En el horizonte nocturno de la Roma de La gran belleza solo brilla un inmenso anuncio de Martini. Y las fiestas de Jep Gambardella, el autoproclamado rey de los mundanos de la ciudad. Gambardella es un antigua promesa de la literatura italiana que se entregó a la ‘dolce vita’ tras el triunfo de su primera y única novela de juventud. La celebración de su sexagésimo quinto cumpleaños con la que arranca este film de Paolo Sorrentino, tras un desconcertante prólogo, es la madre de todas las fiestas: una juerga loca donde coinciden los más variados personajes de todo Roma en un ático de alto standing bailando al ritmo del remix de Far l'amore de Bob Sinclar & Raffaella Carrà y de Mueve la colita deEl Gato DJ. El desmadre se interrumpe para dejar paso a la presentación en voz en off del propio Jep que marca el tono de la película: la melancolía del protagonista se cuela en medio del vórtice hedonista que él mismo orquesta.
Jep Gambardella podría ser la versión madura de Marcello, el aspirante a novelista que surcaba la via Veneto de Roma en La dolce vita de Federico Fellini. El director de La strada se adentró de lleno en la modernidad con este retrato de una Roma que había dejado atrás los valores de la Italia resistente de la posguerra para abrazar la euforia del boom económico de los años cincuenta. Marcello se pasaba siete días de fiesta en fiesta por Roma cruzándose con todo tipo de personajes: aristócratas decadentes, una intelectualidad vana condenada al nihilismo y a la autodestrucción, estrellas del cine convertidas en los nuevos ídolos a adorar, amantes incapaces de escapar de sus relaciones viciadas... De su mano nos movíamos por una Roma reluciente por fuera y vacua por dentro, en la que solo se vislumbraba un destello de belleza pura e inocente encarnada en la figura de  una joven camarera de rostro angelical que reaparece al final del film en la playa.

La gran belleza revisa sin tapujos el planteamiento de La dolce vita y tantas otras películas, algunas del mismo Fellini, que han explotado Roma como un espectáculo en sí misma, como un circo de infinitas pistas por el que desfilan artistas de todo pelaje. Más que un remake, la película tiene algo de actualización de las inquietudes éticas y estéticas que planteaba Fellini: como la Roma de finales de la década de los cincuenta, la de principios del nuevo siglo también aparece sumida en una gran fiesta de vacua postmodernidad llena de invitados que renunciaron hace tiempo a sus sueños de juventud.  Pero también sigue siendo la Roma eterna de las monjas y las estatuas, de las fuentes, las iglesias y los puentes sobre el Tíber. Y el protagonista vive marcado por esa gran belleza que vivió de joven en una playa, una sensación plena que cree imposible de recuperar.

A Sorrentino puede reprochársele cierta falta de originalidad a la hora de dibujar al escritor de apariencia cínica pero corazón roto por la pérdida de su primer y verdadero amor o a algunos de los personajes que lo rodean, como la antigua miembro del “partido” convertida en pija progre. Pero su encaje con cierta tradición histórica del cine italiano no es en absoluto forzado. El cineasta se dio a conocer internacionalmente en el Festival de Cannes de 2004, donde presentó su segundo largometraje Le conseguenze dell'amore, convirtiéndose desde entonces en un nombre recurrente de la Sección Oficial del certamen francés.
Fotograma de 'La gran belleza'Fotograma de 'La gran belleza'
Con películas como Il divo, donde convertía al líder de la Democracia ItalianaGiulio Andreotti en un político grandguiñolesco que se movía en la zona de sombras del poder italiano durante medio siglo sobreviviendo a casi todos sus enemigos y rivales, o Un lugar donde quedarse, road movie desgarbada sobre el perdón y la venganza con un Sean Penn convertido en un émulo del Robert Smith de The Cure, ha asentado un estilo personal devoto de la hipérbole y la extravagancia, que reivindica lo grotesco, incluso lo kitsch, como una cualidad  típicamente humana.
Dos nombres deben tenerse en cuenta a la hora de calibrar el valor del cine de Sorrentino: el inmenso Toni Servillo, su actor habitual y probablemente el mejor intérprete italiano de su generación, y Luca Bigazzi, su fiel director de fotografía y corresponsable de esos portentosos planos secuencia que se han convertido en marca de la casa.


En una época de películas low cost y minimalistas, de cine de autor austero y reconcentrado,  donde la grandiosidad cinematográfica parece reservada a los blockbusters de Hollywood, la ambición barroca de Paolo Sorrentino resulta todo un goce para los amantes del cine de gran pantalla. Pese a sus irregularidades y tics, pese a sus toques excesivos, La gran belleza es una película emocionante e hipnótica, un film de naturaleza flotante que discurre por los rincones más inesperados de esa Roma eternamente decadente, eternamente hermosa, que sigue dando brillo al cine italiano.

http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-12-05/homenaje-barroco-a-la-dolce-vita_62495/








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