LO GOLPEARON PERO NO DEJO QUE LE ARREBATARAN SU DIGNIDAD

 


Alex Wilson pudo haber corrido cuando la multitud comenzó a golpearlo. En cambio, se agachó, recuperó su sombrero y siguió caminando, como si conservar aquella prenda fuera la última manera de impedir que también le arrebataran la dignidad.

Ocurrió el 23 de septiembre de 1957 frente a la Escuela Secundaria Central de Little Rock, Arkansas. Ese día, nueve estudiantes afroamericanos intentaban ingresar a un colegio que, hasta entonces, había estado reservado exclusivamente para alumnos blancos.
Eran los jóvenes que pasarían a la historia como los Nueve de Little Rock. La Corte Suprema había declarado inconstitucional la segregación escolar, pero el gobernador de Arkansas, Orval Faubus, se resistía a permitir que la decisión se cumpliera. Alrededor de la escuela se concentró una multitud decidida a impedir la integración.
Alex Wilson no era un transeúnte. Era editor y director general del Tri-State Defender, un periódico afroamericano de Memphis. Había cubierto la guerra de Corea como corresponsal y había participado en la investigación periodística del caso de Emmett Till. Aquella mañana llegó a Little Rock para informar sobre otro momento decisivo de la lucha por los derechos civiles.
Lo acompañaban James Hicks, del New York Amsterdam News, y Moses Newson, del Baltimore Afro-American. Los tres representaban a una prensa afroamericana que no siempre era admitida en las conferencias de las autoridades y que debía acercarse directamente a los acontecimientos para contar lo que otros medios ignoraban.
Cuando los periodistas caminaron hacia la escuela, varios hombres les bloquearon el paso. Primero llegaron los insultos y las amenazas. Después comenzó la agresión.
Un hombre golpeó a Wilson en un costado de la cabeza con un ladrillo. Otro lo pateó mientras intentaba mantenerse en pie. La multitud lo persiguió durante aproximadamente una cuadra y continuó atacándolo incluso después de que cayó al suelo.
Wilson medía más de 1,90 metros y había servido en los Marines, pero no respondió a los golpes. Tampoco echó a correr inmediatamente. Avanzó con una serenidad que parecía imposible mientras se inclinaba una y otra vez para recuperar su sombrero.
El fotógrafo Will Counts, del Arkansas Democrat, capturó la secuencia. En una de las imágenes más conocidas, Wilson aparece encorvado mientras un hombre lo patea y sostiene parte de un ladrillo en la mano. Otros observan la escena sin intervenir.
Tiempo después, Wilson le explicó a Counts que aquel sombrero era “la única parte de dignidad” que todavía conservaba. Recogerlo no era un gesto insignificante: mientras intentaban humillarlo frente a las cámaras, él se negaba a permitir que decidieran cómo debía comportarse.
La imagen recorrió Estados Unidos y mostró que la crisis de Little Rock no era solamente una disputa jurídica sobre el acceso a una escuela. Era una demostración pública de hasta dónde estaban dispuestas a llegar algunas personas para conservar la segregación.
Dentro del edificio, los nueve estudiantes lograron permanecer en clase durante unas tres horas. Finalmente tuvieron que ser retirados por su seguridad, mientras la multitud continuaba rodeando la escuela.
Al día siguiente, el presidente Dwight D. Eisenhower ordenó enviar soldados de la 101.ª División Aerotransportada y puso a la Guardia Nacional de Arkansas bajo autoridad federal. El 25 de septiembre, protegidos por militares, los Nueve de Little Rock pudieron asistir a su primera jornada completa de clases.
Décadas después, el documental Eyes on the Prize recuperó el ataque mediante imágenes de archivo y el testimonio de James Hicks. Wilson no pudo contarlo personalmente ante las cámaras: había fallecido en 1960, apenas tres años después de aquella jornada.
La fotografía de Will Counts suele recordarse por la violencia de la multitud. Pero su centro verdadero es el hombre que, incluso mientras era atacado, se negó a convertirse en la figura derrotada que sus agresores querían producir.
Alex Wilson no consiguió impedir los golpes.
Pero al recoger su sombrero y continuar caminando, dejó claro quién había perdido realmente la dignidad aquel día.

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