Jürgen Habermas, el último de los grandes

 


Jürgen Habermas, el último de los grandes

Stefano Petrucciani

La memoria del filósofo alemán Formado en ese entorno cultural, fue un crítico muy cuidadoso del pensamiento de Marx: a la centralidad del trabajo añadió el papel del derecho, la comunicación y la interacción social.

El manifiesto del 15 de marzo de 2026


Jürgen Habermas fue uno de los más grandes pensadores de los siglos XX y XXI. Su obra es inigualable en amplitud y profundidad. A lo largo de su dilatada vida como hombre y erudito (nació en 1929 en Düsseldorf), Habermas abarcó diversos campos del conocimiento (desde la filosofía hasta la sociología, desde la lingüística hasta la teoría política), dejando una huella imborrable en cada uno de ellos. Como todo gran pensador, Habermas era también una persona extraordinariamente accesible y cortés: le encantaba debatir, con afabilidad y encanto, y trataba a cada interlocutor con seriedad y respeto. En resumen, practicaba plenamente esa «ética del discurso» que da título a uno de sus libros más importantes.


Su formación estuvo totalmente influenciada por el marxismo crítico. En 1956, se incorporó al Instituto de Investigación Social de Fráncfort como ayudante, donde fue apreciado por Adorno, pero no tanto por Horkheimer, quien lo consideraba demasiado "extremista". Uno de sus primeros proyectos de estudios sociales versó sobre el tema de "Estudiantes y política".


Habermas comenzó a consolidarse como una figura destacada en el debate en Alemania Occidental con su tesis de habilitación, que se convirtió en un libro de gran influencia, traducido al italiano con el título de Historia y crítica de la opinión pública. En este texto, publicado en Alemania en 1962, Habermas desarrolló una de sus ideas centrales, que posteriormente articularía plenamente en su libro sobre la democracia (titulado Hechos y normas), publicado treinta años después. Habermas se centra en la opinión pública porque, para él, el núcleo de la democracia no reside tanto en sus instituciones formales (partidos y parlamentos) como en el debate que tiene lugar en la esfera pública, la participación ciudadana y el intercambio de argumentos, sin los cuales la democracia fracasa, reducida a propaganda y manipulación.


Las transformaciones de la esfera pública en la era de Internet (a la que recientemente había dedicado un pequeño volumen) sin duda lo inquietaban. Pero Habermas (a pesar de ser discípulo de Horkheimer y Adorno) era reacio a cualquier catastrofismo. Nunca abandonó su fe en la razón discursiva, incluso cuando la dinámica de la historia y la sociedad parecía ponerla en entredicho.


Aunque se formó en el marxismo crítico, Habermas fue también, desde mediados de la década de 1960 hasta su reciente Historia de la Filosofía (cuyos dos primeros volúmenes se han publicado hasta ahora en italiano con Feltrinelli), un crítico muy atento y sutil del pensamiento de Marx. El punto que criticó al filósofo de Tréveris se resume en el título de una de sus famosas conferencias: «Trabajo e interacción». Para Habermas, Marx había intentado comprender la historia y la emancipación humanas centrándose en una única categoría fundamental: el trabajo. Habermas, en cambio, propuso un paradigma dualista. Las sociedades humanas se mantienen unidas, por un lado, por el trabajo y la producción, y por otro, por las interacciones entre individuos reguladas por normas sociales y morales. Esta segunda dimensión de lo social no puede explicarse exhaustivamente a partir de la primera, la del trabajo, sino que posee una lógica autónoma propia que debe reconstruirse como tal.


De ahí la extensa reflexión que Habermas dedicó, en diálogo con su amigo Karl-Otto Apel, mayor que él y fallecido en 2017, al tema de la ética. Su perspectiva, como ya se ha mencionado, es la de una ética del discurso. En pocas palabras, esto significa que el respeto que se debe a todas las personas, que constituye el núcleo de la ética, se fundamenta, en última instancia, en la dimensión del lenguaje. Es en el diálogo, en el intercambio de argumentos y razones, donde se basa la necesidad de tomar en serio a cada interlocutor, que es precisamente el verdadero núcleo de la moral.


Habermas , un intelectual siempre comprometido con el debate público, también se ha visto marcado por polémicas memorables. De joven, comenzó atacando a Heidegger, quien no había expresado una autocrítica clara respecto a su adhesión al nazismo. Como intelectual de izquierdas, también se enfrentó al extremismo del movimiento estudiantil de 1968. En la década de 1980, contra Ernst Nolte, participó en el debate sobre el revisionismo histórico, que equiparaba nazismo y comunismo. Su polémica contra el posmodernismo, recogida en el libro titulado El discurso filosófico de la modernidad, publicado en Italia en 1987, sigue siendo memorable. En él, Habermas, irritado por la tendencia posmodernista, tenía algo para todos: no perdonó a Nietzsche y Foucault e incluso llegó a reprochar a sus maestros (Horkheimer y Adorno) por haber allanado el camino a los posmodernistas con la crítica de la razón que habían desarrollado en La dialéctica de la Ilustración.


Su compromiso más reciente lo había llevado a nuevos horizontes. Con su optimismo basado en la razón, creía firmemente en el potencial de Europa, aun cuando siempre había criticado su deriva tecnocrática. Pero su última gran obra, increíble para un hombre de noventa años, es la monumental Historia de la Filosofía. Habermas recorre toda su historia con una habilidad inquebrantable, desde el pensamiento mítico hasta la era contemporánea. Entre las razones que lo impulsaron a esta gran empresa se encontraba, sobre todo, la idea de que, ante un mundo tan complejo como el nuestro (marcado también por renacimientos religiosos y fundamentalismos), era necesario replantear la relación milenaria entre razón y religión, trascendiendo la antigua Ilustración y buscando demostrar que ambas dimensiones no solo habían chocado, sino que también se habían enriquecido mediante procesos de aprendizaje mutuo. Quizás no sea erróneo afirmar que con Habermas fallece el último de los grandes maestros.

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