Getty: el misterioso secuestro del nieto del hombre más rico y tacaño del mundo

El joven Paul Getty III es liberado por sus secuestradores, después de cinco meses de cautiverio, a cambio del pago de un rescate


Getty: el misterioso secuestro del nieto del hombre más rico y tacaño del mundo

 
Querida mamá. Desde el lunes estoy en manos de unos secuestradores. No dejes que me maten’.
La madrugada del 10 de julio de 1973, John Paul Getty III, paseaba por la Piazza Farnese cuando fue secuestrado ‘presuntamente’ por la mafia.

El joven que contaba años, se ponía en contacto con su familia a través de este mensaje.
Su madre, Gail Harris, pide ayuda al patriarca, John Paul Getty, abuelo del joven multimillonario magnate del petróleo.
John Paul Getty, da la réplica a los secuestradores explicando en un comunicado de prensa: “tengo 14 nietos. Si pago un rescate, tendré 14 nietos secuestrados”.Y es que la familia no da crédito al mismo que consideran falso, acorde con la disoluta vida de John Paul, el nieto díscolo número apodado ‘El hippy de oro’.
El 10 de julio de 1973 fue secuestrado por una banda que exigió un rescate. Su madre pidió ayuda al patriarca John Paul Getty (80 años por aquel entonces), El rescate -estimado en 3 millones de dólares- fue finalmente pagado después de que los secuestradores le cortaran una oreja, que fue enviada en un sobre a un diario italiano con un mechón de pelo pelirrojo del joven. Siguió poco después una fotografía del rehén sin oreja. John Paul Getty III fue liberado el 15 de diciembre de 1973, tras haber pasado en cautiverio su 17º cumpleaños. Los diarios publicaron entonces que trató de dar las gracias a su abuelo por teléfono, pero que éste se negó a responder a la llamada. Apenas un año después de su liberación, John Paul Getty III, de 18 años, se casó con su novia alemana, Gisela Martine Zacher, de 24. Furioso, el abuelo le cortó el acceso a la fortuna familiar. Los años siguientes los vivió en Los Angeles, donde trató de reconstruir su vida, pero cayó en un mundo de alcohol y de droga. En 1981, un ataque cerebral lo dejó paralizado y casi ciego. Su abuelo había muerto y su padre, heredero de la fortuna familiar, se negó a asumir los gastos médicos. Fue necesario que la madre entablara una batalla legal para que asumiera la factura. Tras el fracaso de su matrimonio en 1992, John Paul Getty III regresó a vivir con su madre, sobre todo en Irlanda y en Italia. Los últimos años de su vida los pasó en una residencia propiedad de su padre, en el sur de Inglaterra.
secuestro en Roma, en 1973, de John Paul Getty, nieto del magnate del petróleo John Paul Getty, tenía todos los elementos para convertirse en una historia de película: un adolescente descarriado y sin blanca que llevaba el apellido del hombre más rico del mundo; la negativa pública del singular y avaro abuelo a pagar un solo céntimo por la liberación de su descendiente; la implicación de la mafia; una oreja mutilada que los secuestradores envían a la prensa; y un escenario tan bello como oscuro: la Roma de los años 70. Sobre el suceso han corrido ríos de tinta, se han publicado varios libros y finalmente Ridley Scott lo ha llevado a la gran pantalla con la cinta Todo el dinero del mundo, que se ha estrenado en España el viernes 23 de febrero. En 1973, el joven Getty no parecía un rico heredero. Tenía 16 años, el pelo largo y una vida bohemia. Deambulaba por las calles de la Ciudad Eterna, después de haber sido expulsado de ocho escuelas privadas; vendía quincalla y algún cuadro pintando por él para sacarse un dinero en la céntrica Plaza Navona; flirteaba con la cocaína; de vez en cuando frecuentaba manifestaciones de la izquierda italiana y rodaba alguna escena como extra en los estudios de Cinecittà. Llevaba “una vida de hippie”, escribían los periódicos de la época. Vivía con su madre, la exactriz Gail Harris, y con sus tres hermanos en un apartamento en el acomodado barrio de Parioli, al borde del desahucio por impago del alquiler.
Su padre, John Paul II, después de dirigir durante años la filial italiana del imperio familiar, lo había dejado todo para recorrer Europa con su nueva mujer, la actriz holandesa Talitha Pol. Les enviaba una escueta pensión, nada boyante, no manejaba mucho dinero. Al viejo y excéntrico Getty su padre lo desheredó a los 24 años porque decía que los hijos de los ricos no deberían recibir dinero si tienen edad para valerse por sí mismos, y él decidió aplicar la misma fórmula con sus vástagos. La noche del 10 de julio Paul III no volvió casa. Tres días después su madre recibió una llamada en la que una voz masculina con acento del sur le decía: “Tu hijo está con nosotros. Prepara 17 millones de dólares si quieres recuperarlo”. La mujer solo alcanzó a decir que ella no tenía esa ingente cantidad. Entonces la voz le sugirió que la buscara en la fortuna familiar. “Los secuestradores sabían dónde encontrar el dinero mejor que la Agencia Tributaria”, dijeron las crónicas entonces. ampliar foto John Paul Getty III. getty images Gail llamó a su exsuegro pidiéndole ayuda, pero este se la negó en rotundo, haciendo gala de su tacañería. “No pagaré un solo centavo. Tengo otros 13 nietos; si pago, tarde o temprano secuestrarán a todos”, sentenció. Como él mismo reconoció, se movía con una máxima: “No aceptes consejos de nadie; solo dinero. Da consejos a cualquiera, pero nunca dinero”. Al principio se pensó que todo era un truco del adolescente para sacar dinero a su abuelo. Su amigo, el pintor Marcello Crisi contó al Corriere della Sera que las semanas anteriores a su desaparición, el joven hablaba recurrentemente de un secuestro. “Más que una broma, empezaba a parecer una propuesta”, dijo. Esa teoría se desvaneció cuando llegó un paquete a la redacción del periódico romano Il Messaggero con una oreja amputada del secuestrado y un mensaje de los secuestradores. Los investigadores concluyeron que la mutilación había sido obra de profesionales –el propio Paul después declaró que siempre recordaría el sonido del corte “como una hoja de papel al romperse”– y el abuelo se ablandó. Por otra parte, el envío al rotativo romano había llegado con un mes de retraso, porque la compañía postal estaba en huelga y el rescate había bajado a tres millones de dólares. Decidió pagar, pero con una condición: entregaría solo 2,2 millones, el máximo deducible de impuestos según sus abogados, y el resto se lo prestaría a su hijo al módico interés del 4%. ampliar foto John Paul Getty III escoltado por la policía en 1973.
Paul fue liberado el 15 de diciembre. Lo encontraron vagando en una carretera del sur. Su madre le pidió que llamara a su abuelo para agradecerle el pago del rescate, pero el viejo gruñón Getty rechazó hablar con su nieto. La policía detuvo a nueve personas, entre ellas varios jefes de la mafia calabresa. Paul se trasladó a Nueva York después del trauma, donde recayó en las drogas. En 1981 una sobredosis de valium y metadona lo dejó paralizado. Murió en 2011 en Inglaterra.
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Redescubriendo El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier

Foto: de la edición del 2014, editorial SEIX BARRAL (tomada de Google).
Desde su aparición en las librerías en 1962, El Siglo de las Luces, del escritor cubano Alejo Carpentier, ha sido considerada por la crítica como su más excepcional novela, quizás por la maestría con que el autor esboza su método de lo real maravilloso, la reiterada presencia de estructuras míticas y el delicioso manejo del lenguaje que se ajusta a los objetivos artísticos de su método y mediante el que logra hacer vibrar toda la luz de Latinoamérica.
Un estudio más detallado (con fines académicos) de la obra en cuestión llevaría a la comprensión cabal y el conocimiento profundo. No obstante, el objetivo que persigo no rebaza lo periodístico e informativo, por lo que me limitaré a esbozar las principales características del texto y cómo se inserta en ese espacio para resaltar lo americano que resulta toda la novelística de Carpentier.
El prólogo de la trama comienza en La Habana de finales del siglo XVIII, donde un acaudalado comerciante criollo acababa de fallecer. Carlos y Sofía, sus hijos, se enfrentan a la monotonía de los cortejos fúnebres y al no menos tedioso ritual del luto eterno a puertas cerradas, tiempo en que ni siquiera la música puede sonar debido a la constante preocupación por las habladurías de vecinos impertinentes. Pero el encierro parece agradarles a los chicos, quienes, además, cuidan de su primo (lo consideran un hermano) Esteban, víctima de constantes ataques de asma. Así viven durante todo un año, aislados de una sociedad revuelta por las ráfagas revolucionarias que desde Francia llegan.
Pero, como proclama la frase de Francisco de Goya, citada por Carpentier al inicio del capítulo IV, Siempre sucede que no es posible estar al margen de los acontecimientos epocales. Así, aparece en la escena un personaje que alborotará la vida de los adolescentes hasta tornarla totalmente diferente: Víctor Hugues (comerciante que partiría a Francia y alcanzaría altos cargos en el seno revolucionario).
Las evocaciones goyescas no son fortuitas. El autor utiliza la intertextualidad entre los grabados de la serie Desastres de la guerra del destacado pintor español, y los acontecimientos del capítulo que las preceden, para acompañar momentos decisivos de la novela y convocar a otras posibilidades de lectura.
Asimismo ocurre cuando los protagonistas llegan a Santiago de Cuba (XI) para salir de la Isla. La expresión que ahora acompaña al epígrafe, ¿Qué alboroto es éste?, no es más que una alusión al desorden ocasionado en la ciudad por la presencia de centenares de oficiales galos y emigrados haitianos que buscaban un refugio debido al estallido de la Revolución en Haití poco tiempo antes.
Destacable resulta al inicio del texto, la mención al cuadro Explosión de la catedral, de Monsú Desiderio, que adquiere carácter de símbolo de los tiempos en los que la trama tiene lugar, caracterizados por la clásica frase: el triunfo de la razón sobre la fe. Igual sensación produce el hecho de que Hugues aclare que las tropas que van a América, dirigidas por él mismo, devienen la primera avanzada que llega al Nuevo Continente sin llevar cruces en alto y, por tanto, transporten la libertad verdadera. Claro, dicha condición depende del comportamiento de esas personas que serán declaradas libres y nombradas ciudadanas francesas con plenos derechos y deberes, aunque bajo la amenaza omnipresente de la guillotina, que llegaba a estas tierras de la mano de La Libertad.
Pero no solo la presencia de estos hace del volumen un constante ir y venir. Como es su costumbre, Carpentier no abandona la idea que ha venido haciéndose de un importante lugar en sus obras anteriores. El pensamiento se materializa en la boca de una de las protagonistas, Sofía, quien en disímiles ocasiones apunta que Hay que hacer algo, clara alusión a la necesidad del hombre de imponerse tareas[1]; o de forjarse un destino[2].
Si bien los acostumbrados a la prosa de quien fuera uno de los más grandes de las letras latinoamericanas no se sorprenderán de la densidad del libro, sí es cierto que la trama puede tornarse tediosa y lenta en exceso, porque, a pesar de lo que muchos digan, no todas las descripciones responden a un interés marcado; son solo cuestión de estilo y nada más.
A pesar de ello, El siglo… destaca como la novela por excelencia del paisaje americano. Los ejemplos abundan: descripciones de la ciudad luego del paso del ciclón (p. 58); de la ceiba y el mango (175–179)[3]… Sus narraciones también se perfeccionan bajo la intención de describir minuciosamente y detallar al hombre europeo las maravillas que solo en este continente pueden encontrarse.
Y claro, no podía faltar lo real maravilloso visto desde todas sus aristas: en lo humano, lo político, lo mítico. Lo social, por ejemplo, lo emplea el escritor desde los contrastes entre las ciudades de Cayena y Bridgetown, siendo la primera un mundo cuya historia toda no era sino una sucesión de rapiñas, epidemias, matanzas…; mientras la segunda brilla por resultar un mundo distinto del que hasta ahora hubiese conocido en el Caribe.
Referencias a cuestiones formales en la novela podrían hacer muchísimas más (utilización de las mayúsculas, estructuras míticas, evolución de los personajes, los distinguibles estilos en los que se escribe: el culto y el coloquial…), pero no pretendo agotar al lector con más academicismos. Solo llamo la atención a aquellos que no se han atrevido a introducirse (incito a hacerlo) en un mundo que fusiona el elemento histórico y el ficticio para crear una representación más veraz de la realidad y revindicar, así, la vida de Víctor Hugues (aunque no protagonista), quien ha sido casi ignorado por la historia de la Revolución Francesa, y de quien Carpentier mantiene en la ficción novelesca, la dramática dicotomía que caracterizó su paso por esta tierra.
[1] Idea esbozada en El reino de este mundo (1949).
[2] Idea esbozada en Los Pasos Perdidos (1953).
[3] Todas las citas son tomadas de la edición del Instituto Cubano del Libro, Colección Letras Cubanas, 2001.