martes, 15 de agosto de 2017

Back to black CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ

  • CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ


13 de agosto de 2017
La sociedad avanzó gradual hasta el brillante, espectacular éxito de 2015, previos varios triunfos electorales. Épicas de coraje de la Unidad sobre el gobierno que abusó de los mecanismos institucionales y no institucionales con sus incontrolados ventajismo y violencia. Hombres y mujeres de los partidos se la jugaron en comicios que parecían más bien las carreras de San Fermín. En elecciones se construyó esa gran fuerza, -per se al gatuperio maloliente de que era “para conseguir puestos”- y el triunfo abría dos años para transar las regionales y fijar mecanismos de garantía de un tránsito presidencial a la nicaragüense en 2018. Era negociar desde una posición de poder. Pero de Luzbel puso estulticia en la lengua de 22 ángeles opositores que dijeron ¿para qué gobernadores si vamos al asalto del cielo? Así volvieron al terreno charlatanes abstencionistas, filosofantes de barbería y peluquería.
Regresaron los calle-calle, los ya estamos cerca y otras guacharacadas dichas con solemnidad. Habían sido responsables del holocausto de 2005, el retiro de las candidaturas a la Asamblea, una de las operaciones políticas más tarúpidas en la historia, argumentada con razonamientos recogidos en las colas para pagar en el supermercado. Varios capitostes de poderes fácticos (estuvieron a punto de quebrar -o lo hicieron- las empresas que controlaban) pusieron una cámara en la sien de cada uno de los dirigentes para que se retiraran del proceso y así le hicieron el trabajo a la avanzada totalitaria que logró unanimidad en la AN. Eran sus mejores amigos sin darse cuenta. La revolución se apropió de todo, ese año negro para las fuerzas democráticas. Pero en 2006 comenzaron lentamente a restañarse, vuelven al camino electoral y destierran los graznidos radicales.
 

Hablan y ven al revés

Los mismos señores, más unos nuevos que advinieron con facultades igualmente mermadas, hoy propiciaron otro desastre igual o peor. Hubo esperanza mientras estuvieron fuera de juego, pero quién sabe por qué aquelarre, influencia astral negativa, paso de luna, gran Sabbat, noche de brujas, nació el Anticristo entre centellas y en 2016 tales desvaríos, primitivos y letales como las medusas, con sus tentáculos abrazaron la fuerza opositora. Poseídos sus cuerpos, varios dirigentes hablaron al revés, en lenguas desconocidas y radicales, se salieron  de la autopista y aceleraron en la oscuridad hacia el barranco. El Oscuro trabajaba y el éxito se hizo fuego y escombro. Según decían, los calle-calle, trancas, escuderos, secuestros de vecinos en sus urbanizaciones, plantones, y demás zarandajas desacreditadas desde 2014 (y dolorosas para la ciudadanía) conducirían ¡a la derrota militar de la GNB! 

Estaba fácil porque “solo le quedaban bombas lacrimógenas para dos días”. El más simple instinto humanitario, paternal o de conservación, lleva a proteger a los nuestros. Si grupos de gatilleros con o sin uniformes  disparan en la esquina, nadie envíe a su hijo a comprar pan. Y los aspirantes a dirigentes tienen que cuidar la seguridad de quienes los siguen y confían en ellos. Ante la preocupación por el número de muertos y heridos que crecía, la espeluznante respuesta fue, como si se tratara del desembarco de las tropas aliadas en Normandía y no de unos adolescentes con escudos de cartón: “en toda confrontación hay bajas”. Eisenhower nunca dio una respuesta parecida ¿Cuál es nuestro destino si tales aspirantes creen que los gigantes son molinos y los civiles soldados de infantería? No deberían salir aplazados en un examen de respuestas tan evidentes.
 

Mantenerla mojada

Al llamado de cabezas calenturientas y desorganizadas, la sociedad civil se lanzó de pecho a derrocar al gobierno armado hasta las muelas. “Maduro vete YA”, “elecciones generales este año”, y el resultado era previsible: el gobierno se atornilló, Maduro no se fue y hoy tenemos 115 familias de luto, inhabilitaciones, miles de heridos y detenidos, alcaldes acosados y encarcelados, destrucción del ambiente urbano. Y al ilusorio, poético 350, el gobierno respondió con la Constituyente, demoledora porque es real, y demostró que juega duro y en serio. En cambio por el otro lado florecieron disertaciones que rompen el récord mundial de candidez. La acción militar de los buenos que sacaría al gobierno, y generosa lo entregaría a quienes los han amenazado con juicios y ajustes de cuenta. Cuando la Unidad decidió, aún groggy, participar en las elecciones regionales oscuras y borrosas de 2017, reaccionó con buen reflejo y cintura de boxeador.

Esto podría sortear la ofensiva de exterminio que viene del gobierno con  la intención de borrarla de la faz de la tierra. Pero lo más trágico, lo que genera risas y llanto es ver como los inspiradores intelectuales de la chambonada calle-calle, en vez de retirarse a hacer penitencia por el daño que gestaron, abren sus bocas para lanzar oleadas de cucarachas sobre los demás. Repitieron la salida con peor resultado y, para mayor asombro, quieren insistir. Cada declaración que despotrica de la Unidad, cada graznido integrista los hunde más en la vacuidad intelectual y política. Después de menospreciar las elecciones regionales cuando íbamos en la locomotora del triunfo, dieciocho meses después concurriremos con una pistola en la cabeza. Regresamos al año negro de 2005. Salgamos de ahí.
@CarlosRaulHer

Sergio Bitar “Uno no gana con ética en la política gana con poder por Hugo Prieto


Por Hugo Prieto | 13 de agosto, 2017
Sergio Bitar retratado por Freya León

A veces hay que regresar a un planteamiento que se olvida o casi desaparece en medio de una lucha política que tiene tantos altibajos como escaramuzas y desafíos. Sergio Bitar es un político chileno, amigo de Venezuela, que formó parte de la coalición opositora que finalmente restauró la democracia en Chile, luego de la feroz dictadura de Augusto Pinochet.
Bitar, además de ser uno de los principales referentes dentro del Partido por la Democracia de Chile, es coautor —junto con Abraham Lowenthal— del libro Transiciones Democráticas, una investigación minuciosa que da cuenta del salto del totalitarismo y la opresión a la democracia en seis países de todo el mundo. Su testimonio no es solamente el producto de una legítima inquietud intelectual: Bitar vivió exiliado en Venezuela, incluso tiene familia en el país. Así que tiene una visión clara de lo que aquí ocurre. Lo que no le impide recordar en varias oportunidades y por diversas razones —en correspondencia con la complejidad de la política y su intención manifiesta de no inmiscuirse en asuntos internos de otro país. “No pretendo darle lecciones a nadie”, dice Sergio Bitar al otro lado de la línea telefónica.
Transiciones Democráticas perfila claramente — en sus 656 páginas— la importancia que tiene la lucha no violenta en contra de los gobiernos de fuerza, en algunos casos típicas dictaduras latinoamericanas (Brasil y Chile); en otros, gobierno totalitarios como Polonia o incluso regímenes racistas y opresivos como Suráfrica. Cada país siguió un camino diferente —mejor sería hablar de viacrucis— que si bien condujo a la democracia, exigió un esfuerzo titánico de la sociedad en su conjunto y de la dirigencia política.

Curzio Malaparte escribió el libro Técnica del golpe de Estado (1931), que resume lo que hay que tener para asaltar el poder. Pero no se ha escrito un libro equivalente, por decirlo de algún modo, que sirva de manual para deshacerse de una dictadura. En su libro se señalan algunas claves y elementos comunes coadyuvantes a los procesos de democratización, ¿podría mencionar algunas?

Nosotros presentamos en Venezuela un libro que se denomina Transiciones Democráticas (2016), que ya se ha traducido a siete idiomas. Revisamos nueve países y entrevistamos a 13 presidentes que lideraron las transiciones. Identificamos una serie de cualidades y características de los procesos que van de las dictaduras a las democracias. Sobre esas bases, uno puede deducir varios rasgos comunes en todas estas luchas. Una de ellas es el diálogo político, que aparentemente no ha dado resultados en el caso venezolano. En Polonia, Suráfrica, Ghana y Filipinas se llegó al diálogo, tanto para aglutinar a las fuerzas de la oposición como a los sectores moderados de las dictaduras. Algunos de esos encuentros se hicieron en privado, lo que permitió que se conociesen los interlocutores y crear confianza, así como llegar a la convicción de que ninguno podía por sí solo solucionar el conflicto político. No veo esa función abierta en Venezuela, ni que esa acción la puedan generar factores internos.

Ciertamente, el diálogo entre gobierno y oposición no ha funcionado en Venezuela. ¿Qué otros elementos identificaron?

Un segundo rasgo, presente en la mayoría de los casos, es la movilización social, que aunado al intento de conversar y dar con una salida (caso surafricano, chileno brasilero y polaco) jugó un papel fundamental para sacudir al régimen, arrinconarlo y mostrar poder. Diría que las movilizaciones, a fin de cuentas, es el único poder que tienen las fuerzas democráticas sociales. Un tercer factor, que es muy importante y es común a todos los países analizados, es la unidad opositora, que se expresa para estar presente con los movimientos sociales y vincularse con ellos. De tal forma que haya una sola fuerza democrática, política y social. Un cuarto factor es que se tenga una estrategia común, que siempre es difícil, aunque parece ser una condición sine qua non (casos de Polonia, Suráfrica, Chile; en menor medida en Brasil), pero que sólo aparece cuando se asientan los liderazgos y entre ellos surge una individualidad, un líder, que se gana la confianza ciudadana y facilita ese tipo de entendimientos.


Sergio Bitar retratado por Freya León

¿Cómo se conjugan esos factores en el cambio político?

En los países que han salido adelante y han tenido éxito está presente un quinto factor, igualmente importante; en todos ellos se intentan cambios constitucionales. Ese es un tema crucial. Y lo que resulta como conclusión, presente en todos los países, es que hay una base de acuerdos en el procedimiento para reescribir (o reformar) la Constitución. Eso llega a ser, incluso, más importante que el contenido mismo del texto final de la Constitución, que tiene que resguardar los derechos de las minorías. Suráfrica es uno de los casos más interesantes y debe ser analizado. Se llega a un acuerdo de 30 criterios; se hacen elecciones presidenciales; se crea un tribunal constitucional y cuando el Parlamento aprueba la Constitución definitiva, se somete a revisión de acuerdo con los 30 criterios convenidos. Pero todas estas materias son muy propias de cada país, que necesariamente difieren unos de otros. A grandes rasgos, son los factores generales que uno pudiera enumerar.

El gobierno de Nicolás Maduro ha utilizado el diálogo como una herramienta para ganar tiempo y la construcción de una fuerza política y social unitaria en Venezuela ha resultado muy difícil. Los acercamientos entre la oposición y el chavismo crítico apenas dan sus primeros pasos. ¿Cómo se podría avanzar bajo ese marco?

Recurriendo a ejemplos internacionales, que podría ser una forma indirecta de opinar sobre Venezuela y sin pretender dar consejos, porque cada realidad es diferente y muy compleja, yo diría que una tarea crucial del liderazgo es convenir una unidad y una estrategia, porque si no hay una estrategia común y se dividen las fuerzas opositoras, el régimen consideraría que puede permanecer y la gente se acerca menos a esas fuerzas opositoras. Por ejemplo, en Chile —y lo vimos también en el caso de Polonia antes de la caída del Muro de Berlín—, se plantea un desafío muy grande a las fuerzas políticas. ¿Cómo nos deshacemos del régimen? En el caso chileno no pudimos a través de la movilización social. Había la figura del plebiscito en la Constitución de la dictadura para ver si Pinochet se quedaba ocho años más. Esa fue una decisión extremadamente difícil desde el punto de vista político. Había un sector que decía: ¿Ustedes están locos? ¿Cómo van a pretender que un dictador va a aceptar los resultados de una consulta electoral? Y otro que decía: No tenemos más opción. ¿Qué hacemos? ¿No vamos al plebiscito? ¿Continuamos con una movilización que le puede dar armas a la dictadura para que siga reprimiendo? Finalmente, y después de una decisión muy compleja, vamos al plebiscito. Pero antes nos planteamos crear un sistema de conteo de votos y de observadores internacionales. Y ahí entra, de una manera muy importante, el apoyo internacional de las organizaciones mundiales y de los países democráticos.

¿Qué fue lo que ocurrió en Polonia?

Se presentó una situación parecida, aunque por otras razones. Antes de la caída del muro, la situación es inmanejable y el régimen del general Jaruzelski propone que se elija un tercio del Parlamento donde pueda competir la oposición, los otros dos tercios están asegurados para el gobierno, la crisis opositora también fue grande. ¿Qué hacemos acá? ¿No participamos? Siguieron conversaciones, incluso con sectores del régimen que advertían que todo llegaba a su fin y había que abrirse y se convino también y paralelamente la elección de un senado, donde las fuerzas políticas podían participar en igualdad de condiciones. Resultado: la oposición gana todo el senado y un tercio de la cámara de diputados. El efecto inmediato es que los sectores que estaban aliados con el partido comunista polaco se dan cuenta del desequilibrio, se salen de la coalición y se llega a un segundo entendimiento previo a la caída del muro. Ahí hay dos casos en el que la decisión de ir a competir es muy difícil. Un tercer caso es el de Egipto, donde los sectores seculares deciden no ir a una constituyente que estaba convocada por los Hermanos Musulmanes. El resultado fue bastante negativo, como sucedió en el Parlamento venezolano (2005) cuando no concurre la oposición. Allí hay otras circunstancias internacionales que guardan parecido al debate actual que hay en Venezuela frente a la elección de gobernadores.

Aquí hay un doble dilema. Por un lado, la oposición no participó en “la constituyente presidencial” — la exfiscal Luisa Ortega Díaz dixit—, porque era espuria y no fue convocada por el pueblo y después está el riesgo que se corre en las bases de apoyo social al enviar una señal equivocada, un mensaje confuso, al participar en una elección convocada por un régimen francamente dictatorial. ¿Ir o no ir? Esa es la cuestión. ¿Usted qué cree?

La gran batalla, el gran tema, es: ¿Qué opción tengo, si tomo la opción A o la opción B? Luego, si decido ir, ¿en qué condiciones voy o por cuáles condiciones batallo para obtener resultados? Yo no conozco experiencias exitosas en que la gente no concurra a un proceso electoral, más bien desanima. Ir, aún en las peores circunstancias, da fortaleza política. También hay que entender que la política no es pura ética. Uno no gana con ética en la política, gana con poder. El poder para una fuerza política de oposición como la venezolana son los votos, no hay otro, digamos, que sea más relevante. El segundo poder, que hay que valorar hoy día, es que el tema venezolano pasó a ser un asunto latinoamericano. En mi país está en la prensa todos los días. No es un debate sobre la democracia venezolana. Esto pasó a ser un debate sobre las dictaduras y sobre las democracias en la región. De manera que el respaldo internacional que Venezuela ha conquistado hoy en América Latina, en la Unión Europea, nunca había tenido tal envergadura, es muy potente. Eso tiene que acompañar a la oposición venezolana y contribuir para que se establezca condiciones que impidan el fraude. Lo más importante ahora, conociendo la historia reciente de Venezuela, es que no se prohíba elegir o que no se pueda inscribir candidatos en ciertas regiones que son muy grandes. Esa es la batalla principal. El dilema sería ¿cómo logramos mejores condiciones para una consulta electoral que nos prepare, que nos movilice, en el momento en que habrá de producirse la convocatoria a una elección presidencial? Eso introduce unos matices que son muy difíciles de resolver, pero cabe la pregunta: ¿La experiencia de no concurrir a las elecciones parlamentarias de 2005 fue buena?

No, fue muy negativa y las consecuencias aún pesan en la vida política del país.

A los tres o cuatro días uno dice el gobierno empieza a hacer lo que quiere y no se pregunta ¿y ahora qué hago yo? Yo sé que es difícil y no puedo dar una opinión. Pero si hay una circunstancia parecida a la de mi país, yo me jugué por el plebiscito con alta desconfianza. Pero no tenía otro camino.

Sergio Bitar retratado por Freya León


Estas elecciones se plantean después de cinco meses de movilizaciones en la calles, de protestas, de enfrentamientos, que han dejado un saldo de 114 personas fallecidas y miles de detenidos arbitrariamente. Realmente es muy difícil ir a unas elecciones que podrían convalidar la Constituyente de Maduro y también legitimar su gobierno. Es muy dilemático.

Es difícil ver una luz en el caso venezolano por la tragedia política, moral y económica que uno observa, que vive, y que duele de corazón para quienes vivimos exiliados y tenemos familia venezolana. Mirando desde la distancia, la movilización de la sociedad venezolana ha cambiado el respaldo mundial, ha mostrado que su régimen no es democrático, que apela a una fachada democrática, para ir destruyendo los mecanismos de la democracia. Ese es un cambio muy importante. En la lucha de corto plazo, en los procesos de recuperación, tal vez uno no aprecie la entidad que tiene la democracia en el pueblo venezolano. Pero yo estoy seguro, como ocurrió en cierta forma acá, que las nuevas generaciones van a transformar el país, van a construir un liderazgo muy distinto. Ahora, el camino es doloroso y es difícil. Pero ese cambio se está gestando, aunque uno no vea la luz. Hay un espíritu, una fuerza muy grande. Lo otro, admirable e importante, es que a pesar de la represión de las fuerzas del Estado, el pueblo venezolano ha persistido en la necesidad de buscar salidas democráticas. Aunque el proceso demore, es preferible a una intervención de los militares, porque uno sabe cuando entran, pero no cuando salen. Ahora, ¿es posible hablar con sectores del chavismo originario, que ven que Maduro está enterrando al chavismo, porque al final es eso? ¿Se puede conversar con ese sector? No lo sé, pero en la estrategia, uno tiene que tenerlo presente.

Lo otro, no ir a las elección regionales, como lo han planteado sectores de la oposición, es entregarle 23 gobernaciones a un gobierno cada vez más dictatorial.

Si eso ocurriera, yo creo que sería un obstáculo mayor para las elecciones presidenciales. Si uno pone como objetivo estratégico luchar por la vigencia de la Constitución, luchar junto con todos los respaldos internacionales, para que al final se materialice una elección presidencial, el paso por las elecciones a gobernadores, aunque sean torcidas por el régimen de Maduro, es un paso que ayuda a llegar al otro. Lo que hay que tratar, a mi juicio, es que esta elección sea lo más ecuánime posible, con respaldo de terceros, que puedan escuchar a la gente, a todos, incluido el 20 por ciento o 30 por ciento de venezolanos que mal que bien piensan que Maduro está defendiendo el legado de Chávez. Lo otro a tomar en cuenta es que si bien el deterioro económico juega muchas veces a favor de la oposición, no es porque la gente sea opositora. También ir en sincronía con ese sentimiento de resolverle los problemas a la gente, esa es una estrategia que ha seguido la oposición, que no hay que perder de vista. A nivel regional es mucho lo que se puede hacer alrededor de ese punto.

Sobre Venezuela pende la amenaza de las sanciones que podrían aplicar casi todos los países de Europa y del Hemisferio Occidental. La economía venezolana está desquiciada, con una inflación fuera de control y un desabastecimiento acelerado de bienes primarios. Las sanciones serían lo más parecido a una espada de Damocles sobre el pueblo venezolano. Si esas sanciones no tienen resultados políticos, pues sería el infierno.

Mi experiencia internacional, digamos, de los casos que conozco y de la propia experiencia chilena, que viví como senador y ministro, en fin, como exiliado, es que aplastar al pueblo no conduce a la democracia, nunca, y por lo tanto un pueblo que se siente en una situación en la que no puede ni caminar porque perdió peso, porque no puede comer ni comprar sus remedios y está enfermo, no tiene capacidad de lucha democrática. Yo creo, en ese sentido, que es muy importante mantener el espíritu vivo y que vengan medidas adicionales a darle justificación al régimen actual para culpar de algo que es falso, que son las potencias extranjeras, la burguesía nacional, la que han destrozado la economía, darle ahora ese argumento, resultaría un error político mayor. No soy partidario para nada que se recurra a medidas contra Venezuela y el pueblo venezolano. ¿Que se tomen contra personas? Está bien si están vinculadas al narcotráfico o a delitos diversos. Pero lo otro no me parece y no creo que América Latina tenga el poder de hacerlo tampoco. Yo creo, además, que hay que despejar algunas dudas internacionales y como chileno aprovecho para decírselo.

¿A qué se refiere? Porque la visión del gobierno es binaria. Aquí hay una lucha entre el imperio estadounidense y la revolución bolivariana.

Cuando voy a allá y escucho las interpretaciones de la televisión venezolana, absolutamente ideologizadas y falsas y cuando además acuden a la figura de Allende para justificar lo que está sucediendo… Yo, como ministro de Allende, quiero decir que esto es una gran falsedad. No hay ningún paralelo entre Maduro y Allende. Es una farsa lo que está haciendo el régimen venezolano al plantear una similitud. Allende fue un hombre impecablemente democrático toda su vida, toda su carrera fue de democracia, siendo dirigente estudiantil, diputado, presidente del Senado y candidato a la presidencia en cuatro oportunidades. Nunca se tocó en Chile a la prensa. Nunca se tocó al Parlamento, nunca se tocó a la justicia. Nunca se interrumpieron elecciones. Todas las organizaciones sociales —estudiantiles, obreras, empresariales— funcionaban dentro de la Constitución. Comparar eso con un régimen que se parece cada vez más al de Pinochet es algo que se tiene que señalar a lo interno.


La izquierda latinoamericana ha tenido una actitud cómplice frente al gobierno de Maduro. ¿Cómo puede la izquierda identificarse con un régimen impresentable, que ha violado los derechos humanos y niega elecciones?

Hay un cambio importante en el diagnóstico que ha hecho la izquierda latinoamericana con respecto al gobierno de Maduro. Uno podría decir, hace cinco años, aquí hay un sector blando. Hoy, los sectores que se denominan de izquierda en la región y respaldan a Maduro, son minoría. Esto no es lo mismo que antes. Lo segundo es que el lenguaje antiimperialista, el discurso antiburguesía, incide en las izquierdas más ideologizadas, más radicalizadas, que son rémoras, que son frases vacías. Si ese argumento valía cuando las dictaduras estaban extendidas por toda América Latina, en los años 70 y 80, en los que había además una política norteamericana de dominación, uno no podría decir que la crisis venezolana obedece al hecho de que le quitaron el petróleo a Venezuela o que no lo pueden vender. En el caso chileno, nos embargaron el cobre. No podíamos vender el cobre ni comprar repuestos, había Guerra Fría. Por eso, esa izquierda ya no tiene mucho sostén conceptual. Pero existe en democracia. Yo diría que Venezuela es un tema de todos los demócratas latinoamericanos y de un sector creciente de las izquierdas, que ve que venirse con el vocablo del socialismo del siglo XXI arruina toda vocación democrática de los partidos verdaderamente progresistas.

Desde lejos, que opinión tiene: ¿El régimen de Maduro se parece más a la Cuba de Fidel Castro o al Chile de Augusto Pinochet?

Yo lo veo por su origen, electoral y democrático, y por su evolución de usar los mecanismo de la democracia para auto devorarla, y en la medida en que están tratando de aniquilar el único espacio opositor que es la Asamblea Nacional, me pregunto muchas veces si no es una lógica más cubana, la de ir cerrando todos los espacios a la vida democrática, instalando un poder que tiene la complicidad de unas Fuerzas Armadas que son incapaces de señalar que se respete la Constitución. Yo diría que, siendo algo muy propio de Venezuela, que no se puede asimilar con las dictaduras de los 70 y los 80, es más sofisticada, usan mecanismos democráticos de fachada para ir devorando a la democracia; usan, además, un lenguaje antiburguesía para justificar una caída de la producción descomunal, que es el resultado de la pura inercia. Esto no tiene nada que ver con la ideología, sino con la ineptitud y la cerrazón mental.

http://prodavinci.com/2017/08/13/actualidad/sergio-bitar-uno-no-gana-con-etica-en-la-politica-gana-con-poder-por-hugo-prieto/

miércoles, 2 de agosto de 2017

Las mejores 100 pelis que he visto





 


Después de la lista de los 100 mejores libros que he leído, tenía que continuar con las películas. Pero sobre todo esta lista era necesaria después de haber dicho que ver menos películas te ayuda a pensar mejor sobre lo que has visto.
A veces pienso que he perdido una cantidad ingente de tiempo viendo cosas: películas, series, libros… Eso me entristece un poco y me hace pensar que no me he dedicado a vivir, sino a ver a otros vivir. Otros que además no son reales, sino solo ficciones.
Luego vuelvo a estas listas, las repaso, me acuerdo de estas películas y de los libros, y entonces recuerdo todo lo que me han dado, recuerdo por qué me apasionan las historias, todas las historias, y me doy cuenta de que, en realidad, no he perdido el tiempo, porque ésta es la manera en la que sé vivir.
Como en la anterior lista, el orden es cronológico y por tanto no indica preferencia.

Siglo XX

En 1895 los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo. El resto es historia (del cine).

Los años diez

Los pioneros empiezan a hacer las primeras películas para un público creciente. Entre ellos destaca el gran Georges Méliès.

1. Viaje a la luna (1902) – Georges Méliès

Georges Méliès dirigió Viaje a la luna
Esta pieza tenía que abrir la lista. Aunque solo fuera por dejarnos la icónica imagen de la cara de la luna con el cohete en el ojo…
Sus efectos visuales pueden parecer hoy en día muy simples, pero constituyen el primer paso para todo lo que vino después.
Viaje a la luna es el máximo representante de una época de ingenuidad, ilusión y espíritu aventurero. Se acababa de inventar una nueva forma de expresión, y las posibilidades parecían infinitas.
Buena parte de la inspiración para mi relato La sala del cinematógrafo viene de esta película.

Los veinte

Las grandes obras del cine mudo. La imagen y la expresividad lo son todo, pues hay que transmitir sin la voz de los actores… El poder visual que pueden alcanzar es impresionante.

2. El último (1924) – F.W. Murnau

Hay otras películas del genio alemán que son más conocidas, como Amanecer, pero la que a mí me llegó más es esta El último.
Es la primera película que aprovecha el movimiento de la cámara. Una excelente demostración del expresionismo alemán en el cine.
Narra la caída en desgracia de un portero de un lujoso hotel.

3. La quimera del oro (1925) – Charles Chaplin

La quimera del oro, de Charles Chaplin
Una de las primera películas que vi en la Filmoteca de Barcelona. A partir de entonces es imposible no querer a Chaplin: El chicoLuces de la ciudadTiempos modernos
Pero a La quimera del oro le tengo un cariño especial, por ser la primera, la puerta de acceso al mundo de Charlot, tan ingenuo, alegre y serio a la vez.
Contiene gags míticos que fueron copiados una y otra vez posteriormente.
Si le tienes miedo al cine mudo, o simplemente cualquier peli en blanco y negro o anterior a 1970 te da pereza, esta es una buena manera de empezar. Si esta película no te hace sonreír, no tienes alma.

4. Metrópolis (1927) – Fritz Lang

Metrópolis, Fritz Lang
Rudolf Klein-Rogge, en el papel de Rotwang, lo borda de científico loco
El guión me parece un poco chungo. La historia es sentimentaloide y en general un punto excesiva para mí.
Pero las imágenes son jodidamente asombrosas. Aún sorprenden vistas en 2016, imagínate poder verlo en el estreno, en 1927, cuando una persona normal no estaba asediada 24 horas al día por miles y miles de imágenes. Yo creo que saldría con la mandíbula en el suelo.
Por algo es la máxima expresión del expresionismo alemán (hay muchas equis en esta frase, ¿no?)

5. Arsenal (1929) – Aleksandr Dovzhenko

“Historia de un soldado ucraniano que regresa a casa tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), conflicto que ha dejado devastada su región.”
Cine mudo de producción soviética. Más allá del mensaje político que contiene, la belleza de las imágenes la convierte en una obra de arte que trasciende toda ideología.
Comparte con El último y Metrópolis la velocidad, la expresividad, los encuadres imposibles…

6. Finis terrae (1929) – Jean Epstein

Finis Terrae, de Jean Epstein
Jean Epstein representa para mí la pura esencia del cine, al menos en esta Finis Terrae (en otros casos como La caída de la Casa Usher, que está llena de experimentación, la esencia se pierde un poco).
En sus películas no sobra nada, a veces parece que ves directamente la realidad. Una maravilla muda.

Los treinta

En 1927, durante la década anterior, ya se había rodado la primera película que incorporaba audio: El cantante de jazz. Lo que marca el inicio de un progresivo abandono del cine mudo en favor del cine sonoro. Un cambio de era que dejó grandes estrellas que no supieron adaptarse al nuevo entorno.

7. Sal para Svanetia (1930) – Mijaíl Kalatozov

Sal para Svanetia, Mijaíl Kalatozov
Documental mudo sobre las duras condiciones de vida de los habitantes de la región de Svanetia, en las montañas del Cáucaso.
Más cine soviético. Hay una textura desbastada en la forma de mirar de estas primeras películas que las hace especiales.

8. Mujeres enamoradas (1931) – William A. Wellman

Mujeres enamoradas, William A. Wellmann
El Hollywood de los años 30, previo a la censura, constituye una época única en el cine americano. Se produjeron películas con una libertad creativa inusual y que tal vez acabó por perderse en décadas posteriores, y en las que tomaban parte mujeres decididas y libres. Las actrices más representativas de estos años son Barbara Stanwyck, Loretta Young, Norma Shearer…
William A. Wellmann fue uno de los directores más activos de esta época, con películas de corto metraje, llenas de energía y velocidad. Entre todas ellas, destaco Mujeres enamoradas, una fascinante historia.

9. Boudou salvado de las aguas (1932) – Jean Renoir

Boudou salvado de las aguas, de Jean Renoir
Una historia de anarquismo existencial protagonizada por el bonachón vagabundo Boudou, al que al principio de la película salvan de “las aguas” del Sena.
Seguramente esta no sea la mejor película de Jean Renoir, pero para mí tiene algo especial. La regla del juego, La bestia huamana, El río… son más conocidas; pero la frescura de Boudou la hace diferente.

10. Furia (1936) – Fritz Lang

Furis, Fritz Lang
Esta película trata de la furia de la muchedumbre, del poder incontenible de los grandes grupos, de cómo se contagian las opiniones, de cómo muchas veces juzgamos no utilizando la pura lógica, sino el puro instinto animal.
Fritz Lang detrás de la cámara (es su primera película en Hollywood), Spencer Tracy delante de ella. No se puede pedir más, sólo queda sentarse, mirar y disfrutar.

11. Humanidad y globos de papel (1937) – Sadao Yamanaka

Una joya casi completamente desconocida del cine japonés.
“Un samurái sale adelante haciendo globos de papel pero un buen día su vida da un giro cuando es perseguido debido a un altercado en el que se involucra por casualidad.”

12. La diligencia (1939) – John Ford

El western por excelencia. ¡Una de indios y vaqueros! Siéntate y disfruta, qué genio John Ford, qué buena es en todo, de principio a fin. ¡Tienes que verla!

13. Caballero sin espada (1939) – Frank Capra

Caballero sin espada, de Frank Capra
Capra era un cabronazo porque sabía manipularte de tal manera que terminabas llorando cuando él quería. Es todo un arte ese de saber hacer llorar, pero hacer llorar bien, no con cualquier cosa evidente y lacrimógena. Capra sabía caminar esa línea difusa y caer a menudo del lado bueno.
Aquí nos trae otra historia de buenos sentimientos, fe en el ser humano y lucha por unos ideales. En estos tiempos de cinismo no está de más volver a verla de vez en cuando.

14. Lo que el viento se llevó (1939) – Victor Fleming

Lo que el viento se llevó, Victor Fleming
A Dios pongo por testigo de que me gusta mucho esta película. Todo el melodrama de la historia de cómo la bella Scarlett O’Hara se convierte en una mujer como Dios manda, a través de innumerables padecimientos.

Los cuarenta

La segunda década del cine sonoro. La década de Ciudadano Kane (1941). Comienza el auge del cine negro.
En el 35 se había realizado la primera película en color (Becky Sharp), aún así, el cine en blanco y negro aún tenía mucho que decir.

15. Las uvas de la ira (1940) – John Ford

Las uvas de la ira, de John Ford
Yo qué sé, qué os voy a decir de esta película. Que la tenéis que ver, pelos de punta, novela de Steinbeck, oficio de Ford: historia perfecta.

16. Perdición (1944) – Billy Wilder

Perdición, Billy Wilder
  1. Perdición es el cine negro.
  2. Barbara Stanwyck es el cine negro (y más, una de las grandes actrices del Hollywood dorado y libérrimo de los años 30).
  3. Y Edward G. Robinson otro actor como la copa de un pino.
Y ya está, así como si nada, como si fuera fácil, ya tienes una obra maestra.

17. Perversidad (1945) – Fritz Lang

Perversidad, de Fritz Lang
En este caso la pareja de cracks la conforman Fritz Lang y Edward G. Robinson: “Christopher Cross es un simple cajero infelizmente casado, pero tiene un raro talento para la pintura. En cierta ocasión, conoce a una aventurera de la que se enamora y le hace creer que es un pintor de éxito. La chica y su novio, un individuo sin escrúpulos, aprovechan la ocasión para explotar al pobre hombre, que llegará incluso a cometer un desfalco en su empresa para que ella siga creyendo que es un artista de éxito.”
Y Joan Bennett de mujer fatal.

18. Fuerza bruta (1947) – Jules Dassin

Fuerza bruta, de Jules Dassin
Burt Lancaster era una fuerza de la naturaleza, y en esta película se nota. Si te gustan los dramas carcelarios (como a mí), Fuerza bruta no te decepcionará lo más mínimo. Dos horas de tu tiempo muy bien invertidas.

19. En aquellos días (1947) – Helmut Käutner

En aquellos días, de Helmut Käutner
Otra joya desconocida descubierta gracias a Jesús Cortés.
Un coche cuenta su historia (sí, has leído bien, un coche que “habla”) a lo largo de los años del Tercer Reich. Ésta seguramente sea mi película preferida, la que más me gusta, la mejor para mí. Y aunque el coche hable, todo funciona, todo encaja y además te emociona.
Merece la pena buscarla.

20. El fantasma y la señora Muir (1947) – Joseph L. Mankiewicz

Aquí me enamoré de Gene Tierney.
Gene Tierney
Lo que tú digas, Gene

21. El tesoro de sierra madre (1948) – John Huston

El tesoro de Sierra Madre, John Huston
Tratado sobre la codicia que se pasa en un tris. Humphrey Bogart y John Huston.
Magia.

22. Ladrón de bicicletas (1948) – Vittorio De Sica

Máxima expresión del neorrealismo italiano y todo lo que tú quieras.
Una película grande como las hay pocas, según mi opinión.
Ese hombre roto y humillado en busca de su bicicleta por las calles de Roma, junto a su hijo. Buf. Muy duro.

23. Al rojo vivo (1949) – Raoul Walsh

Al rojo vivo, de Raoul Walsh
James Cagney es el otro gran actor de Hollywood, para mí, junto con Edward G. Robinson. Nunca olvidaré la impactante escena final…
Fuerza, energía, violencia. Peliculón, tú.

24. El tercer hombre (1949) – Carol Reed

El tercer hombre, de Carol Reed
Contiene las mejores líneas de la historia del cine:
Recuerda lo que dijo no sé quién: en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras, matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!
—Harry Lime

Los cincuenta

Los años de la caza de brujas, en las que el Macarthismo trató de “limpiar de comunistas” el Hollywood de la época. Entre los perseguidos, por ejemplo, Charles Chaplin. Entre los delatores, Elia Kazan.
El cine de género (cine negro, western, ciencia ficción) sigue dando grandes alegrías.

25. El invisible Harvey (1950) – Henry Koster

El invisible Harvey, de Henry Koster
James Stewart tenía un talento especial para los personajes llenos de candor. Aquí lo borda, lo borda, de verdad.
Elwood P. Dowd (James Stewart) es un hombre afable, cariñoso y siempre dispuesto a ayudar a los demás. Su único problema es que va a todas partes acompañado por un imaginario conejo gigante al que llama Harvey. La familia de Elwood no sabe qué hacer y opta por llevarlo a un psiquiátrico.

26. El jeque blanco (1952) – Federico Fellini

Otra de las primeras películas que vi en la filmoteca. Tampoco es de las más famosas de Fellini, pero es una comedia que funciona muy bien. Risa asegurada.

27. El rastro de la pantera (1954) – William A. Wellman

El rastro de la pantera, de William A. Wellmann
Robert Mitchum era el más chulo del lugar
El iracundo William A. Wellmann sigue dando el callo, en este caso con un peculiar western frío.

28. Al este del edén (1955) – Elia Kazan

Al este del Edén, Elia Kazan
Otra adaptación magistral de una novela del Nobel John Steinbeck. James Dean lo borda como Cal Trask. ¡No te la pierdas!

29. Calabuch (1956) – Luis Berlanga

Calabuch, de Berlanga
Calabuch es un señor muy majo, un científico que es todo ternura y candor. Y Berlanga seguramente sea el mejor director que ha dado España…
Calabuch no es tan famosa como ¡Bienvenido, Míster Marshall! o El verdugo, pero es genial y te da para creer un poco más en el ser humano.

30. Cuando pasan las cigüeñas (1957) – Mijaíl Kalatozov

Cuando pasan las cigüeñas, de Mijaíl Kalatozov
Típica producción del cine soviético. Una fotografía espectacular, cuidadísima, que te traslada la opresión y angustia de los protagonistas. El horror de la guerra, la separación de la pareja, los padecimientos…
Si en Sal para Svenatia el talento visual de Kalatozov estaba al servicio de la realidad, para mostrar la forma de vida de aquel pueblo dejado de la mano de Dios, aquí está puesto al servicio de la historia, de las emociones.
Una locura que no esté en más selecciones de grandes películas y que no se hable más, mucho más, de ella.

31. Senderos de gloria (1957) – Stanley Kubrick

La última escena es de lo mejor que han visto mis ojos. También la escena del fusilamiento. En general, una de las mejores películas bélicas que se han hecho o, mejor dicho, de las que más he disfrutado y de las que más he aprendido yo.
La cuarta película de Kubrick (si contamos Fear and desire), con un Kirk Douglas enorme, enorme, enorme.

32. La condición humana (1959-1961) – Masaki Kobayashi

La condición humana es una trilogía y, aunque la mejor es la tercera, quiero meter las tres porque cuentan una historia común y no se pueden entender completamente si se aíslan.
El talento de Kobayashi es indiscutible y, aunque no son comparables, creo que merece estar a la misma altura que otros grandes del cine japonés, como Ozu, Mizoguchi o Kurosawa.
La condición humana primero te arranca la piel y luego de quita el corazón y te lo aprieta hasta que no queda nada dentro.
Tatsuya Nakadai se gana el sueldo y un lugar en el Olimpo junto a Toshiro Mifune. El puto amo.

33. Pickpocket (1959) – Robert Bresson

Lo cierto es que no sé si Bresson se basó en Crimen y castigo para hacer esta película. A mí me pareció la misma historia, pero contada desde presupuestos totalmente diferentes: sencillez y economía de medios. La novela es mucho más abigarrada, angustiosa, terrible.
El efecto que consigue es muy bueno, una emoción mucho más contenida, más francesa (si esto significa algo…)

Los sesenta

El cine de autor en Europa. La época dorada de Hollywood va tocando a su fin, y nuevos directores y actores pujan fuerte por hacer valer sus ideas.

34. Rocco y sus hermanos (1960) – Luchino Visconti

Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti
Rocco, como Hölderlin, es también un intenso, y se lo toma todo muy a pecho, el chaval. Sufre mucho, y es muy bueno él. Y Visconti cuenta un dramón así con mayúsculas, con actorazos, y tú, como espectador, entras al ring de la película sin saber qué va a pasar y te llevas una buena hostia que te deja KO, sangrando por la boca sobre la lona sin saber qué coño ha pasado ni dónde estás.

35. El apartamento (1960) – Billy Wilder

Esto es buen rollo. Adorabilidad máxima de todo y de todos. Una de las grandes comedias de Wilder, una de las grandes películas de Wilder. Y eso es mucho decir. Uno sale distinto de El apartamento.
Y si no lo entiendes, no tienes alma (sí, como con La quimera del oro).

36. La evasión (1960) – Jacques Becker

La película carcelaria por excelencia, con el permiso de Fuerza bruta. Sin un solo efectismo, todo naturalidad, tan natural que parece real. Es lo que es, gente que está en la cárcel y que brega para escaparse. Fantástica.

37. Seppuku (1962) – Masaki Kobayashi

Seppuku, de Masaki Kobayashi
Kobayashi es el puto amo de las pelis de samuráis. Y entre las pelis de samuráis, Seppuku es la que más me gusta. Otra vez el tándem Kobayashi-Nakadai. Escribir sobre ella me da ganas de volver a verla entera.
Como en todas las buenas películas de samuráis (y ahora me acuerdo también de Trono de sangre, de Kurosawa), hay algo de tragedia griega, algo de Shakespeare en ellas. Y Seppuku no iba a ser menos.

38. El eclipse (1962) – Michelangelo Antonioni

El eclipse, de Michelangelo Antonioni
Sí, cine aburrido de autor. El eclipse, como todas las películas de Antonioni, es un puto coñazo.
Lo cual es irrelevante y no evita que El eclipse siga siendo una maravilla. Hay veces que el cine no debe ni quiere entretener. Hay veces en las que es necesario, útil, aconsejable… aburrir, no entretener. Para que puedas mirar ciertas cosas, para que puedas pensar, para que puedas vivir una experiencia distinta.
Esto es lo que mucha gente no entiende de este tipo de cine. La angustia existencial de estos personajes, el hastío, la desorientación… no puede ser entretenida.
Una vez salí de una película de Antonioni (El reportero) y pensé que tenía, por primera vez en mucho tiempo, “los ojos limpios”.
Se trata, simplemente, de ver y pensar.

39. Matar a un ruiseñor (1962) – Robert Mulligan

Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan
Queremos tanto a Atticus Finch, queremos tanto a Gregory Peck. Otra película de exaltación de grandes valores idealistas, un alegato de la justicia, la bondad, la lucha. En la línea de Caballero sin espada.

40. El ángel exterminador (1962) – Luis Buñuel

El ángel exterminador, de Luis Buñuel
La mala hostia del aragonés genial Buñuel.
Una vocación de putear a la burguesía, a lo establecido, a lo políticamente correcto surge en El ángel exterminador.

41. Lawrence de Arabia (1962) – David Lean

Lawrence de Arabia, David Lean
En el cine de David Lean es todo muy grande: el metraje, las historias que narra, los paisajes, el talento.
La única manera de describirla bien es viéndola.

42. Los camaradas (1963) – Mario Monicelli

Los camaradas, de Mario Monicelli
Mastroianni es Dios. No sé decirlo de otra manera. La historia de huelga y lucha de estos obreros, con sus contradicciones internas, sus problemas, sus dudas… Como siempre, lo que hace grande a esta película son los dobles sentidos, la valentía de meterse por caminos difíciles, por contar de verdad lo que es.
Creo que lloré (bueno, eso no es difícil, lloro mucho y fácil en las películas)

43. La gran evasión (1963) – John Sturges

¡La banda sonora más silbable que existe! Steve McQueen parece hecho para escaparse con gracia de los sitios. Cuando alguien lo creó (a Steve), dijo (así con profunda voz de ultratumba): “Tú, Steve, te escaparás con gracia de los sitios, majo”.
Qué gusto de entretenimiento, por Dios. El anti-Antonioni.

44. El sirviente (1963) – Joseph Losey

Si por azares del destino, así por casualidad, fuera un dios, a parte de hacer todo lo posible para quererte como te quierosi fuera un dios y pudiera hacer un Olimpo del Cine, en él pondría a Edward G. Robinson, James Cagney, Monica Vitti, Tatsuya Nakadai, Gene Tierney, Marcello Mastroanni y, por supuesto, a Dirk Bogarde.
En FilmaffinityUn intrigante y manipulador mayordomo consigue, gradualmente, dominar la vida del señor al que sirve, aprovechándose de sus debilidades sexuales. Un tenso y adulto drama psicológico que obtuvo excelentes críticas.

45. El verdugo (1963) – Luis Berlanga

El verdugo, Berlanga
¿Qué sería de nosotros sin El verdugo?

46. Hamlet (1964) – Grigori Kózintsev

Hamlet, Kosintsev
La mejor adaptación al cine de Hamlet. La Unión Soviética puso dinero a mansalva, el veterano de las superproducciones Kósintsev se puso detrás de la cámara y salió esta película grandiosa. Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia de 1964.

47. Seducida y abandonada (1964) – Pietro Germi

Seducida y abandonada, Pietro Germi
¿Qué significa el honor, la familia, ser hombre y ser mujer en una sociedad tradicionalista y patriarcal? Pues Seducida y abandonada trata de dar unas cuantas respuestas. Pietro Germi tal vez no alcance las cotas de genialidad de Fellini o de Sica, pero desde luego era un buen artesano del cine.

48. El bueno, el feo y el malo (1966) – Sergio Leone

Todos a silbar…

49. Persona (1966) – Ingmar Bergman

La vi en la filmoteca y entré en una especie de estado de hipnosis (lo digo medio en broma medio en serio). No me esmeré mucho en entender lo que pasaba, solo en sentir.
Desde entonces no la he vuelto a ver y la verdad es que no estoy muy seguro de querer volver a verla, porque no quiero perder el recuerdo tan bueno que tengo.

50. Elvira Madigan  (1967) – Bo Widerberg

Elvira Madigan, Bo Widerberg
En 2004 llegué a Barcelona con granos en la cara y con ganas de ver mucho cine. Hasta entonces mi amplio bagaje cinematográfico comprendía Casper Babe, el cerdito valiente.
La trágica historia de amor de Elvira Madigan fue la primera película que vi en la Filmoteca. Desde entonces ya no hubo vuelta atrás.

51. 2001: una odisea del espacio (1968) – Stanley Kubrick

—Ñiñiñi… es que los monos del principio se ve que son hombres disfrazados. Ñiñiñi…
—No seas gilipollas y mira un poco más allá.
2001 es episódica, fragmentosa, una paja mental, un monolito, una elipsis que Santo Dios qué elipsis.

Los setenta

La estructura clásica de la industria hollywoodiense se viene abajo o, más bien, cambia sustancialmente. Nuevos talentos del cine americano surgen y ruedan grandes películas. En Europa, un poco como siempre, vamos a nuestra bola.

52. El soplo al corazón (1971) – Louis Malle

El soplo al corazón, Louis Malle
Obra maestra.

53. Themroc (1973) – Claude Faraldo

Themroc, de Claude Faraldo
Themroc es una gamberrada perpetrada por Faraldo y Michel Piccoli. Una vuelta del hombre moderno a los instintos más básicos, a la vida en la caverna, la destrucción, la libertad, la caza…
Puede ser vista como una alegoría política sobre la angustia y la reclusión del hombre moderno (y así la veo yo), o como simplemente una mamarrachada raruna que no va a ningún sitio. En cualquier caso, o la amas o la odias.

54. Fraude (1973) – Orson Welles

En Fraude está todo Orson Welles, y por eso la prefiero antes que Ciudadano Kane. Aquí encontramos el ego desmedido, pero también el talento y la inteligencia, la ironía, el collage documental, el juego entre la realidad y la ficción…
Cuando el montaje (en todas sus acepciones) lo es todo todito todo.

55. Pat Garrett y Billy el Niño (1973) – Sam Peckinpah

Sale Bob Dylan cuando aún no había ganado el Premio Nobel de Literatura en 2016. Dirige Peckinpah (con ene antes de pe).
Aquí tuve serias dudas entre ésta y La balada de Cable Hogue, pero al final me ha podido la banda sonora, la disputa de leyenda entre Pat Garrett y Billy el Niño, y que salga Bob Dylan cuando aún no había ganado el Premio Nobel de Literatura en 2016.

56. Secretos de un matrimonio (1973) – Ingmar Bergman

Mira, hay que tener algo especial para coger la premisa más aburrida e insulsa del mundo:
El matrimonio formado por Johan, profesor de psicología, y Marianne, abogada, recibe una noche en su casa la visita de sus amigos Peter y Katerina. Al poco tiempo, los invitados empiezan una fuerte discusión en la que los anfitriones intentan mediar sin éxito alguno. Cuando se quedan solos, Johan y Marianne empiezan a hablar de su matrimonio y de sus problemas.
Y tragar con dos horas de una pareja hablando sobre lo divino y lo humano, sobre el matrimonio, el amor, la fidelidad, el sexo…
Terriblemente buena porque te hace pensar, sabia, inteligente… Sabe más que tú y que yo.

57. Portero de noche (1974) – Liliana Cavani

Portero de noche, de Liliana Cavani
Dirk Bogarde + Charlotte Rampling, o cuando explota la pantalla.

58. Primera plana (1974) – Billy Wilder

Primera Plana, de Billy Wilder
La comedia que más he disfrutado de Billy Wilder, solo por detrás de El apartamento, pero muy por delante de las míticas Con faldas y a lo loco o Uno, dos, tres.
Contiene los mejores chistes de psicoanalistas de la historia del cine.

59. Dersu Uzala (1975) – Akira Kurosawa

La historia de amistad entre el capitán Vladimir Arseniev y del nómada Dersu Uzala, habitante y conocedor de la taiga siberiana.
Uno querría tener la suerte de vivir una amistad como ésta. Uno querría ser un hombre de una categoría moral como la de estos dos, sobre todo como Dersu Uzala.
Joder, perdonadme, que soy de fácil emocionar. Snif.
Dersu Uzala
Derse Uzala es el de la izquierda

60. Taxi Driver (1976) – Martin Scorsese

Es que Taxi Driver mola. Hay veces en las que molar es una justificación estética, metafísica o epistemológica en sí misma.

61. Novecento (1976) – Bernardo Bertolucci

Novecento, de Bertolucci
De cuando Gérard Depardieu todavía era un actorazo como la copa de un roble.
Son en total más de 5 horas de metraje, pero qué bien le sienta cada minuto a esta epopeya italiana.
Como dirían los pedantes (soy un pedantorro aunque quiero disimularlo): un gozo.

62. Una jornada particular (1977) – Ettore Scola

Mastroianni y Loren, historia de una amistad. Te deja sin palabras (y mira que yo suelo tener muchas)

63. Apocalypse Now (1979) – Francis Ford Coppola

Marlon Brando haciendo de Marlon Brando. Un recuerdo a El corazón de las tinieblas de Conrad. El talento general de Coppola.
Cuando la vi era joven e impresionable, pero creo que es una señora película.

64. Manhattan (1979) – Woody Allen

Manhattan tiene todo lo que me gusta de las películas de Woody Allen. Chistes sobre Ingmar Bergman incluídos.
Amor por su ciudad, ansiedades, tartamudeos, música jazz, ingenio.

65. Stalker (1979) – Andréi Tarkovski

Stalker, de Andréi Tarkovski
Mi buen amigo Jose, que comparte conmigo la cinefilia y cinefagia, me dijo hará unos 12 años: “Stalker es aburrídisima, terrible, no lo lograrás. No la veas hasta que estés más entrenado”.
Así que cuando 2 o 3 años después me puse a verla, lo hice con cierto miedo, un par de cafés y un quintal de paciencia.
La verdad es que me dejó patidifuso, roto por tres partes, dado la vuelta y asombrado.
Nunca había visto algo así y me encantó. Desde entonces soy un fanboy de Tarkovski, doy la turra con él en los bautizos y las comuniones, digo que es el mayor artista del siglo XX cuando me emborracho, y hago como que entiendo El espejo.

Los ochenta

Pues los ochenta, qué quieres que te diga, los ochenta y ya.

66. Koyaanisqatsi (1982) – Godfrey Reggio

Me lo imagino como lo más parecido a un viaje de LSD.

67. Blade Runner (1982) – Ridley Scott

Blade Runner, de Ridley Scott
La peli cuya idea estética copiaron todos (y siguen copiando) para imaginar cómo sería el futuro. Le da mil vueltas a la novela original en todos los aspectos.
El monólogo de las lágrimas en la lluvia, de Rutger Hauer interpretando al replicante Roy Batty:
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

68. Adiós a Matiora (1983) – Elim Klimov

Klimov es un puto genio, dicho así mal y pronto. Estoy viendo que para expresar mi opinión sobre lo que me gusta digo muchos tacos. Supongo que es mi manera de mostrar entusiasmo incondicional.
No sé, no es lo mismo decir:
Klimov es un genio.
Que:
Klimov es un puto genio.
Es más contundente la segunda, con su zafiedad.
Adiós a Matiora es una cosa tremebunda.
(Hay muchos rusos en esta lista, ¿no? No sé lo que me pasa con Rusia)

69. Nostalgia (1983) – Andréi Tarkovski

Nostalghia, de Andréi Tarkovski
Fanboy de Tarkovski, ya os lo dije. Y aquí nos encontramos con la película que más me gusta de Andréi. Un poeta ruso, perdido y nostálgico en un pueblo de Italia.
Hablan bajito, susurrando por si despiertan a alguien. Sueños, escenas surrealistas, la lucha de un creador por continuar trabajando a pesar de todos sus demonios.

70. ¡Jo, qué noche! (1985) – Martin Scorsese

Supongo que había maneras peores de traducir el original After Hours, pero a mí no se me ocurren, la verdad.
La historia de una alocada noche donde todo puede suceder, y de hecho todo sucede. Un Scorsese no tan conocido que merece la pena revisar.

71. La rosa púrpura del Cairo (1985) – Woody Allen

Una historia de amor al cine.

72. La chaqueta metálica (1987) – Stanley Kubrick

La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick
Retrato de la locura colectiva y la enajenación mental de toda una civilización.
Este es mi fusil, hay otros muchos, pero éste es el mío, mi fusil es mi mejor amigo y es mi vida, tengo que dominarlo igual que me domino a mí mismo, sin mí, mi fusil no sirve, sin mi fusil yo tampoco sirvo, tengo que acertar con mi fusil, tengo que disparar a dar al enemigo que quiere matarme, tengo que darle antes que me dé a mí, lo haré, esto que digo, lo juro ante Dios, mi fusil y yo somos los defensores de mi patria, dominamos a nuestros enemigos y salvamos nuestras propias vidas, así sea, hasta que no haya enemigos o haya paz.

73. Inseparables (1988) – David Cronenberg

Inseparables, de David Cronenberg
Lo de esta película es muy gordo. Es bastante desagradable. Tampoco es que muestre muchas cosas asquerosas, casi todo lo deja fuera de plano.
En realidad, en las películas de Cronenberg a menudo lo desagradable sucede en nuestras cabezas (salvo en La mosca, que es asquerosa de principio a fin). Pero eso es peor, mucho peor.
Brrr. Escalofríos.

74. Los simpson (1989-Actualidad) – Matt Groening

Crecí viendo Los Simpsons todos los días en Antena 3. Capítulos repetidos una y otra vez durante la infancia y adolescencia, hasta que sus imágenes y chistes quedaron grabados a fuego en toda una generación. Hace años que no los veo, y creo que ha bajado bastante el nivel, pero Los Simpson tienen capítulos excelentes y sus personajes son eternos.
Sus homenajes cinéfilos son una delicia.

Los noventa

Creo que me quedan demasiado cerca para saber decir nada sobre los noventa.

75. Ju Dou: semilla de crisantemo (1990) – Zhang Yimou

Dice Pablo Kurt:
Maravillosa historia de amores prohibidos en la dominante sociedad feudal de la China rural de los años veinte. Cosechó excelentes críticas, fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera y abrió el camino a las salas occidentales de un excelente cine proveniente del lejano oriente que, hasta entonces, apenas llegaba a círculos minoritarios de grandes capitales y algunos festivales de cine.
Y, bueno, además, sale Gong Li.

76. El prado (1990) – Jim Sheridan

El prado, de Jim Sheridan
Historia de codicia rural. Desmesurada, trágica, pero trágica así a la griega, con un toque clásico que le viene muy bien a su entorno rural.

77. Twin Peaks (1990-1991) – David Lynch

Twin Peaks, de David Lynch
¿Qué fue de… Laura Palmer?

78. Jamón, jamón (1992) – Bigas Luna

Tópico hispánico a raudales, le damos la vuelta, jugamos con él, juntamos a Bardem y Cruz y nos sale esta lunática y notable película.
—Saben a tortilla.

79. Sátántangó (1994) – Béla Tarr

Esto ya es droga dura. No apta para todos los paladares. Cine de autor y aburrido elevado a la máxima potencia. Planos largos y silenciosos que duran una media de dos o tres siglos.
Pero yo qué sé, en algún momento de las ocho horas de metraje, me atrapó (cuando la historia de la niña y el gato, vamos).
Puedes verla bajo tu propia responsabilidad.

80. A través de los olivos (1994) – Abbas Kiarostami

A través de los olivos, de Abbas Kiarostami
No podía faltar una peli iraní en esta lista. Podía haber puesto cualquier otra de la trilogía de Koker, o cualquier otra de Kiarostami. Pero para mí esta tiene un algo especial.
Déjate de prejuicios chorras y hazte con esta película. Es buena, tierna, inteligente… la mires por donde la mires, te pongas como te pongas.
Si eres humano (aunque solo sea un poco pequeño), te vas a emocionar.

81. Viaje al principio del mundo (1996) – Manoel de Oliveira

Manoel de Oliveira, Viaje al principio del mundo
Madre mía, qué llorera con esta película.
A lo mejor fue porque ver a Mastroinanni anciano y en las últimas me resultó difícil, pero no, en realidad fue simplemente porque me llegó esta historia que, literalmente, va al principio del mundo.

82. Marius y Jeannette (1997) – Robert Guédiguian

Estas historias de amor sencillo y proletario en Marsella que nos cuenta Guédiguian me encantan.

83. L.A Confidential (1997) – Curtis Hanson

Un recuerdo del cine negro clásico en los noventa. Muy disfrutable.

84. El milagro de P. Tinto (1998) – Javier Fesser

Humor absurdo, surrealista, gamberro. Aquí sí que la odias o la amas, no hay mucho punto medio posible.
Sólo digo una cosa: ¡qué pasote la de litro!

85. Una historia verdadera (1999) – David Lynch

Un viejo pilla su cortadora de césped y se va a visitar a su hermano, para hacer las paces con él. Es el in your face de Lynch a sus críticos.
En plan: “yo también sé hacer cine normal y además mucho mejor que vosotros, hijos de puta”.

Siglo XXI

86. Las chicas Gilmore (2000-2007) –  Amy Sherman-Palladino

Sí, ¿algún problema?

87. Deseando amar (2000) – Wong Kar-wai

Una historia de amor frustrada, contada con elegancia y mucha, mucha, mucha tristeza.
Además, aquí descubrí a Nat King Cole cantando en español.

88. Mulholland Drive (2001) – David Lynch

Mulholland Drive, de David Lynch
No trates de entender… o sí, haz lo que quieras. Sólo disfruta.

89. The Wire (2002-2008) – David Simon

The Wire, creado por David Simon
La mejor serie del mundo mundial. Dejaros de dar la tabarra con Breaking Bad.
Aidan Gillen, el little finger de Juego de Tronos, ya hacía de cabrón manipulador en el Baltimore de The Wire.
Desmond Hume, personaje de la mítica serie Lost, había leído toda la obra de Dickens, salvo Our mutual friend, que reservaba para un momento importante del futuro.
Yo recojo la idea y guardo la quinta temporada de The Wire para algún momento del futuro en el que lo necesite especialmente.

90. Mr. And Mrs. Iyer (2002) – Aparna Sen

Mr. y Mrs. Ayer, de Aparna Sen
Otro descubrimiento que debo a Jesús Cortés.
Aparna Sen seguramente sea la directora viva con más talento. Podría haber citado la trágica Sati o la nostálgica 36 Chowringhee Lane, pero la chejovianahistoria de amor de los Señores Iyer es superior.

91. Lugares comunes (2002) – Adolfo Aristarain

Lugares comunes, Adolfo Aristarain
La típica película que siempre me gusta.
La típica película que siempre recomiendo.
La típica película que comparto con Alfredo.

92. Oasis (2002) – Lee Chang-dong

O el amor.

93. Oldboy (2003) – Park Chan-wook

Esto sí que fue una sorpresa. Me dejó pegado a la butaca, impresionado y boquiabierto.

94. El sentido de la vida (2005) – Don Hertzfeldt

El estilo de Hertzfeldt es inconfundible. Con sus monigotes y su talento para crear efectos originales consigue transmitir mucho con muy poco. Muy potente.

95. Una historia de violencia (2005) – David Cronenberg

Otra de Cronenberg.

96. Paprika, detective de los sueños (2006) – Satoshi Kon

Paprika, detective de los sueños; de Satoshi Kon
Es como Origen, pero bien hecha.

97. Pozos de ambición (2007) – Paul Thomas Anderson

El estilo de P.T. Anderson es bastante recargado, me recuerda a veces, en sus buenos momentos, a Kubrick. Después le he perdido la pista y no sé muy bien cómo ha seguido (ya no veo mucho cine) pero Pozos de ambición permanece en mi memoria como una brutalidad exagerada y bien rodada.

98. Midnight in Paris (2011) – Woody Allen

Hay un chiste sobre El ángel exterminador, y un Dalí que me parece descacharrante. Por ello se me hace soportable la presencia de Owen Wilson.
Para muy fans de Woody Allen, supongo. A mí me encanta.

99. El Havre (2011) – Aki Kaurismäki

Película tipiquísima de Kaurismäki. A lo mejor te deja frío, pero su candorosa ironía a mí me desarma. Me hace mucha gracia cómo trata todo.

100. Mad max: furia en la carretera (2015) – George Miller

http://www.historiasminimalistas.com/2016/11/las-mejores-100-pelis-que-he-visto/