jueves, 30 de julio de 2015

Mary Ann Clark.Una relación de amor en la París de los años sesenta (FOTOS)

Postal en blanco y negro
Narrativa. Un relato breve sobre una relación de amor en la París de los años sesenta es parte de un proceso de rescate de esta escritora de culto.
POR MAURO LIBERTELLA
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Mary Ann Clark. Hija de una familia cosmopolita, pasó parte de su vida viajando por distintos países de Europa y por los Estados Unidos.


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Mary Ann Clark Bremer pertenece a esa noble estirpe de los escritores ocultos, hombres y mujeres que compusieron una obra dispersa, publicada en su momento en ediciones de tirada corta, de vida breve, y que el tiempo parecía a punto de condenar al olvido cuando, de pronto, un editor pone el ojo, lo empieza a reimprimir y la bola de nieve empieza a girar. El caso más emblemático de los últimos años en este sentido es el de Sándor Márai: un escritor húngaro que murió en los Estados Unidos sin mayor repercusión, es descubierto entre las páginas de un catálogo de literatura centroeuropea por Roberto Calasso, un animal literario de olfato inequívoco. Calasso cita entonces a cenar a seis importantes editores europeos, durante una Feria de Frankfurt, y les propone editar en seis idiomas centrales la obra completa de este escritor. El resto es historia conocida.
Decíamos, entonces, que Mary Ann Clark Bremer es parte de este linaje. Nacida en Nueva York, su vida fue un elogio del nomadismo y deambuló por acá y por allá (Inglaterra, Francia, Alemania, Suiza y un largo etcétera) para nunca instalarse definitivamente en ningún lugar. Siempre escribió, es cierto, pero lo hizo también con el mismo grado de dispersión y movimiento que encontró para su propia vida. Sus libros son cortos (no superan, en general, las ochenta páginas) y fueron escritos originalmente en varios idiomas, huellas lingüísticas de sus movimientos por la Europa de posguerra. Este descubrimiento se lo debemos, en esta ocasión, a la editorial española Periférica, que publicó hasta ahora Una biblioteca de verano , Cuando acabe el invierno , El librero de París y la princesa Rusa, reunidos luego todos en el volumen Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos .
Pero el libro que nos convoca ahora es El librero de París y la princesa rusa. La historia está situada en la capital francesa a principios de la década del sesenta. Los personajes son tres: una exiliada rusa de familia noble, una estadounidense (la narradora) y un librero judío del barrio Le Marais. ¿Y la trama? Si pudiéramos llamarle trama a lo que acontece en este relato brevísimo, diríamos que es la relación de amor entre la rusa y el librero, apuntada sin demasiada elocuencia por la estadounidense, testigo azaroso de esa breve relación sentimental.
En la tapa de esta edición se ve a un hombre y a una mujer sentados en dos sillones, cada uno con un libro en la mano, leyendo. Es que la relación amorosa que se despliega en este libro no es carnal sino literaria, está mediada por los libros, es una relación de amor por los textos viejos, los libros de anticuario, las ediciones raras e inconseguibles. Y en ese enorme archipiélago de los libros de segunda, el librero y la princesa rusa se encuentran en el éxtasis que les produce un volumen puntual, del que el librero dice tener en su poder 54 ediciones diferentes: La casita , de Juan Francoise de Bastide.
Puesta en abismo: un libro pequeño e inhallable como el de Mary Ann Clark Bremer tiene como objeto central, como corazón caliente de su trama, otro libro breve y de culto (por cierto, hay una edición argentina de La casita , con traducción de César Aira, publicado por Santiago Arcos). De Bastide murió “pobre y olvidado en Milán, en 1798”, como apunta Aira, y La casita se reeditó recién 100 años después. Clark Bremer, que murió en Ginebra en 1996, tuvo mejor suerte.

Finalmente, habría que decir que El librero... no tiene frases memorables, momentos subrayables. No tiene tampoco grandes ideas sobre la vida o el arte. ¿Qué tiene, entonces? La gracia minimalista y elegante de una postal en blanco y negro, como si estuviéramos ante un corto de la nouvelle vague hecho libro.
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/resenas/Postal-blanco-negro_0_1400259984.html
                                                                 Imagen Asociada

Mary Ann Clark Bremer nació en Nueva York en 1928 y murió en Ginebra en 1996. Hija de una familia cosmopolita, pasó parte de su infancia viajando por Norteamérica, Inglaterra y varios países del Mediterráneo. Sus padres murieron al final de la Segunda Guerra Mundial en un ataque al buque donde viajaban, en el que también fue herida la propia Mary Ann. Posteriormente vivió en Israel (que abandonó contrariada por su política), Alemania, Francia (donde frecuentaría el círculo de André Malraux) y Suiza. Ya en los años setenta comenzó a escribir sus memorias alentada por el escritor Friedrich Dürrenmatt: lo hizo en forma de breves novelas de un alto lirismo y una sobriedad excepcional. La dispersión de su obra, escrita en varias lenguas y publicada siempre bajo seudónimo hasta fecha reciente, la convirtió en una escritora secreta que ahora, finalmente, comienza a alcanzar el reconocimiento que merece, y muy pronto será recuperada en distintos países de Europa. En 2012, Periférica comenzó a publicar su obra y a traducirla al castellano, empezando por su primera novela corta: Una biblioteca de verano; a la que siguieron Cuando acabe el invierno, El librero de París y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo.


UNA BIBLIOTECA DE VERANO. 

Mary Ann Clark Bremer




CÁCERES, ED. PERIFÉRICA, 2012
ISBN: 978-84-92865-59-8

       Una biblioteca de verano, de la norteamericana Mary Ann Clark Bremer, es una novelita que he comprado en la Feria del Libro de Madrid este año, en la librería Mujeres & Compañía, aconsejada por una amiga cuyo criterio sigo a ojos cerrados. Y me he encontrado con unadelicatessen literaria: una deliciosa novelita autobiográfica, un retrato humano e intelectual de una mujer peculiar en su época narrado en primera persona con una exquisita sensibilidad, un profundo lirismo y un estilo lleno de referencias literarias. 
        La autora viaja a D., un pueblecito del sur de Francia  donde pasó su feliz infancia, para hacerse cargo de la herencia de su tío Marcel, amable personaje que le indujo su amor por los libros. Llega allí tras la Segunda Gran Guerra, en la que ha perdido a sus padres a causa de un torpedo alemán (ella también recibió heridas en los ojos y tuvo que ser hospitalizada) y a su tío Marcel de muerte natural. Así pues, una Mary Ann Clark huérfana y sufriente se instalará en La Bienheureuse, propiedad heredada de su tío y allí se aferrará a un paisaje (el de la colina de D.), al jardín de la casa y a la literatura como tablas de salvación, y en ellos encontrará la puerta de reconexión con la vida.
Mary Ann Clark Bremer
Nueva York (1928) - Ginebra (1996)
     Después de ordenar y catalogar los más de setecientos ejemplares con los que cuenta la biblioteca de su tío, pondrá en marcha una biblioteca pública y, bajo este pretexto, tanto ella como los personajes que pasarán por este oasis, nos irán ofreciendo reflexiones y vivencias entre las que recuerdo especialmente la relatividad del odio al enemigo (una clienta de la biblioteca, la sensata viuda Barbès, casada con un “medio alemán” acoge, cura y oculta a un joven partisano al que trata como hijo y a quien nombra heredero de su hacienda), la dedicada al límite entre el egoísmo y el amor filial (el marido de la autora obedecerá a la llamada de su madre para defender los intereses del Estado de Israel); y como columna vertebral de la novela: la inteligencia femenina al servicio de la comunidad. 
       Llama la atención en esta novela breve la relación intensa que se establece entre Clark Bremer y los libros. Me extiendo sobre tres peculiaridades que me han llamado poderosamente la atención. La primera, el hecho de que la autora se impregne del texto que cita y haga suya la experiencia de la que se habla en él, tal y como aprendió de su tío Marcel (por ejemplo, en el capítulo que comienza con los versos de Baudelaire “Ven, bello gato, a mi amoroso pecho”, la escritora entra en comunión con lo vivido por el yo poético y transforma el final del poema). La segunda, los paralelismos que se van estableciendo entre las lecturas y citas que realiza y su propia vida. Así, por ejemplo, la vemos como a un Robinson Crusoe, (el de Daniel Defoe o el de Paul Valéry), en la asimilación de la soledad como algo cada vez menos dañino y doloroso, y en la recuperación de la ociosidad desde la que sentir la realización personal; la vemos en busca de la felicidad a través del relatoLa dicha de Katherine Mansfield (y también de las frecuentes visitas a la colina de D., de donde confiesa guardar un recuerdo infantil de plenitud), la vemos enamorarse del escritor decimonónico William Hazlitt... En tercer y último lugar, me fascina cómo Clark Bremer transmite la belleza y peculiaridad de los universos que contienen los libros y el hecho de que no se detenga solo en su interior sino que realice una alabanza de su exterior; en este sentido, merece especial mención el capítulo dedicado exclusivamente a las cubiertas de los libros, por estar dotado de una maravillosa sensualidad en la descripción de sus variados colores y texturas, evocadores incluso de perfumes (en la fotografía, la página 32, donde se halla el capítulo mencionado).
        En otro orden de cosas, el hecho de que la naturaleza esté tratada en esta novelita como un elemento catártico me recuerda al "buen salvaje" de Rousseau: en contacto con la naturaleza el hombre es capaz de recuperar su estado virginal, libre de odio o de tristeza, y a Mary Ann Clark el contacto con ella le permitirá redimirse de su estado de orfandad y realizar el duelo por la pérdida de sus seres más queridos. Además de la naturaleza en esta obra también son catárticas las buenas y escogidas lecturas, que ayudan siempre a conectarse con lo más auténtico y profundo de nosotros mismos. Es decir, que estamos ante una novela catalizadora del deseo profundo de vivir. En este caso, el encuentro del amor y el paso consciente a la edad adulta, una vez realizado el duelo, servirán a Mary Ann para perder su sentimiento de orfandad.
    No quisiera terminar esta reseña sin mencionar que los personajes que pueblan la obra y sus conversaciones con la protagonista van dando forma al hilo narrativo del libro; en especial, quisiera señalar uno que aporta una delicada dosis de misterio al conjunto: "La Innombrable", de quien conoceremos más según avancemos en la lectura y cuya relación con la protagonisa no dejará de sorprendernos; sin duda, un personaje cautivador. En este apartado, añadir inevitablemente el retrato impresionista que pincelada a pincelada nos va ofreciendo de su tío y que nos mueve al respeto y a la empatía. Y cómo los libros, su contenido, sus autores, nos van sirviendo para conocer la sociedad de ese soleado y pacífico pueblecito galo.
       En definitiva, Una biblioteca de verano nos ofrece un encuentro de la autora consigo misma y con los demás, y nos habla del poder balsámico y revivificador de la literatura en un delicioso marco natural, una suerte de locus amoenus donde es difícil no alcanzar la felicidad. Y además, nos recuerda que cada libro es un espejo de nosotros mismos, una fuente de conocimiento sobre quiénes somos. 
      Con esta novela, Mary Ann Clark Bremer nos regala un zafiro lleno de destellos, un breve, dulce y consciente canto a la recuperación de la joie de vivre.

http://elbucleazul.blogspot.com/2013/08/una-biblioteca-de-verano-mary-ann-clark.html


París en los años 60´s


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París en los años 60´s, hermosas fotos
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sábado, 25 de julio de 2015

El síndrome de Stendhal


El párrafo es famoso. Pasó de ser propiedad de los stendhalianos para convertirse en un trastorno psíquico estudiado en todo el mundo y conocido clínicamente como “el síndrome de Stendhal”. Hasta Dario Argento se sirvió de él, en 1996,  como pretexto para filmar, con ese título, una película de terror previsiblemente horrísona. Leamos el párrafo tal cual aparece traducido por Elisabeth Falomir Archambault en la pequeña edición ilustrada de El síndrome del viajero. Diario de Florencia (Gadir, Madrid, 2011). Narró así Stendhal, en su diario, con la fecha del 22 de enero de 1817, lo que le sucedió en la iglesia de la Santa Croce en Florencia:
“Un monje se acercó a mí. En lugar de la repugnancia, que llega incluso al horror físico, me sentí sintiendo amistad por él. ¡También fray Bartolomeo de San Marco fue monje! Ese gran pintor inventó el claroscuro, se le enseñó a Rafael, y fue el precursor del Correggio. Hablé con ese monje, en quien hallé la amabilidad más perfecta. Le alegró ver a un francés. Le rogué que me abriera la capilla, en el ángulo noroeste, donde se encuentran los frescos del Volterrano. Me condujo hasta allí y me dejó solo. Ahí, sentado en un reclinatorio, con la cabeza apoyada sobre el respaldo para poder mirar el techo, las Sibilas del Volterrano me otorgaron quizá el placer más intenso que haya dado nunca la pintura. Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme.”
Hubo de pasar siglo y medio para que la psiquiatra y psicoanalista italiana  Graziella Magherini, escribiera El síndrome de Stendhal (1989), una joya de la literatura clínica moderna. Es el relato, construido con un preciso conocimiento de la tradición literaria de los viajes a Italia desde Goethe hasta Freud, de las experiencias de Magherini, florentina ella misma, en el servicio de urgencias psicológicas del dispensario de Santa Maria Nouva, al cual llegaban (y llegan) turistas aquejados del síndrome de Stendhal, es decir, víctimas de súbitas crisis nerviosas provocadas por la fatiga o la emoción en los museos, los paseos y los monumentos.
Stendhal, según leemos en Roma, Napoles y Florencia (1826), del cual el “diario florentino” recién reeditado sólo son unas pocas páginas, se curó del ataque en la Santa Croce leyendo en un banco de la plaza un poema de Ugo Foscolo que traía consigo. Para los pacientes de la Dra. Magherini, la cura ha sido más fácil o más difícil, según se juzgue la pertinencia existencial de la ayuda terapéutica en el mundo de hoy. A su dispensario (y Magherini nos va relatando los casos con esa combinación de elegancia y confidencialidad de la buena literatura psiquiátrica) llegaron pacientes como Inge, una cuarentona originaria del extremo norte de Europa, que no pudo soportar la soledad inverosímil de un domingo en Florencia y tratando de regresarse, despavorida, a casa, terminó en el hospital. O como la sudafricana Elisabeth, cuyos antecedentes de malestar mental la alcanzaron mientras turisteaba al grado que hubo de contactar a su madre, en calidad de urgencia y descifrar su estado de ánimo hurgando en las tarjetas postales que escribió, sin alcanzar a enviárselas, a sus amigos. O el caso de la neoyorkina Nancy, de 51 años, que se quedó paralizada, proverbialmente patidifusa, ante un Boticelli en la galería Uffizi.
La mayoría de las pacientes de la Dra. Magherini eran mujeres solteronas, cuyo perfil socioeconómico les permitía viajar a Florencia en busca de una comunión con el arte que, según El síndrome de Stendhal, es una obsesión del todo moderna, una forma de soledad sólo posible para el turista, expuesto a una forma súbita de desarraigo desconocida para quien, por ejemplo, peregrinaba en la Edad Media hacia los grandes centros religiosos. Pero el turista contemporáneo tampoco es el viajero sólido en erudición y doctrina a la manera de Goethe, quien hizo del viaje a Italia un prolongado rito de iniciación, sino un osado irresponsable incapaz de calcular lo que puede ocurrir cuando el cuerpo llega a un lugar, merced a los trenes y a los aviones, antes que el alma. Si entiendo bien a la culta doctora, la impresión artística, tal cual la sufrió Stendhal, desencadena, en personas bien predispuestas por su hipersensibilidad, al florentino ataque de nervios. Pero la mayoría de los turistas, probadamente insensibles en casa y en China, no calificamos como propensos al reputado síndrome,  otro privilegio, supongo, de los happy fewstendhalianos. La Dra. Magherini reporta que el síndrome afecta a los paseantes solitarios, con tiempo para someterse a la tiranía de la imaginación mórbida; rara vez se produce en viajeros reclutados en expediciones colectivas y por ello, despiadadamente programadas.
Entre los casos estudiados en El síndrome de Stendhaltambién hay varones, como el bávaro Franz, un ingeniero para el cual la expedición artística, según me lo imagino, equivalía a un “mal viaje” alucinógeno anual que rompía su aburrimiento burgués o el de Peter, un guía de turistas holandés que se colapsó cuando se decidió, contra lo habitual, a hacerse acompañar de su esposa en Florencia.
En fin, siempre hay que encontrar un pretexto para hablar de Stendhal, lo cual es otra clase de urgencia psicológica. La reedición de su diario florentino, me ha dado la oportunidad de aliviarme, consultando El síndrome de Stendhal, una rareza que no es rara cuando se curiosea en la bibliografía stendhaliana.
http://www.letraslibres.com/blogs/fragmentos/el-sindrome-de-stendhal


Fragmento de El síndrome del viajero - Stendhal - Francia


Florencia, 22 de enero de 1817

Anteayer, descendiendo el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una curva de la carretera, mi mirada se hundió en la llanura, y vi de lejos, como una masa sombría, Santa María del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. "¡Ahí vivieron Dante, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci! -me decía-, ¡he aquí esta noble ciudad, la reina de la Edad Media! Entre estos muros se reconstruyó la civilización; allí Lorenzo de Médicis llevó tan bien el papel de rey, y mantuvo una corte en la que, por primera vez desde Augusto, no primaba el mérito militar". En fin, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me hallaba incapaz de razonar, y me entregaba a la locura como se entrega uno a la mujer que ama. Acercándome a la puerta de San Gallo y a su pésimo arco de triunfo, hubiera abrazado de buen grado al primer habitante de Florencia con el que me hubiera encontrado. 
A riesgo de perder todas aquellas pequeñas pertenencias que lleva uno cuando viaja, abandoné el coche justo después de la ceremonia del pasaporte. He admirado vistas de Florencia tan a menudo que la conocía de antemano: pude caminar sin guía. Giré a la izquierda, pasé delante de un librero que me vendió dos descripciones de la ciudad (guía). Únicamente en dos ocasiones pregunté por mi camino a transeúntes que me respondieron con una cortesía francesa y un acento singular: por fin llegué a Santa Croce. 
Ahí, a la derecha de la puerta, está la tumba de Miguel Ángel; más lejos, la tumba de Alfieri, de Canova: mi reconocimiento para esa gran figura de Italia. Veo entonces la tumba de Maquiavelo; frente a Miguel Ángel reposa Galileo. ¡Qué hombres! Y la Toscana podría añadir a Dante, Boccaccio y Petrarca. ¡Qué asombrosa reunión! Mi emoción es tan profunda que roza incluso la piedad. La oscuridad religiosa de esta iglesia, su tejado de armazón sencillo, su fachada sin terminar, todo aquello habla intensamente a mi alma. ¡Ah, si pudiera olvidar...! Un monje se acercó a mí. En lugar de la repugnancia, que llega incluso al horror físico, me descubrí sintiendo amistad por él. ¡También Fray Bartolomé de San Marco fue monje! Ese gran pintor inventó el claroscuro, se lo enseñó a Rafael, y fue el precursor de Correggio. Hablé con ese monje, en quien hallé la amabilidad más perfecta. Le alegró ver a un francés. Le rogué que me abriera la capilla, en el ángulo noreste, donde se encuentran los frescos del Volterrano. Me condujo hasta allí y me dejó solo. Ahí, sentado en un reclinatorio, con la cabeza apoyada sobre el respaldo para poder mirar el techo, las Sibilas del Volterrano me otorgaron quizá el placer más intenso que me haya dado nunca la pintura. Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba, por así decir. Había alcanzado ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí y caminaba temeroso de caerme. 
Me senté en uno de los bancos de la plaza de Santa Croce, releí con delicia estos versos de Foscolo que llevaba en mi cartera; no les veía ni un defecto, necesitaba la voz de un amigo compartiendo mi emoción: 

...Io quando il monumento
Vidi ove posa il corpo di aquel grande
Che temprando lo scettro a'regnatori
Glo allór ne sfronda, e dalle genti svela
Di che lagrime grondi e di che sangue:
E l'arca di cului che nuovo Olimpo
Alzó in Roma a'Celesti; e di chi vide
Sotto l'etereo padiglion rotarsi
Più mondi, e il Sole irradiarli immoto,
Onde all'Anglo che tanta ala vi stese
Sgombro primo le vie del firmamento;
Te beata, gridai, per le felice
Aure pregne di vita, e pe'lavacri
Che da'suoi gioghi a te versa Apennino
Lieta dell'aer tuo veste la Luna
Di luce limpidissima i tuoi colli
Per vendemmia festanti; e le convalli
Popolate di case e d'oliveti
Mille di fiori al ciel mandano incens:
E tu prima, Firenze, udivi il carme
Che allegrò l'ira al Ghibellin fuggiasco,
E tu i cari parenti e l'idioma
Desti a quel dolce di Calliope labbro
Che Amore in Grecia nudo e nudo in Roma
D'un velo candidissimo adornando,
Rendea nel grembo a venere Celeste:
Ma piú beata chè in un tempio accolte
Serbi l'Itale glorie, uniche forse.
Da che le mal vietate Alpi e l'alterna
Omnipotenza delle umane sorti
Armi e sostanze t'invadeano ed are
Et patria e, tranne la memoria, tutto*.

Dos días después, el recuerdo de lo que había sentido me dio una idea impertinente: es mejor para la felicidad, me dije, tener el corazón de esta forma que no la Legión de Honor. 
Traducción de Elisabeth Falomir Archambault

http://nadiesalvoelcrepusculo.blogspot.com/2012/10/fragmento-de-el-sindrome-del-viajero.html


* ... Yo cuando el monumento/ Vi donde reposa el cuerpo de ese grande1/ Que templando el cetro a los reinantes/ Sus laureles cercena, y a las gentes desvela/ Cuantas lágrimas derrama y cuanta sangre:/ Y el arca de aquel que un nuevo Olimpo2/ Alzó en Roma a los Dioses; y de quien vio/ Bajo el etéreo pabellón rotar/ Los mundos, y el Sol irradiarse inmóvil3,/ Por lo que al Anglo que tanta ala extendió4/ Abrió él primero las vías del firmamento;/ Tú dichosa5, grité, por las felices/ Auras preñadas de vida, y por los torrentes/ Que desde sus collados a ti vierte el Apenino/ Dichosa de tu aire viste la Luna/ De luz límpida tus colinas/ Por vendimia jubilosas; y los valles/ Poblados de casas y olivares/ Mil flores al cielo mandan inciensos:/ Y tú primera, Florencia, oías el poema/ Que alivió la ira al gibelino fugitivo6,/ Y tú los queridos parientes y el idioma/ Diste a aquel dulce de Calliope labio7/ Que Amor desnudo en Grecia y desnudo en Roma/ Con un velo candidísimo adornando,/ Restituyó a los brazos de Venus celestial:/ Pero más dichosa porque en un templo acogidas/ Conservas las glorias italianas las únicas quizá./ Desde que los mal protegidos Alpes y la alterna/ Omnipotencia de las hermanas suertes/ Armas y riquezas te sustrajeron y altares/ Y Patria y, excepto la memoria, todo.
1 Se refiere a Maquiavelo.
2 Se refiere a Miguel Ángel.
3 Se refiere a Galileo.
4 Se refiere a Newton.
5 Se refiere a Florencia.
6 Se refiere a Dante.
7 Se refiere a Petrarca.
Traducción del poema: Elena Martínez


El famoso síndrome de Stendhal, cuya expresión fue formulada por la psiquiatra florentina Graziella Margherini -y que fue llevado al cine en 1996 por Dario Argento- ha sido documentado como algo experimentado por numerosos visitantes de Florencia. Tiene su origen precisamente en el fragmento que acaban de leer, perteneciente al Diario de Florencia, de la obra de Stendhal Roma, Nápoles y Florencia.

domingo, 19 de julio de 2015

Notas sobre el arte de caer John Berger


John Berger. En un texto exclusivo, el artista británico analiza las razones de la vigencia de Charlie Chaplin y la actualidad del mundo cruel pintado en sus filmes. Además, una reseña de su nuevo libro.

POR JOHN BERGER


    Considera que lo que pasa en el mundo es algo despiadado e inexplicable. Lo da por sentado. Concentra la energía en lo inmediato, en sobrevivir y en encontrar una vía hacia algo un poco mejor. Ha observado que en la vida hay muchas circunstancias y situaciones que ocurren y vuelven a ocurrir y que por lo tanto son, a pesar de su extrañeza, familiares. Desde la temprana infancia le son familiares dichos, bromas, consejos, gajes del oficio, artimañas, que hacen referencia a esos enigmas cotidianos recurrentes de la vida. Por eso los enfrenta con un proverbial reconocimiento de qué es lo que tiene ante sí. Rara vez se desconcierta.
Los siguientes son algunos de los axiomas del reconocimiento proverbial que ha adquirido.
El culo es el centro del cuerpo masculino. Es donde primero se patea al oponente, y sobre lo que con más frecuencia se cae al derribársenos.
Las mujeres son otro ejército. Hay que estar atento sobre todo a sus ojos.
Los poderosos son siempre corpulentos y nerviosos.
Los predicadores sólo aman su propia voz.
Hay tantos discapacitados que las sillas de ruedas podrían necesitar un controlador de tráfico.
Faltan palabras para designar o explicar la diaria cuota de problemas, necesidades insatisfechas y deseo frustrado.
La mayor parte de la gente no tiene tiempo propio, pero no se da cuenta. Perseguidos, prosiguen su vida.
Uno, al igual que ellos, no cuenta en lo más mínimo, hasta que se da un paso al costado y se estira el cuello, momento en que los compañeros se detienen y miran asombrados. Y en el silencio de ese asombro está toda palabra concebible de toda lengua materna. Uno ha creado un hiato de reconocimiento.
Las filas de los hombres y mujeres que nada o casi nada poseen pueden ofrecer un hoyo libre exactamente del tamaño adecuado para que se esconda un hombrecito.
El sistema digestivo suele estar más allá de nuestro control.
Un sombrero no es una protección contra el tiempo; es un indicador de rango.
Cuando se caen los pantalones de un hombre es una humillación; cuando se levantan las faldas de una mujer es una iluminación.
En un mundo despiadado un bastón puede ser un compañero.
Otros axiomas se aplican a ubicación y entornos.
Para entrar a la mayor parte de los edificios hace falta dinero, o indicios de dinero.
Las escaleras son avalanchas.
Las ventanas son para lanzar cosas o para pasar.
Los balcones son puestos desde los cuales bajar o lanzar cosas.
L a naturaleza es un escondite.
Todas las persecuciones son circulares.
Es probable que todo paso que se da sea un error, de modo que hay que darlo con estilo para distraer de la probable mierda.
Algo así formaba parte del proverbial conocimiento de un niño de alrededor de diez años –10, la primera vez que la edad tiene dos dígitos– que daba vueltas por el sur de Londres, en Lambeth, a principios del siglo XX.
Buena parte de esa infancia transcurrió en instituciones públicas, primero un asilo y luego una escuela para niños indigentes. Hannah, su madre, por la que sentía un profundo afecto, no estaba en condiciones de cuidarlo. Durante parte de su vida, estuvo encerrada en un manicomio. Procedía de un ámbito de intérpretes de music hall del sur de Londres.
Las instituciones públicas para los indigentes, tales como los asilos y la escuela para niños abandonados parecían –lo siguen pareciendo– cárceles por la forma en que estaban organizadas y estructuradas. Cárceles para perdedores. Cuando pienso en el niño de diez años y en lo que experimentó, pienso en las pinturas actuales de cierto amigo mío.
Hasta los cuarenta y tantos años, Michel Quanne pasó más de la mitad de su vida en la cárcel condenado por reiterados robos menores. Mientras estaba en la cárcel, empezó a pintar.
Sus temas son historias de cosas que pasan en el mundo exterior libre, tal como las ve y las imagina un prisionero. Una característica llamativa de las pinturas es el anonimato de los lugares representados. Las figuras imaginadas, los protagonistas, son vívidos, expresivos y vitales, pero las esquinas, los imponentes edificios, las salidas y entradas, los horizontes y callejones entre los cuales se encuentran las figuras, son desolados, sin rostro, sin vida, indiferentes. En ningún lado hay rastro alguno de toque maternal.
Vemos los lugares del mundo exterior a través del vidrio transparente pero impenetrable y despiadado de la ventana de una celda de la cárcel.
El niño de diez años crece y se convierte en un adolescente, y luego en un joven. Bajo, muy delgado, de penetrantes ojos azules. Baila y canta. También hace mímica, para lo cual inventa elaborados diálogos entre los rasgos de su rostro, los gestos de sus fastidiosas manos y el aire que lo rodea, que es libre y no pertenece a lugar alguno. Como intérprete, se convierte en un eximio carterista que extrae risas de bolso tras bolso de confusión y desesperación. Dirige películas y las protagoniza. Sus sets son desolados, anónimos, huérfanos.
Estimado lector, ya ha adivinado a quién me refiero, ¿verdad? Charlie Chaplin, el hombrecito, el vagabundo.
Mientras su equipo rodaba La fiebre del oro en 1923, en el estudio se produjo una vehemente discusión sobre la trama. Una mosca los distraía, de modo que Chaplin, furioso, pidió un matamoscas y trató de matarla. Falló. Pasado un momento, la mosca aterrizó en la mesa que había junto a él, a su alcance. Tomó el matamoscas para golpearla, pero de pronto se detuvo y dejó el matamoscas. Cuando los demás preguntaron por qué, los miró y dijo: “No es la misma mosca.” Una década antes, Roscoe Arbuckle, uno de los colaboradores “corpulentos” favoritos de Chaplin, afirmó que su amigo Chaplin era “todo un genio cómico, sin duda el único de nuestra época del que se hablará dentro de un siglo.” El siglo ha pasado, y lo que “Fatty” Arbuckle dijo se ha hecho realidad. En el transcurso de ese siglo el mundo experimentó un profundo cambio económico, político, social. Con la invención de las películas sonoras y el nuevo edificio de Hollywood, también el cine cambió. Pero las primeras películas de Chaplin no han perdido nada de su sorpresa, como tampoco el humor, la mordacidad ni la iluminación. Más aun, su relevancia parece más cercana, más urgente que nunca antes: son un comentario íntimo sobre el siglo XXI en el que vivimos.
¿Cómo es posible? Quiero proponer dos ideas. La primera concierne a la proverbial visión del mundo de Chaplin ya descrita, y la segunda a su genio como clown que, paradójicamente, tanto le debía a las tribulaciones de su infancia.
En la actualidad, la tiranía económica global del capitalismo financiero especulativo, que usa los gobiernos nacionales (y a sus políticos) como capataces de esclavos y a los medios mundiales como distribuidores de drogas, esa tiranía cuyo único objetivo es el lucro y la acumulación incesante, nos impone una visión y un modelo de vida febril, precaria, implacable e inexplicable. Esa visión de la vida está más cerca de la visión proverbial del mundo del niño de diez años de lo que lo estaba la vida en la época en que se filmaron las primeras películas de Chaplin.
En los diarios de esta mañana se informa que Evo Morales, el presidente de Bolivia, que carece de cinismo y es relativamente sincero, ha propuesto una nueva ley que permitirá que los niños empiecen a trabajar a partir de los diez años de edad. Casi un millón de niños bolivianos ya lo hacen para contribuir a que sus familias tengan lo suficiente para comer. La ley les dará algo de protección legal.
Hace unos meses, en el mar que rodea la isla italiana de Lampedusa, cuatrocientos inmigrantes de Africa y Medio Oriente se ahogaron en una embarcación que ni siquiera merece ese nombre mientras trataban de ingresar a Europa de forma clandestina con la esperanza de encontrar empleos. En todo el planeta, trescientos millones de hombres, mujeres y niños buscan trabajo a los efectos de contar con los medios mínimos para sobrevivir. El vagabundo ya no es un personaje singular.
La magnitud de lo que parece inexplicable crece día a día. La política del sufragio universal se ha vuelto absurda porque el discurso de los políticos nacionales ya no tiene relación alguna con lo que hacen o pueden hacer. Las decisiones fundamentales que determinan el mundo actual están en manos de especuladores financieros y sus agencias, que no tienen nombre ni discurso político. Como pensaba el niño de diez años: “Faltan las palabras para designar o explicar la diaria cuota de problemas, necesidades insatisfechas y deseo frustrado.” El clown sabe que la vida es cruel. El atuendo abigarrado de colores vivos del antiguo bufón ya era un chiste sobre su habitual expresión melancólica. El clown está acostumbrado a la pérdida. La pérdida es su prólogo.
La energía de las excentricidades de Chaplin es repetitiva y gradual. Cada vez que cae, vuelve a ponerse en pie como un hombre nuevo. Un hombre nuevo que es tanto el mismo hombre como un hombre diferente. Tras cada caída, el secreto de su optimismo es su multiplicidad.
La misma multiplicidad le permite abrazar su siguiente esperanza por más que está habituado a que sus esperanzas se hagan trizas una y otra vez. Padece humillación tras humillación con ecuanimidad. Incluso cuando contraataca, lo hace con un dejo de arrepentimiento y con ecuanimidad. Esa ecuanimidad lo hace invulnerable, invulnerable hasta el punto de parecer inmortal. Nosotros, que percibimos esa inmortalidad en nuestro inútil circo de acontecimientos, la reconocemos con la risa.
En el mundo de Chaplin, la risa es el apodo de la inmortalidad.
Hay fotos de Chaplin a los ochenta y tantos años. Un día, mirándolas, la expresión de su rostro me resultó familiar. Pero no sabía por qué. Luego lo recordé. Lo comprobé. Su expresión es como la de Rembrandt en su último autorretrato: Autorretrato como filósofo que ríe o como Demócrito .
“Sólo soy un pequeño cómico”, dice, y “todo lo que pido es hacer reír a la gente.”
© John Berger.
Traducción de Joaquín Ibarburu

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/John-Berger-Notas-arte-caer_0_1391860822.html

El breve espacio en que no estás

Comentario. La muerte de Beverly, su mujer, es la razón de este libro inclasificable y poético que firman Berger y su hijo.

POR MARGARA AVERBACH



Como tantos otros libros de John Berger, esta pequeña joya es muy difícil de clasificar. Es poesía en prosa, claro, y está habitada por dibujos y fotografías que representan no sólo a Beverly, la mujer del título sino también a lo que la rodeaba: su ropa, sus ideas, sus libros, sus espacios. A primera vista (pero sólo a primera vista), podría decirse que es una elegía, incluso se la llama así en un momento: una serie de textos muy breves e imágenes de varios tipos que hablan sobre la ausencia de un ser querido y, por supuesto, sobre su presencia porque en toda pérdida, hay presencia. El marido de Beverly (John, el escritor) y su hijo (Ives, el pintor) se despiden de ella sin despedirse. Dicen que ella ya no está y que ella sigue ahí. Se la muestran al mundo con enorme pudor, sin romper nunca la sagrada privacidad de la familia.
John Berger siempre ha sabido decir, hacer valer las palabras que elige. En Rondó para Beverly son muy pocas pero cada una pesa montañas y lo mismo puede decirse de las imágenes (fotos, dibujos, pinturas, de diferentes autores) porque este libro, además de lenguaje, es un impresionante objeto de arte.
Lo que hacen los autores, esencialmente dos pero en realidad mucho más si se cuenta a los fotógrafos y los escritores que se citan, no es solo describir a Beverly sino describir también la relación que los unía a ella y que sigue presente en cada uno de los recuerdos. Cada uno de ellos se abre bruscamente como una ventana súbita sobre instantes que por alguna razón, se volvieron inolvidables: el momento en que ella se lavaba las zapatillas sucias después de una caminata, el momento en que comía frambuesas recién sacadas del jardín y conseguía un instante de placer en medio del dolor de la enfermedad, el momento en que ya no podía moverse, el momento en que revisaba la escritura de John y la comentaba, el momento en que los dos observaban las tablas pintadas de azul del dormitorio y sentían que era “el rostro del día”, el momento en que los dos se preguntaban por qué el banco para los niños de la escuela era tan alto que los pies de dos adultos no llegaban al suelo.
Berger describe a esa mujer añorada con una sola palabra: es una “exploradora”, dice. “Explorar” es ir siempre hacia delante, hacia lo desconocido, y esa es la dirección de este cuaderno extraordinario. Es por eso justamente que no tiene lógica llamarlo “elegía”: a diferencia del llanto desesperado después de una muerte, un movimiento que siempre se inclina hacia atrás, todo aquí empuja hacia adelante. Por eso, Berger le dice a Beverly que en la cama del dolor, con pañales y morfina y angustia y escaras, ella estaba “incomparablemente bella” y que “esa belleza incomparable emanaba de tu valentía”. La valentía vale más que el espanto. Y Beverly no se rinde. Encarga anteojos cuando sabe que se está muriendo y, aunque los anteojos llegan demasiado tarde, están ahí para continuarla, para nombrarla. Son intensamente útiles: “La transparencia especial de los cristales de tus anteojos colocados delante de mis ojos se parece a la persistencia del rondó”, dice John Berger, y los lectores ya saben que Rondó Número 2 de Beethoven es la música que la trae de vuelta. “Persistencia” es una palabra más poderosa que “muerte”. Y más impresionante.
El libro de homenaje a esa mujer “incomparablemente bella” (escrito a dos voces, una en bastardilla, una en romana, por un marido y un hijo), es, entonces, un diálogo con un “tú” ausente-presente, que habla siempre sobre el futuro, sobre el cambio. Tal vez por eso conmueve tanto. “El acto de Devenir describía mejor tu carácter que el acto de Ser… Convertías todo lo que podías en un vehículo del Devenir”, dice Berger.
Rondó es un relato filosófico, poético, heterogéneo, profundo, que, en muy pocas palabras, se atreve a mostrar una ausencia como presencia, una pérdida como esperanza, un final como principio. Que es al mismo tiempo, increíblemente íntimo y absolutamente general porque trata de hablar sobre la vida humana, cualquier vida humana y sobre el amor. Como “El cuento de la isla desconocida”, Rondó para Beverly hace arte con poco y nada y en ese acto se vuelve inolvidable. Como la mujer a quien está dedicado.
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viernes, 17 de julio de 2015

Héctor Abad Faciolince. Angosta (Dossier)


 Angosta: novela que nos contiene

 Naudín Gracián Petro

“Si en Colombia saliera ahora por primera vez
un libro tan importante como la Ilíada, nadie diría nada”.
                                                                                                                                                                                                               Manuel Mejía Vallejo

¡Y lo peor es que todos vivimos en Angosta!”, puede ser el suspiro desesperanzado de quien termina de leer esta novela de Héctor Abad Faciolince.

Angosta es Medellín, Bogotá, Barranquilla, Estados Unidos, Israel, el Medio Oriente, África...; porque Angosta es una novela totalizadora, de esas que intentan contener el mundo en sus páginas, a la manera de Cien años de soledad, Hijos de nuestro barrio, El callejón de los milagros y La peste. Y, como el mundo, Angosta tiene personajes heroicos, depravados, humanistas, egoístas, inolvidables, anodinos; están los que dan ganas de abrazar, felicitar o proteger, y a los que provoca de hacer picadillo; como sucede en la vida, a veces un mismo personaje incita reacciones contrarias en diferentes instancias de esta novela. Porque, aunque tenga muchos personajes, el protagonista de esta novela es el ser humano con sus vicios, egoísmos, generosidades, luchas, fracasos, miedos, posibilidades, limitaciones y, sobre todo, con su increíble capacidad de violencia irracional.

A medida que leemos Angosta vamos identificando sitios, episodios, personas: la mimetización de la realidad dentro de la ficción; o lo contrario: es mucha más la realidad que la ficción. Se divierte uno pensando: “¡Qué verraquera! Esto fue lo que sucedió en Medellín a finales de los ochenta y principios de los noventa, esto otro es el enfrentamiento de israelíes y palestinos; esto de acá es lo que sucede en la frontera de México; lo que se cuenta aquí es lo de Sudáfrica; acá está lo de Cuba, más adelante, Kosovo; allá aparece lo de las torres gemelas, las torturas en Guantánamo, los rumores sobre lo que hace la CIA, las reuniones del G7; aquí la lucha por el petróleo y el uranio...”. Y no solamente eso, sino que uno va pensando: “Este tipo es como fulano, aquel otro se parece a mi padre, este soy yo; esto le pasó a mi tío, esto podría haberme pasado a mí”.

En esta novela nada es gratis ni impune, o sea que ningún episodio o circunstancia está sólo para ambientar o simplemente para entretener, sino que cada suceso y personaje es una metáfora de un aspecto de la sociedad: Candela, Carlota, Potrero, Lince, Dan, Andrés, Gastón, Burgos, el Check Point, el Bedrunco; F, T y C; Versalles, la Comedia, el Bei Dao: cada personaje, sitio y episodio refleja un género de persona, un espacio del planeta, un momento histórico, una clase social; muchas veces con ironía, otras con la alegría de las cosas buenas de la vida, luego con desesperanza, allá con rebeldía ante la injusticia, acá con el miedo. Lince tiene una esposa de Tierra Fría para poder retratar en la novela la relación de la clase alta con la media; tiene una amante de Tierra Caliente, para poder mostrar la vida de la gente pobre; una hija en Tierra Fría, para hacer un estudio de cómo se forja la mente de los ricos frente a la institucionalización de las injusticias sociales; tiene una librería, para mostrar la relación de cada clase social con la cultura, tiene una amante hija de un poderoso, para poder mostrar la corrupción y los atropellos de los gobernantes; se van de paseo a una hacienda, para mostrar los enormes desequilibrios entre las clases sociales; se pierde en Tierra Caliente, para retratar la vida infrahumana de los que no tienen oportunidad; aparece un mafioso, para mostrar sus aberraciones y relaciones con el gobierno.

Todo descrito y narrado como si se tratara de un texto futurista, sacado de la imaginación, pero enganchado a cada centímetro con episodios, lugares y circunstancias reconocibles para cualquier lector avisado y que le va diciendo al oído: “Recuerda que todo esto tan cruel no tiene el paliativo de ser producto de la fantasía: este es el mundo en que vives”.

Angosta es una novela de luchas, desesperanzas, amores, lealtades, traiciones, erotismo y más que todo de política, pues las denuncias de las violaciones a los derechos humanos y la corrupción en el poder que ha forjado este desequilibrio tan inhumano que nos contiene, es el clima y el aire que se respira en toda ella.

Uno se pregunta qué pensarán y sentirán los gobernantes y poderosos de nuestro país y del mundo leyendo esta obra. Uno piensa que a Héctor Abad le podría pasar como a sus personajes el doctor Burgos y Andrés, que trataron de denunciar los desafueros de los gobernantes de Angosta y fueron asesinados impunemente. Pero qué va, en este país y en casi todo el planeta se ha llegado a una alta expresión de la democracia que la ha caricaturizado: somos tan democráticos que todo el mundo puede decir lo que quiera pues al fin y al cabo nadie escucha. Hace poco un amigo me llamó alarmado pues acababa de ver en la televisión una denuncia que lo llevaba a hacer esta conclusión: “Si en este país las leyes se respetan, el presidente tiene que renunciar o, si ese tipo está mintiendo, lo tienen que meter a la cárcel”.

Yo le contesté que no iba a pasar ni lo uno ni lo otro pues eso ya todo el mundo lo sabía y no había pasado nada. Y no pasó nada. Como dijo un político disidente: “A mí el gobierno me necesita para demostrar que en este país sí hay democracia, que sí se puede hablar en contra de los gobernantes”.

Entonces, si vemos con lupa, nuestra realidad es peor que la de Angosta porque en esta novela la lucha y la denuncia todavía tienen razón de ser, mientras que en nuestra realidad la injusticia está tan inmersa en nuestra conciencia que a veces hasta nos parece absurdo que alguien luche contra ella. En Angosta la gente lee las acusaciones del doctor Burgos y el gobierno les teme y hace lo posible por acallarlas; en nuestra realidad incluso libros tan dicientes como esta novela de Faciolince pasan desapercibidos.

En fin, Angosta, la novela, cumple a cabalidad con el precepto que debe observar toda excelente obra artística: es el espejo que refleja nuestra realidad, a la que casi siempre preferimos no ver. Porque Angosta, la ciudad, es el mundo. Por eso, al final de la novela, cuando Lince y Candela escapan, uno se pregunta: ¿a dónde van?, pues como sostiene Isaac Bashevis Singer en el cuento “Cuando Shlemiel fue a Varsovia”: “Aquellos que abandonan a Chelm / Terminan en Chelm / Aquellos que permanecen en Chelm / Ciertamente están en Chelm / Todos los caminos conducen a Chelm / El mundo entero es un gran Chelm”.

http://www.letralia.com/212/articulo07.htm

Héctor Abad explora en 'Angosta' la exclusión en el mundo globalizado


Angosta mete miedo: una ciudad de tres niveles, tres castas económicas y tres climas, encallada en un valle de los Andes, en la cual rige una política de apartamiento que mantiene a cada quien en su sitio. "Es un sitio de ficción, pero con mucho de real", se apresura a explicar el escritor y periodista colombiano Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958), que ha inventado este mundo "a medio camino entre la ciencia-ficción y el hiperrealismo social".
En Angosta (Seix Barral), su cuarta novela, Abad recrea las exclusiones del mundo globalizado e imagina una tierra en la cual, a medida que el nivel de vida decae, sube la temperatura. "La ciudad de los ricos está protegida por un muro que intenta contener la invasión de los millones de habitantes de la Tierra Caliente. Lo de Tierra Caliente es un concepto muy claro para los colombianos, pero es también una referencia al sur del mundo", sostiene.
La literatura atraviesa, con valor simbólico de "resistencia", toda la novela. Los personajes de Angosta giran en torno a un hotel decadente que lleva el literario nombre de La Comedia. Jacobo, un amante de los libros que por necesidad ha convertido su biblioteca en librería de viejo, y Andrés, un poeta que anota en cuadernos retazos de su vida, protagonizan la historia. A ellos se suman escritores de carne y hueso (Enrique Vila-Matas y Rosa Montero, entre otros) invitados por Abad a escribir una especie de entremés literario, "como sucede entre el cura y el barbero en el capítulo sexto del Quijote".
Ganador en 2000 del I Premio Casa de América de Narrativa Innovadora por Basura, en Angosta Héctor Abad no renuncia al humor, una seña de estilo de sus historias. "A veces un malo es tan grotesco, tan burdo, que su descripción es inevitablemente humorística", dice.

Más muros

Angosta denuncia la realidad de un mundo cada vez más violento y cerrado. "Leí que las autoridades de Río de Janeiro han propuesto construir un gran muro alrededor de las favelas. Y lo que hay en la frontera de Tejas y México se parece muchísimo a uno". De "muro virtual" califica Abad "las dificultades sin nombre que todos los tercermundistas tenemos para poder viajar a Europa". En 2001, el escritor prometió no volver a España hasta que se elimine la exigencia de visado a los colombianos.
Lejos de la "fundación mítica y mágica de Hispanoamérica" que propuso el boom, pero también de McOndo, el movimiento que en 1996 "quiso rechazar ese mito, que le parecía pueblerino", Héctor Abad tienta su propia visión de América Latina. "Intento reflejar otra sensibilidad: la de un mundo superpoblado y globalizado. En Angosta yo quisiera regresar a la comida lenta de una literatura cocinada en la gran tradición literaria del castellano, no del spanglish"

.http://elpais.com/diario/2004/04/22/cultura/1082584802_850215.html
Héctor Abad Faciolince
Angosta (fragmento)

" Decía que los seres humanos somos muy raros. Que a todo el mundo le importa más su propio dolor de muelas que la muerte de cien mil personas, por hambre, en África o en Corea del Norte. Que era más dolorosa la muerte del propio perro faldero que la masacre de cien niños en Uganda. Que lo que intentaban hacer los dirigentes de Angosta era alejar a la población pobre de la ciudad de arriba, para no verlos ni sentirlos y así evitar el compromiso y el remordimiento. Ojos que no ven, corazón que no siente. Los tierrafrías como ellos, decía necesitan aislar abajo a los pobres de Angosta para poder bañarse en las piscinas sin sentirse tan miserable.Había hecho la fundación para no sentirse tan miserable, y luchaba contra el Apartamiento para no sentirse un pedazo de mierda. Estaba dispuesto a ir a nadar a una piscina pública, y a ceder el jardín de su casa, aunque con gran dolor, decía. Doña Cristina dijo que ellos vivían así, pero que no era una vergüenza porque ellos luchaban porque las cosas mejoraran también para los demás que ella no regalaría su jardín ni su piscina, pues para ella los lujos no eran vergonzosos, siempre y cuando todos tuvieran lo mínimo. Las diferencias no eran horrendas si la parte más pobre de la sociedad vivía bien. "


Biografía Héctor Abad

Abad nació en Medellín (Colombia), donde inició estudios de Medicina, Filosofía y Periodismo que finalmente no concluiría. Posteriormente, el escritor se decantó por estudiar Lengua y Literatura contemporáneas en la Universidad de Turín (Italia). Ha ejercido el periodismo de opinión en muy diversos medios: así, ha trabajado como columnista de Semana, Cromos, Cambio, El Colombiano y El Malpensante, y en la actualidad en el periódico El Espectador, donde es además asesor editorial, y en El Nacional de Caracas. Galardonado en su país con el Premio Nacional de Cuento (1981), la Beca Nacional de Novela (1994) y el Premio Simón Bolívar de Periodismo de Opinión (1998). En el año 2000 obtuvo en España el I Premio Casa de América de Narrativa Innovadora con la obra Basura (Lengua de Trapo, 2000). Y en 2005 recibió en China el Premio a la Mejor Novela Extranjera del Año por Angosta (Editorial Seix Barral, 2004). Su libro El olvido que seremos, ha sido elegido por unanimidad este mes de septiembre con el Premio de Literatura Casa da America Latina/Banif (Lisboa), otorgado a la mejor obra de autor de América Latina publicada en Portugal en el año 2008 y 2009. Ha traducido a autores italianos como Umberto Eco, Lampedusa e Italo Calvino y publicado numerosos ensayos de tipo académico para revistas de uno y otro lado del Atlántico. También ha participado con frecuencia como conferenciante invitado en eventos literarios de muy diversos países. Junto a las ya mencionadas, son obras destacadas de su producción literaria, traducida a varios idiomas: Malos Pensamientos (Editorial Universidad de Antioquia, 1991); Asuntos de un hidalgo disoluto (Alfaguara, 1994); Tratado de culinaria para mujeres tristes (Alfaguara, 1996); Fragmentos de amor furtivo (Alfaguara, 1998); Palabras sueltas (Seix Barral, 2002); Oriente empieza en El Cairo (Mondadori, 2002); El olvido que seremos (Seix Barral, 2005); El amanecer de un marido (Seix Barral, 2008) y su último libro Traiciones de la memoria (Alfaguara, 2009).