Qué nos enseñó Wittgenstein sobre ética, cien años después

 «Sí, sí cambia algo de tu vida si eres honrado. Ahora bien, es verdad que no cambia nada concreto de lo que sucede en tu vida, porque lo que cambia es tu vida como totalidad»

06 de mayo de 2021

Miguel Ángel Quintana Paz

Si usted, estimado lector, hace tiempo que siente interés por el filósofo Ludwig Wittgenstein, este 2021 está de enhorabuena. Dos efemérides conmemoramos en su honor. La primera, los 70 años de su fallecimiento (en el mismo Cambridge cuya universidad le lanzó a la fama mundial). Y, la segunda, más redonda, los 100 años de la edición del único libro filosófico que publicaría en vida: el Tractatus Logico-Philosophicus.

Tal vez ya solo el título de esta obra se nos presente tan enigmático como atrayente; al modo en que le ocurre al propio nombre de Wittgenstein cuando los hispanoparlantes lo queremos pronunciar. A diferencia de otros misterios, sin embargo, el del Tractatus sacia con creces sus expectativas. No solo su autor, que tenía 32 años al publicarlo, consideró que con ello había resuelto ya «todos los problemas de la filosofía» (y por tanto empezó a dedicarse a otras cosas, como la arquitectura o educar a niños de primaria); sino que también en Viena (los miembros del Círculo de ídem) como en Cambridge (desde su maestro Bertrand Russell a G. E. Moore o Frank Ramsey) se sintieron enseguida cautivados por un texto tan sugerente como conciso (su extensión equivale a unos 15 artículos con la longitud de este que usted ahora, amable, lee).

Pero ¿sobre qué versaba el Tractatus? El libro nos explicaba, en primer lugar, cómo es posible que el lenguaje nos hable del mundo. Y por tanto se ocupaba de lógica, pero también del mundo como tal. Hoy que estamos rodeados por todas partes de políticos, redes sociales o cantamañanas (tres grupos no excluyentes entre sí), que parlotean de continuo sin preocuparse lo más mínimo de si lo que dicen es verdad, quizá nos parezca exótico que Wittgenstein anduviera tan preocupado por ajustar nuestro lenguaje a lo real.

No era, sin embargo, una manía exclusiva suya. En aquella Viena, repleta de genios, del quicio entre los siglos XIX y XX, el satírico Karl Kraus se mofaba, ácido, de lo mucho que degradaban ya entonces la palabra sus colegas periodistas. Y otro escritor, Hugo von Hofmannsthal, se desesperaba al verse incapaz de expresar lo que más le importaba: todas las palabras abstractas, que tantos otros utilizaban alegremente, «se me deshacían en la boca como setas podridas», confesó atenazado en su Carta a Lord Chandos.

¿No nos ocurre ya un poco eso a todos hoy? ¿Quién es capaz de hablar de «verdad», «Dios», «felicidad», «espíritu», «patria», «bien» sin sentir cierto pudor? Wittgenstein trató de explicar por qué nos sucedía esto. Y, de paso, nos explicó otras muchas cosas.

Queda lejos del propósito de este articulito recogerlas todas. Una obra reciente, por lo demás, del español que probablemente más sabe sobre Wittgenstein, el catedrático Vicente Sanfélix, sirve de excelente introducción para quien desee captar cómo se enredó nuestro filósofo en los debates de su momento. Que en realidad sigue siendo nuestro momento: el del apogeo de la ciencia y la tecnología, pero también el de nuestra mayor desconfianza ante ellas; el de la vuelta de las ideologías, pero también el de nuestro cansancio hacia sus soluciones rápidas; el del retorno de las religiones, pero también el de sentir que no las entendemos del todo. El título del libro de Sanfélix es ya revelador: Wittgenstein: una filosofía del espíritu.

A lo que sí dedicaremos el resto de este artículo es a un problema que aparece en el Tractatus y nos habremos planteado todos seguramente (no digamos ya si hemos tenido contacto con novelas de Dostoievski, aforismos de Nietzsche o películas de Woody Allen). Se trata de un dilema al que, además, sabemos que Wittgenstein se enfrentó a la ternísima edad de 8 años.

Al parecer cierto día, mientras correteaba por la mansión familiar, el pequeño Ludwig se detuvo sobre el umbral de una puerta para hacerse una pregunta: «¿Por qué habría uno de decir la verdad si, en ciertos casos, le sería más provechoso mentir?».

Aquel niño no lo sabía, pero estaba enfrentando al mismo asunto que ya había ocupado a Sócrates y Trasímaco en La República de Platón; y antes de ellos a Pródico de Queos, Protágoras de Abdera o Gorgias de Leontinos (todos ellos, antecesores nuestros en veintitrés o veinticuatro siglos). Era un asunto, además, que ha pespunteado luego la historia entera de nuestra civilización. Podríamos reformularlo, de modo más general, así: ¿resulta razonable hacer algo que perjudica nuestros intereses (como decir la verdad en ciertas ocasiones), sólo porque es moralmente bueno? O, dicho más sencillamente: ¿por qué narices habría uno de portarse correctamente, si eso a menudo le acarrea más perjuicios que beneficios?

Cuando Wittgenstein redacta el Tractatus recoge aquella misma interrogante de su infancia, si bien ahora lo hace tras haber pasado ya por la Universidad de Cambridge. Y estando, además, mientras escribe tal libro, batallando como soldado raso en la I Guerra Mundial (o sufriendo, como prisionero de guerra, el confinamiento al que fue sometido tras tal conflicto). La pregunta, pues, se presenta ahora de modo más preciso, pero no menos acuciante, en el parágrafo 6.422 de su obra: “El primer pensamiento que nos viene cuando establecemos una ley ética de la forma «Tú debes…» es: «¿Y qué, si no lo hago?».

¿Y qué? Wittgenstein podría haber respondido a esto igual que a menudo se ha contestado durante la historia de nuestra cultura (o de nuestra religión). Podría haber argüido que, si uno no es buenecito, entonces, aunque es cierto que podría irle mejor en esta vida, sin embargo le aguardarán tormentos temibles en el Otro Mundo, tras fallecer. De modo que, a la postre, no, no te irá mejor si osas comportarte mal.

Mas ya sabemos que Wittgenstein y Hofmannsthal y tantos otros sentían reparos a la hora de abusar de ese lenguaje sobre un trasmundo o sobre un alma que viajará al Más Allá. Así que tal salida le quedaba, a nuestro filósofo, vedada. Tampoco, por cierto, era tan ingenuo como para pensar que, a la postre, si te portas de modo moralmente correcto las cosas de la vida, los sucesos que esta te depare, serán, como nos promete Paulo Coelho o las tacitas de Mr. Wonderful, mejores. No, el mundo no conspira para hacerte feliz. Ni siquiera conspira. El «mundo» es otra de esas palabras que más nos valdría tener mucho cuidado de utilizar.

Si no hay recompensa alguna en este mundo ni en el que viene para los que actúan de manera íntegra, entonces ¿qué sentido tiene arrostrar los enormes apuros que esto a menudo conlleva? Ha habido filósofos, como Kant, que consideran que esta pregunta misma está mal planteada: uno tiene que portarse bien porque sí, sin motivo ni esperanza de recompensa alguna: justo de eso va la ética, de cumplir con tu deber y ya está.

A Wittgenstein esta respuesta le atraía: no en vano uno de sus autores favoritos era el kantiano Schopenhauer. Pero, al mismo tiempo, nuestro autor sentía que le faltaba algo a ese planteamiento: sí, de acuerdo, el portarte correctamente no garantiza que luego las vicisitudes de este mundo vayan a resultarte más propicias. Pero, aunque no mejoren las cosas concretas, ¿de veras no cambia nada de tu vida al cumplir con tu deber?

Es ahí donde nuestro soldado se separa de las meras exigencias kantianas y se da cuenta de algo: sí, sí cambia algo de tu vida si eres honrado. Ahora bien, es verdad que no cambia nada concreto de lo que sucede en tu vida, porque lo que cambia es tu vida como totalidad. ¿Qué significa esto?

Resulta arduo explicarlo, porque estamos habituados a hablar de las cosas puntuales que nos pasan en la vida, pero no de esta como un todo (als Ganzes, en alemán). En el fondo, lo que Wittgenstein señala es que el mundo en que habita un malvado es muy diferente al mundo que vive alguien decente. No porque en el mundo primero las cosas que sucedan sean peores (de hecho, quizá sean mejores: más dinero, más éxito, más afecto). Pero, si nos fijamos más allá de esos sucesos, la «vida malvada» y la «vida honrada» son muy distintas. No es igual la mala vida que una vida buena. Una y otra se abordan de forma bien diversa como totalidad. Piensas en «tu vida» y es muy diferente lo que afrontas si eres mezquino o si eres virtuoso.

No contento con estas reflexiones (que Wittgenstein reconocerá más adelante, en el propio Tractatus, que fuerzan sobremanera el tipo de cosas de las que sí cabe hablar con sensatez), nuestro filósofo se atreverá a avanzar otra tesis: ese modo de ver el mundo como totalidad si actúas correctamente puedes llamarlo «feliz»; el otro, el modo en que te enfrentas al mundo cuando actúas como un truhan, puedes considerarlo «infeliz». Recordemos de nuevo que aquí Wittgenstein no habla de una felicidad o una infelicidad que tenga que ver con las cositas que te pasan en la vida. Se trata más bien de una felicidad con que contemplas tu vida más allá de lo que en ella pase o deje de pasar. Miras tu vida y, aunque en ella pululen no sé cuántas cosas buenas e incluso muchas más malas, te dices, si eres bueno: «Soy feliz».

Es probable que el lector se esté preguntando si podemos proporcionarle algún ejemplo de estas cosas; y lo cierto es que tal ejemplo existe. Se trata del caso de una persona que en su vida vio como fallecían aún jóvenes dos de las cuatro parejas a las que amó; una persona que vivió constantes angustias espirituales, y que meditó en serio sobre llegarse a suicidar. (No era, por lo demás, algo insólito en su familia: tres de sus cuatro hermanos varones se habían suicidado a edades relativamente mozas). Estamos hablando de un profesor universitario que acabó odiando el ser profesor universitario; de un tipo que se fue ilusionado como maestro a los Alpes, pero volvió desencantado porque lo rural distaba de cuanto imaginó. Sí, estamos hablando del propio Wittgenstein: cuyos acontecimientos a lo largo de sus 62 años de vida distaron mucho de poder etiquetarse como «pasarlo bien».

Y, con todo y con eso, cuando tal vida terminaba, hace ahora 70 años, es famosa la frase que esa alma atribulada transmitió a su cuidadora, la señora Bevan, al informarle esta de que sus amigos venían hacia Cambridge para despedirse. «Dígales que he tenido una vida maravillosa» le musitó Wittgenstein, poco antes de desvanecerse para no despertar ya.

¿Una vida maravillosa, tras tantas desazones? Sí, una vida que, cuando Wittgenstein la contemplaba en su conjunto, más allá de estas, le pareció feliz. El filósofo no se había dado, ciertamente, a la buena vida. Pero sí a la vida buena. Y sobre esto la ética tiene mucho que decir.


https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2021-05-06/wittgenstein-etica/


Wittgenstein: decid a los amigos que he sido feliz


Manuel Vicent

Una tragedia no es que se muera tu abuela a los 85 años en una mecedora, sino soportar dos guerras mundiales en tu propia casa y que durante la paz se suiciden a tu alrededor varios hermanos y a uno de ellos, pianista de gran fama, tuvieran que cortarle un brazo. Karl Wittgenstein, judío vienés converso, rey del hierro y del acero, heredero de una dinastía de grandes financieros del imperio austrohúngaro, tuvo con su mujer Leopoldine ocho vástagos, cada uno más tronado: Kurt, Helene, Rudi, Hermine, Hans, Gretl, Paul y Ludwig. Fue una familia marcada por la locura y el dinero en una época en que la dulzura de los violines del Danubio comenzó a ser sustituida por los timbales de Wagner y estos terminaron siendo los cañonazos, que reducirían a escombros el pastel de dioses, atlantes y ninfas de mármol del fastuoso palacio de los Wittgenstein en Viena, donde en tiempo de esplendor se daban cita Sigmund Freud, los músicos Brahms, Strauss y Mahler, el pintor Klimt, el poeta Rilke, el escritor Robert Musil y otros seres divinos atraídos por la mano dadivosa del mecenas.

Entre los ocho hermanos Wittgenstein, solo dos sobrevolaron las convulsiones de su inmensa fortuna. A Paul lo salvó el piano, pese a ser manco, y a Ludwig la filosofía del lenguaje, que ejerció como un profeta evangélico. Los seis vástagos restantes desbarrancaron en disputas y cuchilladas domésticas, bodas de conveniencia, pactos dementes, sanatorios psiquiátricos, quiebras y suicidios, hasta que el destino los disolvió en el basurero de la historia, no sin antes obligarles a entregar gran parte de sus empresas, como chantaje, a los nazis, quienes al final dieron por bueno que esta familia de conversos tenía un antepasado que fue un príncipe ario en el siglo XVIII y así se libró del campo de exterminio.

El 1 de diciembre de 1913, a los 26 años, Paul debutó como concertista de piano en el Grosser Musikverein, en cuya Sala de Oro estrenaron sus obras Brahms, Bruckner y Mahler. Desde allí se trasmiten los valses y las polcas de Año Nuevo. El auditorio tiene 1.654 butacas. La familia compró todo el aforo para llenarlo solo con los amigos dispuestos a aplaudir a toda costa. Pero Paul tenía talento. De hecho, cuando en la Gran Guerra un mortero se le llevó por delante el brazo derecho, Maurice Ravel le compuso el famoso Concierto para la mano izquierda. Y con una sola mano siguió Paul interpretando con éxito piezas propias y las que el preceptor ciego Josef Labor componía para él exclusivamente.

Pero de aquella saga de reyes de la siderurgia austriaca fue Ludwig, el último de los hermanos, el que salvó el apellido Wittgenstein y lo hizo célebre al elevarlo a la cumbre de la filosofía hermética. Había nacido en Viena en abril de 1889. Hasta los 14 años fue educado en su palacio con preceptores y desde este espacio insonorizado pasó a un centro de Linz donde tuvo a Hitler como compañero de pupitre. En 1908 su padre lo mandó a Manchester a estudiar aeronáutica y allí diseñó un ingenio de propulsión a chorro para la aviación. A través de la ingeniería se adentró en las matemáticas hasta desembocar en la filosofía y esta pasión le llevó a conocer a Bertrand Russell en Cambridge. Ambos quedaron mutuamente imantados. Russell lo adoptó como discípulo y le animó a escribir filosofía y después de asombrar a todos con el primero de sus aforismos: El mundo no es todas las cosas, sino todos los hechos, a Wittgenstein le dio un brote de misantropía, se fue a Noruega y se estableció en una cabaña para pensar en soledad.

De aquella nota surgió su famosa obra Tractatus Logico- Philosophicus, un libro de 70 páginas, de apenas veinte mil palabras, que revolucionó el pensamiento analítico del lenguaje. Lo escribió entre cañonazos en las trincheras de Italia durante la Gran Guerra en la que se había alistado como voluntario y logró salvarlo mediante cartas que mandaba a Russell desde Monte Casino donde permaneció como prisionero. Era un texto críptico. Para unos positivista lógico, para otros ético, para otros místico. En plena guerra Ludwig había comprado en una librería de Tarnow, un pueblo a 40 kilómetros de Cracovia, el único libro que había en los estantes. Era el Evangelio Abreviado de Tolstói. Le causó tanta impresión que lo llevó siempre consigo durante la contienda y en el cautiverio, hasta el punto que estructuró su Tractatus en seis partes, exactamente igual, como Tolstói, en forma de pensamientos, de cuya enigmática complejidad le sobrevino la fama.

Terminada la guerra a Ludwig Wittgenstein le dio otro brote de misantropía y donó toda su fortuna a dos de sus hermanas y en 1920 se convirtió en maestro de escuela en pequeños pueblos de Austria. Su rigor le trajo problemas con los padres de algunos alumnos a los que azotaba de forma inmisericorde si erraban en matemáticas. Para eludir la justicia escolar, en 1926, abandonó la docencia y trabajó de jardinero en un monasterio, pero aburrido de podar rosales, en vez de suicidarse como era tradición en su familia, volvió a Cambridge donde su Tractatus era estudiado como un devocionario y allí desembarcó en medio del grupo de Bloomsbury, una dorada pandilla de evanescentes esnobs que se movían entre el cinismo intelectual, el escarceo con el partido comunista, la ambigua sexualidad y el placer del espionaje soviético. Pese a ser tímido, tenso y tartamudo, según la descripción de su amigo homosexual John Niemeyer, a los cuarenta años Ludwig parecía un joven de veinte, con una belleza propia de los dioses, rasgo siempre importante en Cambridge, con los ojos azules y el pelo rubio, como un Apolo que hubiera saltado de su propia estatua. Lo rodeaba una especie de santidad filosófica, un aura misteriosa que expandía también cuando comenzó a dar lecciones de lógica en la universidad. Un grupo reducido de fervorosos alumnos le seguía como a un profeta y no les preocupaba no entenderle, les bastaba con estar cerca y asistir al espectáculo de su pensamiento. Daba las lecciones de lógica en su propia habitación sin usar texto ni notas; se limitaba a pensar en medio de un silencio meditativo que interrumpía para interrogar a sus discípulos. Cuando las clases le agotaban se iba al cine a ver películas del Oeste en primera fila o leía novelas de detectives y cuentos de hadas. Le tenían como a un Jesucristo revolucionario porque había comenzado a estudiar ruso y programaba para sí mismo irse a vivir a la Unión Soviética con su amante Francis Skinner, 23 años menor que él. En 1935 visitaron juntos Moscú con idea de establecerse allí. Pero desistieron de ello debido a la dictadura estalinista. Los alumnos de los cursos 1933-1934 y 1934-1935 hicieron circular los apuntes tomados en clase y que después de su muerte verían la luz con los nombres de El Cuaderno Azul y El Cuaderno Marrón.

Con la anexión de Austria por Alemania renunció a su nacionalidad y adquirió la británica. Pero la rutina formal académica le hastiaba. Renunció a su cátedra y en 1947 abandonó Cambridge y se dirigió a Irlanda. Allí residió en el interior de otra cabaña en Galway junto al mar. Durante un viaje a Norteamérica comenzó a tener problemas de salud y, al regresar a Inglaterra se le diagnosticó un cáncer de próstata, que se negó a tratarse.

Los dos últimos años de su vida los pasó con sus amigos de Oxford y Cambridge trabajando en cuestiones de filosofía hasta su muerte, que sucedió el 29 de abril de 1951 en Cambridge, en casa de su médico, el doctor Bevan, donde residía como huésped. Antes de perder la conciencia le susurró: «¡Dígale a los amigos que he tenido una vida maravillosa y que he sido feliz!».


https://historico.semanariouniversidad.com/suplementos/forja/wittgenstein-decid-a-los-amigos-que-he-sido-feliz/

"En general, las vidas se esfuman. Una persona muere y poco a poco todo rastro de su vida desaparece. Paul Auster.

 



"En general, las vidas se esfuman. Una persona muere y poco a poco todo rastro de su vida desaparece. Un inventor sobrevive en sus invenciones, un arquitecto está presente en sus edificios, pero la mayoría de la gente no deja tras de sí monumento alguno ni logros duraderos: una estantería con álbumes de fotos, la cartilla de notas del colegio, el trofeo de una bolera, un cenicero birlado en un hotel de Florida en la última mañana de unas vacaciones vagamente recordadas. Unos cuantos objetos, algunos documentos, y unas cuantas impresiones causadas a otras personas. Estas últimas siempre tienen historias que contar sobre el muerto, pero las más de las veces se mezclan fechas, se suprimen hechos, se distorsiona cada vez más la verdad, y cuando a esas personas les llega su turno de morir, la mayoría de las historias desaparece con ellas."

— Fragmento: “Brooklyn Follies”, de Paul Auster.





"Para la felicidad no existe el futuro; tampoco el pasado Iván Turguéniev.

 



"Para la felicidad no existe el futuro; tampoco el pasado. La felicidad no recuerda el ayer ni piensa en el mañana; es solamente presente que ni siquiera dura un día, sino sólo un instante."

— Fragmento: “Asia”, de Iván Turguéniev.

...Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no tener ningún fin." Hermann Hesse.



 "Cuando alguien busca, fácilmente puede ocurrir que su ojo sólo se fije en lo que busca; pero como no lo halla, tampoco deja entrar en su ser otra cosa; no puede absorber ninguna otra cosa, pues se concentra en lo que busca. Tiene un fin y está obsesionado con él. Buscar significa tener un objetivo. Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no tener ningún fin."

— Fragmento: “Siddhartha” de Hermann Hesse.




"Lucharon siempre en mi ánimo la íntima holgazanería y la voluntad de dejar obra." Adolfo Bioy Casares.




 "Lucharon siempre en mi ánimo la íntima holgazanería y la voluntad de dejar obra."

— Fragmento: “La obra”, de Adolfo Bioy Casares.



"Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido ...Antonio di Benedetto.



 "Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí.

Siempre se espera más."

— Fragmento: “Zama”, de Antonio di Benedetto.



"Los seres débiles nunca pueden ver más allá de la imagen del mundo y la sociedad que les ofrece su familia."

 


"Los seres débiles nunca pueden ver más allá de la imagen del mundo y la sociedad que les ofrece su familia."

— Fragmento: “Gilles”, de Pierre Drieu La Rochelle.




"Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible... Primo Levi

 


"Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno y otro estado limite son de la misma naturaleza: se derivan de nuestra condición humana, que es enemiga de cualquier infinitud. Se opone a ello nuestro eternamente insuficiente conocimiento del futuro; y ello se llama, en un caso, esperanza y en el otro, incertidumbre del mañana. Se opone a ello la seguridad de la muerte, que pone limite a cualquier gozo, pero también a cualquier dolor. Se oponen a ello las inevitables preocupaciones materiales que, así como emponzoñan cualquier felicidad duradera, de la misma manera apartan nuestra atención continuamente de la desgracia que nos oprime y convierten en fragmentaria, y por lo mismo en soportable, su conciencia."

— Fragmento: “Si esto es un hombre”, de Primo Levi.







...acercarse de verdad al alma de un hombre vivo."

 


"Sólo la multiplicidad de ángulos, la suma de perspectivas permite acercarse de verdad al alma de un hombre vivo."

— Moisés Mori.





— “El remordimiento”, de Jorge Luis Borges.

 


"He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado."

— “El remordimiento”, de Jorge Luis Borges.




— Fragmento: “Prólogo a Crónicas marcianas”, de Jorge Luis Borges.

 


"(…) a principios del siglo XIV, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos (…)"

— Fragmento: “Prólogo a Crónicas marcianas”, de Jorge Luis Borges.




El prólogo de Borges a la primera edición de "Crónicas marcianas" en Argentina

 Por Jorge Luis Borges



En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido. A principios del siglo xvi, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos. En el siglo xvii, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de Un mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la Posibilidad de una Travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.

Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la épica, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo —que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena.

Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado —el dark bakward and abysm of Time del verso de Shakespeare—. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.

¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.

Acaso “La tercera expedición” es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado “El marciano”, que encierra una patética variación del mito de Proteo.

 

Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.