«Ritual en la oscuridad», de Colin Wilson

 


 

Ritual en la oscuridad. Colin Wilson
Traducción y epílogo de Javier Calvo
Libros del Silencio (Barcelona, 2011)


“No me entiende —dijo él, con paciencia—. No es eso lo que intento decir. Lo que intento decir es que nuestra experiencia está deshilvanada. Vivimos más o menos en el presente. Si fuéramos honestos, reconoceríamos que la vida es una serie de momentos engarzados por nuestra necesidad de mantenernos con vida, de derrotar al aburrimiento. Nuestra experiencia está hecha de pedazos. Pero el hombre de negocios de Surbiton lo hilvana todo creyendo que el propósito de la vida es tener un coche más grande. El político lo hilvana identificando sus propósitos con los de su partido. El hombre religioso lo hilvana aceptando la guía de su Iglesia o la Biblia. Son formas distintas de hacerlo, pero todas comparten el mismo propósito: imponer un orden, un sentido. Y son todas falsificaciones. Si fuéramos honestos, aceptaríamos que la vida carece de sentido” (p. 131-132).









































El fragmento anterior pertenece a la novela Ritual en la oscuridad, de Colin Wilson, editada en castellano por Libros del Silencio en 2011. En los años ’60, ’70 y ’80 del siglo pasado se editaron un puñado de libros suyos en España, incluso alguno en los ’90 y en la década posterior. Sin embargo es lo primero que leo de Wilson y no voy a engañaros: llegué a él porque la traducción la había hecho Javier Calvo y además incluía un epílogo suyo. Todo el que más o menos lee en serio en este país sabe quién es Calvo por sus legendarias traducciones de los no menos legendarios libros de David Foster Wallace, el legendario escritor desastrosamente fallecido en circunstancias desastrosas hace tres desastrosos años. No he sido totalmente consciente de la valía de Javier Calvo como traductor (aunque ahora soy consciente de que siempre lo he sido de manera subconsciente) hasta que Juan Francisco Ferré me propuso que comparara la versión original de un relato incluido en Entrevistas breves con hombres repulsivos titulado «Tri-Stan: He vendido a Sissee Nar a Ecko» con la traducción al castellano realizada por Calvo, y desde que he podido disfrutar de la que de El rey pálido ha publicado recientemente Mondadori. (Esto no es ningún peloteo o acto laudatorio sino un reconocimiento sincero y honesto a una labor que no está suficientemente pagada ni reconocida ni nunca podrá estarlo habida cuenta de la escasa incidencia comercial de la literatura auténtica que llega a nuestras manos gracias a que gente como Calvo decide un día empezar a hacer las cosas bien y pasan los años y no dejan de hacerlas así, bien).

Cada uno puede leer lo que le dé la gana, y dejarse llevar por los criterios de selección que más le apetezcan. Pero qué duda cabe que el principal criterio de selección para quienes sólo leen libros editados en nuestro idioma vernáculo es el criterio de los editores: esto es lo que vas a leer porque esto es lo que hemos decidido que se traduzca y edite aquí; si quieres leer otras cosas, aprende idiomas y búscate la vida. Si a esta circunstancia le añadimos los saltos generacionales y el rollo insufrible de los libros descatalogados, concluimos que nos perdemos cantidad de cosas en favor del en muchas ocasiones dudoso criterio de los Señores de la Edición. Hay por ahí joyas de gran valor enterradas en idiomas incomprensibles/molestos para el lector de a pie, olvidadas mientras proliferan las líneas enfocadas al entretenimiento masivo y rentable sólo para quienes han decidido que esa es la línea que al público de habla hispana le puede interesar. Un desastre paliado sólo a medias por unas pocas editoriales pequeñas e independientes y alguna grande e inexplicablemente comprometida con objetivos distintos al beneficio económico puro y duro. Seguiremos informando.

Esta es la primera novela de Wilson, escrita a la increíble edad de 18 años y publicada 7 después, ya por entonces famoso a raíz de su ensayo The Outsider. Y ahora viene el clásico prejuicio sobre la narrativa fabricada por gente excesivamente joven, algo de lo que ya hemos hablado en extenso en este lugar, por lo que sólo diré, a modo de resumen, que la madurez no tiene edad y que, en el campo que nos ocupa, hay novelas escritas por autores de 50, 60 o más años que demuestran una inmadurez rayana en la infantilidad, y novelas escritas a la increíble edad de 18 años que no sólo sorprenden por su excelente factura sino que además permiten que uno sienta algo menos la incomodidad de vivir en un mundo dominado por ideas seniles porque sabe que en algún sitio están teniendo lugar verdaderos actos de creación no dominados por la esclerosis de aquellas ideas seniles, equivocadas, torcidas y perdedoras.

De más está decir que Ritual en la oscuridad es una novela brutal. En ella el protagonista, Gerard Sorme, es un joven escritor en ciernes de escasos medios económicos, rabioso contra la sociedad y misántropo que reside en Londres. La época es la inmediatamente posterior a la descrita por David Lodge en Fuera del cascarón e inmediatamente anterior a la expuesta por Hanif Kureishi en El buda de los suburbios. A quienes conozcan la capital del Reino Unido por haber ido más de una vez en viaje turístico les fascinará reconocer los itinerarios de los personajes por los barrios y lugares que aparecen entre sus páginas. Sin embargo esto es un detalle menor que permite un subnivel de disfrute paralelo a la trama principal. Lo verdaderamente importante de la novela son la trama (estamos ante un thriller de lectura compulsiva) y las especulaciones sociológicas y filosóficas de Sorme. Trama que sería una lástima siquiera apuntar aquí, y cuyo placer es preferible dejar a sus futuros lectores. Sólo citaré —y apelando a la inteligencia del lector le pediré perdón por destrozar en parte lo que a otro tipo de lector podría parecerle objetivo último de Wilson: descubrir un quién— un pequeño trozo de conversación entre Gerard Sorme y Austin Nunne, el amigo rico (una especie de Dickie Greenleaf, el amigo del Tom Ripley creado por Patricia Highsmith) de Sorme:

“Nunne se apresuró a interrumpirlo:

—Claro que sí. Pero tampoco sobreestimes mi anormalidad. Imagino que el trabajo de un verdugo es anormal, pero aun así él lo considera un simple trabajo. Lo mismo pasa con un empleado del matadero. Conozco a un hombre que se pasó la guerra entrenando a adolescentes para matar con facilidad y sin hacer ruido. He conocido a comandos que han matado a más alemanes de los que pueden contar. Uno de ellos siempre va a pasar las vacaciones a Alemania y dice que prefiere a los alemanes a ninguna otra raza de Europa.

—¿Estás diciendo que el asesinato es parte de la mentalidad moderna? —dijo Sorme en tono lúgubre.

—De cualquier mentalidad, Gerard. La sociedad siempre se ha basado en el asesinato. De nada sirve intentar prohibir el asesinato por medio de leyes y códigos morales. Es algo que tiene que desaparecer por sí solo: los hombres lo tienen que dejar atrás. ¿Me entiendes? Mi amigo el comando es un ciudadano que respeta escrupulosamente la ley. Sin embargo, sigue teniendo el asesinato en las venas. Si hubiera otra guerra volvería a matar. No ha dejado atrás el asesinato. Simplemente acepta las leyes que lo prohíben. Esa no es forma de crecer…” (p. 533-534).














































«Amar al asesino» es el título del epílogo de Javier Calvo, en el que hace una crítica perfecta del libro cuya lectura acaba y ofrece una magnífica guía para adentrarse en el extraño mundo de la narrativa de Colin Wilson. Un mundo en el que, por lo que he leído, colijo que se ponen patas arriba muchas de nuestras concepciones heredadas y se derriban estereotipos sociológicos que no dudamos en calificar de inamovibles. Un mundo raro, que suena mucho mejor en inglés, A Weird World, del que una vez dentro es difícil salir.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

AXEL CAPRILES M: “VENEZUELA EN LA NUEVA GEOPOLÍTICA”

 


AXEL CAPRILES M: “VENEZUELA EN LA NUEVA GEOPOLÍTICA”
MANUEL FELIPE SIERRA

 

POLÍTICA 27/03/2022 08:00 AM          


EL CONOCIDO PSICÓLOGO, PSICOANALISTA JUNGUIANO Y DOCTOR EN CIENCIAS ECONÓMICAS REFLEXIONA SOBRE LOS RECIENTES EVENTOS MUNDIALES DE LA PANDEMIA COVID-19 Y LA GUERRA RUSIA-UCRANIA



https://www.eneltapete.com/politica/3107/axel-capriles-m-venezuela-en-la-nueva-geopolitica

Ampliamente conocido por su actividad como analista de la realidad nacional y sus investigaciones como psicólogo y especialista en economía y radicado ahora en España, vino recientemente al país para la presentación de su último libro, que por cierto, ha tenido importante acogida en Europa: “Erotismo, vanidad, codicia y poder”. Capriles ha escrito notables textos e investigaciones sobre el comportamiento del venezolano y el impacto de la riqueza petrolera entre otros como “La picardía del venezolano y el triunfo del tío conejo” y “El complejo del dinero”. En su visita, también participo en interesantes diálogos con historiadores, dirigentes políticos y periodistas.
Estas son sus respuestas a las preguntas de Eneltapete:


Tú libro "Erotismo, vanidad, codicia y poder", es una reflexión muy interesante sobre las tendencias del mundo de hoy. Dos hechos recientes deberían implicar un cambio significativo: la pandemia universal del covid-19 y el conflicto Rusia -Ucrania que podría considerarse como un a tercera guerra mundial por sus implicaciones económicas y comunicacional. ¿Cuál es tú reflexión?

La guerra Rusia-Ucrania tiene implicaciones que se extienden mucho más allá de las consecuencias económicas y comunicacionales. La pandemia del coronavirus ya había introducido cambios importantes en las formas de vida, el efecto penetrante del miedo, la movilidad de las poblaciones, la dimensión e intervención de los Estados en la vida de las personas. Ahora el hecho de una guerra en el continente europeo, afinca muchas de las tendencias dejadas por la pandemia y marca un cambio geopolítico importante y un punto de inflexión en la psicología colectiva. En la economía ya tenemos efectos muy concretos que afectan inmediatamente a las poblaciones, el aumento del costo de la energía, la escasez de alimentos, un escenario general de inflación con rescesión, es decir una estanflación que no se veía desde los años ochenta del pasado siglo XX. Pero más allá de los efectos visibles, hay consecuencias con movimientos de fondo. Occidente ya ha revelado la potencia de su principal arma: el control sobre la economía y el sistema financiero mundial.

En ese nuevo escenario se vislumbra un papel fundamental de China y otros países asiáticos.

Ciertamente, China y Rusia no se quedarán de manos cruzadas ante ese poder en el futuro y desarrollarán un sistema financiero mucho más autónomo fuera del control de Occidente. La guerra también despertará otro estilo de consciencia en el que las sociedades y personas ya no se sentirán tan cómodas en los logros del sistema de libertades desarrollado en los últimos cien años. Estamos en un cambio de época.

Has escrito interesantes ensayos sobre Venezuela y el impacto de la riqueza petrolera. ¿Cómo analizas el escenario venezolano ahora en el juego multipolar?

Venezuela había buscado resguardo y protección bajo el manto de Rusia, hoy un país prácticamente aislado y quebrado. En Estados Unidos se hace extensiva la opinión sobre la necesidad de mantener abiertas las alternativas de distintas fuentes de suministro energético. Y el mundo no se rige por consideraciones y principios morales sino por el pragmatismo de los gobiernos. La Revolución Bolivariana, con tal de que no sea amenazada en el centro de su poder, virará ideológicamente hacia lo que más le convenga, y es factible que desarrolle un capitalismo más salvaje aún, al estilo chino. Preveo que el acercamiento entre USA y Venezuela va ocurrir más pronto que tarde y que Venezuela saldrá de esa especie de aletargamiento en que había caído para empezar a moverse paulatinamente más en el mundo multipolar y pragmático que ya no encuentra alimento en el complejo de un supuesto anti-imperialismo. Venezuela es parte de la transformación geopolítica que vendrá.

Rudolf Steiner: Como se adquiere el conocimiento en los mundos superiores

Rudolf Steiner -El hombre y su visión ( Audiolibro ) Capítulo I: Las puertas al universo interior.

Colin Wilson 1. La puerta al universo interior

 


Rudolf Steiner

El hombre y su visión Colin Wilson El hombre y su visión Colin Wilson Índice 1. La puerta al universo interior. 2. La infancia de un visionario. 3. El estudioso de Goethe. 4. El largo aprendizaje. 5. Renacimiento. 6. El ocultista y el gurú. 7. La construcción del templo. 8. El desastre. 9. Epílogo: el triunfo de Steiner. Agradecimientos



De todos los pensadores importantes del siglo XX, Rudolf Steiner es quizás el más difícil de comprender a fondo. Para el lector inadvertido, su obra presenta una serie de obstáculos desalentadores. 

En primer lugar, el estilo, muy abstracto, es tan poco apetecible como un brindis sin alcohol. Pero un  lector decidido puede aprender a tolerarlo. El verdadero problema es el contenido, a menudo tan extravagante y extraño que siembra en el lector la sospecha de un engaño o un descarado timo. Libros como Memoria cósmica, con sus relatos de la Atlántida y Lemuria, parecen estar a la misma altura de títulos como Nuestra tierra hueca o Mi viaje a Venus en platillo volante. Con frecuencia, el sentimiento de frustración resultante hace que hasta el lector de mente más abierta abandone disgustado la lectura. 

Debo admitir que ésa fue mi propia experiencia cuando el editor de este libro se puso en contacto conmigo y me pidió que escribiera un libro sobre Steiner. Acepté porque siempre había considerado a Steiner una figura interesante. Descubrí por primera vez su nombre en mis primeros años de adolescencia, en un interesante libro de Rom Landau llamado Dios es mi aventura. Landau empieza su relato describiendo la experiencia de un tal Barón V, un oficial alemán a quien el autor había conocido durante su época de estudiante en Varsovia. El barón era miembro de las fuerzas aéreas del frente occidental en la Primera Guerra Mundial, y en él se había manifestado una inquietante facultad psíquica: la capacidad de presagiar qué compañero resultaría muerto mientras realizaban una misión. Ese don de la profecía amenazaba con debilitar su salud; por esa razón, cuando le aconsejaron que fuera a ver un tal doctor Rudolf Steiner, aceptó la idea con alivio. El doctor Steiner resultó ser un hombre tranquilo, de ojos hundidos, que aconsejó al barón que practicara una serie de ejercicios mentales simples. Éstos alcanzaron el efecto deseado y el inquietante don desapareció. 

El relato de Landau demostraba que Steiner no era un mesías charlatán; todos los que conocían a ese hombre serio y tranquilo y lo oían hablar de modo sereno y cuerdo acerca del «mundo del espíritu», sentían que hablaba a partir de su experiencia directa. A través de los años yo había conseguido varios ejemplares de libros de Steiner en librerías de segunda mano. Los leí con atención, pero descubrí que el estilo me provocaba cierto rechazo. Me prometí a mí mismo que en algún momento haría un estudio sistemático de las ideas de Steiner; el ofrecimiento del editor parecía ser la oportunidad que había estado esperando. De modo que acepté, y desempolvé los diez o doce volúmenes de Steiner de mi biblioteca. 

Parece existir el consenso general de que el libro más importante de Steiner es Un panorama de la ciencia oculta, de manera que empecé por él. Comienza reconociendo que muchas personas ven con desconfianza «la ciencia oculta», la consideran un peligro que debilita la mente. Continúa afirmando que «Toda ciencia oculta nace a partir de dos ideas… la primera, que detrás del mundo visible existe otro, el mundo invisible, oculto a los sentidos y al pensamiento atrapado por los sentidos; la segunda, que el hombre puede penetrar en ese mundo invisible desarrollando ciertas facultades dormidas en él». Hasta aquí, muy bien. Después de otras diez páginas introductorias, Steiner se lanza a un capítulo acerca de la naturaleza del hombre. Y en el primer párrafo repite lo que ya ha dicho con mayor brevedad y claridad:  Al considerar al hombre a la luz de la ciencia oculta, debemos recordar de inmediato las características generales de esta última. Se apoya en el reconocimiento de un algo escondido detrás de lo que es manifiesto para los sentidos exteriores y para el intelecto que se ocupa de sus percepciones. Estos sentidos y este intelecto sólo pueden aprehender una parte de lo que la ciencia oculta revela acerca de la identidad humana total; esta parte es lo que la ciencia oculta denomina cuerpo físico… 

Ya empezaba a irritarme esa repetición de la expresión «ciencia oculta» y lo que suena como un intento de impresionar mediante meras palabras («esta parte es lo que la ciencia oculta denomina cuerpo físico»; por qué no sencillamente: «es decir, el cuerpo»). Steiner continúa: Para arrojar luz sobre su concepción de este cuerpo, la ciencia oculta dirige inicialmente la atención a un fenómeno que enfrenta a todos los observadores de la vida con un gran enigma —el fenómeno de la muerte—, y en conexión con él, la ciencia oculta señala la llamada naturaleza inanimada, el reino mineral. Por lo tanto, esto nos remite a hechos que la ciencia oculta debe explicar y a los cuales dedicamos una parte importante de este trabajo. 

Los seguidores de Gurdjieff sospechan que escribió ciertas obras —como Cuentos de Belcebú a su nieto— con un estilo deliberadamente complicado para forzar al lector a un extraordinario esfuerzo mental. Al principio me pregunté si no era ésa la intención de Steiner: desalentar al perezoso. Pero cuando uno lee otras obras de Steiner, queda claro que ésa es su forma natural de expresión. Insistí durante otra semana leyendo varias obras más de Steiner: Teosofía, Conocimientos de mundos superiores, La cristiandad como un hecho místico, hasta que, finalmente, abandoné su lectura. Escribí una carta de disculpa al editor diciéndole que, con la mejor voluntad del mundo, no podía hacer ese libro. Consumido a grandes dosis, Steiner sencillamente me sacaba de mis casillas. El editor lo comprendió perfectamente. Se puso en contacto con ese brillante historiador cultural del «underground del ocultismo» que es James Webb, que aceptó escribir el libro. Lamentablemente, Webb empezó a mostrar signos de desequilibrio mental en 1979, y el 8 de mayo de 1980 se suicidó con un rifle. Webb y yo habíamos mantenido correspondencia durante años y me entristeció su muerte. Además, llegué a preguntarme si su tentativa de digerir cientos de metros de la enmarañada prosa de Steiner había tenido algo que ver con el suicidio. El propio relato, crudamente irónico, de Webb acerca de Steiner en su libro The Occult Establishment (1976) —en un capítulo titulado «Ginungagapp»—, demostraba que su libro podría haber sido escrito desde el punto de vista de un «no creyente». Pero las circunstancias habrían de acercarme nuevamente a Steiner. En 1982, empecé a hacer planes para escribir una historia de la psicometría: la extraña capacidad de ciertas personas para sostener un objeto en sus manos y «ver» su historia. No es en absoluto tan absurdo como parece. Ese término fue acuñado por J. Rhodes Buchanan, un profesor norteamericano de medicina, a mediados del siglo XIX. Un obispo llamado Polk le dijo a Buchanan que podía distinguir el bronce en la oscuridad tocándolo con la punta de los dedos: el bronce le producía un sabor peculiar en la boca. Buchanan lo consideró una curiosidad médica, y descubrió que muchos de sus alumnos poseían la misma facultad. Por ejemplo, podían identificar, con sólo tocarlas, varias sustancias químicas envueltas en papel marrón duro. Pero lo más extraño de todo fue cuando Buchanan descubrió a un hombre que sosteniendo en la mano una carta cerrada podía «sentir» el estado de ánimo y otras características de la persona que la había escrito. Los hallazgos de Buchanan interesaron a un profesor de geología llamado William Dentón; éste descubrió que cuando sostenían una pieza geológica —un meteorito, un fragmento de hueso de dinosaurio, un fragmento de mosaico de una villa romana— los «sensitivos» podían tener visiones de la historia de esa pieza. Dentón, como Buchanan, estaba convencido de que era una facultad humana perfectamente normal a la que sólo le faltaba desarrollarse, una especie de «telescopio hacia el pasado». No dudaba de que revolucionaría la ciencia de la historia a medida que los historiadores aprendieran a sostener algunas reliquias de un campo de batalla o de una cámara de ejecución y presenciar escenas del pasado, como si vieran algunas películas antiguas de archivo. Lamentablemente, el nacimiento del «espiritismo» en la década de 1850 provocó amargas controversias e hizo que los científicos desecharan todo lo que sonaba vagamente a «ocultismo». A Buchanan y Dentón se les atribuyeron los mismos errores que a Madame Blavatsky y Daniel Dunglas Home (el «Mr. Sludge, el Médium» de Browning) y su tentativa de crear una nueva ciencia cayó en el olvido. Madame Blavatsky, esa mujer interesante e irrefrenable, aseguraba poseer también cierto poder de psicometría. En sus dos obras principales, Isis sin velo y La doctrina secreta, afirma que una especie de éter psíquico llamado Akasa —la telepatía y la clarividencia son «olas» de ese éter— atraviesa el universo. Además, Akasa registra todo lo que ha ocurrido, como si se tratase de una increíble combinación de cámara de filmar y disco gramofónico, y los médiums y clarividentes pueden «reproducir» los «discos akásicos (o akáshicos)». Madame Blavatsky escribió mucho acerca de la historia de la Atlántida, Lemuria y otras «civilizaciones antiguas», afirmando que las conoció directamente a partir de los disceos akásicos. Y en su libro Memoria cósmica, Steiner hace la misma afirmación. Todo esto ha dañado la reputación de Steiner. En The Occult Establishment, James Webb lo muestra como una especie de aficionado talentoso con la mente de una urraca. «Las ideas de Steiner constituían más una acumulación de puntos, a menudo desconectados, que un "sistema". Así, de la teosofía tomó las ideas de karma y reencarnación; de sus estudios místicos y posiblemente del O.T.O. (una orden mágica sumamente dudosa), un "rosacrucianismo" personal. Descubrió unainterpretación personal e idiosincrásica, enteramente nueva, del Cristianismo, y de alguna manera, logró que sus teorías sobre la vida social y artística del hombre mantuvieran una aparente coherencia con esas enseñanzas». En otras palabras, Steiner fue un intelectual oportunista que compuso su propio sistema religioso a partir de aspectos atractivos de las ideas de otras personas. Y cuando Webb menciona, más adelante, el «montón de adoradoras parlanchinas» que fue la causa de la ruptura del primer matrimonio de Steiner, y la historia (relatada por la hijastra de Steiner) de cómo la esposa de éste lo sorprendió en la cama con una de sus discípulas, no es difícil leer entre líneas su idea de que Steiner era un fraude. Para escribir el capítulo de mi libro The Psychic Detectives, que trata de los «discos akásicos», tuve que actualizar mis conocimientos acerca de Rudolf Steiner. Leí la biografía escrita por Johannes Hemleben y me dispuse a seguir el desarrollo de sus ideas desde sus primeros días en el Archivo Goethe, donde editó los escritos científicos de Goethe. Esto me condujo a leer algunas de sus primeras obras, como Filosofía de la libertad y La visión del mundo de Goethe. Para mi sorpresa, descubrí que Steiner era un filósofo y un historiador cultural de considerable talento. En esos trabajos no hay el más leve tono de fraude; por el contrario, dan la impresión de que Steiner es un hombre totalmente fascinado por la historia de las ideas y que trata de decir lo que tiene que decir de la forma más simple y clara posible. Su estilo abstracto se debe a la completa falta de artificio. No pretende impresionar con la belleza de estilo o con una oscuridad que podría confundirse con profundidad. Una referencia a Goethe, el hombre que Steiner admiraba por encima de todos, me llevó a buscar el pasaje en cuestión, y de pronto comprendí que ahí estaba la clave del estilo de Steiner. Para los oídos modernos, la prosa de Goethe suena desagradablemente rígida y ampulosa, hasta en novelas como Wilhelm Meister y Las afinidades electivas. Las Conversaciones con Eckermann demuestran que incluso hablaba de esa manera: «En relación con el arte, la religión es como cualquier otro interés elevado. Debe considerarse como un material parecido a cualquier otro material vital. La fe o la falta de fe no son los órganos con que debe percibirse la obra de arte. Por el contrario, se requieren facultades y capacidades humanas completamente diferentes…». La idea es muy clara, pero es difícil imaginar a un filósofo moderno, aunque sea un profesor universitario, expresándose en una forma tan abstracta. Creo que, después de años de trabajar en el Archivo Goethe de Weimar, el estilo de la prosa de Goethe se había convertido para Steiner en su segunda naturaleza. Además, me produjo profunda simpatía lo que Steiner trató de hacer en sus primeros trabajos. Al igual que el joven H. G. Wells, casi en ese mismo tiempo, se sintió fascinado por la ciencia y el método científico. Sin embargo, le repugnaba la visión materialista del mundo de la ciencia moderna. Quería demostrar que no servía; que el materialismo total no logra explicar las complejidades del universo y la existencia humana. Pero no le bastaba denunciarlo en un terreno vagamente artístico o poético. Quería hallar una especie de «palanca» intelectual para derribar la ciencia desde la base. En Isis sin velo, Madame Blavatsky dedicó también mucho tiempo a atacar a la ciencia moderna; pero como espiritista y «ocultista» jamás tuvo la menor posibilidad de convencer a un solo científico. Steiner razona como una persona que posee gran comprensión de la ciencia y la filosofía modernas, y el resultado es impresionante. Si Steiner hubiera muerto antes de haber dado el salto hacia el «ocultismo», actualmente estaría considerado —como Bergson, Whitehead, Samuel Alexander, Hans Driesch, Edmund Husserl, Maurice Merleau-Ponty y Karl Popper— como un filósofo que quería demostrar que el materialismo científico es demasiado limitado. Después de leer esos libros, me sentí culpable, como un hombre que ha acusado a otro de deshonesto y luego descubre que es completamente honesto. Por supuesto, era posible que Steiner se hubiera «vendido» alrededor de 1900 aceptando las ventajas de ser un mesías religioso; pero, a juzgar por sus primeros trabajos, parecía poco probable. Los hombres como Steiner no suelen defraudarse a sí mismos. Como me quedé tan fascinado por el desarrollo de las ideas de Steiner, el capítulo que escribí acerca de él en mi historia de la psicometría, The Psychic Detectives, resultó demasiado largo. Cuando me dijeron que había que reducir la extensión del libro, las páginas sobre la ideas filosóficas de Steiner parecían las candidatas obvias. Pero su eliminación me produjo tanto pesar que decidí usarlas como base para un libro sobre Steiner. Escribí al editor y le pregunté si todavía tenía interés en ello; afortunadamente su respuesta fue afirmativa. Así pues, una vez más respiré con profundidad y me sumergí en la lectura de las obras de Steiner. Esta vez decidí empezar con la autobiografía que había escrito antes de su muerte. Fue una decisión afortunada. Los alumnos le habían pedido a Steiner que escribiera algo acerca de su desarrollo intelectual y así lo hizo, en una serie de artículos editados en la publicación de la Sociedad Antroposófica, El Goetheanum. Como escribía para estudiantes y discípulos, y no para el público general, evidentemente Steiner pensó que podía escribir sobre todo lo que le interesaba y detenerse en largas meditaciones cuando lo creyera conveniente. Después de cuatrocientas páginas, su autobiografía apenas llegaba a 1907, y en ese momento, murió, agotado por la responsabilidad de un mesías con demasiados discípulos. (Debe de haber habido momentos en que se sintió como un pastel desmigajado). El resultado es un relato maravillosamente detallado de su evolución en los primeros momentos que responde a las preguntas más importantes. Además, no queda ninguna duda de que se produjo un cambio fundamental de dirección en la vida de Steiner. A principios de la década de 1890 —en ese momento estaba en la treintena— Steiner ya había desarrollado todos los conceptos que iban a constituir la base de la «ciencia oculta». W. B. Yeats dijo una vez que cuando fue a Londres era como un viejo cañón de bronce a punto de explotar. Esto también es cierto en el caso de Steiner, cuando fue a Berlín en 1897. Estaba preparado para abordar una nueva visión de la evolución humana en el mundo. Entonces, ¿qué fue lo que falló? Porque no tengo ninguna duda de que algo falló, provocando su prematura muerte a los 64 años. (Steiner siempre había gozado de muy buena salud y se podría haber esperado que, como Goethe, viviera hasta los ochenta). Sospecho que su primer error fue aceptar convertirse en el director alemán de la Sociedad Teosófica, la organización fundada por Madame Blavatsky. En términos intelectuales, Steiner era muchísimo más importante que los otros integrantes de la sociedad. Ya había formulado su filosofía básica. No tenía nada que ganar asociándose con personas consideradas como chiflados ocultistas, que creían que Madame Blavatsky era el portavoz de los Maestros Secretos que vivían en las montañas del Tibet. Peor aún, los teósofos habían descubierto en 1909 un nuevo mesías, un joven hindú de catorce años llamado Jiddu Krishnamurti, y anunciaron que sería el próximo salvador del mundo. Steiner se negó rotundamente a aceptarlo, y poco tiempo después, rompió sus relaciones con los teósofos. Pero fue demasiado tarde para evitar que fuera juzgado por el mismo rasero que los teósofos. No ha hecho ningún bien a la reputación de Steiner verse unido a Madame Blavatsky. 

Pero había otro problema que seguramente Steiner no podía prever. En el siglo XIX, se podía ser una celebridad, y sin embargo, tener un grado razonable de intimidad. Y no únicamente porque en los años anteriores a las fotos de los periódicos no se pudiera reconocer fácilmente a una persona notoria. Charles Dickens se vio envuelto en un accidente ferroviario. Se dirigió al conductor del tren y le dijo: 

—¿Sabe usted quién soy? 

—Sí, señor —respondió el hombre—. El señor Dickens. 

—Bien —dijo Dickens—, entonces haga lo que yo le diga. —Y se dispuso a hacerse cargo de las tareas de rescate. 

Pero si esa misma persona hubiera visto a Dickens en la calle o comiendo en un restaurante, ciertamente no habría corrido hacia él para pedirle un autógrafo. El cambio que se produjo en el siglo XX se debió en gran parte a los nuevos medios de comunicación: la radio, el cine, los periódicos de circulación masiva, que han hecho que se amplíe la brecha psicológica entre el «hombre famoso» y el hombre de la calle. Si todos en el mundo civilizado conocen el nombre de Charlie Chaplin o Greta Garbo, es natural que la mayoría de las personas exageren su importancia, que imaginen que están rodeados por una especie de aura mágica. Por lo tanto, la noticia de que una de estas figuras consideradas como dioses se encuentra en un determinado hotel es suficiente para que multitudes de personas se congreguen allí, esperando ver al prodigio. Steiner llegó a la edad adulta en la época de Dickens, pero se convirtió en una celebridad en la época de Charlie Chaplin. Su biógrafo, Günther Wachsmuth, relata que, en los primeros tiempos, Steiner trató de ofrecer ayuda y consejo a tantos de sus seguidores como fuera posible, pero a medida que éstos aumentaban, la tentativa se tornó imposible. Otro biógrafo, Albert Steffen, habla de las colas de personas instaladas de la mañana a la noche en la puerta de la casa de Steiner, a la espera de confiarle sus problemas y pedirle consejo. 

Steiner sufrió también otra consecuencia del «mecanismo de la celebridad»: la malicia. Cuando un gran número de personas admira a un hombre (o peor, lo reverencia), éste está expuesto a despertar hostilidad en quienes creen, inconscientemente, que también merecen ser admirados o reverenciados. Steffen relata la completa falta de malicia entre los propios discípulos de Steiner durante aquellos primeros años; se sentían tan honrados por las enseñanzas de Steiner que la malicia habría sido impensable. Pero esta actitud bastaría para hacer que los observadores creyeran que se trataba de un clan muy desagradable, una sociedad de admiración mutua que estaba necesitando un correctivo. Cuando Steiner decidió comunicar su mensaje al mundo mediante conferencias y artículos, creyó que su tarea era explicar lo que había aprendido en los veinte años de estudio y meditación. Probablemente esperó el desconcierto o la falta de interés; difícilmente habría podido anticipar la tempestad de hostilidad que llevó al incendio de El Goetheanum y a la tentativa de golpearlo en un hotel. Aunque Steffen dice que Steiner poseía una enorme fuerza espiritual, hay poderosos motivos para sospechar que murió de desaliento. A partir de la muerte de Steiner, sus ideas han perdurado en escuelas dedicadas a las teorías sobre educación, en granjas organizadas según sus ideas agrícolas, incluso en hospitales y clínicas basadas en sus creencias acerca de la relación entre el cuerpo y el espíritu. Sin embargo, la obra que el propio Steiner habría considerado la más importante —que podría llamarse su «filosofía de la actividad espiritual»— jamás ha logrado llegar al público culto. Se espera que una persona de cultura bastante amplia sepa algo acerca de Jung, del Maharishi, de Buckminster Fuller y Marshall McLuhan, quizá algo sobre Gurdjieff y Ouspensky. Pero incluso entre los intelectuales, son muy pocos los que tienen una vaga idea acerca de la filosofía de Rudolf Steiner. De modo que antes de iniciar una exposición sistemática de su vida y su obra, intentaré hacer una breve descripción de su idea fundamental. Una vez que ésta se haya comprendido, todo será más fácil. Sin ella, su obra está destinada a parecer un caos desconectado de teorías y especulaciones. 

El punto inicial de Steiner es su convencimiento de que «detrás» de este mundo material, que nos revelan nuestros sentidos, existe un mundo espiritual o suprasensible. Por supuesto, esto se aparece a la creencia central de la mayoría de las grandes religiones del mundo, pero en el caso de Steiner hay un importante corolario. Además, estaba convencido de que, mediante un sencillo entrenamiento, todos pueden desarrollar la facultad de ver ese otro reino del ser. Él mismo aseguraba haber alcanzado esa capacidad y dedicó todo su esfuerzo a mostrar a sus seguidores el modo de lograrlo. Es importante no confundir la «percepción suprasensorial» de Steiner con la clarividencia o la mediumnidad. A diferencia de Madame Blavatsky, que inició su carrera como médium espiritual, Steiner sentía una gran desconfianza acerca del espiritismo. No es que dudara de los hechos básicos: que hay vida después de la muerte y que el hombre puede comunicarse con «espíritus». Pero creía que los espiritistas perdían el tiempo concentrándose en esos fenómenos. Supongamos que se puede coger una especie de teléfono psíquico y hablar con Albert Einstein en el cielo (o donde esté). ¿Aprenderíamos la teoría de la ¿relatividad o nos ayudaría a comprender su concepción del espacio-tiempo? Evidentemente, no. Si se quieren conocer estas cosas, es necesario poner gran cantidad de energía mental para aprenderlas. Y una vez hecho esto, habremos «conocido» mucho más a Einstein que si nos hubieran permitido hablar con él. Y la comunicación con espíritus —mediante un tablero Ouija o en una sesión espiritista— no ofrecerá la menor concepción acerca de los reinos del significado que se ocultan detrás de la realidad material. Esto exige el desarrollo de una clase peculiar de visión, una «visión interna». Y, según Steiner, esa visión interna se alcanza en tres etapas distintas. A la primera la llama «pensamiento (o imaginación); a la segunda, «inspiración»; y a la tercera, «intuición». Parece bastante inofensivo (e insípido). Pero no hay nada insípido ni vago en la exposición de Steiner sobre las tres etapas. Es precisa, detallada y pragmática. Nunca habla con el tono de un falso profeta que desea embaucar a los demás. Se parece más a un profesor de matemáticas, que se esfuerza para que sus alumnos sigan su razonamiento. La etapa primera y más importante de la visión es el pensamiento. Es la más importante porque es el puente entre nuestro estado cotidiano de conciencia, ordinario y confuso, y los estados del «conocimiento superior». Durante el resto de este capítulo trataré de mostrar qué quiere decir exactamente 

Steiner cuando habla de esta primera etapa. Una vez comprendido esto, el lector podrá entrar en el mundo de la propia visión de Steiner acerca de la evolución humana. Podríamos empezar con la simple observación de que la conciencia humana pasa la mayor parte del tiempo atrapada en el mundo físico. Según Sartre, es la verdad básica de la existencia humana; el hombre está adherido a la existencia física como una mosca a un papel cazamoscas. Nos parece oportuno mencionar aquí a Sartre porque su pensamiento es, en todos los sentidos, diametralmente opuesto al de Steiner, y se puede usar como una especie de «bajo continuo» filosófico sobre el que pueden medirse las ideas de Steiner. Según Sartre, la vida humana no tiene sentido, y por lo tanto, es trágica. Cuando un hombre se siente cansado —o completamente aburrido por la rutina— puede, de pronto, tomar plena conciencia de su carencia de sentido. Experimenta el sentimiento de «¿Qué estoy haciendo aquí?» De pronto, el mundo parece aterrador y extraño. Sartre llama a ese reconocimiento repentino de la falta de sentido «náusea» o «el absurdo» (Camus usó la expresión de Sartre). Según Sartre, la «náusea» revela la verdad básica acerca de la existencia humana: que «no tiene sentido vivir y no tiene sentido morir». «El hombre —dice Sartre— es una pasión inútil.» Tratamos de ocultarlo viviendo el momento presente o dejándonos llevar por las emociones o, simplemente, mintiéndonos sobre el significado del universo. 

Indudablemente, Sartre rechazaría rotundamente la filosofía de Steiner, considerándola como un tejido de falsedades y mala fe. Pero, aparentemente, Sartre jamás comprendió una interesante realidad de la conciencia humana. Para percibir algo, debemos replegarnos en nuestro interior. Un ejemplo claro sería cuando se escucha música: muchas personas cierran los ojos, y para disfrutar de ella, se repliegan en algún «espacio mental» detrás de los ojos. Del mismo modo, cuando disfrutamos verdaderamente de un libro, ya no estamos sentados en un sillón frente a la chimenea; hemos flotado hacia alguna otra parte. Ahora bien, podría parecer que esto sólo se aplica a la experiencia «artística». ¿Ya no vale entonces para el momento en que vamos a coger el autobús, o comemos un bocadillo, o esperamos que el semáforo se ponga verde? Pero una sencilla reflexión revela que esto no es así. Gozo más de mi bocadillo cuando estoy relajado, «dentro de mí mismo». Por este motivo una mecanógrafa prefiere comer el bocadillo en el banco de una plaza tranquila y no en mitad de Piccadilly Circus. Cuando uno está tenso e irritable, la conciencia, por así decirlo, ha subido a la superficie y uno ve el mundo como una turbadora confusión. Si uno trata de leer un artículo del periódico en este estado, no lo «recibe», y hasta le será necesario leer el mismo párrafo varias veces. Si se va a una galería de arte, no se ven realmente los cuadros. Uno los mira, pero de algún modo no los «recibe». La palabra «recibir» revela lo que hacemos cuando realmente «vemos» algo. Lo ponemos dentro de nosotros, como cuando un tigre se apodera de su presa y la arrastra a su cubil. La explicación de esto es muy sencilla. Nuestro cerebro contiene una gigantesca biblioteca de recuerdos: todo lo que nos ha ocurrido durante el curso de nuestra vida e incluso (si Jung tiene razón) remotos recuerdos ancestrales que hemos heredado de nuestros antepasados. Si todos esos recuerdos estuvieran anotados en libros y colocados en estantes, como en una verdadera biblioteca, el edificio tendría que ser tan grande como nuestro planeta. 

Los científicos no tuvieron conciencia de la enorme extensión de esta biblioteca cerebral hasta después de 1933, año en que un neurocirujano llamado Wilder Penfield hizo un descubrimiento muy interesante. Realizaba una operación cerebral en un paciente completamente despierto (como el cerebro no tiene nervios, no siente dolor). Tocó por casualidad el córtex temporal —asiento de la memoria— con un instrumento quirúrgico que transmitía una leve corriente eléctrica. Mientras el instrumento eléctrico estuvo en contacto con el córtex, el paciente recordó su infancia de un modo tan preciso y detallado que era como si volviera a vivirla. Accidentalmente, Penfield había puesto en marcha alguna «cassette» de la memoria. Cada roce del instrumento provocó un recuerdo aislado con todos sus detalles. 

Pensemos ahora en el conocimiento que tiene un hombre de su esposa. Cuando entra en la habitación, él siente que la «conoce» muy bien. Si algún amigo le pidiera que narrara en detalle la historia del noviazgo, él recordaría toda clase de cosas semiolvidadas. Y si su esposa volviera a entrar en la habitación, él la vería con «ojos diferentes». Porque, al evocar esos recuerdos, él le ha agregado a ella una dimensión de realidad. Todos conocemos la experiencia de hablar de alguien que no está presente y sentir que de algún modo hemos llegado a conocerlo mejor. 

Lo que Sartre denomina «náusea» es meramente una percepción superficial. Y nos dice muy poco acerca del mundo que nos rodea. Para percibir realmente el mundo, yo debo retirarme «dentro de mí mismo». Si consigo sumergirme en uno de esos estados de paz interior y meditación serena que a veces se alcanzan cuando «no hay presiones», puedo sentir, en ocasiones, que realmente estoy viendo las cosas por primera vez. Todo parece más rico, más completo y más interesante. La diferencia entre esta percepción y mi percepción cotidiana es como la que existe entre un interior holandés de Van Eyck y un dibujo del Pato Donald trazado por Walt Disney. Sólo puedo lograr esta percepción más rica y profunda sumergiéndome dentro de mí mismo. 

Ahora bien, todos los animales tienen, en cierta medida, la capacidad de retirarse «dentro de sí mismos». Sin embargo, parece razonable suponer que un perro o una vaca no poseen un gran espacio interior al que retirarse. Y hay muchos seres humanos que no están mejor dotados. Sartre dice del propietario de la cafetería en La Náusea: «Cuando la cafetería se vacia, también se le vacia la cabeza»; y de su propio padre: «Cuando miraba dentro de sí mismo, encontraba un desierto». Sabemos que esto no es estrictamente la verdad. Nadie contiene un desierto, porque todos poseemos una inmensa biblioteca en nuestras mentes. Pero, por lo general, los libros no están a nuestro alcance. Es un hecho que los seres humanos difieren de los demás animales porque su mundo interior está mucho mejor provisto que el de los perros y los gatos. Cuando miro por la ventanilla del tren, puedo reflexionar acerca de mi infancia, o de mis últimas vacaciones, o acerca de otras mil cosas, incluidos Sartre y Rudolf Steiner. Por supuesto, gran parte de estos pensamientos son asociaciones libres, algo así como ir en un bote a la deriva en un río de lenta corriente, mirando las plantas. Pero el bote tiene un motor, y cuando es necesario, también puedo pensar en algo concreto. Puedo usar la mente para resolver problemas que serían insolubles para un animal. Este es un acontecimiento muy reciente en la evolución del hombre. Los antepasados que construyeron las primeras ciudades alrededor del año 6000 a.C. eran profundamente religiosos —por alguna misteriosa razón el hombre ha sido siempre un animal religioso— pero pensaban muy poco. 

Resolvían problemas mediante el sentido común y la aproximación. La primera prueba del empleo de la mente para tratar de comprender el universo es la Gran Pirámide, construida hacia 2600 a.C., porque hay serias razones para creer que era un gigantesco observatorio astronómico destinado a ayudar a los sacerdotes a catalogar las estrellas. Stonehenge, construido más o menos en la misma época, aunque sirviera también para otras funciones, parece haber sido pensado como un ordenador astronómico. 

Pero sólo unos 2000 años más tarde, durante la edad de oro de Grecia, encontramos verdadero pensamiento en el sentido moderno de la palabra. Como todas las grandes revoluciones, ocurrió de la noche a la mañana. Basta leer los diálogos platónicos para ver que Sócrates y Platón se divertían con el pensamiento tanto como un aficionado al fútbol goza de la final de la copa. Pensaban por placer. En El Banquete, uno de los invitados dice que Sócrates permaneció, en una ocasión, en el mismo sitio durante veinticuatro horas pensando acerca de un problema. Sin duda, esto no es verdad; sin embargo, expresa un rasgo esencial del espíritu socrático. Implica que Sócrates podía olvidar el mundo exterior y realizar un viaje de veinticuatro horas dentro de sí mismo. Un siglo más tarde, Euclides dedicó su vida a poner por escrito todas las teorías básicas de la geometría, una actividad que a cualquiera de los antiguos constructores de ciudades le habría parecido increíblemente aburrida. Sin embargo, para Euclides la geometría era tan importante como la comida y la bebida. La facultad de pensar es tan nueva —porque en términos de evolución, dos o tres mil años son apenas un abrir y cerrar de ojos— que no hemos empezado a comprender su significación. Todos pasamos años en la escuela aprendiendo a leer y a escribir; el hombre de las cavernas era naturalmente pasivo. Sentía que era sólo un producto de la naturaleza. Cuando tenía hambre, buscaba comida; cuando llovía, buscaba abrigo. Simplemente, reaccionaba ante los problemas. Pero el desarrollo del pensamiento empezó a convertirlo en otra clase de criatura. El pensamiento no teme tratar de controlar la naturaleza. Cada vez que el hombre resuelve un problema importante, experimenta un curioso regocijo, la sensación momentánea de que es mucho más poderoso de lo que creía. El hombre antiguo creía en dioses; después de la llegada del pensamiento, el hombre empezó a comprender que él mismo contenía fragmentos de divinidad. 

Generalmente, estas visiones son breves, porque la complejidad de la vida moderna nos mantiene atrapados en la «percepción superficial». Tendemos a sentir que somos hijos de las circunstancias, víctimas del destino. Sartre llama «contingencia» al sentimiento de que somos de algún modo innecesarios y superfluos. Y esto se debe en gran medida a nuestro sentimiento de que poseemos muy escaso control de nosotros mismos. Cuando tenemos hambre, nos sentimos muy mal; cuando estamos cansados, tenemos mal humor; cuando estamos tensos, nos mordemos las uñas. Y en un estado de profundo pesimismo, podemos sentir que la vida es una prolongada batalla que se saldará con una derrota inevitable. 

Sin embargo, incluso en este estado de ánimo, el poder del pensamiento puede impulsarnos de nuevo hacia el optimismo. Podemos estudiar este proceso, por ejemplo, en la oda de Wordsworth llamada «Intimación a la inmortalidad». Empieza con un estado de ánimo profundamente pesimista; el poeta dice que en su infancia el mundo le parecía «vestido de luz celestial» y que ahora eso ha cambiado: «Ya no puedo ver las cosas que he visto». «El cielo nos rodea en nuestra infancia», pero «las sombras de la prisión caen sobre el adolescente…» Sin embargo admite que, ese hermoso día de sol, «ha llegado a mí la idea del dolor», pero que «una oportuna reflexión» ha traído el alivio, «Y ahora, soy nuevamente fuerte». Mediante la profunda meditación acerca de los motivos del dolor, el poeta ha vuelto a sentir fuerza y certidumbre interior, merced a su pensamiento. Steiner habría dicho que había entrado en el mundo del pensamiento, logrando así una sensación más profunda de la realidad. Wordsworth expresa esta misma idea cuando escribe (dirigiéndose a su amigo Coleridge): 

Tú, cuyo aspecto exterior desmiente la inmensidad de tu alma… 

Empezamos a entender así por qué dice Steiner que este ingreso en el «mundo del pensamiento» es el primer paso importante en el «viaje interior» que conduce al «conocimiento de los mundos superiores». Afirma que, aunque el hombre moderno siente que lo sabe todo acerca del pensamiento, aún no ha empezado siquiera a comprender la verdadera naturaleza de la revolución que ocurrió en los tiempos de Platón. Todavía se siente «contingente». Su imagen de sí mismo es aún básicamente negativa. Esto se debe a que no logra reconocer que su mundo interior es un reino en sí mismo, un universo interior en el sentido más literal. Dedica demasiado tiempo a la «percepción superficial», y siente que la mente es apenas una especie de mecanismo que lo ayuda a mantenerse vivo, así como una aspiradora le sirve al ama de casa para mantener limpias las habitaciones. No logra comprender lo que Sir Edward Dyer quería decir cuando afirmaba «Mi mente es para mí un reino». Este poder de viajar dentro de sí mismo es nuevo y extraño. En lo que concierne a los viajes interiores, el hombre moderno apenas acaba de aprobar el examen de conducir, y todavía teme aventurarse más allá del final de la calle. En realidad, posee un poder completamente nuevo, una nueva dimensión de movilidad. Steiner consideraba que poner este reconocimiento a la clara luz de la consciencia era una de sus tareas principales. Esto explica por qué sus seguidores eran tan alegres y optimistas. Sentían que él les había dado una extraordinaria «buena noticia»; sin embargo era una buena noticia intelectual, y no algo que exigiera fe ni aceptación religiosa. 

Hay otra razón más que justifica el optimismo evolucionista. Durante los últimos diez mil años, la supervivencia del hombre se ha debido sobre todo a su capacidad de concentrarse en lo particular. Ha desarrollado una especie de microscopio mental para resolver los infinitos problemas y las complejidades de la existencia. Y ahora este microscopio se ha convertido en su segunda naturaleza, de modo que mira todo el tiempo por él. El problema es que limita su campo visual, lo reduce al estrecho horizonte del presente. La principal desventaja de este microscopio es que obliga a exagerar todos sus problemas, a convertir granos de arena en montañas. Esto explica que la visión general que el hombre tiene de su existencia sea mucho más angustiosa de lo que debería ser. El hombre cae constantemente en estado de ansiedad acerca de problemas que puede resolver con gran facilidad. 

Cuando esta ansiedad desaparece en parte —sea por sí misma o por un esfuerzo deliberado— experimenta una maravillosa sensación de libertad, el sentimiento que Chesterton llamaba una «absurda buena noticia». Y esto no se debe solamente a que el problema mismo se haya desvanecido; se debe a que su alivio le da una brusca visión panorámica de su propia existencia, que le asombra por la lejanía del horizonte. El hombre comprende entonces que ha estado viviendo en una especie de barrio sórdido de la mente cuando es propietario de un palacio. Ve que todos los problemas a que dedica una parte tan grande de su energía mental pueden ser resueltos con gran facilidad. Ve que sus poderes son mucho mayores de lo que creía y que lo que le ha impedido advertir eso antes es ese «microscopio mental» que lo reduce a la trivialidad y el aburrimiento. En un sentido paradójico ya está libre y feliz y sólo un malentendido le impide comprenderlo. 

Qué podemos hacer acerca de esto? El psicólogo Abraham Maslow ha descubierto la respuesta. Maslow decidió estudiar la psicología de las personas sanas y descubrió que todas las personas sanas parecen tener regularmente «experiencias pico»: deliciosas sensaciones de burbujeante felicidad y libertad. Mientras hablaba con sus discípulos de experiencias pico, ellos empezaban a recordar experiencias semejantes que habían tenido en el pasado y que habían olvidado hasta ese momento. Y mientras hablaban de sus experiencias pico y las recordaban, los estudiantes empezaron a sentir experiencias pico. Bastaba pensar regularmente en ellas, y orientar la mente en esa dirección. Otra cosa más. Mientras Wilder Penfield realizaba sus experiencias sobre la corteza cerebral, con el paciente consciente, descubrió que mientras éste veía una especie de película mental de su propia infancia, era también plenamente consciente de la habitación que lo rodeaba. Esto significaba que la dos corrientes de la conciencia fluían simultáneamente sin mezclarse. Esto le sorprendió porque siempre había pensado que la conciencia era una actividad de las células nerviosas (neuronas), un mero producto del cerebro. Pero si era así, las dos corrientes deberían haberse mezclado como el agua fría y caliente en el lavabo. Esto parecía sugerir que algo las mantenía separadas. Si el cerebro es un ordenador, entonces tiene un «programador» que está por encima de su actividad. Podría decirse que Penfield demostró la existencia del alma. Steiner pasó su vida combatiendo el «reduccionismo» científico, es decir, el punto de vista de que la conciencia es una mera actividad cerebral, así como arder es la actividad del fuego. Enseñaba que el hombre posee un «yo controlador» que es el más elevado de sus «componentes». Medio siglo después de la muerte de Steiner, un médico norteamericano llamado Howard Miller llegaría a la misma conclusión sobre bases puramente médicas*. Sería posible dedicar todo un capítulo a demostrar que muchas de las ideas ocultistas de Steiner han sido reivindicadas o por lo menos reforzadas por la ciencia moderna. 

*. Véase mi obra Frankenstein"s Castle, capítulo 7. 

El punto fundamental de las enseñanzas de Steiner es que si nos tomamos la molestia de reconocer la existencia independiente de los mundos interiores del pensamiento y de mantener la mente orientada hacia ellos, pronto nos tornaremos conscientes de su realidad. No estamos, como pensaba Sartre, abandonados en el universo de la materia como una ballena en una playa. Ese mundo interior es nuestro hogar natural. Además, una vez que podemos percibir esta verdad, también podemos reconocer que poseemos un «yo esencial», un «verdadero yo», una identidad fundamental que va mucho más allá de nuestra débil sensación habitual de ser «yo»


La aterradora experiencia de Carl Jung en una casa embrujada


La aterradora experiencia de Carl Jung en una casa embrujada.




En el verano de 1920, Carl Gustav Jung recibió una invitación para visitar Inglaterra. Su anfitrión y colega [se refiere a él como Señor X.] había reservado la última casa de campo que todavía estaba disponible durante las vacaciones de verano a un precio llamativamente económico. Estaba situada en Buckinghamshire. Ambos planeaban pasar los fines de semana allí [ver: Libros, cuadros y portarretratos que se caen solos.]

Carl Jung tomó la habitación en el primer piso. En la primera noche se sentia agotado y se durmió de inmediato. A partir de la segunda noche, sin embargo, no durmió nada bien [ver: Sobre las apariciones demoníacas]

El aire se sentía sofocante y había un olor extraño en la habitación, pero no pudo identificar qué era exactamente, de dónde venía o a qué le recordaba, excepto que había algo enfermizo en él [ver: El olor de los ángeles, demonios, espíritus y fantasmas]. Se fue a la cama con las ventanas abiertas, pero el hedor permaneció, a pesar del aire fresco. 

A lo largo de su estadía allí, una sensación de malestar general le impidió descansar bien por la noche. El Señor X. [en una decisión que suscribimos] le recomendó beber una botella de cerveza antes de acostarse, lo cual le produjo un efecto relajante, pero solo temporalmente. Carl Jung, insomne, trató de identificar a qué le recordaba el olor, hasta que por fin le vino a la mente la imagen de una anciana con un carcinoma abierto, a quien había tratado en el hospital.

El olor le recordaba a su habitación [ver: Entidades que se manifiestan a través del olor]

Durante las siguientes semanas sucedieron cosas más extrañas: se oía el sonido del agua goteando, aunque no había ninguna filtración o gotera; «algo rozó las paredes, los muebles crujieron aquí y allí, hubo susurros en los rincones. Una extraña inquietud flotaba en el aire» [ver: Un golpe: «SÍ»; dos golpes: «NO»; tres golpes: «DÉJAME ENTRAR»]. Carl Jung notó que las sirvientas nunca se quedaban en la casa después del atardecer. Cuando les preguntó si algo andaba mal, le dijeron que la casa estaba embrujada.

Eventualmente los fenómenos aumentaron en intensidad; se volvieron «insoportables». Carl Jung escribió:


[Fue una hermosa noche de luna llena, sin viento; en la habitación se oían susurros, crujidos y golpes; desde afuera llovieron golpes en las paredes. Tuve la sensación de que había algo cerca de mí y abrí los ojos. Allí, a mi lado en la almohada, vi la cabeza de una anciana, y el ojo derecho, bien abierto, me fulminó con la mirada. Faltaba la mitad izquierda de la cara debajo del ojo. La visión fue tan repentina e inesperada que salté de la cama de un salto, encendí una vela y pasé el resto de la noche en un sillón. Al día siguiente me mudé a la habitación contigua, donde dormí espléndidamente y no me molestaron más durante ese fin de semana ni el siguiente.]


Esta historia fue publicada en 1950, en un libro sobre fantasmas de la parapsicóloga Fanny Moser titulado: Apariciones: falsas creencias o realidad (Spuk: ¿Irrglaube oder Wahrglaube?), para el cual Carl Jung también escribió el prefacio. La narración concluye con el intento de Carl Jung de explicar la experiencia desde un punto de vista psicológico [ver: Sentir «presencias» cuando estás solo]. Si bien no puede encontrar una explicación para el ruido del goteo, está dispuesto a admitir que los otros sonidos probablemente no fueron percepciones objetivas, y que su estado hipnoide los había hecho parecer exageradamente fuertes. En cuanto a la visión de la anciana, la interpreta como «una alucinación hipnagógica, probablemente una reconstrucción de la memoria de la anciana con carcinoma».

Cuando llega a la alucinación olfativa, presume otra función cognitiva importante que el ser humano tendría en común con los animales:


[Tuve la impresión de que mi presencia en la habitación activó algo que de alguna manera estaba conectado con las paredes. Si el órgano olfativo del hombre no estuviera tan degenerado, sino desarrollado como el de un perro, sin duda habría tenido una idea más clara de las personas que habían vivido antes en la habitación. Los curanderos primitivos no solo pueden oler a un ladrón, también «oler» espíritus y fantasmas.]


El olor puede haber «encarnado» una situación psíquica y haberla transmitido al perceptor. De ninguna manera es imposible si consideramos la extraordinaria importancia del sentido del olfato en los animales.


[Todos hemos tenido experiencias en las que los «olores psíquicos», o alucinaciones olfativas, resultaron ser intuiciones subliminales. Esta hipótesis, naturalmente, no pretende explicar todos los fenómenos paranormales, sino a lo sumo una determinada categoría. He escuchado y leído muchas historias de fantasmas, y entre ellas hay algunas que muy bien podrían explicarse de esta manera. Por ejemplo, están todas esas historias de fantasmas que rondan las habitaciones donde se cometió un asesinato. En un caso, las manchas de sangre aún eran visibles debajo de la alfombra. Un perro seguramente habría olido la sangre y tal vez la habría reconocido como humana, y si poseyera una imaginación humana también habría podido reconstruir las características esenciales del crimen. Nuestro inconsciente, que posee poderes de percepción y reconstrucción mucho más sutiles que nuestras mentes conscientes, podría hacer lo mismo y proyectar una imagen visionaria de la situación psíquica que la excitó.]


Mientras que Carl Jung encuentra una explicación racional para las alucinaciones acústicas y visuales, viéndolas como productos de su propia psique, especula sobre una razón física para el olor, aunque parece implicar aquí que una situación psíquica podría registrarse en el olfato, y que un olor puede transmitir información del pasado al presente [ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?]

De hecho, la idea de oler algo y recibir información del inconsciente ejercía una fascinación particular en Carl Jung. En su autobiografía: Recuerdos, sueños y reflexiones (Erinnerungen, Träume, Gedanken), evoca un incidente en el que relató la vida de un hombre en una cena, sin conocerlo. Sin saberlo, dio un relato ejemplar de un criminal imaginario, que resultó ser la descripción exacta de la vida del hombre sentado frente a él. Carl Jung se refiere a esta forma de cognición, hasta ahora no clasificada, como «arcaica», y nuevamente, como algo comparable a los sentidos animales:


[Yo también tengo esta naturaleza arcaica, y en mí está ligada al don, no siempre agradable, de ver a las personas y las cosas como son. Puedo dejarme engañar cuando no quiero reconocer algo y, sin embargo, en el fondo sé muy bien cómo son las cosas realmente. En esto soy como un perro: se le puede engañar, pero al final siempre lo huele. Esta «percepción» se basa en el instinto o en una mística de participación con los demás.]


En todas estas experiencias, es crucial un tipo especial de sensibilidad, de la que Carl Jung era muy consciente [ver: Sentir que hay un espíritu en casa]. En 1960, un año antes de su muerte, escribió lo siguiente:


[Los fenómenos psíquicos paranormales me han interesado toda mi vida. Habitualmente se presentan en estados psicológicos agudos (emocionalidad, depresión, shock, etc.), o, más frecuentemente, en individuos caracterizados por una estructura de personalidad peculiar o patológica, donde habitualmente se baja el umbral al inconsciente colectivo. Las personas con un genio creativo también pertenecen a este tipo.]


La sensibilidad es crucial para las experiencias paranormales, pero esto no era lo único que le interesaba a Carl Jung, especialmente cuando se trataba de pacientes. Durante la primera mitad de su carrera, la pregunta más importante que se hacía no era si existían realmente los fantasmas, sino: ¿exactamente quién es el que ve un fantasma? ¿En qué condiciones psíquicas lo ve? ¿Qué significa un fantasma cuando se examina su contenido, es decir, como símbolo? [ver: El verdadero significado de los fantasmas]

Para Carl Jung lo que importaba era la realidad de la experiencia y, en esto, se tomaba muy en serio a sus pacientes. Si bien el enfoque psicológico lo hizo centrarse más en las exteriorizaciones [por ejemplo, proyecciones], llegó a tener dudas sobre esto en la segunda mitad de su vida. En 1947 escribió:


[Para ser honesto, ahora dudo que un método y un enfoque exclusivamente psicológicos hagan justicia a los fenómenos en cuestión. No sólo los descubrimientos de la parapsicología, sino también mis propias consideraciones teóricas, me han llevado a ciertas conclusiones que rozan el ámbito de la física, más precisamente, el continuo del espacio-tiempo. En esto nos enfrentamos a la cuestión de una realidad transpsíquica, que es la base inmediata de la psique.]


La referencia a la física es una alusión a su concepto de Sincronicidad, que desarrolló tras su encuentro con el físico nuclear Wolfgang Pauli [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?] La Sincronicidad implica que hay coincidencias significativas y que los eventos pueden estar relacionados de una manera no causal, cuestionando así los conceptos establecidos de espacio y tiempo, una visión que resuena con los descubrimientos de la física cuántica.

Después de fracasar en explicar las experiencias paranormales desde un punto de vista estrictamente psicológico, Carl Jung se inclinó cada vez más a proponer una perspectiva completamente nueva sobre la naturaleza de la realidad introduciendo un nuevo concepto para complementar las categorías de espacio, tiempo y causalidad. Incluso si la Sincronicidad es difícil representar en el lenguaje debido a su naturaleza abstracta, «no es una visión filosófica, sino un concepto empírico que postula un principio intelectualmente necesario».


[La Sincronicidad atribuye al cuerpo en movimiento una cierta propiedad psicoide que, como el espacio, el tiempo y la causalidad, forma un criterio de su comportamiento. Debemos abandonar por completo la idea de que la psique está conectada de alguna manera con el cerebro y, en cambio, recordar el comportamiento «significativo» o «inteligente» de los organismos inferiores, que no tienen cerebro. Aquí nos encontramos mucho más cerca del factor formal que, como he dicho, nada tiene que ver con la actividad cerebral.]


Al parece, Carl Jung habría cuestionado el enfoque actual de la neurología para explicar las realidades psicofísicas. A diferencia de Sigmund Freud, no creía solo en un inconsciente singular, sino en al menos dos aspectos diferentes del inconsciente: distinguía entre el inconsciente personal, que es único en cada individuo, y el inconsciente impersonal, más conocido como inconsciente colectivo; que es compartido por un grupo, una nación o, de hecho, por todos los seres sintientes, no solo por los humanos.

Aunque siempre insistió en ser un científico y empirista, Carl Jung parece haber contemplado la posibilidad de un mundo invisible de sustancias y energías sutiles que la psique prerracional puede percibir y, a su vez, que también pueden ser afectadas por la psique, como sugiere el concepto de Sincronicidad [ver: Experiencia aparicional: cuando sentimos que no estamos solos]

Las ideas de Carl Jung sobre los fantasmas no están claramente delineadas. Sin embargo, lo mismo podría decirse de muchas otras de sus ideas, lo cual puede ser frustrante para el científico acostumbrado a trabajar con definiciones y axiomas. Más allá de esto, Carl Jung estuvo interesado en el ocultismo a lo largo de toda su vida y abordó el tema desde muchas perspectivas diferentes. Sus propias experiencias con lo oculto comenzaron a una edad muy temprana. De hecho, había varios psíquicos en su familia; entre ellos, su madre, Emilie Preiswerk, que dejó un diario en el que registró sus experiencias paranormales [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]

De niño, Carl Jung experimentó visiones y apariciones. Especialmente durante la crisis después de su ruptura con Sigmund Freud, se vio abrumado por visiones [registradas en El Libro Rojo] de una Europa ensangrentada, aunque no supo que hacer con ellas hasta que estalló la guerra. Hacia el final de su vida, tuvo una inquietante visión de los últimos cincuenta años de la humanidad, que nunca se publicó y solo existe en las notas de su hija. Por otro lado, su asistente, Marie Louise von Franz, cuenta que Carl Jung tuvo otra visión en la que vio enormes extensiones del planeta devastadas.

El espiritismo había estado de moda en el siglo XIX y Carl Jung estaba muy interesado en él. Sin embargo, también ridiculizó la «epidemia de mesas parlantes» que se había extendido desde los Estados Unidos a Europa. Para su doctorado, titulado: Acerca de la psicología de los llamados fenómenos ocultos (Zur Psychologie und Pathologie sogenannter okkulter Phänomene) realizó sus propias sesiones con su prima, Helly Preiswerk, quien se desempeñó como médium [ver: Espíritus y «ambientes cargados»]

A lo largo de toda su obra hay comentarios muy ácidos contra la arrogancia cartesiana, racionalista y materialista, y estaba particularmente molesto por el hecho de que los científicos descartaran los fenómenos paranormales simplemente porque no podían explicarlos, aunque era plenamente consciente del hecho de que la escena espiritualista estaba poblada de charlatanes. No obstante, habiendo considerado el fenómeno de los fantasmas desde tantas perspectivas diferentes, Carl Jung no llegó a una resolución de su análisis del tema. Hacia el final de su vida, supuso:


[Yo mismo no puedo presumir de ninguna investigación original en este campo, pero declaro sin dudarlo que pude presenciar lo suficiente de estos fenómenos como para estar completamente convencido de que son reales. Sin embargo, no puedo explicarlos y, por lo tanto, no puedo decidir sobre ninguna de las interpretaciones habituales.]


Sin embargo, las declaraciones e incidentes esparcidos a lo largo de su obra muestran que lo sobrenatural estaba profundamente arraigado en sus ideas. Para Carl Jung, las cosas eran complejas porque permanecía abierto a ideas que desafiaban la cosmovisión cartesiana de la ciencia. Para ella, la cuestión estaba resuelta; para Carl Jung, no, y trabajó continuamente formular preguntas cada vez más interesantes sobre el tema. El sistema de pensamiento de Carl Jung es, en toda regla, un proyecto abierto, y su fascinación por lo paranormal atestigua la sinceridad con la que trató el tema mientras intentaba mantener su credibilidad en la comunidad científica.




Fenómenos paranormales. I Consultorio paranormal.


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