EN LOS COMIENZOS ... HISTORIAS DE LA CREACIÓN


Libro Almanaque de lo insólito 6

Africana (Efik-Ibibio)
    Hace muchos años, el sol y el agua eran grandes amigos y ambos vivían juntos en la tierra. El sol muy a menudo solía visitar al agua, pero ésta nunca le devolvía la atención. Finalmente, al astro rey le preguntó a qué se debía esto y ella le respondió que su casa no era lo suficientemente amplia y que si ella llegaba a ir con su gente, echaría al sol afuera.


    El agua entonces le dijo: «Si tú deseas que yo te visite, debes construir un recinto muy grande, pero te aviso que debe ser un lugar tremendo porque mi gente es muy numerosa y ocupa muchas habitaciones.»
    El sol prometió hacerlo así y rápidamente después, retornó a su hogar donde su esposa, la luna, lo recibió con una ancha sonrisa, mientras abría la puerta.
    Él le contó a la luna lo que había prometido y al día siguiente comenzó la construcción de un ambiente muy amplio, en el cual pudiera recibir a sus amigos.
    Cuando estuvo completo, le pidió al agua que viniera a visitarlo al otro día. No bien ésta llegó, llamó afuera a su anfitrión para que le confirmara si no era peligroso que ella entrara y él le contestó: «No, entra, mi amiga.»
    El agua comenzó entonces a entrar, acompañada por los peces y todos los demás animales acuáticos. Pronto estuvo sumergida hasta las rodillas y, por lo tanto, volvió a preguntar si aún estaba a salvo y el sol respondió: «Sí, y siguió entrando.»
    Cuando el agua llegó a la altura de la parte más alta de la cabeza de un hombre, le dijo al sol: «¿Quieres que entre más gente todavía?»
    Tanto éste como la luna aseguraron: «Sí», no sabiendo decir nada mejor; así el agua se deslizó adentro hasta que los anfitriones debieron encaramarse sobre el techo.
    Nuevamente la visitante volvió a dirigirse al sol y como recibió la misma respuesta, más de su gente entró precipitadamente, y el líquido muy pronto sobrepasó el techo de la construcción, y la luna y el sol se vieron forzados a subir al cielo, adonde han permanecido desde entonces.
    (Permiso: Cuentos populares y escultura africanos, de James Johnson Sweeney y Paul Radin. Nueva York, Beüingen Foundation, 1952. Reimpreso bajo licencia de Princeton University Press.)
Bíblica (Antiguo Testamento)

    En los comienzos, Dios creó los cielos y la tierra. La tierra no tenía forma y estaba vacía, y la oscuridad cubría la superficie de la profundidad. El Espíritu Divino se movía sobre la superficie de las aguas.
    Y Dios dijo: «Hágase la luz»; y la luz se hizo. Y entonces vio que la luz era buena y la separó de la oscuridad. Llamó, a la primera, Día, y a la segunda, Noche. Y hubo día y noche en un sólo día.
    Y Dios dijo: «Que haya un firmamento en el medio de las aguas y que separe a las aguas de las aguas.» Y así se hizo, las aguas que estaban debajo de éste se separaron de las que estaban sobre él. Y El llamó a esta creación Cielo. Y hubo día y noche en un segundo día.
    Y Dios dijo: «Que las aguas que están bajo el cielo se reúnan en un solo lugar y que aparezca la tierra seca.» Y así se hizo. La llamó Tierra y Mares, a las aguas que se juntaron. Y El vio que esto quedaba bien y dijo: «Que la tierra se cubra de vegetación, plantas que den su fruto y árboles frutales, cada uno de acuerdo a su especie.» Y así se hizo. La tierra produjo vegetación y plantas y Dios vio que esto era bueno. Y hubo día y noche, en un tercer día.
    Y Dios dijo: «Háganse las luces en el firmamento para separar al día de la noche y créense las estaciones y los días y los años; y que haya luz en el cielo para iluminar sobre la tierra.» Y así se hizo. Y así aparecieron las dos grandes luces, la mayor para gobernar el día y la más pequeña para la noche; y también hizo las estrellas. Y las puso en el firmamento para que dieran luz a la tierra, para regir el día y la noche y para separar la luz de la oscuridad. Y Dios vio que estaba bien. Y hubo día y noche, en un cuarto día.
    Y Dios dijo: «Que las aguas produzcan peces y que los pájaros vuelen sobre la tierra, a través de los cielos. Y entonces, El creó los grandes monstruos marinos y todas las criaturas vivientes que se mueven, según sus especies, y cada pájaro, también de acuerdo a su especie. Y Dios vio que esto era bueno y lo bendijo, diciendo: «Sed fructíferos y multiplicaos, y llenad las aguas de los mares, y que los pájaros se multipliquen sobre la tierra.» Y hubo noche y día, en un quinto día.
    Y Dios dijo: «Que la tierra produzca criaturas vivientes de acuerdo a sus especies; ganado y animales que se arrastren y otras bestias, todos según sus especies.» Y así se hizo. Y Dios hizo las bestias de acuerdo a sus especies y el ganado y todo animal rastrero, según las suyas. Y vio que estaba bien.
    Luego Dios dijo: «Hágase el hombre a Nuestra imagen y semejanza, y que tenga dominio sobre los peces del mar y los pájaros del aire, y sobre el ganado, y sobre toda la tierra, y sobre todo lo que se arrastra sobre el suelo.» Entonces El lo creó a su imagen, tanto al hombre como a la mujer. Y los bendijo y les dijo: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra y dominadla, mandad sobre los peces marinos y sobre los pájaros y sobre todo ser viviente que se mueva sobre la tierra.» Y agregó: «Mirad, os he dado plantas que producen frutos, que están sobre toda la superficie terrestre y árboles que tienen semillas en sus frutos; vosotros los usaréis como alimentos. Y para las bestias y para los pájaros y para todo lo que se arrastra sobre la tierra, todo lo que tiene un soplo de vida, les he dado plantas verdes para comer.» Y así se hizo. Y El vio que todo lo que había hecho estaba bien, y lo contempló. Y hubo día y noche, en un sexto día.
    Así fueron terminados los cielos y la tierra, y todos sus habitantes. Y en el séptimo día, Dios terminó su trabajo y descansó. Entonces El bendijo este día y lo santificó, porque en él Dios descansó de todo el trabajo que había realizado durante la creación.

    (Permiso: La Santa Biblia , Versión revisada corriente, 1946. Reimpresa bajo licencia del Consejo Nacional de las Iglesias de Cristo.)

China
    Antes de que se formasen el cielo y la tierra, todo era vago y amorfo. Tal es lo que fue llamado el Gran Comienzo, que produjo el vacío, y el vacío, el universo. Este originó una fuerza material limitada y aquello que era claro y liviano se amontonó para formar el cielo y aquello que era pesado y turbio se solidificó para constituir la tierra. Fue muy fácil la solidificación de la materia pesada. Por lo tanto, primero se completó el cielo y después la tierra.
    Las esencias combinadas de ambos se convirtieron en el yin y el yang, las esencias concentradas de estos 2 se transformaron en las 4 estaciones y las esencias esparcidas de estas 4 dieron las miles criaturas del mundo.
    Después de un largo tiempo, la fuerza caliente del yang produjo fuego y la esencia de éste se transformó en sol; la fuerza fría del yin acumulada pasó a ser agua y la esencia de ésta, originó la lluvia.
    La esencia de la fuerza excedente del sol y la luna dieron lugar a las estrellas y a los planetas. El cielo recibió el sol, la luna y las estrellas, mientras la tierra, el agua y el suelo...
    Cuando el cielo y la tierra se unieron en el vacío y todo era una simplicidad, sin haber sido aún creadas, las cosas comenzaron a ser. Esta fue la Gran Unidad. Todos provenían de ella pero cada uno se convirtió en diferente, siendo divididas las diferentes especies de peces, pájaros y bestias... Y como consecuencia, mientras algo que se mueve es reconocido como viviente, lo que se muere se dice que está agotado. Todas son criaturas.
    El creador de las cosas no está entre ellas. Si examinamos el Gran Comienzo de la antigüedad, encontramos que el hombre nació del no ser, para llegar a asumir forma en el ser. Al adquirir forma, es gobernado por las cosas, pero no puede volver a aquella de donde ha nacido y entonces puede convertirse en lo que se llama un «hombre verdadero». Este es aquél que nunca está separado de la Gran Unidad.

    (De Huai-nan Tiu.)

Egipcia

    Antes que la tierra egipcia brotara de las aguas en el comienzo del mundo, Ra, el Sol Brillante, comenzó a existir. El era todopoderoso, y el secreto de este poder descansaba en su Nombre, oculto para todo el mundo. Por medio de él, sólo tenía que nombrar una cosa para que empezara a existir.
    «Yo soy Khepera al amanecer, Ra al mediodía y Tum a la noche», dijo, y mientras lo hacía, se pudo ver que él era el sol que se levantaba en el este, pasaba a través del cielo y se ponía en el oeste. Y éste fue el primer día en el mundo.
    Cuando nombró a Shu, el viento sopló; y la lluvia cayó en el momento que nombró a Tefnut. Después de ésto, llamó a Geb y la tierra salió de las aguas del mar. Gritó, entonces, «jNut!», y esta diosa fue el arco del cielo que se extendió sobre la superficie terrestre, con los pies en un horizonte y sus manos en el otro. Luego, «Hapi», y el sagrado río Nilo se deslizó a lo largo de Egipto para enriquecerlo.
    Más tarde, Ra nombró a todas las cosas de este mundo, que crecían al sonido de su voz. Lo último que pronunció fueron los nombres «Hombre» y «Mujer», y rápidamente apareció un pueblo que viviría por todo Egipto.
    Después, Ra tomó la forma de hombre y se convirtió en el primer Faraón de esta tierra. Por miles de años, reinó sobre ella, y hubo paz y abundancia... y desde entonces, los egipcios hablan de las buenas cosas «que ocurrieron en la época de Ra».
    Por último, sin embargo, hasta el mismo Ra envejeció: ya que estaba decretado que ningún hombre viviría para siempre y como él se había convertido en hombre para gobernar Egipto, no escapó a la ley.
    Pero... Apophis (el Dragón del Mal) entró en las almas del pueblo y muchos de ellos se rebelaron contra el Faraón e hicieron mucho mal, adorando al Dragón de la Oscuridad, en lugar de al Ojo del Día.
    Ra percibió estos cambios y las conspiraciones que el mal, que estaba entre los hombres, estaba preparando en contra de su divina majestad. Entonces habló a sus asistentes, diciendo: «Reúnan a los más altos dioses, que forman mi corte. Convoquen a Shu y Tefnut, llamen a Geb y Nut a la sala del consejo. Manden por Nun, el espíritu de las aguas, desde donde me elevé en el comienzo del mundo. Reúnanlos secretamente; no le dejen saber al mal, que reina entre los hombres, ni que estoy enterado de sus acciones...»
    Cuando esto estuvo realizado, Nun habló para ellos y les dijo: —¡Te deseamos vida, salud y fuerza, Ra, Faraón de Egipto, creador de todas las cosas! Háblanos para que podamos escuchar tu divina voluntad.
    Ra contestó: —Nun, la más vieja de todas las cosas existentes, y vosotros, dioses, a quienes nombré para que existierais, mirad la humanidad, a quien también fabriqué con una sola mirada de mi Ojo que todo lo ve, nombrándoles en el comienzo y aconsejándoles que aparecieran sobre la tierra y se multiplicaran para ser mis siervos en la vida y en la muerte. Pero mirad, se han completado contra mí, han hecho cosas malas. El más malvado entre ellos se alza en este momento en el Alto Egipto para divulgar el mal. Decidme, ¿los debo matar con un destello ardiente de mi Ojo?
    Nun habló en nombre de todos: —Ra, el más poderoso de todos los dioses creado, si tú arrojaras ese destello ardiente sobre la humanidad, la tierra de Egipto se convertiría en un desierto. Por lo tanto, crea un poder que caiga con fuerza sólo sobre los hombres y mujeres; envía aquello que queme al mal, pero no dañes al bueno.
    Entonces, Ra decidió: —¡No enviaré un destello de mi Ojo, sino a Sekhemet!
    Mientras lo nombraba, Sekhemet existió en forma de una poderosa leona de tamaño gigantesco. Ella se lanzó sobre el Alto Egipto y mató y devoró a los hombres hasta que el Nilo corrió rojo de sangre y la tierra cercana se convirtió en un gran pantano rojo.
    Poco después, los malvados que existían entre los hombres habían muerto en sus garras y el resto rogaba pidiendo ayuda a Ra. Y él los perdonó porque, en realidad, no quería hacer desaparecer a toda la humanidad y gobernar una tierra solitaria, con ningún ser humano para que lo sirviera.
    Pero, habiendo gustado la sangre, Sekhemet no quiso abandonar la caza. Día tras día, ella acechaba asesinando a todo el que se ponía a su paso; y noche tras noche, se escondía entre las rocas que estaban en las orillas del desierto y esperaba que saliera el sol para volver a comenzar.
    Entonces, dijo Ra: —Sekhemet no puede ser detenida excepto por una mentira. Si puedo engañarla y salvar a los hombres de sus dientes afilados y de sus garras, le daré más poder sobre ellos, de tal forma que su corazón regocijará y no sentirá que se le ha quitado honor.
    Para esto, Ra citó a los veloces y rápidos mensajeros y les ordenó: —Corran como la sombra de un cuerpo —más ligeros y silenciosos que el propio cuerpo— hacia la isla del Elefantino que está en el Nilo, abajo de la primera catarata. Tráiganme el ocre rojo que se encuentra allí; tráiganmelo rápidamente.
    Así lo hicieron y ellos retornaron a Heliopolis, la ciudad de Ra, trayendo una abundante cantidad del ocre encarnado. Por orden del dios, todas las sacerdotisas del Templo del Sol y todas las criadas de la corte real fueron puestas a moler cebada y a fabricar cerveza. Llenaron 7.000 recipientes y, siguiendo el consejo de Ra, mezclaron el ocre de Elefantino con el líquido, de tal manera que a la luz de la luna parecía sangre.
    —Ahora —dijo Ra— llévenlo aguas arriba para proteger a la humanidad. Llévenlo hasta donde Sekhemet suele matar a los hombres durante el día y vuélquenlo sobre la tierra para poder atraparla.
    Amaneció y la leona salió de su cubil entre las rocas y echó una mirada alrededor, buscando a quién iba a devorar. No vio a ningún ser viviente, pero, en el lugar donde ayer había matado a muchos hombres, distinguió que el suelo estaba cubierto por algo que parecía sangre y que alcanzaba la profundidad de 3 palmos.
    Sekhemet rió y su risa sonó como un rugido de una leona hambrienta. Pensó que era la sangre que se había derramado el día anterior, se inclinó y la bebió con gula. No se detuvo hasta que se le embotó la mente por la cerveza y no pudo ni cazar ni matar.
    Cuando el día llegaba a su fin, bajó tambaleando a Heliópolis, donde Ra la esperaba, y cuando el sol se puso, no había matado a ningún hombre desde la noche anterior.
    —Tú vienes en son de paz —dijo Ra—, la paz sea contigo y con tu nuevo nombre. No será más Sekhemet el Asesino; ahora eres Hathor la Dama del Amor. Por lo tanto, tu poder sobre los hombres será mayor que el que tenías, ya que la pasión del amor será más fuerte que la del odio, y todos conocerán el amor y serán tus víctimas...
    Así Ra salvó a la humanidad, a la vez que le dio un nuevo goce y también un nuevo dolor.

    (Permiso: Cuentos del Antiguo Egipto de Roger Lancelyn Green. Londres, The Bodley Head, 1970.)
Griega
    En principio, hubo el Vacío; luego el ancho mundo, hogar sólido y eterno de todos; y Eros (Deseo), el más hermoso de los dioses inmortales, quien en cada hombre y en cada dios, disminuía la energía y dominaba a la intención prudente de la mente. Del Vacío salió la Oscuridad y la Noche negra, y estos 2 últimos concibieron a la Luz y al Día.
    La Tierra produjo primero el Cielo estrellado, a su propia medida, para que la cubriera por todos lados. Luego, las altas montañas, los refugios predilectos de los dioses, y también dio nacimiento a las aguas yermas, al mar con sus furiosas olas. Todo sin la pasión del amor.
    Más tarde, ella se unió con el Cielo y de esta unión nacieron Océano con su corriente profunda, Coeus, Crius, Hiperión e Iapetus; Thea, Rhea, Themis (Ley) y Mnemosyne (Memoria); y también Febe coronada de oro y la encantadora Tethys. Después de éstos, llegó el astuto Cronos, el más joven y audaz de los hijos, que cuando creció, detestó al que lo había engendrado.
    La Tierra también fue madre del violento Cíclope, quien hizo y dio el trueno y el relámpago a Zeus. Ellos, los cíclopes, eran semejantes a dioses en todos los aspectos, excepto que sólo tenían un ojo único en el medio de sus frentes, y su fuerza, poder y habilidad estaban en sus manos.
    De la unión de la Tierra y el Cielo, nacieron también 3 hijos más, grandes, fuertes, horribles: Cottus, Briareus y Gyes. Esta cría revoltosa tenía cien monstruosas manos que crecían de sus hombros y 50 cabezas que salían de sus fornidos cuerpos. Gozaban de una fuerza terrible que correspondía a su descomunal tamaño...
    De todos los hijos nacidos de la Tierra y el Cielo, éstos eran los más osados, y su padre los odió desde el principio. Cuando ellos estaban por nacer, el Cielo no quiso permitirles alcanzar la luz del día y en su lugar, los escondió en las entrañas de la Madre Tierra, y encontró placer en hacer esta maldad. La Tierra se sintió fatigada y gimió; finalmente urdió una astuta estratagema: instantáneamente fabricó un nuevo metal gris y con él una inmensa hoz. Luego la Tierra ideó un plan y se lo contó a sus hijos; la congoja que abrigaba su corazón le hizo hablar vigorosamente: —Hijos míos, vosotros tenéis un padre salvaje; si me escucharais, podríais vengaros de su ultraje: él fue el que comenzó a usar la violencia.
    Esto es lo que ella dijo pero ellos estaban aterrados, y ninguno dijo una palabra. Luego el gran Cronus, el hábil tramposo, tomó coraje y respondió a la buena mujer con estas palabras: —Madre, estoy dispuesto a emprender y llevar a cabo vuestro plan. No le tengo respeto a ese padre infame, ya que fue él el que comenzó con la violencia.
    Frente a esta respuesta, la madre se mostró satisfecha. Lo escondió y puso en sus manos la hoz dentada, y le dio exhaustivas instrucciones sobre el complot.
    El inmenso Cielo vino, a la caída de la noche, a su lado con deseos de hacer el amor con ella; se encaramó en lo alto de la tierra y se estrechó contra ella. Desde su escondite, su hijo lo alcanzó con la mano izquierda y con la derecha tomó la enorme hoz, y rápidamente cortó los órganos de su padre y los arrojó muy lejos. Pero éste no fue su fin. Las gotas de sangre que salían de ellos fueron absorbidos por la Madre Tierra, y con el paso de los años, ella dio a luz al poderoso Erinia (Espíritu de la Venganza) y a enormes gigantes con brillantes armaduras y largas lanzas.
    Con respecto a los órganos, durante un largo tiempo, fueron llevados por la corriente marina, conservándose como eran cuando Cronus los cortó con el arma afilada y los arrojó desde la tierra hacia las olas del océano; luego, una blanca espuma brotó de la carne divina y allí comenzó a crecer una joven, que primero se dirigió cerca de la santa Citerea, y después llegó a Chipre, la tierra rodeada de agua. Allí ella bajó como una diosa, tierna y bella, y alrededor de sus pies delgados se tornasoló el pasto verde. Fue llamada Afrodita porque llegó cerca de Citerea y Chipriota, porque nació en el acuoso Chipre. Eros (Deseo) y la hermosa Pasión la atendieron, y estuvieron también presentes la primera vez que se reunió con la familia de los dioses. Los derechos y privilegios que le asignaron desde el principio, que eran reconocidos por los dioses y por los hombres, eran estos: presidir los cuchicheos, sonrisas y trucos que emplean las muchachas, y el dulce deleite y la ternura del amor.
    El Gran Padre Cielo llamaba a sus hijos los Titanes, debido a su enemistad con ellos. Él decía que ellos habían apretado ciegamente el lazo corredizo y habían hecho algo salvaje, por lo cual pagarían en tiempos venideros...
    La Noche dio a luz a la malévola Destrucción, al Espectro negro y a la Muerte; también parió al Sueño y la raza de los Sueños; pero los tuvo a todos sin dormir con ningún macho. Más tarde concibió a la Culpa, la dolorosa Pena, el Destino y los despiadados Espíritus de la Venganza, diosas que recuerdan los pecados del hombre. Además concibió al Engaño y al Amor, a la maldita Vejez y a la terca Rivalidad.
    Esta última fue madre de la Angustia, la Distracción, el Hambre y el lacrimoso Dolor; también de las Guerras, Batallas, Asesinatos, Matanzas, Enemistades, Palabras Engañosas y Airadas. Aunque también, de lo Licencioso y de la Locura —2 hermanas que andan juntas— y los Juramentos, que pronunciados con falsedad voluntaria, acarrean la destrucción total de los hombres.
    (Permiso: Teogonía de Hesíodo. Traducido por Norman O. Brown. Nueva York. The Liberal Arts Press, División of the Bobbs-Merrill Co., 1953.)
Gitana
    De acuerdo a la mitología gitana, Dios coció a los primeros hombres y mujeres en un horno. Algunos permanecieron demasiado en él y cuando salieron, estaban oscuros: la raza negra.
    La segunda vez, El abrió la puerta del horno muy pronto y la hornada no estaba concluida: la raza blanca. La tercera, produjo imágenes con el color correcto: los indios, antepasados de los gitanos.
    (Permiso: Diccionario de la Vida y del Saber Popular Gitano , de H. E. Wedeck. Nueva York, Philosophical Library, Inc., 1973.)
M aya
    Este es un relato que cuenta cómo todo estaba en suspenso, todo calmo, en silencio, inmóvil, tranquilo, y la extensión del cielo estaba vacía.
    Esta es la primera narración. No había ni hombre, ni animal, ni pájaros, ni peces, ni cangrejos, ni árboles, ni piedras, ni cuevas, ni abismos, ni hierbas, ni bosques: sólo existía el cielo.
    Nada se juntaba, nada que pudiera hacer un ruido ni que se pudiera mover, o temblar o producir algún sonido en el cielo.
    No había nada parado; sólo el agua tranquila y solitaria. Nada existía.
    Sólo estaba la inmovilidad y el silencio en la oscuridad, en la noche. Pero el Creador, el Hacedor, Tepeu, Gucumatz, los Antepasados, estaban en el agua rodeados de luz. Estaban escondidos debajo de plumas verdes y azules, y por eso eran llamados Gucumatz. Por naturaleza, ellos eran grandes sabios y pensadores. De esta manera, el cielo existía y también el Corazón del Cielo, como Dios era llamado.
    Luego llegó la palabra. Tepeu y Gucumatz arribaron juntos en la oscuridad, en la noche, y conversaron, discutieron y deliberaron. Estuvieron de acuerdo, unificaron sus palabras y sus pensamientos.
    Más tarde, en tanto meditaban, se hizo claro para ellos que cuando llegara el amanecer, el hombre debería aparecer. Así planearon la creación y el crecimiento de los árboles y los matorrales, y el nacimiento de la vida y la creación del hombre. Esto fue realizado en la oscuridad y en la noche por el Corazón del Cielo, a quien se llama Huracán.
    El Corazón del Cielo está constituido por la unión de 3 partes: Caculha Huracán; Chipi-Caculha y Rowa-Caculha.
    Poco después, Tepeu y Gucumatz volvieron a aparecer y hablaron sobre la vida y la luz, lo que debían hacer para que hubiera luz y amanecer, quién sería el que se encargaría de proveer alimento y sustento.
    Porque así querían hacerlo y el vacío se llenara. Permitir al agua que se retirara e hiciera un huevo, que la tierra apareciera y se convirtiera en sólida. Que hubiera luz, y amanecer en la tierra y en el ciclo. «No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación hasta que esté creado el ser humano.» Así hablaron.
    Así fue creada la Tierra; así fue en verdad. ¡Tierra!, dijeron e instantáneamente estuvo allí.
    La creación fue como la niebla, como una nube, como una nube de polvo, cuando las montañas aparecieron del agua y crecieron rápidamente.
    Sólo por un milagro, por arte mágico, se formaron las montañas y los valles; y en un instante, los bosquecillos de cipreses y pinos produjeron retoños en la superficie terrestre.
    Y así, Gucumatz se llenó de gozo y exclamó: —¡Vuestro advenimiento ha sido fructífero, Corazón del Cielo; y el vuestro Huracán, y el de Chipa-Caculha, y el de Raxa-Caculha!
    —Nuestro trabajo, nuestra creación será terminada —contestaron ellos.
    Primero fue formada la tierra, las montañas y los valles; las corrientes de agua fueron divididas, los riachuelos corrieron libremente entre las colinas, y las aguas se separaron cuando aparecieron las altas montañas.
    Y así fue la creación, cuando la tierra fue hecha por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, como eran llamados los primeros que la hicieron fructuosa, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra estaba aún sumergida en el agua.
    Y de esta manera, ellos hicieron un trabajo perfecto, ya que lo decidieron después de pensar y meditar sobre ello.
    (Permiso: Popol Vuh: El Libro Sagrado de los Antiguos Quiche Maya. Traducido del texto original por Adrián Recinos, Norman, Okla., University of Oklahoma Press, 1950.)
Navaja
    El primer mundo estaba habitado por insectos y por gente con aspecto semejante a ellos. Era un lugar tan desagradable que ellos se fabricaron alas y volaron a los cielos para buscar un nuevo hogar. Finalmente encontraron una grieta en el cielo y emergieron en un segundo mundo.
    Este era un mundo azul de pájaros, que se resistieron contra la invasión. Las luchas fueron constantes y por último, la gente insecto siguió la voz del viento azul que les enseñó el tercer mundo.
    Este era amarillo y se asemejaba más al que nosotros habitamos ahora, y las personas y animales comenzaron a ser como los actuales. Había cuatro montañas en esta tierra, una en cada dirección, y la gente que habitaba en ellas comenzó a enseñar al Primer Hombre y a la Primera Mujer a plantar grano y construir casas. También les aconsejaron que no molestaran al monstruo del agua.
    Pero el coyote no atendió al aviso, se dirigió a la casa del animal y secuestró a sus dos hijos. Repentinamente los océanos se elevaron y la tierra se inundó. La gente y los animales se refugiaron en lo alto de las montañas; los primeros plantaron una caña gigantesca en ese lugar y escalaron por su parte interior; después de cuatro días, alcanzaron el cuarto mundo.
    Éste era aún más hermoso que los anteriores y lo habitaban otras personas y otras clases de animales. Aquí, el Primer Hombre y la Primera Mujer aprendieron más sobre la plantación del grano y las funciones propias de los sexos.
    Pero el coyote todavía tenía los hijos del monstruo del agua y el Primer Pueblo se horrorizó al ver que también las aguas del nuevo mundo se elevaban repentinamente. Plantaron de nuevo una caña y comenzaron a trepar, pero esta vez no pudieron encontrar ningún agujero. Entonces, el halcón amarillo trató de hacer uno en la cúpula, con la ayuda de la garza y el águila, aunque fue la langosta la que tuvo éxito en practicarlo. Luego la araña hiló una cuerda para que todos pudieran subir hasta el orificio.
    El nuevo mundo era sólo una pequeña isla. Las hormigas llegaron primero, llevando tierra del cuarto mundo, y fueron seguidas por otra gente que trajo los granos y otros tesoros.
    Aún no se habían ubicado en este mundo cuando las aguas comenzaron a subir. En esta oportunidad, el Primer Hombre y la Primera Mujer pensaron que alguien debía haber ofendido al monstruo; revisaron a cada uno y, por supuesto, encontraron sus hijos en el coyote. Los llevaron al lago y los pusieron en un pequeño bote. Las aguas bajaron inmediatamente y las inundaciones nunca más destruyeron el mundo del hombre.
    (Permiso: Mitos y el Hombre Moderno , de Barbara Stanford y Gene Stanford. Nueva York, Simón y Schuster, Inc., Washington Square División, 1972.)
Noruega
    En los tiempos más remotos... no existía la Tierra como está ahora: sólo estaba Ginnungagap, el Vacío Abierto. Aquí se movían extrañas nieblas que al fin se retiraron dejando al descubierto un profundo Boquete, con Muspelheim, la Tierra del Fuego, en el sur, y Nifelheim, la Tierra de la Niebla, en el norte...
    En las profundidades de Ginnungagap se extendía la Fuente de la Vida, Hvergelmir, desde la cual fluían ríos que eran helados formando bloques debido al cruel viento del norte.
    Con el paso de los años, el hielo pulverizado se acumuló misteriosamente encima de la Fuente de la Vida y se transformó en
    Ymir, el más grande de los Gigantes, padre de los terribles Gigantes Helados y de toda la familia gigantesca.
    Ymir creció en la vida y con él apareció la vaca mágica Audumla, cuya leche aprovechaba para alimentarse. Muy pronto el hielo de Ymir se quebró en pequeños pedazos y cada uno se transformó en una Escarcha Gigante —padre de las brujas, hechiceros, ogros y gnomos.
    Audumla también necesitaba alimento y lamió entonces el hielo que estaba alrededor, y encontró en él la sal de la vida que manaba de Hvergelmir.
    En el primer día que lamió, en ese lugar a la noche, apareció el cabello de un hombre; la segunda vez que lo hizo, a la misma hora salió una cabeza completa; y para el final del tercer día, el hombre estaba allí.
    Fue el primero de los A Esir y se llamó Buri; era alto, fuerte y muy hermoso. A su hijo se le dio el nombre de Borr y éste se casó con la gigantesca Bostla, y ellos fueron madre y padre de los A Esir, quienes plantaron el Árbol del Mundo, Yggdrasill, y construyeron el mundo.
    Borr tuvo 3 hijos, Udin, Vili y Ve; y el primero, Odín, el Padre de Todo, fue el más grande y el más noble.
    Ellos lucharon contra Ymir, el gran Gigante del Hielo, y lo mataron, y el agua helada salió a borbotones de sus heridas y ahogó la mayoría de las Escarchas Gigantes, excepto a una que fue llamada Bergelmir. Era sabia e inteligente, y, por esta razón, Odín la salvó. Le construyó un bote con un techo y le dio abrigo con él junto con su esposa y sus hijos, para que escaparan de ser ahogados en la inundación.
    Odín y sus hermanos derribaron el cadáver de Ymir en el vacío de Ginnungagap e hicieron con su cuerpo el mundo en que vivimos. Su sangre congelada se convirtió en el mar y los ríos; su carne, en la tierra seca y sus huesos, en montañas, mientras la grava y las piedras eran sus dientes.
    Odín y sus hijos colocaron al mar en un círculo alrededor de la tierra, y el Árbol del Mundo, el Ash Yggdrasill, creció para sostenerlo en su lugar, para darle sombra con sus ramas poderosas y para soportar el cielo que era la calavera azul y helada de Ymir...
    Cuando Odín hubo puesto las estrellas en sus sitios e iluminado la tierra con el Sol y la Luna, retornó al nuevo mundo que había creado. Los Gigantes y otras criaturas del mal se alborotaron en su contra, entonces él tomó más huesos de Ymir y escalonó las montañas formando una muralla que los separaba de la Tierra de los Gigantes o Jotunheim. Luego se volvió hacia la región hecha para los hombres, a la que llamó Midgard o Tierra Media, y la comenzó a hacer fructífera y agradable a la vista.
    De los cabellos ensortijados de Ymir, formó los árabes, de sus cejas el pasto y las flores, y puso nubes para que flotaran en el cielo y rociaran a la Tierra con suaves lloviznas.
    Luego, para fabricar a la Humanidad, Odín tomó un fresno y un saúco de la playa e hizo, a partir de ellos, a Asak y Embla, el primer Hombre y la primera Mujer. Le dio alma, y su hermano Vili les otorgó el poder de pensar y sentir, mientras Ve les concedió el habla, el oído y la visión.
    De esta pareja nacieron suficientes hijos como para poblar Midgard; pero el pecado y el dolor los alcanzó, ya que los Gigantes y otras criaturas del mal tomaron la forma de hombres y mujeres y se desposaron con ellos, a despecho de todo lo que pudo hacer Odín.
    (Permiso: Mitos de los Noruegos, de Roger Lancelyn Green. Londres, Penguin Books Ltd., 1960.)
Científica
    En épocas pretéritas, 10 o 20 billones de años, el universo estaba en un aparente caos. Todo lo existente se hallaba apretujado en un superdenso núcleo, en una nube nuclear caliente y agitada. Toda la materia del universo estaba allí en protones, neutrones y electrones en estado desmenuzado, independientes uno de otros pero comprimidos uno junto al otro. La temperatura alcanzaba un trillón de grados, y esta médula primaria se puso finalmente tan densa, tan caliente y con una carga tan alta, que explotó.
    La explosión desparramó todas las partículas de materia por el universo y así es como éste había comenzado a expandirse. Durante los primeros 100 segundos de expansión explosiva, los pedazos permanecieron separados, mientras el universo comenzaba a refrescarse. Cinco minutos después, la temperatura bajó a un billón de grados.
    Con este enfriamiento y expansión, los protones y los neutrones se combinaron, formando núcleos simples. Poco después, los electrones se engancharon con éstos y los átomos simples comenzaron a existir.
    Después de una hora y media, todos los elementos atómicos del universo estaban formados. La temperatura continuó bajando y gradualmente llegó a 40 millones de grados. Era el primer día.
    El tiempo pasó. Los productos más grandes de la explosión universal permanecieron en estado gaseoso, como finas y grandes nubes distribuidas en el espacio. Pero en algunas partes de estas nubes, las moléculas ejercían una atracción gravitacional mutua suficiente como para comenzar la condensación de varias zonas. Nubes más pequeñas y más densas se formaron, componiendo gradualmente masas más y más sólidas. Dentro de estas condensaciones, algunos gases comenzaron movimientos casuales, aplanando y estirando estas formaciones nuevas.
    Luego, hace cerca de 5 billones de años, una de estas nubes se puso tan densa que la materia se concentró pesadamente en su centro formando un gran bulto. Este, una estrella que emergía, fue rodeado por escombros de la explosión universal, que incluían trozos de materia que eran más pequeños que la estrella. Este torrente frío alrededor de ella había caído bajo su control gravitacional, girando mientras se condensaba.
    La nueva estrella era nuestro sol. Mientras se condensaba, sus núcleos internos de fuego se pusieron más calientes y comenzaron a brillar intensamente, así «se hizo la luz».
    Algunos de los cuerpos secundarios que daban vueltas alrededor del sol fueron engullidos por él, ya que sus órbitas eran muy elípticas. Otros fueron capturados por otros cuerpos más grandes que los incorporaron a los suyos. Pero algunos otros cayeron en órbitas que eran seguramente circulares, a una buena distancia de sus vecinos, y tenían un tamaño apropiado como para continuar solos. Ellos fueron los protoplanetas de nuestro sistema solar.
    La poderosa energía radiante del sol comenzó ahora a completar el sistema, envió todos los gases libres al espacio y ahuyentó los que envolvían a los protoplanetas. Un conjunto de planetas recién nacidos sobrevivió. Los más lejanos fueron menos afectados por la energía solar y permanecieron grandes y gaseosos; pero los que estaban más cerca hicieron desaparecer la cobertura de gas completamente, quedando planetas sólidos y pequeños.
    Entre estos planetas interiores, que han rotado alrededor del sol durante los últimos 4 o 5 billones de años, está nuestra tierra. En sus primeros tiempos, ella tenía una corteza de roca fundida y una atmósfera de gases calientes y acuosos, resultado de las grandes cantidades de hidrógeno, helio y otros gases que se escapaban de la atmósfera. Este vapor húmedo formaba una especie de envoltura sobre su superficie.
    Mientras tanto, en el núcleo de la tierra, el carbón formaba carburos, el más estable de sus componentes en altas temperaturas. Además de grandes cantidades de este elemento, el núcleo terrestre contenía nitruros, que habían resultado de combinar las moléculas de nitrógeno con gran calor.
    Luego, el material del centro de la tierra irrumpió, y los carburos y nitruros fueron arrojados a la superficie del planeta. Cuando llegaron a la atmósfera vaporosa, las superficies químicas se combinaron con el agua. En contacto con ella, los carburos formaron los hidrocarbonos simples; los nitruros produjeron amoníaco.
    La atmósfera terrestre tenía ahora sustancias orgánicas, pero la primera se condensaba cada vez más debido a que el joven planeta permanecía aun frío. Finalmente comenzó a llover. Torrentes de agua caliente cayeron sobre la tierra llenando las cuencas de su superficie, formando nuevos océanos templados que tenían una gran variedad de componentes orgánicos en solución, y se desbordaron.
    Con el tiempo, los carbonos de los océanos gradualmente se unieron en largas cadenas. Los nitrógenos se combinaron para formar grandes y complicadas moléculas, y por el acrecentamiento, estas moléculas se hicieron más grandes y comenzaron a exhibir propiedades coloidales.
    Una suspensión coloidal es aquélla en la cual partículas divididas de una sustancia están suspendidas en un medio gaseoso, líquido o sólido. Las combinaciones o glóbulos nuevos y complejos en los océanos eran principalmente soluciones de variadas sales e hidratos de carbono en aguas, con pequeñas partículas suspendidas en estas soluciones. Las partículas coloidales se reunieron en masas, separadas por una capa de agua que estaba adherida a su superficie.
    Una importante sustancia de este tipo, llamada protoplasma, está hecha de cerca de 75% de agua con sales, proteínas, hidratos de carbono y grasas presentadas en solución. También contiene complejos constituyentes orgánicos en suspensión, que están separados por una capa de agua. «Protoplasma» significa «primera forma» y es la base física-química de todas las cosas que se dice que están vivas.
    Los glóbulos, que ahora llenaban los océanos templados, absorbieron más y más moléculas y gradualmente formaron membranas .1 su alrededor. Algunas de éstas poseían la propiedad de permeabilidad selectiva, ya que admitían ciertas sustancias y excluían otras, incapacitando así a los glóbulos para mantener una composición química constante. Los glóbulos que tenían esta propiedad continuaron creciendo.
    A partir de éstos, que desarrollaron métodos eficientes de crecimiento, algunos no se pudieron detener y alcanzaron grandes volúmenes, hasta que las membranas no pudieron contener más sus masas extra-grandes. Pero algunos de estos glóbulos gigantes poseyeron, por accidente, la habilidad de separarse, rompiéndose en pequeñas unidades que eran más soportables. De esta forma, no sólo crecieron sino que se las ingeniaron, por medio de la reproducción, para sobrevivir a su propio crecimiento.
    Ellos continuaron el crecimiento y la reproducción, uniéndose en ocasiones con otro, iniciando innumerables variaciones, así como hubo otras diferentes combinaciones que perecieron. Formas cada vez más hermosas y complejas emergieron: células vivientes primitivas.
    El proceso de la selección natural había comenzado. Si bien algunas variantes aparecieron por casualidad, otras tendieron hacia la preservación de lo individual y otras hacia la destrucción.
    Estas variaciones, si bien sutiles, que eran en cualquier grado útiles para la célula individual en sus complejas relaciones con otras y con el medio ambiente, tendían hacia su preservación, y sólo aquellas células que tenían las más provechosas variaciones sobrevivieron. En este camino, la naturaleza se perfeccionó sobre sus productos; simples células vivientes se hicieron más sofisticadas y más diversas sus características.
    Las células animales y vegetales que poseían tipo similar se unieron en colonias. La reproducción continuaba. La descendencia tendía a heredar las ventajas que habían exhibido sus padres, y en los billones de jóvenes colonias producidas, el número de hijos se multiplicó geométricamente.
    La competencia creció entre la cantidad creciente de seres vivos. Se demandaba comida, espacio, agua y aire. Las más sutiles ventajas ayudaron a determinar cuáles animales y plantas podrían sobrevivir para transmitir nuevas características a sus descendientes y cuáles simplemente morirían.
    Esto transcurría hace 2.000 millones de años y la tierra estaba en su Era Arqueozoica o de la «vida primitiva». Toda la vida se concentraba en los mares salados, en las formas de animales y plantas unicelulares. Tenía lugar una extensa actividad volcánica y la formación de montañas, y no había vida fuera de los océanos templados.
    Pasaron ochocientos millones de años y la tierra entró en la Era Protozoica o «primera vida». Se desarrolló una «phyla invertebrada» que comenzó a variar cada vez más una de otra. Después de otros 650 millones de años, entró en la Era Paleozoica, la de la «vida antigua», en la cual eran abundantes los productos extremadamente diversos del desarrollo evolutivo.
    En los comienzos del Paleozoico, alrededor de 550 millones de años, el clima terrestre era templado uniformemente y los continentes estaban sumergidos debajo de los mares salados, anchos y poco profundos. No había más vida que en el agua, pero era muy abundante. En el fondo del océano, se adherían los corales y encontraban alimentos en el agua, a la que habían aprendido a filtrar. Había nautilos, que eran como calamares sobre conchas, y crinoideos, que parecían flores aunque eran realmente animales. Los trilobites eran más numerosos, se asemejaban a escarabajos con cabezas en forma de escudos y muchas patas, y los braquiópodos, algo así como almejas. Los animales más grandes de esta época eran los escorpiones marinos que medían 130 cm. y poseían poderosas pinzas que crujían.
    El primer período de la Era Paleozoica, el Cámbrico, se extendió 105 millones de años. En el siguiente, el período Ordovicense, que duró otros 70 millones, los invertebrados alcanzaron la cúspide de su denominación, los braquiópodos eran abundantes, y los trilobites y los nautilos llegaron al clímax. Fue entonces, mientras corría este período, que surgió una nueva criatura, diferente del resto en un aspecto importante: tenía esqueleto.
    Estos animales eran los ostracorderms, unos peces primitivos, sin fijada, que no sólo tenían una cobertura exterior de huesos sino que habían desarrollado también algo nuevo: un esqueleto que le donaba un sostén interno. Habían llegado los vertebrados.
    Los peces tenían unos cerebros pequeños y simples conectados i la médula espinal. Algunos poseían ojos, otros ojos y narices para olfatear. Eran buenos nadadores y cuando el tiempo pasó, los más avanzados de ellos dejaron el océano para convertirse en los primeros colonos de los ríos de aguas frescas.
    Siguió el período Silúrico, en el cual se desarrollaron velozmente los invertebrados, los peces sin quijada eran abundantes y comenzaron a aparecer peces con mandíbula. El siguiente, el Devoniano, que empezó hace 330 millones de años, fue la Edad de los Peces. Proliferaron toda clase de ellos, incluyendo un pez espinoso llamado Clieirolepis, que fue la primera criatura que exhibió pulmones.
    El período Misisipiano, comenzado hace 280 millones de años, asistió al gran movimiento de los animales desde el agua hacia los pantanos. El clima era cálido y húmedo y las tierras bajas de los continentes estaban cubiertas de abundante vegetación, con musgos gigantescos y helechos que alcanzaban casi dos metros de altura. Las plantas que morían se pudrían en los pantanos; así la turba, la cual más tarde se tornó carbón, se iba produciendo.
    Escorpiones, arañas e insectos emprendieron su camino hacia los pantanos. Poco después, algunos peces desarrollaron una forma de vida en la tierra; sus aletas se convirtieron en patas con dedos, sus pulmones se fortificaron y sus aletas dispares desaparecieron; y así llegó el primer anfibio, bien adaptado a la vida terrestre.
    Los anfibios continuaron desarrollándose durante el período Pensil vano, junto con los musgos gigantescos, y al final de éste, surgió una nueva forma. Los pantanos comenzaron a secarse rápidamente y la supervivencia dependió entonces de la piel más gruesa, los mejores pulmones y las piernas más fuertes. Estas ventajas fueron otorgadas a los primeros reptiles.
    La Era Paleozoica concluyó con el período Pérmico, que comenzó hace 230 millones de años. Con la elevación de las montañas, se produjeron variaciones climáticas: desde desiertos calientes y secos hasta regiones áridas y frías. En las zonas más templadas y húmedas, continuaban los anfibios pero en otras dominaban los reptiles. Estos habían conquistado las tierras secas, avanzando en cualquier nuevo medio ambiente posible bajo la presión de su creciente población. Durante este período, se desarrollaron miles de nuevas especies de reptiles.
    La Edad de los Reptiles comenzó una nueva era hace 200 millones de años: la Mesozoica. Las montañas, reducidas por los ríos y los glaciares, se mojaron en los mares. El clima terrestre era uniformemente cálido y tropical.
    El período Triásico, que comenzó la era, asistió a la culminación del reinado de los reptiles. Fue el final de este período que hizo su aparición el sucesor del reptil. Con un cambio en su cráneo, que le proporcionó más espacio para masticar y una mejor dentadura, y con un perfeccionamiento de los miembros que le permitía moverlos hacia atrás y hacia adelante en la parte inferior del cuerpo, unos pocos reptiles comenzaron así a hacer los primeros pasos hacia la evolución de los mamíferos.
    Los primeros mamíferos aparecieron realmente, pocos en número y de forma primitiva, en el período Jurásico. Tenían sangre caliente, un diafragma, estaban cubiertos de pelo y amamantaban a sus crías. En esta época, también surgieron los primeros pájaros.
    El último período de la Era Mesozoica, el Cretáceo, comenzó con el dominio continuo de los reptiles que habían evolucionado mucho, pero concluyó con su extinción masiva. La formación de las montañas creó un cambio tan drástico de temperatura, de cálido a frío, que la mayoría de ellos murieron. Otros se transformaron en mamíferos para sobrevivir. Fueron de dos tipos, los marsupiales y los mamíferos placentarios. Los últimos, una especie de insectívoros que habían desarrollado un útero, una placenta y un cordón umbilical que conectaba al embrión con la madre, dieron lugar a todos los mamíferos placentarios del mundo.
    La tierra estaba ahora en la Era Cenozoica o de la «vida reciente».
    Ésta comenzó hace sólo 70 millones de años y es la Edad de los Mamíferos. Aparecieron los primates y roedores en el período Paleoceno. Los primeros exhibían un pulgar opuesto, grandes cerebros, una cavidad ocular ósea y una visión aguda, pero tenían el sentido del olfato menos desarrollado que sus antepasados.
    Durante el período Eoceno, surgieron otra clase de mamíferos, los que caminaban, carnívoros avanzados, lémures y magos. Estos dos últimos tenían manos para asirse, uñas chatas y un abultado cerebro. El órgano principal de los sentidos era el ojo.
    De los «tarsioids» llegó el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo de los monos, con sus narices apuntando hacia adelante, sus pulgares opuestos y los cerebros considerablemente agrandados.
    De este Viejo Mundo de los monos, salieron los primeros simios, que habían perdido sus colas, aumentado el tamaño de su cerebro y desarrollado un mejor balance de la cabeza sobre la espina dorsal.
    El tiempo pasó. Los períodos llegaron y se fueron, y a través de ellos —el Oligoceno, el Mioceno, el Plioceno— los primates continuaron su desarrollo. El clima cambió; las montañas crecieron aún más; campos de pastoreo abiertos reemplazaron a los bosques en las zonas templadas, y éstos se restringieron a los trópicos.
    Luego, un millón de años atrás, comenzó el período Pleistoceno; estaba al llegar la Edad del Hombre.
    En ese momento, la tierra pasaba por una serie de cambios clínicos extremos. La temperatura decayó sólo unos pocos grados, pero fue suficiente para aniquilar un gran número de especies y para darle al mundo largos y fríos inviernos. Los veranos más cortos y más frescos no eran suficientes para derretir la nieve de los inviernos anteriores, y año tras año se acumulaba el hielo. Cuatro veces en el último millón de años, capas de hielo que tenían una milla de espesor se movieron hacia el sur, cubriendo grandes áreas de tierra debajo de glaciares. Los pequeños monos se dirigieron a las restringidas junglas tropicales; sólo los más grandes y pesados fueron capaces de resistir al frío.
    En las primeras épocas del período Pleistoceno, surgió un hombre- mono primitivo, llamado Australopithecus. Tenía manos y pies diferenciados, dientes más pequeños y una postura completamente vertical, pero careció de colmillos. Estas características lo distinguían de los otros monos, pero también sobresalía en otros aspectos, como su mayor inteligencia. Aprendió a usar herramientas primitivas y .i organizarse en grupos de caza cooperativos. Esto funcionó y el hombre-mono pudo sobrevivir.
    El cráneo de sus descendientes continuó creciendo y de 600 cm. cúbicos de capacidad, alcanzó 1.000. Gracias a este perfeccionamiento, la nueva criatura aprendió a usar el fuego y las herramientas de piedra que inventó, y, con el tiempo, concibió el lenguaje. El hombre había llegado a una forma mejorada: Homo erectus o Pithecanthropus.
    Sin embargo, la competencia entre las especies no había concluido. Aún existían luchas por la supervivencia y la inteligencia, ahora una ventaja bien establecida en el mundo de la selección natural, se transformó en un factor decisivo. Aquellos animales que eran capaces de hacer un mejor uso de las herramientas o de cazar con más eficiencia vivieron y se multiplicaron. Su descendencia tendió a tener cerebros cada vez mayores, hasta que su capacidad alcanzó los 1.400 cm. cúbicos. El nuevo animal se dedicó a la agricultura y produjo trabajos artísticos, desarrolló civilizaciones y aprendió a controlar el medio ambiente. Es considerado la última creación de la expansión universal: el hombre moderno.
    R. C.

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