Coloquio en Sicilia de Elio Vittorini PDF

 



Conversación en Sicilia es una de las novelas más importantes del siglo XX en Italia. Editada en Suiza como libro de resistencia antifascista, contiene alusiones veladas a la Guerra Civil española y está impregnada del humanismo que caracteriza la obra de Vittorini. Mediante el regreso del protagonista a la infancia, a la tierra originaria, querida y añorada, y a la madre, a la que rinde un homenaje singular y lleno de frescura, el autor se extiende en el canto a unos valores que contrapone a los episodios históricos y políticos que está viviendo el mundo. La clave simbólica y onírica utilizada hacia el final de la novela, los fantasmas que la pueblan, los diálogos como poemas, enriquecen el mensaje y completan una propuesta ética para hacer más habitable este «mundo ofendido».



Coloquio en Sicilia de Elio Vittorini

Más que un desplazamiento físico, «Coloquio en Sicilia» representa un viaje a la memoria, a los recuerdos.

Silvestro, un tipógrafo siciliano que vive en Milán, recibe un día una carta de su padre en la que dice que ha abandonado a su madre. El protagonista, dominado por abstractos furores, sufre permanentemente un inquieto deseo de acción, pero se siente impotente puesto que no ha conseguido la manera de salir de su quietud en la no esperanza.

Un impulso lo incita a tomar el primer tren hacia Sicilia. Aquí comienza un viaje que es, desde el principio, un regreso al pasado que ayuda a Silvestro a encontrarse de nuevo con el presente.

Una vez en Sicilia, el viaje asume una dimensión simbólica en la identificación de algunos personajes, que adquieren significados emblemáticos y que se unen a las etapas simbólicas que caracterizan los cinco bloques narrativos en los que está estructurado el libro.

Así pues, el viaje a Sicilia asume el carácter de itinerario simbólico, que se convierte en un reconocimiento del mundo de los recuerdos a través de la recuperación gradual de la memoria y, por ende, del propio ser. Una vez que la memoria aflora, ayuda a Silvestro a encontrarse de nuevo con el paisaje, la casa de la madre y las personas del pueblo, que adquieren un poder evocador. Descargar Libro Gratis en Directo

Conversación en Sicilia. Elio Vittorini: Calma sin esperanza

 José Luis Alvarado

 Elio Vittorini

Me gustan mucho las novelas que tratan sobre la actualidad de su momento. Mejor que los libros de Historia, con sus fechas señeras y sus hechos aislados, la literatura nos puede invitar a conocer la intrahistoria de la humanidad contada en el mismo instante en que ocurre, pero con la perspectiva sabia y lúcida que solo los grandes autores pueden atesorar. Elio Vittorini (1908-1966) fue un hombre sabio que supo sublimar los duros años que le tocó vivir para convertirlos en bellas historias que hablaran de nosotros mismos, del ser humano eterno que siempre sobrevive por encima de las guerras y las crisis. Y en plena guerra, en 1942, escribió Conversación en Sicilia, que es una invitación a reflexionar sobre todo aquello que el hombre puede hacer cuando nada puede hacer para frenar la barbarie. Para ello eligió la forma del viaje, un viejo tema de la literatura, que en sus manos se convirtió en una especie de poema narrativo de bellísimo calado, que se sobrepone a la mezquindad del momento en que fue escrito.

¿Qué se puede esperar de un hombre acosado por las nefastas circunstancias de su tiempo? Así se nos presenta Silvestro, el protagonista y narrador de esta historia, un hombre de 39 años que relata cómo se encuentra en una ciudad del norte de Italia, presa de una angustiosa furia por el género humano perdido, con la cabeza gacha cuando ve los estridentes titulares de los periódicos, cuando acompaña a sus amigos, cuando se encuentra junto a su esposa. Siempre con la cabeza gacha, con los zapatos rotos por donde entra la lluvia, y leyendo más matanzas en los titulares de los periódicos, y más lluvia, con los pies mojados en medio de una calma sin esperanza, considerando el género humano perdido y sin tener ganas de hacer algo en contra, y sin tener ganas de hacer nada con su esposa, o mientras lee su único libro, un diccionario, o con sus amigos, como si nada tuviera que decir, afirmar, negar, como si nada suyo estuviera en juego y no hubiera nada que escuchar ni dar.

Un día recibe una carta de su padre en la que le anuncia que ha dejado a su madre en Sicilia y se dirige con otra mujer a Venecia para emprender una nueva vida, dejando su mísera profesión de ferroviario para subsistir dando clases particulares. En la misma carta invita a su hijo a que vaya a ver a su madre a Sicilia el día de su santo, en vez de mandarle una tarjeta postal, como lleva haciendo los últimos quince años, los mismos que hace que se fue de su mísero pueblo para emigrar al norte.

Este es el punto de partida de la novela: un viaje a Sicilia, un viaje al pasado que también será un viaje al futuro y al encuentro con una tierra de la que casi nada recuerda pero que ha marcado su identidad. Capítulo a capítulo lo iremos viendo llegar al punto de destino: primero, en el ferrocarril, acompañando a pobres jornaleros que vuelven a su casa y que consideran americano al protagonista, porque come entre horas, porque come queso y no el montón de naranjas que ellos llevan y con las que les han pagado los jornales; o esos dos señorones que fuman puros y que arreglan el mundo a su manera, limpiándolo de toda esa gentuza miserable que atiborra el tren y que son una amenaza para la prosperidad del país y de sus vidas; u otros viajeros que llevan consigo el dolor, la tristeza y la duda que han obtenido fuera de su tierra, en lo que ellos consideraban la Tierra Prometida, pero que no es tan diferente a esa Sicilia a la que ahora regresan.

Solo por ese viaje en tren hacia la isla esta novela merecería la pena ser leída, pero en el pequeño pueblo donde vive su madre le esperarán muchas más sensaciones olvidadas. La primera, su propia madre, una vieja que ni siquiera ha cumplido los cincuenta años, que le dice a su hijo que ha sido ella la que ha echado a su padre de su presencia porque no aguantaba su cobardía y su forma de ser demasiado amable con las mujeres, no como el abuelo, el padre de ella, un hombre que también se llevaba a la cañada a las mujeres en las que se fijaba, pero que tenía orgullo, valor, que iba con la cabeza bien alta por el mundo. Y como ahora se encuentra sola, se dedica a ponerle inyecciones a las vecinas, todas ellas enfermas de la tisis o la malaria.

Ese será otro viaje dentro del viaje que emprenda el protagonista, la visita a las pobres casas de la gente enferma, junto a su madre, que está orgullosa de que su hijo la vea hacer lo que mejor sabe hacer y, de camino, vea la lozanía de los cuerpos de las mujeres sicilianas a las que pincha. Y mientras tanto, mientras van de una casa a otra, vuelven los olores y los sabores de antaño, se entera de cosas que le ocurrió en la infancia cuando él era demasiado niño como para recordarlas, descubre las peleas a guantazos entre sus padres, los eternos flirteos de su padre con las campesinas y las mujeres de los demás ferroviarios, lo que comían en aquella época, nunca feliz, nunca próspera. De alguna manera, los que tenemos ya cierta edad, nos podemos reconocer en ese protagonista que vuelve a la casa materna y habla con su madre o su padre de cosas que ya había olvidado o que nunca supo, como si hubiera otra vida dentro de la propia vida que hubiera transcurrido en un sueño.

Cansado de tantas visitas, el protagonista se queda esperando a su madre en la calle y conoce a un afilador al que le da su navaja para que la afile. En este momento, empieza un viaje mucho menos sentimental que el anterior con su madre: diríase que se adentra en un territorio abstracto, como si ese afilador, y un amigo tendero de éste, y el dueño de un bar donde van juntos a beber vino, fueran la quintaesencia del ser humano flagelado por su solitaria humildad. El relato se convierte en algo hipnótico, donde las voces, que nunca paran de conversar, hablan sobre el género humano, sobre las ofensas y sobre las caras ofensivas que se ríen de las ofensas infligidas y por infligir.

Bebe el vino de la amistad y de la soledad y, en un momento dado, sale de la taberna y atraviesa el cementerio donde se encuentra, sin verlo, con un soldado cuyo padre y madre son los mismos que Silvestro, y que dice tener siete años y que ha vuelto a su tierra para jugar con su hermano Silvestro, pero ese hermano murió en la guerra y sin embargo ahora le pide un cigarrillo y un momento de conversación, y conversarán toda la noche hasta que Silvestro se despierte de repente en la casa de su madre, con la resaca de la borrachera.

Tres días dura este viaje alucinante, cuyo final es conmovedor, y en él, el protagonista viaja, desde su quietud sin esperanza, de conversación en conversación, donde todo es presente, pasado, memoria, fantasía y movimiento. Una novela inolvidable donde asoma un hilo de luz en un tiempo desesperanzado.

Conversación en Sicilia. Elio Vittorini. Gadir.

https://cicutadry.es/conversacion-en-sicilia-elio-vittorini/

El mundo en guerra más allá de Ucrania: una veintena de conflictos abiertos ante el olvido de la comunidad internacional

 Varios enfrentamientos bélicos mantienen en vilo a distintos territorios en África y Asia. Los números de muertes anuales se cuentan por miles. Grupos de derechos humanos alertan sobre las catástrofes que reinan en esos escenarios.


DANILO ALBIN@DANIALRI

El horror de la guerra no descansa. El drama bélico se vuelve costumbre para quienes sobreviven bajo dantescos escenarios, collages infames en los que el hambre le da la mano a la muerte de día y de noche. No hace falta que se vaya el sol para que llegue la oscuridad: en una veintena de lugares del planeta esperan que alguna vez se pueda amanecer en paz. Mientras, les toca morir dos veces: matan los misiles, pero también mata el olvido. 

Es la guerra, la maldita guerra. Es África, es Asia. Es ahora también Europa. Se llama Ucrania y se llama Etiopía. Es la larga noche de Yemen. Es el día que nunca llega en Sudán del Sur. 

Según datos recogidos por Escola de Cultura de Pau de Catalunya, en este momento hay 19 conflictos graves abiertos en el mundo. 

Made with Flourish

Ucrania

La invasión rusa de Ucrania ha supuesto el último capítulo de una historia de tensión y violencia que se remonta a finales de 2013. El Gobierno de Vladimir Putin emprendió el pasado 24 de febrero una serie de ataques que han provocado la indignación internacional. De momento, no hay caminos claros en torno a una posible salida negociada. 

Camerún (Ambazonia/North West y South West)

Escola de Cultura de Pau subraya que "las dos regiones anglófonas del oeste de Camerún continúan afectadas por el grave clima de violencia como consecuencia de las acciones de los actores armados secesionistas, así como del excesivo uso de la fuerza y las operaciones de contrainsurgencia llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas y las milicias locales". La violencia estalló en 2017. Según datos del International Crisis Group, ya ha habido más de 6.000 muertos.

Etiopía (Tigray)

En 2020, la región etíope de Tigray se vio afectada por una escalada de la tensión con el Gobierno federal que derivó en una confrontación bélica de graves consecuencias. El 4 de noviembre de ese año, el primer ministro etíope, Abiy Ahmed, ordenó el inicio de una operación militar contra las autoridades de esa región fronteriza con Eritrea. Tras la ofensiva se desencadenaron duros enfrentamientos y una escalada del conflicto, provocando el desplazamiento de miles de civiles. La ONU alertó que se estaba desarrollando una crisis humanitaria a gran escala.

En noviembre pasado, el presidente de EEUU, Joe Biden, afirmó que Etiopía no cumple con los requisitos de elegibilidad de la Ley de Crecimiento y Oportunidades para África (AGOA) "por graves violaciones de los derechos humanos reconocidos internacionalmente". "Estamos ante un conflicto al que se suma un deterioro de la economía y perturbaciones climáticas que están agravando la situación humanitaria de más de 26 millones de personas", subraya Pilar Orduña, responsable humanitaria de Oxfam Intermón.

Malí 

Este país africano es escenario de múltiples violencias. En su informe sobre los conflictos que atraviesan el mundo, Escola de Cultura de Pau destaca que el sufrimiento en gran parte del territorio maliense se debe a las acciones armadas perpetradas por grupos de corte yihadista, a lo que se suman enfrentamientos entre milicias de las comunidades fulani, dogon y bambara y choques armados entre las dos coaliciones de grupos yihadistas en la región, así como las respuestas no menos agresivas de las fuerzas de seguridad. El horror se ha cobrado desde 2012 al menos 25.000 vidas. Según ACNUR, 2,5 millones de personas se vieron desplazadas de sus lugares de residencia a causa de esta dramática situación.

Mozambique (Norte)

La provincia de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique, padece desde finales de 2017 un conflicto armado protagonizado por el autodenominado Ahlu Sunnah Wa-Jama (ASWJ). La organización armada de carácter yihadista hizo su
primera aparición en octubre de ese año con el ataque a tres puestos policiales en el distrito de Mocimboa de Praia. Desde ese momento, Cabo Delgado ha sido el epicentro de un aumento en la actividad violenta en el país. Médicos Sin Fronteras alertó recientemente de que "la crisis humanitaria persiste y cientos de miles de personas desplazadas sobreviven en condiciones precarias".

Región Lago Chad (Boko Haram)

La secta islamista Boko Haram reclama el establecimiento de un Estado islámico en Nigeria y considera a las instituciones públicas nigerianas como corruptas y decadentes. El informe de Escola de Cultura de Pau alerta sobre la "persistencia de las actividades de Boko Haram, a pesar de las operaciones contrainsurgentes, provocando nuevos desplazamientos de población y agravando la crisis humanitaria existente", marcada por "violaciones generalizadas de los derechos humanos, entre ellas masacres de civiles, la mutilación y el secuestro de menores y la violencia sexual contra ellos". 

Región Sahel Occidental 

La región occidental del Sahel (norte de Malí, norte de Burkina Faso y noroeste de Níger) se ve afectada por una situación de inestabilidad creciente que tiene un origen multicausal. Se combina la existencia de redes de criminalidad transfronteriza en el Sahel y la marginación y subdesarrollo de las comunidades nómadas tuareg en la región, entre otros factores. A todo esto se une la expansión de las actividades de los grupos armados de Malí a la región fronteriza con Níger y Burkina Faso. 

"La situación se ha deteriorado drásticamente", destaca Orduña. En esa misma línea, el documento de la Escola de Cultura de Pau alerta de la "situación de inestabilidad derivada de la presencia y expansión de la insurgencia yihadista de origen argelino AQMI, su fragmentación y configuración en otros grupos armados de corte similar, algunos alineados a Al-Qaeda y otros a ISIS, que en la actualidad operan y se han expandido por la región".  

República Centroafricana

Desde su independencia en 1960, la situación en la República Centroafricana (RCA) se ha caracterizado por una continua inestabilidad política, que ha desembocado en diversos golpes de Estado y dictaduras militares. Existe una confrontación entre élites políticas de etnias del norte y el sur que compiten por el poder y minorías que se han visto excluidas de él. "Los conflictos de la región han contribuido a acumular restos de armamento y combatientes que han convertido al país en santuario regional", destaca Escola de Cultura de Pau.

República Democrática del Congo (este)

El actual conflicto tiene sus orígenes en el golpe de Estado que llevó a cabo Laurent Desiré Kabila en 1996 contra Mobutu Sese Seko, que culminó con la cesión del poder por parte de éste en 1997. Posteriormente, en 1998, Burundi, Rwanda y Uganda, junto a diversos grupos armados, intentaron derrocar a Kabila, que recibió el apoyo de Angola, Chad, Namibia, Sudán y Zimbabwe, en una guerra que causó alrededor de cinco millones de víctimas mortales.

El control y el expolio de los recursos naturales han contribuido a la perpetuación del conflicto y a la presencia de Fuerzas Armadas extranjeras. La firma de un alto el fuego en 1999, y de diversos acuerdos de paz entre 2002 y 2003, comportó la retirada de las tropas extranjeras y la configuración de un Gobierno de transición y posteriormente, en 2006, un Gobierno electo. Sin embargo, este proceso no supuso el fin de la violencia en el este del país.

RDC (este-ADF)

Las Fuerzas Democráticas Aliadas-Ejército Nacional de Liberación de Uganda (ADF-NALU) es un grupo rebelde islamista dirigido por combatientes ugandeses y congoleses que opera en el noroeste del macizo de Rwenzori (Kivu Norte, entre RDC y Uganda). En sus orígenes contaba con entre 1.200 y 1.500 milicianos reclutados principalmente en ambos países y en Tanzania, Kenia y Burundi. Es el único grupo en el área considerado una organización islamista, y está incluido en la lista de grupos terroristas de EEUU. 

Somalia

El conflicto armado y la ausencia de autoridad central efectiva en el país tienen sus orígenes en 1988, cuando una coalición de grupos opositores se rebeló contra el poder dictatorial de Siad Barre y tres años después consiguieron derrocarlo. Esta situación dio paso a una nueva lucha dentro de esta coalición para ocupar el vacío de poder, que ha provocado la destrucción del país y la muerte de más de 300.000 personas desde 1991, a pesar de la fracasada intervención internacional de principios de los noventa.

Los diversos procesos de paz para intentar instaurar una autoridad central han tropezado con numerosas dificultades, entre las que destacan los agravios entre los diferentes clanes y subclanes que configuran la estructura social somalí, la injerencia de Etiopía, Eritrea y EEUU y el poder de los diversos señores de la guerra. Al-Shabaab siguió siendo la principal amenaza para la seguridad y la estabilidad.

Sudán (Darfur) 

El conflicto de Darfur surge en 2003 en torno a demandas de mayor descentralización y desarrollo de la región por parte de diversos grupos insurgentes, principalmente SLA y JEM. El Gobierno respondió al levantamiento utilizando a las Fuerzas Armadas y las milicias árabes janjaweed. La magnitud de la violencia cometida por todas las partes contendientes contra la población civil ha llevado a considerar la posibilidad de la existencia de un genocidio en la región, donde ya han muerto 300.000 personas desde el inicio de las hostilidades, según Naciones Unidas.

A esta dimensión se suma la tensión intercomunitaria por el control de los recursos (tierra, agua, ganado, minas), en algunos casos instigada por el propio Gobierno. La región de Darfur continuó siendo el epicentro de la violencia armada en Sudán.

Sudán del Sur

El acuerdo de paz alcanzado en 2005 que puso fin al conflicto sudanés reconocía el derecho de autodeterminación del sur a través de un referéndum. No obstante, el cese de la guerra con el norte y la posterior consecución de la independencia para Sudán del Sur en 2011 no lograron llevar la estabilidad a la zona meridional. "Las disputas por el control de territorio, ganado y poder político se acrecentaron entre las múltiples comunidades que pueblan Sudán del Sur, aumentando el número, la gravedad y la intensidad de los enfrentamientos entre ellas", destaca Escola de Cultura de Pau

Afganistán

El país ha vivido en conflicto armado prácticamente de forma ininterrumpida desde la invasión de las tropas soviéticas en 1979, cuando se inició la guerra entre las fuerzas soviéticas y afganas por una parte, y las guerrillas anticomunistas islamistas (muyahidín) por otro. Los talibanes tomaron el control del país en agosto de 2021 ante la mirada impávida de la comunidad internacional. El Frente de Resistencia Nacional liderado por Ahmad Masud encarna hoy el principal grupo armado contra el poder talibán.

Myanmar

Desde 1948 decenas de grupos armados insurgentes de origen étnico se han enfrentado al Gobierno de Myanmar reclamando un reconocimiento a sus particularidades étnicas y culturales y demandando reformas en la estructuración territorial del Estado o la independencia. Las operaciones militares han sido constantes en estas décadas, y han estado especialmente dirigidas contra la población civil, con el objetivo de acabar con las bases de los grupos armados, provocando el desplazamiento de centenares de miles de personas.

"El número de desplazados internos en Myanmar desde la toma del poder por parte de los militares en 2021 ha superado el medio millón de personas, alcanzando unas 503.000", señala un informe de ACNUR publicado el pasado 1 de marzo.

Irak

El territorio iraquí es otro escenario de violencia cronificada. En diciembre de 2021 concluyó la misión de EEUU en ese territorio, marcada, al igual que Afganistán, por otro fracaso: lejos de vivir en paz, Irak sigue inmerso en un panorama preocupante. Escola de Cultura mantiene a este país en el listado de lugares que sufren conflictos violentos graves.

Siria

"Los sirios han sido sometidos a violaciones de los derechos humanos a escala masiva y sistemática", lamentaba este viernes 11 de marzo el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres. Sus palabras coincidían con un nuevo aniversario de la guerra que sufre este país desde 2011 y que ha tenido como protagonistas al Gobierno de Bashar al-Assad y a grupos armados de distinta inspiración.

Según datos de ACNUR, hay 5,6 millones de refugiados y 6,7 millones de desplazados internos. La guerra se traduce además en otro número de espanto: el 80% vive en situación de pobreza. "La situación humanitaria es devastadora. Hay más de 13 millones de personas que necesitan ayuda humanitaria", remarca Orduña desde Oxfam Intermón.

Yemen

Yemen también es escenario de una grave crisis humanitaria provocada por la guerra. Desde marzo de 2015, una coalición liderada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos bombardea las zonas del país controladas por los rebeldes hutíes. El último informe de la organización yemení independiente Mwatana for Human Rights señala que a lo largo de 2021 se produjeron 839 incidentes de daños a civiles y objetos de carácter civil en los que murieron y resultaron heridos más de 782 civiles. "Más del 80% del país necesita ayuda humanitaria urgente", apunta Pilar Orduña. La muerte se niega a dar tregua en este otro punto crítico del planeta.

https://www.publico.es/politica/guerra-rusia-ucrania-mundo-guerra-alla-ucrania-veintena-conflictos-abiertos-olvido-comunidad-internacional.html

Donbass (2018) — Sergei Loznitsa — Ucrania — VOSE

Funeral de Estado Sergei Loznitsa




Stalin según Loznitsa. Reflexiones sobre el film "State Funeral"

Federico Mare 

20/02/2022

La Revolución Inglesa tuvo su Cromwell; la Revolución Francesa, su Napoleón. Dos déspotas cesaristas dotados de mucha astucia, carisma, férrea voluntad y maquiavelismo despiadado que consolidaron –e incluso profundizaron– muchos logros de la revolución, y que le dieron, asimismo, proyección internacional. Pero que, a la vez, clausuraron o congelaron su ciclo, en medio de una regresión monárquica o cuasimonárquica –de iure o de facto– signada por la idolatría popular.

Esta caracterización ambivalente, esta paradoja histórica, se aplica también a Stalin y la Revolución Rusa, aunque Stalin no llegó a proclamarse formalmente Lord protector o emperador, ni ascendió al poder como un comandante militar y héroe victorioso a lo Julio César, sino como un político excepcionalmente hábil para las intrigas. Por un lado, el estalinismo realizó grandes reformas de carácter progresivo que beneficiaron a las mayorías populares (desarrollo industrial, propiedad colectiva, salud, escolaridad, previsión, vivienda, pleno empleo, estabilidad laboral, etc.), amén de que exportó el socialismo a toda la Europa del este durante la guerra contra la barbarie nazifascista. Empero, por otro lado, significó la implantación de una dictadura extremadamente personalista y violenta, con inusitadas dosis de terror político y control totalitario de la sociedad, que hizo trizas las garantías individuales y libertades democráticas, acarreó ingentes sacrificios y violaciones masivas a los derechos humanos, generó serios problemas de burocratización y pisoteó reiteradamente el principio de autodeterminación de los pueblos, dentro y fuera de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Pero no escribo estas líneas para hablar solo de historia soviética, sino también –y sobre todo– de cine histórico, o, para ser más preciso, de cómo Sergei Loznitsa ha reflejado en su filmografía documental dicha parcela del siglo XX corto. No estoy siendo lo suficientemente preciso aún, porque aquí hablaré en exclusiva de State Funeral (2019), el más logrado –pero no el único– de sus largometrajes sovietológicos.

Acude a mi memoria, ahora mismo, la leyenda del flautista de Hamelín. Bien podría ser esta la clave para descifrar la incómodamente bella e hipnótica película de Loznitsa, como él mismo ha sugerido. Aunque no nos adelantemos en el análisis de esta rara avis del séptimo arte. Empecemos por el principio: la muerte de su complejísimo protagonista, el dirigente bolchevique georgiano Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Stalin.

Hacia 1950, la salud del septuagenario dictador de la Unión Soviética, comenzó a desmejorar sensiblemente: fatiga crónica, trastornos de memoria, achaques varios. Su médico personal le diagnosticó hipertensión aguda y le prescribió un tratamiento a base de medicamentos e inyecciones, recomendándole además, con sumo tacto, que abandonara o disminuyera su actividad laboral, algo que solo hizo a regañadientes y muy a medias.

Stalin, cuya paranoia de larga data –problema recurrente entre los dictadores– se había agudizado con la vejez, desconfiaba de todos los doctores que lo atendían. Temía que fueran agentes del imperialismo yanqui que conspiraban para envenenarlo y matarlo, o al menos para enfermarlo y dejarlo postrado, incapaz de seguir gobernando. Hacia fines de 1952, denunció que había un complot de galenos traidores a la patria y al socialismo –judíos sionistas en su mayoría, según su opinión– digitado por la CIA, mediante el cual se buscaba eliminarlo no solo a él, sino también a otros jerarcas del gobierno y del partido. La denuncia causó gran escándalo e histeria colectiva, y derivó en feroces purgas antisemitas, que incluyeron numerosos arrestos y brutales torturas.

Lo cierto es que la salud del líder soviético se deterioraba rápidamente. El Politburó, con manifiesto espanto y oculto regodeo a la vez, se vio en la necesidad de pensar en algo que, pocos años atrás, en medio de la euforia triunfalista que trajo el fin de la Segunda Guerra Mundial, resultaba impensable: la muerte de Stalin, el día después al largo gobierno totalitario (más de dos décadas) del «Padrecito de los Pueblos». ¿Qué sería de la URSS cuando el zar rojo dejara de existir? ¿Cómo seguir adelante cuando el estadista y déspota de acero que había industrializado el país a marchas forzadas, colectivizado su agro por medio de koljoses y sovjoses, derrotado a los invasores nazis en la Gran Guerra Patriótica de 1941-45 (toda una epopeya nacional) y convertido a la Madre Rusia en una superpotencia mundial, expirara su último aliento? Había, pues, que planificar la sucesión de Stalin y su funeral de estado.

Cuando el caudillo soviético falleció de un infarto –¿o asesinado por su propio séquito?– el jueves 5 de marzo de 1953, tras varias jornadas de agonía, ya estaba todo arreglado. Sin demoras (la acefalía producía pánico en el contexto de la Guerra Fría), el régimen bolchevique proclamó como nuevo presidente del Consejo de Ministros a Gueorgui Malenkov. Además, se decretó duelo nacional por cuatro días, hasta el domingo 8.

El funeral de estado en honor a Stalin fue algo faraónico, todo un acontecimiento histórico en sí mismo. Una ceremonia de una envergadura, solemnidad, pompa, dramatismo y masividad realmente alucinantes, de difícil parangón en el siglo XX. Un espectáculo digno de una monarquía absoluta y teocrática del Antiguo Régimen, como aquel imperio zarista de los Romanov que la propia Revolución Rusa había derrocado en 1917. Pero también digno de una superpotencia en su apogeo, que se sentía capaz de rivalizar con el mismísimo Tío Sam por la hegemonía del orbe en todos los ámbitos, desde el tablero geopolítico y la producción industrial, hasta los avances científico-tecnológicos, la carrera armamentista y nuclear, los Juegos Olímpicos, la medicina, el ajedrez, las artes y luego también la carrera espacial.

¿De qué hablamos exactamente cuando hablamos del funeral de estado en loor a Stalin? Actos conmemorativos por doquier, en cada ciudad y en cada pueblito de la URSS, desde el Báltico hasta el Pacífico, y desde la tundra del Ártico hasta el mar Negro y las estepas del Asia central. Innumerables fábricas y granjas colectivas paralizadas por el luto, donde solo las sirenas y su estridente homenaje rompían el silencio. Cataratas de discursos empalagosos de gratitud, semblanzas lacrimógenas y loas enfervorizadas al estadista difunto. Multitudes con rostros graves o compungidos, donde no faltaban los llantos y las lágrimas. Interminables filas para participar del velatorio en el Salón de las Columnas de la Casa de los Sindicatos de Moscú, por apenas un instante. Grandes desfiles militares y estruendosas salvas de artillería, a cargo del Ejército Rojo y la Armada Soviética. Delegaciones de todo el país y del extranjero arribando en aviones y trenes a la metrópoli moscovita, corazón del gigante eurasiático. Coronas de flores rojas que se multiplicaban al infinito, como en una cornucopia. Laudatorios obituarios en los periódicos y maratónicas emisiones de radio. Y un final a toda orquesta: el traslado en procesión del cuerpo embalsamado de Stalin a la Plaza Roja, frente al Kremlin, para ser inhumado en el Mausoleo de Lenin. El cadáver iba primorosamente ataviado en uniforme de gala y envuelto en seda colorada, dentro de un féretro íntegramente revestido con tela escarlata, que dejaba ver su rostro a través de una campana de cristal. La palidez facial, acentuada ex professo por el maquillaje blanco, creaba un contraste sobrecogedor con el rojo vivo del ataúd.

El culto a la personalidad, uno de los rasgos más característicos del estalinismo, tuvo así, en las honras fúnebres a Iósif Stalin, su culminación histórica y lógica, en los dos sentidos de la palabra: culminación como momento final y culminación como momento de máximo esplendor. Era como si se hubiera muerto un faraón, o casi. Se había ritualizado –es decir, escenificado y sacralizado– la muerte de alguien no demasiado diferente a un rey-dios o un vicario sobrehumano del cielo, a la vieja usanza religiosa. La ceremonia era majestuosa y hierática, como una apoteosis de la Antigüedad clásica.

Sirva este dato anecdótico de ejemplo: en los exteriores de una fábrica metalúrgica, obreros de luto elevaron un retrato enorme del soberano fenecido con ayuda de una grúa colosal; y cuando el cuadro estuvo suspendido a gran altura, lo movieron por los aires un largo trecho, en algo que se asemejaba a un vuelo apoteótico, como el de aquellas águilas de antaño que –según la tradición grecolatina– llevaban las almas deificadas de los reyes helenísticos y los emperadores romanos al descanso eterno de ultratumba. Dos films sobre los cuales hablaremos a continuación registraron esta sugerente ceremonia fabril, aunque no está claro si se trataba de una situación real, espontánea, o de una poetización cinematográfica ulterior al funeral.

El Politburó, consciente del potencial que posee el arte como instrumento de propaganda, les encargó a varios cineastas laureados del régimen soviético –con Sergei Gerasimov e Ilya Kopalin a la cabeza– que realizaran un grandioso largometraje sobre las exequias de Stalin, una elegía-panegírico para la posteridad. Cerca de 200 camarógrafos efectuaron filmaciones en toda la Unión Soviética (desde el corazón eslavo de la Europa del este hasta los confines asiáticos del Cáucaso, la Siberia y el Turquestán), así como en diversas capitales o naciones del exterior: Berlín, Varsovia, Bucarest, Budapest, París, China, Corea del Norte, Camboya, etc. Muchas de las escenas registradas eran auténticas, pero otras fueron artificialmente compuestas con posterioridad al sepelio, por pedido de los directores. De cualquier modo, las escenas reales no necesariamente deben ser consideradas espontáneas, puesto que el terrorismo de estado y el adoctrinamiento de masas eran intensos, amén de que el régimen organizó y dirigió toda la ceremonia fúnebre sabiendo de antemano –así lo había decidido– que la misma sería filmada con fines propagandísticos.

Pero la película, intitulada Velikoye Proshchaniye (La gran despedida), nunca llegó a estrenarse. Muerto Stalin, pronto comenzó el proceso de desestalinización. El culto a la personalidad, cuyos orígenes se remontaban a las rimbombantes celebraciones del quincuagésimo natalicio del jefe supremo en diciembre de 1929, y cuya retórica exhibía un variado repertorio de tópicos (el joven militante abnegado, el discípulo aventajado de Lenin, el apóstol y profeta del proletariado, el pedagogo de las masas, el constructor del nuevo orden socialista, el padre de los pueblos, el corifeo de las ciencias y las artes, el intérprete infalible de la doctrina marxista-leninista, el vencedor de los nazis, la encarnación misma de la patria gran-rusa, etc.), y también de recursos o símbolos (retratos pictóricos y fotográficos, esculturas monumentales, onomástica de lugares e instituciones, literatura hagiográfica, películas apologéticas, canciones de adulación, adoctrinamiento escolar, actos públicos de alabanza, reescritura del pasado, obsecuencia periodística, etc.), fue sometido a críticas crecientes, y finalmente repudiado por la nomenklatura en el XX Congreso del PCUS (1956), bajo el liderazgo de Nikita Kruschev, secretario general del PCUS.

Una digresión, ma non troppo. En la edición posestalinista de 1965 del Diccionario soviético de filosofía, a cargo de M. M. Rosental y P. F. Iudin, el concepto de «culto a la personalidad» figura definido en estos términos:

"Ciega inclinación ante la autoridad de algún personaje, ponderación excesiva de sus méritos reales, conversión del nombre de una personalidad histórica en un fetiche. La base teórica del culto a la personalidad radica en la concepción idealista de la historia, según la cual el curso de esta última no es determinado por la acción de las masas del pueblo, sino por los deseos y la voluntad de los grandes hombres (caudillos militares, héroes, ideólogos destacados, etc.). […] El culto a la personalidad es profundamente adverso al marxismo-leninismo, que por su propia naturaleza, es la ideología de las inmensas masas trabajadoras […]. De ahí que el PCUS desenmascare con tanta intransigencia el culto a la personalidad imperante en vida de Stalin, que ocasionó graves daños a la teoría y la práctica del socialismo. Aunque el culto a la personalidad de Stalin no pudo cambiar la naturaleza del socialismo, constituyó un lastre serio para el desenvolvimiento de la sociedad soviética. La lucha del PCUS y su Comité Central contra el culto a la personalidad de Stalin y sus consecuencias, ha establecido las condiciones para dar nueva vigencia a las normas de la vida del Partido y del Estado soviético y desarrollarlas, para el ulterior avance de la democracia socialista".

Es una definición que no va hasta el hueso. Se queda a mitad de camino entre la revisión crítica y la inercia dogmática de la ortodoxia posestalinista. Caído Stalin, la democratización de la URSS se topó pronto con límites infranqueables. El autoritarismo y la burocracia pervivieron, aunque sin tantos excesos de represión y totalitarismo, y con un estilo de conducción mucho menos carismático o personalista.

Pero volvamos a Velikoye Proshchaniye, el encomiástico réquiem de celuloide a Stalin que el régimen soviético les encargó a Gerasimov, Kopalin y compañía. El largometraje cayó raudamente en desgracia e ignominia debido al ascenso de Kruschev y la concomitante política de desestalinización. Fue censurado de inmediato tras su avant-première. Acabó archivado como documento prohibido, como secreto de estado. La gran despedida recién sería desclasificada a fines de la década del 80, con la Perestroika de Gorbachov. Aunque para entonces, ya nadie se acordaba de la película.

Hubo que esperar a la segunda década del siglo XXI, prácticamente 30 años, para que el inquieto director de cine bielorruso-ucraniano Sergei Loznitsa la rescatara del olvido, como ingrediente primordial de State Funeral, su formidable documental sobre las exequias de Stalin. Ratón de filmotecas, prodigio del cine documental, autor de varios largometrajes magníficos sobre la historia soviética y la Europa contemporánea (Bloqueo, 2005; Maidan, 2014; El evento, 2015; Austerlitz, 2016; El juicio, 2018; etc.), Loznitsa halló el material furtivo dentro del Archivo Estatal de Cine y Fotografía de Rusia en Krasnogorsk, un suburbio de Moscú. Encontró 300 rollos de 35 milímetros, tanto en color como en blanco y negro. Aproximadamente, unas 40 horas de metraje. El material color correspondía al corte final de Velikoye Proshchaniye. Los rollos en blanco y negro incluían muchas imágenes que habían quedado descartadas en la edición original. Depurando y mezclando ambos found footages a través del montaje, restaurándolos con tecnología digital de última generación y musicalizándolos con piezas sinfónicas que fueron interpretadas en el propio sepelio de Stalin (el Réquiem de Mozart, la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, las marchas fúnebres de Mendelssohn y Chopin, las Escenas infantiles de Schumann, etc.), Loznitsa dio forma a su aclamado film State Funeral. Hoy está disponible en la plataforma MUBI, junto con la mayoría de sus obras. También se lo puede hallar en YouTube, en aceptable resolución.

Bajo la exigencia de tener que compendiar un material fílmico tan dilatado, Loznitsa resolvió centrarse puramente en la URSS, el área bajo dominio directo o formal de Stalin. Eso significó dejar de lado las tomas correspondientes a otros países europeos y asiáticos del llamado socialismo real, como Polonia, Hungría, China y Corea del Norte. En auxilio de esta necesidad de recorte vino también una elección más propiamente estética e ideológica: eliminar muchos primeros planos del «solista» muerto y privilegiar las escenas «corales» donde salen sus seguidores vivos, ya sean anónimos o conocidos. Esta elección, al tiempo que permitía ahorrar metraje, servía para atenuar un poco –solo un poco– la saturación apologética de los found footages. Lo cierto es que, merced a este ingenioso cambio de enfoque, quienes ven State Funeral se llevan la sorpresa –seguramente grata, a menos que su paladar sea estalinista– de ver más a la masa enlutada que al líder difunto en sí. Probablemente sea esta la decisión más inteligente que tomó Loznitsa a la hora de filmar su documental sobre el sepelio de Stalin. Esta decisión, como él mismo reconocería, estuvo inspirada en el viejo cine estalinista de Vértov, que solía mostrar un pueblo soviético feliz orbitando alrededor de un «Rey Sol» bienhechor siempre presente y actuante, pero pocas veces visible, como en Canción de cuna (1937), donde el «Padrecito de los Pueblos» tiene solo un par de fugaces apariciones. Loznitsa filmó algo parecido, pero en clave macabra: su centro de gravedad es un Stalin exánime, cadavérico, no un Stalin vívido y sonriente.

State Funeral no tiene ningún relato en off y prescinde totalmente de testimonios, tanto de testigos como de especialistas. Loznitsa prefiere que las imágenes hablen por sí solas, sin guionarlas ni analizarlas. No hay contextualización ni juicios explícitos de valor. Loznitsa pretende que nos sumerjamos en aquella época y sociedad dejando en suspenso –transitoriamente– la conciencia crítica. Quiere que, como espectadores, nos dejemos llevar, vale decir, que hagamos el ejercicio de meternos, perdernos, confundirnos en la multitud fanatizada y magnetizada que adoró post mortem a su líder carismático. El hechizo de empatía, complicidad e indulgencia se rompe recién al final, súbitamente, con una sobria placa que condensa en cifras los crímenes de Stalin: purgas, genocidios, hambrunas y otras violaciones masivas a los derechos humanos.

En una entrevista con el cineasta italiano Pietro Marcello, Loznitsa trazó un paralelismo entre el culto a la personalidad de Stalin y la leyenda alemana del flautista de Hamelín, aquel eficiente exterminador de ratas que –según el relato oral recopilado por los hermanos Grimm en el siglo XIX– se valía de la hipnosis musical para hacer su trabajo, y también para vengarse de clientes que no pagaban los servicios. La metáfora sobre el fenómeno de masas estalinista parece acertada: en su funeral de estado, un Stalin fantasmagórico tocó por última vez al pueblo soviético –y mejor que nunca– esa flauta mágica con la que había logrado legitimar su dictadura totalitaria desde los albores de la década del 30.

La infantilización paternalista que Loznitsa busca mostrar en su largometraje tiene su broche de oro en la melosa, cursi y obsecuente Canción de cuna, una vieja balada estalinista de M. Blanter (música) y M. Isakovsky (letra) interpretada por el tenor romántico Sergei Lemeshev con el acompañamiento de una orquesta, allá por 1951, no mucho antes de que muera Stalin. El pueblo ruso, que otrora supo protagonizar con madurez la revolución socialista más importante de la historia, es arrullado con una nana monótonamente imperativa –y por momentos casi intimidatoria– que lo reduce sin sutilezas a la pasividad y el servilismo: “Duerme bien mi gorrión, duerme bien mi bebé”, “Cállate, mi querido cascabel”, “De la pena y de la tortura se te perdonará” (!), “Duerme bien, mi pequeño, sin preocupaciones y feliz”, “Serás alimentado, serás guiado por la mano todopoderosa de Stalin” (sic).

Bajo el estalinismo, la noción de ciudadanía se volvió un flatus vocis, retórica hueca. Solo quedaban súbditos sumisos de un autócrata rojo, un rebaño de ovejitas tuteladas por un tirano sanguinario con ínfulas de buen pastor. De lo contrario, la desmesura del culto a la personalidad –absurdo grotesco y tóxico como pocos– no hubiera sido posible. Esta es, en resumidas cuentas, la moraleja implícita que nos deja Loznitsa en su film State Funeral, joya del cine histórico documental.

En Stalin: una biografía política, publicada en 1949 (cuando el personaje biografiado ya era un anciano achacoso, pero que todavía seguía vivo y al frente del gobierno soviético), Isaac Deutscher señaló: “Lo que parece definitivamente establecido es que Stalin pertenece a la estirpe de los grandes déspotas revolucionarios” de la modernidad. “Stalin es grande, si su estatura se mide por la magnitud de sus empresas, el alcance de sus acciones y la vastedad del escenario que ha dominado”; y también “es revolucionario, no en el sentido de que haya permanecido fiel a todas las ideas originales de la revolución, sino porque ha puesto en práctica un principio fundamentalmente nuevo de organización social”. Eso sí: “su inhumano despotismo […] ha viciado una gran parte de sus logros”. El historiador trotskista polaco encara entonces una comparativa Stalin-Hitler, puntualizando concordancias y discordancias. Luego de constatar ciertas similitudes en materia de liderazgo carismático-autoritario y culto a la personalidad, Deutscher matiza con perspicacia: “Existe, sin embargo, una diferencia entre las versiones nazi y estalinista del Führerprinzip” o principio del caudillo. “Hitler fue adorado por sus seguidores como un semidiós, sin ninguna inhibición, porque la adoración del héroe se avenía perfectamente bien con una mística racista”. Por el contrario, “el culto a Stalin […] nunca pudo hacerse encajar bien con el realismo del marxismo-leninismo”. Porque “Stalin no ha sido adorado como el héroe mítico, sino como el guardián de la doctrina, el custodio de la revolución, el símbolo de la autoridad”. Dicho de otro modo, “la inhibición marxista lo ha obligado a revestir su autoridad personal con la autoridad colectiva del Politburó o del Comité Central”. Es una matización correcta, aunque no deberíamos perder de vista que, cuatro años después, la fastuosidad del funeral de Stalin revelaría dramáticamente que la diferencia no era quizás tan pronunciada como creía Deutscher a fines de la década del 40.

Una observación final: en varios reportajes, el documentalista nacido en Bielorrusia y criado en Ucrania ha dado a entender que el peligro estalinista ha resurgido con Putin, y que State Funeral constituye una señal de alarma que mira hacia el futuro no menos de lo que mira hacia el pasado. Más allá de algunas similitudes obvias como el autoritarismo, el personalismo, el nacionalismo y el imperialismo, la equiparación resulta un tanto forzada, pues también existen diferencias sustanciales, tanto en contenido como en contexto. Entrado el siglo XXI, la Federación Rusa –igual que la República Popular China– es una potencia capitalista, no una superpotencia socialista como lo era la URSS. La Guerra Fría terminó hace treinta años. La presente crisis de Ucrania no puede ser pensada mecánicamente con la vieja lógica geopolítica de la Cortina de Hierro. Y si bien el fuerte liderazgo carismático del actual presidente de Rusia no se caracteriza precisamente por la gestión impersonal y el respeto hacia las libertades democráticas, está muy lejos del terror totalitario y el culto a la personalidad del estalinismo (hay que tener mucho cuidado con el sofisma de pendiente resbaladiza y la reductio ad Stalinum).

Afortunadamente, Loznitsa no dio el paso en falso de incluir o explicitar su analogía Stalin-Putin en el largometraje. Es una ocurrencia muy atrevida y provocativa, sin dudas. Pero algo apresurada, simplista y anacrónica, casi demagógica. Porque Rusia no es lo mismo que Corea del Norte, ni Vladimir Putin equivale a Kim Jong-un. Mirar el pasado con los pies en el presente no tiene nada de malo, siempre y cuando no se pierda la cabeza. No es correcto ni necesario agitar el espectro del estalinismo para criticar por izquierda la política interior y exterior de Putin. Si se agita ese espectro, se incurre en la misma exageración –y demonización– que explotan hasta el hartazgo, por derecha, los Estados Unidos y sus socios menores de la OTAN, para llevar agua a su molino. Un molino de intereses económicos y geopolíticos que poco y nada tiene que ver con los escrúpulos democráticos y progresistas de Loznitsa.

Celebremos, entonces, que State Funeral evite todo analogismo precipitado y superficial. Agradezcamos que no haya derrapado en el red-baiting de la paranoia macartista. State Funeral es una obra de arte, no un panfleto, aunque Loznitsa no siempre haya estado a la altura en sus declaraciones e interpretaciones posteriores al estreno. No deberíamos sorprendernos demasiado: suele pasar que la criatura supere al creador.

 
Historiador y ensayista argentino.
Fuente:
Sin Permiso, 20/02/2022