo en esta lectura que ya estoy arrepentido de ofreceros, y de no enrojecer ante la idea de lo que es el corazón humano. ¡Oh pulpo de mirada de seda!, tú, cuya alma es inseparable de la mía, tú, el más bello de los habitantes del globo terráqueo, que mandas sobre un serrallo de cuatrocientas ventosas, tú, en quien residen noblemente como en su morada natural, en perfecto acuerdo y unidas por lazos indestructibles, la dulce virtud comunicativa y las divinas gracias, ¿por qué razón no estás junto a mí, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio, ambos sentados sobre alguna roca de la costa, para contemplar ese espectáculo que idolatro?

Viejo océano de ondas de cristal, te pareces, guardadas las proporciones, a esas marcas azuladas que se ven en el dorso magullado de los grumetes, eres una inmensa equimosis que se muestra sobre el cuerpo de la tierra: me encanta esta comparación. Así, al primer golpe de vista, un soplo prolongado de tristeza, que se tomaría por el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando rastros inefables sobre el alma profundamente sacudida, y recuerdas a la memoria de tus amantes, sin que ellos lo adviertan, los duros comienzos del hombre en los que inicia sus relaciones con el dolor, que no ha de abandonarlo nunca más. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que regocija la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojos del hombre, parecidos por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves nocturnas por la perfección circular del contorno. Sin embargo, en el transcurso de los siglos, el hombre no ha dejado nunca de creerse bello. Pero pienso que más bien cree en su belleza por amor propio, aunque en realidad no es bello y lo sospecha; si no, ¿por qué contempla el rostro de sus semejantes con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo. No presentas cambios fundamentales, y si tus olas en alguna parte están encrespadas, más lejos, en otra zona, se encuentran en la más completa calma. No eres como el hombre que se detiene en la calle para ver cómo se toman por el cuello dos bull-dogs, pero que no se detiene cuando pasa un entierro; que por la mañana está afable y por la tarde malhumorado, que hoy ríe y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, no sería del todo imposible que escondieras en tu seno futuros beneficios para el hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secretos de tu íntima estructura: eres modesto. El hombre se jacta continuamente, y sólo de minucias. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, las especies diversas de peces que alimentas, no se han jurado fraternidad entre sí. Cada especie vive apartada. Los temperamentos y las conformaciones variables de una a otra, explican, de manera satisfactoria, lo que al comienzo sólo parece una anomalía. Lo mismo pasa con el hombre, que no tiene los mismos motivos de disculpa. Si un trozo de tierra está ocupado por treinta millones de seres humanos, éstos se creen obligados a no mezclarse en la existencia de sus vecinos, que han echado raíces en el trozo de tierra contiguo. Grande o pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su guarida, y sale de ella muy poco para visitar a sus congéneres, acurrucados igualmente en otra guarida. La gran familia universal de los seres humanos es una utopía digna de la lógica más mediocre. Además, del espectáculo de tus Mamas fecundas se deduce la noción de ingratitud: pues se piensa inmediatamente en la multitud de padres tan ingratos hacia el Creador como para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu grandeza material sólo puede medirse con la magnitud que uno se representa de la potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede abarcar de una ojeada. Para contemplarte es imprescindible que la vista haga girar su telescopio con movimiento continuo hacia los cuatro puntos del horizonte, del mismo modo que un matemático está obligado, para resolver una ecuación algebraica, a examinar por separado los distintos casos posibles, antes de superar la dificultad. El hombre ingiere sustancias nutritivas y realiza otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar idea de que es corpulento.. Que se hinche todo lo que quiera esa rana adorable. Quédate tranquilo, nunca igualará tu volumen; por lo menos ésa es mi opinión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el mismo gusto que la hiel destilada por la crítica sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se lo hace pasar por idiota, si algún otro es corporalmente bello, resulta un horrible contrahecho. No hay duda de que el hombre debe sentir intensamente su imperfección, cuyas tres cuartas partes son, por lo demás, obra suya, para criticarla de tal modo. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos, todavía no han logrado, con ayuda de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, algunos de los cuales hasta las sondas más largas y pesadas han reconocido inaccesibles. A los peces… le está permitido; no a los hombres. Muchas veces me he preguntado si será más fácil de reconocer la profundidad del océano que la profundidad del corazón humano. A menudo, con la mano apoyada en la frente, de pie sobre los barcos, en tanto que la luna se balanceaba entre los mástiles en forma irregular, me he sorprendido mientras hacía a un lado todo aquello que no era el fin que yo perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema. Sí, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos: el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia de la vida pueden, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u otra solución, me estará permitido decir que, pese a lo profundo del océano, no podrá igualarse, en lo que respecta a dicha propiedad, con lo profundo del corazón humano.

Estuve en contacto con hombres que fueron virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de exclamar: "Han practicado el bien en este mundo, lo que quiere decir que han sido caritativos: eso es todo; no hay en ello picardía alguna y cualquiera puede hacer otro tanto." ¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, se separan por una palabra mal interpretada, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de la venganza, del amor y de los remordimientos, y no se vuelven a ver nunca más, embozado cada uno en su altanería solitaria? Es un milagro que, aunque se renueva diariamente, no deja por eso de ser menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las particulares de los amigos más queridos, aunque al mismo tiempo se sufra la aflicción? Un ejemplo irrebatible para cerrar la serie: el hombre dice hipócritamente sí y piensa no. Por esta razón los jabatos de la humanidad confían tanto los unos en los otros, y no son egoístas. Todavía le queda a la psicología mucho camino por andar. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu poder es extraordinario y los hombres han aprendido a conocerlo a sus expensas. Por más que empleen todos los recursos de su genio, son incapaces de dominarte. Han encontrado a su maestro. Debo agregar que han encontrado algo más fuerte que ellos. Ese algo tiene un nombre. Ese nombre es: ¡océano! El miedo que les inspiras ha hecho que te respeten. Con todo, haces danzar sus máquinas más pesadas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces ejecutar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables zambullidas hasta el fondo de tus dominios que despertarían la envidia de un saltimbanqui. Bienaventurados aquellos que no llegas a envolver definitivamente con tus pliegues burbujeantes, para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas acuosas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos.

El hombre dice: Yo soy más inteligente que el océano. Es posible; quizás hasta sea cierto; pero más miedo le tiene el hombre al océano, que el que éste le tiene al hombre: lo cual no necesita demostración. Ese patriarca observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, sonríe compasivo cuando asiste a los combates navales de las naciones. Ahí tenéis un centenar de leviatanes salidos de las manos de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los gritos de los heridos, el estruendo de los cañones, constituyen una barahúnda apropiada para aniquilar a unos pocos segundos. Pareciera que el drama ha concluido y que el océano lo ha tragado todo en su vientre. Las fauces son formidables. ¡Qué inmenso debe de ser hacia abajo, en la dirección de lo desconocido! Como remate de la estúpida comedia, que ni siquiera despierta interés, se ve en medio de los aires alguna cigüeña retrasada por la fatiga, que se pone a gritar sin disminuir el empuje de su vuelo: ¡Vaya!… ¡no me gusta nada! Había allá abajo unos puntos negros; cerré los ojos y ya no están más. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, oh gran célibe; cuando recorres la solemne soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulleces con justicia de tu magnificencia natural y de la merecida alabanza que me apresuro a dedicarte. Voluptuosamente mecida por los tiernos efluvios de tu lentitud majestuosa —atributo, el más grandioso entre aquellos con que el soberano te ha favorecido—, tú haces rodar, en medio de un sombrío misterio, por toda tu superficie sublime, las olas incomparables, con el sentimiento sereno de tu eterno poder. Ellas desfilan paralelamente, separadas por cortos intervalos. Apenas una disminuye, otra que crece va a su encuentro, acompañada del rumor melancólico de la espuma que se deshace para advertimos que todo es sólo espuma. (Así los seres humanos, esas olas vivientes, perecen uno tras otro, de un modo monótono, sin producir siquiera un rumor espumoso.) El ave de paso reposa sobre ellas confiada, dejándose llevar por sus movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que el armazón de sus alas haya recobrado el vigor normal para continuar su aérea peregrinación.

Quisiera que la majestad humana fuera por lo menos la encarnación del reflejo de la tuya. Pido demasiado, y este deseo sincero te glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Contéstame, océano: ¿quieres ser mi hermano? Muévete impetuosamente… más… todavía más, si aspiras a que te compare con la venganza de Dios; alarga tus garras lívidas fraguándote un camino en tu propio seno… está bien. Haz rodar tus olas espantosas, océano horrible que sólo yo comprendo, y ante el cual caigo prosternado. La majestad del hombre es prestada; no se me impone; tú, sí. Oh, cuando avanzas con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un séquito, magnético y salvaje, haciendo rodar tus ondas unas sobre otras, con la conciencia de lo que eres, en tanto que lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un intenso remordimiento que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que tanto atemoriza a los hombres, hasta cuando te contemplan trémulos desde la seguridad de la costa; entonces comprendo que no poseo el insigne derecho de proclamarme tu igual. Por eso, frente a tu superioridad, te entregaría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor contenida en mis aspiraciones hacia lo bello) si no me recordaras dolorosamente a mis semejantes, que forman contigo el más irónico contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no puedo amarte, te aborrezco. ¿Por qué entonces vuelvo a ti, por milésima vez, hacia tus manos amigas que se disponen a acariciar mi frente ardorosa, cuya fiebre desaparece a tu contacto? No conozco tu destino secreto, todo lo que te concierne me interesa. Dime, entonces, si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo… dímelo, océano (solamente a mí para no entristecer a aquellos que hasta ahora sólo han conocido ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que ésta sea la última estrofa de mi invocación. Por lo tanto, quiero saludarte una vez más y presentarte mi adiós. Viejo océano de ondas de cristal… abundantes lágrimas humedecen mis ojos, y me faltan fuerzas para proseguir, pues siento que ha llegado el momento de retornar con los hombres de aspecto brutal; pero… ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, viejo océano!

conde de Lautréamont (1846-1870)



Lautréamont - Los cantos de Maldoror


Lautréamont - Los cantos de Maldoror. Disponible en nuestro canal de Telegram

Emil Cioran - En el seno de la nada...

Emil Cioran - En el seno de la nada...


Es difícil formular un juicio sobre la rebelión del menos filósofo de los ángeles, sin mezclar en él simpatía, asombro y reprobación. La injusticia gobierna el universo. Todo lo que se construye, todo lo que se deshace, lleva la huella de una fragilidad inmunda, como si la materia fuese el fruto de un escándalo en el seno de la nada. Cada ser se nutre de la agonía de otro ser; los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mundo es un receptáculo de sollozos… En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos. Ningún soberbio desencadenamiento sabría sacudir el espacio ni ennoblecer las almas. Triunfos y fracasos se suceden según una ley desconocida que tiene por nombre destino, nombre al que recurrimos cuando, filosóficamente desguarnecidos nuestra estancia aquí abajo o no importa donde nos parece sin solución y como una maldición que debemos sufrir, irracional e inmerecida. Destino: palabra selecta en la terminología de los vencidos… Avidos de una nomenclatura para lo irremediable, buscamos un alivio en la invención verbal, en las claridades suspendidas encima de nuestros desastres. Las palabras son caritativas: su frágil realidad nos engaña y nos consuela…
Y así es como el “destino”, que no puede querer nada, es quien ha querido lo que nos sucede… Prendados de lo Irracional como único modo de explicación, le vemos cargar la balanza de nuestra suerte, en la cual ni pesan sino los elemento negativos, de la misma naturaleza. ¿De dónde sacar el orgullo para provcar a las fuerzas que lo han decretado así y que, es más, son irresponsables de tal decreto? ¿Contra quién llevar la lucha y a dónde dirigir el asalto cuando la injusticia hostiga el aire de nuestros pulmones, el espacio e nuestros pensamientos, el silencio y el estupor de los astros? Nuestra rebelión está tan mal concebida como el mundo que la suscita. ¿Cómo empeñarse en reparar los entuertos cuando, como Don Quijote en su lecho de muerte, hemos perdido —en el extremo de la locura, extenuados— vigor e ilusión para afrontar los caminos, los combates y las derrotas? Y ¿cómo encontrar de nuevo la frescura del arcángel sedicioso, aquel que, todavía al comienzo del tiempo, ignoraba esta sabiduría pestilente en la que nuestros impulsos se ahogan? ¿Dónde beberíamos suficiente verbo y desparpajo para infamar al rebaño de los otros ángeles, mientras que aquí abajo seguir a su colega es precipitarse más bajo todavía, mientras que la injusticia de los hombres imita a la de Dios y toda rebelión opone el alma al infinito y la rompe contra él? A los ángeles anónimos —acurrucados bajo sus alas sin edad, eternamente vencedores y vencidos en Dios, insensibles a las nefastas curiosidades, soñadores paralelos a los lutos terrestres— quién se atrevería a tirarles la primera piedra y, por desafío, a dividir su sueño? La rebelión, orgullo de la caída, no extrae su nobleza más que de su inutilidad: los sufrimientos la despiertan y luego la abandonan; el frenesí la exalta y la decepción la niega… No podría tener sentido en un universo no -válido…

(En este mundo, nada está en su sitio, empezando por el mundo mismo. No hay que asombrarse entonces del espectáculo de la injusticia humana. Es igualmente vano rechazar o aceptar el orden social: nos es forzoso sufrir sus cambios a mejor o a peor con un conformismo desesperado, como sufrimos el nacimiento, el amor, el clima, y la muerte. La descomposición preside las leyes de la vida: más cercanos a nuestro polvo que lo están al suyo los objetos inanimados, sucumbimos ante ellos y corremos hacia nuestro destino bajo la mirada de las estrellas aparentemente indestructibles. Pero incluso ellas estallarán en un universo que sólo nuestro corazón toma en serio para expiar después con desgarramientos su falta de ironía…

Nadie puede corregir la injusticia de Dios y de los hombres: todo acto no es más que un caso especial, aparentemente organizado, del Caos original. Somos arrastrados por un torbellino que se remonta a la aurora de los tiempos; y si ese torbellino ha tomado el aspecto del orden sólo es para arrastrarnos mejor…)

Émil M. Cioràn
(Los Angeles reaccionarios, de Breviario de Podredumbre)

Natalia Ginzburg - Una ausencia


Natalia Ginzburg - Una ausencia


Cuando regresó a casa de la estación se sintió solo en aquella casa suya tan grande. Nunca como entonces le parecieron más carentes de sentido aquellas largas cortinas oscuras, aquellas repisas polvorientas, el criado que servía a la mesa con aquellos guantes blancos. Sin Anna todo parecía una farsa. Por la noche, el lecho matrimonial, cubierto con la colcha de raso celeste, primero lo hizo reír y luego lo puso melancólico. Anna adoraba las cosas fastuosas, majestuosas, a la antigua, y si hubiese podido se habría hecho un vestido de paño y tul, y un gran sombrero de plumas, como los de antaño.

Aquella primera noche de soledad Maurizio se fue pronto a la cama y durmió de un tirón, y por la mañana lo despertaron los gritos de su hijo, que no quería bañarse. Le dio por buscar con la mirada el albornoz blanco de Anna, que solía estar junto a la cama. Al ver que no estaba se acordó: «Anna está en San Remo». Pensó que le tocaba a él ir a regañar al niño, soltarle un buen sermón, como hacía Anna, decirle por ejemplo que todos los niños buenos se bañaban, y que se iba a convertir en Pedro Melenas, o amenazarle con quitarle la pelota nueva. Pero se dio cuenta de que no le apetecía en absoluto y no se movió. Tras un rato, los gritos cesaron y escuchó el pesado caminar de la niñera, aquella voz profunda susurrando: «Vamos, cielo, ve a darle los buenos días a papá». Por la puerta se asomó el niño, el pelo rubio despeinado, la carita colorada.

—Villi, cariño, ven. —Lo ayudó a subir a la cama y acarició con las manos sudadas sus manitas frías—. ¿Quién era ese niño caprichoso de hace un rato? No, no, los niños malos no me gustan.

Luego jugaron a la pelota en pijama y se divirtieron mucho. La mañana era clara, soleada y tranquila. 
«Ahora vete a vestir, querido Villi». Estuvo una hora en el baño frotándose todo el cuerpo con la esponja, y luego pidió que le llevaran una taza de cacao. Anna bebía siempre té, y hacía que le llevaran el té también a él porque, decía, no convenía que el servicio tuviera demasiado trabajo. «Esto no es una posada».

Se vistió, fue al estudio y se tumbó en el diván sin descalzarse pidiendo perdón mentalmente a Anna. «¿Qué demonios voy a hacer, si no? No me apetece salir». Alargó el brazo hasta la estantería, eligió un volumen de poesía francesa moderna que le gustaba a Anna, leyó un poema y se aburrió. Él prefería la poesía con rima y ritmo, le había dicho un día a Anna, y ella le había contestado con una mueca.

  Intentó imaginarse a Anna en San Remo, y la vio paseando por un bulevar con su mantón blanco. Se la imaginó también de noche con su vestido negro escotado por la espalda. Anna era como un piano de cola, solo se vestía de blanco y negro. «Para variar», decía. Odiaba todo lo que no se salía de la norma. Y ciertos amigos de su marido eran, según decía, «buena gente». Cuando llamaba a alguien buena gente, quedaba claro que lo despreciaba.

  Él mismo no podía estar del todo seguro de que Anna no lo hubiera despreciado alguna vez. De cuando en cuando aún le maravillaba haberse casado con ella. Antes de salir juntos ella había estado un mes con un estudiante judío que llevaba una barba corta y pelirroja y escupía al hablar. Aunque también hablaba once idiomas y tenía muchas virtudes. Si Anna no se había casado con él era porque jamás se habría casado con un hombre feo y pobre. Y cuando los padres de Anna y el padre de Maurizio acordaron que sus hijos se casarían, Anna no se negó. Maurizio se había preguntado muchas veces cómo había sucedido algo así. La mañana en la que se despertó junto a Anna en la gran cama matrimonial con la colcha de raso celeste, se preguntó si era verdad lo que veían sus ojos, cómo podía ser cierto algo así. Sabía que era muy rico, pero Anna también era muy rica, y Anna no estaba enamorada de él, ni él lo estaba de Anna. Los dos eran conscientes de aquello, y sin embargo no habían sido infelices, si bien es verdad que al principio habían tenido algún pequeño conflicto, porque Anna quería los muebles antiguos y a Maurizio le gustaban más los de estilo contemporáneo, y también por lo del té y lo del cacao, y otras cosas por el estilo.

  Maurizio se había preguntado muchas veces si Anna lo engañaba y aquel día tuvo la certeza de ello, estaba convencido de que se había ido a San Remo a ver a un amante y de que no regresaría jamás de aquel viaje. Se imaginó la carta que le escribiría: «Maurizio, lo siento, pero no aguanto más, nuestro matrimonio ha sido un error… Debemos separarnos». Vio su caligrafía alargada y clara, el papel de carta lila. Se imaginó al amante de Anna, alto, muy alto, y delgado, de cabello largo y ensortijado, francés, ruso quizá. Pero no, Anna iba a volver, era una mujer sensata. «Querido, no puedes entenderme…, mi hijo…, no sabes lo que es ser madre». A veces le gustaba hablar como si fuese la heroína de una novela: «Conservaré tu recuerdo hasta que muera; tu recuerdo, el de estos hermosos días…».

  Y luego regresaba, regresaba, el pelo más claro por el agua del mar, su hermosos labios rojos sobre la tez morena.

  —Anna, ¡querida Anna!

  Ella se sentaba frente a él con las piernas cruzadas y el ceño fruncido.

  —Maurizio, tenemos que hablar de un asunto serio.

  —¿Qué sucede?

  Anna se levantaba, se ponía las manos tras la espalda, aquella manos fuertes y amarillas a causa de la nicotina.

  —¿Has buscado?

  —¿Yo? ¿El qué?

  —Un trabajo.

  —Ah… no, Anna, se me ha olvidado. —Y a continuación afirmaba—: Tampoco me parece que sea una cosa urgente… Tenemos mucho dinero.

  —No importa. Es indigno que no hagas nada. Y que estés tan a gusto…

  La primera vez que Anna le había dicho que buscara un trabajo él se había puesto a reír un tanto asombrado.

  —Pero ¿un trabajo de qué?

  —Dios mío…, ¿acaso no eres licenciado en derecho?

  —¿Licenciado en derecho? Ah, sí.

  También le asombraba lo de la licenciatura en derecho, igual que su matrimonio con Anna. Había escrito una tesis cortísima, las notas habían sido mediocres, y le habían hecho regalos. Pero a Anna le encantaba hablar de aquella licenciatura cuando se reunían con amigos, se las arreglaba para mencionarla en cualquier conversación.

  —Sí, cuando Maurizio se licenció… mi suegro lo celebró con un gran banquete e invitó a muchos amigos. Incluso me invitó a mí, y todavía no éramos novios.

A Anna le encantaban los recuerdos. Un día le dijo a Maurizio:

  —Cuéntame algo de tu infancia.

  Y Maurizio le estuvo inmensamente agradecido por aquellas palabras porque también él amaba los recuerdos. Empezó a contar y a contar. ¡Su infancia! Le parecía que estaba aún tan viva, tan cercana. Pero Anna se aburrió, no le gustaron sus recuerdos. Al Maurizio niño se lo había imaginado muy distinto. Se había imaginado a un muchacho espabilado, caprichoso, audaz, que trepaba a los árboles y se escapaba de casa. Y en vez de eso…

  —De pequeño tenía siempre otitis, iba con una venda sobre las orejas. No me gustaba jugar con los otros niños… Las vacas me daban miedo. —Más todavía—: ¿Sabías, Anna, que llevé una bata hasta los quince años?

  —¿Qué dices? ¿Hasta los quince años?

  —Sí, Anna, una larga bata celeste con dos grandes bolsillos.

  Anna se rio, pero era evidente que no estaba contenta. Aquello de la bata no le había hecho gracia.

  —¿En serio, hasta los quince años?

  —Sí, Anna…

  Y luego estaban sus juguetes. Habría hablado de sus juguetes durante horas, pero Anna era incapaz de prestar atención mucho tiempo. Sus favoritos no habían sido los juguetes mecánicos, sino los coloridos, los enormes animales de paño o de felpa, los teatritos de marionetas. Y en vez de los libros de Verne y de Salgari, prefería las fábulas ilustradas, las amadas fábulas alemanas, el cuento de Peter Pan. Pues bien, nada de aquello le gustaba a Anna. Y Anna le regalaba al niño todo tipo de juguetes serios, difíciles, mientras que Maurizio le llenaba el armario de los hermosos juguetes de siempre, sencillos y fascinantes, y era capaz de llegar a casa con tres globos rojos, porque también le habían encantado cuando era niño.

  Aquel día —el primer día tras la partida de Anna— transcurrió lento, monótono y vacío. Llegó la noche, y durante la cena Maurizio y Villi jugaron a muchos juegos, a las adivinanzas, a dibujar y a pintar, y mancharon el mantel de mermelada ante la mirada de reproche del criado, que se llamaba Giovanni. Luego Maurizio se dio cuenta de que se había hecho tarde, y con tal de que Villi se fuera a la cama sin llorar le prometió llevarlo al cine otro día, pidiéndole perdón a Anna mentalmente. El niño le dio las buenas noches, él se agachó para darle un beso en aquella naricita pecosa y le dijo que soñara con mamá. Entonces se vio solo a la mesa y descubrió por primera vez que una mesa en la que ya se ha comido tiene algo de triste, con todo ese desorden de migas y mondaduras y vasos medio vacíos y servilletas arrugadas. Decidió salir.

  Al poco estaba en la calle con la gabardina desabrochada, y mientras la brisa fresca le soplaba en el rostro, sintió una ligera satisfacción. «¿Adónde voy? ¿Al cine?». Cruzó el puente: bajo sus pies fluía el río, oscuro, turbio, salpicado de luces rojas. «¿Adónde voy?». Se detuvo y se apoyó sobre la baranda. «Anna… ahora estará bailando, y luego beberá champán, y luego… con su amante… Dios mío, ¿por qué no estoy celoso?». Miró al cielo, la luna pequeña, aquellas dos o tres nubes negras. Nunca había creído en Dios. «Dios mío, si existes, hazme estar celoso de Anna… Aunque solo sea un instante, haz que me muera de envidia…». Probó a pensar en ella, sus fríos labios, sus pechos pequeños, sus dulces y amorosas manos. «¡Anna! ¡Anna!». Nada. No sentía nada, ni siquiera un escalofrío. En el cielo, la pequeña luna se escondió tras una nube, como si se mofara de él. Se sintió cansado, abatido y solo. Recordó lo que le había dicho Anna un día, mientras discutían medio en serio, medio en broma: «Tú no tienes sangre en las venas, tienes agua». Así era, tenía agua: agua fresca y clara. Tenía la sensación de que no había sufrido jamás, por nada, por nadie. No recordaba haberse enamorado nunca. No recordaba haber deseado con locura a ninguna mujer. Los únicos sueños que recordaba eran las locas fantasías de su infancia, que se confundían con absurdas fábulas y viejas leyendas. Tras un rato le pareció que comprendía por fin lo que era realmente: «Señor, ¿por qué no me hiciste hombre, un hombre como los demás? ¿Por qué no me das fuerza para proteger a mi hijo, para defender a Anna?». Se dirigía a Dios de ese modo solo por echarle la culpa a alguien. «No soy más que un niño, un niño como mi niño». Se dio cuenta de que estaba en uno de esos momentos de absoluta franqueza, tan raros en su vida. «Ni siquiera a Villi lo quiero de verdad. Me divierto con él y con sus juguetes. Pero si mañana me levantara pobre, sería incapaz de buscarme un trabajo por su bien. ¿Quién me necesita entonces, quién lloraría si yo…, si yo faltase…?». La gente iba y venía a su alrededor, pero él solo podía pensar en sí mismo y en el río. «Si me tirase, Anna recibiría un telegrama: “Trágico accidente, vuelve cuanto antes”. ¡Cómo se asustaría! Pensaría en Villi. Luego en la esquela: “Rogad a Dios en caridad por el alma de…”. Pero no me tiraré a ese río tan oscuro y sucio en el que flota toda la basura de la ciudad. Anna dice que soy un melindres».

  —No puedo ser abogado, Anna, los pobres me dan asco.

  —Ni que tuvieras que ponerte su ropa, ¡madre mía! Tus clientes…, habla con ellos de sus casos y listo.

  —Lo sé Anna, pero me molesta el olor a cebolla y a ajo.

  A veces exageraba un poco, para disgustar a Anna.

  Poco a poco se alejó de la baranda. Se puso a caminar de nuevo. La luna reapareció; una luz clara y fría le inundó el corazón. Poco a poco sintió que volvía en sí. «Y por qué no ir esta noche… a casa de aquella muchachita rubia… Mimí, Lilí o algo parecido». Avanzaba un poco más erguido, acelerando el paso. Y se sentía vagamente orgulloso de haber pensado en suicidarse por un momento en el puente. «Cicí o Lilí, ¿cómo diantres se llamaba? Una hermosa muchacha rubia con el cuello lleno de pecas, como Villi». ¿Cómo sería Villi de mayor? ¿Como él o como Anna? Anna había sido una chica chismosa y precoz, y no había tardado en entrar en sociedad, donde había aprendido a coquetear, eso sí, con gracia y distinción, como lo hacía todo. Y desde pequeña había viajado mucho, tenía don de gentes. Él no. Él a los quince años era un muchacho delgado vestido con una bata celeste a quien no interesaban las mujeres… Se metió por un callejón oscuro alumbrado con un farol de gas. «Ya está todo en orden, querida Anna. Tú en San Remo con tu amante y yo con mi muchacha, con la bella Tití o Cicí o como se llame. Aquí estoy».

  Subió dos o tres escalones, tocó el timbre con impaciencia, se limpió escrupulosamente las suelas en el felpudo y entró en cuanto le abrieron la puerta, sin prisa, pidiéndole perdón a Anna mentalmente.

En El camino que va a la ciudad y otros relatos

Susan Sontag – El tigre está en la biblioteca. Carta a Jorge Luis Borges


Susan Sontag – El tigre está en la biblioteca. Carta a Jorge Luis Borges

12 de junio de 1996 
Querido Borges:

Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores... así como el más artístico. También tenía algo que ver con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como "el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado". Eso, por supuesto, formaba parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.

Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo... y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor –delicadamente agregó: todas las personas– debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)

Usted fue un gran recurso para otros escritores. En 1982 –es decir, cuatro años antes de morir (Borges, son diez años)– dije en una entrevista: "Hoy no existe ningún otro escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el más grande escritor viviente... Muy pocos escritores de hoy no aprendieron de él o lo imitaron". Eso sigue siendo así. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando. Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al mismo tiempo que proclamaba, una y otra vez, nuestra deuda con el pasado, por sobre todo con la literatura. Usted dijo que le debemos a la literatura prácticamente todo lo que somos y lo que fuimos. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos dan el modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es sólo una manera de escapar: un escape del mundo diario "real" a uno imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más.

Lamento tener que decirle que la suerte del libro nunca estuvo en igual decadencia. Son cada vez más los que se zambullen en el gran proyecto contemporáneo de destruir las condiciones que hacen la lectura posible, de repudiar el libro y sus efectos. Ya no está uno tirado en la cama o sentado en un rincón tranquilo de una biblioteca, dando vuelta lentamente las páginas bajo la luz de una lámpara. Pronto, nos dicen, llamaremos en "pantallas-libros" cualquier "texto" a pedido, y se podrá cambiar su apariencia, formular preguntas, "interactuar" con ese texto. Cuando los libros se conviertan en "textos" con los que "interactuaremos" según los criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva regida por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando –y que nos prometen– como algo más "democrático". Por supuesto, usted y yo sabemos, eso no significa nada menos que la muerte de la introspección... y del libro.

Por esos tiempos no habrá necesidad de una gran conflagración. Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero, ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura en sí– que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe

Traducción: Claudia Martínez