Arthur Koestler en su propia voz

 Koestler personifica al intelectual que, tras conocer a fondo los totalitarismos, descubrió el enorme valor de la «democracia imperfecta». «En busca de la utopía» recupera parte de su obra

Arthur Koestler (a la derecha) y el escritor Langston Hughes (a la izquierda) en una granja colectiva soviética en 1932

En octubre de 1925, al poco de cumplir los veinte años, Arthur Koestler preparaba su último examen en el Politécnico de Viena para graduarse como ingeniero. Nacido en Budapest en 1905, hijo único de un rico industrial judío que se arruinó durante la I Guerra Mundial, el joven estudiante se había pasado el verano leyendo a Goethe y su teoría de las dos almas que habitan en cada hombre: dos almas enfrentadas y, en su caso, inquietas hasta el infinito. La duda estribaba entre la vida confortable y apacible de un alto burgués, a la que le invitaban sus estudios de ingeniería, y el anhelo utópico de una justicia universal.

«La sed de lo absoluto -escribiría años después, rememorando su juventud- es un estigma que marca a aquellos que no están satisfechos con el mundo relativo del aquí y el ahora». Esa sed no le abandonaría nunca, ni siquiera cuando, muchas décadas más tarde, se convirtió en un intelectual escéptico y descreído de la condición humana. Koestler fue sucesivamente: sionista, miembro del partido comunista, reportero de conflictos bélicos, condenado a muerte unas cuantas veces, novelista clarividente enfrentado a los totalitarismos, autor de «best sellers», políglota, mujeriego, teórico de la parapsicología y de las experiencias paranormales...

Con una pala oxidada

Todo este camino se inició aquel octubre de 1925 cuando decidió no acudir a su último examen y marcharse como voluntario a un kibutz en Israel para trabajar con «una pala oxidada y sucia». Entonces «no tenía más planes que llevar mi propia vida. Para lograrlo tenía que salirme de los caminos trillados, caminos metafóricos que yo veía como una interminable extensión de rieles de acero sobre travesaños podridos». Y así lo hizo, contra toda lógica si se quiere, en una época en que buena parte de Europa iba a desangrarse.

Más que sus novelas, ensayos o reportajes para la prensa internacional, que escribió en inglés y alemán, la gran obra de Koestler fue sin duda su vida, que llevó al límite una y otra vez: una vida trufada de amantes -«era un hombre al que no le podías dejar media hora a solas a tu mujer», observó cáustico Cyril Connolly-, alcohol y traiciones; y que terminaría, ya en la vejez, en un suicidio al que se sumó su esposa, Cynthia Koestler, veinte años más joven.

Diez mil páginas

Página Indómita acaba de publicar «En busca de la utopía», una antología de fragmentos de novela, artículos y ensayos políticos seleccionados por el propio Koestler con el propósito de perfilar una especie de memorias. De las diez mil páginas de sus obras completas escogió apenas un millar, repartido en dos volúmenes de unas 500 cada uno. El primero es el que ha editado Página Indómita, donde se recoge la biografía política del autor -y, por tanto, también una indagación sobre el sentido moral de la vida-. El segundo se titulará «En busca del absoluto» y en él Koestler aborda temas filosóficos, espirituales y científicos desde posiciones poco ortodoxas.

La gran obra de Arthur Koestler fue sin duda su vida, que llevó al límite una y otra vez

Así como sus novelas adolecen por lo general de un tono acartonado y artificial y no terminan de levantar el vuelo, la vida que traslucen los pasajes de «En busca de la utopía» traza un retrato biográfico de una rara intensidad. Sin mucho margen de error, podemos afirmar que lo más selecto de Koestler se encuentra en este volumen, que compendia un fresco emocionante y salvaje del siglo XX, el proceso de formación de un intelectual y, en definitiva, el testimonio moral de un hombre que conoció a fondo los totalitarismos y que, precisamente por ello, descubrió el enorme valor de la democracia, gracias a sus mismas imperfecciones.

«En busca de la utopía» arranca en la Tierra Prometida: el temprano viaje -años 20- de un joven idealista a los primeros kibutz de Israel. Koestler los describe como un espacio de intensidad mística, de una pureza desbordante y, por ello, difícil de soportar. Allí descubrirá que la tristeza de Jerusalén es «una enfermedad endémica, debido al efecto combinado de la belleza trágica y la atmósfera. Se trata de la belleza soberbia y desolada de una montaña amurallada en el desierto». Esta metáfora descarnada se refiere también a lo que poco después, ya como reportero internacional en París y en Berlín, se convertirá en el segundo deslumbramiento de su juventud: el comunismo.

¿El huevo o la gallina?

El análisis que realiza Koestler de la pasión utópica es de una rara lucidez y su vigencia, sin duda, perdura hoy. El pensamiento totalitario y utópico, observó, nace en un marco de fuertes convicciones que se retroalimentan sin aceptar críticas externas, con una dosis importante de emociones sobre lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, la sociedad perfecta frente al desastre.

«La devoción por la utopía pura y la devoción por la revuelta contra una sociedad contaminada -leemos- son los dos polos que proporcionan la tensión necesaria a todos los credos militantes. Preguntar cuál de ellos -la atracción ejercida por el ideal o la repulsión ante el ambiente social- impulsa la corriente, equivale a plantear la vieja pregunta de qué fue primero, el huevo o la gallina».

Exilio inglés

Por supuesto, Koestler no percibió la falsedad de las dictaduras populistas en primera instancia, sino que tuvo que agotar las vicisitudes de su camino. Lo hizo, eso sí, con brillantez. En la URSS descubrió que la tierra patria de la civilización la conforman aquellos hombres cuyo comportamiento «se caracteriza por el honor y una dignidad inconsciente», incluso en medio de la peor realidad política. En la Alemania nazi aprendió que el fanatismo y la locura crecen donde existe un vacío de poder, por lo que es imprescindible que la democracia sepa defender sus convicciones frente a sus agresores.

En la Alemania nazi aprendió que el fanatismo y la locura crecen donde existe un vacío de poder

Del paso de Koestler por la Guerra Civil nos quedan páginas deslumbrantes sobre su encarcelamiento por los nacionales en Málaga y el milagroso canje por otro prisionero noventa y cinco días más tarde, lo que le salvó de ser fusilado. De hecho, nuestra Guerra Civil supondría para Koestler el momento decisivo en que el desengaño hacia el comunismo arraigó definitivamente. Pocos años después, ya en el exilio inglés, se convertiría no sólo en uno de los principales detractores del totalitarismo, sino también en un firme defensor de las bondades de la «democracia imperfecta».

A su paso personal por la Historia del siglo XX Koestler dedicó libros míticos como «Testamento español» o «El cero y el infinito». En ellos desgrana el alambicado mundo del pensamiento totalitario y destaca, en contraste, la peculiar fortaleza de la democracia, a pesar de su condición imperfecta pero saludable y humana. Como otros testimonios de la época, «En busca de la utopía» desvela el espíritu demoníaco de la mayoría de quimeras. Y nos recuerda que el papel del intelectual pasa por responder con honor y dignidad a las exigencias de cada momento histórico. O, lo que es lo mismo, el deber de preservar ese espacio frágil de la humanidad frente a la tentación de un mundo perfecto pero inhumano.

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Arthur Koestler-El cero y el infinito

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Publicado: 2020-03-18

Arthur Koestler-El cero y el infinitoRUSBASHOV, miembro de la vieja guardia bolchevique y heroe de la Revolucion Sovietica, ha sido encarcelado acusado de traicion al gobierno de Moscu. Es incitado a autoinculparse de una serie de delitos y traiciones que no ha cometido, pero termina por confesar a fin de salvar la Revolucion. Esta obra cumbre de la literatura politica nos ofrece un testimonio excepcional de la angustia que sufrieron cientos de antiguos miembros del Partido que desaparecieron, fueron encarcelados y juzgados o llegaron a autoinmolarse para salvarlo. Arthur Koestler El cero y el infinito ePUB v1.0 rosmar71 14.05.12 Titulo original: El cero y el infinito Arthur Koestler, 1940 Editor original: rosmar71 (v1.0) ePub base v2.0 Los personajes de este libro son ficticios, pero las circunstancias historicas que determinaron sus actos son reales. La vida de N. S. Rubashov es una sintesis de la vida de algunos de los hombres que fueron victimas de los llamados Procesos de Moscu. Varios de ellos fueron conocidos personalmente por el autor. Este libro esta dedicado a su memoria PARIS, Octubre de 1938-Abril de 1940 Aquel que instaura una dictadura y no mata a Bruto, o aquel que funda una republica y no mata a los hijos de Bruto, solo gobernara un corto tiempo. MAQUIAVELO: Discursos. Hombre, hombre, no se puede vivir enteramente sin piedad. DOSTOIEWSKI: Crimen y Castigo. PRIMER INTERROGATORIO Nadie puede gobernar sin culpas. SAINT-JUST 1 Rubashov permanecio unos segundos apoyado en la puerta que se acababa de cerrar violentamente a sus espaldas, y encendio un cigarrillo. A su derecha, sobre la cama, habia dos frazadas bastante limpias y un colchon de paja que parecia recien rellenado. A su izquierda, el lavabo carecia de tapon, aunque el grifo funcionaba, y el balde que se encontraba a su lado habia sido desinfectado recientemente y no despedia mal olor. Las paredes eran de ladrillos macizos y capaces de ahogar el ruido producido por cualquier golpe, aunque el lugar por donde entraban los tubos de la calefaccion y del agua habia sido revocado con yeso y resonaba bien. Por otra parte, el cano mismo de la calefaccion parecia ser buen conductor del sonido. La ventana comenzaba a la altura de los ojos, y se podia ver el patio sin necesidad de encaramarse. Aparentemente, todo estaba en orden. Rubashov bostezo, quitose el abrigo, lo enrollo y lo coloco como almohada sobre el colchon. Luego se asomo al patio, donde la nieve rielaba amarillenta bajo la doble iluminacion de la luna y de las lamparas electricas. En todo el contorno del patio, a lo largo de las paredes, habian limpiado una estrecha vereda destinada a los ejercicios diarios. No habia amanecido aun, y las estrellas brillaban todavia, claras y frias, a pesar de los focos. Sobre la plataforma del muro exterior, frente a la celda de Rubashov, se paseaba un soldado con el fusil al hombro, marcando cada paso como en un desfile. De cuando en cuando, la luz amarillenta de las lamparas destellaba en su bayoneta. Sin apartarse de la ventana, Rubashov se quito los zapatos, apago el cigarrillo, y despues de dejar la colilla en el suelo junto a la cabecera de la cama, permanecio sentado en el colchon unos minutos. Luego se levanto y volvio a asomarse a la ventana: el patio continuaba en calma, y el centinela acababa de dar media vuelta; sobre la torrecilla de la ametralladora se veia un trozo de la Via Lactea. Se tendio sobre el camastro y se envolvio en la manta de arriba. Eran las cinco de la manana y parecia improbable que, en invierno, alguien se levantase alli antes de las siete. Tenia mucho sueno. Pensando en ello, considero que era dificil que le sometiesen a un interrogatorio antes de tres o cuatro dias. Se quito los lentes y los puso en el suelo embaldosado, junto a la colilla, sonrio y cerro los ojos; la manta lo envolvia con su calor y se sentia protegido. Por primera vez en muchos meses, no temia a sus suenos. Cuando unos minutos despues el carcelero apago la luz desde afuera, mirando antes por la mirilla de la puerta, Rubashov, ex comisario del Pueblo, dormia con la espalda vuelta a la pared, la cabeza apoyada en el brazo izquierdo, que, extendido, salia rigidamente fuera del lecho, dejando caer la mano, que colgaba suelta y se contraia a veces durante el sueno. 2 Una hora antes, cuando los dos oficiales del Comisariato del Interior habian llamado a su puerta con el proposito de arrestarlo, Rubashov estaba sonando justamente que venian a detenerlo. Los golpes redoblaban, y Rubashov se esforzaba en despertarse, con la practica que ya tenia de desprenderse de las pesadillas producidas por su primer encarcelamiento, pesadillas que se repetian periodicamente a traves de los anos, con la regularidad de un mecanismo de relojeria. A veces, mediante un poderoso esfuerzo de voluntad, conseguia detener el mecanismo, arrancandose del sueno por su propia decision; pero esta, vez no pudo lograrlo. Las ultimas semanas lo habian dejado exhausto, y por mas que se agitaba y transpiraba dormido, el reloj continuaba marchando y la pesadilla seguia. Sonaba, como de costumbre, que estaban martillando la puerta, y que afuera habia tres hombres que venian a detenerlo. Podia verlos a traves de la puerta cerrada, de pie y dando golpes, con sus flamantes uniformes del tipo elegante que usaban los guardias pretorianos de la dictadura alemana; en las gorras y en las mangas llevaban la insignia del partido, la agresiva cruz gamada; con sus manos libres empunaban pistolas, grotescamente grandes, y sus correajes olian a cuero fresco. Despues entraban en la habitacion, y se ponian junto a su cabecera; dos de ellos eran muchachos campesinos, prematuramente desarrollados, con gruesos labios y ojos de pescado; el tercero era bajo y rechoncho. Se quedaban de pie al lado de la cama, con la pistola en la mano, y respirandole encima con fuerza. Era tal la quietud, que se oia claramente el jadeo asmatico del oficial grueso. Luego alguien, en el piso de arriba, quitaba el tapon de un desague, y el agua corria suavemente hacia abajo por las tuberias de las paredes. El mecanismo de relojeria se iba deteniendo; el martilleo en la puerta de Rubashov se hizo mas fuerte; los dos hombres que habian venido a prenderlo daban golpes alternativamente y se soplaban en las manos heladas. Pero Rubashov no llegaba a despertarse, aunque sabia que la escena que iba a seguir en el sueno era particularmente dolorosa; los tres hombres alrededor de su cama, y el, tratando de ponerse la bata sin poder conseguirlo, porque una de las mangas estaba al reves y no podia meter el brazo; luchaba inutilmente hasta que una especie de paralisis se apoderaba de el. No podia moverse, aunque todo dependia de que pudiera introducir a tiempo el brazo en la manga; y esta atormentadora impotencia persistia unos segundos, durante los cuales Rubashov gemia dolorosamente mientras sentia que un sudor frio le banaba las sienes, y oia el golpeteo de la puerta, que penetraba en su sueno como un lejano redoble de tambores; el brazo que tenia debajo de la almohada se retorcia en febril esfuerzo para encontrar la-manga de la bata, hasta que, por ultimo, se sentia aliviado por el primer golpe que le asestaban, encima de una oreja, con la culata de una pistola... Con la sensacion familiar, repetida y vivida una y otra vez, mas de cien veces, de ese primer golpe -desde el cual databa su sordera- solia, ordinariamente, despertarse. Durante unos momentos continuaba estremeciendose, y la mano, trabada debajo de la almohada, seguia buscando la manga de la bata; pero, por regla general, todavia le quedaba por sufrir la ultima y peor etapa antes de despertarse del todo: una vertiginosa e informe sensacion de que este despertar era el verdadero sueno, y que realmente se encontraba tendido en el humedo suelo de piedra del oscuro calabozo, con el balde a sus pies, y, junto a su cabeza, un jarro con agua y unas cortezas de pan... Esa vez tambien, durante unos segundos, siguio con la mente entorpecida, y en la incertidumbre de si su mano tropezaria con el conmutador de la luz o con el balde. Luego se encendio la luz y las nieblas se disiparon. Rubashov respiro profundamente varias veces, como un convaleciente, con las manos replegadas sobre el pecho, gozando la deliciosa sensacion de la libertad y la seguridad. Se seco con la sabana la frente y la calva que tenia en la parte posterior de la cabeza, y pestaneo, mirando con renovada ironia el grabado en color del Numero Uno, el jefe del Partido, que colgaba sobre su lecho en la pared del cuarto; y en las paredes de todas las habitaciones proximas, por encima o por debajo de la suya, y en todas las paredes de la casa, de la ciudad, de todo el enorme pais por el cual habia combatido y sufrido, y que ahora habia vuelto a ampararlo en su regazo protector. Ya estaba completamente despierto, pero los golpes en la puerta continuaban. 3 Los dos hombres que habian venido a detener a Rubashov estaban afuera, en el oscuro rellano de la escalera, consultandose mutuamente. El portero Vassilij, que los habia acompanado hasta alli, permanecia junto a la abierta puerta del ascensor, jadeante de temor; era un hombre viejo y delgado, y por encima del roto cuello del antiguo capote militar que se habia puesto sobre el camison, aparecia una ancha cicatriz rojiza que le daba un aspecto escrofuloso. Era la consecuencia de una herida en el cuello que habia recibido cuando pertenecia al regimiento de voluntarios que mandaba Rubashov. Con el tiempo, Rubashov habia sido enviado al extranjero, y Vassilij habia oido de el solo en forma ocasional y siempre por el periodico que su hija le leia por las noches, y que traia los discursos que Rubashov pronunciaba en los congresos. Esos discursos eran largos y dificiles de entender, y Vassilij nunca podia encontrar en ellos el tono de voz del pequeno y barbado jefe de voluntarios que pronunciaba juramentos tan hermosos que hasta la propia Santa Virgen de Kazan hubiera tenido que sonreir al oirlos. De ordinario, el portero se dormia en medio de la lectura de estos discursos, pero siempre se despertaba cuando su hija, elevando solemnemente la voz, llegaba a los parrafos finales y a los aplausos. A cada una de las exclamaciones de ritual: "¡Viva la Internacional!", "¡Viva la Revolucion!", "¡Viva el Numero Uno!", Vassilij agregaba un sentido "Amen" para sus adentros, sin que su hija pudiera oirlo; luego se quitaba la chaqueta, se persignaba secretamente, y con conciencia culpable se iba a la cama. Sobre su cabecera tambien colgaba un retrato del Numero Uno, y al lado una fotografia de Rubashov vestido de jefe de voluntarios, la que habria determinado su prision tambien, si hubiese sido hallada. En la escalera hacia frio y estaba muy oscuro y silencioso. El mas joven de los dos funcionarios del Comisariato del Interior propuso romper a tiros la cerradura de la puerta. Vassilij se apoyaba contra la puerta del ascensor; no habia tenido tiempo de calzarse bien las botas y el temblor de las manos le impedia atarse los cordones. El mayor de los dos hombres no dio su conformidad a los tiros, pues la detencion debia llevarse a cabo discretamente. Los dos se soplaban las heladas manos y empezaron otra vez a golpear la puerta; el mas joven daba con. la culata del revolver. Unos pocos pisos debajo, una mujer empezo a gritar con voz penetrante, y el oficial joven dijo a Vassilij: "Digale que se calle". "¡Silencio!" -grito Vassilij-. "Es la autoridad", y la mujer se callo en seguida. El guardia efnpezo entonces a golpear la puerta con los pies, haciendo un ruido que lleno toda la escalera. Por fin, la puerta cedio. Los tres entraron. y se colocaron alrededor de la cama de Rubashov; el joven, con la pistola en la mano, mientras, el mas viejo se mantenia rigidamente cuadrado. Vassilij se quedo unos pasos detras de ellos, apoyado en la pared. Rubashov estaba todavia secandose el sudor de la nuca, y los miro con o os miopes y sonolientos. Entonces el oficial joven dijo: "Ciudadano Nicolas Salmanovich Rubashov, queda arrestado en nombre de la ley". Rubashov busco los lentes debajo de la almohada y se enderezo un poco; con los lentes puestos, sus ojos tenian la expresion que Vassilij y el oficial mas antiguo conocian de las viejas fotografias y grabados, y esto hizo que el guardia se cuadrase aun mas rigidamente, mientras el joven, que habia crecido bajo nuevos heroes, dio un paso en direccion al lecho, y los tres advirtieron que iba a hacer o decir algo brutal para disimular su torpeza. -Saqueme de encima esa pistola, camarada -dijo Rubashov-, y diganme que desean de mi. -¿No ha oido que esta arrestado? -dijo el muchacho-. Vistase y no haga bulla. -¿Tienen alguna orden? -pregunto Rubashov. El oficial mas antiguo saco un papel del bolsillo, se lo entrego, y se quedo otra vez en posicion de firme. Rubashov lo leyo con atencion. -Muy bien -dijo-; nunca acaba uno de saber cosas. Pueden irse al diablo. -Pongase sus ropas y dese prisa -repitio el muchacho, cuya brutalidad se veia que no era fingida, sino natural. "Hermosa generacion hemos producido", penso Rubashov, recordando los carteles de propaganda en los cuales siempre se pintaba a la juventud con caras sonrientes. Se sentia muy cansado. -Deme la bata, en lugar de hacer tonterias con el revolver -le dijo al muchacho, que se sonrojo sin contestar. El oficial mas viejo le dio la bata a Rubashov, que empezo a introducir el brazo en la manga. -Esta vez entra, por fin -dijo con una sonrisa forzada; los otros tres no entendieron, limitandose a mirarlo mientras se iba levantando lentamente de la cama y recogia su arrugada ropa. La casa habia quedado en silencio despues de los chillidos de la mujer, pero tenian la sensacion de que todos los vecinos estaban despiertos en sus camas, conteniendo el aliento. Entonces oyeron el ruido del agua que corria suavemente por las cacerias al quitar alguien, en uno de los pisos superiores, el tapon de un desague. 4 Delante de la puerta principal estaba el automovil en que habian venido los guardias: un modelo americano reciente. Todavia era de noche y el chofer encendio los faros; la calle estaba dormida o pretendia estarlo. Subieron al auto, primero el joven, luego Rubashov y, por ultimo, el oficial mas antiguo. El chofer, que tambien vestia uniforme, puso el coche en movimiento. Al volver la esquina termino el pavimento de asfalto; a pesar de que estaban todavia en el centro de la ciudad y los edificios que se veian alrededor eran grandes y modernos, con nueve y diez pisos, las calles carecian de pavimentacion y se rodaba sobre el barro helado, con una delgada capa de nieve acumulada en las grietas. El chofer conducia a paso de hombre y el coche, a pesar de sus magnificos elasticos, crujia como una carreta de bueyes. -Mas rapido -dijo el joven, que no podia soportar el silencio en el vehiculo. El chofer se encogio de hombros sin volver la cabeza. Habia mirado a Rubashov con indiferencia y antipatia cuando este subio al auto, lo que recordo a Rubashov un accidente que habia sufrido hacia algun tiempo, y como el conductor de la ambulancia lo habia mirado de la misma manera. El lento y vacilante recorrido, a traves de las calles muertas, con la oscilante luz de los faros delante, era dificil de soportar. -¿Esta muy lejos?... -pregunto Rubashov sin mirar a sus companeros, y casi iba a agregar: "el hospital". -Algo mas de media hora -contesto el uniformado mas antiguo. Rubashov saco un paquete de cigarrillos del bolsillo, se llevo uno a la boca y ofrecio automaticamente a los demas; el guardia joven rehuso bruscamente, pero el viejo tomo dos y le dio uno al chofer, que se llevo la mano a la gorra y ofrecio fuego a los demas mientras conducia con una sola mano. Rubashov se sintio aliviado, y al mismo tiempo molesto consigo mismo. "Vaya un momento para sentirse sentimental", penso, pero no pudo resistir a la tentacion de hablar y de despertar un poco de simpatia en torno. -Lastima de coche -dijo-. Los autos extranjeros cuestan un dineral, y al cabo de medio ano de rodar en nuestras carreteras estan inservibles. -Tiene usted razon; nuestros caminos estan en muy mal estado -afirmo el oficial viejo, y por su tono comprendio Rubashov que se daba cuenta de su angustia. Esto le hizo sentirse como un perro al que han echado un hueso, y decidio no hablar mas. Pero de pronto, el guardia joven exclamo agresivamente: -¿Son mejores los caminos en los paises capitalistas? Rubashov sonrio burlonamente. -¿Ha estado alguna vez en el extranjero? -le pregunto. -Se muy bien lo que pasa sin haber estado, y no necesita usted contarme historias. -¿Por quien me toma? -replico Rubashov con mucha calma. Pero sin poder evitarlo anadio-: En realidad, deberia usted estudiar un poco la historia del Partido. El guardia joven guardo silencio, mirando fijamente la espalda del conductor, y nadie hablo mas. Por tercera vez, el chofer desahogo el motor, y volvio a lanzarlo de nuevo, al mismo tiempo que soltaba unas palabrotas. Traquetearon por los suburbios; todas las miseras casuchas de madera eran del mismo estilo, y sobre sus siluetas contrahechas brillaba la luna, palida y fria. 5 En cada uno de los pasillos de la nueva carcel modelo, la luz electrica estaba encendida. Su resplandor se extendia palidamente por las galerias de hierro, sobre las desnudas paredes blanqueadas, en las puertas de las celdas con las tarjetas con los nombres, y sobre los negros agujeros de las mirillas. Esa luz descolorida y el extrano sonido sin eco de sus pasos en el enlosado pavimento eran tan familiares a Rubashov, que durante unos segundos se forjo la ilusion de que estaba sonando otra vez. Hizo un esfuerzo por creer que todo aquello no era real. "Si llego a convencerme de que estoy sonando, esto se convertira en un sueno", se decia. Y llego a pensar con tal intensidad que casi se creyo mareado, pero inmediatamente se avergonzo de si mismo. "Hay que acabar con esto -penso-, y llegar hasta el fin." Se detuvieron delante de la celda numero 404; encima de la mirilla habia una tarjeta con su nombre: "Nicolas Salmanovich Rubashov". "Todo lo han preparado primorosamente", penso, pero la vista de su nombre en la tarjeta le hizo una pavorosa impresion. Se le ocurrio pedir una manta mas, pero antes de poder expresar su deseo, la puerta se cerro tras el, con estrepito. 6 A intervalos regulares, el carcelero atisbaba por la mirilla de la celda de Rubashov, que estaba echado en el camastro; Solo su mano se contraia, de vez en cuando, durante el sueno. Al lado de la cabecera estaban los lentes y la colilla que habia dejado sobre las baldosas. A las siete de la manana, dos horas despues de su encierro en la celda 404, desperto a Rubashov un toque de clarin. Habia dormido sin suenos, y tenia la cabeza despejada. El toque se repitio tres veces, y cuando los ecos temblorosos se apagaron, reino un silencio de mal augurio. Todavia no era dia claro, y los contornos del balde y del lavabo se entreveian vagamente; la reja de la ventana formaba un dibujo negro que se destacaba sobre los vidrios empanados, y en el lado superior izquierdo, un cristal roto habia sido sustituido por un parche de papel de diario. Rubashov se sento en la cama, recogio los lentes y la colilla del cigarrillo y volvio a tenderse; se puso los lentes y encendio la colilla. El silencio continuaba. En todas las celdas blanqueadas de ese gran panal de hormigon, los hombres se levantaban simultaneamente de sus camastros, maldiciendo y buscando a tientas sobre las baldosas, pero en las celdas para incomunicados no se oia nada, excepto, de vez en cuando, los pasos de alguien que transitaba por el pasillo. Rubashov sabia que estaba en un calabozo de incomunicados, y que permaneceria en el hasta el momento de ser fusilado. Se paso los dedos por la corta barba puntiaguda, siguio fumando la colilla y permanecio tendido. "De modo que me fusilaran", pensaba Rubashov, mientras seguia con un parpadeo el movimiento del dedo gordo del pie, que sobresalia verticalmente en el extremo del camastro. Se sentia tibio, seguro y muy fatigado; y no se habria opuesto a tener que ir asi, con esa somnolencia, hacia la muerte, si solo lo dejaban permanecer acostado bajo la frazada caliente. "De manera que te fusilaran", se decia a si mismo. Al mover lentamente los dedos del pie dentro del calcetin, recordo un verso en el que se comparaban los pies de Cristo con una corza blanca dentro de un matorral. Limpio los lentes en la manga con el gesto familiar a sus amigos. En el calor de la cama se sentia casi perfectamente feliz, y no temia mas que una cosa: tener que levantarse y moverse. "De modo que seras destruido", se dijo a si mismo a media voz, y encendio otro cigarrillo, aunque no le quedaban mas que tres. Los primeros cigarrillos le causaban a veces en el estomago vacio una ligera sensacion de embriaguez; se encontraba ya en ese peculiar estado de excitacion que le era tan familiar como consecuencia de sus anteriores experiencias en la proximidad de la muerte. Se daba cuenta, al mismo tiempo, que ese estado era censurable y, desde cierto punto de vista, inadmisible, pero en aquel momento no sentia inclinacion alguna a colocarse en ese punto de vista. En lugar de ello, se dedicaba a observar el movimiento de sus dedos dentro del calcetin, y sonreia. Una calida ola de simpatia por su propio cuerpo, que de ordinario no le producia atraccion alguna, lo invadia, y el sentimiento de su propia aniquilacion lo llenaba de una autopiedad deliciosa. "La vieja guardia ha muerto -se decia a si mismo-; somos los ultimos y vamos a ser destruidos". "La juventud dorada, muchachos y muchachas, se convierte en polvo, igual que los deshollinadores". Procuraba recordar la melodia de la cancion, pero solo la letra acudiale a la memoria. "La vieja guardia ha muerto", se repetia, y trataba de recordar sus caras, pero unicamente unas pocas acudian al recuerdo. Del primer presidente de la Internacional, que habia sido ejecutado como traidor, solo podia recordar un trozo de su chaleco a cuadros, estirado por un vientre abultado. Nunca llevaba tiradores, sino un cinturon de cuero. El segundo primer ministro del Estado Revolucionario, tambien ejecutado, se mordia las unas en los momentos de peligro... "La historia te rehabilitara", pensaba Rubashov, sin particular conviccion. ¿Que sabe la historia de comerse las unas? Seguia fumando y pensando en los muertos, y en las humillaciones que habian precedido a su muerte. Pero, a pesar de eso, no podia llegar a odiar al Numero Uno como debiera. Con frecuencia miraba el grabado en colores que colgaba sobre su cama, y procuraba excitar el odio contra la persona alli representada, a la que habian dado muchos nombres, de los cuales solamente habia prevalecido el de Numero Uno. El horror que emanaba de el consistia, sobre todo, en la posibilidad de que tuviese razon, y de que todos aquellos a quienes habia mandado ejecutar tuviesen que admitir, ya con la bala que habia de matarlos tocandoles la nuca, que su condena era justa. No existia ninguna certidumbre; unicamente la apelacion a es oraculo burlon llamado Historia, que daba su sentencia cuando el apelante se ha convertido en polvo. Rubashov tenia la impresion de que lo estaban espiando a traves de la mirilla, y, aun sin mirar, se daba cuenta de que una pupila pegada al agujero estaba atisbando la celda; a los pocos momentos la llave rechino en la pesada cerradura, tardando algun tiempo en abrirse la puerta. El carcelero, un viejo en zapatillas, se asomo: -¿Por que no se ha levantado? -pregunto. -Estoy enfermo -dijo Rubashov. -¿Que le pasa? El doctor no lo puede ver antes de manana. -Dolor de muelas -dijo Rubashov. -Conque dolor de muelas, ¿eh? -repuso el carcelero, y salio rapidamente, cerrando la puerta con violencia. "Ahora por lo menos me dejaran tranquilo", penso Rubashov, pero la idea ya no le producia ningun placer. El olor rancio de la manta empezo a molestarle, y se la quito de encima. Procuro otra vez seguir los movimientos de los dedos de los pies, pero le aburria. En el talon de cada media habia un agujero, y aunque hubiera querido zurcirlos, se lo impedia la idea de tener que llamar al carcelero y pedirle hilo y aguja, sabiendo que esta ultima se la negarian de todos modos. Le entro de pronto un salvaje anhelo de tener un periodico, y el deseo era tan grande que casi podia oler la tinta de imprenta y oir el crujido de las paginas; tal vez habia estallado una revolucion la noche ultima, o el jefe de Estado habia sido asesinado, o un americano habia descubierto el medio de contrarrestar la fuerza de la gravedad. Su arresto no podia haberse publicado todavia; dentro del pais lo mantendrian secreto durante un tiempo, pero en el extranjero la noticia se filtraria pronto y empezarian a publicar antiguas fotografias suyas, sacadas de los archivos de los diarios, juntamente con una serie de tonterias acerca de el y del Numero Uno. Ya no deseo el periodico, pero en cambio deseo saber con igual vehemencia lo que pasaba en el cerebro del Numero Uno. Lo veia sentado, grave y sombrio, con los codos apoyados en el escritorio dictando lentamente a un taquigrafo. Otras personas, al dictar, se paseaban, lanzando anillos de humo al fumar o jugaban con una regla. El Numero Uno no se movia, no jugaba, no echaba anillos de humo... Rubashov se dio cuenta subitamente de que habia estado paseando de un extremo a otro de la celda durante los ultimos cinco minutos; se habia levantado de la cama sin darse cuenta, y seguia su vieja mania de no pisar en los recuadros de las baldosas, cuyo dibujo ya se habia aprendido de memoria. Pero sus pensamientos no abandonaban al Numero Uno ni por un segundo; al Numero Uno, que, sentado ante su escritorio y dictando, inconmovible, se habia convertido, poco a poco, en el bien conocido grabado que colgaba sobre todos los techos y alacenas del pais, y que clavaba a todo el mundo sus ojos helados. Rubashov se paseaba a lo largo de la celda, desde la puerta a la ventana y vuelta, entre el balde, el lavabo y el camastro, seis pasos y medio para alla, seis pasos y medio para aca; al llegar a la puerta se volvia a la derecha, y al llegar a la ventana, a la izquierda. Era una vieja costumbre de la carcel; si no se cambia la direccion de las vueltas es facil marearse. ¿Que habria en el cerebro del Numero Uno? Se pintaba a si mismo, en su imaginacion, con acuarela de color gris sobre una hoja de papel estirada en un tablero de dibujo y sujeta con alfileres, una seccion transversal de ese cerebro. Las circunvoluciones se henchian como entranas, enlazandose unas con otras como culebras musculares, hasta que se esfumaban, vagas y brumosas, como las espirales de las nebulosas en las cartas astronomicas... ¿Que pasaria en las inflamadas circunvoluciones? Se tiene conocimiento de todo lo que sucede en las lejanas nebulosas de los cielos, pero nada se sabe de las circunvoluciones cerebrales; esta es, probablemente, la causa de que la historia tenga mas de oraculo que de ciencia. Quizas algun dia, mucho mas tarde, se ensene esto por medio de tablas estadisticas, juntamente con las secciones transversales. El maestro escribira en la pizarra una formula algebraica que represente las condiciones de vida de las masas de una nacion dada, en un particular periodo: "Aqui tienen ustedes, ciudadanos, los factores objetivos que condicionan este proceso historico". Y senalando con el puntero un paisaje gris brumoso, entre el segundo y tercer lobulo del cerebro del Numero Uno: "Y aqui ven ustedes la reflexion subjetiva de esos factores: esto fue lo que, en el segundo cuarto del siglo XX determino el triunfo de las ideas totalitarias en la Europa Oriental". Hasta que no se llegue a este nivel cientifico, la politica no sera mas que puro diletantismo, simple superacion y magia negra... Rubashov oyo el ruido de varias personas que marchaban a paso redoblado por el pasillo, y su primer pensamiento fue: "Ahora empezaran los castigos". Se detuvo en medio de la celda, escuchando, con el menton inclinado hacia adelante. Los pasos militares hicieron alto frente a una de las celdas proximas, se oyo una voz baja de manda, y sonaron las llaves. Despues, silencio. Rubashov se quedo inmovil, de pie entre el camastro y el balde, conteniendo la respiracion y esperando el primer grito. Recordaba que ese primer grito de dolor, en el que el terror todavia predominaba sobre el dano fisico, era generalmente el peor; lo que seguia era ya mas soportable, porque uno se acostumbraba a ello, y despues de cierto tiempo se llega incluso a deducir el metodo de tortura por el tono y ritmo de los alaridos. Hacia el final, casi todos se conducian del mismo modo, aunque los temperamentos y la expresion de las voces fuesen distintos: los chillidos se debilitaban y se iban transformando en gemidos y sollozos; casi inmediatamente se oia un portazo. Las llaves tintineaban otra vez, y el primer alarido de la proxima victima era proferido, con frecuencia, antes que lo tocasen, a la simple vista de los hombres en el umbral. Rubashov permanecio de pie en medio de la celda, esperando el primer grito. Se limpio los lentes en la manga, y se afirmo a si mismo que rro gritaria esta vez, sucediera lo que sucediese; se repitio la frase como si estuviera rezando un rosario. Seguia de pie y esperando, pero el grito no llego. Oyo luego un ligero sonido metalico, una voz murmuro algo, y la puerta se...

Arthur Koestler Memorias

 Documento: EPUB1.1 MB

Publicado: 2020-01-09

Arthur Koestler. Memorias (r1.0)Las memorias de Arthur Koestler, una de las figuras intelectuales mas representativas y sobresalientes del siglo XX, constituyen uno de los testimonios mas lucidos y apasionantes del pasado siglo. El presente volumen reune, por primera vez, los dos titulos de su autobiografia, una obra indispensable. La primera parte, titulada Flecha en el azul, abarca un periodo comprendido entre 1905, ano de su nacimiento en Hungria, hasta 1931, fecha en que ingresa en el Partido Comunista. En un impresionante recorrido por la Europa de principios de siglo, asistimos a la infancia y la vida familiar de Koestler, sus anos juveniles en Viena, el comienzo de su carrera como periodista, su iniciacion sentimental y su vida en Berlin durante el ascenso del nazismo. Koestler lleva a cabo un profundo analisis de una epoca de convulsiones politicas en las que a las ilusiones por la revolucion rusa de 1917 se contraponia el horror del regimen de Hitler, que prosperaba ante la pasividad de la burguesia liberal alemana. La escritura invisible narra los anos que van de 1931 a 1940, caracterizados por el desengano del comunismo, a partir, sobre todo, del viaje que hizo por entonces a la Union Sovietica, donde conocio de primera mano las atrocidades de Stalin, algo que anos despues dio lugar a una inversion total de sus principios ideologicos. Koestler cuenta tambien su participacion como corresponsal en la guerra civil espanola, donde fue condenado a muerte por Franco, aunque finalmente fue canjeado. Su encarcelamiento en un campo de concentracion y su llegada a Inglaterra en 1940 cierran este monumento a la memoria del siglo XX. Arthur Koestler Memorias Flecha en el azul & La escritura invisible ePub r1.0 Titivillus 26.02.15 Titulo original: Arrow In The Blue: The First Volume Of An Autobiography, 1905-31 & The Invisible Writing: The Second Volume Of An Autobiography, 1932-40 Arthur Koestler, 1952 Traduccion: J. R. Wilcock & Alberto Luis Bixio Editor digital: Titivillus ePub base r1.2 Nota editorial Es posible que el lector de hoy se pregunte sobre la utilidad, oportunidad y conveniencia de reeditar de nuevo esta obra, casi sesenta anos despues de haber sido publicada por primera vez en Gran Bretana y de haber conocido varias ediciones en lengua castellana. El autor confiesa al comienzo de Flecha en el azul, primero de los dos volumenes que componen esta obra: «No puedo ni imaginarme si dentro de cincuenta anos habra alguien que desee leer algun libro mio, pero tengo una idea muy exacta de lo que a mi, como escritor, me impulsa. Es el deseo de trocar cien lectores contemporaneos por diez lectores dentro de diez anos, o por un lector dentro de cien anos». Estas memorias permiten al lector recorrer un tiempo rebosante de acontecimientos decisivos para la historia de la humanidad, a traves del relato apasionante de la trayectoria intelectual y humana de un personaje unico: excelente escritor, periodista, cientifico, hombre comprometido y de contradictoria trayectoria politica. Un ser, en definitiva, independiente, rebelde y critico, con una mirada abierta hacia todo lo que ocurre a su alrededor. Koestler es un testigo, alguien que ha vivido -y encarnado- los acontecimientos que han marcado el siglo XX, y cuya impronta tardara probablemente en desvanecerse en la historia. Se pueden compartir o no sus ideas politicas, tan contrapuestas a lo largo de su vida, pero lo que no se puede es obviar su capacidad de analizar las diferentes situaciones que conocio. Koestler es un testigo lucido -es decir, implacable- y bien situado. Su posicion en medio de la marea de acontecimientos historicos decisivos conforma su pensamiento y tambien sus contradicciones politicas y vitales. Koestler no historia, relata. La lectura de sus memorias, ademas de proporcionar el placer de los mejores relatos, ofrece al lector la posibilidad de atisbar la historia tras una mirada cargada de agudeza e inteligencia. Koestler es un escritor, alguien para quien la palabra no es solo un instrumento, sino una meta; un escritor de primer orden. El escritor de memorias, dice, no debe perdonarse sus faltas ni ocultar sus brillos, debe esforzarse por relatar las experiencias dolorosas y humillantes, al tiempo que debe tener el coraje necesario para incluir los episodios que le hacen aparecer con una luz favorable. «En 1937 -leemos-, cuando me encontraba en la carcel con la perspectiva de hacer frente a un batallon de fusilamiento, hice un voto: si alguna vez conseguia salir vivo de alli, escribiria una autobiografia tan franca e implacable conmigo mismo que a su lado Las confesiones de Rousseau y las Memorias de Cellini parecerian mera afectacion». Quince anos despues, Koestler comenzo a escribir las primeras paginas de esta autobiografia, que no concluiria hasta anos mas tarde, y que ha llegado a miles de lectores de todo el mundo. En esta edicion se reunen los dos volumenes tal como se publico originalmente. El primero, Flecha en el azul, abarca el tiempo comprendido entre 1905, fecha de su nacimiento, y 1931. Son los anos de aprendizaje: sus lecturas de adolescente, la vida familiar, sus estudios, los primeros escarceos amorosos, el comienzo de sus trabajos cientificos y, sobre todo, sus primeros pasos en la actividad politica. Pocas veces se podra encontrar un analisis tan vivo, claro y agudo como el de Koestler sobre la responsabilidad de la burguesia liberal alemana en el triunfo del nazismo o sobre las ilusiones que desperto la Revolucion bolchevique de 1917 (lo que le llevo a afiliarse al Partido Comunista). Como telon de fondo, la Hungria de los Habsburgo, la Primera Guerra Mundial, la caida del Imperio austrohungaro, la Revolucion bolchevique, la Comuna hungara de 1919, Palestina y los paises arabes, el Paris de entreguerras y el triunfo del nazismo en Alemania. Sobre este fondo, Koestler busca siempre el infinito y la eternidad. «La sed de absoluto es un estigma que marca a los que son incapaces de encontrar satisfaccion en el mundo relativo del ahora y de aqui. Mi obsesion por la flecha (disparada hacia lo infinito del azul del cielo) era meramente la primera fase de la busqueda». Con su incorporacion al Partido Comunista comienza el segundo volumen, La escritura invisible, donde encontramos referencias a sus primeros camaradas y amigos (entre los cuales esta Wilhelm Reich), vividos episodios de la lucha contra el regimen de Hitler y la caida de la Republica de Weimar, y sobre todo el viaje de 1932 a la Union Sovietica, donde permanece durante un ano, que le permite conocer en directo la dura realidad del regimen de Stalin y la mayor hambruna que sufrio el pais bajo el regimen sovietico. Archivo en su memoria todos estos datos y no los olvido nunca. Continua militando en las filas comunistas, y en Paris trabaja como periodista y colabora en la lucha antifascista con conocidos personajes de la vida cultural francesa (Malraux, Aragon, Levy-Bruhl,,,). Marcha despues a Espana como corresponsal de guerra y, en espera de ser fusilado, sostiene su famoso «dialogo con la muerte», pasa revista a su vida, se inicia en experiencias misticas y modifica por completo su concepcion del mundo. De nuevo libre, gracias a un canje de prisioneros, Koestler tiene otra vez la oportunidad de viajar a Europa, donde ahora conoce a Thomas Mann y a Sigmund Freud y, tras ser internado en un campo de concentracion durante seis meses, logra, despues de innumerables peripecias, llegar a Inglaterra. Si en Flecha en el azul durante su juventud miraba el universo como un libro abierto, «ahora -nos dice- se me aparece como un texto de escritura invisible, y del cual, en muy raros instantes de gracia, podemos descifrar algun pequeno fragmento». Considerado por George Orwell como un escritor fiel a su estilo de vida, Koestler no solo escribio un libro importante por la clase de acontecimientos que relata: su aguda percepcion intelectual de los hechos y de las ideas y de los diversos escenarios politicos de la Europa de los anos treinta le convierten en un escritor impresionante que ha alcanzado algo mas importante que el exito: con su obra ha logrado ejercer una influencia que probablemente alcanzara a los lectores de los proximos cien anos. Hui en vano; en todas partes encontre la ley. Debo ceder; puerta, recibe al huesped. Corazon tembloroso, sometete a tu amo,,, A aquel que en mi es mas yo que yo mismo. PAUL CLAUDEL TOMO I Flecha en el azul 1905-1931 Nota a la edicion de Danube Los pasajes de esta obra que aparecen entre comillas sin indicacion de origen provienen de mis libros anteriores. He adoptado este metodo para no molestar al lector con constantes referencias a mi propia obra. En los casos en que se hacen tales referencias tuve un motivo especial para indicar la fecha o el contexto del pasaje citado. Quiero expresar mi sincero y profundo agradecimiento a Jack y Chris Newsom, de Point Pleasant, Pensilvania, por la revision del manuscrito, por su amistad, por su critica y por sus palabras de aliento. A. K. PRIMERA PARTE Horrar y Bapan 1905-1921 Y siguio hablando de si mismo, sin comprender que el tema no era tan interesante para los demas como para el. TOLSTOI, Los cosacos 1 El horoscopo Desde los comienzos de la civilizacion el hombre ha creido que la posicion de los cuerpos celestes en el momento de su nacimiento ejercia cierta influencia sobre su destino. Cierto dia, en 1946, se me ocurrio que tambien la disposicion de los acontecimientos terrenales en ese mismo momento podia tener algun significado y decidi trazar mi horoscopo secular. La idea no es tan rebuscada como podria parecer a primera vista. La astrologia se basa en la creencia de que el hombre depende de las circunstancias cosmicas que lo rodean; Marx sostenia que es un producto de las circunstancias sociales. Creo que ambas proposiciones son validas; de ahi surge la idea del horoscopo secular. Supongo que el motivo de que esta idea no se le haya ocurrido nunca a la gente es que, hasta la invencion relativamente reciente de la prensa diaria, no poseian metodos exactos para descubrir que sucedia en este mundo en el momento de su nacimiento; en cambio, poseian realmente los medios para saber con considerable exactitud lo que habia sucedido en los cielos. Evidentemente, esto se debe a la inmensa confianza que inspiran los cuerpos celestes, comparados con los cuerpos humanos; uno puede calcular con una exactitud de una fraccion de grado donde se encontrara Sirio dentro de un millon de anos, pero no puede predecir la posicion espacial de su cocinera dentro de cinco minutos. El procedimiento para trazar el horoscopo secular es muy simple. Lo unico que tuve que hacer fue acudir a las oficinas de The Times, en Printing House Square, Londres, y pedir que me mostraran el ejemplar del dia siguiente a mi nacimiento, ocurrido el 5 de septiembre de 1905, aproximadamente a las tres y media de la tarde. Despues de un rato, me llevaron un pesado volumen que contenia todos los numeros aparecidos en agosto y septiembre de 1905. Pusieron a mi disposicion una salita de lectura, provista de escritorio, sillon, tintero y secante; alli, en comoda reclusion, me instale y comence a pasar las paginas levemente amarillentas del voluminoso tomo. Hasta esa tranquila habitacion, por la ventana que daba al Tamesis, llegaba el debil sonido del silbido de un remolcador, que gemia su nostalgia del mar. Senti el agradable y suave deleite del minero que abre un tunel hacia el pasado, matizado por la emocion mas intensa del astrologo que calcula las orbitas del destino de un cliente importante. Para prolongar el placer empece por la periferia, por asi decirlo, del campo de fuerzas existente en el momento de mi nacimiento; es decir, por los anuncios. Sugerentemente, el primero que me llamo la atencion se referia a LA MAQUINA LITERARIA, utilizada por S. M. el Rey, y calificada de DELICIOSAMENTE COMODA; precio de venta, desde diecisiete chelines y medio. Sin embargo, la maquina resulto una decepcion, porque solo era un dispositivo «para sostener un libro en cualquier posicion sobre un sillon, una cama o un sofa». Dirigi luego la atencion a la seccion DIVERSIONES y descubri que en el Palacio de Cristal se celebraba una exposicion colonial e hindu, cuyo programa incluia «exhibiciones de guerreros nativos a las dos y media, cuatro y media y seis de la tarde»; se anunciaba un cafe chantant para las cuatro y las ocho de la tarde, y tambien una exhibicion nacional de fuegos artificiales, no con el fin de celebrar mi nacimiento, sino en honor de la visita de la flota francesa a Spithead. La mayor parte de la seccion de anuncios clasificados estaba dedicada a una variedad de carruajes, tales como victorias, landos, broughams y volantes; a los frenos, las guarniciones y las monturas, y especialmente a una multitud de caballos de una gran variedad de color, edad y caracter, entre ellos un par de caballos bayos de quince palmos, de tiro liviano, ambos garantizados sanos, «valiosos para una persona timida o nerviosa», ofrecidos, con un plazo de prueba de catorce dias, al interesante precio de ciento cincuenta guineas. Los automoviles apenas estaban representados y su unica y timida aparicion en la columna «Miscelanea» no parecia muy alentadora: «UN CABALLERO, poseedor de un automovil Daimler 28-36», anunciaba que «le ENCANTARIA ALQUILAR el coche -con servicio personal- por dia, por semana o por mes, dentro del pais o en el extranjero». Evidentemente, debia de haberse cansado muy pronto de su vehiculo. Esto parecia perdonable, considerando que el mismo dia habia sido designada una comision real de automoviles, encabezada por el vizconde Selby, para investigar e informar, entre otros problemas, sobre «los danos al parecer causados a los caminos por los automoviles». El caballero del Daimler era el unico elemento perturbador en esa cabalgata de monturas, caballos y victorias de la seccion de anuncios clasificados. Hacia tantos anos que la tinta de la imprenta se habia secado, que ya no olia a su sustancia sino a su significado: a cuero fresco y al sudor de los flancos de los caballos; con una rafaga de lavanda, representada por la «senorita Smallwood, de The Leas, Great Malvern», que «deseaba ansiosamente obtener pedidos de panuelos con iniciales bordadas, ya que varias damas de su sociedad se ganan la vida mediante este tipo de labores». Pase a la columna de «Demandas de empleo», donde encontre una desconcertante cantidad de damas que recomendaban efusivamente a sus cocheros, cuyos caracteres y condiciones aparecian casi siempre calificados de excelentes. Esto me predispuso a la meditacion, pero de nuevo me devolvio a la sobria realidad el joven comerciante aleman que, poseyendo un solido conocimiento de los rudimentos del idioma ingles, buscaba empleo en una buena empresa inglesa, como empleado honorario. Tal vez era herr Von Ribbentrop, ¿quien sabe? Hasta aqui, mi horoscopo no me habia dicho gran cosa. Al volver a las paginas centrales descubri que, mientras yo nacia, el emperador y la emperatriz de Alemania asistian al desfile de otono de la brigada de guardias, en Tempelhof; que el rey Eduardo habia ofrecido una cena en el Kursaal de Marienbad, en Bohemia, a veintinueve invitados, entre ellos la princesa Murat, la duquesa Adeline de Bedford y la marquesa de Ganay; que el brote de colera en Prusia habia dejado un saldo de veinticuatro muertos durante las ultimas veinticuatro horas; que se habian producido dieciseis casos de peste en Zanzibar, y que el ingles capturado por unos bandidos en Macedonia, el senor Philip Mills, empleado de la Monastir Tobacco Regie, seguia aun vivo y todavia en manos de sus raptores. Una violenta tormenta en el lago Superior habia causado la muerte de veinte marineros; el principe Enrique de Prusia habia almorzado con el almirante Winsloe, comandante de la Division de Destructores de la Flota del Canal, en viaje por el Baltico; el Congreso de Sindicatos habia reanudado sus sesiones en Hanley, donde el presidente del mismo, el senor J. Sexton (Obreros Portuarios Nacionales, de Liverpool), habia urgido la necesidad de abolir el monopolio y los terratenientes. En el extranjero, Le Temps de Paris, comentando la insurreccion de Marruecos y las complicaciones francogermanas a que daria lugar, habia dicho, segun se citaba: «Para emplear una expresion que no puede dejar de ser bien recibida en Alemania, haremos que el magzen sienta el peso de nuestro puno de hierro, hasta que se decida a reconocer nuestros derechos,,,». «¡Fuego, fuego! -me dije-. Esto ya es significativo. Marte entra en la segunda casa». Y en efecto, los articulos siguientes tanian ciertas cuerdas cuyas vibraciones me acompanarian durante muchos anos: LUCHA ENCONADA EN EL CAUCASO Tiflis, 5 de septiembre de 1905 Las noticias de Baku empeoran constantemente. La Ciudad Negra esta en llamas, y han estallado innumerables incendios en otros lugares, Las tropas luchan con el maximo vigor, pero hasta ahora no han conseguido restablecer el orden,,, La Revolucion rusa de 1905 empezaba a marcar el paso. Los sucesos de Baku, ocurridos el dia mismo de mi nacimiento, fueron el preludio de la primera huelga general de la historia moderna. La actividad revolucionaria de los terroristas socialistas era contrarrestada por la actividad contrarrevolucionaria de los terroristas patrioticos. Estos ultimos, conocidos con el nombre de los Cien Negros, en connivencia con la policia y el gobierno suscitaban pogromos antisemitas para desviar el descontento popular. DISTURBIOS EN KICHINEV Kichinev, 5 de septiembre de 1905 Una pobre mujer asesinada por los agitadores fue enterrada hoy en esta ciudad; asistieron a sus exequias obreros judios y rusos. De pronto se oyeron tiros, y un grupo de policias y dragones con las espadas desenvainadas aparecio y embistio al cortejo funebre, hiriendo a numerosos asistentes. En medio de la confusion, el ataud cayo en la calle y fue retirado por algunos simpatizantes. El coronel al mando de la gendarmeria se nego a dar ninguna explicacion del incidente. [,,,] En toda la ciudad prevalece una intensa alarma. Todavia no se puede calcular el numero total de muertos y heridos. Me parecia oir a la orquesta afinando los instrumentos momentos antes de que el director alce la batuta. Mi horoscopo comenzaba a adquirir forma. Y se definio completamente cuando empece a leer el editorial del dia. Se referia a un suceso que habia acontecido el 5 de septiembre, a las 3.47 de la tarde, la misma hora de mi nacimiento; segun el autor del editorial, representaba: ,,, un acontecimiento de suprema importancia, no solo dentro de la historia politica del mundo, sino dentro del interminable proceso moral e intelectual que toscamente denominamos civilizacion; un hecho de maxima importancia. Predecir con alguna exactitud las consecuencias de una revolucion tan grande queda fuera de las posibilidades humanas. Lo unico que podemos hacer es tomar nota de ella, e indicar una o dos de las direcciones en que tendera quiza a moldear el pensamiento y el caracter del mundo. El gran objetivo de todo este entrenamiento ha sido la subordinacion del individuo a la familia, a la tribu y al Estado. Ensena que el hombre no vive solamente para si, ni siquiera esencialmente para si. Su principal obligacion es su obligacion colectiva hacia los diferentes grupos sociales en que ha nacido. Desde la infancia, es continua y cuidadosamente adiestrado en la consecucion de esta finalidad. No solo se le ensena a dominar sus actos y sus expresiones, sino tambien sus mismos pensamientos, sentimientos e impulsos, de acuerdo con los fines preestablecidos por el deber. Mucho puede aprender Occidente de esta casi monastica disciplina del caracter, y algo tambien debe aprender a evitar,,, El acontecimiento mencionado era la firma del tratado de paz firmado en Portsmouth, New Hampshire, entre su majestad el autocrata de todas las Rusias y su majestad el emperador de Japon. Los rapsodicos elogios del editorialista de The Times se referian al entrenamiento de los victoriosos japoneses, con el que se lograba «la subordinacion del individuo a la tribu y al Estado». Esa era la leccion que, segun el, debia aprender Occidente, con su excesivo individualismo, de la «monastica disciplina» del primer estado totalitario moderno, que emergia triunfante de su oscuridad asiatica en medio del escenario politico. El reloj que habia marcado la hora de mi nacimiento tambien anunciaba el fin de la era del liberalismo y del individualismo, de esa civilizacion de dura competencia y sin embargo de facilidades, que habia logrado conciliar, gracias a un insolito contrato, amable y cruel, el eslogan de la «supervivencia de los mas aptos» con el de laissez faire, laissez aller. Si en el horoscopo secular los acontecimientos politicos corresponden a las constelaciones planetarias, los astros fijos estarian representados por aquellos hombres que, de una manera mas lenta y mas duradera, dan forma a los caracteres de su epoca. De ese modo, para completar el cuadro, deberia mencionar que en el mismo ano y mes de mi nacimiento, el examinador de patentes de la Oficina de Patentes de Berna, Suiza, publico un ensayo, Sobre la electrodinamica de los cuerpos en movimiento, firmado por Albert Einstein; que tambien en el mismo ano Sigmund Freud publico sus Tres ensayos sobre teoria sexual; Wells, Kipps y Una utopia moderna; Thomas Mann, Alteza real, y Tolstoi, Algunas palabras sobre el cuento de Chejov «Querido»; que La Grande Revue de Paris calificaba de «inefablemente ridiculas» las obras del aduanero Rousseau, de Cezanne, de Matisse, y de las demas «bestias feroces» que exponian en el Salon de Otono, y Picasso vendia sus dibujos al marchant Soulier por veinte francos cada uno. Para completar el horoscopo, tambien aparecia en el numero de The Times del dia de mi nacimiento una carta escrita por un caballero que firmaba «Vidi» -aunque «Jeremias» habria sido igualmente apropiado-, que inter alia decia: Hoy resulta desalentador ver que nadie ha aprendido la leccion de dicha ordalia [la guerra de los Boers], que casi nadie presta atencion al toque de atencion, y que todas las clases sociales de la nacion se dedican a satisfacer una pasion muy poco inglesa por el lujo y las emociones. Las ideas amplias parecen prohibidas y el huero ingenio, exaltado; las responsabilidades, ignoradas; el humor preponderante es una egoista confianza en la Providencia; y el espiritu dominante (triste homenaje a Carlyle) se deja ver hasta en las calles, donde las mujeres de cualquier clase social se visten de noche a las diez de la manana, como si la vida fuera un perpetuo garden party. Las exageraciones del deporte, tan acerbamente criticadas por el senor Kipling, son mas evidentes que nunca, y los estragos de las diversas formas del alcoholismo no disminuyen de intensidad,,, Cuando cerre el enorme y negro volumen y sali de la oficina de Printing House Square pense que mi horoscopo secular me habia proporcionado tanta informacion sobre el campo de fuerzas de mi nacimiento como podian proporcionarme las estrellas, y tambien sobre las influencias que forjarian mi caracter y mi destino. Sin embargo, a veces me parece que decir esto es una blasfemia, y que el astrologo medieval, ese payaso profetico con su sombrero negro y puntiagudo y su manto bordado de seda, vislumbraba la esencia del destino del hombre mas certeramente que los politicos y los psiquiatras de hoy. Pero, por supuesto, tambien este sentimiento puede ser una consecuencia de las influencias de mi horoscopo; una consecuencia del hecho de que yo naciera en el momento en que se ponia el sol de la era de la razon. 2 La saga de los Koestler El arbol genealogico de los Koestler se inicia con mi abuelo Leopold y termina conmigo. Leopold X huyo de Rusia durante la guerra de Crimea a traves de los Carpatos y llego a Hungria. Tengo que llamarlo «X» porque Koestler no era su verdadero apellido; nunca lo revelo a nadie, ni siquiera a sus hijos. Lo unico que se sabe de el es que llego a la excelente ciudad de Miskolcz, en Hungria, en algun momento de la decada de 1860, y que de algun modo adopto alli el nombre de Koestler, Kostler, Kestler o Kesztler, ya que bajo esas formas figura en diversos documentos. No se sabe por que huyo de Rusia. Tal vez fuera desertor del ejercito, o tal vez se viera involucrado en el movimiento social revolucionario, o quiza, despues de todo, hubiera cometido un crimen. Naturalmente, prefiero creer que era un revolucionario socialista. Murio en 1911, cuando yo tenia seis anos. Lo recuerdo como a un patriarca alto y amable, de larga barba blanca, siempre con levita; en efecto, todavia veo su ademan caracteristico de levantar y separar los faldones negros de la levita antes de sentarse en la mecedora. Fuera de esto, mi unico recuerdo de Leopold X se relaciona con un sandwich de jamon. En las mananas de sol, solia llevarme a pasear por una de las bonitas avenidas de Budapest, flanqueada por castanos, llamada Varosligeti fasor, que significa literalmente «la fila de arboles del parque de la ciudad». En una callejuela que daba a esta avenida habia una charcuteria y alli el anciano me compraba siempre un delicioso sandwich de jamon; pero nunca se compraba uno para el. Un dia le pregunte por que y me contesto: «Quedaria mal que yo comiera jamon, pero no esta mal que lo comas tu. Yo me crie entre prejuicios». Esta declaracion perduro en mi memoria, en general a causa de su naturaleza desconcertante, y en particular porque en esa epoca desconocia la palabra «prejuicio». Mi madre me explico mas tarde su significado. Leopold X se habia criado dentro del estricto cumplimiento de la ley mosaica, que prohibe comer carne de cerdo; y aunque permitia a su hijo y a su nieto una libertad completa en cuestiones de religion, se atenia personalmente a la tradicion, refiriendose a la misma, con cortes ironia, como a un «prejuicio». Era una actitud que combinaba el respeto hacia la tradicion con la tolerancia ilustrada; despues de todo, debio de ser un revolucionario socialista. Antes de despedirnos del amable y oscuro Leopold deberia mencionar brevemente su ambiente social y su estado financiero. Una serie de hechos sugieren que la familia de X, en Rusia, pertenecia a la burguesia acomodada. Prueba de ello son, en primer lugar, ciertos paquetes con sellos de correo extranjeros que Leopold recibia muy de vez en cuando. Estos paquetes no los traia el cartero a casa; Leopold iba a buscarlos personalmente a la oficina de correos y los abria a solas en su habitacion; al parecer, contenian regalos diversos de caracter memorable, como bufandas de seda, bordados y articulos similares. En segundo lugar, esta la famosa frase de Leopold, pronunciada en la unica ocasion en que hablo con mi madre de su propia familia. Esto ocurrio mientras mi madre le mostraba un vestido nuevo de fiesta, que probablemente le suscito algun lejano recuerdo, porque dijo melancolicamente: «Querida, mi madre tenia un vestido de fiesta hecho con una seda tan pesada, y tan ricamente bordado con hilo de oro, que no necesitaba colgarlo de una percha, porque se quedaba en pie, tieso, sin perder su forma». Pero como el vestido en cuestion debia de datar de la epoca de la crinolina, la prueba no es concluyente. Pero en tercer y ultimo lugar, su manera de levantarse los faldones de la levita antes de sentarse revelaba sin lugar a dudas la influencia de un ambiente social donde habia mecedoras y otras comodidades de la vida civilizada. Fuera como fuese, mi abuelo al parecer prospero durante algun tiempo despues de establecerse en la ciudad de Miskolcz. Se caso con la hija del dueno de un aserradero, o con la hija de un juez en cierto modo relacionado con un aserradero, no lo recuerdo exactamente; de todos modos, dirigio un aserradero hasta que este se incendio y mi abuelo se arruino. La ruina, como se vera, es endemica en mi familia, y cada vez que ocurre se convierte en una inesperada bendicion. En este primer caso indujo a Leopold a emigrar con su mujer y cuatro criaturas de corta edad de la provinciana ciudad de Miskolcz a la metropolitana Budapest. En Budapest, durante la infancia de mi padre, la familia vivio exactamente en la frontera entre la clase burguesa empobrecida y la clase obrera. Leopold no volvio nunca a levantar cabeza. Solo pudo dar a sus hijos la educacion que la monarquia austrohungara ofrecia a los pobres en las decadas de 1870 y 1880. Sus dos hijas, mis tias Jenny y Betty, se casaron apresuradamente, una con un mensajero de banco, la otra con un aprendiz de imprenta. Su hijo mayor, el tio Jonas, llego a ser contable y siguio siendolo hasta el final de sus dias. Su hijo menor, Henrik, que en el momento apropiado llegaria a ser mi padre, inicio su carrera como recadero de un panero. La fortuna de los Koestler habia tocado fondo, y es probable que nunca mas hubieran salido a flote si mi padre no hubiese sido un nino prodigio; los ninos prodigios son otro rasgo endemico de mi familia. Tenia catorce anos cuando entro como recadero en la firma de Sommer y Grunwald de Budapest. Su horario de trabajo comenzaba a las siete y media de la manana, pero todos los dias se levantaba a las cuatro de la madrugada y se pasaba las tres horas siguientes estudiando aleman, ingles y frances; durante la estacion calida, iba y venia por el parque de la ciudad; durante el invierno, devoraba sus mugrientas gramaticas de segunda mano...

Nota editorial de MEMORIAS de Arthur Koestler

 



Nota editorial
    Es posible que el lector de hoy se pregunte sobre la utilidad, oportunidad y conveniencia de reeditar de nuevo esta obra, casi sesenta años después de haber sido publicada por primera vez en Gran Bretaña y de haber conocido varias ediciones en lengua castellana.
    El autor confiesa al comienzo de Flecha en el azul
, primero de los dos volúmenes que componen esta obra: «No puedo ni imaginarme si dentro de cincuenta años habrá alguien que desee leer algún libro mío, pero tengo una idea muy exacta de lo que a mí, como escritor, me impulsa. Es el deseo de trocar cien lectores contemporáneos por diez lectores dentro de diez años, o por un lector dentro de cien años».
    Estas memorias permiten al lector recorrer un tiempo rebosante de acontecimientos decisivos para la historia de la humanidad, a través del relato apasionante de la trayectoria intelectual y humana de un personaje único: excelente escritor, periodista, científico, hombre comprometido y de contradictoria trayectoria política. Un ser, en definitiva, independiente, rebelde y crítico, con una mirada abierta hacia todo lo que ocurre a su alrededor.
    Koestler es un testigo, alguien que ha vivido —y encarnado— los acontecimientos que han marcado el siglo XX , y cuya impronta tardará probablemente en desvanecerse en la historia.
    Se pueden compartir o no sus ideas políticas, tan contrapuestas a lo largo de su vida, pero lo que no se puede es obviar su capacidad de analizar las diferentes situaciones que conoció. Koestler es un testigo lúcido —es decir, implacable— y bien situado. Su posición en medio de la marea de acontecimientos históricos decisivos conforma su pensamiento y también sus contradicciones políticas y vitales. Koestler no historia, relata.
    La lectura de sus memorias, además de proporcionar el placer de los mejores relatos, ofrece al lector la posibilidad de atisbar la historia tras una mirada cargada de agudeza e inteligencia.
    Koestler es un escritor, alguien para quien la palabra no es solo un instrumento, sino una meta; un escritor de primer orden. El escritor de memorias, dice, no debe perdonarse sus faltas ni ocultar sus brillos, debe esforzarse por relatar las experiencias dolorosas y humillantes, al tiempo que debe tener el coraje necesario para incluir los episodios que le hacen aparecer con una luz favorable.
    «En 1937 —leemos—, cuando me encontraba en la cárcel con la perspectiva de hacer frente a un batallón de fusilamiento, hice un voto: si alguna vez conseguía salir vivo de allí, escribiría una autobiografía tan franca e implacable conmigo mismo que a su lado
Las confesiones de Rousseau y las Memorias de Cellini parecerían mera afectación».
    Quince años después, Koestler comenzó a escribir las primeras páginas de esta autobiografía, que no concluiría hasta años más tarde, y que ha llegado a miles de lectores de todo el mundo.
    En esta edición se reúnen los dos volúmenes tal como se publicó originalmente. El primero, Flecha en el azul, abarca el tiempo comprendido entre 1905, fecha de su nacimiento, y 1931. Son los años de aprendizaje: sus lecturas de adolescente, la vida familiar, sus estudios, los primeros escarceos amorosos, el comienzo de sus trabajos científicos y, sobre todo, sus primeros pasos en la actividad política. Pocas veces se podrá encontrar un análisis tan vivo, claro y agudo como el de Koestler sobre la responsabilidad de la burguesía liberal alemana en el triunfo del nazismo o sobre las ilusiones que despertó la Revolución bolchevique de 1917 (lo que le llevó a afiliarse al Partido Comunista). Como telón de fondo, la Hungría de los Habsburgo, la Primera Guerra Mundial, la caída del Imperio austrohúngaro, la Revolución bolchevique, la Comuna húngara de 1919, Palestina y los países árabes, el París de entreguerras y el triunfo del nazismo en Alemania.
    Sobre este fondo, Koestler busca siempre el infinito y la eternidad. «La sed de absoluto es un estigma que marca a los que son incapaces de encontrar satisfacción en el mundo relativo del ahora y de aquí. Mi obsesión por la flecha (disparada hacia lo infinito del azul del cielo) era meramente la primera fase de la búsqueda».
    Con su incorporación al Partido Comunista comienza el segundo volumen, La escritura invisible, donde encontramos referencias a sus primeros camaradas y amigos (entre los cuales está Wilhelm Reich), vívidos episodios de la lucha contra el régimen de Hitler y la caída de la República de Weimar, y sobre todo el viaje de 1932 a la Unión Soviética, donde permanece durante un año, que le permite conocer en directo la dura realidad del régimen de Stalin y la mayor hambruna que sufrió el país bajo el régimen soviético. Archivó en su memoria todos estos datos y no los olvidó nunca.
    Continúa militando en las filas comunistas, y en París trabaja como periodista y colabora en la lucha antifascista con conocidos personajes de la vida cultural francesa (Malraux, Aragon, Lévy-Bruhl…). Marcha después a España como corresponsal de guerra y, en espera de ser fusilado, sostiene su famoso «diálogo con la muerte», pasa revista a su vida, se inicia en experiencias místicas y modifica por completo su concepción del mundo. De nuevo libre, gracias a un canje de prisioneros, Koestler tiene otra vez la oportunidad de viajar a Europa, donde ahora conoce a Thomas Mann y a Sigmund Freud y, tras ser internado en un campo de concentración durante seis meses, logra, después de innumerables peripecias, llegar a Inglaterra.
    Si en Flecha en el azul durante su juventud miraba el universo como un libro abierto, «ahora —nos dice— se me aparece como un texto de escritura invisible, y del cual, en muy raros instantes de gracia, podemos descifrar algún pequeño fragmento».
    Considerado por George Orwell como un escritor fiel a su estilo de vida, Koestler no solo escribió un libro importante por la clase de acontecimientos que relata: su aguda percepción intelectual de los hechos y de las ideas y de los diversos escenarios políticos de la Europa de los años treinta le convierten en un escritor impresionante que ha alcanzado algo más importante que el éxito: con su obra ha logrado ejercer una influencia que probablemente alcanzará a los lectores de los próximos cien años.

Huí en vano; en todas partes encontré la ley. Debo ceder; puerta, recibe al huésped. Corazón tembloroso, sométete a tu amo… A aquel que en mí es más yo que yo mismo.

    PAUL CLAUDEL