Redes sociales: ¿cuál será el futuro de X si sus usuarios siguen migrando?

Bluesky se presenta como altarnativa a X.. Imagen: AFP


A medida que la plataforma de Musk se desdibuja en el odio y las fakes, crece Bluesky

Redes sociales: ¿cuál será el futuro de X si sus usuarios  siguen migrando?

Con una estética similar a la exTwitter, se impone “la red de la mariposa”, una plataforma que promete recibir a todos los que huyen de X por su “toxicidad” y “violencia”. Refuerza el sentido de comunidad y otorga valor a la información, virtudes que en X quedaron sepultadas.  

Desde que Elon Musk adquirió Twitter y la bautizó X, la red social que supo ser apreciada por su capacidad de influencia y apertura al debate entre usuarios con diferentes posiciones ideológicas, transformó su dinámica. La polarización política que excede y a la vez se potencia en el espacio virtual, extremó los mensajes de odio. Y ahora, quienes colocan su lupa en la comunicación vía plataformas aseguran que se volvió un ambiente tóxico, que promueve la desinformación e ideas misóginas y racistas. En este marco, emergen nuevas redes que podrían dar competencia al atraer cada vez más usuarios. Es el caso Bluesky, que a diario suma cerca de un millón de nuevas cuentas y que parece captar a los migrantes que, hastiados de la exTwitter, se marchan en busca de experiencias más amables.

La migración de X a Bluesky se produce luego de que Musk apoyó financiera y políticamente a Donald Trump en su camino a la presidencia. De hecho, la baja de las cuentas de medios como The Guardian o La Vanguardia, responde a que el magnate sudafricano será designado a la cabeza del flamante Departamento de Eficiencia Gubernamental, algo así como el Sturzzenegger de allí. 

El interrogante, de cualquier modo, está servido: ¿En qué medida se asegurará una supuesta neutralidad de la red cuando su propietario tiene ideas políticas, económicas y sociales que se encarga de exteriorizar en cada oportunidad? En el mismo sentido: ¿de qué forma la pérdida de la credibilidad de la población en Elon Musk no afectará sus otros negocios?

Lejos frenarse en un conflicto ético, Musk redobla la apuesta y estrena una política controvertida: habilitó que los datos, posteos públicos e información provistos por los usuarios de X sirvan, de aquí en más, para entrenar a Grok, su asistente de Inteligencia Artificial. En este marco de confusiones, el dueño de X no para de dar pasos en falso.

Las malas jugadas del jefe

La periodista especializada en tecnología, Irina Sternik, enumera algunas estrategias fallidas que se desprenden de la desregulación de su red que Musk profundiza desde 2022, cuando se convirtió en propietario de Twitter. “Por un lado, desde que la verificación es paga y se prioriza el contenido bait, ese que actúa como carnada para generar clic y monetizar cuentas, el funcionamiento de la red cambió. A esto se suma que hay poca moderación de contenidos y mucha violencia en línea debido a los trolls, bots y ataques coordinados, lo que generó que muchas personas decidan preservarse e irse”, explica Sternik. Luego, enumera los condimentos de un cóctel explosivo: “Después, el caso Brasil y el triunfo de Trump, más las repercusiones de The Guardian y La Vanguardia, terminaron de hacer lo suyo para que se dieran las bajas masivas de cuentas en estos días”.

Con “el caso Brasil”, Sternik se refiere al conflicto de septiembre cuando X fue suspendida por una orden emitida por Alexandre de Moraes, juez del Supremo Tribunal Federal, ya que Musk, aparentemente, incumplía leyes locales. El multimillonario dueño también de Starlink y Tesla se había negado a bloquear perfiles difusores de fake news y había retirado a su única representante legal de X en Brasil.

Agustín Espada, investigador del Conicet en el Centro de Industrias Culturales y Espacio Público de la Universidad Nacional de Quilmes, comenta su punto de vista: “Creo que hay muchas personas, muchos usuarios de X que se sienten desencantados con el funcionamiento del algoritmo. Cuando utilizás el feed de modo personalizado y no de modo sincrónico, te muestra mucho contenido políticamente tendencioso hacia derechas o ultraderechas. Al mismo tiempo, muestra contenido sensible y favorece el consumo de discursos ultras”. Lo más natural es que en este marco muchos usuarios no se sientan cómodos con la dinámica que adquirió la red.

Luego, sobre la responsabilidad de Musk, Espada subraya: “Esto claramente tiene que ver con el proyecto político y con la utilización ideológica que hace Musk de la plataforma. Sin embargo, también se relaciona con la búsqueda de transformar a Twitter en un negocio. Entonces, la monetización ordena el debate y los que pagan circulan más y los comentarios de los que pagan se ven más. Como resultado, la esencia de la plataforma se perdió”.

¿El viejo Twitter?

Bluesky fue creada por el antiguo creador de Twitter: Jack Dorsey. Su logo lo deja entrever: el clásico pajarito fue reemplazado por una mariposa que respeta los mismos colores. A principios de septiembre tenía 10 millones de usuarios y ahora son más de 20 millones. En el presente, es una de las aplicaciones de descarga gratuita que lidera la App Store de Apple y la Play Store de Android.

Para Sternik, Bluesky podría ser una buena opción para reemplazar a X: “En principio, porque es una red que empieza de cero y la esperanza de los recién llegados está intacta. El algoritmo no está viciado, aún no hay publicidad y la comunidad puede moderar sin tener que pagar”, asegura. Después, “la sensación de los que migran se relaciona con estar en un terreno amable en el que vuelven a encontrarse con ‘el viejo twitter’, un espacio de intercambio sin polarización, violencia y fake news por todas partes”.

Bluesky plantea ventajas con respecto a su competidora: no incluye anuncios publicitarios, con lo cual promete una usabilidad más dinámica y, al mismo tiempo, posee un enfoque descentralizado; no depende de un servidor central que administra la compañía sino que habilita a los usuarios a alojar sus datos en distintos servidores, lo que redunda en un mayor control sobre la información. Sternik insiste: “Es un proyecto de código abierto que brinda opciones de personalización para usuarios y desarrolladores, con opciones para migrar tu información y una promesa de plataforma federalizada”.

La red de la mariposa se propone recuperar el sentido de comunidad de los usuarios con respecto a la red. Esto la diferencia de X que hoy tiene un propietario que se encarga, en cada oportunidad, de reforzar lo contrario. En X los algoritmos dirigen la atención de las personas y ejercen el control de una red que no representa en nada a su espíritu inicial.

Para informarse mejor

En el libro Nosotros contra ellos, Ernesto Calvo y Natalia Aruguete sintetizan una fórmula que condensa muchos sentidos: “La era de la polarización también es la era de la desinformación”. Para Espada, X afecta al debate público porque “genera que los discursos que circulan y se leen son solamente aquellos que tienen por objetivo dañar al discurso opositor, generar enojo, ira y miedo. Las condiciones del debate público se pauperizan, porque no existe una posibilidad de encontrarse en términos dialógicos con el que piensa distinto”.

Sternik dice: “En el presente, cualquier ‘bando’ publica baits, notas para generar respuestas y un debate que no es transparente”. E ilustra: “Quizás hay gente que está media hora discutiendo una noticia falsa; otra media hora leyendo un hilo de tuits que supuestamente devela la verdadera información y termina siendo una experiencia agotadora y frustrante”.

Aunque a priori tiene muchas potencialidades, Bluesky no la tiene fácil: X, según el propio Musk, posee 250 millones de usuarios diarios. Si bien periódicos de renombre como La Vanguardia de España y The Guardian de Gran Bretaña han anunciado su retiro, la plataforma posee una presencia indudable en la esfera pública. Será cuestión de tiempo advertir si la red de la mariposa puede hacerse un lugar en la arena digital y destronar al antiguo pajarito. 

“Creo que estas plataformas no funcionan bien si no hay muchos usuarios. También es verdad que al no pertenecer a ninguna de las Big Tech, hay una posibilidad de que Bluesky emerja como un ámbito más sano y menos intervenido para el debate público”, destaca Espada.

De algo, sin embargo, se puede estar seguro: mucha gente está cansada de lo que sucede con la comunicación en X. Los primeros ya saltaron del barco y se proponen sobrevivir. Habrá que ver, entonces, si el nuevo barco seduce a todos los defraudados.   

https://www.pagina12.com.ar/785114-redes-sociales-cual-sera-el-futuro-de-x-si-sus-usuarios-sigu

“Los súper ricos pagan una tasa media de impuestos de entre cero y 0,5 %

 Jayati Ghosh / Economista

La economista Jayati Ghosh. /  Jean Marc Ferré - ILO

Andy Robinson Río de Janeiro , 18/11/2024

La cumbre del G20, que se celebra los días 18 y 19 de noviembre bajo la presidencia brasileña en Río de Janeiro, está a punto de alcanzar un consenso sobre una atrevida propuesta de aplicar un impuesto sobre la riqueza o la renta de los llamados “súper ricos” del planeta, una de las prioridades para el Gobierno de Lula. De salir adelante, los Estados podrían disponer de entre 200.000 y 250.000 millones de dólares en ingresos adicionales a nivel mundial. En estos momentos, según destacó Lula en su discurso al inicio de la cumbre, 3.000 personas tienen una riqueza superior a 13 billones de dólares –más que del PIB agregado de América y América Latina– mientras que 733 millones de personas pasan hambre. Solo uno de los 19 países reunidos esta semana se opone la propuesta: Argentina, cuyo presidente, Javier Milei, llegó a Río tras participar en el banquete que dio Donald Trump en su residencia de Mar-a-Lago, en Palm Beach, para celebrar su victoria y en el que fue fotografiado con el anfitrión y con el hombre más rico del mundo, Elon Musk. 

En esta entrevista, mantenida el mes pasado en Washington, la economista Jayati Ghosh, una de las impulsoras de la idea del impuesto para los súper ricos explica por qué es necesario y cómo se diseñaría. Nacida en la India en 1955, Ghosh es especialista en desarrollo de la escuela heterodoxa, que tras 35 años en la Universidad de Jawaharlal Nehru en Delhi, se incorporó al iconoclasta departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Amherst en Massachusetts, junto a Bob Pollin e Isabella Weber. 

¿Cómo se definiría el término de súper rico?

Bueno, Gabriel Zucman, de la escuela de Economía de París, que preparó el informe sobre el impuesto para el G20 de Brasil, propuso aplicarlo a los billonaires, o sea, a los milmillonarios. Pero solo hay 3.000 multimillonarios en todo el mundo. Así que yo diría que sería para gente con 70 millones o 50 millones. Estamos hablando de gente muy, muy, muy rica.

¿Cuántos impuestos pagan los súper ricos?

Menos que nosotros. Jeff Bezos, por ejemplo, no paga ni un centavo de impuesto sobre la renta. Todos los súper ricos tienen asesores fiscales y contables que les aconsejan que se endeuden para su consumo con el fin de pagar intereses desgravables y registrar pérdidas. Que declaren ganancias de capital no realizadas. Así que no pagan impuestos. Hay estudios rigurosos sobre el tema en Estados Unidos, Canadá, Francia. Y, para los súper ricos, resulta que la tasa media de impuestos es entre cero y 0,5 %. Compara eso con los impuestos que tú y yo pagamos.

El impuesto sobre los súper ricos sería gravado en cada país por su cuenta, ¿verdad?

Sí. Serían impuestos totalmente nacionales. Tenemos que generar recursos fiscales propios. Los gobiernos de todo el mundo los necesitan desesperadamente. Especialmente los países en desarrollo como el mío, donde la desigualdad es obscena. Lo necesitamos para la protección social, para el desarrollo, para el cambio climático. Para todo. Y sabemos que la riqueza, el patrimonio, está distribuido de forma extremadamente desigual, aún más que los ingresos. 

Los billonarios ya están incorporándose directamente al poder político.

Sí. La riqueza conlleva poder. Una vez que eres rico, tienes demasiado poder para el bien social y económico. Puedes influir en los gobiernos, comprar una plataforma mediática porque te gusta la idea y luego cambiarla de la manera que quieras. Puedes volar a la luna si te apetece. Eso es demasiado poder. Así que tenemos que moderar ese exceso de poder que viene de un exceso de riqueza.

¿Cómo se explica el aumento del patrimonio de los súper ricos? 

Nada justifica ese exceso de riqueza. No es resultado de la productividad, sino el resultado de las instituciones que hemos creado. Y el motivo por el cual la situación va a peor es que los súper ricos pueden influir en esas mismas instituciones para cambiarlas a su gusto. Así que, por muchos motivos, un impuesto sobre la riqueza es muy importante.

¿Hay mucho apoyo a la propuesta?

Es enorme. Hubo una encuesta del Club de Roma, del cual soy miembro. Hicimos un estudio con Gallup y el 68 % de las personas encuestadas en 17 países de la OCDE apoya un impuesto para los súper ricos. Sólo el 11 % cree que es una mala idea. En India, el apoyo era el 80 % porque tenemos niveles de desigualdad de riqueza francamente obscenos.

Entonces, ¿cuál es la idea?

Cada súper rico debería pagar un mínimo del 2 % de su riqueza como impuestos. Esto no significa que sea un impuesto sobre el patrimonio. Se puede gravar sobre los ingresos por dividendos, o sobre alguna otra ganancia de capital no realizada. Cómo lo gravemos no importa. Quiero decir, hay diferentes formas de hacerlo, en diferentes contextos. El FMI cree que es mejor gravar las rentas del capital que la riqueza. Y no tengo ningún problema con eso. La cuestión clave es que el súper rico debe pagar el 2 % de su patrimonio. El economista francés Gabriel Zucman lo ha planteado así en el informe que elaboró para el Gobierno brasileño con vistas a su presidencia del G20. Es parte de la agenda brasileña del G20. 

¿Hay algún precedente?

Sí. La idea es igual que el tipo mínimo del impuesto de sociedades del 15% que se aprobó en la OCDE. Esto sirve para contrarrestar el truco empresarial de desplazar los beneficios de las multinacionales a paraísos fiscales. Ya sabes, cuando, por ejemplo, Google dice al Gobierno español: “Lo siento. Yo no genero ningún beneficio en su país. Tengo que pagar regalías por la propiedad intelectual y eso va a Irlanda. Es una lástima, pero no puedo pagar impuestos aquí”. E Irlanda tiene un tipo impositivo muy bajo, de solo el 12,5 %. Es la famosa táctica. Pero con el nuevo plan adoptado por la OCDE, el país en el que opera esa empresa puede decirle: “Vale, pero si solo pagas el 12,5 % en Irlanda, te vamos a gravar el 2,5 % restante aquí”.

¿Y se aplicaría el mismo sistema a los individuos de elevado patrimonio que a las empresas, correcto?

Sí. Es la misma idea aplicada a los individuos. Es decir, el principio de este impuesto mínimo ha sido aceptado por la OCDE para las empresas. Hay que hacerlo también para las personas súper ricas.

¿Cómo sería aplicado a individuos?

La idea es esta: que cada país aplique un impuesto mínimo del 2 % sobre el patrimonio de los súper ricos. Si ellos dicen que todo su dinero está en las Islas Caimán, pues, el país en el que tiene residencia dice: “Pero usted no está pagando ningún impuesto en las Islas Caimán, así que, según la nueva normativa, yo puedo gravar un 2 % sobre su patrimonio”.

¿No habría problemas de mudanza y fuga de capitales?

No, porque Zucman tiene otra idea, que creo que es realmente buena. Es verdad que normalmente haces eso y todos amenazan con trasladarse. Está sucediendo en Inglaterra ahora mismo con el fin del régimen “non dom” (residentes temporales). Entonces, Zucman propone un exit tax–impuesto de salida– en función de cuánto tiempo has estado en el país y la cantidad de riqueza que has acumulado mientras estabas en ese país. O sea, el súper rico tiene que pagar incluso si se marcha del país.

¿Pero cómo se aplicaría un impuesto de salida?

Pongamos el caso de Gérard Depardieu. ¿Te acuerdas de que en 2012 se trasladó a Bélgica porque pensaba que el tipo impositivo francés era demasiado alto? En la medida en que todavía tiene algún negocio en Francia, ese impuesto de salida se le aplicaría si quisiera volver a París, por ejemplo, para cenar. Antes de volver a Bélgica, tendría que pagar.

¿Cómo va a implementar esto el G20?

Ya sabes que las cumbres del G20 son lugares donde se habla más que se toman decisiones. Y eso está bien porque es mejor hablar que ir a la guerra. Pero no conduce necesariamente a nada. Sin embargo, lo que ha sucedido a nivel mundial es que ha habido dos grandes cambios. Uno fue en 2016, cuando conseguimos el intercambio automático de información bancaria. 142 países firmaron. Toda la información bancaria se intercambia automáticamente entre jurisdicciones fiscales. Muchos paraísos fiscales se quedaron fuera; Estados Unidos se quedó fuera. Pero ya es suficiente para empezar.

¿Cuál es el otro cambio?

Hemos conseguido, gracias a la Unión Africana, un acuerdo para crear una convención tributaria de la ONU. Lo cual es un logro enorme. Sí. No significa que todos los países tendrán que implementar los mismos impuestos. Sólo establecer los principios sobre los que se pueden basar las leyes fiscales. Así que es una especie de armonización. El traslado de beneficios y todo eso se volverá realmente mucho más difícil. Estos son avances muy importantes.

¿Qué falta por hacer?

Son grandes avances y el impuesto para los súper ricos será otro. Pero los súper ricos no suelen guardar el dinero con su propio nombre. Utilizan fideicomisos. Así que necesitamos registros de activos que identifiquen a los beneficiarios finales de todos los fideicomisos. Normalmente, el fideicomiso lo controla tu contable o tu abogado. La UE ha introducido esa regulación, en la que tienes que identificar al beneficiario final. El problema es que no comparten la información con los demás. Así que, si un multimillonario en India tiene un fideicomiso, la UE puede saber quién es el beneficiario efectivo. Pero el gobierno indio no lo sabrá. Necesitamos compartir. Cada país debe hacer este registro de activos y luego compartir esa información. Si la gente lo supiera, lo exigiría. No hay suficiente ruido al respecto. Hay que comunicarlo mejor. Y esto es el trabajo de medios como el tuyo.


https://ctxt.es/es/20241101/Politica/47890/Andy-Robinson-entrevista-Jayati-Ghosh-impuestos-super-ricos.htm#md=modulo-portada-bloque:4col-t2;mm=mobile-medium


¿Quién mató a los mayores en las residencias de Madrid durante la pandemia?

 Documental '7291':

El documental de Juanjo Castro analiza las muertes en las residencias de la Comunidad de Madrid los primeros dos meses de la pandemia. Tendrá una proyección para 'Público' el 4 de diciembre, en los cines Verdi de Madrid.

Captura de pantalla del tráiler del documental en el que la hija de uno de los fallecidos declara en su comparecencia ante la Comisión de Investigación de la Asamblea de Madrid.


Laura G. De Rivera@LauraGDeRivera

"Me llamaron y me dijeron que iban a bajar a mi madre al sótano -1, que era donde dejaban a todos los enfermos que no tenían solución". Es uno de los testimonios sobrecogedores que recoge la película 7291, que se estrenará el 13 de noviembre en los cines Verdi de Madrid y tendrá una proyección para los suscriptores de Público el 4 de diciembre en dichos cines.

"A mi padre lo mataron. Le dieron paliativos antes de conocer el resultado de las pruebas de covid que le habían hecho", afirma otra de las familiares que aparece en este documental, dirigido y producido por un cineasta independiente madrileño, Juanjo Castro.

Su título no es solo un número, son 7.291 hombres y mujeres de carne y hueso a los que se negó atención hospitalaria y murieron, en muchos casos, solos y desatendidos, en las residencias de ancianos de la Comunidad de Madrid durante los dos primeros meses de la pandemia, entre marzo y abril de 2020.

Sintetizar la tragedia

Vida, salud y no discriminación fueron derechos humanos fundamentales que se le pisotearon entonces a esas personas, que murieron sin saber qué estaba pasando ni qué habían hecho para merecerlo.

"He intentado sintetizar algo muy complejo, que tiene muchas aristas y que es muy controvertido desde el punto de vista político", señalaba Castro este miércoles en el Ateneo de Madrid, en la presentación a la prensa de su película.

"Como ciudadanos en una sociedad democrática, tenemos que responsabilizar a los políticos de sus actos y sus decisiones. Unas nuevas elecciones no pueden borrar una mala decisión", añadía.

Protocolo de exclusión

Se refiere al fatídico protocolo de actuación en las residencias emitido por la Dirección de Coordinación Socio-Sanitaria de la Comunidad de Madrid el día 21 de marzo. El documento contenía unos criterios de exclusión, por los que los mayores con cierto grado de dependencia o discapacidad no debían ser derivados a un hospital en caso de contraer covid.

"Esto no tenía sentido, porque la mayoría de las personas de una residencia entrarían en esta categoría", comenta en la cinta Alberto Reyero, el que fuera Consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid y denunciara en su día que dichos protocolos "no eran éticos y posiblemente no fueran legales", también autor del libro Morirán de forma indigna.

Pero ni siquiera los que no eran dependientes se libraron. En la práctica, la consigna de no derivación se aplicó en bloque a todos los residentes que había en los centros de la Comunidad de Madrid, de forma automática. A los ancianos que vivían en residencias se les negó su derecho a la asistencia sanitaria, algo que no pasó con los que vivían en sus domicilios.

Lidia Sánchez, directora de una residencia madrileña, recordaba ante la comisión de Investigación de la Asamblea de Madrid cómo desde el 13 al 31 de marzo no pudo enviar a nadie al hospital porque, cuando lo intentaba, en el servicio de geriatría del hospital lo rechazaban. ¿Hubo personas que si se hubieran podido derivar no habrían muerto en la residencia? "Sin lugar a dudas", responde.

La cinta retrata cómo el máximo responsable de este protocolo, Carlos Mur, no se cansó de alegar que no era de obligado cumplimiento, sino "solo recomendaciones técnicas". Sin embargo, fue acatado como una orden por las residencias.

Quizá, por eso, en la Comunidad de Madrid falleció un porcentaje de ancianos el doble de alto que en la siguiente comunidad más poblada de España, Catalunya. Uno de cada cinco mayores en las residencias de Madrid no sobrevivieron al confinamiento.

El terror en sus caras

Pero las residencias no eran ese refugio protector que algunos querían hacer creer. No había personal –más del 50% llegó a estar de baja–, no había recursos y había una gran descoordinación entre el área de atención primaria, servicios sociales y los centros de mayores, explica el periodista Manuel Rico en el documental.

"Se podía ver el terror en su cara", confiesa otra de las trabajadoras de residencias, refiriéndose a los ancianos. "Tosían por lo bajini, tenían terror porque sabían que si tosían se los llevaban no sabían dónde ni para qué".

El documental cuenta la tragedia en varios actos, con testimonios de los políticos implicados en aquellos momentos, de trabajadoras y directoras de residencias y, sobre todo, de los familiares que siguen luchando porque se reconozca la injusticia que segó la vida de sus padres.

Suyas son las historias más desgarradoras de esta cinta, que nos recuerdan el drama humano que hay detrás de los errores políticos. A partir del 9 de marzo de 2020, muchos familiares comienzan a entrar en pánico cuando se les prohíbe la entrada a la residencia para ver a sus mayores.

"No nos cogen el teléfono"

"Tenemos cero información por parte de la residencia. No nos cogen las llamadas", recuerda la hija de uno de los fallecidos. Otra denuncia "la desinformación y las mentiras": "Nos dijeron que todo estaba muy bien, que no teníamos de qué preocuparnos. Hasta que la trabajadora que nos daba la información se desmoronó un día y reconoció que había muchos afectados y que ya había seis muertos". Estábamos a principios de marzo de 2020 nada más.

Cuando las familias empiezan a ser informadas de que sus mayores estaban graves y pedían que los llevaran al hospital, llegó el siguiente golpe. "Nos decían que no era posible, que no había ambulancias, que solo podía darles tratamiento paliativo".

Entonces, llegó la orden de aislar a los posibles contagiados en sus habitaciones. "Algunos no tenían ni mesa para comer. No se podía atender a todos. Es muy difícil contener a una persona con Alzheimer encerrada. Encima, [los trabajadores] íbamos disfrazados con bolsas de basura, parecíamos marcianas. Los ancianos no sabían qué pasaba, veían cómo se llevaban a sus compañeros de cuarto", recuerda una de las auxiliares de una residencia.


"Yo he llegado a dejar una comida un día y, al volver a mi turno al día siguiente, pasar por la misma habitación y encontrarme la misma comida donde estaba, sin tocar", reconoce.

Una injusticia que exige reparación

"He intentado dar voz a la gente", comentaba este miércoles Castro de su documental. "Quería dar la información sin sesgo, de la forma más objetiva posible", explica. Para ello, se sirve de las declaraciones de los actores implicados ante la Comisión de Investigación de la Asamblea de Madrid y la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid.

"Hay que ver qué es lo que pasó e intentar solucionarlo en el futuro. Lamentablemente, esto no es así, seguimos igual. No se están tomando medidas para solucionar esta problemática en las residencias". Hoy por hoy, el gasto de España en dotar de recursos a las residencias públicas sigue estando muy por debajo de la media europea.

https://www.publico.es/culturas/documental-7291-mato-mayores-residencias-madrid-pandemia.html#analytics-seccion:listado

EL TRIUNFO DEFINITIVO DEL IDEAL TECNOLIBERTARIO

 JORGE BENÍTEZ MADRID 


El auge de Musk consolida un 

fenómeno surgido en el Silicon Valley 

de los 90: magnates cuyo poder rivaliza 

con el de la política... y hasta lo supera


Elon Musk lo tenía casi todo hace tan sólo 48 horas. Era el hombre más rico del planeta. Alguien capaz de cambiar el curso de una guerra, de liderar la nueva carrera espacial llevando a la humanidad a Marte y de revolucionar el transporte con sus coches autónomos. De mirar al futuro con sus implantes cerebrales y de controlar la conversación del presente desde X, el antiguo Twitter. Hoy, Elon Musk ya lo tiene todo. Su nombramiento para dirigir un nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental en la Administración Trump junto al ex candidato presidencial republicano Vivek Ramas wamy pone en sus manos el aparato más poderoso del planeta: el go bierno de Estados Unidos. Cuesta pensar en un individuo privado que haya acumulado tanta in fluencia personal desde los Médici. Y su ascenso marca el triunfo definitivo de la era tecnolibertaria que surgió en el Silicon Valley de finales de los años 90 de la mano de empresas como Amazon, eBay o PayPal. Su misión, según el futuro presidente, consistirá en impulsar «reformas estructurales a gran escala» que tendrán un enorme impacto en la Administración federal. Es decir, desmantelar lo que pueda la burocracia gubernamental, reducir el exceso de las regulaciones y reestructurar las agencias del Gobierno. La expectación es grande y, sin duda, un triunfo de una política tan agresiva tendría una influencia apabullante en gobiernos de todo el mundo. Aunque, por el momento, todo son especulaciones: sus defensores con sideran que el nuevo superministro va a aumentar la eficiencia de la Administración, que funcionaría con la larga autonomía de un Tesla, mientras que sus detractores consideran que un Estado serio no se puede gestionar como una empresa molona. «Su designación es la confirmación de algo sabido pero temido por muchos: el triunfo del capitalismo digi tal en su versión más desenfrenada» dice Álvaro Santana-Acuña, profesor de Sociología de la Universidad de Harvard. «Estamos ante el comienzo de la era tecnolibertaria. Una era que debería caracterizarse por dejar no sólo que el gobierno actúe no sólo por liberalizar los mercados, sino para  proteger la libre difusión de las tec nologías disruptivas, que va desde la inteligencia artificial sin regulación hasta las criptomonedas». En sus declaraciones a lo largo de estos años, Musk ha dejado claro que su fantasía de transformar el mundo va en serio. Un mundo, en realidad, a su imagen y semejanza. Esta decisión de Trump no sólo puede ser muy lucrativa para sus negocios, si no que permite al dueño de Tesla erigirse como un arquitecto con poderes omnímodos que rediseñe el Estado, y por tanto el país, a su antojo. El cargo de ministro plenipotencia rio del tijeretazo –Musk dice que po dría recortar hasta dos billones de dó lares– fomentará una privatización del gobierno y una externalización de algunos asuntos de Estado al sector privado. Su ambición en ese sen tido es enorme y su convicción, también. Lo ha demostrado con creces con todas sus empresas: si lleva a cabo sus planes, Ronald Reagan podría parecer un trasnochado militante de Podemos a su lado. «Queda aún por ver cuál va a ser su grado de influencia», matiza Juan To var, profesor de Relaciones Interna cionales en la Universidad de Burgos, que se muestra más cauto que otros compañeros y considera que la llega da de Musk tiene cosas buenas. «Re organizar la Administración podría ser positivo y sus aportaciones al desarrollo científico del país, también».Pero el problema a debatir no es ese. Ni siquiera su sorprendente paso de la actividad privada a la públi ca, muy común en los gabinetes de Estados Unidos. El problema que mu chos ven es lo que representa Musk. Un paso más en el control de las cosas del día a día por parte de un puñado de compañías superpoderosas, con una influencia a la altura de cual quierpaís del G20... o más. Ese miedo a los oligarcas digitales en el gobierno lo expone el filósofo Jorge Freire, que se muestra des confiado ante los «tecnoleviatanes»: ese grupo de empresarios dueños del mundo digital que desde sus empresas han marcado el camino del siglo XXI. «Lo propio sería que los mismos liberales reaccionaran ante esto», dice Freire. «Al fin y al cabo el liberalismo surgió ante el poder absoluto del rey… Pero qué le vamos a hacer si el nuevo leviatán no es estatal». En este caso, parece que el rey es Elon Musk. Y quizá ahora sí que puede decir con propiedad la expresión de Luis XIV: «El Estado soy yo». Lo cierto es que el dueño de Tesla, como otros muchos multimillona rios que representan este libertarismo de nuevo cuño, tienen una rela ción ya de por sí muy potente con el Estado, aunque se declaren enemigos de su intervención en cualquier aspecto de la vida. Sus empresas tienen firmados actualmente 300 con tratos con la Administración de EEUU. Según datos públicos, sólo Space X y Tesla han ganado 15.000 millones de dólares en contratos federales. La primera trabaja con el Pentagono y varias agencias, incluida la NASA, mientras que su compañía de coches eléctricos se ha beneficiado de ayudas al sector y de subvenciones a las estaciones de carga. En EEUU ya se han levantado las voces que denuncian «conflicto de intereses» por semejante relación. Lo cierto es que habrá que ver si Musk da un paso al lado en sus negocios y ver cómo responde la legislación actual a su nombramiento para realizar su nueva función. No sólo en sus negocios sino en la propia política exterior del país que afecta a sus intereses. Como cuando se filtró que participó en la conversación de Trump y Zelenski, información que luego ha sido desmentida.

¿ES MUSK EL DONALD TRUMP DEL MUNDO DE LOS NEGOCIOS? J. B.

 Muchos así lo ven,como un bocazas que siempre triunfa. En 2021 hizo una encuesta entre sus 80 millones de seguidores para decidir si vendía sus participaciones en Tesla y el resultado hundió las acciones de la empresa en Bolsa. En 2018, la Comisión de Bolsa ya le había acusado de fraude por especular en la red sobre las operaciones de su empresa en el mercado. Muchas las veces la lía con el Twitter en la mano, pero sus empresas son el sueño de cualquier emprendedor. «Las finanzas funcionan de tal manera hoy que las cosas ya no son valiosas en función de sus flujos de efectivo, sino en función de su proximidad a Elon Musk», escribió un columnista 

de Bloomberg

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Victoria de Trump: los demócratas caen víctimas de la ilusión del crecimiento

 


Romaric Godin

Muchos estadounidenses votaron en contra del historial económico de Joe Biden. Con demasiada frecuencia, los demócratas han rechazado esta realidad en nombre de halagadoras cifras de crecimiento. Han olvidado las dificultades cotidianas que experimentan los ciudadanos medios. Están pagando un alto precio.

La magnitud de la victoria de Donald Trump el 5 de noviembre de 2024 no puede explicarse sin entender el factor económico y la forma en que los demócratas abordaron esta cuestión. Los 4 puntos ganados por el multimillonario neoyorquino entre las elecciones de 2020 y 2024 demuestran que parte del electorado viró hacia los republicanos en estos cuatro años.

La pregunta entonces es qué determinó este cambio. Desde este punto de vista, las primeras encuestas postelectorales confirman lo que se había percibido durante toda la campaña: la economía fue el principal determinante del voto para el 39% de los electores, según un sondeo de la agencia AP.

La hipótesis de un rechazo del balance económico de la presidencia de Biden se ve confirmada por otros elementos, en particular por los resultados de los referendos locales. En los estados que eligieron abrumadoramente a Trump, el derecho al aborto se vio a menudo reforzado en las urnas, prueba de que su retórica reaccionaria no fue el principal motor de su victoria.

Mejor aún, en Missouri, estado en el que Donald Trump obtuvo 1,7 millones de votos y el 58,5% de los sufragios emitidos, los votantes no solo votaron un 52% a favor del derecho al aborto, sino también un 58% a favor de aumentar el salario mínimo a 15 dólares la hora en 2026 desde los 12 dólares actuales.

La cuestión del nivel de vida estaba en el centro de la campaña. Pero los demócratas cayeron víctimas de una ilusión fatal en este tema: que el crecimiento económico les aseguraría la victoria. Se mantuvieron fieles a la famosa frase «es la economía, estúpido» acuñada por uno de los asesores de Bill Clinton en 1992 para explicar la derrota de George Bush padre. En aquel momento, el país atravesaba una recesión, y el candidato demócrata representaba una alternativa.

Los demócratas de 2024 invirtieron la lógica. Si la recesión había ganado a Clinton, entonces en la oposición, en 1992, el crecimiento haría ganar a los demócratas en 2024. Las cifras hablan por sí solas: el PIB estadounidense muestra un crecimiento aparentemente insolente: un 2,5% en 2023 y todavía un 2,8% en tasa anual en el tercer trimestre de este año. Suficiente para provocar la envidia del resto del mundo, sumido en una lenta recuperación.

Los economistas próximos al Partido Demócrata se han deshecho en elogios por este crecimiento, logrado en un momento en el que el país experimentaba una elevada inflación. Y a pesar de todo, la productividad ha repuntado, los ingresos reales han aumentado un 11% en cuatro años y el desempleo se ha mantenido en mínimos históricos. Un verdadero «milagro» que debía asegurar la victoria al partido del burro.

La cruda realidad del crecimiento

Sin embargo, el estado de ánimo de los ciudadanos no coincidía con el entusiasmo de los economistas. Todas las encuestas mostraban que la mayoría de los estadounidenses tenían la sensación de que su nivel de vida se había deteriorado. Pero los economistas y los ejecutivos demócratas seguían aferrados a su fetiche estadístico: las cifras no mienten, así que eran los sentimientos de los votantes los que estaban falseados y manipulados.

Durante meses, y de nuevo recientemente, el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, columnista económico del New York Times, se dedicó a afirmar que los economistas tenían razón y la gente estaba equivocada. El sentimiento negativo sobre la economía no era más que el producto de otra noticia falsa trumpista.

Pero el presidente electo no necesitó usar sus habilidades de mentiroso para convencer al electorado sobre la economía. Hizo su campaña machacando con la pregunta: « ¿Estás mejor que hace cuatro años?». Y parte del electorado respondió a esa pregunta en las urnas.

Esta situación refleja un hecho significativo en comparación con la década de 1990: el crecimiento ha cambiado de naturaleza. Ya no refleja tan claramente el bienestar social. Esto se debe a dos razones. En primer lugar, las condiciones en las que se produce el crecimiento son más difíciles y a veces implican un deterioro de las condiciones de vida de los hogares. En segundo lugar, porque las crecientes dificultades para producir el crecimiento conducen a su captura por una minoría con fines de acumulación. En otras palabras: un crecimiento más rápido tiene un coste social creciente.

Y fue la incapacidad de economistas y demócratas para aceptar esta realidad lo que les costó las elecciones del 5 de noviembre. Así pues, detrás de la supuesta «buena salud del consumidor estadounidense» que tanto entusiasma a la prensa económica, hay realidades menos alegres para el ciudadano medio.

Esto se debe a que los aumentos de costes en primas de seguros y alquileres no se incluyen en la tasa de inflación, sino que se reflejan en un mayor consumo, sobre todo de servicios. Se trata de una distorsión estadística, que sugiere que los hogares estadounidenses se conforman con gastar una proporción cada vez mayor de sus ingresos en seguros médicos, alquileres y seguros de hogar.

A lo largo de 2023, el consumo de servicios sanitarios, servicios financieros y servicios de vivienda, a los que podemos añadir el gasto en «otros bienes no duraderos», que incluye el consumo de medicamentos, representó el 62,8% del crecimiento del consumo de los hogares. En el cuarto trimestre de 2024, la proporción de estas cuatro partidas era menor, pero seguía representando el 39% del aumento del consumo.

Además de este aumento del gasto limitado, los precios de los alimentos se dispararon un 9,9% y un 5,8% respectivamente en 2022 y 2023, lo que supuso una presión aún mayor sobre los presupuestos de los consumidores. Como, al mismo tiempo, los puestos de trabajo creados han sido principalmente empleos a tiempo parcial en sectores de servicios donde las condiciones laborales son duras, la gente ha tenido que multiplicar sus empleos para hacer frente a la situación. Una gran parte de los estadounidenses tenía la sensación de tener que trabajar cada vez más para consumir cada vez menos. No se trata de noticias falsas, sino de una realidad muy real.

Lejos de la retórica triunfalista de los economistas, el crecimiento estadounidense era en realidad el reflejo de una sociedad en mal estado. Porque siempre hay que recordar que, a pesar del aumento del gasto sanitario, la esperanza de vida al nacer ha disminuido en Estados Unidos y ha quedado por detrás de otros países avanzados. Esta es una realidad que el fetichismo económico ignora por completo.

Además, el crecimiento al estilo Biden se basa en dos pilares: el sector tecnológico, que es un crecimiento basado en la renta que aumenta aún más la sensación de restricción del gasto, y el gasto militar, un sector no productivo que, en el tercer trimestre de 2024, supuso el 21% del crecimiento total. Todo ello para alcanzar un crecimiento «medio» para los estándares de principios de la década de 2000.

Más desigualdad

El resultado de todo esto es un crecimiento cada vez más desigual. A pesar de la retórica pro-sindical de Biden y de las ocasionales victorias en ciertos conflictos laborales, como en la industria del automóvil el año pasado, la desigual distribución de la riqueza ha aumentado aún más. Uno de los signos de ello es el auge desmesurado de los mercados financieros, apoyado por el sueño de la inteligencia artificial y por el gasto público, pero concentrado en torno a un puñado de grandes empresas. En otras palabras: el déficit público ha beneficiado principalmente a los que poseen acciones y trabajan en Big Tech. En otras palabras: a los más ricos.

Otra señal, basada en los datos de las tarjetas bancarias, es la concentración del gasto de consumo en torno a los hogares más ricos. Según Oxford Economics (sin relación con la universidad del mismo nombre), el 40% de las rentas más bajas representa el 20% del gasto con tarjeta de débito, mientras que el 20% de las rentas más altas representa el 40%. Una brecha sin precedentes que refleja otra realidad del crecimiento estadounidense: «el» consumidor estadounidense es ante todo el más rico.

La situación económica de Estados Unidos es, pues, explosiva, y los demócratas la niegan. Al clamar constantemente « fake news», consiguieron alienar a una población que era crucial para su victoria. Kamala Harris intentó rectificar dejando de basarse en el historial de Biden, pero, obsesionada por ganarse el voto moderado, se negó a tener en cuenta la realidad concreta de los hogares. No se les dio ninguna respuesta real porque no se construyó ninguna política alternativa ambiciosa.

Por supuesto, resulta paradójico que Donald Trump, un candidato apoyado por gran parte de la casta de multimillonarios tecnológicos, se aproveche de esta desesperación en un momento en el que propone bajar aún más los impuestos a los más ricos y subir los precios mediante aranceles.

Pero hay que ver la situación en Estados Unidos. Trump ha sido capaz de movilizar tendencias muy arraigadas en el imaginario económico estadounidense, como la relación entre gasto público e inflación, en un sistema político bipartidista en el que los demócratas parecían haber renunciado a defender los intereses del ciudadano medio. Fue capaz de movilizar un discurso de protección mientras los demócratas bailaban sobre sus dificultades. Esto es lo que permitió a una parte de la opinión pública inclinarse hacia Trump, que además podía contar con su base de votantes racistas y reaccionarios.

A partir de ahora, los economistas producirán estudios en abundancia para explicar lo perjudicial que será la elección de Trump para el crecimiento y la inflación. Esto es indudablemente cierto. Pero debemos recordar que la «economía» no es solo la víctima de esta elección, también es responsable del regreso de la extrema derecha al poder. Más que nunca, la crisis profunda y estructural del capitalismo está produciendo monstruos políticos.

https://www.mediapart.fr/journal/international/061124/victoire-de-trump-...


Fuente: sinpermiso.info, extraída de mediapart.fr

Traducción: Antoni Soy Casals

Perdieron los demócratas porque perdieron a los trabajadores

 


Bhaskar Sunkara

Después de conocerse los resultados de las elecciones, puse la cadena MSNBC y escuché textualmente el siguiente comentario: «Ha sido una campaña histórica, impecable. Tenía a Queen Latifah, [que] nunca apoya a nadie. Tenía a todas las voces famosas, tenía a las Taylor Swifties, tenía a la Beyhive [fans de Beyoncé]. No se podía hacer una campaña mejor en tan poco tiempo». Al parecer, los demócratas ya están achacando su derrota de esta semana a una serie de factores contingentes y no a sus propios defectos.

Es cierto, por supuesto, que la inflación ha perjudicado a los gobiernos en el poder en todo el mundo. Pero eso no significa que Joe Biden no pudiera haber hecho nada para resolver el problema. Podría haber puesto antes en marcha medidas contra la especulación de precios, haber impulsado impuestos sobre los superbeneficios empresariales y mucho más. Con una legislación bien diseñada y los mensajes adecuados, la inflación podría haberse mitigado y explicado. Eso es lo que el presidente Andrés Manuel López Obrador ofreció a sus partidarios en México y su coalición de gobierno gozó de un apoyo arrollador.

Sin embargo, más que una política, lo que los norteamericanos ansiaban un villano. Biden, un incompetente comunicador entrado en años, no podía proporcionárselo. No podía alardear de llevar a los especuladores ante el Congreso ni de enfrentarse a los multimillonarios. No pudo utilizar eficazmente su púlpito de matón para pregonar sus éxitos en la creación de buenos puestos de trabajo en el sector manufacturero ni para situar la inflación (y el crecimiento del PIB) de los Estados Unidos en el contexto mundial. No pudo hacer casi nada.

Como resultado, el 45% de los votantes, la cifra más alta en varios decenios, declaró que estaba peor económicamente que hace cuatro años. A estas personas no las engañaron los medios de comunicación, se lamentaban de lo que resulta evidente para todos los que viven en los Estados Unidos: el aumento vertiginoso de los costes de los comestibles, la vivienda, el cuidado de los niños y la atención sanitaria son problemas tanto de distribución como de oferta que el Gobierno no ha abordado con urgencia.

Donald Trump, por su parte, hizo una campaña poco impresionante. No fue tan coherente como en 2016, cuando hablaba con más frecuencia de las quejas económicas y las experiencias personales de los trabajadores de a pie. Con un talante menos populista, Trump se sintió lo suficientemente cómodo como para complacer abiertamente a multimillonarios impopulares como Elon Musk.

En cuanto a Kamala Harris, su problema comenzó en 2020, cuando fue seleccionada por motivos identitarios como candidata a la vicepresidencia a pesar de haber tenido un rendimiento terrible en las primarias demócratas. En un debate celebrado en marzo de 2020, Biden prometió que propondría a una mujer como vicepresidenta. Una serie de influyentes ONG le instaron entonces a elegir a una mujer negra. Desde el principio, Harris fue una elección impulsada más por la óptica que por los méritos.

Harris tuvo una ardua batalla desde el principio. Se vio obligada a gobernar junto a un presidente cada vez más senil y se le asignaron tareas envenenadas, como la de «zar de las fronteras». La tardía salida de Biden de una carrera que no podía ganar vino a significar que Harris no consiguió la legitimidad que le habrían otorgado unas primarias abiertas, unas primarias que, de haberse celebrado con suficiente antelación, podrían haber tenido como resultado un candidato más fuerte, como el senador por Georgia Raphael Warnock.

Una vez que tomó las riendas del partido, la vicepresidenta dirigió una campaña que, tanto en estilo como en substancia –igual que el Partido Demócrata actual en su conjunto-, estaba impulsada por la clase profesional. Los débiles anuncios populistas dirigidos a los estados indecisos casaban mal con los intentos de hacer que la contienda versara sobre el derecho al aborto o el desprecio de Trump por la democracia. No había un mensaje económico unificador que culpara a las élites de los problemas del país y presentara una visión creíble del cambio. La gente sabía que Harris no era Trump, pero no sabía qué iba a hacer para resolver sus problemas. Tenía la carga de estar en el poder sin sus ventajas.

Harris fue lo suficientemente inteligente como para no hacer demasiado hincapié en su propia historia personal y en lo histórica que habría sido su victoria. Pero los demócratas en su conjunto seguían asociados a la retórica identitaria y al énfasis en la antidiscriminación por encima de la redistribución basada en la clase social que impulsó la elección de Harris como vicepresidenta. Muchos de nosotros dimos la voz de alarma desde el principio sobre la importancia de iniciativas como “White Women: Answer the Call” [“Mujeres blancas: Responded a la llamada”] y “Asian American, Native Hawaiian and Pacific Islanders for Kamala” [“Mujeres asiático-norteamericanas, hawaianas nativas e isleñas del Pacífico con Kamala”] que se centraban en la movilización a través del color de la piel y el género, en lugar del interés de clase compartido. Pero un partido cada vez más divorciado de los trabajadores funcionó con la base de activistas que tenía, en lugar de hacerlo con la base de votantes que le hacía falta tener.

El resultado fue un cambio asombroso en el apoyo de la clase trabajadora en todos los grupos demográficos. Las encuestas a pie de urna sugieren que Harris perdió 16 puntos entre los «votantes de color» sin titulación, en comparación con Biden, con pérdidas especialmente acusadas entre los latinos. El énfasis en el aborto tampoco dio resultado: Biden aventajó en 38 puntos a los que creían que el aborto debería ser «legal en la mayoría de los casos». Harris parece haber empatado con Trump entre esos votantes.

En el período previo a las elecciones de 2016, el senador Chuck Schumer argumentó de modo infame: «Por cada demócrata de cuello azul que perdamos en el oeste de Pensilvania, conseguiremos dos republicanos moderados en el extrarradio de Filadelfia, y eso se puede repetir en Ohio e Illinois y Wisconsin». Sin una visión económica de la envergadura que tuvo el New Deal, con una clase trabajadora unificada en su centro, los demócratas han visto fracasar ese cálculo por segunda vez en ocho años.

The Guardian, 8 de noviembre de 2024