Pablo Picasso: “Mi pintura es fruto de mi pensamiento”

 Pablo Picasso: nació el 25 de octubre de 1881, Málaga, España
¿Por qué pinta de un modo tan difícil de comprender para la gente? -le pregunté.
-Pinto así -me respondió- porque mi pintura es fruto de mi pensamiento. He trabajado durante años para obtener este resultado y si diese un paso atrás (mientras hablaba, retrocedió un paso) sería una ofensa al pueblo (la palabra francesa fue “offense”), porque lo que hago es coherente con mi pensamiento.
[Hemeroteca] Entrevista a Pablo Picasso publicada originalmente el 13 de Marzo de 1945 en la revista política estadounidense vinculada al pensamiento marxista “New Masses” y reproducida en el portal de la Asociación de Amigos del Arte y la Cultura de Valladolid
El Viejo Topo
El pintor español Pablo Picasso inició a los catorce años, en Barcelona, sus estudios de pintura, que más tarde continuaría en Madrid. En 1901 se trasladó a París, donde instaló su estudio en Montmartre. Allí se vería influenciado por pintores como Tolouse-Loutrec y Degas. Desarrolló su propio estilo a través de las numerosas transformaciones experimentadas a lo largo de su increiblemente productiva carrera. Sólo en la primera década del siglo atravesó los periodos azul, rosa y precubista antes de embarcarse en el cubismo, movimiento que fundó junto con el pintor francés George Braque y que rechazaba las formas tradicionales de representación basadas en la perspectiva. Sin embargo, Picasso y Braque terminarían rompiendo en 1914.
Durante los años veinte, mientras seguía pintando al estilo cubista, Picasso diseñó vestuario para los Ballets russes de Diaghilev. Uno de sus cuadros más famosos, el Guernica (1937), expresaba su horror ante un bombardeo de la ciudad vasca del mismo nombre en la guerra civil española.
Fue nombrado director del Museo de Prado durante la etapa de la República, desde 1936 hasta 1939, aunque estuvo ausente de Madrid esos años. Pasó la mayor parte de la II Guerra Mundial en París y se unió al partido comunista tras la liberación de la ciudad. Esta toma de posición fue la que motivó el interés de New Masses. La última etapa de su carrera la pasó experimentando con diferentes técnicas, como la litografía, la escultura y la cerámica, además de creas numerosos tapices.
A lo largo de los últimos diez años había discutido, analizado y debatido sobre Picasso con mis amigos hasta la exasperación. La única conclusión a la que lográbamos llegar era que Picasso, en sus llamados “periodos”, reflejaba muy acertadamente las contradicciones de aquellos tiempos turbulentos, pero se limitaba a eso, no a pintar nada capaz de realzar nuestra comprensión de la época. Diversos artistas y críticos que se ganan la vida poniendo etiquetas a la gente le identificaron con una amplia variedad de escuelas -surrealismo, clasicismo, abstracción, exhibicionismo, e incluso contorsionismo-. Pero detrás de este montón de cultas estupideces, esa gente nunca explicó a Picasso. Nunca ha dejado de ser un enigma.
De repente se produjo el bombazo. En las últimas horas de la España leal a la República, Picasso pintó su Guernica, y con esta obra mural se erigió como un poderoso y penetrante pintor de la protesta social. Pero fue la única muestra. Con el tiempo, Francia entró en guerra, pero en los cuadros de Picasso no hubo ni atisbo de la furiosa respuesta en el Guernica. Entonces se produjo el desastre militar francés y la humillante ocupación alemana. Circularon historias desagradables acerca de Picasso. Que vivía bien en París con los alemanes; que colaboraba con la Gestapo, y que ésta, a cambio, le permitía seguir pintando sin molestarle; que vendía falsificaciones a los nazis, obras que firmaba él pero que realizaban sus discípulos, incluso corrió la voz de que había muerto. Desde la liberación de París, Picasso continuó siendo una figura completamente rodeada de misterio y oscuridad. En octubre, inmediatamente después de la liberación, se hizo pública una nota impactante: Picasso se había hecho miembro del partido comunista.
Ese mismo mes se organizó en el París liberado una impresionante exposición de arte contemporáneo francés. Una de las salas-compuesta por setenta y cuatro cuadros y cinco esculturas, realizados en su mayor parte durante la ocupación-fue expecialmente dedicada a Picasso. La exposición me sorprendió. Allí estaba el Picasso del Guernica, poderoso, bellísimo, un pintor de la vida y de la esperanza. Me emocionó tanto su trabajo que decidí ir a verle. Conseguí la dirección a través de un joven artista francés que le conocía. Cuando llegué a su estudio me informaron, tras un intercambio de murmullos en otra habitación, que Picasso “no estaba en casa”. Su secretario me dio explicaciones: “Con tantos acontecimientos, Picasso lleva dos meses sin pintar. Ahora desea tranquilidad para ponerse a trabajar”. Finalmente mi amigo me consiguió una cita. A las 11.30, una mañana de sábado, me presenté en el estudio. Me hicieron pasar y me indicaron que esperara. Picasso ocupa los dos últimos pisos de un edificio de cuatro plantas carente de pretensiones y cercano al Sena. Hay que atravesar uno de los agujeros del muro que hacen las veces de puertas, y subir tres pisos por una estrecha y sinuosa escalera de paredes desnudas y escalones de madera desgastados. El lugar ha sido su hogar y su estudio durante los últimos ocho años. Se accede directamente a uno de los estudios, una habitación en la que se agrupan desordenadamente varios caballetes, lienzos y libros. Mientras esperaba reparé en una de sus pinturas recientes, situada en un caballete: la representación de una jarra de metal sobre una mesa. Sujeto con una chincheta en la parte superior había un pequeño esbozo a lápiz de la composición, que la pintura reproducida hasta la última línea y detalle. Aunque no se trataba más que de un boceto rápido, se había atenido a él tan estrictamente que las líneas que en el apunte sobresalían en una esquina de la mesa lo hacían también en el cuadro. Pregunté a su secretario si Picasso había tenido problemas con los alemanes. Me contestó: “Como todo el mundo, lo hemos pasado mal”. A Picasso no le habían permitido exponer. En una ocasión, la Gestapo le había acusado de ser en realidad un hombre llamado Leipzig. Picasso se limitó a insistir en su respuesta: “No, yo soy Picasso, nada más”. Los alemanes dejaron de molestarle, pero en ningún momento dejaron de vigilarle. Aun así, Picasso mantuvo un estrecho contacto con el movimiento clandestino de resistencia. Transcurridos unos diez minutos, Picasso bajó del estudio de la planta superior y vino directo hacia mí. Me echó una mirada rápida y luego clavó sus ojos en los míos. Llevaba un traje de color gris claro, una camisa de algodón azul con corbata y un pañuelo amarillo en el bolsillo del pecho. Tenía las manos pequeñas, pero fuertes. Me presenté, y al momento me tendió la mano. Su sonrisa era cálida, sincera y hablaba sin pelos en la lengua, lo que me hizo sentir cómodo de inmediato. Comenté que su trabajo siempre me había interesado y, al mismo tiempo, confundido. Le expliqué cómo había comprendido de repente, en su reciente exposición, lo que quería contar. Mi deseo era conocerle personalmente y preguntarle si mi análisis de su obra le parecía correcto y, caso de ser así, escribir sobre ella para contribuir a su divulgación en Estados Unidos. Seguidamente le expliqué mi interpretación de “EL MARINO”, que había tenido ocasión de admirar en el Salón Liberación. Le dije que creía que se trataba de un autorretrato -el traje, la red, la mariposa roja, mostraban a Picasso como una persona en busca de una solución para su época, intentando hallar un mundo mejor- y que el uniforme de marinero indicaba su participación activa en el esfuerzo. Me escuchó con atención y finalmente respondió:
-Sí, soy yo, pero no pretendía darle ningún significado político.
Le pregunté por qué se había retratado vestido de marinero.
-Porque siempre llevo una camiseta de marinero. ¿Lo ve? -fue su respuesta.
Se desabrochó la camisa y tiró de su ropa interior. ¡Era blanca con rayas azules!.
-¿Y la mariposa roja? -insistí- .¿El color no tiene una intención deliberadamente política?
-No en especial -replicó-. ¡Si es así, será cosa de mi subconsciente!
-Pero tiene que tener un significado concreto -porfié-, lo admita o no. Lo que hay en su subconsciente es resultado de su pensamiento consciente. No es posible escapar de la realidad.
Me observó un instante antes de responder:
-Sí, es posible y normal.
Picasso quiso saber entonces si yo era escritor. Le dije la verdad: no lo era, nunca antes había escrito. Trabajaba la madera por vocación, y también era pintor, pero únicamente como distracción, porque de algo tenía que vivir. Picasso se echó a reír.
-Ya, lo comprendo.
Le pregunté si tenía su consentimiento para escribir un artículo sobre él.
-Sí -contestó-. ¿Para qué publicación?.
Le expliqué que era para New Masses. Sonrió y dijo: -Lo conozco. Lanzó una mirada hacia la puerta abierta. Había varias personas esperándole -Subamos un momento al estudio- dijo.
Ascendimos por una escalera hasta el estudio principal, donde en realidad desarrollaba su trabajo. La habitación estaba limpia y ordenada. No tenía la apariencia polvorienta y caótica del cuarto de abajo.
Comenté a Picasso que mucha gente mantenía que ahora, debido a su nueva militancia, se había convertido en un líder cultural y político para el pueblo, y que su influencia a favor del progreso podía ser tremenda. Se puso serio y asintió.
-Sí, soy consciente de ello.
Le comenté que en Nueva York habíamos discutido su obra con frecuencia, especialmente el Guernica (cedido en préstamo al Museo de Arte Moderno de Nueva York). Le hablé de lo que representaban el toro, el caballo, las manos con las antorchas, etcétera, así como el origen de los símbolos en la mitología española. Mientras yo me explayaba, él asentía con la cabeza.
-Sí, el toro ahí representa la brutalidad; el caballo, al pueblo -confirmó-. En esos casos he recurrido al simbolismo, pero no en los otros.
También le expliqué mi interpretación de dos de los cuadros de la última exposición. En uno de ellos había un toro, una luz, una paleta y un libro. El toro, opinaba yo, no podía ser otra cosa que la imagen del fascismo; la luz, con su resplandor, la paleta y el libro eran reflejo de las cosas por las que luchábamos, la cultura y la libertad. La obra mostraba el feroz enfrentamiento que tenía lugar entre ambos.
-No -respondió Picasso-. El toro no es el fascismo, aunque sí la brutalidad y la oscuridad.
Apunté que su trabajo parecía avanzar hacia un simbolismo transformado, quizá más simple, de más clara comprensión, en su lenguaje propio y personal.
-Mi trabajo no es simbólico -me respondió-. Sólo el Guernica lo es, pero en ese caso se trata de una alegoría. Por eso recurrí al caballo, al toro y demás. Esa obra busca la expresión y la solución de un problema, y ése es el motivo de que emplease el simbolismo. Algunos definen como “surrealista” mi pintura de un determinado periodo -continuó-. Yo no soy surrealista. Nunca he estado fuera de la realidad. Siempre he vivido en su esencia (literalmente, en lo “real de la realidad”). Si alguien desease expresar la guerra tal vez lo más elegante y literario fuera dibujar un arco y una flecha, porque es una imagen estéticamente atractiva. ¡Yo, en cambio, si quisiera representar la guerra emplearía una ametralladora! Ahora es el momento, en este periodo de cambios y revolución, de pintar de manera revolucionaria y no como antes.
Entonces me miró directamente a los ojos y me preguntó:
–Vous me croirez? (¿Me creerá usted?).
Le dije que comprendía muchas de las obras de la exposición, pero que había unas pocas que no entendía en absoluto. Me volví hacia un cuadro con un desnudo y un músico que había estado colgado en el Salón de Octubre. Se encontraba a mi izquierda, apoyado contra la pared. Era un lienzo grande y torcido, de alrededor de 1,5 por 2 metros.
– Ése, por ejemplo -apunté-. No sé qué quiere decir en absoluto.
– No es más que un desnudo y un músico -replicó-. Lo pinté para mí. Cuando uno contempla un desnudo hecho por otra persona, observa que reproduce las formas de un modo tradicional, y para la gente eso representa un desnudo. Pero yo lo expreso de manera revolucionaria. En ese cuadro no hay ningún significado abstracto. Es simplemente un desnudo con un músico.
– ¿Por qué pinta de un modo tan difícil de comprender para la gente? -le pregunté.
-Pinto así -me respondió- porque mi pintura es fruto de mi pensamiento. He trabajado durante años para obtener este resultado y si diese un paso atrás (mientras hablaba, retrocedió un paso) sería una ofensa al pueblo (la palabra francesa fue “offense”), porque lo que hago es coherente con mi pensamiento. No puedo emplear recursos convencionles sólo para darme la satisfación de ser comprendido. No quiero descender a un nivel inferior. Usted es pintor. Comprende que es prácticamente imposible explicar por qué hace uno ésto o lo otro. Yo me expreso a través de la pintura, y no soy capaz de hacerlo mediante palabras. No puedo dar una explicación del porqué he hecho algo de una determinada manera. En mi caso, si realizo un boceto de una mesa pequeña (al insante agarró una para ilustrar sus palabras) percibo cada detalle. Observo su tamaño, su grosor, y lo traduzco a mi modo.
Indicó con una mano el otro extremo de la habitación, donde había un gran lienzo que representaba una silla (también había estado expuesto en el Salón Liberación), y continuó.
Ya ve como lo hago. Resulta divertido, porque la gente descubre en la pintura cosas que uno no pone en ella. Hace auténtico encaje de bolillos. Pero no importa, porque es estimulante que las perciban y la esencia de lo que puedan haber visto está, de hecho, en el cuadro.
Quise saber cuándo podría verle de nuevo, y me contestó que estaría encantado de recibirme en cualquier momento que desease. Nos estrechamos las manos y me marché.
* * *
Entrevista publicada originalmente el 13 de Marzo de 1945 en la revista política estadounidense vinculada al pensamiento marxista “New Masses” y reproducida en el portal de la Asociación de Amigos del Arte y la Cultura de Valladolid

John Reed, testigo excepcional de la Revolución de Octubre


No cierres los ojos

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El periodista estadounidense John Reed fue testigo excepcional de la Revolución de Octubre en la ciudad rusa de Petrogrado. Su libro Diez días que estremecieron el mundo es un relato de primera mano de los sucesos acaecidos en aquellas fechas, que culminaron con la conquista del poder por parte de los bolcheviques, al frente de obreros y soldados, y su entrega a los soviets.
John Reed había nacido en Portland (Oregón) en el seno de una familia acomodada. Se graduó en la Universidad de Harvard, viajó por Europa visitando Inglaterra, Francia y España y se trasladó a Nueva York para trabajar como periodista. Durante su estancia en Nueva York se convirtió en un activista de izquierda y durante este período se unió al Partido Socialista de Estados Unidos. El primero de los muchos arrestos de Reed llegó en Paterson, Nueva Jersey, en 1913, por intentar hablar en nombre de los huelguistas. El duro trato dispensado por las autoridades a los huelguistas y un corto período de cárcel que siguió lo radicalizaron más.
Corresponsal de guerra
john-reedEn 1913 viajó a México para cubrir la Revolución Mexicana y acompañó al ejército de Pancho Villa durante cuatro meses. Su trabajo allí le otorgó reputación como corresponsal de guerra. Al estallar la Primera Guerra Mundial fue enviado a Europa y presenció de cerca los combates en el frente oriental durante unos meses en 1915. La contienda le dio a Reed su primera causa política profunda y personal, convencido de que no representaba más que una lucha entre los intereses capitalistas rivales. Con el tiempo, acabaría siendo juzgado por violar la Ley de Espionaje por sus artículos antibelicistas publicados en The Masses (bajo esta ley era un delito divulgar material que socavara el esfuerzo de guerra)
Revolución de Octubre
A su regreso a Estados Unidos conoció a Louise Bryant, periodista y escritora feminista, con la que acabaría cansándose. Los dos zarparon juntos el 17 de agosto de 1917 de Nueva York a Europa. Viajando por Finlandia, la pareja alcanzó Petrogrado y llegaron a tiempo para entrevistar a Kerensky.
Reed y Bryant entraron en el Smolny, donde los bolcheviques tenían su cuartel general, en la Duma de la ciudad, bastión de la democracia liberal, en los soviets de los trabajadores y soldados y en los soviets de los campesinos; en los cuarteles, en las reuniones de las fábricas, en las manifestaciones, en los tribunales, en la Asamblea Constituyente que los bolcheviques dispersaron, en el Palacio de Invierno cuando estaba siendo defendido y otra vez cuando estaba siendo saqueado. Reed y Bryant terminaron en el punto cero de la Revolución de Octubre.
A su vuelta a Estados Unidos Reed, acusado de espionaje, fue recibido inmediatamente por las autoridades federales. «Un enjambre de hombres del Departamento de Justicia lo desnudó, revisó cada centímetro de su ropa y equipaje». Incautaron los papeles con sus notas y los materiales sobre la revolución y no le fueron devueltos hasta siete meses más tarde, en noviembre de 1918. Ese retraso motivó que su libro Diez días que estremecieron el mundo no viera la luz hasta marzo de 1919.
Para una posterior edición norteamericana de la obra, Lenin escribió el siguiente prefacio:
«Después de leer con vivísimo interés y profunda atención el libro de John Reed ‘Diez días que estremecieron al mundo’, recomiendo esta obra con toda el alma a los obreros de todos los países. Yo quisiera ver este libro difundido en millones de ejemplares y traducido a todos los idiomas, pues ofrece una exposición veraz y escrita con extraordinaria viveza de acontecimientos de gran importancia para comprender lo que es la revolución proletaria, lo que es la dictadura del proletariado. Estas cuestiones son ampliamente discutidas en la actualidad, pero antes de aceptar o rechazar estas ideas es preciso comprender toda la trascendencia de la decisión que se toma. El libro de John Reed ayudará sin duda a esclarecer esta cuestión, que es el problema fundamental del movimiento obrero mundial»
Acusado nuevamente de espionaje, Reed escapó a la Unión Soviética donde murió, en octubre de 1920, atacado por el tifus y fue enterrado en el Kremlin. Posteriormente Stalin prohibió el libro argumentando que era engañoso con respecto a León Trotsky. Diez días que estremecieron el mundo retrata a Trotsky como un hombre que colideró la revolución con Lenin y menciona a Stalin sólo dos veces.

Queremos tanto a Julio: 20 autores para Cortázar (1984) (Descargar Libro)

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Veinte escritores de América se dan cita en este libro, en el curso de una ceremonia a deshoras y sin premios para otorgar. En este inusual rito convocado por Hugo Niño, los palabracultores de tres generaciones juntan recuerdos, desempolvan sentimientos embodegados y piensan a un amigo común y maestro de muchos de ellos: Julio Cortázar, delicado e irreverente gran custodio de sueños e invenciones, alquimista de la lengua castellana.
Julio amigo, escritor, lector, comentarista, traductor, militante, amigo nuevamente es evocado aquí en este palabrerío babélico. Y los concurrentes responden también cómo, cuándo, dónde conocieron a Julio escritor y luego a Julio persona, de qué modo las rutas de sus vidas se han visto marcadas por el presentimiento continuo de saber que siempre hay al quien que anda por ahí. Sin embargo, en el curso del viaje hacia la cita algunos se han extraviado, o se olvidaron quizá de la reunión y no estuvieron presentes. Este libro no es, pues, un homenaje; ni el libro de Cortázar, ni bastante menos: es una conspiración impúdica para dejar conocer todo lo que uno siempre sintió pero jamás se atrevió a publicar acerca de un gran hombre al que por eso queremos tanto, pretextando este modelo para decirle gracias, Julio.
Managua, noviembre de 1983

Dostoievski: Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov (Descargar Libros)

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Fiódor M. Dostoievskiescribió dos de las novelas más importantes en la historia de la literatura –Crimen y Castigo(1866) yLos Hermanos Karamázov (1879)-, pero sería equivocado pensar que su valor como escritor se reduce a estos libros: lo que quepa atribuírsele debe partir de la consideración de su obra en conjunto, esto es, sus novelas, cuentos, ensayos y artículos, pues en cada una de estas direcciones el autor ruso se mostró siempre original e hizo aportes tan significativos que, incluso, a la fecha, todavía no han terminado de precisarse. Ya lo decía Bela Martinova cuando explicaba que el principal logro de Dostoievski se encuentra en el hecho de haber conseguido vivir por encima del tiempo (del suyo y el nuestro), trascendiéndolo…”    Alejandro Jiménez de La pasión inútil
dostoyeski-crimen-y-castigoLibro tomado de:  http://www.formarse.com.ar/
dostoievski-los-hermanos-karamazovLibro tomado de:  http://www.biblioteca.org.ar/

Las mujeres que habitan a La Maga de “Rayuela”

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La Maga es uno de los personajes principales de “Rayuela“, novela de Julio Cortázar publicada en 1963. Un homenaje a este personaje y a las mujeres que quizás lo inspiraron.
Nancy Paola Moreno
El Espectador
Lucía, o mejor aún, La Maga, se niega a aceptar lo aceptable. Es la revelación del desorden a causa del fracaso de las leyes en su vida. De ese caos construye un orden misterioso, inaccesible y quizás mágico. Es la negación de aquellas lecciones aprendidas y replicadas por la mayoría de niñas en el mundo: Debes ser virtuosa y serás una gran madre y esposa. No era enseñar. Adoctrinaron, las niñas crecieron y sufrieron a causa de esa sentencia inculcada.
La Maga es el retrato de una suma de imperfecciones que pudo ser luz. Adora el color amarillo y los cigarrillos Gitanes. No quiso creer en aquel invento humano de la perfección. Su misterio la convirtió en una mujer vital y compleja. En una eterna pregunta que jamás se extingue. Sufre irremediablemente al regresar a sus recuerdos, pero es capaz de nadar extensos ríos metafísicos que ningún hombre comprendería.
No termina de entender aquello de ser madre. Y sin duda alguna, en el capítulo 68, la carta que escribe a su hijo Rocamadour está habitada de una ternura y amor desbordadas. Su melancolía obliga al lector a seguir las Instrucciones para llorar. Es imposible no recordar aquel chiquillo transformado en dientecito de ajo, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete.
Vive con Horacio Oliveira. La Maga sufre con sus juicios implacables e hirientes porque ella llora al escuchar una canción que le recuerda a Rocamadour, su torpeza en asuntos intelectuales o porque no entiende que la vida es mucho más que las novelas que acostumbra leer. Sin embargo, aquel hombre culto no logra doblegar el espíritu femenino del mundo Maga. Y es que no hacía falta hacer parte de las más distinguidas discusiones académicas o filosóficas para que Rosa Parks un día no se levantara de un asiento de autobús porque un hombre blanco debía sentarse allí. Luego se hizo historia.
Y empezaron a entender que, sin dejar de ser ellas, harían pequeñas revoluciones, porque sólo así no podrían traicionarse. Que una pequeña convicción era suficiente para no renunciar y dejar de sentir las culpas heredadas, ya que la mujer debía ser perfecta para ellos.
Sin ser consciente, La Maga se convierte en testigo y espía en la búsqueda del mundo de la razón de Oliveira. Más allá de la ficción, algunas mujeres han sido relacionadas con este personaje, que ha cautivado a varias generaciones de lectores.
Edith Aron: La Maga que niega serlo
El 6 de enero de 1950 toma el barco llamado Conte Bicamano. En la misma embarcación viajaba Julio Cortázar hacia París. Allí se vieron por primera vez cuando el escritor argentino tocaba piano. El mar quedó atrás, ella se quedó en Cannes.
Tiempo después, Edith Aron llegó a París. Apenas se reconocieron en una librería. Los días siguientes la casualidad volvió a reencontrarlos en la función de cine Juana de Arco. Y más adelante en los Jardines de Luxemburgo. Julio Cortázar concluyó que cuatro coincidencias bastaban para entablar una relación. El azar no podía ser sólo azar. “¿Encontraría a la Maga? La Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas”.
Edith Aron era traductora. Ayudó a Julio Cortázar a encontrar trabajo como empacador en una exportadora de libros judíos, que quedaba en la esquina de su casa. Era el pretexto para que el escritor la visitara en la hora del almuerzo. “Me decía que le hiciera una ensalada azul. Yo no tenía idea de qué era eso. Entonces él tomaba cualquier ensalada y la llenaba de estampillas azules. Hacía todo el tiempo ese tipo de juegos, en los que yo nunca me sentí a la par. ¡Me acomplejaba porque él sabía tanto y yo sabía tan poco!”, dice Edith Aron en una entrevista mientras menciona el nombre de Aurora Bernárdez, un fantasma que Cortázar había dejado en Buenos Aires y que siempre estuvo presente. Tenía claro que el reencuentro de la pareja significaba perderlo.
Edith Aron comenta para el diario El Clarín: “Él me escribió diciéndome que había basado su personaje en mí, y nos pasaban, es verdad, cosas espontáneas como las de la novela. También hay algunos episodios, como ese en el que encontramos un paraguas viejo en las calles de París y le damos una ceremonia de entierro, que ocurrieron más o menos como los cuenta. Pero la Maga es un personaje literario”.
Niega ser La Maga y dice que Rocamadour nunca existió, o mejor aún, que fue una metáfora simbolizando la extinción del amor a Edith Aron. Nunca entendió por qué Cortázar no la tuvo en cuenta para traducir sus libros del alemán al español. “No necesito decirte quién es Edith, vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás Rayuela traducida por ella? (…) En Rayuela, te acordás, la Maga confundía a Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría a cada línea”, le escribió Julio Cortázar al traductor Paco Porrúa en 1964.
Aurora Bernárdez, La Maga esposa
A finales de 1953, Aurora Bernárdez llega a Francia. Se casa con Cortázar y 14 años después se divorcian. Fue reconocida como una de las mejores traductoras de obras al español.
Al fallecer el 8 noviembre de 2014, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez escribió: “Ha muerto Aurora Bernárdez, la Maga de Rayuela, la Maga de Cortázar, un mito de la literatura que habrá de acompañarnos”.
Alejandra Pizarnik, mucho de La Maga
La escritora argentina viaja a París en 1960. Dicen que conoció a Julio Cortázar sobre el Pont de Arts, lugar favorito de La Maga. Otros aseguran que Pizarnik fue a buscarlo a la oficina de la UNESCO.
Su encuentro hizo nacer una amistad cómplice en parte por su atracción al surrealismo. “Te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo”, le escribía Cortázar poco antes del suicidio de la poeta.
Alejandra Pizarnik sentía que La Maga tenía mucho de ella. “Me olvidaba decirte que la Maga de Rayuela me hizo recordarte, en algunos relámpagos”, le escribía su amiga Ivonne Bordelois. Tras el suicidio de Pizarnik, Cortázar afirmó que La Maga fue escrita antes de conocer a la escritora.
Texto original tomado de: El Espectador

Los ’68 latinoamericanos. (Descargar Libro)

Movimientos estudiantiles, política y cultura en México, Brasil, Uruguay, Chile, Argentina y Colombia

Cuando se habla de revueltas estudiantiles, las imágenes mentales más frecuentes nos trasladan a los años ‘60 y ‘70. Esta representación se corresponde con una oleada de movilizaciones en países tan diversos como Alemania, Argentina, Australia, Checoslovaquia, China, EE. UU., Francia, Japón, Líbano, México, Senegal o Uruguay, entre otros.
Esta edición se realiza en el contexto del Centenario de la Reforma Universitaria cordobesa de 1918 y del cincuentenario de los hechos de 1968: el Mayo Francés, el ’68 uruguayo, la passeata dos cen mil brasileña y la masacre de Tlatelolco. El año elegido constituye un ícono, donde el sentido común ha condensado toscamente la gran cantidad de movilizaciones estudiantiles inmediatamente anteriores y posteriores, como las ocurridas en Alemania Federal, Bélgica, Checoslovaquia, China, Corea, Egipto, España, Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia, Japón, Polonia, la Unión Soviética y Yugoslavia. En nuestro continente, además de los casos mencionados, también hubo grandes luchas estudiantiles en Argentina, Colombia y Chile, que aparecen en este volumen, y en Bolivia, Cuba, Nicaragua, Perú y Venezuela, que lamentablemente no cuentan con capítulos específicos en nuestro libro.
Se trata de un libro verdaderamente colectivo, porque reunimos investigaciones con perspectivas teóricas y metodológicas diversas, sobre varios de los ciclos de movilización estudiantil más trascendentes de seis países latinoamericanos hacia fines de los ’60 y principios de los ’70, procesos a los que llamamos “los ‘68”. Compartimos artículos realizados con el marco conceptual del marxismo y otros escritos desde las teorías de la acción colectiva; investigaciones que utilizaron como fuente principal los testimonios orales y otras que privilegiaron el registro hemerográfico, escritos de una densidad descriptiva notable y reflexiones conceptuales originales. En todos los casos textos metódicamente construidos, que brindan nueva información o nuevos enfoques sobre la política, la cultura y la universidad latinoamericana en los años ’60 y ’70… Del Prólogo de Mariano Millán
  • Pablo Bonavena. Mariano Millán. [Editores] 
  • ISBN 978-950-29-1740-5 
    CLACSO. https://www.clacso.org.ar/
  • Instituto de Investigaciones Gino Germani. 
    Buenos Aires.  Octubre de 2018 

Jorge Amado: Gabriela, clavo y canela (Descargar Libro)


Jorge Amado: Gabriela, clavo y canela (1958)
Gabriela, clavo y canela representa el punto de inflexión de Jorge Amado, el paso a una narrativa más ambiciosa y abierta que, sin renunciar al compromiso político de su obra anterior, da entrada al pleno disfrute de un vitalismo y una sensualidad profundamente ligados a la cultura y a las costumbres brasileñas de su Bahía natal.
Fragmento:
En la década de 1920, en la entonces rica y tranquila Ilhéus, donde el ansia de progreso se unía a una intensa vida nocturna litoral, entre bares y burdeles, se desarrolla el drama que acaba transformándose en una explosión de juerga, luz, color, sonido, sexo y risa.
La obra, que narra la relación amorosa entre el árabe Nacib y la agreste Gabriela, tiene como telón de fondo el período áureo del cacao en la región de Ilhéus. En la misma se describen los profundos cambios en la vida social de Bahía en la década de 1920, que incluyen la apertura del puerto a los grandes navíos, lo que lleva al ascenso de los exportadores cariocas, como Mundinho Falcão, y a la decadencia de los coroneles como Ramiro Bastos. Gabriela personifica las transformaciones de una sociedad patriarcal, arcaica y autoritaria, afectada por los vientos de renovación cultural, política y económica (…)

Perry Anderson: EL RÍO DEL TIEMPO (Descargar)

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Creemos en la utopía porque la realidad nos parece increíble
Las utopías, observa Jameson, siempre han presentado dos dimensiones: existencial e institucional, visiones de otra naturaleza humana o un orden cívico distinto. Entrelazadas con vestigios del manifiesto, de la constitución, del espejo de los príncipes, prosperan no en tiempos de convulsión revolucionaria en sentido estricto, cuando las reivindicaciones populares se concentran en una terna de prioridades prácticas inmediatas –pan, tierra y paz, por así decirlo–, sino en la calma que precede a la tormenta, cuando los ordenamientos institucionales se presentan sin cambio alguno, pero las mentes han recobrado la libertad, gracias a cambios tectónicos todavía invisibles, para reinventar el mundo.
Perry Anderson  New Left Review 26
La utopía ha sido siempre una de las inquietudes fundamentales de Fredric Jameson. Ninguna otra hebra intelectual presenta la misma continuidad en su obra, desde Marxism and Form hasta A Singular Modernity, en cuyas últimas líneas podemos leer: «Lo que necesitamos en realidad es una sustitución generalizada de la temática de la modernidad por el deseo que llamamos Utopía. Nos es precisa la combinación de una misión poundiana para identificar las tendencias utópicas, con una geografía benjaminiana de sus fuentes y una estimación de su presión en los que ahora se presentan como una multiplicidad de niveles de mar. Las ontologías del presente exigen arqueologías del futuro, y no predicciones del pasado»1 . Sin embargo, a pesar de esta presencia ubicua, se trata de una inquietud que recibe por primera vez un tratamiento exclusivo en el ensayo publicado en la NLR 25. «La política de la utopía» ofrece su meditación más exhaustiva hasta la fecha acerca de un tema central de su obra (…)
Texto tomado de: https://newleftreview.es/

Aniversario en la vieja Europa

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Muchos creen que John Wayne y el soldado Ryan salvaron a Europa del fascismo, que Angloamérica salvó al viejo continente, poco menos que en solitario, y que el desembarco en Normandía fue la gran acción decisiva. No fue así. Ni el curso de la guerra, ni la derrota del fascismo, se decidieron allá. Los principales héroes no fueron John Wayne ni el soldado Ryan, sino gente de apellido eslavo que murió por un país que ya no existe. Los escenarios realmente decisivos fueron; Moscú, Leningrado (Peterburgo), Stalingrado (Volgogrado), y Kursk.
Blog Rafael Poch de Feliu  Publicado el 4 de junio de 2004
En el frente del Este, el Tercer Reich perdió 10 millones de soldados y oficiales muertos, heridos y desaparecidos, 48.000 blindados y vehículos de asalto, 167.000 sistemas de artillería. 607 divisiones fueron destruidas. Todo ello representa el 75% de las pérdidas totales alemanas en la Segunda Guerra Mundial.
La diferencia en la escala militar es aplastante. En Normandía se registraron 10.000 muertos aliados, 4.300 de ellos británicos y canadienses y 6.000 americanos. En las grandes batallas del este, los muertos se contaban en centenares de miles. En la batalla de Moscú participaron unos 3 millones de soldados y 2.000 tanques. La URSS utilizó allí la mitad de su ejército, Alemania una tercera parte. En el Alemein, una batalla importante del otro frente, los alemanes disponían entre 60.000 y 70.000 soldados.
La escala del sufrimiento humano también es incomparable. La geopolítica de Hitler no tenía prevista la existencia de un estado ruso en Europa y en su escala racista los eslavos estaban muy abajo. La guerra en el este era a vida o muerte, muy diferente a la del oeste. Las ciudades y los pueblos eran destruidos, frecuentemente con sus habitantes. Murieron uno de cada cuatro habitantes de Bielorrusia, uno de cada tres de Leningrado, Pskov y Smolensk.
El esfuerzo angloamericano en el continente no empezó hasta que, en 1943, quedó claro que la URSS había parado el embate y que la derrota de Alemania era inevitable. Con otra actitud seguramente se hubieran evitado muchos muertos. Pero, ¿habría habido “segundo frente” si las cosas le hubieran ido bien a Hitler en el este?
Desde la firma del acuerdo británico-soviético sobre acciones militares comunes contra Alemania de julio de 1941, Stalin pedía la apertura de un “segundo frente” en Europa, es decir un desembarco aliado que aliviara la presión soportada por la URSS. La respuesta se demoró mucho.
El invierno de 1941, con los alemanes a las puertas de Moscú, fue crítico. Aquel año la URSS sufrió la mitad de las bajas militares de toda la guerra, 9 millones entre muertos, heridos y presos (dos terceras partes de los 27,6 millones de muertos soviéticos en la guerra fueron civiles), pero sólo recibió el 2% del total de los suministros que sus compañeros de coalición le enviaron durante toda la guerra.
Los documentos desclasificados de los archivos soviéticos están llenos de declaraciones de aliados occidentales que abundaban en la inconveniencia de apresurarse. ¿Por qué no dejar que las dos fieras se devoraran entre sí?
Visto desde Moscú, los angloamericanos desembarcaban en los lugares más alejados y menos relevantes para aliviar la presión sufrida por la URSS; primero en el norte de África (noviembre de 1942), luego en Sicilia (julio del 43), a continuación dos veces en Italia continental (en septiembre del 43 y en enero del 44), y sólo a menos de un año del fin de la guerra (en junio del 44) en Normandía.
Para entonces, el ejército soviético ya hacía 6 meses que había llegado a la frontera polaca de preguerra. Las democracias debían darse prisa si querían tomar alguna posición en Europa y evitar que “los rusos” volvieran a llegar a París, como habían hecho en el pasado.
Una manifiesta desconfianza presidió la alianza antifascista soviético-occidental desde sus mismos inicios. Sus motivos eran muchos y diversos. De parte occidental se acepta, por ejemplo, que el pacto germano-soviético de 1939 evidenció el parentesco entre nazismo y estalinismo. De las vergüenzas de las democracias, de su actitud ante el fascismo en vísperas de la guerra y de sus parentescos imperiales con Hitler y Mussolini, apenas se habla. Seguramente a causa de su manifiesta actualidad.
En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, aquellos políticos democráticos de Europa y América que luego “salvarían a Europa” mantenían un idilio con Hitler y Mussolini. Estados Unidos había apoyado al dictador italiano desde su llegada al poder en 1922. Sus desmanes se comprendían, porque conjuraban la amenaza bolchevique. Las inversiones americanas en Italia y en la Alemania fascista no disminuían, sino aumentaban, en los años treinta.
“Hitler ha prestado grandes servicios no solo a Alemania, sino a toda Europa Occidental, al cerrar el paso al comunismo (…) por eso es legítimo ver en Alemania un muro de contención occidental del bolchevismo”, decía en 1938 el Secretario de exteriores británico, Lord Halifax.
Sobre la base común de aquella “contemporización”, Londres y Berlín podían llegar a un “entendimiento”. Halifax estaba dispuesto a conceder a Alemania todo lo que pidiera; “Danzig, Austria y Checoslovaquia”, con tal de que esas anexiones se llevaran a cabo, “de forma pacífica y evolutiva”.
Los principios de aquella Europa se habían retratado igualmente en su actitud ante la República Española.
La idea de que los proyectos de Hitler eran asumibles, que todo el mundo podía integrarse en ellos, y que la amenaza estaba en otra parte, era común en los gobiernos de la Europa de finales de los 30. Con Neville Chamberlain como jefe de gobierno en Londres y Edouard Daladier en París, las democracias calificaban de “paz con honor” la entrega de Checoslovaquia al Reich practicada por la Conferencia de Munich.
El ministro de exteriores polaco, Jozef Beck, prometía apoyar la reclamación nazi sobre Austria y tener en cuenta los intereses del Reich ante un “eventual ataque (polaco) contra Lituania”. El embajador polaco en París, Lukaszewicz, explicaba a sus colegas norteamericanos que lo que estaba en juego en Europa era una lucha entre el nazismo y el bolchevismo, en cuyo campo incluía a “agentes de Moscú” como el Presidente checoslovaco, Edvard Benes. “Alemania y Polonia pondrán a los rusos en fuga en tres meses”, decía el embajador, en vísperas de que la agresión contra su propio país marcara el inicio “oficial” de la Segunda Guerra Mundial.
Para entonces, aquella guerra tenía ya ocho años de historia en el mundo. El mundo de los dominios imperiales de Asia y África, donde la guerra, el atropello, la invasión y el racismo, no contaban, mientras no colisionaran con los propios intereses.
En 1931 los japoneses se habían apoderado de un trozo de China mayor que Francia. En 1933 y 1935 habían expandido su invasión a otras tres provincias chinas, practicando su guerra química y bacteriológica con experimentos en la población civil.
En 1935 Italia invadía Abisinia, con el Mariscal Badoglio utilizando gas mostaza contra la población civil.
En julio de 1939 el gobierno británico declaraba, “reconocer por completo la situación actual en China”.
Ni Londres ni Washington protestaron o se opusieron al ataque japonés contra Mongolia, retaguardia de la URSS, a partir de mayo de 1939 y que, en la batalla de Jaljyn Gol, produjo más muertos que toda la campaña de la invasión alemana de Francia.
No pasaba nada y el encargado de la “India Office”, Leopold Amery, explicaba por qué con toda claridad, al defender la agresión japonesa contra China en la Cámara de los Comunes; “si condenamos lo que Japón ha hecho en China, tendremos que condenar igualmente lo que Inglaterra hizo en Egipto y la India”.
En un libro escrito en una prisión británica entre abril y septiembre de 1944, coincidiendo con el desembarco de Normandía, Nehru, fundador de la nueva India explicaba así la situación: “Tras algunas de aquellas democracias había imperios en los que no había democracia alguna y donde reinaba el mismo tipo de autoritarismo (racista) que se asocia con el fascismo, así que era natural que aquellas democracias occidentales sintieran algún tipo de unión ideológica con el fascismo, por mucho que les disgustara algunas de sus expresiones más vulgares y brutales”.
“La política británica había sido casi ininterrumpidamente profascista y pronazi”, recapitulaba Nehru en su celda del Fuerte de Ahmadnagar, pero todo se acabó, cuando se vio que aquel “aliado natural”, aquel pariente, se volvía contra los intereses occidentales.
“Se hizo cada vez más obvio que, pese al deseo de calmar a Hitler, éste se estaba convirtiendo en el poder dominante en Europa, desmontando por completo el antiguo equilibrio y amenazando los intereses vitales del Imperio Británico”.
El resultado fue una alianza forjada sobre las circunstancias y la estupidez de Hitler, quien, si hubiera atacado primero a la URSS en lugar de atacar a Polonia, habría sido aplaudido por las democracias. Esta idea fue expresada al final de la guerra por el propio Hitler en un texto poco conocido.
En febrero de 1945, Martin Bormann recogió varios monólogos de Hitler que tienen valor de testamento político. Dos meses antes del final, Hitler coincidía en ellos, con la tónica de los políticos británicos y americanos de antes de la guerra, al reflexionar sobre los errores que habían conducido a la derrota.
La campaña contra Rusia era “inevitable”, decía. Su problema era haberla desencadenado en un momento poco adecuado. La guerra en dos frentes había sido un error, reconocía, pero la responsabilidad última era de americanos y británicos, con quienes habría sido posible llegar a un acuerdo.
“La guerra contra América es una tragedia”. “Ilógica y carente de todo fundamento”. Sólo la “conspiración judía contra Alemania” la había hecho posible.
Cargada de delirios, su mirada al futuro, contenía un pronóstico del mundo bipolar que se avecinaba: “Con la derrota del Reich y la aparición de los nacionalismos asiáticos, africanos y puede que sudamericanos, sólo quedarán en el mundo dos potencias capaces de confrontarse; Estados Unidos y la Rusia soviética. Las leyes de la historia y de la geografía, las empujarán hacia una prueba de fuerza, sea militar o económica e ideológica”.
El aparato de propaganda y relaciones públicas más formidable de la historia ha fabricado su leyenda sin apenas fisuras. Hollywood, la industria mediática en manos de magnates, los sistemas de alimentación oficial de esa industria y, por supuesto, el ejército de conformistas bien pagados encargado de transmitirla, han escrito la versión más conveniente. La historia es suya. Llegamos así al discurso de George Bush en la celebración del aniversario del desembarco.
Reivindicando lo único positivo que la intervención militar extranjera de Estados Unidos tiene en su haber en más de medio siglo, el Presidente vende su actual cruzada.
Obteniendo la merecida gratitud que los franceses, italianos, belgas y holandeses le deben al soldado Ryan, pretende mantener el vasallaje europeo ante la larga lista de crímenes impunes cometidos por el militarismo americano desde entonces.
El hombre que, según las encuestas, encarna la guerra y promueve la desestabilización global, para la mayoría de los europeos, habla hoy en Normandía de moral, de libertad y de principios, y recibe el tributo y el aplauso de los dirigentes de la “vieja Europa”.
La generosidad y el heroísmo de los 10.000 caídos en aquellas playas francesas sirve, así, para reivindicar su “guerra contra el terrorismo”, la destrucción de los frágiles rudimentos del derecho internacional y del control de armamentos, la agresión preventiva o “humanitaria”, el armamentismo y la banalización del uso del arma nuclear en guerras convencionales. Es el momento de recordar quien era el máximo representante de esas mismas tendencias en el mundo de hace 60 años.
La guerra no la ganó el soldado Ryan en Normandía, pero un indigno peligroso reivindica su gloria.
(Publicado el 4 de junio de 2004)
(Referencias bibliográficas: Jawaharlal  Nehru, The Discovery of India. Valentin Falin,  Zweite Front, Die Interesen Konflikte in der Anti-Hitler Koalition. Hitler & Stalin, Parallel Lives, Alan Bullock.)
Fuente original del texto: https://rafaelpoch.com/