Gracias a una relectura audaz de los clásicos, el escritor y filósofo Alejandro Gándara (Santander, 1957) ha obtenido el Premio Eugenio Trías de Ensayo con su libro ‘Los textos robados a la felicidad’ (Galaxia Gutenberg), en el que entrevera la sabiduría, la argumentación exquisita y el vuelo lírico para ahondar en un adagio tan conocido como escasamente practicado: conócete a ti mismo. Y serás feliz, pudiéramos añadir. La escritura de Gándara resulta fresca, contundente, y su conversación fructífera como el almendro e irónicamente refinada.
La felicidad, ¿más que sobrevalorada está distorsionada?
Sí, claro, la gente quiere la felicidad, la quiere para siempre y fuera de la vida, porque la vida tiene dolor, dificultades, pérdidas, duelos… la gente cuando habla de felicidad no se refiere a nada de eso, no lo quiere, y sin embargo la vida también es todo eso. Habría una contradicción entre la felicidad y la vida. La felicidad es la capacidad de poder reunir lo bueno y lo malo en algo con sentido, en algo que nos pueda ayudar a entender por qué estamos aquí.
«La felicidad es la capacidad de poder reunir lo bueno y lo malo en algo con sentido»
La felicidad sería como el amor para Safo, agridulce.
Sí, agridulce. Cuando es agri es muy agria, es una cosa más bien dolorosa, la vida es una herida, más tarde o más temprano es una herida que empieza a sangrar; por otro lado, está también el placer de estar vivo, los placeres que proporciona la existencia. Hay que conjugar esas dos cosas, esa es la auténtica felicidad, no se puede aspirar en la vida a que no te pase nada porque va a pasar: vas a morir, morirán seres queridos, te separarás, perderás lo que tenías, fracasarás, no serás lo que esperaba ser… hay toda una secuencia de dolores que tendremos que afrontar, tanto si se quiere como si no, independiente de la voluntad de la persona. La cuestión es qué hacer con eso y cómo no perder la vida por el dolor sino poder construir sentido, que es lo único que nos permite estar sin angustia y sin miedo.
«La felicidad es aceptar la vida con lo que ofrece y darle a todo eso un sentido». Ítaca, de otra manera. ¿A eso se puede aprender?
A eso se debe aprender, no es que se pueda solamente, hay que aprenderlo desde la infancia. Los griegos mantenían que una educación digamos integral del individuo debería basarse en el aprendizaje del dolor, de los valores de la vida y de la filosofía, si uno ve bien su programa educativo, el esfuerzo, es decir, el dolor, lo procuran los libros, mientras que el placer proviene de la música, los dos grandes capítulos engarzados con otras actividades y familias de conocimiento. Nuestra educación es un adiestramiento para el mercado laboral y, en consecuencia, más que una educación, habría que llamarlo una instrucción. A nosotros nos arrojan a la vida a los veintitantos años, con un desconocimiento casi completo de lo más elemental, por ejemplo nuestro propio cuerpo; en la escuela y en la universidad no nos enseñan nada, a leer libros, a recordar, a resolver problemas que nos son completamente ajenos, no nos enseñan a mirarnos a nosotros mismos, a poder hablar con los demás de las cosas que importan. Cada estudiante es contemplado como un operario pedagógico.
«Nuestra educación es un adiestramiento para el mercado laboral; más que educación, habría que llamarlo instrucción»
«Casi todas las cosas son dos, dos rostros, dos figuras, dos sentidos», leemos en otro momento que «lo uno y lo diverso no son contradictorios» y sin embargo nos manejamos mal, necesitamos de una verdad absoluta, que coincida, por supuesto con la nuestra…
Hemos ido derivando hacia sociedades muy autoritarias, sociedades con proyectos unívocos. En Occidente, el progreso material incesante ha derivado en creador de desigualdades, que no ha beneficiado al planeta, no nos ha dado mejor vida: casi todos los índices de bienestar material e incluso psicológico han mejorado, pero ha aumentado el malestar de todos nosotros, no nos sentimos bien a pesar de tener todo para poder estar bien. Una de las características de nuestra sociedad es que lo tenemos todo, pero no podemos disponer de ello, no podemos disfrutarlo, trabajarlo.
¿Siempre está clara la frontera entre las cosas que nunca llegaremos a saber y, como le sucede a Edipo, aquello que uno no quiere saber?
Son dos cosas distintas, claro, el hecho es que lo que no podemos llegar a saber es algo que deberíamos detectar; hay cosas muy evidentes y otras menos. Es evidente que no sabemos por qué estamos aquí, por ejemplo, y cualquier cosa que lo explique no deja de ser una invención, y la particularidad que tienen estas invenciones es que tratan de imponerse generalmente, es decir, suelen convertirse en doctrina y de doctrina pasan a autoridad, y una autoridad se derrama sobre todos los aspectos de la vida. Eso son las religiones, no el sentimiento religioso, sino las religiones doctrinales institucionales. En los aspectos personales uno tiene que saber dónde pararse, cuando a uno le han echado del trabajo y piensa que puede obtener la verdad del porqué, por ejemplo. A veces sí se obtiene, a veces no. Hay ocasiones en las que jamás sabremos el porqué una pareja nos ha abandonado. Hay que detectar qué cosas no podremos llegar a saber nunca y pararse ante ellas, porque son círculos viciosos; si no hay una respuesta que podamos reconocer como tal es mejor abandonar porque lo otro es volverse loco. Preguntarse toda la vida por qué alguien te abandonó no es más que una forma de locura.
«Una de las características de nuestra sociedad es que lo tenemos todo, pero no podemos disponer de ello»
A Áyax le mata (aunque se suicida) la soberbia de creer que no necesita a los dioses y, por tanto, tampoco a los humanos. ¿Qué aprender de él?
Esto pasa por lo que llamamos «el yo», una hipertrofia que ha sucedido en nuestra cultura, que ha ido avanzando a lo largo de los siglos y que ha permitido a los individuos considerarse predominantemente dotados de una conciencia propia, de una personalidad propia y de derechos propios que solo afectan a su propia persona. En ese sentido ha habido un abandono cabal de las relaciones con la comunidad. Nosotros no formamos una sociedad, o lo hacemos de un modo precario, formamos algo más parecido a en todo caso una empresa, cada ciudad, cada país, son como empresas que funcionan para la mayor eficiencia de aquellos que trabajan, pero no tenemos relaciones de comunidad, no hay espacios públicos, la comunidad existente nos es impuesta sistemáticamente por las nuevas tecnologías, no es una vida que podamos evitar. Desde ese punto de vista estamos en contradicción perpetua entre nuestros deseos y la realidad de la existencia de los otros, todo eso condiciona. Y es necesario saber de uno mismo algunas cosas, por ejemplo, saber que no va a llegar a ser lo que esperaba, que tiene un ideal de sí mismo que es impracticable, no se tiene siempre lo que se quiere. Una educación basada en esos principios hace que se rebaje mucho esa intensidad del yo, que acaba con cualquier oportunidad de relación con los otros. Eso es Áyax, un ego hipertrofiado. Y vivimos en una sociedad en la que eso es lo común, lo vemos a diario, no necesitamos libros para entender eso.
Pienso en que Áyax, quizás quien más se mereciera haber recibido las armas de Aquiles, más que Odiseo, y casi tanto como Diomedes, ha tenido poca justicia poética. Haciendo gala de lo arbitrario de la gloria, el tiempo ha querido que Odiseo (que trató de zafarse de la guerra de Troya, y que era más astuto que valiente), se presentara ante nosotros como el más digno de los héroes clásicos…
El caso de Diomedes no es de este mundo. Pero, en cualquier caso, no se puede esperar justicia de ninguna manera, la justicia es una especie de imaginario, de ideal, de salida, de búsqueda del paraíso y de búsqueda de reconocimiento de uno mismo en un mundo que no te reconoce. Hay que estar adiestrado para que la sociedad y los otros (nosotros) cumplan (cumplamos) con sus (nuestros) criterios, ya que la mayor parte de las veces no se cumplen. Hay justicia en los méritos que cada uno acopia a lo largo de su vida, no creo que haya ninguna retribución por hacer las cosas bien, ni creo que nos vayan a dar lo que merecemos.
«El yo es una hipertrofia que ha sucedido en nuestra cultura»
Hablando de héroes, ¿cuándo conviene convertirse en uno, es decir, «decirle a la vida que sus limitaciones, sus miedos y amenazas no va con ellos»?
Hay que hacerlo en todo momento, tiene que ser constitutivo, el carácter del héroe es el que desafía a la vida, el que no tiene miedo, el que viaja al Hades, el que muere muchas veces antes de morir. Pero no nos convertimos en héroes, lo somos o no lo somos.
Pienso en la enemistad radical entre Dioniso y Hera. ¿Qué nos ofrecen los enemigos? ¿Cuándo un enemigo puede, si es que puede, convertirse en maestro?
Es difícil saberlo porque la adversidad es el único maestro seguro que tenemos en esta vida; en ese aspecto, los enemigos, las dificultades, los obstáculos, los otros son siempre el obstáculo en nuestra sociedad, a pesar de que haya muchas formas de amor y de solidaridad, se convierten en el obstáculo que se interpone entre nosotros y nuestros deseos. Se trata de saber que hay un otro en algún lugar que, a pesar de su animadversión, es la causa del crecimiento personal.
Usted asegura que el perdón es una suerte de justicia, de piedad, que el perdón conviene. Sin embargo, también asegura que olvidar el daño que nos han hecho, aunque se deba perdonar no procede olvidarlo porque sería desleal para con nosotros. Sin ese olvido, ¿el perdón puede ser efectivo?
El olvido es una cosa y el perdón, otra. Si olvidamos, no necesitamos perdonar, lo olvidado no tiene sentir perdonarlo, se perdona sobre la base de un dolor, de una herida que nos han inflingido y que nos produce resentimiento, odio y deseos de venganza. El problema de cuando hemos sufrido una ofensa y no podemos o no queremos perdonarla es tener que vivir con la ofensa, que la ofensa permanece en nosotros, nos amarga la vida y nos convierte en seres frustrados y rencorosos. El perdón es una forma de librarnos de la ofensa, del dolor que produce la ofensa. En el caso de que no se pueda olvidar, en el caso de que la ofensa sea terrible, como le pasa a José en la Biblia, uno debe actuar perdonando, pero no olvidando, no se puede olvidar el hecho de que alguna vez nos hicieron daño, porque lo mismo que se es justo con los demás hay que ser justo con uno mismo, y ser justo con uno mismo es tratar de evitarnos más sufrimiento. Se perdona al otro, pero no se olvida lo que nos han hecho.
«La actualidad es un depresor del sistema inmune permanente»
«Nada como el poder vacía tanto por dentro». Sin embargo, a quien lo ostenta, a quien participa de él parece contaminarle de una ambición insaciable por perpetuarse en sus dominios…
Absolutamente de acuerdo. A veces se pierde el alma, la capacidad de determinarse a uno mismo. El alma es la parte de nosotros que permanece sin nosotros, como decían los griegos, algo que está ahí, digamos nuestra conciencia, nuestra emocionalidad profunda, algo profundo, en cualquier caso, y si uno no es capaz de mirarse en lo profundo de sí mismo en efecto no se puede decir que tenga alma. Hay personas que la han perdido. La sociedad ofrece una diversidad de caminos para que uno se pierda en ellos perdiéndose de sí mismo. La gente que busca la fama, los presentadores de televisión y la farándula en general, se pierde.
La fama, el poder, cualquiera de sus variantes, someten al individuo, a su conciencia y lo subyugan; hay que saber que esas cosas, el poder, la fama, el éxito son, por lo demás, inalcanzables, porque nunca se tiene suficiente dinero, poder o éxito, es un camino enloquecido a la nada, y por el camino se pierden otras cosas, la capacidad de sentir, de estar con los otros, de disfrutar de las cosas pequeñas, de estar a solas con uno mismo. Hay aspectos de la vida en sociedad absolutamente destructores y se descubren demasiado tarde. Al final, la forma en que uno se vacía cuando entrega su vida y su tiempo a estas cosas es destructiva. Se puede ver con el patético espectáculo de los presidentes de España, seres pagados de sí mismos, narcisos ya sin campos de acción, gente triste.
«La bondad es algo que tiene que proyectarse sobre los demás, para que sea de veras bondad»
En una época como la nuestra donde lo único que parece interesar es el rédito, ¿se hace más difícil que nunca escuchar ese daimon, esa voz de la conciencia, que nos guía hacia la rectitud moral?
La bondad siempre es recompensada. Vasili Grossman recordaba aquello de «Que el bien os acompañe», el saludo nacional de Armenia. La bondad produce cosas, produce sencillez, concentración, meditación, y evita enfermar de gloria, de éxitos materiales, la bondad es aceptar lo que uno tiene, procurar que los otros estén bien, la bondad es algo que tiene que proyectarse sobre los demás, para que sea de veras bondad; uno no es bueno digamos en sí mismo, solo, en su casa, uno es bueno entre los otros.
Entre las noticias falsas, el sentimentalismo del discurso, las medias verdades, las ideologías dogmáticas (suponiendo que esto no sea un pleonasmo), ¿hay alguien que quisiera preguntarle algo al pobre Tiresias, ingénito a la verdad? ¿Cómo es posible que la verdad se haya devaluado de este modo al que asistimos?
No hay que leer noticias, la actualidad es un depresor del sistema inmune permanente. Ya lo advertía Jung, que el contacto excesivo con la actualidad es sinónimo de fractura del individuo y de la conciencia. Basta saber lo que nos está pasando para saber que uno debe alejarse, sin más. No alejarse, sino no sumergirse en el fango de la información, llena de persuasiones, sin sentido, sin narración alguna, hay que cortar hilos con los medios de información durante largas temporadas, de lo contrario uno cae en especie de sociopatía mal llevaba en la cual se enfada por cosas que no le competen, busca donde no debe y se alegra por tonterías.
Dicho esto, a Tiresias le preguntaríamos tonterías, por ejemplo, cómo va a quedar España en el Mundial, que en el fondo es lo que le pregunta Odiseo cuando baja al Hades; Tiresias no le contesta porque no le pregunta algo importante sino algo vacío, pero que por preguntar que no quede.
¿Cómo es posible que se haya devaluado tanto la verdad?
Hay dos tipos de verdad, la que construye el camino de la propia vida, que nunca se encuentra, sino que uno va hacia ella y a través del camino va descubriendo el paisaje, como decía Zambrano, mientras nos movemos algo está cambiando. Después tenemos la verdad como rumor, la forma en que funciona en las instituciones de comunicación humana en nuestra sociedad, un rumor detrás de otro, un rumor envolvente, adictivo y muy enloquecedor en último término. La verdad siempre ha estado sustituida por un simulacro de verdad, esa verdad informativa de los hechos que es la que se impone como única. Podríamos decir que la falsedad ha ganado la gran batalla, porque es evidente que la verdad la conoce uno por sí mismo, buscándola a lo largo de la vida; las otras verdades se supone que no son importantes, pero si uno siguiera su propia verdad, sabría lo que es verdadero y lo que es falso, sin necesidad alguna de tener que leer los periódicos.
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