CUANDO EL CINE ES COMO LA VIDA: LOS CUATROCIENTOS GOLPES, DE FRANÇOIS TRUFFAUT

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“Contrariamente a otros realizadores de la nouvelle vague, obsesionados por mirarse su propio ombligo, Truffaut supo edificar una obra en la que el amor por el cine estalla en todas partes”.
– Alexandre Astruc

Nació en París, de padre desconocido. El futuro esposo de su madre lo aceptó como hijo adoptivo y le dio su apellido. Fue puesto desde el nacimiento en manos de una nodriza, ante la vergüenza familiar que representaba tener entre ellos a una madre soltera. Pasará luego brevemente a casa de los abuelos maternos, para más tarde convivir por primera vez con sus padres, quienes no logran asentarse durante periodos prolongados en un mismo sitio. Por lo general al niño le toca dormir a la entrada del minúsculo apartamento de turno, en una cama que se guardaba en el día. Aficionado a los libros, huye de clases para entregarse a Balzac, Dumas y Musset. Su rendimiento escolar es muy deficiente y son varios los colegios por los que pasa. Después se enamorará del cine: se convierte en un cinéfilo clandestino, siempre en fuga de sus endemoniados deberes escolares y de sus padres, a quienes no logra comprender. Ni ellos a él.

A los catorce años, abandona definitivamente cualquier intento de acogerse a las normas educativas y decide ser autodidacta. Empieza a trabajar en una tienda de abarrotes, mientras comparte habitación y suma carencias con su mejor amigo. Ambos hacían listas de los filmes en exhibición y las vendían en las calles, junto a las fotos promocionales de las películas, que robaban en las noches de las salas de cine. Dos años después funda un cineclub con el dinero obtenido en su trabajo, pero apremiado por los compromisos debe robarse la maquina de escribir de la oficina de su padre para cubrir el costo de las primeras funciones.

François Truffaut en una prisión militar en 1951.

François Truffaut en una prisión militar en 1951.

Tres meses más tarde, las deudas que lo ahogaban amenazan hundirlo y su padre le obliga a firmar un compromiso escrito en el que se compromete a conseguir un trabajo y abandonar sus actividades como novel empresario del cine. Pero al persistir -obstinado- con el cineclub, es su propio padre quién lo entrega en custodia a la policía, ante el incumplimiento de su palabra. Esa primera noche duerme en la estación de la policía en una pequeña celda, para pasar luego al Centro de Observación de Menores de París en Villejuif donde padecerá todo tipo de abusos, insultos e improperios. Sale en libertad condicional tres meses más tarde para ser internado en una casa de religiosos en Versalles. Allí duró seis meses, cuando fue expulsado por su mala conducta…

Escarapela de Truffaut como corresponsal de Arts en el Festival de Cannes de 1957.

¿A quién nos referimos en esta nota biográfica? ¿A François Truffaut o a Antoine Doinel, el protagonista de Los cuatrocientos golpes? ¿O a ambos? ¿Qué tanto hay de Truffaut en su personaje? ¿Cuánto de su propia vida se coló en la estructuración de la más popular de las creaciones de su cine? Por lo que acabamos de describir, mucho. Para dar inicio a su carrera como director de largometrajes, Truffaut toma elementos claros de su propia vida y los convierte en ficción y en lección. Sabe mucho de cine, sabe además que mientras más cercano esté a la historia que va a contarnos mejor será el resultado. Y qué mejor que sus propias experiencias, sus propios dolores, su propia cinefilia encendida.

Pasar de ver cine a hacerlo
La militancia activa en los cineclubes, la obsesión por lograr ver todas las películas a su alcance, la relación estrecha con su mentor André Bazin y la labor crítica para revistas como ElleCiné-DigestLettres du monde o France-Dimanche y luego desde las páginas especializadas de Cahiers du cinéma y de Arts, convierten a Truffaut en un hombre girando alrededor de la penumbra de una sala de cine. Perenne vampiro sediento siempre de celuloide, recibe el incomodo sol en los intermedios entre película y película.

Atreverse a dirigir se antojaba un paso lógico, una consecuencia apenas natural, una metamorfosis casi imperceptible. “Hoy, en efecto, a fuerza de ver filmes y de amarlos se tiene el deseo de realizarlos. Ya no se va al cine por azar, sino con la voluntad de hacer cine” (1), declaraba. Lo intenta en 1954 con Une Visite, un cortometraje que a nadie deja satisfecho y de nuevo tres años después con Les Mistons, otro corto donde ya aparece por entero: niños, un romance trágico, la fascinación por las mujeres. Luego vendría un corto filmado en dos días Une Histoire d’eau, en el que Jean Luc Godard colaboró como montajista y reescribiendo parte de los diálogos.

Truffaut durante el rodaje de Los cuatrocientos golpes (1959)

Su cine está a punto de anunciarse. Escribe para Arts un artículo en mayo de 1957 que no deja duda alguna cuando afirma que “(…) El cine del mañana me parece incluso más personal que una novela individual y autobiográfica, algo así como una confesión o un diario. Los jóvenes directores se expresarán en primera persona y relatarán lo que les ha ocurrido: puede ser la historia de su primer amor o del más reciente; de su despertar político; la historia de un viaje, una enfermedad, su servicio militar, su matrimonio, sus últimas vacaciones… y se va a disfrutar porque será verdadero y nuevo… El cine del mañana no será dirigido por sirvientes civiles de la cámara, sino por artistas para quienes filmar una película constituye una aventura maravillosa y excitante. El cine del mañana se asemejará a la persona que lo hizo y el número de espectadores será proporcional al número de amigos que el director tenga. El cine del mañana será un acto de amor” (2).

Jean Pierre = Antoine
Un anuncio en la revista France-Soir que apareció entre septiembre y octubre de 1958 solicitaba un joven actor para un nuevo proyecto fílmico. Cientos de adolescentes fueron convocados por el aviso, pero en las audiciones se elige a un muchacho de catorce años, Jean-Pierre Léaud, emocionalmente inestable y de dudoso rendimiento como estudiante, hijo de un asistente de guionista y de una actriz. Truffaut recuerda que “Daba una gran impresión de intensidad, de nerviosismo… Había en él una violencia interior, un gran deseo de lucha por obtener el papel” (3). Antoine Doinel tenía ya un rostro.

LEAUD
Un año antes Truffaut se había casado con la hija de Ignace Morgenstern, director de una importante empresa productora y distribuidora, la Sedif, fundada en 1934. Es precisamente con el apoyo económico de su suegro que Truffaut crea su propia compañía realizadora -Les films du Carrosse (bautizada en homenaje explícito a La carrosse d´or de Jean Renoir)- y que pudo asegurar la financiación de su primer largometraje, cuyo presupuesto calculado estaba alrededor de los cuarenta millones de viejos francos (dos millones de francos actuales).

En su aproximación inicial al cine, el propósito de Truffaut fue el de realizar algunas viñetas juveniles autobiográficas en episodios que se expandían a lo largo de varios cortometrajes. Un hombre que habia visto tanto cine a pesar de su edad, no se sentía seguro de explorar otros caminos diferentes al de la experiencia personal, quizá como un reflejo de la libertad creativa a la que los nuevos cineastas debían aspirar y que tiene que ver con los sentimientos, con las vivencias que salen del corazón. Desilusionado con el resultado de Les Mistons, abandona el proyecto de los cortometrajes y concentra su interés en uno de los episodios propuestos, La fuga de Antoine, con la intención de realizar con él un largometraje.

Jean Pierre Leaud como Antoine en Los cuatrocientos golpes (1959).

Jean-Pierre Léaud como Antoine en Los cuatrocientos golpes (1959).

De este modo empieza a escribir una historia que es una mezcla de sus duras experiencias, anécdotas y aventuras de infancia y adolescencia, mezcladas con recuerdos dispersos y con lo vivido por su mejor amigo, un compañero de clases llamado Robert Lachenay. Pero el material recogido no tiene la consistencia suficiente y pide la ayuda del escritor y guionista Marcel Moussy. “Si hubiera estado solo, habría tenido la tendencia a tipificar a los padres de una forma muy caricaturesca, a realizar una sátira violenta pero no objetiva, y Moussy me ha ayudado a transformar a estas personas en más humanas, más cercanas a la norma” (4), explica el director. Para el fin del verano de 1958 Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups) ya estaban escritos en el papel (faire les quatre cents coups es una expresión que significa algo así como “estar listo para meterse en problemas” o “ser un problemático”). El argumento parte de una anécdota relatada por Maryse Choisy en un texto sobre disfunciones sexuales de la adolescencia y que tiene que ver con la deprivación afectiva. “Antoine Doinel es lo contrario de un niño maltratado: nunca ha llegado a ser tratado” (5), refería Truffaut.

El guion original, fechado el 15 de diciembre de 1958 pretendía ser sólo una guía de navegación, un derrotero abierto donde la improvisación y las mejoras sobre la marcha fuera las regla. Un ejemplo concreto ocurrió con el apellido del protagonista: originalmente Loinod, pasa en medio del rodaje a ser Doinel, en otro homenaje a Renoir, quien tenía una colaboradora cercana llamada Ginette Doynel. El academicismo de los guiones absolutamente estructurados, como los elaborados por Aurenche y Bost, dos de los escritores de la época más vilipendiados por Truffaut, no tenía ya cabida.

Jean Pierre Leaud, Claire Maurier y Albert Rémy en Los cuatrocientos golpes (1959)

Jean-Pierre Léaud, Claire Maurier y Albert Rémy en Los cuatrocientos golpes (1959)

Tras obtener un permiso especial para filmar, otorgado por el Centre National de la Cinematographie (CNC), empieza a reunir su equipo. El experimentado Henri Decaë -el fotógrafo de Jean-Pierre Melville, Malle y Chabrol- haría el trabajo de cámaras. Albert Rémy, un actor muy en boga en los años cuarenta y cincuenta interpretaría al padre de Antoine, mientras Claire Maurier, con experiencia teatral, a su madre, y Patrick Auffay a René, el mejor amigo de Antoine (alter ego de Robert Lachenay). En la filmación intervinieron, además de los actores, un colectivo de los amigos del director como extras: Jean-Claude Brialy, Jacques Demy, Jean Douchet, Jeanne Moreau y el propio Truffaut. Incluso Philippe de Broca fue uno de los asistentes de dirección.

En la mañana del 10 de noviembre de 1958 se inicia el rodaje. Y como la fatalidad no conoce de fechas, esa misma noche fallece André Bazin, víctima de una leucemia. Truffaut le dedicaría el filme a la memoria de su mentor, consejero y amigo. La primera semana de rodaje tuvo lugar en un apartamento en la calle Mercadet, en la colina de Montmartre, locación que haría las veces del hogar de Antoine. La estrechez del sitio, los subitos cambios de voltaje y la ansiedad de la filmación complicaron las cosas, al extremo de limitar Truffaut sus visitas al plató a lo apenas indispensable.

André Bazin, 1918-1958

André Bazin, 1918-1958

Las cosas mejoran al empezar a filmar en una casa de la calle Fontaine, propiedad del crítico Claude Vermorel, domicilio que representaría al hogar de René. En las instalaciones de la Sedif se rodó la secuencia en la que Antoine roba e intenta devolver la maquina de escribir robada. La secuencia final del filme, cuando Antoine llega al mar fue rodada en Viller-sur-Mer, en Normandía. Al volver a París a filmar en exteriores, la policía detuvo en dos ocasiones la filmación, que a pesar de todo progresó con enorme rapidez. El rodaje concluye el 5 de enero de 1959, tras cincuenta y seis días. El dos de abril es la primera exhibición ante la prensa y después, para sorpresa general, el filme es seleccionado para ser presentado en el Festival de Cannes en representación del país.

Abril 22 de 1959: desde las páginas de Arts, un exaltado Jean Luc Godard anuncia premonitorio la irrupción de la nouvelle vague “Hoy, como se ve, hemos conseguido una victoria. Son nuestros filmes los que han llegado a Cannes para probar que Francia tiene un rostro hermoso, cinematográficamente hablando. Y el año próximo será igual. ¡Dejen atrás toda duda!. Quince filmes valientes, lúcidos, sinceros y hermosos bloquearán de nuevo el camino a las producciones convencionales. Pero aunque hemos ganado una batalla, la guerra todavía no ha terminado” (6).

Olas turbulentas
La atención al papel del director y una renovada exploración del cine como un medio esencialmente visual constituyen las dos principales características de la nouvelle vague. En 1959, veinticuatro realizadores franceses hicieron su primera película y en 1960 se estrenaron otras cuarenta y tres operas primas. Los nuevos directores establecen en este movimiento una conversación intima con el espectador: nada hay aquí del realismo psicológico de los autores de la “tradición de la calidad” (Claude Autant-Lara, Jean Delannoy y René Clément, entre otros) a quienes Truffaut tanto fustigó desde sus artículos, nada de diálogos literarios ni falsas puestas en escenas. Se trata de un cine que claramente da testimonio a la visión que tenía Alexandre Astruc cuando se refería a la caméra stylo, donde el director escribe con la cámara con igual sutileza con la que un escritor escribe con una pluma o un bolígrafo (7). Llegan al cine francés las experiencias comunes, la juventud, los seres vulnerables, el lenguaje diario, las emociones sencillas: el amor, la risa, el dolor, el olvido. Rodajes rápidos, personajes contemporáneos interpretados por una nueva generación de actores, filmación en exteriores con luz natural, equipo técnico pequeño, pequeños presupuestos. Nada más que eso.

Charles Bitsch y Truffaut en las oficinas de Cahiers du Cinéma (la foto es un still de La Sonate à Kreutzer (1956) dd Rohmer, donde hacen este cameo.

Charles Bitsch y Truffaut en las oficinas de Cahiers du Cinéma. La foto es un still de La Sonate à Kreutzer (1956) de Rohmer, donde hacen este cameo.

El término nouvelle vague había aparecido por vez primera en el periódico L’Express en octubre de 1957 en un artículo de Françoise Giroud, Rapport sur la jeunesse, y en el título de un libro que publicara al año siguiente La nouvelle vague: portrait de la jeunesse, pero fue Pierre Billard que aplicó el termino al nuevo cine francés en febrero de 1958 en la revista Cinéma. Sin embargo sería al año siguiente cuando Chabrol estrena Los primos (Les Cousins) y Truffaut Los cuatrocientos golpes, que la prensa local se apropiaría del término. Ese mismo nombre y el movimiento que representa adquieren toda su valía en el número especial de Cahiers du cinéma que aparece en diciembre de 1962 y que hace una lista de los 162 cineastas que han realizado su primer filme a partir de enero de 1959. Sin embargo esta “nueva ola” no es exactamente una escuela de cine como tal. Sus componentes son directores de muy distintos orígenes y puntos de vista, unidos por el hecho de compartir una experiencia generacional y cultural similar que los llevó a reaccionar frente a un estado de las cosas que no interpretaban como válido. Pero tal falta de cohesión y las enormes fluctuaciones de la calidad de los filmes harían, tristemente, que el movimiento fuera muy efímero.

Una noche de estreno para no olvidar
Festival de Cannes, mayo de 1959. El grupo de Los cuatrocientos golpes llega al balneario cargado de ilusiones. Sin siquiera un afiche que exhibir, se aparecen con una foto agrandada de Antoine a la que le añadieron el título y el nombre del director. El 4 de mayo es la exhibición de la película, junto a India (1958) de Rossellini e Hiroshima mon amour (1959) de Resnais, con una enorme acogida por parte del público y de todos los medios. Y tocada por la suerte, la cinta le daría a Truffaut el premio al mejor director. Tras su estreno en París el 3 de junio, casi 450.000 personas fueron a ver el filme en las primeras semanas de su exhibición. Truffaut vivía momentos de gloria, pero así mismo era víctima de toda suerte de ataques. Los directores de “la tradición de la calidad” acusaban al nuevo cine de amateurismo, intelectualismo, aburrimiento, auto promoción, tendencias derechistas y falta de compromiso político. Y a él se le tildaba de traidor a sus ideas como crítico, de ser un arribista consumido por la ambición. También su familia se sintió afectada con el retrato tan personal que hizo de sus padres, que para ellos fue -desde su punto de vista- completamente ofensivo. Su padre adoptivo le escribe una carta muy herido y entre ellos se rompen relaciones a partir de ese entonces.

Jean-Pierre Léaud, Madeleine, François Truffaut, y Jean Cocteau de gala en el Festival de Cannes.

Jean-Pierre Léaud, Madeleine Morgenstern , François Truffaut, y Jean Cocteau de gala en el Festival de Cannes.

Truffaut le dijo a quien quisiera escucharlo que su película no era autobiográfica para así tratar de enmendar un poco las cosas, pero todo fue inútil. Sin embargo el éxito del filme ayudó a Godard a hacer Sin aliento (À bout de souflle) que, estrenada en marzo de 1960, fue considerada el “manifiesto estético” de la nouvelle vague. También sirvió para producir El testamento de Orfeo (Le Testament d’Orphée, 1960) de Jean Cocteau, así como un proyecto sobre Sócrates a cargo de Rossellini. Dejando de lado la polémica, Truffaut se dedica a adaptar junto a Marcel Moussy una novela de David Goodis, Down There, publicada en la serie negra de Gallimard como Dispárenle al pianista, nombre que adoptaría el título del futuro filme. Terminan el guion en julio y filman entre noviembre de 1959 y enero de 1960. Su segundo largometraje estaba ya sobre la mesa.

Sin trampas emocionales
Los cuatrocientos golpes, junto a otras películas suyas como Les Mistons (1957), El niño salvaje (L’enfant sauvage, 1969) y La piel dura (L’argent de poche, 1969), representa una de las miradas más sensibles y honestas a la infancia hechas en el cine. El punto de vista de Truffaut, tan sensible como poco sentimental respecto a sus personajes infantiles, denota ante todo un profundo respeto. Ese que se desprende de haber visto niños viviendo en el difícil mundo construido por los adultos, un mundo que él mismo hubo de padecer. Y a la honestidad de la mirada decide aquí sumar un realismo poético que ya estaba presente en dos de las películas que más influyeron en este debut: Cero en conducta (Zéro de conduite, 1933) de Jean Vigo y Alemania, año cero (Germania, anno zero, 1947) de Rossellini, cuyas imagenes contagiaron significativamente a este autor. Los cuatrocientos golpes es una de esas escasas películas que representan la infancia en su autentica confusión, al lograr hacer Truffaut un “cine en primera persona del singular” pleno de subjetividad -sí- pero que también logra transmitirnos emociones colectivas, experiencias comunes, trozos de vida que cualquiera pudo haber experimentado. Como lo mencionó Jacques Rivette en su crítica al filme publicada en Cahiers: “al hablar de sí mismo, parece estar hablando de nosotros” (8).

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Antoine construye un altar a Balzac en Los cuatrocientos golpes (1959).

Cuando por primera vez lo vemos, Antoine Doinel tiene 14 años, asiste a una lúgubre escuela sacada de una novela de Dickens y vive con sus padres, quiénes parecen incómodos con su presencia. Antoine no encaja en ningún lado y eso parece dolerle más a los que lo rodean que a él mismo. Para sentirse libre tiene las calles de París, la calidez de las salas de cine, la compañía de los libros y el espíritu para sobreponerse a todo lo que lo aprisiona y que le impide entregarse a esas pasiones. Sin importar lo que intente hacer para complacer a los adultos que lo rodean, siempre se meterá en dificultades: es acusado de plagio literario, “mata” a su madre buscando justificar una ausencia escolar, por poco incendia su hogar con un altar a Balzac y al final es detenido -irónicamente- por tratar de regresar una maquina de escribir a la oficina de su padre, hurtada sin que nadie lo advirtiera.

Ambigua. Esa es la palabra que más se acerca a la aproximación de Truffaut hacia Antoine. El director no intenta simplificar su personaje. En vez de darnos una línea narrativa sólida, que a cada momento nos indique que va a ocurrirle, el filme nos muestra diversas facetas del personaje en varios escenarios, buscando que el espectador sea el que se forme una impresión propia de la personalidad de Antoine. Algunos episodios nos lo enseñan bueno e inocente, mientras en otros hay una sorprendente frialdad y una enorme desilusión en su accionar. El interés de Truffaut es observarlo, no juzgarlo.

Antonie en Los cuatrocientos golpes (1959)

Antonie en Los cuatrocientos golpes (1959)

El rostro de Antoine muestra una combinación de desconfianza hacia el mundo aunada a una curiosa impenetrabilidad, como si nada pudiera tocarlo o afectarlo. Es una mirada llena de aprendida indiferencia, habitada por la resignación de un hombre mayor, de uno que -tristemente- se ha acostumbrado a su malhadado destino. Es más, pocas veces podemos decir que lo vemos realmente feliz: quizá la más notoria de las ocasiones es cuando va a cine con sus padres a ver París nos pertenece (Paris nous appartient, 1960). A lo largo del metraje la inconformidad y la extrañeza van a acompañarlo siempre. A pesar de la manifiesta ternura que Truffaut expresa por su personaje, se resiste siempre a la trampa sentimental, a la manipulación emocional, al final feliz e inverosimil. Los cuatrocientos golpes reflejan la vida. ¿No es acaso eso suficiente?

En la última secuencia de la película, Antoine se escapa de un reformatorio en la costa de Francia. Sale a un camino y se dirige corriendo hacia el océano, mientras la cámara de Decaë y la banda sonora de Jean Constantin lo acompañan continuamente. Finalmente llega a la playa y ahora la cámara va a su derecha, mientras él continua corriendo. La lente lo espera mientras él se acerca al borde del agua. Antoine regresa y lo vemos de frente. La cámara hace un zoom repentino mientras él la mira fijamente. Ahí la imagen se congela subitamente, como sin presentir que será el último fotograma del filme. Antoine luce confundido y asombrado. Es una imagen de una provocadora y elocuente belleza. Es más, es una imagen que rompe con las expectativas que nos habíamos hecho con el personaje, recordándonos lo que Truffaut afirmaba: “el cine es un arte indirecto… oculta tanto como revela” (9). Lo que vemos es un niño, un niño auténtico, que luce perdido y en busca de afecto. Una enorme fragilidad traslucen sus ojos, pareciera por momentos a punto de romperse. No es la cara de felicidad de un truhán que se ha escapado de una cárcel: es la cara de un joven que no sabe realmente que será de su vida. La película no termina: empieza apenas en ese rostro de Antoine que mira un futuro que no alcanza a vislumbrar.

Antoine en la escena final de Los cuatrocientos golpes (1959).

Antoine en la escena final de Los cuatrocientos golpes (1959).

Refiriéndose a un filme de Godard, Truffaut escribía: “Las mejores películas abren puertas, apoyando nuestra impresión de que el cine empieza una y otra vez con ellas” (10). Al final del filme Antoine ve la inmensidad del mar. El aire marino parece susurrarle algo. Antoine, he ahí el mar, he ahí la libertad, he ahí el infinito. ¿Los verá? Truffaut, compasivo, abre la puerta. Sería imposible no entrar.

Referencias:
1. Anne Gillain, ed., Le cinéma selon François Truffaut, París, Flammarion. 1988, p. 45

2. Antoine De Baecque y Serge Toubiana, Truffaut, Nueva York, Alfred Knopf Inc., 1999, p. 110

3. Esther Gispert, Francois Truffaut. Los cuatrocientos golpes, Barcelona, Ediciones Paidós, 1998, p. 44

4. Ibíd., p. 39

5. Dominique Rabourdin, Truffaut par Truffaut, París, Editions du Chêne, 1985, p. 58

6 A. De Baecque y S. Toubiana, op. cit., p. 133

7. Angela Dalle-Vacche, Cinema and Painting: How Art is Used in Film, Austin, University of Texas Press, 1996, p. 83

8. Annette Insdorf, François Truffaut, Cambrdige, Cambridge University Press, 1997, p. 145

9. Thomas Jefferson Kline, Screening the text: intertextuality in new wave French cinema, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1992, p.8

10. François Truffaut, The films in my life, Nueva York, Da Capo Press, 1994, p. 319

Publicado originalmente en la revista Kinetoscopio no. 60 (Medellín, Vol. 12, 2001) págs. 102-106
©Centro Colombo Americano de Medellín, 2001

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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https://www.tiempodecine.co/web/cuando-el-cine-es-como-la-vida-los-cuatrocientos-golpes-de-francois-truffaut/

GELSOMINA NOS MIRA: LA STRADA, DE FEDERICO FELLINI

 MARZO 23, 2016

El personaje de Fellini no evoluciona: madura.
– André Bazin

Zampanó le entrega a Gelsomina unos ropajes usados y dos sombreros, y le pone uno de ellos, roto y desvencijado, en la cabeza. Ella mira al hombre con temor y un dejo de tristeza en su rostro. Pero cuando Zampanó se voltea, Gelsomina se transforma – subita y feliz – en una niña a la que le han dado un regalo. Sus ojos brillan mirando el sombrero, su sonrisa se mece libérrima en medio de la cara. Picara, nos hace cómplices de su dicha. Alguien le ha dado un regalo, alguien ha pensado en ella. Pero Zampanó -todo musculos y voz tronante- le quita el sombrero. Gelsomina se transfigura. Pero entonces el otro sombrero llega a su cabeza y la historia se repite, ahora con mayor intensidad. Sólo ojos y sonrisa, Gelsomina vibra. Su alegría nos contagia irremediablemente. Hay algo indefinible en ella que parece escapar a la naturaleza humana, algo celestial, algo etéreo, algo mágico…

Los ojos de Gelsomina parecen mirar el mundo por vez primera y su asombro no tiene límites. Con el candor de un niño recorre una Italia golpeada y en proceso de reconstrucción, pero ella eso parece no verlo. Su sensibilidad es otra, su mundo es distinto: uno construido con sueños, con ilusiones, con ganas de cantar, bailar y jugar, con serias intenciones de ser feliz a punta de cosas sencillas y pequeñas como un pájaro, una flor, unas semillas, la música de una trompeta. Gelsomina nos mira y sus ojos redondos no necesitan de la voz para hablarnos, para decirnos tantas cosas, para que nos sintamos a salvo junto a ella, una mujer cuyo reino no era de este mundo, y que sin embargo anhelaba ser querida por alguien que jamas la vio. A veces pasa.

Giulietta Masina en La Strada (1954)

Giulietta Masina en La Strada (1954)

Federico Fellini nos presentó a Zampanó y a Gelsomina, los protagonistas de La Strada, en 1954 y desde entonces el embrujo desencadenado por sus imágenes seduce a generaciones de espectadores, presos de una historia que, negando cualquier influencia del neorrealismo italiano, recoge los temas que ya había tratado en sus tres filmes previos y los depura al punto de la perfección. Acá están la costa marina, la soledad, el espectáculo de variedades, los circos, los payasos, la religión, los hombres suspendidos entre el cielo y la tierra, las mujeres que fluctúan entre la carne y el espíritu. Y claro, la búsqueda de algo indefinible parecido a la felicidad.

El viaje que Zampanó (interpretado por Anthony Quinn) y Gelsomina (Giulietta Masina) inician al principio del filme parece a punto de mostrarnos la situación social de Italia, siguiendo aplicado el director las normativas neorrealistas que, como colaborador de Sergio Amidei en el guion de Roma, ciudad abierta (Roma, citta aperta, 1945) y coguionista de Paisa (1946) -ambas de Roberto Rossellini- tan bien había asimilado. Pero, para Fellini, la realidad que quería mostrarnos no era la verdad objetiva y desprovista de cualquier manipulación estética que los teóricos del movimiento habían decretado como válidas. Ya desde El jeque blanco (Lo sceicco bianco, 1952) el universo de este director se nos muestra de frente, construyendo su propia realidad, viviendo según sus propias reglas de fantasía y lúdica. Por eso el periplo trashumante de Gelsomina y su brutal compañero no es un viaje por Italia, es ante todo un viaje al corazón de ellos mismos, a su inextricable geografía interior que los conducirá -lastimosamente- hacia la nada.

La Strada (1954)

La Strada (1954)

Parecemos estar viendo un país que sólo existe y sólo se justifica para que ellos dos rueden en su particular motocarro por unos caminos tan metafóricos como vacíos, arido telón de fondo para la mirada subjetiva y poética de su director. Al organizar y recomponer la realidad a partir de fragmentos de la experiencia personal, tal como habían sido percibidos por él, Fellini se acerca a partir de este momento al modernismo. Por eso en el Festival de Cine de Venecia de 1954, donde la película fue exhibida, Luchino Visconti -quien presentaba Senso– se mostró tan sorprendido con el filme y afirmó que “La Strada no es de ninguna forma un filme neorrealista. Parece más bien que los personajes tienen naturalezas que son una excepción y que trata de un evento puesto en la abstracción más que en la realidad. Es una película que probablemente abrirá una nueva calle [una nuova strada]: una especie de neo abstraccionismo. Se entiende que el significado que le estoy dando al neorrealismo es el establecido por gente con más autoridad en ese campo que yo.”

La película ganaría el León de Plata en el evento, presidido en esa ocasión por Ignazio Silone, el novelista excomunista, cuyas obras mezclaban la imaginería cristiana con los ideales socialistas. Al ignorar a Senso, considerada por la izquierda un ejemplo de realismo “crítico” y un paso más allá del recuento neorrealista de la vida diaria del país, las directivas del Festival y la intelectualidad comunista de la época se enfrentaron con violencia.

Anthony Quinn y Giulietta Masina en La Strada (1954)

Anthony Quinn y Giulietta Masina en La Strada (1954)

La crítica marxista, con Guido Aristarco a la cabeza, se fue de frente contra La Strada, acusándola de ser parte -en medio de la crisis que vivía el neorrealismo- de un tipo de cine involucionista que anteponia el estilo al contenido, mientras preponderaba al individualismo y al misticismo de corte religioso. Decía Aristarco -director de la revista Cinema nuovo– que el director “…Ha reunido y atesorado con fervor los venenos más sutiles de la literatura de preguerra… Busca sus propias emociones por los traicioneros caminos del subjetivismo y el autobiografismo, y confunde la agitación con una intensa necesidad de expresión poética”. Y luego que “No decimos, ni nunca hemos dicho que La Strada es un filme mal dirigido y mal actuado. Hemos declarado, y declaramos, que está equivocado, que su perspectiva es erronea…”.

Fellini respondió a sus detractores afirmando que “[el neorrealismo debería abarcar] no sólo la realidad social, sino también la realidad espiritual, la realidad metafísica, todo lo que hay dentro del hombre”. Los personajes que habitaban el universo de su cine en esta época de su filmografía eran  tramposos, irresponsables y vagos, seres que harían lo que fuera por sobrevivir, como los protagonistas de Los inútiles (I Vitelloni, 1953) e Il Bidone (1955). Pero Fellini no se alegra de sus flaquezas, así como tampoco pretende juzgarlos o usarlos con fines políticos o religiosos. Él los observa con compasión, a veces con pena y dolor. Pero también con alegría como, cuando contra todos los pronósticos, alcanzan la redención.

Anthony Quinn y Giulietta Masina en La Strada (1954)

Anthony Quinn y Giulietta Masina en La Strada (1954)

Absolutamente simbólica, La Strada nos habla de esa esquiva e inalcanzable redención. La misma que Steiner no supo reconocer encarnada en una adolescente en La dolce vita (1960) y que aquí se deposita en Gelsomina, hecha gracia y candor. En esta variante de La bella y la bestia, Fellini ha despojado a su “bella” de toda carnalidad y le ha llenado de un alma ingenua, “un poco loca y un poco santa” como él mismo la llamó y que el crítico Angelo Solmi considera “… Una figura absolutamente nueva en la historia del cine y la cultura italianos… en medio de una multitud de deseos insatisfechos, Gelsomina es una martir de la soledad, y de la falta de amor y caridad. Es la expresión total de la ética de Fellini en su punto más alto”. Y contrapuesta aquí a un ser brutal, incapaz de pensar en alguien distinto a si mismo.

Zampanó es un hombre instintivo y egoísta que -como hace siglos- “negocia” a Gelsomina con su madre y se la lleva, no buscando una pareja, sino ante todo una criada, alguien que por su misma condición mental no le de problemas, ni sea capaz de protestar ante las injusticias de vivir junto a él. Zampanó -artista, gitano y cirquero ambulante- tiene un oficio fuera de su tiempo y así son sus costumbres. Se lleva consigo una esclava, pero una como jamás ha tenido a su lado. Y esa mujer ingenua, que va a doblegarse y a padecer a su lado, alcanzará -en un sentido cristiano- la salvación de su alma a través del sufrimiento. Para Zampanó el camino será otro más largo, más solitario, más amargo. Aunque Fellini tenía un sentimiento ciertamente ambivalente frente a la iglesia como institución social, nunca negó su admiración por las enseñanzas éticas del cristianismo y las hace centro de una trilogía de filmes que empiezan con La Strada y se prolongarían en Il Bidone y Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1956).

Anthony Quinn y Giulietta Masina en La Strada (1954)

Anthony Quinn y Giulietta Masina en La Strada (1954)

Giulietta Masina, la incondicional esposa de Federico Fellini, recuerda el momento exacto de la génesis del filme, ” Era la época en que Federico comenzaba a ganarse la vida con mayor facilidad y habíamos podido comprarnos un carrito, un minúsculo Fiat, de aquellos que llamábamos ‘Topolino’, en homenaje a Mickey Mouse. Un domingo paseabamos en el auto por los alrededores de Roma y vimos una extraña pareja al lado de un carromato. Era evidente que eran viajeros. Él era un hombre muy grande, muy gordo, muy brutal, con el cabello y los ojos negros. Una pequeña mujer estaba arrodillada a su lado cocinando en una estufa. Tenía un rostro muy dulce, pero los ojos llenos de tristeza. Federico se detuvo para intercambiar algunas palabras con ellos. Unas semanas después, me hizo leer un borrador de guion, de seis o siete páginas. Cuando terminé mi lectura quedé tan emocionada y tenía tantas ganas de llorar que no pude decirle a Federico lo que sentía…”.

Pero en esos momentos, Fellini se embarcó en la realización de Los inútiles y la idea de La Strada permanecería girando en su cabeza durante unos dos años. El éxito de ese filme permitió que se reactivara el proyecto, aunque las perspectivas de financiación no fueran claras. Una noche Fellini fue a recoger a Giulietta a los estudios de Cinecittà, en donde se encontraba realizando un pequeño papel en un filme –Donne proibite– donde actuaba Anthony Quinn y al verlo la sorpresa fue mayúscula: ese era el rostro que había imaginado para Zampanó. La actriz los presentó: Quinn no tenía idea de quien era Fellini y este jamas habia visto ni oído hablar del actor de origen mexicano. El director le planteó la posibilidad de realizar el filme, pero Quinn se mostraba reacio a hacer parte del proyecto de un desconocido. Pero tras ver Los inútiles, fue él quien llamó a Fellini para que lo incluyera en el reparto. Otro que fue reclutado por Fellini en el mismo plató fue Richard Basehart, esposo de una de las actrices de Donne proibite, Valentina Cortese, y quien se asoma diariamente a recogerla. En él encuentra Fellini a “El loco”, el tercer protagonista de La Strada.

Giulietta Masina en La Strada (1954)

Giulietta Masina en La Strada (1954)

Mientras tanto, el productor Carlo Ponti -impactado por el argumento- firmó el contrato para financiar el filme, junto a Dino De Laurentiis de quien en esos momentos es socio . Ambos no estaban de acuerdo con incluir a Giulietta y a Quinn, pero al final el criterio del director se impuso, quizás ayudado por el hecho de contar con un presupuesto muy bajo, que no les permitía vincular a grandes estrellas. “Ahora La Strada ha tomado forma por fin. La empezaré a finales de octubre, con ciertos riesgos, porque el capital es reducido e inseguro. Pero tengo que empezarla, suceda lo que sucediere.” -escribía Fellini a Angelo Solmi en septiembre de 1953.

Pero fue a finales de octubre de ese año que el rodaje pudo iniciarse, para suspenderse con rapidez luego de que Giulietta se luxó un tobillo en una escena con su compañero. Quinn se marchó a rodar Atila el huno (Attila, 1954), y cuando la actriz se recuperó, él trabajó simultáneamente en ambos filmes. El rigor, el estilo exigente y el talento de Fellini no pasaron inadvertidos para Anthony Quinn, cuando recuerda que “En tres meses con Fellini, aprendí más acerca de la actuación fílmica de lo que había aprendido en todo lo que tenía hecho hasta entonces”. Pero para el director la película representó un enorme sacrificio personal y económico, toda vez que las angustias presupuestales los sometían a difíciles situaciones. Hasta algunas secuencias finales de Atila debió dirigir, a cambio del dinero para concluir su filme. “Con La Strada enriquecí por lo menos a treinta personas en el mundo; a pequeños distribuidores independientes que creyeron en esta realización. Pero no soy envidioso. No gané nada, o casi nada, desde el punto de vista material. Pero me encontraba en paz conmigo mismo, y con mi orgullo de artista.” – recordaba.

Richard Basehart y Giulietta Masina en La Strada (1954)

Richard Basehart y Giulietta Masina en La Strada (1954)

La película se desenvuelve de manera episódica, con aventuras lineales que van definiendo la relación entre ambos, pero con una textura presta siempre a la sorpresa, al momento mágico, a la revelación extática. La Strada se disfruta con humor y esa ternura que transmite el cine humanista cercano más a un sueño que a una experiencia real. En el filme nunca nos acercamos realmente a la mente de sus dos protagonistas, inmersos cada uno en su mundo particular, tan improbable como característico. A Zampanó siempre nos lo muestran desde afuera, altisonante, sin introspección, sin alma. Interrogado, no hay respuestas. A Gelsomina, otro de los personajes, llamado “El loco” (el actor norteamericano Richard Basehart) la cuestiona sobre sí, sobre su vida y sus gustos, pero tampoco hay respuestas, sino más interrogantes.

Esta no es una película sobre cada uno: es una película sobre su relación, sobre el efecto que su contacto ejerce sobre el otro, sobre la posibilidad de ser feliz gracias a alguien más, pero también sobre la imposibilidad de verse y oírse aún estando juntos. Y en eso se asemejan a Vladimir y Estragon en Esperando a Godot: cada uno se resiente de estar con el otro, pero también se dan cuenta cuánto se necesitan. Un diálogo entre Gelsomina y “El tonto” lo demuestra:
-“Todo en este mundo es bueno para algo. Mira… esta piedra, por ejemplo” – le dice él
-“¿Para que sirve?” -pregunta Gelsomina
-“No sé… pero con certeza tiene uso. Si fuera inútil, entonces todo sería inútil… incluso las estrellas” -le responde.

Con estas palabras, Gelsomina ve que su lugar en el mundo es con Zampanó y con nadie más. A él se aferra porque es su único punto de contacto con una realidad que apenas presiente, pero que a su lado cobra sentido. Ella cree con firmeza que va a llegar el momento en que él vea y reconozca el valor de su compañía. Y Gelsomina va a esperarlo: esa es su vocación y su propósito vital: si ella no lo acompaña, ¿entonces quién lo hará? Pensar así la conforta y la llena de fuerza. Es el amor incondicional el que ha surgido en ella.

Anthony Quinn y Giulietta Masina en La Strada (1954)

Zampanó hubiera podido ser un mejor ser humano si hubiera comprendido las sutilezas, la mirada, el alma a cielo abierto de Gelsomina. Pero no, no supo valorarla y la violencia de sus actos terminó por contaminar el frágil equilibrio de su compañera. Como respondiendo a Visconti, Fellini afirmaba que ” Zampanó y Gelsomina no son excepciones, tal como afirma la gente que me ha reprochado por crearlos. Hay más Zampanós en el mundo que ladrones de bicicletas y la historia de un hombre que descubre a su vecino es tan importante y tan real como la historia de una huelga. Lo que nos separa es, sin duda, la visión materialista o espiritual [que tengamos] del mundo”.

Giulietta Masina en La Strada (1954)

Giulietta Masina en La Strada (1954)

La Strada es un triunfo gracias a Giulietta Masina, en ésta, la tercera película junto a Fellini, con quien se había casado en 1943. Su gama de expresiones, que varían del dolor y el drama más profundo hasta la más juguetona de las sonrisas, es un homenaje a los maestros de la comedia muda, a la gestualidad de Chaplin, al asombro de Buster Keaton, al desafuero de Harpo Marx y sobre todo a la figura de Harry Langdon, con quien comparte su rostro redondo, su mirada alucinada y su talante infantil. “Durante mucho tiempo quise hacer una película para ella. Es particularmente capaz de expresar asombro, consternación, felicidad frenética, la sobriedad cómica de un payaso. Para mí, el talento bufo en un actor es el don más precioso que pueda tener. Giuletta es la clase de actriz que es muy compatible con lo que yo quiero hacer, con mi gusto” -anotaba Fellini. Nunca volvería a alcanzar como actriz un triunfo personal tan resonante (aunque ganó como mejor actriz en el Festival de Cannes por Las noches de Cabiria), pero fue suficiente: la Gelsomina de Giulietta Masina es ya parte del acervo cinematográfico mundial, junto a su trompeta y a esa música que inmortalizó a su creador, el virtuoso Nino Rota, compañero musical de Fellini en muchas de sus películas.

Sin embargo, la actriz siempre ha referido que le costó mucho hacer este papel y que nunca se identificó con el rol de víctima. En la biografía de Fellini escrita por Tullio Kezich, Giulietta lanza una teoría: “Gelsomina es Federico. Fue Federico quien abandonó su hogar junto al mar y montó en la caravana, quien aprendió el arte del clown y se propuso arrostrar el vasto piélago de la existencia para transmitir una «realidad del alma»”. Y es posible que tenga razón, no es casual que este filme haya sido siempre tan cercano a sus afectos.

Federico Fellini y Giulietta Masina en el plató de La Strada (1954)

Federico Fellini y Giulietta Masina en el plató de La Strada (1954)

Para finalizar, volvamos a la narración de La Strada: Un día, mucho tiempo después de abandonar a Gelsomina, Zampanó reconoce de nuevo esa melodía, cantada por una mujer que le refiere que fue del triste destino de su compañera. Esa noche, la enorme coraza de violencia y egoísmo de Zampanó se derrumba, y el dolor de comprender la soledad y el vacío de su espíritu lo invaden por vez primera junto al mar, que se lleva mudo sus lágrimas y lo acoge discreto con sus olas. La Strada termina en la playa, tal como se había iniciado, en un movimiento circular entre el ser y el no ser, entre un existir donde cabía Gelsomina y la nada que ahora lo acompaña. Un final abierto que nada nos explica, pero que logra que el temor y el frío nos invadan: no queremos que ese sea así mismo nuestro destino, que no seamos capaces de ver la redención que se nos ofrece. Desde la eternidad del celuloide, Gelsomina nos mira y algo trata de decirnos. Por favor, mirémosla también nosotros. Quizás, como Zampanó, no tengamos otra oportunidad.

Publicado en la revista Universidad de Antioquia no. 265 (Medellín, julio-septiembre/2001) págs. 106-111
©Editorial Universidad de Antioquia, 2001

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

La_Strada

La strada. Pelicula completa OBRA MAESTRA de Fellini

Escena final de la obra maestra de Fellini, La strada

"Lo que me hubiera gustado hacer es una película como 'La Strada'. Pero nunca haré 'La Strada'. Ya está hecha, es muy buena, no se podría mejorar
Francis Ford Coppola
 


 
Las palabras de Coppola expresan a la perfección la excepcionalidad del cuarto largometraje de Federico Fellini, para muchos (entre los que me encuentro) la obra cumbre de la etapa neorrealista del director (la que va desde su ópera prima, Luces de Varieté, hasta su sexto largometraje, la celebrada Las noches de Cabiria, pasando por la divertidísima El Jeque Blanco y las también magníficas Los inútiles Almas sin conciencia), además de uno de los mejores títulos de toda su filmografía.
 



Escena final de la obra maestra de Fellini, La strada



Precisamente la trágica ausencia de Gelsomina será el detonante para que el rudo Zampanó tome finalmente consciencia de su triste realidad, en el emocionantísimo y revelador final en el que, tras ser echado de una taberna completamente borracho, y después de proclamar con desesperado orgullo su soledad (“¡No necesito a nadie! ¡Quiero estar solo!”), el protagonista se enfrentará finalmente al sentido de su existencia postrado ante la inmensidad del firmamento en la misma playa en la que recogió años atrás a Gelsomina (fotograma 3). Para quien esto escribe, una de las más conmovedoras escenas de revelación existencial que nos ha dado el arte del cinematógrafo.






https://www.cinemaesencial.com/peliculas/la-strada


"Una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad"

 

Refugiados caminando por la carretera de Barcelona a la frontera con Francia, enero 25-27 de 1939. Guerra civil española. La pareja de fotógrafos estuvo en los principales frentes de batallas, desde Madrid hasta la retirada final en Cataluña. © Cornell Capa/Magnum / International Center of Photography

"Una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad"

Despedida de las Brigadas Internacionales







Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación. "


Los últimos días de Antonio Machado

Antonio Machado murió pasadas las tres de la tarde, un Miércoles de Ceniza, el día 22 de febrero de 1939, en la pequeña localidad costera de Colliure, al sur de Francia. Había traído consigo una pequeña cajita de madera con tierra que había recogido antes de cruzar la frontera y una tarde, hablando con la dueña de la pensión que lo acogió a él y a su familia, le dijo:

-Es tierra de España. Si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella.




El 27 de septiembre de 1940,  murió en Port Bou (España) uno de los grandes pensadores del siglo XX


Walter Benjamin intentaba cruzar la frontera de Francia con España en busca de ir hacia Estados Unidos, ante la presión del nazismo. Esa posibilidad se le negó a él y su grupo de amigos el 26 de septiembre. Fueron llevados al Hotel Francia donde Benjamin decide suicidarse, con una sobredosis de morfina, el 27 de septiembre de 1940

En una situación que no ofrece salida, no tengo más opción que la de ponerle fin. Es en un pequeño pueblo en los Pirineos, donde nadie me conoce, que mi vida concluirá [va s’achever]. Le pido a usted que le transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y le explique la situación en la que me encuentro. No queda tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me gustaría escribir.

Más tarde esa noche tomó una enorme dosis de morfina; Arthur Koestler lo recordó más adelante dejando Marsella con suficiente morfina como «para matar a un caballo».

  https://wmagazin.com/relatos/las-ultimas-horas-de-walter-benjamin/#walter-benjamin-una-vida-cr%c3%adtica