Socialismo Real y Socialismo del Siglo XXI, o cómo no tropezar con la misma piedra

 



Bruno Gallo

Fotografía Facebook

Caracas, Venezuela, 7 de enero del 2025
Este artículo fue publicado en “Las Verdades de Miguel” en cuatro partes y en sucesivas semanas.
(creo que en el 2007)

El presidente Chávez lanzó la primera piedra, convocó a la construcción del socialismo del siglo XXI.

Algunos de los que comparten su proyecto repiten como psitácidos, otros esperan pacientemente a que él diga, pero pocos se aprestan desde sus filas a dar el debate propuesto y menos desde la fila de quienes no compartimos su visión del mundo. La autoexclusión y el miedo a la divergencia minan la posibilidad de convertir en un debate fértil lo que hasta ahora ha sido una compilación de citas y comentarios, y en el peor de los casos, literatura por encargo.

Quienes hemos militado en esa vasta jungla que ha sido y es la izquierda universal, Saintsimonianos, marxistas y anarquistas, bolche y mencheviques, leninistas y maoístas, trotskistas y estalinistas, quienes no aceptamos que el socialismo murió con la caída del muro de Berlín ni que la historia terminó con el decreto de Francis Fukuyama, tenemos por delante el reto de la construcción colectiva de un pensamiento heredero de lo mejor de la teoría y praxis “socialista”. Yo por mi parte dejo estas preocupaciones como primera aproximación a un debate que no me es, ni quiero que me sea ajeno.


Lo primero que quiero decir es que para que el socialismo lleve el calificativo de tiempo “del siglo veintiuno”, algo debe diferenciarlo de “el socialismo de otros tiempos”, es decir algo debe tener diferente al “socialismo utópico” pre-marxista, al pensamiento decimonónico de Marx, Engels o Bakunin. Pero sobre todo algo debe diferenciar al nuevo socialismo, el de este siglo, de las frustrantes experiencias del “socialismo real” del siglo XX. De tal manera, que en esa dirección apuntan mis palabras.

El papel del individuo en la Historia.

Una primera preocupación tiene que ver con este subtítulo (que me robé descaradamente del título de un trabajo de Plejánov, teórico ruso, maestro de Lenin primero y su opositor después). Y es que creo que en torno a este problema se tejen la mayor cantidad de errores cometidos en el socialismo real. Salvo la “Comuna de París”, todas las demás revoluciones de corte socialista en el mundo han sido marcadas por la presencia de liderazgos carismáticos que poco a poco se han ocupado de liquidar todo otro liderazgo y de mostrar su nombre indesligablemente unido al futuro del movimiento que lideran, no pocas veces el nombre del padrecito Stalin fue santificado y su sola mención en términos despectivos era suficiente para enviarte a Siberia o algo peor. Tal es el caso de la suerte de Trotsky, exiliado, huyendo y finalmente asesinado por tener una visión diferente del socialismo y la revolución. El teórico de la revolución permanente no es el único caso, por la misma razón Stalin se despachó a casi todo el comité central del Partido Comunista. Muchos son los casos de exacerbación del papel del líder y muchas las arbitrariedades cometidas en nombre del socialismo.

Si no fuera trágico, sería pintoresco el caso del militante comunista venezolano, Alí Lameda, que sufrió larga pena de prisión en Corea del Norte por decir que Kim Il Sum era un “pendejo”.

La eliminación de todos los cuerpos intermedios para establecer una relación emocional muy poderosa entre el líder y las bases fue un signo característico del socialismo real, desde la Unión Soviética pasando por China y Vietnam hasta llegar a la revolución cubana, que 50 años después todavía se atormenta en el debate de la sustitución de su líder carismático. Sin mencionar la aberración del socialismo en la que “El Líder” fue sustituido por su hijo y a ambos se le rinden honores de divinidades, los bancos de parque donde se sentó el padre se conservan en cajas de vidrio y se vende tierra pisada por el camarada Kim il Sum.

El socialismo de los nuevos tiempos debe reflexionar seriamente sobre la construcción de un liderazgo colectivo verdaderamente democrático, sin idealizaciones, rotativo, cuyo anquilosamiento en el poder sea inviable, pero sobre todo que no castre, (ni se auto-castren) los liderazgos emergentes.

Para que esto sea posible es necesario acabar con las visiones fuertemente centralizadoras y personalistas. Con la planificación central y todas las especies que permiten a un líder o a un pequeño grupo de expertos el control del poder de decidir nada menos que el futuro. La democracia socialista es una ilusión si el propio liderazgo no es capaz de “horizontalizarse”, renunciar a la perpetuidad y generar una estructura de toma de decisiones, no sólo democrática y participativa, sino además con suficientes cuerpos intermedios que descentralicen el poder y preparen la dirección de relevo, al tiempo que hacen equilibrio y evitan el surgimiento del absolutismo.

Estado: ¿abolición o extinción?
Una vieja polémica entre Marx y Bakunin plantea una disyuntiva sobre, ¿qué hacer con el Estado?

Ambos estaban de acuerdo con la necesidad de acabar con él, la diferencia se planteaba en la velocidad con la que debía ser sustituida por una “unión de comunas libremente federadas”, que al triunfar la Revolución Rusa se convirtieron en los famosos Soviet o Consejos. El hecho es que los revolucionarios de la I Internacional entendían al Estado como un mal, que en nombre de la libertad, debía ser liquidado. Para los anarquistas debía “abolirse” de inmediato.

Para los marxistas, era necesario un periodo en el que la nueva organización social lo hiciera innecesario y para que luego se “extinguiera” o “marchitara”. Sin rasgarme las vestiduras por dogma alguno es obvio que las tendencias mayoritarias en la I Internacional sólo discrepaban en los tiempos no en la concepción teórica que consideraba al Estado como oprobioso y un límite a la libertad de los seres humanos. Dos hechos marcan la suerte de la visión que sobre el Estado tienen los movimientos revolucionarios a partir de ese momento. El primero la derrota de la Comuna de París, el segundo el triunfo de la Revolución Rusa.

La derrota de la Comuna de París, produce lo que a mi parecer es la peor herencia del Pensamiento de Carlos Marx: La noción de Dictadura del Proletariado. En el análisis de Marx la derrota es el resultado de la laxitud de la disciplina de los revolucionarios y la inexistencia de un “aparato fuerte” que enfrentara a los guardianes del viejo orden, por lo que Marx consideró la posibilidad de un período en el que el Estado, bajo control de los revolucionarios, se fortaleciera para protegerse de los resabios de la “vieja sociedad” y sus defensores. Se aplazaba así la construcción del Reino de la Libertad. Lo que Marx no pensó fue que, tal como lo advirtió Miguel Bakunin, la dictadura del proletariado terminaría siendo dictadura sobre el proletariado en las experiencias del socialismo real.

El triunfo de la Revolución Rusa terminó de marcar la visión del Estado del movimiento revolucionario internacional. La Rusia zarista era el país más grande de la tierra, habitada por centenares de culturas, dialectos e idiosincrasias. Con una larga tradición autoritaria en sus estructuras políticas, una historia en la que la unificación de esa gran nación estaba ligada en el imaginario colectivo al puño fuerte de algún Zar manchado con sangre hasta los bigotes. Lo grave es que siendo la Gran Revolución de Octubre la primera victoriosa en la historia que pudo mantenerse en el poder más que los escasos dos meses que en 1871 se mantuvo la Comuna de París, marcó el camino, el del autoritarismo y del fortalecimiento de un Estado represivo que se convierte en un fin en sí mismo y no en el medio que pensó Marx. La Revolución Rusa al triunfar derrotó toda otra visión de la revolución. Rosa Luxemburgo, Antón Pannekoek, los consesjitas, los autonomistas, los anarquistas… todos derrotados al mismo tiempo que el Zar en 1917.

Si el del siglo XXI pretende ser un socialismo democrático y participativo debe considerar seriamente este problema, volviendo al debate clásico entre Marx y Bakunin y repensando el papel del Estado. Si el fin es el reino de la Libertad entonces no puede fortalecerse un aparato que atente contra su existencia. Desmembrar el Ogro Filantrópico tanto como sea posible, acercar la toma de decisiones a las comunidades sin la mediación, ni la manipulación de un comisariato del Estado o del partido, es debilitar al Estado entregando todo su poder a la gente, he allí un reto de la democracia participativa. No se puede marchar hacia la libertad robusteciendo y dando más y más poder al carcelero.
En el número anterior iniciamos el debate de algunos temas candentes relacionados con la construcción del socialismo ¿del siglo XXI?, teniendo el socialismo real como referente para dialogar. Nos ocupamos a continuación de otro tema, que se ha convertido en eje de una rica polémica en el seno de la izquierda de todos los tiempos y todas las latitudes: el concepto de democracia.

Socialismo y democracia.

Las experiencias del socialismo real sustituyeron la democracia representativa por “otra cosa” a la que luego le entraremos. El sufragio universal, directo y secreto, signo característico de la “democracia burguesa”, frecuentemente fuente de prácticas fraudulentas que favorecen a los poderosos, a quienes tienen las maquinarias de publicidad “enajenantes y alienantes”, le da paso a las prácticas asambleístas donde se impone lo que algunos han dado en llamar la democracia tumultuaria y lo que Tocqueville denominó la tiranía moral de la mayoría, que en mi opinión, con el devenir del tiempo castró la conformación de una nueva mayoría con expresiones explicitas y eso explica que la mayoría silente de los ciudadanos de las repúblicas del socialismo real no expresara su postura hasta que el cascarón vacío de los partidos comunistas implotó.

El socialismo de estos tiempos debe implicar el más profundo debate democrático, la posibilidad cierta del disenso, el respeto irrestricto de la diversidad de opiniones. La democracia burguesa, efectivamente debe ser superada por la vía de hacer posible la participación plural, el fértil debate y las decisiones desde abajo. Si esto es así, toda aspiración de unanimidad es inviable y absurda. Claro que la unidad del movimiento popular es deseable, pero no al precio de la uniformidad. Un socialismo que se considere verdaderamente del siglo XXI, de los tiempos por venir, que quiera romper con el pasado de vergüenza que significó el socialismo de corte soviético, sólo puede concebir la unanimidad como una enfermedad vergonzante y aprender a vivir en medio de la más profunda y permanente búsqueda de consensos que faciliten la acción en medio de la heterogeneidad. Toda unanimidad prolongada es síntoma de autoritarismo e imposición, aunque no sea necesariamente por la fuerza, parafraseando a Bolívar diría: huid del país donde todos están siempre de acuerdo. Un “Poder Popular” surgido de una visión negadora de la diversidad, con aspiraciones de uniformidad no puede sino recordarme las experiencias históricas nefastas en las que todos vestidos con camisas negras, pardas, rojas o de cuello mao construyen una enorme cerco para la libertad. Por el contrario, un “Poder Popular” que se funda en los enormes “poderes creadores del pueblo” no puede ser sino diverso, respetuoso de las diferencias, siempre con disyuntivas frente a sí y múltiples caminos para la búsqueda del futuro.

Contestatario y libre, nunca sumiso y obediente. La democracia socialista debe ser cimarrona y rebelde como la tradición de la izquierda fuera del poder. NO se pueden repetir las experiencias de movimientos rebeldes en la oposición y sumisos en el poder.

Volviendo sobre el tema de la experiencia democrática en el socialismo real, sobre todo aquellas con liderazgos muy carismáticos, una suerte de desconfianza en la capacidad de decidir de la gente convirtió el dedo del “líder” en el gran elector. El sufragio universal no es santo de mi devoción, pero la historia ha demostrado que es mejor que el “dedazo del jefe”. El socialismo de estos tiempos debe considerar la posibilidad de que el pueblo se equivoque, pero aún a eso tiene derecho.

Confiar en la gente y su capacidad de darse el mejor gobierno supone no restringir en ningún caso su capacidad de elegir, muy por el contrario, debe ampliarse. La desconfianza en la capacidad de la gente es el signo característico de los autoritarismos que suponen la necesidad del “gendarme necesario”, del mesías iluminado que oriente los procesos, centralice el poder y con mano dura nos conduzca por el buen camino. Esa visión supone a la gente como eterno menor de edad y al “líder” como pater familiae.

La culpa de cuanto fracasa nunca es del “jefe”, sino de algún colaborador “corrupto e irresponsable” siempre dispensable, provisional y desechable.

Con poca autonomía y ningún mérito cuando acierta. Así Stalin era el responsable de las victorias sobre los nazis y algún general pagaba las derrotas.

Así pues, sustituir la democracia burguesa supone aumentar la beligerancia popular, reconocer en la realidad el poder originario que pertenece a la gente, crear espacios de decisión y debate que superen la racionalidad burocrática y trasciendan el pragmatismo del “proyecto” para resolver los problemas inmediatos y ejercer el populismo de nuevo cuño.

La democracia socialista supone el ejercicio del debate en lo trascendental, en la construcción de un proyecto de país que sea síntesis de la diversidad y no expresión de la amputación de una parte de la nación. En una democracia así, el disenso no es traición, sino la esencia misma de la participación y el protagonismo popular.

La revolución y el socialismo o la espera del paraíso perdido.


Sin ánimo sacrílego pienso que una visión mística de la izquierda que tiene como referente las grandes revoluciones socialistas del siglo XX, sigue pululando en las cabezas de algunos revolucionarios del siglo XXI, sin percatarse de cuánto le adeudan a lo peorcito de la tradición judeo-cristiana. Aquí el paraíso perdido, la tierra prometida es sustituida más o menos indiferentemente por la noción de revolución o socialismo (con o sin apellido) convirtiéndolas en una promesa, casi un lugar al que hay que llegar y que una vez que allí estemos “ya verán lo felices que seremos”. El camino a la tierra prometida está lleno de sacrificios, pequeños y grandes, en el altar de la construcción de un futuro mejor.

Por supuesto, en una visión como ésta alguien nos guía por el camino correcto, alguien tiene el cayado de Moisés. Hay un compendio de ideas con pretensiones de verdad absoluta y ciertamente la verdad revelada no es patrimonio de todos, sino del pueblo “elegido por Dios” y en aras de ella “la palabra” no es para discutirla, sino para obedecerla. Los libros sagrados son para citar, “Marx dijo”, por ejemplo. Los hechos de las revoluciones pasadas son para imitar.

Las revoluciones del siglo XX y el socialismo real con mucha frecuencia aplazaron lo justo por el paredón, lo importante por lo urgente, lo democrático por lo necesario. Todo para llegar a la tierra prometida ese lugar mítico, esa promesa reiteradamente aplazada.

La revolución deja de ser una forma de reinventar la realidad, un proceso dinámico y humano para convertirse en un espacio estático al que se llega portándose bien y siguiendo las instrucciones de los sacerdotes que conocen el camino, la verdad. De tal manera que quienes no coinciden con la verdad y no quieren la tierra prometida, dejan de ser disidentes para convertirse en pecadores, en equivocados. Pecadores al servicio del demonio llámese ejercito blanco, imperialismo, CIA o como usted desee. Equivocados a los que hay que convencer y catequizar (o reeducar, si se prefiere el vocablo de la revolución cultural China) De tal manera que lo primero que se sacrifica en el altar que ya mencionamos, es nada menos que la tolerancia.

Sostengo que el origen de la más profunda intolerancia es de carácter religioso y más específicamente monoteísta. ¿Se puede concebir una idea más intolerante que suponer que el único Dios que existe, el único verdadero es el mío y que todos los demás sean falsos? Bien, la noción de revolución como promesa en los discursos del socialismo real, entraña la misma intolerancia en el momento mismo que supone ese lugar al que hay que llegar dotado de unas cualidades rígidas, y que para llegar allí necesitamos una especie de elegido que puede llamarse pueblo de Dios, militante del partido u “hombre nuevo” por igual. La sola idea de “un modelo de sociedad” y “un modelo de hombre” supone una suerte de visión sectaria y fanática de la realidad. No pocos de los crímenes del socialismo real están enraizados en esta visión. No pocos de los discursos del socialismo real parecen más religiosos que políticos. Algunos de sus más connotados liderazgos portan hoy la aureola del apóstol y se les recuerda como mártires con más cualidades míticas que humanas. La construcción del socialismo no puede amarrarse a lo que Marx dijo o a lo que Lenin hizo. Es menester desacralizar las fuentes, convertirlas en referencia y no en camisa de fuerza.

Creo que el socialismo del siglo XXI tiene como tarea desterrar de su seno la rigidez del pensamiento religioso, humanizar el socialismo sin suponer pecado las trasgresiones a la palabra, o al manual de instrucciones. Reinventar el socialismo como proceso profundamente humano y en construcción permanente, le garantizaría al del siglo XXI una mejor suerte que a los del siglo pasado. Una vez más la palabra clave es DIVERSIDAD.

En los números 173 y 176 aparecieron la primera y segunda parte de este artículo por entregas, que desea dar cuenta de los debates fundamentales que tienen planteado todos los que creen que, a pesar de los errores del socialismo real, vale la pena debatir sobre su construcción desde la perspectiva de quien no desea repetirlos. Hoy en esta tercera parte nos ocuparemos de una relación que en las experiencias del socialismo real se convirtió en fuente de grandes arbitrariedades por parte de los dirigentes del proceso y de indefensión para los ciudadanos. La relación Partido – Gobierno – Estado.

El partido leninista.

El partido para Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) era una estructura robusta y ágil con un frente legal y uno clandestino capaz de combinar todas las formas de lucha en la dinámica de conquista del poder. Ello implicaba, por supuesto, una férrea disciplina en la actividad clandestina para evadir las persecuciones y seguimientos de la policía zarista que no era precisamente generosa. Además, no se trataba de una estructura de masas sino de lo que se llamó un partido de cuadros, es decir, una vanguardia esclarecida de gente formada para el ejercicio revolucionario, para dirigir las organizaciones y luchas de las masas poniéndolas a tono con el discurso y objetivos de los bolcheviques. Así, en 1905 una polémica entre Lenin y Trotsky, sobre los Soviet (consejos) devela que Lenin los concebía como una estructura de masas dirigida por el partido, mientras Trotsky los entendía como organizaciones autónomas de campesinos, obreros, estudiantes etc.

En su estructura interna el partido leninista es rígido y fundamenta su acción en tres principios fundamentales del “centralismo democrático”:

1. Los organismos de dirección del partido imparten directrices que se deben seguir incondicionalmente por los organismos de inferior jerarquía y por las bases.

2. Las decisiones se toman por mayoría y la minoría acata y respeta tales decisiones y trabaja en ellas independientemente de su desacuerdo.

3. Las decisiones se toman democráticamente, de abajo hacia arriba, en una especie de estructura piramidal.



Quienes militamos alguna vez en partidos de corte leninista sabemos perfectamente que el primer principio se impone a los demás y que la dinámica interna definitivamente reduce los espacios democráticos para la toma de decisiones y exacerba el centralismo.


Absolutismo de partido único: Partido, Gobierno, Estado.

En esta visión del partido no se entiende la existencia de más de una organización de revolucionarios, de esa manera en las experiencias del socialismo real se vivieron traumáticos procesos de anulación de toda otra forma de organización partidaria, incluso de aquellas que respaldaban el proceso revolucionario. Así los bolcheviques destruyeron a los mencheviques en Rusia. El movimiento 26 de julio que dirigió la Revolución Cubana, el Partido Socialista Popular y el Directorio 13 de Marzo se integraron en 1962 para formar el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba.

Como vemos las experiencias del socialismo real tienen la organización partidista como organismo de dirección, pero además ÚNICO e incontestable, la historia destaca la desaparición paulatina de toda forma de organización política partidista que enfrente al partido, en singular.

A esa organización con fuerte vocación absolutista y autoritaria le correspondió en las experiencias del socialismo real la dirección de la sociedad en su conjunto, el partido se convierte así en una presencia omnímoda que coopta las organizaciones sociales desde las más sencillas de vecinos, músicos o profesionales hasta los más complejos organismos del Estado. El partido, en las experiencias del socialismo real bien pudo decir, citando a Luís XIV: El ESTADO SOY YO.

El partido amalgama todo, confunde así las organizaciones de la gente, con las gubernamentales o las del Estado. La división de poderes concebida por el pensamiento ilustrado y las revoluciones burguesas de los siglos XVII y XVIII desaparece para dar paso a esta suerte de nuevo absolutismo… el del partido.

Una ideología superior insufla el proceso revolucionario, por lo tanto para que todo marche bien, todo tiene que ser controlado por militantes. Los jueces tienen que ser revolucionarios y los tribunales puestos al servicio de la revolución.

Los legisladores por supuesto deben legislar para la revolución, no hay tal revolución sin leyes que la empujen. Los órganos del estado que deben velar por la transparencia de los procesos comiciales también deben ser revolucionarios.

Y así la revolución, ese paraíso perdido del que hablamos en el artículo anterior, lo justifica todo incluso esta suerte de homogeneidad absolutista que no admite ninguna forma de diversidad y heterogeneidad democrática.

Por supuesto que en las experiencias del socialismo real y en el pensamiento de quienes se quedaron enganchados en la validez de tal visión del socialismo, los bienes de la nación, del gobierno y los del partido también pueden perfectamente meterse en un mismo bolsillo y disponer de ellos con discrecionalidad revolucionaria.

Por otra parte, las experiencias del socialismo real demuestran lo fácil que fue para los partidos verticales que dirigieron sus revoluciones, pervertirse no sólo en los excesos del poder político sino también como se convirtieron en organizaciones con gran capacidad de acumulación de riquezas por el camino corto de la corrupción.

Los contrapesos en el ejercicio del poder, en las experiencias del socialismo real se relajan hasta convertirse en ilusión, todo apunta en la misma dirección. Los clásicos poderes ejecutivo, legislativo y judicial no sólo no se controlan y limitan entre ellos, sino que coordinan con precisión de relojero sus discursos, sus posturas y sus acciones. Todo dirigido desde ese órgano inmanente y amalgamante que es el Partido.

Pensamiento ilustrado Vs. Revolución.

Ciertamente detrás de semejante discurso se plantan con todas sus fuerzas “los intereses superiores del pueblo”, esa suerte de nuevo maquiavelismo, en el que “el fin justifica los medios” y toda esa acumulación de poder no es más que la forma más expedita de alcanzar “el reino de la felicidad”. La verdad es que no puedo ver por ninguna parte, ni en la historia ni en mi cabeza, como es que la libertad se conquista delegándola en este nuevo Luís XIV que es el partido revolucionario.

La división de poderes es parte del discurso ilustrado de la burguesía… SI, y la historia de las “revoluciones burguesas” demuestra a todas luces que aún cuando significaron la superación de las monarquías absolutistas no superaron la explotación. El discurso de la separación de poderes puede ser tildado de “burgués” sin temor a cometer ningún error, pero en la práctica con sus contrapesos ha evitado las arbitrariedades del poder que en el socialismo real florecieron al amparo de su desaparición y de la justificación (que también usaron los nazis) de los fines superiores.

Lo que no puede construirse es la idea de que la superación de la explotación suponga el retorno al absolutismo, ahora, del partido.
El socialismo de estos tiempos debe pensar de manera holística en superar la explotación y aumentar la libertad a un tiempo y no suponer que ambos objetivos son contradictorios entre sí. Las tensiones de la sociedad contemporánea marchan parejas en ambos sentidos, más justicia social, más libertad, en definitiva, más participación popular en la generación – disfrute de la riqueza, más participación en los procesos de toma de decisiones y más autonomía y diversidad de pensamiento en las organizaciones de la gente. Para mí, por allí van los tiros de eso que se ha dado en llamar democracia socialista o democracia participativa.

Por último y para terminar, los partidos de las revoluciones del socialismo real llevaron a tal extremo el centralismo (no muy democrático) que terminaron por ceder todo el poder, no a los soviet, no al pueblo sino a un hombre. En consecuencia el partido terminó haciendo la voluntad de Stalin, Mao, Pol Pot o Fidel. Una visión nueva del socialismo no puede tropezar de nuevo con este vergonzoso SOCIALISMO ABSOLUTISTA.

Para terminar esta serie de artículos queremos acercarnos al tema de las relaciones internacionales del socialismo real y ensayar un epilogo.

La guerra como salida del aislamiento.

La Rusia Zarista no era precisamente un país con fluidas relaciones con occidente. El triunfo de la Revolución de Octubre se produce en plena Primera Guerra Mundial, de tal manera que la complejidad del panorama internacional no podía ser mayor. La guerra de nuevo, como en tiempos de Napoleón, era el vínculo con el resto del mundo. Luego, al finalizar la guerra no pocas potencias capitalistas europeas vieron en la Rusia Revolucionaria un peligro inminente. Algunas incluso apoyaron al vencido ejército blanco en una cruda campaña para la retoma del poder. El ejército rojo con Trotsky a la cabeza, finalmente lo derrotó.

Comienza así una espiral de fortalecimiento del ejército rojo que, en principio, es un simple ejercicio de autodefensa y supervivencia y termina con una carrera armamentista que habrá de desnaturalizar el socialismo. Otra vez los medios (tener una fuerza armada capaz de defender la revolución de las grandes potencias capitalistas en tiempos de guerras y confrontaciones) se convierten en un fin en sí mismos y el Estado Soviético se transforma, entre las dos guerras, en un gran aparato para hacer crecer la capacidad bélica. Es comprensible que frente a la maquinaria de guerra nazi, toda Europa se preparara contra posibles agresiones. El pacto Molotov-Riventrop nos muestra claramente que en el momento del inicio de la guerra los soviéticos no se encontraban preparados para ella y que el breve lapso de paz que el pacto produjo fue rigurosamente aprovechado para modernizar su aparato militar.

De la Guerra Fría a la Guerra de las Galaxias.

El duro aprendizaje de las implicaciones de una guerra para la que no se está al nivel del enemigo los llevó a los soviéticos al extremo de priorizar el aparato militar por encima de casi cualquier otro elemento del Estado. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial y siguiendo las directrices del pacto de Yalta, el mundo queda dividido en áreas de influencias, una soviética y “socialista”, otra occidental y capitalista. La defensa de sus respectivas áreas de influencia se convierte en un juego en el que espionaje, homicidios, golpes de estado, financiamiento de insurgencias, carrera armamentista, carrera espacial, carrera atómica, desarrollo de nuevas y sofisticadas tecnologías bélicas… convierten al mundo en un inmenso tablero de ajedrez donde se juega a la guerra fría durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX.

El gobierno de Ronald Reagan lleva las cosas hasta el extremo de investigar el uso del cosmos para desde allí diseñar un escudo contra los armas misiles del enemigo… los soviéticos, una y otra vez caen en las “carreras” que les propone el mundo capitalista (Estados Unidos) y terminan por destinar más recursos al mantenimiento de las áreas de influencias que a la alimentación y bienestar de la población. Se produce entonces la paradoja que denuncia Alexander Solzjenitsin: un país que podía mandar hombres a la luna, pero no podía dar pan con mantequilla a sus ciudadanos.

Financiar la guerra, financiar el mantenimiento de gobiernos amigos, financiar la carrera armamentista, la guerra fría, un enorme aparato de espionaje e inteligencia… terminó por (tal como advirtió Reagan que sucedería) romper la columna vertebral de la economía soviética.

Por otra parte, y con el ejército hipertrofiado que lograron construir, mantuvieron una férrea relación de dominación de las naciones bajo su influencia. La autodeterminación de los pueblos de Lenin, quedó hecha pedazos bajo la bota de los soldados que invadieron Hungría y Checoslovaquia, primero, Polonia y Afganistán después. Las relaciones con los aliados no fueron de amistad e igualdad, sino de subordinación y obediencia. Así Cuba cuya revolución inspiró varias generaciones de jóvenes libertarios terminó siendo una pieza en el Caribe de un estratega Ruso que movía los misiles de la crisis cubana del año 1962, según las necesidades geopolíticas de la negociación con los Estados Unidos.

Resulta ilusorio pensar que la constitución de bloques, en el mejor estilo de la guerra fría pueda tener un resultado distinto al que ya tuvo: hambre para los pueblos, negocio para la industria bélica y, al final, la destrucción de las economías más débiles sacrificadas en el altar de la vieja manera de hacer las cosas.

Una nueva relación entre naciones que crean viable el socialismo se impone en los albores del siglo XXI, una relación libre, respetuosa de las diferencias y los criterios; naciones que articulen sus potencialidades y las pongan al servicio del bienestar de sus pueblos; que no desangre a un pueblo para mantener la subordinación política de otro; que no humille al otro a cambio de “solidaridad internacional”. El socialismo del siglo XXI, supone entonces, al igual que en muchos otros ámbitos, una nueva racionalidad para enfrentar las relaciones internacionales con aliados e incluso con aquellas naciones con intereses contrapuestos.

A manera de epílogo.
Los que en Venezuela andan en la onda de la construcción del socialismo del siglo XXI, podrían dividirse, por lo menos, en dos grandes grupos. El primero está formado por gente que desde temprana edad se sintió animada por las ideas socialistas que históricamente representó la “izquierda”, ese vasto archipiélago de ideas cuya coincidencia básica giraba y gira en torno a los conceptos de justicia y libertad, con expresiones muy diversas en tendencias y partidos. El otro gran bloque es el de lo que podríamos llamar los sarampionosos, es decir los que desde el poder y en edad madura han descubierto las bondades del socialismo (o del poder, eso nunca lo sabremos).
En el primer bloque hay quienes vivieron la evolución histórica del debate teórico de los principales pensadores de lo que genéricamente convenimos en llamar la izquierda y también conocen la evolución histórica del socialismo real. Entre estos hay quienes aprendieron de los errores cometidos y quienes están dispuestos a intentar los mismos perversos caminos.

Los del segundo bloque creen que descubren el agua tibia con cada lectura vetusta, con cada noción desconocida, con cada discurso trasnochado.

Para los que, aún viniendo de la tradición de izquierda (quita el y” le resta fuerza además léelo así y verás que se entiende mejor la idea) no aprendieron la lección, y para los recién llegados que descubren hoy los caminos que otros transitamos desde hace años, con nobles o mezquinas intenciones, quiero informar:
Que el muro de Berlín se desplomó; que la Unión Soviética fue una farsa que costó la vida a millones de verdaderos revolucionarios; que la revolución cultural China, hoy se sabe, produjo más muertos que el holocausto; que Pol Pot era un asesino cruel disfrazado de revolucionario; que la revolución en Corea del Norte se parece más a un viejo despotismo Oriental, y en nada a la sociedad que Marx pudo haber imaginado; que Cuba es una experiencia que tiene 48 años y el liderazgo de un anciano venerable que pudo ser un héroe y escogió perpetuarse en el poder. Que, en definitiva, no se puede llegar a la Libertad siguiendo el mismo camino ya recorrido por un socialismo que sólo construyó oprobio.

También quiero informarles que desde el seno de la propia izquierda muchas voces se alzaron para denunciar las injusticias, que los derrotados por Lenin pudieron tener razón pero sus ideas aún esperan por una experiencia que las ponga en práctica, que las ideas libertarias del anarquismo podrían ser un antídoto contra la burocratización, que sería bueno revisar los debates del Mayo Francés, que pudiéramos leer el Viejo Topo, los textos de la teoría crítica. Que las extemporaneidades se pagan, que cuando tenía quince años yo también quise ser como el Ché, pero treinta años después probablemente ni siquiera el Ché quisiera ser como el Ché.

Que lo revolucionario hoy es el respeto a la diversidad, la lucha contra la explotación sin recortar la libertad, el liderazgo colectivo y no la obediencia a un hombre; que para que el hombre sea libre el Estado debe ser más pequeño y el hombre debe tener más poder; que sin libertad y democracia no hay socialismo sino un remedo lamentable que termina siendo oprobioso; que el sufragio universal es imperfecto, pero peor es el dedo del líder o la democracia tumultuaria; que la noción de revolución no puede ser un concepto dogmático y religioso que no admite divergencias y debates; que el partido revolucionario no puede y no debe ser único y absolutista, sino escenario para la expresión de todas las posturas; que la división de poderes resultó más democrática que esa amalgama Partido-Gobierno-Estado que gobernó el socialismo real; que la relación con los demás países, desde las posturas del socialismo, debe ser de respeto y no aspirar a la obediencia y a la subordinación.

El Socialismo Real es una lección de cómo no deben hacerse las cosas, la construcción de un nuevo tipo de socialismo debe alimentarse de la capacidad de indignarse ante la injusticia, remarcar la opción con los humildes y diferenciarse reivindicando la libertad y el respeto a la diversidad.



Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa

Locura y figura hasta la sepultura

 Vilma Fuentes - Sunday, 16 Feb 2025 

La exposición en el Museo del Louvre 'Figures du fou. 
Du Moyen Age aux Romantiques (Figuras del loco. 
De la Edad Media a los Románticos)' provoca esta 
reflexión sobre la historia de la locura, sus 
razones ‒y sinrazones‒ de figurar en la cultura, 
la religión, la política y la filosofía.

 

Causa de atracción y de rechazo, hechizadoras y repulsivas, las expresiones de la locura han cuestionado la razón a través de los siglos. Una fascinante exposición titulada Figures du fou. Du Moyen Age aux Romantiques (Figuras del loco. De la Edad Media a los Románticos) abre las puertas, en el Museo del Louvre, al universo de la sinrazón, a través de una iconografía inolvidable, pues imprime su huella en la memoria de quienes se detienen frente a sus terribles imágenes, sueños o pesadillas, visiones de la locura y de la razón.

“Este viejo a cuatro patas, cabalgado por una mujer, es Aristóteles, caído bajo el yugo de Phillis. El filósofo, preceptor de Alejandro Magno, había visto a su alumno acaparado por esta bella mujer. Así, lo conminó a alejarse de ella y no ceder sino a uno de sus sentidos, el del deber. En venganza, Phillis atizó el deseo de Aristóteles: se exhibió desnuda frente a él y le aseguró que podría poseerla si aceptaba servirle de montura, cosa que hizo. La joven llamó, entonces, la atención de Alejandro, quien los vio y se burló de su tutor: como él, el filósofo había perdido la razón a causa de Eros.” El tema, proveniente de una trova cortés del siglo XIII, inspiró múltiples objetos adaptados a las llamas de la pasión.

Pero el amor no era sino una locura entre otras, siendo la más grave, durante siglos, renegar de Dios. “El insensato dice en su corazón: no hay Dios”, comienza el salmo 52 del Antiguo Testamento. Si el loco es una criatura sin Dios, es también, paradoja de la sociedad medieval, un santo que puede, a través de su locura, alcanzar
lo divino.

En el universo de la Edad Media, profundamente religioso, la figura del loco es la encarnación de quienes rechazan a Dios. Si algunos pasajes de la Biblia condenan la locura, puede al contrario ser exaltada, en otras páginas, como un acercamiento a Dios, y el loco considerado como un santo.

En el siglo XIII, el loco se encuentra ligado al amor de manera inextricable, a su medida o desmedida, en el plano espiritual como en el terrestre. El tema de la locura del amor reina en las novelas de caballería. Jóvenes y viejos sufren la locura del amor. Asimismo, se muestra con humor el poder de las mujeres sobre los hombres, invirtiendo así el orden habitual. Humor y sátira se apoderan del tema del amor. La presencia del loco basta para simbolizar la lujuria que se despliega por todas partes, casas públicas, baños o tabernas. A veces actor, en otras ocasiones comentador de la locura, el loco alerta a quienes se dejan ir al libertinaje.

La pasión amorosa es una locura que despoja al hombre de su razón. Las grandes obras del Medievo la relatan mediante los episodios de demencia que atraviesan héroes como Lancelot o Tristán.



En el Renacimiento, la locura surge como una nueva encarnación del mal. En esta época aparece la stultifera navis, que determina la existencia errante de los locos. Sebastien Brandt publica en 1494 La nave de los locos (con grabados de Durero), el libro más leído en el siglo XVI después de la Biblia.

A partir de Erasmo de Rotterdam y del humanismo, movimiento que tiene como precursores a Dante, a Petrarca y a Boccaccio, la locura pasa a ser parte directa de la razón y una denuncia de la crítica. Es la locura la que ahora analiza y juzga a la razón. Los papeles se invierten y dejan ver que una no podría sobrevivir sin la otra, pues ambas son una misma cosa que se desdobla para revalidar su presencia necesaria en el mundo.

A partir del siglo XVII, se pretende dominar la locura con el encierro, en el llamado “hospital de los locos”, donde la razón triunfa mediante la violencia.

Hasta finales del siglo XIX, se designó como locura un determinado comportamiento que rechazaba las normas sociales establecidas. Lo que se interpretó por éstas como desarreglo mental fue la desviación de la norma (del latín vulgar delirare, delira ire, que significaba originalmente en la agricultura “desviado del surco recto”), por culpa de un desequilibrio mental, a causa del cual un hombre o una mujer padecía delirios enfermizos, identificados por la realización de actos extraños y destructivos.

Las representaciones de la locura abundan en el arte y la literatura. En la gráfica se observan expresiones faciales distorsionadas, actos absurdos, representación de alucinaciones, como puede verse en telas de Goya o Hogarth. En la literatura, se han dado obras maestras como Elogio de la locura de Erasmo o El Quijote de Cervantes. Más cercanos cronológicamente: Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire o Raymond Queneau. En Pedro Páramo, Juan Rulfo nos presenta una Susana Sanjuan sumida en sus sueños amorosos, inalcanzable, la razón extraviada en otros mundos.



Las figuras del loco varían, la locura también. Hoy está loco quien no lo estará mañana y no lo fue ayer. En tiempos remotos, la locura era venerada y su palabra profética. Hoy se recurre a la química para matar fantasmas y fantasías. Vale acaso la vida escuchar la voz de la locura y aprender a ver más allá.


https://semanal.jornada.com.mx/2025/02/16/locura-y-figura-hasta-la-sepultura-9791.html

 

"Contra la religión" el libro maldito y postergado de Mark Twain

 


Autor de numerosos artículos antirreligiosos, pero sobre todo, crítico mordaz de la justificación de la violencia mediante las trampas de la fe, Mark Twain no perdió el humor cuando en paralelo a la escritura de su autobiografía, comenzó a escribir estos textos que en su mayoría quedarían inéditos hasta 1963. El volumen Contra la religión se resignifica en el prisma del mundo contemporáneo, de guerras religiosas y formas extremas de la irracionalidad en curso.

Está bien que la religión es el opio de los pueblos, tal como parece indicar el dictum marxista, pero a veces se olvida que, engaño o no, es un sistema de interpretación de la realidad y, por lo tanto, un modo de accionar político, una forma de organizarse. El siglo XIX pareció haber ejercido todo tipo de críticas a cualquier idea en torno a lo divino un poco en esta línea: herederos, cada uno, del Spinoza del Tratado teológico-político, los pensadores de la sospecha, el ya citado Marx, Nietzsche y Freud le encontraron los pies de barro al dios del monoteísmo, no sin por eso dejar de admirar, celosamente, en algunos casos, las ventajas y ganancias producidas por más de un sistema religioso.

https://www.pagina12.com.ar/803456-contra-la-religion-el-libro-maldito-y-postergado-de-mark-twa





“Contra la religión”, el libro blasfemo de Mark Twain


"Esta semana, Ezra Alcázar, periodista y escritor, nos lleva a una peculiar obra de Mark Twain, escritor estadounidense y autor de Contra la religión, cuya creación tuvo lugar cuando se dispuso a hacer su autobiografía y dio pie a la reflexionar sobre la religión.

 

Con esta obra, el también autor de “Las aventuras de Tom Sawyer y El príncipe y el mendigo, hace algunos apuntes sobre el carácter de Dios, como, por ejemplo: su representación y sus contradicciones en el Nuevo y el Antiguo Testamento. La Biblia y sus defectos, un libro, a su consideración, “mal escrito y de mala imaginación”. Además, hace una revisión sobre las masacres de judíos, o la sangre derramada a través de las cruzadas o cómo en nombre de Dios se han hecho negocios millonarios en todo el mundo.

 

Contra la religión fue publicado por primera vez en una revisa en el año 1963, varios años después de la muerte de Twain (1910), debido a la negativa de su hija, quien se resistió a dar a conocer los textos de su padre por miedo a las repercusiones de la Iglesia Católica hacia ella y la obra de su padre. Incluso, nos dice Ezra Alcázar, el mismo Twain dispuso en una de las páginas que el texto no debía ser visto por el ojo humano hasta el año 2,406 d.C.

 

Actualmente, el editor de esta obra, Mario Muchnik, ha referido que se sigue considerando como “un libro blasfemo”.

 

https://noticias.imer.mx/blog/contra-la-religion-el-libro-blasfemo-de-mark-twain/

Primera Página | Entrevista al Dr. Carlos Raúl Hernández (1/3)



Primera Página | Entrevista al Dr. Carlos Raúl Hernández (2/3)



Primera Página | Entrevista al Dr. Carlos Raúl Hernández (3/3)








La democracia liberal, en peligro de extinción

Soldados sostienen la bandera de la Unión Europea. Parlamento Europeo

Joaquín Rábago                                         13 febrero 2025

 ¿Se acuerda el lector de aquel politólogo tan ensalzado en su día en todo Occidente por su ensayo titulado “El fin de la historia y el último hombre”?

El estadounidense Francis Fukuyama sostenía en él que la democracia liberal acabaría extendiéndose por el planeta: todos los países acabarían rendidos a ella, convencidos de su superioridad sobre cualquier sistema de gobierno del pasado.

Contagiado de ese mismo optimismo, el periodista del diario The New York Times Thomas L. Friedman publicaría  algunos años después su libro “La tierra es plana”, donde describía cómo las innovaciones tecnológicas, adoptadas por todos los países gracias a la globalización, terminaría nivelándolos también a todos.

Y está asimismo el llamado “índice Big Mac”, ideado por el semanario británico The Economist, que permitía comparar el poder adquisitivo de distintos países por el precio de las hamburguesas de McDonald`s; signo por excelencia, al igual que la Coca Cola, de la entrada en ellos del capitalismo norteamericano.

La edición original del libro de Fukuyama es de 1992 y, sin embargo, con la aceleración de la historia y los cambios ocurridos desde entonces en todo el planeta, sobre todo en los países del que ahora llaman Sur Global, parece pertenecer casi a la prehistoria.

¿Quién iba a imaginarse entonces el surgimiento con fuerza de ese grupo de países llamado BRICS –por las iniciales de sus fundadores: Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica-, cuyo poder económico supera ya, con tendencia creciente, al de los miembros del G7?

Se trata en casi todos  los casos de países que celebran, eso sí, elecciones pero con gobiernos en su mayoría autoritarios como los del chino Xi Jinping, el ruso Vladimir Putin o el indio Narendra Modi, por citar sólo a algunos.

Gobiernos decididos a seguir cada uno su propio camino y que no se dejan imponer las recetas del llamado “Occidente colectivo” y rechazan su “orden basado en reglas”, que no son otras que las del sistema diseñado por Washington en defensa de sus intereses.

Y que permite a la superpotencia castigar a los países díscolos no ya con intervenciones militares, que también, como ocurrió en Irak, Libia o Afganistán, sino cada vez más con el arma económica: drásticas sanciones que Washington además obliga a cumplir a sus aliados e incluso a quienes tratan de mantenerse neutrales.

Vemos últimamente cómo países de nuestra órbita más cercana como Hungría o Eslovaquia o Turquía, miembro de la OTAN aunque no de la UE, se han consolidado gobiernos ultranacionalistas que se niegan obstinadamente a aceptar la disciplina de Bruselas en materia de refugiados o en relación con Rusia y su invasión de Ucrania. Gobiernos a los que llamamos “iliberales”.

Pero vemos al mismo tiempo cómo en países que presumen de plenamente democráticos se sostienen a duras penas gobiernos que, una vez instalados en el poder, optan por apenas escuchar a sus ciudadanos en la persecución de políticas impuestas desde otros centros de poder como son Washington o Bruselas.

Me refiero concretamente a lo que sucede en países como Alemania, el Reino Unido o Francia, con gobiernos cada vez más débiles por culpa de políticas que prefieren olvidarse de las necesidades de sus ciudadanos en aras de consideraciones geoestratégicas ajenas.

Todo lo cual resulta en lo que el politólogo y demógrafo francés Emmanuel Todd ha calificado de “suicidio” de Europa y que propicia de modo natural como reacción el auge de movimientos y partidos populistas de extrema derecha, expertos en pescar en río revuelto.

Algo contra lo que los partidos tradicionales no parecen encontrar otras armas que la de atribuir todo lo que sucede a la injerencia de potencias exteriores como la Rusia de Putin, a la que ya se culpó en su día de la primera llegada de Donald Trump a la Casa blanca.

La prensa alemana, por ejemplo, tradicionalmente atlantista y rusófoba acusan estos días también a la Rusia de Putin de infundir miedo al electorado para debilitar la democracia e influir en las próximas elecciones a favor de partidos como Alternativa para Alemania.

Cuanto no se ajusta allí a la versión que interesa al Gobierno, a Washington o a Bruselas, ya se trate de la guerra de Ucrania o del conflicto israelí-palestino, se descalifica como simple “desinformación”, y a quienes lo propagan, de “putinistas” o “antisemitas”, respectivamente.

Los gobiernos y no sólo el alemán, sino el de muchos países de Occidente, han establecido oficinas para detectar las que llaman “mentiras” en las redes, a las que culpan del auge de los partidos de extrema derecha, como si ellos mismos no tuviesen nada que ver, por su propia inacción, con ese fenómeno.

Crece al mismo tiempo en todas partes y de modo preocupante el control de los ciudadanos, con lo que cada vez más nuestras democracias parecen aproximarse en la práctica diaria a esos sistemas que al mismo tiempo atacamos como “antidemocráticos” o “iliberales”.

¿Puede alguien explicarnos por qué, por ejemplo, desde que empezó la guerra de Ucrania, Bruselas decidió que los ciudadanos europeos no tuvieran acceso a ningún medio ruso y hayan de creer a pie juntillas sólo la versión que dan Kiev o la propia OTAN de ese conflicto?

Un país, Rusia, con el que supuestamente no estábamos directamente en guerra, y a cuyo “régimen autocrático” sólo tratábamos de debilitar utilizando para ello nuestras armas y la carne de cañón de varias generaciones de ucranianos.

¿Cómo es posible que el simple hecho de que un gobernante europeo como el húngaro Viktor Orbán fuese a Moscú a entrevistarse con el presidente Putin para hablar de paz fuese considerado por el resto de los países como una doble traición a Bruselas y a Ucrania?

¿No son las libertades de opinión y expresión pilares básicos de esa democracia que decimos defender? ¿Y qué se ha hecho por otro lado de “nuestros valores europeos” cuando al mismo tiempo asistimos sin mover un dedo al genocidio de Gaza?

Y si nos fijamos en EEUU, lo sucedido con el regreso triunfal del megalómano y chantajista Donald Trump a la Casa Blanca es tan sólo el resultado de las equivocadas políticas de esa pseudo izquierda que ha devenido el Partido Demócrata de los Clinton, Obama y Biden.

¿Puede seguir calificándose de “plenamente democrático” un sistema de gobierno que genera cada vez más desigualdad y en el que un Estado fuerte se dedica a la defensa de los intereses de las grandes empresas y de los inversores?

El de EEUU es ciertamente un sistema liberal en el sentido clásico de la palabra, pero con unos grandes señores tecnofeudales y paleolibertarios como Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Peter Thiel que influyen abiertamente en política y que parecen sólo preocupados de eliminar la competencia a sus empresas.


https://espacio-publico.com/la-democracia-liberal-en-peligro-de-extincion

Emmanuel Carrère y la encrucijada del destino

 


 Alejandro García Abreu - Sunday, 09 Feb 2025 

Celebramos la obra del múltiplemente galardonado Emmanuel Carrère (París, 1957), genio de la literatura francesa. En 2017 obtuvo el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances –esta crónica da cuenta de ello– y en 2021 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras: ambas instituciones reconocieron al conjunto de su obra. 

Con dieciocho premios a lo largo de su carrera, su más reciente libro es 'V13. Crónica judicial', compensado con el Prix Aujourd’hui.

 

Bataclan: el terror

En V13. Crónica judicial (2022) Emmanuel Carrère (París, 1957) narró lo ocurrido el 13 de noviembre de 2015. Se conmemora una década de lo acontecido. En tres partes diferentes de París se produjeron atentados yihadistas. El más peligroso fue el de la sala de conciertos Bataclan, donde se presentaron Eagles of Death Metal. El resultado de las agresiones en la capital de Francia fue de ciento treinta muertos y más de cuatrocientos heridos. Carrère escribió: “Los equipos de televisión que brincan de impaciencia porque está prohibido filmar dentro de la sala van a recoger su material, el enviado especial de Radio Classique volverá a sus sinfonías y sólo quedarán los auténticos, los especialistas del crimen y el terrorismo; ellos lo llaman ‘el terror’.”

 

El adversario y el comienzo de la no ficción

Narré lo que sigue con anterioridad, en otro contexto y con diversas variaciones. Carrère –uno de los escritores esenciales de la actualidad– es autor de un libro que transformó su creación literaria y que lo condujo al abandono de la ficción. Sobre éste afirmó: “Pensé que escribir esta historia sólo podía ser un crimen o una plegaria.”. Transcribo el fragmento inicial y pertinente:

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida. Pasé solo en mi estudio la tarde del sábado y el domingo, normalmente dedicados a la vida en común, porque estaba terminando un libro en el que trabajaba desde hacía un año: la biografía del novelista de ciencia ficción Philip K. Dick. El último capítulo contaba los días que había pasado en coma antes de morir. Terminé el martes por la tarde y el miércoles por la mañana leí el primer artículo de Libération dedicado al asunto Romand.

Prosigue: “poco a poco se transformaba en fantasma.” Cuando leí El adversario en 2000 –traducido por Jaime Zulaika y publicado en nuestra lengua por Anagrama– descubrí una vorágine, una aproximación a los acantilados de la psique, un texto perturbador. Desde esa época leo a Carrère con perseverancia. Expresiones enérgicas y cardinales, volúmenes como Una novela rusa (2007), De vidas ajenas (2009), Limónov (2011), El Reino (2014), Conviene tener un sitio adonde ir (2016) y Yoga (2020) son parte de mi formación literaria. Cada libro revela aspectos disímiles de la existencia a través de una narrativa magistral de no ficción. Generó una nueva veta. Se trata de la realidad en movimiento, de meditaciones sobre el tiempo que se escapa de la muerte y los destinos trágicos. En De vidas ajenas afirma:

Para quien siempre ha tenido la sensación de existir, el anuncio de la muerte es triste, cruel, injusto, pero puede integrarlo en el orden de las cosas. Pero ¿y para quien, en el fondo de sí mismo, ha tenido siempre la sensación de no existir realmente? ¿De no haber vivido? El psicoanalista propone a este paciente que transforme la enfermedad e incluso la cercanía de la muerte en una última oportunidad de existir realmente. Cita esta frase misteriosa, desgarradora, de Céline: “Quizá sea eso lo que buscamos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor congoja posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.”

Y aborda el suicidio en Conviene tener un sitio adonde ir: “Que la muerte fuese preferible a la vida, por lo menos a la suya, no era una idea nueva para Marie-Christine. Siendo más joven, ya había intentado suicidarse dos veces…”

 

El Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

Diecisiete años después de la lectura iniciática, recibí una llamada telefónica de Dulce María Zúñiga, directora ejecutiva de la Asociación Civil del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Me invitó a presentar a Carrère –el ganador– en el encuentro “Mil jóvenes con”. Zúñiga sabía de mi conocimiento profundo y amplio de la obra del narrador francés. Me dijo:

Sé que te interesará participar. Conoces todo su trabajo, eres francófono y se llevarán muy bien. Si aceptas la invitación, tendrías que conversar con él ante los más de mil asistentes y frente a los medios de comunicación. El coloquio “Mil jóvenes con” es el segundo acontecimiento más importante de toda la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, sólo después de la ceremonia de entrega del galardón. Siempre presto atención cuando, cada año, dialogas con los escritores y las escritoras más insignes del mundo. Leo tus ensayos en varios medios. Cuando presentaste a Enrique Vila-Matas en la feria por el lanzamiento editorial de Marienbad eléctrico, en el marco de la concesión del Premio FIL 2015 al genio catalán, todo salió a la perfección. Pienso en ti como el descifrador de Carrère.

Acepté encantado y comencé, con sumo entusiasmo, la relectura para preparar la entrevista y el ensayo que leería a modo de introducción.

 

Carrère, Auster, Vila-Matas

Regresé a la capital jalisciense en noviembre de 2017. Acudí a la ceremonia de premiación en el Auditorio Juan Rulfo de la sede de la FIL. En esa jornada Zúñiga me presentó a Carrère, persona espléndida y portentosa. Al día siguiente, como exordio de la apoteosis de “Mil jóvenes con”, un antiguo colega y yo departimos con el autor parisino en un área del Hotel Hilton –edificio adyacente a Expo Guadalajara, donde se realiza la feria– para incluir sus reflexiones en una revista. El mismo día, poco tiempo antes, conversé con Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947-Brooklyn, Nueva York, 2024) en un salón del mismo hotel. Cuando concluimos el magnífico diálogo –publicado ulteriormente en un suplemento cultural–, el autor de La invención de la soledad y yo nos dirigimos a la puerta. Afuera se encontraba Carrère, listo para nuestro intercambio de ideas. El francés y el estadunidense se saludaron de forma amistosa. Una de sus múltiples pláticas ocurrió en una mesa en el Salon du Livre de París con Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). Fue una triada perfecta.

 

El conversador excepcional

El día del coloquio “Mil jóvenes con”, Carrère se mostró generoso durante las varias horas de convivencia en el Salón de Autores del recinto que alberga a la feria. Hablamos, a solas, sobre su trayectoria e inquietudes. Conversador excepcional, mostró su interés por México y me narró algunos episodios vitales que trasladó a su escritura. Preguntó sobre la mía. Le conté acerca de mis ensayos y las tentativas de dominio de la narrativa de no ficción, de lo real, siguiendo su estela. Me refiero a las tentativas porque han sido pocos los textos de esa naturaleza –varios conducentes a la catarsis– que he escrito y sacado a la luz. También le comenté que publicaría mi primer libro en Penguin Random House, titulado El origen eléctrico de todas las lluvias. Entrevistas con escritores, artistas y pensadores. Confesé que el resultado de nuestro inminente diálogo y de la participación del núcleo de la abundante concurrencia sería una parte primordial del volumen. Esbozó una sonrisa.

 

El ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras y yo nos dirigimos al ciclópeo Auditorio Juan Rulfo de la FIL a través de un pasillo casi secreto. Conecta el Salón de Autores con la sala de grandes dimensiones donde se llevaría a cabo el acto. En el umbral del paraninfo le dije que se adelantara a la mesa y que en un instante lo alcanzaría. Yo sabía que él sería ovacionado –me resultaba evidente– y no quise interferir. Cuando apareció, los aplausos duraron algunos minutos. El gesto de la multitud lo conmovió. Entre vítores y aclamaciones nos sentamos en nuestros respectivos lugares. Ambos fuimos presentados por Marisol Schulz Manaut –directora general de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara– y leí mi ensayo sobre la emoción intensa generada por el quehacer del admirable creador. Entrevisté a Emmanuel Carrère en público y cedí la palabra a los asistentes a la celebración “Mil jóvenes con”. También elogié Conviene tener un sitio adonde ir, que incluye ensayos y artículos periodísticos escritos entre 1990 y 2015. Del coloquio destaqué, a manera de monólogo, la voz de Carrère. El encuentro fue tan extraordinario que más tarde dudé incluso de que hubiese ocurrido, aunque existe evidencia en los periódicos nacionales e internacionales y en los acervos de televisoras latinoamericanas y europeas.

 

El arte de la entrevista

Agradecido por la camaradería y la sinceridad que mutuamente demostramos durante nuestra estadía en Guadalajara, encomió mi periodismo literario. Cuando concluyó el homenaje, Carrère y yo nos despedimos de manera afectuosa. Comenzamos una relación epistolar. Cada mensaje de correo electrónico intercambiado implica una revelación. Después de nuestras asombrosas reuniones en Jalisco, antes de que El origen eléctrico de todas las lluvias fuese impreso, le mandé los interiores de mi libro en un archivo PDF. Enalteció el arte de la entrevista y me felicitó por la proeza. Carrère me envió una misiva que incluyó un comentario entrañable destinado a la cuarta de forros:

Pocos reconocimientos me han tocado tanto como el de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017. Y en el contexto siempre delicado de una gran reunión pública, rara vez he tenido un interlocutor tan competente y cálido como Alejandro García Abreu. Deseo que todos los autores traten con él.

Nuestro vínculo persiste. Mi lectura de su obra continúa. Recuerdo el sugerente y atinado título de una nota periodística sobre lo acontecido en 2017: “Carrère muestra su oscuridad ante mil jóvenes.” Él oscila entre las tinieblas y el fulgo.

 

https://semanal.jornada.com.mx/2025/02/09/emmanuel-carrere-y-la-encrucijada-del-destino-7059.html